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Full text of "Conferencias pronunciadas en el curso académico de 1877-79. 1A-[14A] conferencia"

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HARVARD 
COLLEGE 
LIBRARY 



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INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA 

ESPARTEROS, 0, PRINCIPAD 



1.'' Conferencia VÜ-rd^lUi/' 



(25 DE NOVIEMBRE DE J.877 



LAS ELECCIONES PONTIFICIAS 



POR EL 



EXCMO. SR. D. EUGENIO MONTERO RÍOS 



Pnblirada con arregplo á las ñolas taquigráficas do 1n 
REVISTA DE ESPAÑA 



•NA/WVW/XA.'^/WVXAAAA' WA<>A/WV^ 



MADRID: 1877. 

ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO 

do los señores J. C. Conde y Compañía. 

Caños, 1. 



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INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA 



ESPARTEROS, Q, PRINCIPAL- 



CONFERENCIAS 



PB0NU17CIADAS 



EN EL CURSO AdA^DÉMlCO DE 1877-78 



x/w wwiv/^ vwwNAA/v y\A/ww\A 



MADRID: 1877. 

:STABl_ECIMIEN"rO TIPOGRÁFICO 
de los scfiores J. C. Conde y Comp&ftía, 
Caftos, 1. 



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Jjmes Kuioseü Ijc-tzoíI. 
of Caznbri dí?o' 



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PRIMERA CONFERENCIA 

(25 DE NOVIEMBRE DE I S7V) 

LAS ELECCIONES PONTIFICIAS 

POR EL 

EISLCAIO. SR. I>. CQUOBJI^O MOlVXIDIiO HIOSÍ 



'«•^oo, uune \-j\ 



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Ja.moB Knssoll Liowoil, 
of Gambridgo. 



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SEÑORES 



El honor del cargo con que la benerolencia de mis compañeros de este 
"Centro de enseñanza me ha honrado para el carao presente^ que no las cir- 
cunstancias de mi humilde persona, me imponen el deber de inaugurar las- 
conferencias, que son uno de los principales objetos de esta Institución. Bajo 
el peso da este deber, poco agradable ciertamente por lo difícil que ha de ser 
para mi su cumplimiento, era natural que procurara buscar la compensación 
en las condiciones del tema con que hubiera de molestar la atención de mía 
oyentes. Y como la opinión pública, asi la de las gentes doctas como la de las 
que no buscan en los estudios científicos su habitual entretenimiento, está 
hoy eoncentra(ia en la inminencia del funesto suceso del fallecimiento del 
actual Sumo Pontífice, cuyos dias quiera el cielo prolongar por mucho tiem- 
po, he elegido como objeto de la conferencia que he de dar en la noche de hoy 
y que he de tener el honor de continuar el domingo próximo , la elección de 
los Pontífices Supremos de la Iglesia y la influencia que la próxima elección 
ha de tener, no sólo en el seno de la sociedad cristiana, sino también en el 
de la sociedad civil. 

Para plantear con la posible claridad y precisión ]el-tema , y para que so* 
bre él se pueda discurrir con conocimiento de causa, necesario será que esta 
noche la consagremos á exponer, aunque sea de una manera sucinta porque 
la matma es basta, lo que han sido hasta los tiempos presentes las elecciones 
pontificias, y el grave defecto de que hasta hoy han adolecido en su for- 
ma y en la manera cómo se han organizado con relación al Estado y á la 
misma Iglesia. 

Esta sociedad, que en el siglo xix se presenta por muehos como una ina- 



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Q INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA 

ESPARTEROS, Q, PRINCIPAL. 



1." Conferencia ÜX-^dDU/- 



f25 DE NOVIEMBRE DE 1877 



LAS ELECriONES PONTIFICIAS 



POR EL 



EXCMO. SR. D. EUGENIO MONTERO RÍOS 



Pnblioada con arrog-lo á las notas taquigráficas do la 
REVISTA DE ESPAÑA 



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MADRID: 1877. 

ESTABUECIMIENXO TIPOGRÁFICO 

de los scRorex J. C. Conde r Compañía 

GafiOB, 1. 



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INSTITUCION LIBRE DE ENSEÑANZA 



ESPARTEROS, ©, PRINCIPAl- 



CONFERENCIAS 



PBOinTNClADAS 



EN EL CURSO ACADÉMICO DE 1877-78 



^/x/vrv>A/«.'W\/W\/W(V\/\. rfWWVN/WXA 



MADRID: 1877. 

STABL-ECIMIENTO TIPOGRÁFICO 
de los señores J. C. Condo y Comp&ftía, 

Cafios, 1. 



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Jamos Rassell jüotzoíI; 
of Cambridffo' 



PRIMERA CONFERENCIA 

(25 DE NOVIEMBRE DE I S7T) 

LAS ELECCIONES PONTIFICIAS 

POR BL 
E3X.CA(lO. SR. I>. filUOBl^aO MO^TTSÜiO RÍOS 



12 1.* OONFERKNOíA. 

Bftles de la Iglesia de Boma; si bien entonces se enlidndian oomo cardenales 
los i^resbiteroa y diáconos adscríptos por titulo propio á cualquiera de las 
iglesias de aquella ciudad. De Jodos modos, este decreto equivalía á reser- 
var la elegibilidad para los clérigos romanos, excluyendo de la Cátedra de 
San Pedro á todos los demás ministros de la Iglesia católica. Sin embargo^ 
es necesario resonocar que el derealio de Esteban III no tuvo plena obser- 
vancia en los tiempos posteriores. Un buen número de los Papas que se su- 
cedieron en los siglos ix^ x y xi, no fueron romanos ni italianos, sino alema- 
nes ó franceses. 

La nacionalidad, oomo circunstancia de preferencia (por lo menos) 
para la elección, es de época muy posterior: corresponde á los tiempos mo- 
dernos, esto es, á los tres últimos siglos. Hasta el xvi abundaron mu- 
hco Papas extraños por su origen al pueblo de Boma^ y ,áun á todos los 
pueblos de Italia; pero desde el pontificado de Adriano VI quedó la cátedra 
apostólica de hecho, si no de derecho consuetudinario, reservada para los 
cardenales italianos. Hé aquí otro funesto fruto de la sobaranía temporal. 
Eran los Papas reyes de una parte de la Italia, y era muy natural que sus 
subditos no quisieran ser gobernados por soberanos extranjeros, y que aná- 
loga repugnancia sintieran también hacia ellos los demás Estados de aquella 
hermosa y entonces tan desgraciada península. Asi, pues, el decrebode Este- 
ban III fué verdaderamente letra muerta; hubo Papas de todas las naciones 
cristianas, y ciertamente que España tuvo también su contingente despi- 
diéndose del pontificado de una manera poco halagüeña y recomendable para 
que pudiera continuar prestándole candidatos : el último Papa español fué 
Alejandro IV. 

El decreto de Alejandro III en el Concilio de Letran no fué bastante á 
procurar la paz y el orden en las elecciones papales; asi es que á muy poco 
tiempo volvieron á surgir cismas gravísimos y dificultades de inmensa tras- 
cendencia en estas elecciones. Muy avanzado ya el siglo xiii. á la muerte de 
Clemente IV en Viterbo, los cardenales, después de haber estado reunidos 
más de dos años sin ponerse de acuerdo, hubo necesidad de obligarles por la 
fuerza á elegir, como en efecto eligieron, á Gregorio X; el cual, siguiendo la 
tradición de todos sus predecesores que hablan reformado el derecho electo - 
ral pontificio aprovechándose del escándalo producido por recientes pertur- 
baciones ó cismas, introdi\jo también novedades muy importantes en este 
derecho. Beunió para hacerlo en 1274 un Concilio en Lyon, y en él decretó un 
minucioso reglamento sobre elecciones pontificias. Creó el cónclave, dispuso 
que los cardenales hubieran de reunirse en la misma ciudad en que muriese 
el Pontífice, pero no inmediamente después de su muerte sino esperando 
diez dias á los cardenales ausentes; ordenó que si el Pontífice moría fuera 
de Boma tendrían siempre los cardenales necesidad de reunirse en cualquie- 
ra ciudad de la diócesis en que hubiere ocurrido la muerte; que la elección 
habría de llevarse á cabo estando los cardenales encerrados en perfecta 
clausura; que no pudiera llevar consigo cada uno más que un clérígo ó fami- 
liar para su asistencia personal; que no habrían de tener comunicación con 
el exterior ni de palabra, ni por escrito; que los cardenales que entrasen en 



ELECCIONES PONTIFICIAS. 13 

«1 oóncdave no pndieraa salir hasta después de hecha la elección , y que sí 
tenían que salir por justa causa, fuera del case de enfermedad, no pudiesen 
volver á entrar en él. 

El reglamento del Concilio de Lyon es. el que hoy rige con algunas mo- 
dificaciones que atenuaron su rigor. Los cardenales entran hoy en cónclave 
diez días después de la muerte del Papa, puesto que deben esperar á sus com- 
paneros ausentes, pero se les permite llevar mayor personal que el fijado en 
la Constitución Lugdunense,* no es tan absoluta la incomunicación como allí 
se dispuso, puesto que los tres cardenales que se suceden como rectores ó 
directores del cónclave pueden conferenciar con los representantes de las po- 
tencias extranjeras, con las autoridades de Boma y con las personas distin- 
guidas que se hallan constituidas en alta dignidad. Todos los detalles del 
procedimiento para la elección fueron perfeccionándose óref ormándose desde 
el Pontificado de Gregorio X por Clemente V en el siglo xiv, y por Clemen- 
te VI, JuHo II, Clemente VII, Paulo IV, Pío V, Alejandro VI, Grego- 
rio XIII, Urbano VIII, Alejandro VII, Inocencio XII. Cada uno espidió 
su Constitución estableciendo ó modificando algunos detalles, para ver si se 
podia llegar á hacer una obra perfecta que diera por resultado la elección del 
más digno entre los dignos. 

Se propusieron además algunos de estos Pax)as reglamentar el cónclave de 
una manera tal, que se hiciera imposible, ó por lo menos estremadamente di- 
íidil, la influencia del poder temporal en la elección. 

Y, sin embargo, puede afirmarse que hasta el presente no ha habido una 
sola elección en que no se haya dejado sentir de una manera más ó menos 
eficaz, y en algunas aun de un modo hasta violento, la influencia de alguna de 
las potencias preponderantes en Europa. Y es que para ese peligro no se bus- 
caba el remedio por el único camino por donde podia obtenerse: no era por 
medio de reglamentos interiores, sino por caminos más espedí tos y los únicos 
y directos por donde debía buscarse fin tan importante para la causa de los 
intereses espirituales de la sociedad cristiana. La Iglesia no podia aspirar á 
que el Estado reconociese su libertad absoluta en un acto cuyas consecuen- 
cias tanto como en si misma habían de influir en el seno de la sociedad civil 
y política. En tanto que el Pontífice fuese no solo el sacerdote supremo, el 
sucesor de San Pedro, el Vicario de Jesucristo en su Iglesia llamado al ejer- 
cicio de un poder exclusivamente espiritual, sino además una alta dignidad 
secular y política, un soberano de la Europa, un rey en Italia, era natural 
que los demás soberanos de Europa y los representantes de los demás Esta- 
dos de Italia no se conformaran con permanecer extraños á la elección del 
Papa-Bey, y persistieran en e^jercer su influencia en la designación de la per- 
sona que había de venir á participar con elloe de un modo más á menos im- 
portante, pero siempre muy eflcaz, en el gobierno de la Europa y en los des- 
tános temporales de sus pueblos. 

Besülta de lo dicho que hasta ahora, prescindiendo de los tres primeros 
siglos del cristianismo, y aun pediera decirse del iv en que la nueva situa- 
ción de la Iglesia creada por la paz de Constantino no habia producido to- 
^vía sus naturales y legítimos frutos, las elecciones pontificias no fueron^ 



14 1.' CONFERENCIA. 

ciertamente, de aquellos sucesos en que la libertad eclesiástica se hubiesen 
desenvuelto sin trabas. En todas las situaciones en que la Iglesia estuvo 
con el Estado desde entonces acá, los Papas subieron á la cátedra de San Pe- 
dro, no sólo por la voluntad de los electores que estaban llamados por los 
Cánones á designar quién habia de ejercer la potestad espiritual confiada 
por Jesucristo á San Pedro y sus sucesores, sino también por la voluntad da 
las supremas potestades j de otros elementos temporales. La elección ponti - 
fieia es de todos los actos de la Iglesia aquél en que ha aparecido más limi- 
tada y aun mermada la libertad que necesita para el ejercicio de su santo 
ministerio : unas v eces por el resultado de las perturbaciones del pueblo ro- 
mano, otras por la ingerencia del poder temporal, con frecuencia los Papas 
subieron á la cátedra de San Pedro bajo el inñujo de uno ú otro de éstos de- 
letéreos elementos. 

Sin duda alguna que la intervención del Estado desde el siglo xvi no 
tuvo el carácter violento que en los siglos ix, x y xi, pareciendo que por esto 
fué más respetada la libertad eclesiástica, puesto que al fin eclesiásticos 
fueron los que en los últimos siglos hicieron las elecciones, por más que su- 
friesen la influencia de unos ú otros soberanos, cuando por el contrario en 
los siglos IX, X y XI habia sido el Emperador ó las facciones del pueblo y 
clero romano quiénes designaban á los que hablan de regir y gobernar la 
grey de Jesucristo. 

Pero de todos modos, la influencia del Estado en la elección se dejó sen- 
tir en unay otra época de una manera eficaz. 

Y no se crea que en los tiempos modernos fué el medio más seguro de ejer- 
cer esa influencia el privil^o de la exclutiva que corresponde á España, á 
Francia y á Austria. Los mismos cardenales, aun sin la intervención oficial de 
las potencias, acostumbraron á tener muy en cuenta para la designación de 
Pontífice las simpatías, las pasiones, las preocupaciones, los intereses, en 
fin, de unos y otros Estados, y señaladamente de los que eran, á la sazón, los 
preponderantes en Europa. Cuando éste fué la Francia, generalmente se ele- 
gía á un afecto á los interereses de la nación francesa. Cuando la preponderan- 
cia correspondió á España, no acostumbraron los cardenales á elegir á un ene- 
migo de nuestra política. Reconozco, sin embargo, que no faltaron algunas 
escepeiones de esta conducta. No se deduzca de aquí que los cardenales arroja- 
ron sin decoro y reserva á los pies de las coronas la dignidad de la Igl^ia, 
nó; es que tenían en cuenta que iban á elegir, no sólo al obispo de Boma y 
como tal al Primado de la Iglesia católica, sino también al soberano de una 
parte de Italia, y que por esto debían mirar por los grandes intereses tem. 
perales cuya suerte corría entonces á cargo del Pontificado. 

Así, pues, reconociendo la legitimidad meramente histórica y transitoria 
de la intervención ó siquiera de la influencia temporal en las elecciones pon- 
tificias como fruto natural aunque funesto de la soberanía temporal de los 
Papas, creo que es altamente conveniente para la Iglesia que haya desapare- 
cido el motivo de esa legitimidad, para que de esa manera vuelva para 
ella una era de plena libertad en que haya de ser elegido para regir las 
onciencias de los fieles católicos, quien, sin odios ni rencores á intereses y 



ELECCIONES PONTIFICIAS. 15 

derechos también logítimos, pueda consagrar su apostólico celo á la obra de 
santificación de la humanidad sobre la tierra. 

La nueva situación en que se halla la cátedra de San Pedro en los tiem- 
pos presentes por efecto de la pérdida de la soberanía temporal de los Pontí- 
fices ha de servir para que la Iglesia pueda recuperar su libertad sagrada. Yo 
así lo entiendo. Por esto creo que la próxima elección será la primera que 
después de mil quinientos años habrá de hacerse con condiciones de mayor 
independencia y libertad exterior. Yo entiendo que la pérdida de la sobera- 
nía temporal es de una ventaja inmensa para la causa de la libertad de la 
Iglesia: yo entiendo que la Iglesia, como institución política que era, no te- 
nia realmente en la esfera de los intereses mundanos, derecho para reivindi- 
car su completa libertad en el ftcto de la elevación de sus Pontífices. Creo 
que ese derecho le corresponde ahora. Yo entiendo que si los Estados, hasta 
la época presente podian alegar sin escándalo de las conciencias sus pre- 
tensiones á intervenir en la designación de la persona que hubiese de ascen- 
der á la cátedra apostólica , pretensiones semejantes desde el momento en 
que aquel no ha de ser masque el Sumo Sacerdote de los católicos constitui- 
rían un gravísimo ataque á la libertad de conciencia de los pueblos cris- 
tianos. 

Pero este importante punto', así como la influencia que la próxima elec- 
ción ha de tener en el seno de la Iglesia y con relación á los sagrados intere- 
ses de las naciones modernas^ serán la materia sobre que versará la conferen- 
cia del domingo próximo. 



INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA. 



^/V/\A/V\AA/\ 



RECTOR. 

Excmo. Sr. D. Eugenio Montero Rios. 

VICe-RECTOR- 

Exmo. Sr. D. Laureano Piguerola, 

JUNTA DIRECTIVA. 

Presidente: El Vice-Rector. 

Vige-Presidente: Excmo. Sr. D. Justo- Pelavo Cuesta. 

t' 

Consiliarios: Excmo. Sr. D. Eduardo Gasset v Artime, 

« 

Excmo. Sr. D. Eduardo Chao. 

Excmo. Sr. ü. Federico Rubio. 

limo. Sr. D. Manuel Ruiz de Quevedo. 

limo. Sr. D. Gumersindo de Azcárate. 
Tesorero: Excmo. Sr. D. Juan Anglada y Ruiz. 
Secretario: Sr. D. Hermenegildo Giner de los Kios. 



PRECIO DE ENTRADA A LAS CONFERENCIAS. 

Para los Socios ó personas que utilicen su derecho, 50 céntimos de pese- 
ta,' para el público en general, 1 peseta. 



Las Conferencias se venden, para el público, en las principales librerías 
á 50 céntimos de peseta. Para* los socios, en la portería de la Institución^ á 
25 céntimos. 



INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA 

ESPARTEROS, 9, PRINCIPAL- 



2.* Conferencia " J^^ 7L y 



(2 DK DICIEMBRE DE 1877) 



EL FUTURO CÓNCLAVE 



POR EL 



EXGMO. SR. D. EUGENIO MONTERO RÍOS 



Publicada con ari-eg-lo á las notas taquigráficas de la 
KKVISTA DE ESPAÑA 



VVW/Wrt/VW/v/vv^VAAAA. >/WWW\'\ 



O 

MADRID: \^1. 



:STAei-ECIMlENTO TIPOGRÁFICO 
de los scftores J. C. Conde y Compftfiía. 
Oaftos» 1. 



SEGUNDA CONFERENCIA 

(2. DE DICIEMBRE DE (S77) 

EL FUTURO CÓNCLAVE 

POR EL 



:577 . J/¿ 



1885, June 29, 
Gift of 
James Bussell IjowoH< 
of Cambridge^ 



SEÑORES: 



Concluía la conferencia última diciendo que la próxima elección pon- 
tificia, que quiera Dios se retrase todavía largo tiempo, era ]a que después' 
de mil quinientos años iba á realizarse c«n condiciones más amplias de li- 
bertad para la Iglesia, y tengo el deber, que me impone la lealtad de la 
discusión, de insistir en demostrar con la historia la exactitud de afirmación 
tan grave, ya que no han faltado quienes con argumentos más ó menos líci- 
tos en una discusión que siempre debiera ser digna de hombres de ciencia, 
han negado en la prensa rotundamente la verdad de lo que sobre el caso he 
tenido el honor de exponer en la primera conferencia. 

No debo dedicarme á exponeros hechos concretos. Eáo seria imposible en 
una conferencia que no puede prolongarse mucho tiempoj pero presentaré 
en conjunto los que se registran en la historia dando carácter á ciertas épo- 
cas, salvo casos singulares, para que aparezca ante vuestra razón con la cla- 
ridad de la brillante luz del sol, ser verdad que bástalos tiempos presentes, 
dada la situación que en el seno de la verdadera Iglesia cristiana ocupaba la 
la Silla Apostólica, todas las elecciones pontificias que desde el siglo v acá 
vinieron sucediéndose, no pudieron celebrarse con un conjunto de circuns- 
tancias de libertad externa tan considerable y tan útil para la causa de la 
libertad eclesiástica, como las que han de concurrir en la elección próxima. 

No habrá nadie que desconozca, cualqiüera que sea el fanatismo de la 
escuela á que está afiliado, que desde el siglo v al viii ya los jefes de los 
hérulos y el primero de todos Odoacro, ya los jefes de los oatrogodos y el 



20 2.* CONFERENCIA. 

primero y el más ilustre de todos Teodorico, ya los duques y reyezuelos 
lombardos, ya los tiranos del Bajo Imperio, tan aficionados á posponer las ne- 
cesidades de gobierno de los pueblos que tenian la desgracia de estarles some< 
tidos al afán de gobernar la Iglesia y hasta de definir sus dogmas, ejercie- 
ron grande, poderosa y decisiva influencia interviniendo en la mayor 
parte de las elecciones de los que ocuparon la Silla de Boma en aque- 
llos remotos tiempos. Y no se contentaron con ejercer esta influencia, 
sino que la llevaron hasta el extremo de imponer á la Iglesia romana condi- 
ciones odiosas y repugnantes, verdaderamente simoniacas, que eran por esto 
de todo punto incompatibles con la pureza de la moral cristiana y con el 
mismo dogma del Evangelio. No era reconocido como legítimo obispo de 
Boma mas que aquel cuya elección hubiese sido aprobada por los jefes de los 
pueblos bárbaros que se hablan apoderado ^e Italia ó por los emperadores 
de Oriente y en su nombre por los Exarcas de Eávena; y así los unos como 
los otros no dispensaban su aprobación á estas elecciones, si el electo no em- 
pezaba por pagar un tributo en metálico, es decir, si no redimía por dine- 
ro el sagrado derecho de la Iglesia para elegir á sus 'propios y supremos Pas- 
tores. Decid si tan vergonzosa é indigna redención no era un caso de la más 
grosera simonía, por más que sea de lamentar la situación de aquellos Pontí- 
fices que solamente por tal medio pudieron ejercer en paz su altísima mi- 
sión, su espiritual y divino ministerio. 

¿Habrá quien tenga por libres y dignamente hechas las elecciones lleva- 
das á cabo bajo condiciones semejantes? 

Desde el siglo viii hasta la segunda mitad del xi, ó sea hasta el pontifica- 
do de Gregorio VII, no sólo necesitaron los Pontífices para que su poder fue- 
ra reconocido en el seno de la cristiandad de la aprobación de los emperado- 
res francos y alemanes que, en concepto de sucesores de Carlo-Magno, pudie- 
ron obs tentar esta prerogativa como otorgada solemnemente al nuevo imperio 
por el Papa León III, sino que durante el siglo x y primera mitad del xi, sea 
ó no auténtico el privilegio concedido por León VlIIá Otton I, la mayor parte 
de los que ascendieron á la cátedra de San Pedro fueron unos no^nbrados, 
otros designados por los Ottones y los Enriques de Sajonia , debiendo su 
elevación los que de otro modo ocuparon la cátedra apostólica , á las odiosas 
violencias y desórdenes de las facciones en Roma, ó ala tiranía de los condes 
de Túsenlo y délos Margravea de Toscana. 

Sergio III, Juan X, Juan XI , León VII, Agapito II, Juan XII y Bene- 
dicto IX, entre otros, ocuparon por los medios últimamente indicados la 
Silla de San Pedro. León VIII, Juan XIII, Benedito VI, Gregorio V, Sil- 
vestre II y Nicolás II, fueron designados ó propuestos per la autoridad im- 
perial; y nombrados directamente por ella', Clemente II y Dámaso II. Más 
larga pudiera ser esta lista de nombres. Hildebrando , que más tarde con el 
nombre de Gregorio VII habia de ser el que, en nombre de la libertad de> 
Iglesia, protestara contra la intervención de la autoridad imperial en las 
elecciones pontificias, á la muerte del Papa León IX pidió un sucesor 
al emperador Enrique III, quien designó un miembro de la familia im- 
perial que tomó el nombre de Victor IL El mismo Hüdebrando, á la 



EL FUTURO CÓNCLAVE* 21 

muerte de Esteban X, pidió otra vez un candidato para el Papado á la em- 
peratriz Inés, por cuya designación fué elegido Gerardo de Borgoña, que 
tomó el nombre de Nicolao II. 

Es verdad que desde el Pontificado de Gregorio VII los emperadores de 
Alemania dejaron de confirmar á los electos^ pero no por eso las elecciones se 
hicieron con más garantías de libertad que hasta entonces. La prueba es 
acabada y concluyente. Desde los últimos anos del siglo xi hasta la mitad del 
siglo xiii la Iglesia occidental vivió en casi constante y gravísimo desor- 
den por resultado de los frecuentísimos cismas producidos por dobles elec- 
ciones papales. Clemente III, Gregorio VIH, Anacleto II, Víetor IV, Pas- 
cual III y otros muchos que á estas épocas corresponden figuran con esos 
nombres en el largo catálogo de anti-Papas , habiendo debido su elevación, 
ya á las sugestiones de los emperadores de Alemania sobre el ánimo de los 
cardenales y demás clero romano, ya á las maniobras y violencias de las fac- 
ciones que por aquellos años tuvieron en continua perturbación la Ciudad 
Eterna. Ved, pues, si las elecciones pontificias de esos dos siglos, que fueron 
los de mayor explendor y poderío mundano del Pontificado , pueden pasar 
por tipo de libertad eclesiástica. Ju2^d si serian libres aquellas elecciones 
en que tan funestos y abundantes frutos produjeron los principales elemen- 
tos que en ellas intervenian. Considerad si serian libres unas elecciones en- 
tregadas al flujo y reflujo de las violentas pasiones de aquel tiempo, y merced 
á las cuales la conciencia cristiana gimió "bajó la dolorosa pesadumbre con 
que no pudo menos de agobiarla la anarquía y el cisma casi permanente de la 
Iglesia primada. 

Desde la mitad del siglo xiii hasta la segunda mitad del xiv, ó sea en los 
anos que mediaron desde el Pontificado de Inocencio IV hasta el de Urba- 
no VI, ¿quién que haya registrado la histeria de la Iglesia, ignora que las 
elecciones pontificias se hicieron bajo el patronato de Carlos de Ñapóles pri- 
mero, y de los reyes de Francia después? ¿Quién puede negar que á la ingeren- 
cia de la Francia en las elecciones x>ontificias celebradas en aquel tiempo de- 
be la Iglesia la vergüenza del cautiverio de Aviñon y las inmensas desdichas 
del gran cisma de Occidente? 

Desde el siglo xv, ó sea desde el Concilio de Constanza, en cuya fecha 
parece que volvió á consolidarse la unidad canónica en la Igleda Occidental, 
y señaladamente desde el siglo xvi empezó á regularizarse bajo nuevas for- 
mas, pero de un modo público, solemüe y aun pudiera decirse oficial, la inge- 
rencia de los soberanos de Europa en las eleí5ciones de los Pontífices-E«yes 
de Koma. Ya la casa de Ausbourg, ya la casa de Borbon, ya la señoría de 
Venecia, ya la de Florencia, tuvieron poderosa intervención en casi todos 
los cónclaves de los siglos décinío-sexte y décimo-séptimo; pero én el déci- 
mo-octavo y en el a&tual, esta intervención quedó reservada á las dos casas 
soberanas primeramente citadas. En los dos primeros siglos, la casa de Aus- 
tria fué la preponderante. En los dos últimos lo fíió la casa de Borbon. Co- 
mo ejemplo de lo primero la elección del flamenco Adriano, maestro del 
emperador Carlos V y último Papa extranjero, y como ejemplo de lo segun- 
do la elección del franciscano Ganganelli. 



22 2.* CONFKRSNOLA. 

Acabo de decir que la ingerencia temporal en los cdaclavee llegó á orga- 
nizarse de un modo público y aun oficial. Hó aquí la prueba: en todas ha 
elecciones, (no sé si mi memoria deja de recordar ea este momento algún caso 
de escepcion) que se sucedieron desde el siglo xvi hasta el presente los carde- 
nales acostumbraron á dividirse en dos grandes fracciones ó grupos: el grupo 
de las Coronas y el de los Zelantes; aquel erft el que representaba los intereses 
políticos de las potencias preponderantes en Europa, y éste el que represen- 
taba las aspiraciones más ó menos sinceras de libertad que siempre germi- 
naron y tuvieron su manifestación en los cónclaves, pero que casi siempre 
hubieron de sucumbir ó por lo menos que transigir con los intereses de las 
coronas. Encomiendo á la consideración de mis oyentes el juicio que bajo el 
.i^pectode su libertad merezcan elecciones hechas de este modo. En muchos de 
estos Cónclaves, franca y ostansiblemenbe se organizaron grupos de elec- 
tores, que repetidas veces formaron la mayoría canónica, y los cuales más que 
por los sagrados intereses espirituales de la Iglesia de J. C, se movian por 
los intereses temporales de aquellos soberanos que inspiraban sus actos, inte- 
reses siempre ágenos y muchas veces contrarios á la causa eterna de los fieles. 

Diré más aún : esta libertad edesiástica limitiday en muchos casos adul- 
terada ó mutilada, por doloroso que sea reconocerlo á los espíritus sincera- 
mente cristianos, tenia su justificación en la dignidad política á que habia 
aspirado^ y que habia conseguido el clero católico y el Pontífice de Boma. 
Los obispos, como jefes supremos de una clase privilegiada y que ocupaba 
unpuestomuy importante en la organización de los Estados católicos, tenían 
en la vida temporal délos puebles una influencia inmensa. El clero, esta fuer 
za política que en algunas naciones como la nuestra y durante mucho tiempo 
fué la preponderante después del trono, estaba sometida á los Papas por la 
intervención eficaz que estos tenían en la provisión y conservación de las 
piezas eclesiásticas. 

La reserva introducida en el Derecho nuevo y novísimo á favor de la Silla 
apostólica sabré la enagenacion de los inmensos bienes que la Iglesia poseía 
y sobre sus inmunidades, hacia depender del Papa la suerte de los Estados 
cuando éstos pasaban por crisis económicas ó necesitaban recursos extraor- 
dinarios para salvar las de otra clase. 

Ahora bien: desde que los Romanos pontífices habían llegado áser, por el 
iudirecto medio de que acabo de hablar, una parte integrante del organismo 
político de Europa, una fuerza poderosa que podía influir de una manera 
decisiva en la suerte de las naciones, ¿no es verdad que los representantes 
legítimos de estas tenían derecho para intervenir en la designación de aquel 
que con ellos habia de compartir de tal manera la soberanía temporal, y de 
quien habían quizá de depender los destinos de los pueblosí 

Eran, además, los Komanos Pontífices soberauos de un Estado reconocido 
por la Europa civilizada, y como tales no podían menos de ejercer, favorable 
ó funesta, pero siempre importantísima influencia en la suerte de la Europa. 
Comenzaba entonces á tomar calor y vida esa comuuidad, ó mejor dicho, esa 
solidaridad de intereses que hay entre, todos los pueblos -que forman la parte 
más noble del mundo; y no puede á nadie parecer estrano que los represen- 



EL FDTUBO* OÚNCfJbTX. S3 

4»n¿e8 de' todos disito^ pueblos aa oonsideraeeií coa áéiedtxo á tomar algoáa 
parte (ya que se trataba de un monarca elecfcÍTo) en la desigñadon de quien 
ccm sus actos podiia comprometer aquellos gñndes 7 comunes intereses y 
entre ellos, muy especialmente, la paz pública. 

Eran, en fin, los Bcímanospolitifíces soberanos de una parte de la Ittdia. 

Bajo este aspecto la España, la Francia y el Austria, tenian juntamen- 
te con los demás Estados de aquella Fenínstüa, motivos especiales y de suma 
trascendencia para no consentir, ó, por lo monos, procurar éyitar la eleva- 
oion de quien por sus públicos actos ú opiniones hubiese ya manifes- 
tado sentimientos de hostilidad ó propósitos incompatibles con las aspi- 
raciones ó derechos de cualquiera de los que compartían allí el poder pú- 
blico. Y como estas aspiraciones ó derechos eran casi siempre incompatibles en- 
tre sí, figuraos la perturbación que estas incompatibilidades llevarian á las 
elecciones de los Papas. Por lo dómás, la historia de la desgraciada Italia en 
los tres últimos siglos justifica bien aquellas pretensiones. Leed los hechos de 
la mayor parte de los Papas desde Jiilio II htota Clemente XIII. (Qué de 
particular tenia que los soberanos de Europa, que á la vez lo eran de una 
parte de la Italia, quisieran intervenir de alguna manera en la elección de 
^uel que con sus actos podia comprometer su soberanía y ser su más terri- 
ble y éncamieado enemigo) Y de tal manera estaba fuera de duda la políti- 
ca legitimidad del derecho en virtud de la cual los soberanos de la Europa 
<»t61ica tomaban parte en las lecciones de los sucesores de San Pedro, que 
la misma Igl^ia, si no de una manera expresa á lo menos de un modo táci- 
to pero no por eso menos claro, habia venido á reconocerla: {Qué otra 
cosa que ésto significa la prerogativa del vetQ ó exclvaiva^ ejercida una y mu- 
chas veces sin protestas y antes bien con la aquiescencia del Sacro Colegiol 

j¡Eji qué consistía esta prerogatival En el derecho que tenian los sobera- 
nos de España, Francia y Austria, y no falta quien añada Portugal, de ex- 
cluir del S6IÍ0 Pontificio á quien no consideraban desde el punto de vista de 
«üs peculiares intereses á propósito pam» tan alto puesto, por más que fuese 
canónicamente idóneo y elegible, ó quizá fuese bajo este aspecto el más dig^ 
no entre todos los cardenales para regir y gobernar la Iglesia de Dios. 

La historia de las elecciones pontificias contiene muchos casos de ejerci- 
cio de tan exttiaordinaria prerogativa. 

La España, representada entonces por FeHpe II, á quien ciertamente na- 
idie tachará de enemigo de los intereses de la Iglesia, excluyó en la elección 
de León XI al cardenal Barónio, porque en sus Anales habia combatido la 
legitimidad del privilegio de la monarquíatirxQ coirespondia á los reyes de Si- 
cilia. Más tarde én la elección de Alejandro YII excluye también la Es- 
paña al cardenal Sacheti con el asentimiento de los cardenales reunidos 
en Oóndave y cuando estaba á ^unto de obtener la mayoría necesaria 
para la elección. 

En la de dómente XII la misma España excluyó al cardenal Imperiali 
p:)r demasiado afecto á los jesuítas; y en la de Gregorio XYI excluyó al car* 
denal Giüstiniañi porque cuando habia desempeñado la Nunciatura en 
nuestro país no habia satisfecho los deseos del Qbbiemo. La Francia en la 



2i 2.* coiiFJBaaBNOiA. 

elección de Clemente XIII ezduyó^ por medio de sus piopioB cardenales, al 
Eminentísimo Cavalchini que estaba á punto de obtener las dos terceras par* 
tes de los sufragios. El Austria en la elección de Inocencio XIII por medio 
del cardenal Althan ezdayó al cardenal Paleouci; en la elección de Fio Vil 
por medio deí cardenal Herzam al cardenal De Gerdil, y en la elección de 
León XII en 1829 (ya veis que no cito una época remota) excluyó por medio 
del cardenal Albani al cardenal Severoli, que era el que estaba más indicado 
para conseguir los honores de la Tiara. 

Siempre el Colegio de cardenales reconoció la eficacia de estas exclusiones. 
Siempre desistió de favorecer con sus sufragios á las personas excluidas. Y 
notad que el mismo hecho de su exclusión demuestra que eran las más indi- 
cadas entre los elegibles para ascender ai trono papal. Si asi no hubiera sido, 
no se hubiera ejercido contra ellas tan decisiva prerogativa. Por ella veis 
cómo los reyes de Europa podían privar á la Iglesia de quiénes i>or sus do- 
tes quizá en otro caso habrían de ser eminentes pastores, muy dignos, 
¡quién sabe si los más dignos! de dirigir las conciencias de millones de cris- 
tianos. 

Si es, pues, un hecho fuera de toda duda, que nadie se atreve á negar 
hoy, que, por lo menos, durante los siglos xvi, xvu y xviii, y aun en los pri- 
meros anos del actual las mencionadas potencias de Europa se consideraban 
facultadas para intervenir en las elecciones pontificias de una manera tan 
esencial, que su veto era bastante para excluir de los elegibles á aquel que por 
los decretos canónicos tenía todas las condiciones necesarias de idoneidad para 
tan alto ministerio, dejo á vuestra consideración si pueden tenerse por ple- 
na y canónicamente libres estas elecciones, en que tan importante, tan deci- 
siva intervención tenian elementos ajenos y esencialmente incapaces con ar- 
reglo á los principios fundamentales de la Constitución eclesiástica piura ad- 
quirir el derecho de elegir á les sacerdotes de Jesucristo. 

Pues bien : como precisamente hoy han perdido su razón de ser los tres 
aspectos bajo los cuales las naciones católicas de Europa hablan ejercido 
esta intervención, debe deducirse que de hoy en adelante, á no ser que los 
tiempos retrocedieran á lo que fueron, jquiera Dios que esto no llague á sus 
ceder! las elecciones pontlScias. habrán de hacerse con mayor suma de con- 
diciones de libertad extema que las que hubo hasta ahora. Estas elecciones 
serán asunto que debe ser reservado á la Iglesia. No tienen ya derecho á in- 
tervenir en él los elementos temporales que intervinieron hasta ahora. ¿Y 
por qué? Por que en la organización de los Estados va desapareciendo de día 
en dia el clero católico, que, á pesar de las protestas incesantes de muchos 
de sus miembros^ los Gk)biemos y los pueblos tienden cada vez más á encer- 
rar en la esfera religiosa y á no permitirle emplear otros medios de acción 
que los únicos que son verdaderamente dignos de la conciencia cristiana y de 
las Divinas máximas del Evangelio. El Papa, pues, como jefe supremo del 
clero, va desapareciendo del cuadro oficial da las fuerzas políticas de las na- 
ciones, para no ser más que el supremo sacerdote de la Iglesia de Cristo. La 
^ran propiedad eclesiástica ha entrado en las inmensas corrientes de la circu- 
lación de la prc^iedad laica. Tampoco, pues, tienen que temer por este 



EL FUTURO CÓNCLAVE. 25 

pecto los QobieraoB de los nuevos sucesores del príncipe de los Apóstoles. 

El Papa no figura ya entre las potencias de Europa. Sus Estados forman 
parte de la unidad italiana cuyo pueblo va realizando sus aspiraciones secu- 
lares bajo la dirección leal ó inteügeiito de la (^oriosa dinastía de Saboya. 
El obispo de Boma ha comenzado da hecho y de derecho á no ser mas que 
el Supremo sacerdote de los fieles católicos, á pesar de sus naturales protes- 
tas contra la nueva situación que después de mil doscientos años viene á re- 
integrar la pureza de su primitivo y espiritual carácter de primado univer- 
sal de aquella Iglesia que J. C. quiso fundar sobre la separación eterna en- 
tre los intereses de Dios y los intereses de César. Los Cónclaves ya no darán 
á la Europa un nuevo soberano llamado á regir los destinos temporales de - 
una parte de sus pueblos, ni á la Italia quien pueda reproducir con sus actos 
aquellos tiempos de odiosa memoria en que la patria del antiguo heroísmo 
que habia sometido el mundo á su dominación con sus armas y con sus le- 
yes, habia descendido hasta convertirse, por culpa de quienes tenian el de- 
ber de ser los primeros campeones de su honor, en objeto vil de depreda- 
ciones que las Regias concupiscencias, con escarnio de los sagrados derechos 
de los pueblos, no dejaban nunca de poner al amparo de la legitimidad de 
aquel tiempo que se llamaba Eazon de Estado. 

iPor qué, en la nueva situación en que va entrando á pesar de tanta pro- 
testa y tanta resistencia la Silla Apostólica, han de continuar los poderes 
tdmporales interviniendo en la elección de los que hayan de ocuparla? ¿para 
qué esta intervención? fcen qué títulos legítimos podrían hoy fundarse aspi- 
raciones s«nejantes1 A Dios lo que es de Dios, desde que la Iglesia tiene ya 
que dar al César lo que es del César. Así como en la constitución de los Es- 
tados modernos la trasmisión del Poder va organizándose sobre la libertad 
del derecho electoral del ciudadano , sin que la Iglesia sea admitida á tomar 
parte en estos actos los más trascendentales en la vida interior de las nacio- 
nes, así también es hora de que la Iglesia dé principio á la reivindicación 
del libre nombramiento de su Ministro Supremo como parte integrante que 
es este nombramiento de su libertad sagrada, terriblemente comprometida 
en los siglos anteriores por nefandas alianzas que tanta responsabilidad han 
acumulado sobre ella ante el inexorable tribunal de la historia. 

Así, pues, la elección pontificia debe de hoy más comenzar á ser asunto 
propio y exclusivo de la Iglesia, para que los electores bajo la inmensa res- 
ponsabilidad de su libertad canónica, se inspiren, al crear al Pontífice Supre- 
mo, no en sus conveniencias t^nporales, sino en las verdaderas espirituales 
necesidades de los fieles; no en las aspiraciones políticas que el clero, mal 
avenido aún con la general trasformacion por que están pasando en nuestro 
siglo las ideas, los derechos y las instituciones de la sociedad antigua, no se 
ha resignado todavía á renunciar, sino en las más elevadas, en las únicas 
que debe tener y consisten en trabajar sin descanso, pero sólo con los medios 
espirituales y Divinos que Jesucristo encomendó á su Iglesia, en la obra 
de purificación y santificación de la coneiencia humana. 

Por esto entiendo que la libertad de las elecciones pontificias no basta 
que esté protegida por ima ley interior de la nadon italiana, sino que debe 



26 2.* CONFERENCIA. 

«ntirar á formar pftrt e del derecho rnteinamonal de todos los pueblos cátólieos 
yáun^e todo el mundo civilizado, porqus, aunque bajo una forma eoncreta 
y dcrtiérminada por el objeto de la elección, afecta esencialmente á la misma 
libertadle con<$ieneia de cuantos católicos existien esparcidos sobre toda la 
supe^*fiele de la tierra/ y bien sabsis que la libertad de la conciencia frente á 
frente del Estado, as el derecho más precioso, el más sagrado de todos los que 
la cirilizáeíon, iluTiiiñadá por la Dítíba doctrina de Jesucristo , ra reivindi- 
i^indó pata el hombre; es la* piedra angular del grandioso edificio que se va 
leYaiítando en nuestros días á la lib0rtad>de los pueblos. 

To bian sé que las opiniones que expongo tienen muchos adversarios en 
las nutridas filas de las escuelas más ó monos liberales, y que señaladamente 
las combaten los que, diciéndose defensores de las aspiraciones de la liber- 
tad, quieren, no obstante, á fuer de conservadores f pasar también por ami- 
gos leales de la Iglesia. Yo bien sé que abundan las gentes que alarmadas 
por un miedo exagerado á las consecuencias que para la paz de las concien- 
eias^y-áun para la paz pública de Europa pueda tener 1& próxima eleceion 
pontificia, creen peligroso, á lo monos por hoy, renunciar á toda interven- 
cidDt €te ella. Yo no abrigo esos temores. Tengo más £é en la libertad de la 
Iglesia y en la libertad de los pueblos. Lo que hay de legitimo en la una y 
eo. la otra no perecerá por graves, por terribles que sean las <»isis que el por- 
venir les tenga reservado. Pero aunque asi no fuera, no tienen presente los 
que de otro modo piensan que la libertad, como el sol dispensa el beneficio 
de su calor y de su luz á todos los hombres, debe proteger también á todos 
los seres inteligentes y á todas las instituciones que estos formen. Horrible 
sarcasmo seria querer salvar los derechos de la libertad por medio de las ini- 
quidades de la tiranía. 

Aparte de esto, los procedimientos del antiguo régimen son hoy impo- 
'siblés. La opinión pública, que no es más que la manifestación del pensa- 
miento eomim de los hombres, y que preside y dirige hoy las cosas humanas 
como soberana á que rinden acatamiento todos los potentados de la tierra, 
ha hecho imposible su Uso por haberlos considerado como contrarios á los 
fueros etomos de la libertad. 

Esta es la aspiración universal de cuanto palpita y vive y discurre hoy en 
el mundo. El mismo clero, sin notar la enormidad de la contradicción en 
que incurre á la^vez que^eraiste en su hostilidad á los modernos derechos 
de los pueblos, reivindida para la Iglesia aquella* porción de eru propia liber- 
tad que en otro tiempo habia enagenado en beneficio del Estado para que 
formase parte integritinte del organismo que todavía para él es el único le- 
gitimo. Y por la inversa, los Gobiernos, dada la manera xle ser que«ctaal- 
mente tienen los Estados, carecen de medios eficacespara sostener sus anti- 
guas prerogativas y oponerse con éxito á la reivindicación de la libertad 
eclesiástica. Recordad lo que pasó* en España y la lamentable situación del 
Gk>biemo que entonces se hallaba al frente del país por su empeño en -some- 
ter á un exeg'uaú%r ya imposible y cuya aneja sanción tuve el honor de supri- 
mir en el Código penal, la Bula Qmnta cura y el SylMv,s\ lo que pasó en 
Europa con motivo de la celebración del Concilio del Vaticano á cuyas se- 



EL FUTURO OÓNOLAVE. 27 

siones el Faptdo ao quiso admitir^ á pasar del antiguo derecho, á loe repre- 
Bentautes de los soberanos de Europa; y en fin, la firmesa «del Qobiemo de 
Italia en sostener la integridad de las garantías dadas ala Ubettad del Papa, 
no obstante las redamaciones en contrario sentido que la prensa europea di- 
jo que le hablan sido hechas por el Gabinete de Beriin enlos momentos en 
que U^ó á mayor violencia la lucha que se sostenía entre ól y el Yatieano. 

Es que nada hay más contrario á la natnralaza déla libertad humanay á 
la naturaleza de la juslieia,'qne las medidas de prevención, cnalquiera que 
sea la persona ó la institución contra quienes se intenten. 

Asi, pues, permanezcan en hora buena, como deben hacerlo, los Estados 
en constante vigilancia y con el arma al braso. á las puertas de sus dominios 
para rechazar sin yacüacion ni debilidad las invasiones .que el clero se 
empeña aún en llevará cabo. Bástanles para «sto las anmas que les propor- 
ciona el derecho común. Pero respeten la übertad que es esencial á la Igle- 
sia, esto es, aquella que procede de un Divino origen, que se desenvuelve en 
la elevada esfera de las religiosas relaciones del hombre con su Supremo Ha- 
cedor y que á la Iglesia es necesaria si se han de emplear los medies espiri- 
tuales de que la dotó su Divino fundador para la nnsion que es la única á 
que Intimamente puede aspirar á cumplir, á saber: la santificación del alma 
humana en el tiempo como preparación para su salvación en la eternidad. 

Ved, por cuanto precede, si no son hoy con cumplida justicia, y no serán 
cada vez mayores las condiciones de libertad externa que va á gozar el Pon- 
tificado en los actos solemnes de su renovación personal. 

Pero notadlo bien : hablo de la libertad éífterna, no de la imierna, ó sea de 
la que es resultado de los elementos propiamente eclesiásticos que intervie- 
nen y viven en los Cónclaves, por que tampoco ésta fué tan plena como hubie- 
ra convenido en las elecciones papales. Si registráis la historia de los Cón- 
claves de los siglos XVI, xvii, y xviii, veréis que las fracciones calificadas de 
los Zélantet representaban á primera vista, es verdad, la causa de la 
libertad electoral de la Iglesia, pero en el fondo representaban también mu- 
chas veces aspiraciones é intereses de elementos eclesiásticos por sus funcio- 
nes, pero seculares y mundanos por sus ccmstantes propósitos y por los me- 
dios qué siempre han jua^gado emplear para realizarlos. Esta ha sido siempre, 
y hoy más que nunca, un peligro tarrible para la paz interior de la misma 
Iglesia, y para su porvenir entre las demás instituciones en medio de las 
cuales ha de tener que vivir siempre. 

Este peligro, ¿cómo puede desaparecerá Difícil será ciertamente con- 
jurarlo por completo. £1 derecho electoral que la Iglesia hoy mantiene, ¿as 
todo lo perfefcto, todo lo acabado que es menester, para que aun en su 
propia srao ofrezca garantías bastantes á los fieles de que ascenderá á la 
cátedra de San Pedro y será elegido como Supremo Sacerdote aquel que 
realmente tenga las condiciones más escelentes para desemp^ar tan alto 
ministeriol Pennitidme, señorea, que ya que de trata de un punto de dere- 
cho puramente humano ó histórico, y por esto ageno á la inviolabilidad del 
dogma, os haga sobre él algunas ligeras indicaciones. 

El Colegio electoral del romano Pontífice, os decia en la última conf eren- 



28 2.* OONFJUIENCIA. 

cía, está reducido al cuerpo de cardenales, ó lo que ea lo mismOi el Papa es 
elegido por algunos clérigos, sin que en la elección tengan intervención di- 
recta é inmediata los legos; es elegido por el sistema, con arralo al cual, 
donde impera el deredio común eclesiástico, son elegidos los demás obispos. 

En ese sistema el derecho electoral está reservado á una parte de los 
miembros de la Iglesia, la más escelente, la más noble, sin duda, pero al fin 
y al cabo una parte de, la Iglesia; quedando excluida de toda participación 
en ese dweeho y por esto de interv^r eficazmente en la designación de sus 
pastores otra parte, no tan eseeleiite, pero no monos integrante de la socie- 
dad cristiana: los legos. 

No sucedió siempre asi. Todos sabréis quizá, que hubo una época, y no 
corta puesto que duró no xx)oos siglos, en que prevaleció dentro de la Iglesia, 
como elemento de su derecho constitucional, la intervención de todos los fie- 
les, clérigos y legos, en la designación de los ministros, y especialmente en la 
elección del Sumo Sacerdote que en cada ccwnunidad habia de ejercer la Di- 
vina mi&ion que Jesucristo encomendó á sus apóstoles entre los hombres. 
Por desgracia este principio fundamental, si no desapareció del todo, quedó 
de tal manera mutilado en la sucesión de los tiempos, que hoy es bi^ esca- 
sa, bien poco importante, bien poco influyente, por no decir complefemente 
nula la intervención de los fieles en la designación, y mucho monos en la 
dleccion de los que han de estar encargados de la salvación espiritual de sus 

almas. 

Yo debo abstenerme en este momento, porque esto me llevarla muy lejos 
da mi propósito, de examinar las consecuencias de variación tan trascenden- 
tal en la organización del ministerio sagrado; pero si diré que á la supresión 
da principio tan importante como el que informaba en los primeros siglos 
este punto fundamental de la disciplina eclesiástica se debe en gran parte, 
según mi humildísima pero sincera opinión, ese antagonismo funesto que 
desde hace muchos siglos viene separando al clero del pueblo fiel , ese anta- 
gonismo de que tal vez muchos no se dan cuenta bien clara, pero que no es 
por eso menos real y positivo. Parece que la grey de Dios está dividida en 
dos razas, ó, por lo menos, en dos porciones separadas ó independientes la 
una de la otra ; parece que la Iglesia de Jesucristo no es una ; parece que no 
son solidariamente los mismos los intereses y derechos de santificación del 
alma de todos sus miembros , sino que, por el contrario, son opuestos é irre- 
conciliables entre sí. Parece, en fin, que aquellos que debieran estar unidos por 
fraternales vínculos están condenados á vivir en mutua y perpetua descon- 
fianza. Da aquí que el clero tenga muy poco en cuenta las necesidaíks, 
las costumbres, las pasiones, la manera de ser del pueblo fiel ; de aquí que á 
su vez el pueblo fiel desconfíe del clero como si se tratara de un enemigo de 
su prosperidiid temporal. Yo no afirmaré que tan lamentable situación sea 
resultado exclusivo, pero sí creo que, á la vez que de alguna otra causa muy 
importante aunque con esta asimismo relacionada, procede también del mo- 
derno derecho de la Iglesia á cuya sombra vive y subsiste en su seno un de- 
ro que con dificultad llegará á conocer el inmenso alcance de las aspiracio- 
nes de la nueva sociedad en que está destinado á ejercer su santo ministerio. 



EL FUTURO CÓNCLAVE. 29 

Pero dejemos esto aparte y eontinnemos oeapándcmos del objeto especial 
de la conferencia. Beconocieñdo yo las grandes dificultades que existen 
para establecer un nuevo derecho electoral por el que pudieran interveoár en 
la elección del Sumo Poniifíce los fíeles cristianos, reconociendo, digo, esas 
dificultades, y sin intentar siquiera discurrir sobre la manera de rest^verlas, 
debo también llamar vuestra atención sobre la actual corporación de los 
electores pontificios. 

El Papa no es sólo el obispo de Roma. Por el hecho de serlo se consti- 
tuye también en Supremo Sacerdote de la Iglesia de Cristo. No es únicamen- 
te un ministro llamado á desempeñar sus sagradas funciones cerca de los 
fieles de la Iglesia romana, sino que está llamado asimismo á dirigir desde 
su elevado puesto las conciencias de todos los fieles que forman la Iglesia 
católica, vastísima asociación que se estiende hasta los confines de la tierra. 
Ahora bien; ¿no es verdad que el derecho y la conveniencia de la misma Igle- 
sia parecen aconsejar que por reducido que sea el cuerpo electoral que ha de 
elevar á tan alto puesto á uno de sus miembros, esté formado por individuos 
que procedan de esa diversidad de pueblos ligados entre sí por la unidad su- 
blime de sus creencias? ¿No es verdad que por lo monos es'de rigurosa justi- 
cia aun en el orden espiritual no hacer imposible la participación eficaz de 
la numerosa mayoría de las Iglesias particulares del mundo católico en el ' 
acto solemne de la elección del Pontífice universal^ ¿No es, en fin, verdad que 
sería demasiado cierta esa imposibilidad, reservando á una sola nación todas 
ó casi todas las plazas del Sacro Colegio de l®s electores] 

Tanto es esto verdad, que la misma Iglesia lo ha reconocido así en más 
de una ocasión solemne. Los Padres del Concilio de Trento recomendaron, ó 
mejor dicho, ordenaron á los Papas que procurasen elegir cardenales de to- 
das las naciones cristianas. Esto no se cumplió con la franqueza y amplitud 
que reclamaban los intereses, los derechos de las Iglesias particulares; algu- 
nos cardenales extranJ6ros.hubo en los siglos anteriores y últimos anos deljac- 
tual pero nunca pasaron de una exigua minoría. El mayor número del Cole- 
gio estuvo formado por italianos. Habia hasta estos tiempos una razón poli- 
tica para explicar esta desproporcional distribución de los oapelos cardenali- 
cios: los Papas eran á la vez soberanos de un Estado italiano, y el pueblo de 
ese Estado llevaba muy á mal y tenia además para ello derecho, que se pu- 
siese al frente de sus intereses temporales á un extranjero. Pero si esa razón 
existía entonces (notad una vez más los amargos frutos de esa soberanía tem- 
poral que ojalá que para siempre haya desaparecido) ya no existe hoy: el Ro- 
mano Pontífice ha dejado de representar los intereses italianos para represen- 
tar exclusivamente otros más grandes, más elevados, los intereses universales 
de la Iglesia de Jesucristo. Sus electores es altamente conveniente que no pro- 
cedan de una sola nación, sino de todas las que forman parte de la grey cris- 
tiana. Esa necesidad, sin haber sido ahora esplícitamente reconocida por el 
Vaticano, parece, no obstante, que ha comenzado á satisfacerse, puesto que 
no obstante la persistencia en no renunciar á la antigua posesión Papal 
en Italia, se ha dado últimamente á las Iglesias de otros pueblos mayoT par 
ticipacion que la que nunca hablan tenido en el Colegio cardenalicio: en 



30 2.* CONFERENCIA. 

1872, de^4&eaTdenaleft que entonces hábia, sólo 10 eran extranjeros á la Ita- 
lia, y ^n él año «ctual, de 62, 26 ya no son italianos. 

Pero-la^ elección próxima, dada la situación del Pontificado con relación 
á las naciones de Europa y dado también el estado interno de la Iglesia, 
¿qué esperanza» ó qué temores puede ofrecer para los fieles? Yo, señores, re- 
conociendo la grande importancia, la suma trascendencia que no podrá me- 
nos de tener aquella, estoy tranquilo por todos conceptos sobre los resultados 
que esa elección en definitiva haya de tener en ambos órdenes. Es muy pro- 
bable que no pondrá término inmediato á los terribles conflictos del presen- 
te; pero cualquiera que ella sea,, estad seguros de que ni la causa déla Iglesia 
ni la de la libertad de los pueblos ha de correr peligros de muerte. En crisis 
aun más grandes y terribles se hallaron en siglos anteriores la f e jr la razon, 
la Iglesia y el Estado. Momentos hubo en la historia de la sociedad cristiana • 
en que los contemporáneos no veian delante de sus ojos más que espesas é 
impenetrables tinieblas; y sin embargo, los intereses eternos de la fe se sal- 
varon y tampoco perecieron los demás intereses legítimos de la humanidad. 
Situación más crítica que la presente era aquella en que se encontró la Igle- 
sia á la muerte de Gregorio VII; prisionero el Pontífice en la misma Roma, 
y fugitivo después y errante por la tierra de Italia bajo la sola protección 
del feroz Roberto Guisoard, que por do quiera iba sembrando la desolación; 
entronizado en la cátedra Apostólica por el Emperador Enrique IV el anti- 
Papa Clemente III, moría al fin en Salerno aquel terrible Pontífice creyén- 
dose abandonado del mundo. ¿Quién no habia de creer á su vez á la Iglesia 
Romana en peligro inminente de que se agravase de un modo funesto su ya 
tan crítica situación? Y no obstante, al año del falleeimient)ode Gregorio VII 
era casi pacíficamente elegido por sucesor suyo el abad del Monte Gasino, 
que tomaba el nombre de Víctor III; el cual, contra lo que era de temer 
puesto que el mismo Gregorio lo habia designado para aquel altísimo puesto, 
moderaba con su templanza la hasta entonces encarnizada y saipgrienta con- 
tienda del Pontificado y el Imperio. Víctor III, sin hacer expresa renuncia 
délas aspiraciones de su predecesor, hallaba en su conducta personal recur- 
sos bastantes para hacer posible con el tiempo una transacion honrosa, ó por 
lo menos para proporcionar descanso á los espíritus á la sazón tan dolorosa 
mente perturbados. 

Ouán crítica, cuan gravísima ne era la situación de la Iglesia al abrirse 
el siglo XV, viéndose sin guía en la inmensa confusión del gran cisma. Y 
sin embargo, merced á la maravillosa fiexibilidad de su fundamental consti- 
tución, el Concilio de Constanza lograba poner término á los escándalos de 
aquellos anti-Papas, y ofreeer á la cristiandad, después de más de cuarenta 
años de cisma , un Supremo Sacerdote por todos venerado y obedecido. 

Pero, ¿á qué citar remotos ejemplos? ¿No es, por demás, elocuente la elec- 
ción de Pío VII? Italia estaba invadida por los ejércitos de la República 
francesa; Pió VI moría prisionero en Valence; las bayonetas de la cismática 
Rusia, eran, si no el único, el principal amparo que tenian los restos del Sacro 
colegio pava ejercer la mds alta de sus funciones. 'No era extraño que á los. 
que no tienen fe en lo3 destinos inmortales de la Iglesia catóüca^ pareciese 



EL FUTURO OÓNÜLAVE. 31 

perdida para siempre la Salvación del pontifuñdo; no obstante, ea la isla 
de San Jorge de Venecia se congregaban aquellos restos .hasta, entonces 
aventados por el hnracan revolucionarío, y allí con gran calma y con mnoha 
menos perturbación que la que había habido en el Cónclaye anterior, elegían^ 
no á nn prelado intransigente apóstol de la cansa política á la sazón perso- 
nificada en el papado, sino á un obispo que en sus pastorales habia ensaLsado 
los principios de la Constitución francesa de 1789, al cardenal Chiaramontá» 
que ascendió al Solio con el nombre de Fio VII. 

Estudiando estos y otros muchos ejepiplos de que está sembrada la hk- 
toria de la Iglesia, confiemos en que, por viva y enconada que sea la lucha 
actualmente, la próxima elección pontificia no la agravará más. Esperemos, 
por el contrario, que habrá de templarse un tanto por más que sea, por des- 
gracia, demasiado de temer que no la ponga término. 

Hay, además, otras razones^ que, aunque de carácter secundario, deben ro- 
bustecer nuestra esperanza. Raras veces los Cónclaves eligieron á cardenales 
identificados con la política, y los actos más trascendentales del gobierno 
del Papa difunto. Con admirable previsión procuraron en la mayor suma 
de casos evitar que germinase sobre el solio apostólico nada que pudiera 
parecerse á la herencia, aun bajo el aspecto de las ideas y de la política do- 
minante. Por esto mismo predominó siempre la tendencia á no elevar al 
trono vacante ni al sobrino ni al ministro ni á ninguno publica y especial- 
mente ligado al último Papa. Esta es la explicación en el derecho consue- 
tudinario por que también se rigen las elecciones pontificias, de la máxima: 
"No se puede ser dos veces Papa.M Tengamos^ pues, confianza en la pruden- 
cia del actual Sacro-Colegio. ¡Ojalá que estas esperanzas no salgan defrauda- 
das! Cada dia parece más prepocente y más audaz aquel elemento mundano 
que, desde hace largos siglos viene fermentando en el seno de la I^esia aquel 
elemento que, ageno al verdadero espíritu del Evangelio y á pesar de sus 
protestas de ortodoxia, no tiene fe en la inmensa, en la infinita efica- 
cia de la doctrina y de la moral cristiana para regenerar el alma, y busca, por 
esto, como el fariseísmo de la ley judaica, las riquezas y el poder temporal 
como si no fuera posible sin ellas la obra de la redención de Jesucristo. 

Ese elemento funesto, que tantas veces comprometió el santo nombre de 
la Iglesia católica, y que como la sombra al cuerpo la acompaña do quiera 
qne esta llegue á establecer y desarrollar sus gerárquicas y Divinas institu- 
ciones, es la parte humana y flaca que el hombre con su naturaleza enferma 
aporta á la purísima esposa de J. C. Pero, aunque hasta que se consuman los 
tiempos no le será posible desprenderse completamente de este impuro ger- 
men, es bien seguro que no se adulterará con su contacto jamás, la santa y 
divina doctrina, en todos los siglos y en todos los tiempos profesada por la 
Iglesia católica. 

Se pretenderá, sí, esponer en nombre de Dios aspiraciones y doctrinas 
mundanas, diversas ya que no contrarias, á los dogmas del Evangelio; pero 
notad bien, cuando esto sucede, la ambigüedad ó la vaguedad de las frases 
para sorprender, sin duda, en su propia sencillez la conciencia de las masas 
de los fieles. 



32 2/ CONFERENCIA. 

Inmensa reeponsabilidftd contraen quienes tal empleo dan al ministerio 
sagrado^ creado por el Redentor del mundo, no para destruir, sino para edi- 
ficar, no para sembrar la desolación en las almas, sino para alimentarlas con 
el diyino manjar de la esperanza, no, en fin, para perseguir mundanos y ter- 
renales intereses, sino para propagar sin descanso entre los hombres las sa- 
ludables doctrinas 7 hacerles practicar las purísimas máximas del Evan- 
gelio. 

Hora es ya de dar término á esta conferencia. Permitidme, para hacerlo, 
que ponga el pensamiento capital que en toda ella me ha dominado, bajo 
la protección de dos de los más ilustres varones que ocuparon la cátedra 
apostólica en los tiempos modernos. El gran Benedicto XIV, al ^ar su aten- 
to oido en los sordos rumores que, como precursores de las borrascas de 
nuestro siglo salian del seno de la sociedad de su tiempo, ya decia: "Vivi- 
mos en una época en que es necesario hacerse á un lado y limitarse á hacer el 
bien. Felices si, después de haber clamado tanto contra los cuatro artículos 
de la Iglesia galicana, vemos á los pueblos contentarse con esto y no pasar 
más allá, n Pió VII, cuando no era más que cardenal Chiaramonti, pero estaba 
en el Cónclave ya á punto de ascender al solio, decia á su vez: "La Iglesia 
está amenazada en lo espiritual tanto como en lo temporal. Es necesario que 
lo del Pontífice quede intactio. Sálvese lo que se pueda del monarca, n Pues 
bien: lo del monarca ha perecido todo. En las borrascas que corre la naveci- 
lla de San Pedro ha perdido esta parte de su cargo. Quiera Dios que por el 
afán de recuperarlo no ponga en grave riesgo en nuestros tiempos y para 
nosotros la parte más preciosa, la única santa y Divina, la que constituye el 
patrimonio eterno déla Iglesia de Jesucristo. Quiera Dios, en fin, queUegue 
por todos á ser reconocido que la hermosa y noble m sion del sacerdocio 
cristiano tiene por tipo la manera constante de obrar la Providencia sobre 
los hombres, y debe consistir por esto en dirigir y gobernar la conciencia de 
los fieles sin ofender la libertad de los pueblos. He dicho. 



INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA. 



WVXATWW 



RECTOR- 

Exorno. Sr. D. Eugenio Montero Rios, 

f VICE-RECTOR. 

Exmo. Sr. D. Laureano Piguerola, 

JUNTA DIRECTIVA. 

Presidente: El Vice-Rector. 

Vige-Presidente: Excmo. Sr, D. Justo Pelavo Cuesta. 

Goxsri.iARios; Excmo. Sr. D. Eduardo Gasset v Artime. 

Excmo. Sr. ü. Eduardo Chao. 

Excmo. Sr. ü. Federico Rubio. 

limo. Sr. D. Manuel Kuiz de Quevedo. 

limo. Sp. D. Gumersindo de Azcárate. ' 
Tesorero: Excmo. Sr. D. Juan Anglada y Ruiz. 
Secretario: Sr, D. Hermenegildo Giner de los Rios. 



PRECIO DE ENTRADA A LAS CONFERENCIAS. 

Para los Socios ó personas que utilicen su derecho, 50 céntimos de pese- 
ta; para el público en general, 1 peseta. 



Las Conferencias se venden, para el público, en las principales librerías 
á 50 céntimos de peseta. Para los socios, en la portería de la Institución, á 
25 céntimos. 



INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA 

ESPARTEROS, ©, PRINCIPAL. 



L. Sc^c.^J^^yr^ 




3.* Conferencia 



(9 DE DICIEMBRE DE 1877) 



EL AGUA Y SUS TRASFORMACIONES 



POK 



DON FRANCISCO QUIROGA 



romtda de la RKVISTA DE ESPAÑA 



WAAAAAAA/wvVSAAAA/^ ,^«M/WWA^\ 



MADRID: 1877. 

ESTABl-ECIMIENTO TIPOGRÁFICO 

(le los •cRores i. C. Conde y Compftflia. 

CafiOfl, 1. 



i 



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INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA 

• ESPARTEROS, ©, PRINCIPAL. 



CONFERENCIAS 



PBONUVOIADAS 



EN EL CURSO ACADÉMICO DE 1877-78 



>A/VA/NAAA^W«/WAA/S/M^MMA«WV«A 



c 

MADRID: 1877. 

ESTABL.ECIMIBNTO TIPOGRÁFICO 
de los teftoret J. C. Cond« y Compafiía. 

Cafio% 1. 



-Jjr, ;/áy 



.1.880, Juno V\\r), 

JamOR Russell Tjcwoíj, 
of Cambrídgo. 



TERCERA CONFERENCIA 



(9 DE DICIEMBRE DE 1877) 



EL AGUA Y SUS TRASFORMACIONES 



POR EL 



iSBtlVOIl DON FüAXCISCO QUIROOA 



, i 



SEÑORES : 



Uno de los cuerpos que en mayor cantidad y presentando hua máa diversas 
formas se halla esparcido por nuestro planeta, es el agua. 

El papel que desempeña en la economía de la tierra es tan importante, 
que no sólo ninguna de las manifestaciones de la vida vegetal. y animal se 
concibe sin ella, sino que, lo que en lenguaje usual se llama tierra^ es decir, 
la parte seca del globo en que vivimos, los continentes, las islas, no hAbria 
alcanzado tampoco la extensión que hoy tiene, ni Is^ que tuvo en épocaá pa- 
sadas, sin el concurso de este agente. 

Esta imporbancia explica la atención con que por todo el mundo se ob- 
servan, asi por los hombres de ciencia, como por el vulgo, los varios fenómenos 
que presenta el agua; esta misma consideración me ha movido también á ele- 
girla como tema de la presente conferencia. Imposible es que hagamos aquí el 
estudio completo de este cuerpo, que se lleva á cabo en diversas ramas de las 
ciencias naturales, debiendo limitamos por tanto á presentar parte de lo 
más curioso que hoy se sabe acerca del agua, química y físicamente conside- 
rada, os decir, á intentar responder satisfactoriamente á lo máa capital de 
estas cuestiones: ¿Cuál es la composición del aguaf ¿Bajó qué formas, en qué 
estados se nos presenta en la tierra? ^Cuáles son los fenómenos peculiares á 
cada uno de eaies estados y los propios é inherentes al momento mismo de la 
trasf ormacion de unos en otros? — Hé aquí los asuntos sobre que me propon^ 
go llamar vuestra atención esta noche. 



38 3.' OONFBBBNOiA. 

Eñ la antigiieiad, los sabios griegos conocieron^ si bien de un modo in- 
tuitivOy á manera de adivinación ó sospecha, toda la trascdndex^cia del papel 
que el agua desempeña en la vida; pero no tuvieron noticia alguna de qué y 
cómo está formada, de qué es. Asi es, que el fíl<^ofo griego Tales, uno de 
los más antiguos, pues vivió 600 años antes de Jesucristo, afirmaba que el 
agua era el principio de todas las cosas; al paso que no decia absolutamente 
nada, á juzgar al menos por lo que ha llegado hasta nosotros de su doctrina, 
acerca de su composición; nada hallamos tampoco respecto de este punto 
hasta Empedocles, que floreció siglo y medio más tarde, y que hizo del agua, 
juntamente con el aire, la tierra y el fuego, uno de los elementos de las cosas; 
y como tal vino considerándose desde entonces por los expositores y comen- 
tadores de la sabiduría de la antigüedad griega. 

Pero los alquimistas alejandrinos, únicos que continuando la tradición 
egipcia, experimentaban en el laboratorio^ por lo que se consideraban como 
los exclusivos poseedores y guardadores de la ciencia sagrada, del arte secreto 
del divino Hermes, el tres veces grande, no participaban de este modo d,e 
considerar el agua. Eepetian con frecuencia^ ante aquellos á quienes iniciaban 
en su arte, el experimento de hacer hervir el agua en una vasija de vidrio, 
hasta que se consumiese enteramente, y hacian notar entonces su trasforma- 
cion integral en un cuerpo que tenia la forma del aire y que por lo tanto se 
habia escapado, y una tierra más ó menos blanca ó gris, que quedaba en el 
fondo de la vasija; de aquí concluían lógicamente que el agua estaba forma- 
da de dos factores: aire y tierra. 

Y ya que he nombrado á los alquimistas, que con tanta frecuencia son 
mirados con desprecio hasta por los mismos químicos, no quiero dejar de 
rendirles el tributo á que son acreedores por su amor á la ciencia. La culti- 
varon con el desinterés y abnegación que pide en los que á ella se oonaa* 
gran, y como podria hacerlo en los tiempos presentes el cientifíco de don- 
ciencia más estrecha; pues si bien, durante la Edad Media^ y especialmente 
al finalizar é»tA y comenzar la moderna, encontramos hombres que llevan as- 
ta nombre, reeorriwido las cortes de los reyes y poderosos, explotando su ig- 
norancia y su pobreza, no son éstos, por sus trabajos, los padres de la mo- 
derna química, de la ciencia, que en menos de un siglo tantos problemas ha 
planteado, y tantos otros resuelto, aerí en el dominio de la ciencia pura, oOmo 
en el de la industria. Los precursores de Lavoisier, Berzelius y Liel»g,.no se 
ocupaban de la trasmutación de los metales y del arte de prolongar indefi- 
nidistmente la vida con el objeto, de explotar la credulidad de los' demás; 
s ino porque, con un conocimiento de la Naturaleza más incomplelto del que 
poiseeímo9 en la actualidad, los contaban de buena f é en el número de los pro- 
blemas, á la vez espesulativos y de trascendental utilidad, áeuya<reBiolncio& 
consagraban los mejores momentos de su vida. Esfuerzos látánicosTdalizaRm: 
antecedentes necesarios denlos trabajos que inmortalizan á los más célebres 
químicos modernos. Sin Zósimo, el PanopoUtano de los siglos u^ó iv, y sus 
discípulos y continuadores, no habrían sido posibles los Lauront, Gerhacdt 
y Berthélot, dei siglo XIX. 

Volvamos á nuestro objeto. La teoría' creada peor los alquimistas, aeerea de 



EL AGUA T SUá TRASFORMAGIONKS. 39 

la eonstitadon dd agaa, fué, con saiias oj^eepeioüM, de parte de iadiTÍduos 
determinados» y con alguna que otra oorteocion» la reinante hasta el ¿Itimo 
tercio del pasado siglo. Sin embargo, ya en el xvii, un ilustre quimlfio 
y médico belga, Juan Bautista Van-Helinont^ el mismo que introdiy o en la 
ciencia la palabra ga$^ demostró que el aire no puede ser trasformado em 
agua, ni ésta en aquél; y que, por tanto, lo que< se produce durante la ebu- 
llición del agua es agua también» pero bi^o la iorma de vapor, condensable 
fácilmente por la acción del frió, recobrando su estado primitivo. Por otra 
parte, el ilustre químico sueco, Sebéele primero, y Lavoisier después, 
en 1770, hicieron ver que la tierra que los alquimistas y primeros químicoa 
obtenían, por la evaporación completa del ftgua pura en vaeijaa de vidño» 
procedía de la sustancia del vaso, que el agua absorbe y disuelve lentamente 
por una ebullición prolongada. Vemos ya refutada la teoría de los alquir 
mistas. Yan-Helmont, Soheele y Lavoisier demuestran que ni el airen! 1a 
tierra son los elementos 4el agua. Destruida de esta suerte la hipótesi^ ante- 
rior, estaba andada la mitad del caquino para llegar al conocimiento exacto 
•de la naturaleza del agua. En esta época, esto es, en el último tercio del si- 
^lo pasado^ hallábase la humanidad sin saber más ni ménoe que lo que sa- 
bían los griegos sobre este punto. Era todavía cuestión la de saber si el agua 
«ra simple ó compuesta. 

Hay hombres^n el mundo intelectual, cuyo genio brilla un momento para 
extinguirse después, desapareciendo enteramente su nombre de la histori% 
de la ciencia* De es.te número fué el físico inglés Warltire, que, ál comenzar 
el ano 1761, hizo un experimento notable, cuya consecuencia fué el descubri- 
miento trascandental de la naturaleza eon^>leja del agua. Ocurriósele que 
una chispa eléctrica no podría atravesar ciejrtas mezclas gaseosas sin deter- 
minar algundá cambios; ensayó sobre la del hidrógeno y el aire, habiendo te- 
nido cuidado, por sospeshar la posibilidad de una explosión, de encerrar 
los gases en un vaso metálico resistente. Kotó, como era natural y necesario» 
que, por ef esto de la explosión, tenia lugar una pérdida de peso muy sensi- 
ble, acompañada de la formación de agua. El primer paso estaba dado; á 
otros investigadores correspondía det^minar y comprobar el hecho, am- 
pliando su cohocimiento. Warltire desaparece de la escena de la ciencia, para 
nó volverse á oír más su nombre. 

Veamos cómo, se van completando lentamente nuestros conocimientos 
acerca de la naturaleza del agua. 

El ilustre Cavendish repitió, el experimento de Warltire, reconociendo 
que se forma agua por la detonación de una mezcla de oxígeno y de hidró- 
geno, y Friestley, en el mes de Abril de 1783, dio tm paso adelante en el ca- 
mino señalado por sus predecesores, probando que el peso del agua que se 
d^oditaba sobre las paredes del vaso era igual á la suma de los- pesos de loa 
dos gases^ oxigeno é hidrógeno, empleados en la detonación. Hizo más; por 
que dio cuenta de los resultados de 6as tirabajps al inmortal JiEones Watt, á 
éste bienhechor de la humanidad que tau: importantes perfeceix>namientos 
introdujo en la máquina de vapor; el cual, noBÓlo fué el primero que de un 
modo categórico afirmó, en 16 de Abril de 1733, (fecha memorable en la hiato-. 




40 3.' OONiraaRBNClA. 

ria del desarrollo de la quimiea, y bien ge puede deeir que de todas las demás 
cieaeiae nataiales), que el agua estaba compuesta de dos gases» ozigeoio ó 
hidrógeoLO, sino que, con la penetración de un hambre superior, anadió que 
perdían ambos cuerpos una cantidad de su calor latente ó elemental. Al 
hombre como Watt, acostumbrado á ver en la Naturaleza, no sólo los 
cuerxx)6, la materia^ sino la fuerza que los anima y que les es tan caracteris- 
c» é inseparable, que son inconcebibles sin ella, no podia escapársele que en 
la f ormadon del agua había algo más que la simple unión del hidrogena con 
el oxigeno; que estos perdían algo que eta necesario t^er siempre muy en 
cuenta. Por desgracia, en mi sentir, no se han preocupado mucho los quími- 
cos de hacer observaciones tan delicadas como la de Watt, en este punto: en 
los tiempos actuales es muy frecuente en gran número de ellos no tener en 
cuentapara nada las eliminaciones de esta ó análoga índole que se efectúan 
siempre que varios cuerpos se unen para constituir otro nuevo más c<Hnple- 
jo. De haber sido así, no habrían pasado, ni pasarían aún, plaza de verdades 
inconcusas, hipótesis másemenos fundadas respecto al modo de ser y es- 
tar en uñ compuesto los elementos que entraron á formarle. 

Volviendo á la historia del descubrimiento de la composición del agua, 
importa saber que, mientras trabajos tan fundamentales como los que llevo 
referidos se efectuaban en Inglaterra, en Francia Lavoisier se consagraba á 
investigaciones análogas, haciendo, durante el invierno de 1781 á 1782, en 
compañía de Gengembre, machas detonaciones de hidrógeno y oxígeno en 
vasos qué tenían un poco de agua de cal, sin poder reisonocer la naturaleza 
del producto. Pero, modificando poisteriormente la disposición de su experi- 
mento, gracias á la enseñanza que, acerca del modo de realizarlo Oavendish, 
le dio Blagden, secretario de la Sociedad Real de Londres, á la sazón acci- 
dentalmente en París, pudo llevar á cabo, en compañía de Lapláce, el 24 de 
Junio de 1785, un experimento ante diversos miembros de la Academia, en el 
que obtuvo 19 gramos, 17 centigramos de agua pura,* sentando de una vez 
para siempre que á la formación de éste cuerpo concurren los dos gases, oxí- 
geno é hidrógeno. 

Tal ha sido la laboriosa adquisición de nuestro conocimiento acerca de 
este punto. Es uno de tantos ejemplos que pueden elegirse en demostración 
de la lentitud con que se vá formando la ciencia. 

Antes- de pasar á demostrar que realmente la composición del agua es la 
que indican los trabajos que acabo de referir, conviene, alo que entiendo, que 
presente y haga conocer los dos elementos que la constituyen: el oxígeno y 
el hidrógeno. 

Calentando con precaución, en un aparato dispuesto de tal manera que 
nos x>ermita recoger absolutamente todo lo que de él proceda, un cuerpo blan- 
co que los médicos usan en las enfermedades de la garganta y los polvoristas 
en sus fuegos de artificio, y que los químicos llaman clorato de potasa^ sale 
un gas sin color ni olor alguno^ en el cual arde con mucho brillo y viveza una 
cerilla encendida que en él se introduzca; más brillante aún resulta el expe- 
rimento si, en lugar de estar encendida toda la cerilla, lo está solo un punto 
dé su pábilo^ porque entímces^ al más leve contacto delgas en cuestión, sein- 



EL AGUA Y SUS TRASFORMAOIONES. 41 

, flamft por sí sola. £1 hierro arde en esfee cuerpo del mimno modo que la ceri- 
lla^ siempre que el muelle de reloj destemplado que para este experimento 
suele usarse, lleve en su extremidad una yesca enoendida. Así oomo sirve 
este gas, denominado aaigenOy para la combostion, sirve también para la vi- 
da; á él debe estas dos propiedades el aire que nos rodea y respiramos. 

Es fácil procurarse el hidrógeno, agregando al zinc, colocado en un fraseo 
que llene la misma oondióion del. aparato que nos sirvió para obtener oxíge- 
no, una mezcla de agua y del cuerpo que en el comercio lleva el nombre de 
áeeüe de vitriolo, y los químicos designan con el de ácido sul/úrieo: esta mez- 
cla empieza como á hervir, y de eUa se desprende un cuerpo también gaseosa 
é incoloro. No arde, sino que se apaga una cerilla encendida que se inteo- 
duzca en él; pero en cambio se inflama el gas, produciendo una pequefia de - 
tonacion, y arde con una Uama azulada muy débil, pero que calienta nracho; 
es^ de todas las llamas, la que produce más calor. Tiene también este gas la 
propiedad de pesar catorce veces y media, menos que el aire, «iendo, por lo 
tanto, el cuerpo más ligero que conocemos. 

Demostraremos ahora que éí agua está formada, realmente de estoe dos 
cuerpos. Dos caminos podemos seguir para ello: ó bien someter el agua á ope- 
raci<»ies determinadas, con el fin de que se deaeomponga en sus elementos; 6 
por el eontrario, mezclar estos en cantidades convenientes, para ponerlo» 
luego bajo la influencia de acciones tlkles, que determinen su combinación. El 
primer método se llama análisis, y el segunilo siníesis; este es el complanen- 
tOy la comprobación de aquel. 

Entre los varios medios que se conocen de analizar el agua, los más da 
ellos están fundados en la propiedad que tienen los metales de descompo- 
nerla. Las condiciones en que lo realissan^ son varias y dependen de su 
naturaleza. Hay unos como, por ejemplo, el cobre, el hierro, que necesitan 
estar fuerteme ite enrojecidos; el hierro, sin embargo, descompone el agua á 
la temperatura ordinavia, sin más que ponerla en contacto del aceite de vi- 
triolo, ó ácido sulfúrico; el movimiento que se nota en la mezcla, lo produce 
el hidrógeno que se desprende del agua: el zinc puede reemplazar al hierro en 
este experimento. Otros metales tienen la misma acción sobre el agua, pero 
á la temperatura ordinaria. Fácilmente se comprende que los cuerpos que^ 
gozan de esta propiedad no se hallan en la Naturaleza con aspecto y carácter 
de metal; aparecen bajo otras formas, unidos á cuerpos diferentes. En este 
caso se hallan los metales potasio y sodio, que son los principios fundamen- 
tales de la potasa y sosa, que todo el mundo conoce ; necesitan ser guarda- 
dos en petróleo, y tienen la propiedad de dejarse cortar con uu cuchillo, y 
aun también con la una, ofreciendo en el corte reciente un color y brillo que 
no cede en belleza al de la plata, pero que se empana á los pocos instamtes. 
Pues bien , cualquiera de estos dos metales descompone el agua á la tempera- 
tura ordinaria; el hidrógeno se desprende, y el oxigeno se une al inetal para 
regenerar la potasa, ó sosa primitiva. 

El experimento es cónduyente y sumamente bello con el potasio. 

Si un trozo de este metal se echa en agua teñida de rojo con una tin- 
tura vegetal, primitivamente azul, y enrojecida después por un ácido^ de tal 



42 3.* GONF£aENCrA. 

«uerte, que boma sa csolor aiziilde antes con la menor cantidad posible de po- 
tasa^ (liquido qoa los químico» llaman reactivo coloreado sensible)^ se oye nn 
ruido; semejante aL que produce un hierro candente al entrar en el agua, 
y el trozo de potasio se redondea^ toma la forma esíérica, y surca con veloci* 
dad en todos sentidos la superficie del ágtia, dejando tras si una estda azu- 
lada,' que bien pronto concluye por inyadir toda el liquido ; el glóbulo mar- 
cha, arrojsíndo alrededor partículas inflamadas de su masa, y coronado 
por una Mama de color violado, que se apaga cuando queda una pequeña can- 
tidad de potasio sobre el liquido; pooos ijnstaates después, se oye un tkoA- 
quido enteramente análogo al que producirla la rotura del vaso de vidrio en 
queee hace el experimento. Al hidri^eno son debidos los fenómenos de la 
detonaeion y lá llama; al desprenderse este gas en presencia de una gran 
masa de air^, que contiene bastante oxigeno, y á una teínporatura elevada, 
la mezcla de ambos gases detona, desarrollándose mucho calor, y aparece la 
llama antedicha, que debe su color violado al vapor de potasio, que arde jun* 
tamente con los elementos del agua. 

Este experimento demuestra bien la composición dd agua, pero no ños 
permite recoger los productos gaseosos de su análisis. Para ésto, es mejor va« 
lerse de la electricidad , cuando, al ponerse en contacto cuerpos de diferente 
naturaleza, los unos se. descomponen; dejando en libertad sus elementos; 
los otros se complican más, por la s^ioioñ ó sustitución de otros nuse^os, y 
no sólo engendran cantidades notables de calor, muy superiores, cierta- 
mente, á lo que á primera vista pudiera creerse, sino que también originan 
otras no menores de ese movimiento, de naturaleza aún desconocida, qile to- 
do el mundo llama electricidad i Los aparatos dispuestos para recoger la qae 
nace en semejantes circunstancias, se. llaman j^ttof eléctricas > 

Pues si la electricidad producida en dos, ó tres ó más de éstas, se hace lie- 
.gar, mediante unos alambres de cobre, llamados conductores, á otros de pla^ 
tino, colocados en el fondo de un vago lleno de agua acidulada, sobre los cua- 
les estén invertidos, y llenos también delmismo liquido, dos tubos de igual 
capacidad, se observa la formación de unas pequeñas burbujas gaseosas Alre- 
dedor de los alambres de platino, que se desprenden de éstos, ascienden á tn^ 
vés del liquido, y vdn á celocaree mt la parte más alta de los tubos. Si el eicpe^ 
rimento se deja marchar durante algún tiempo» mayor ó menor, según el nú« 
mero y naturaleza de las pilas' que se uisan, se nota que la cantidad de gas 
que hay en cada uno de los tubos es diferente ; en nno,- la mitad precisamen- 
te que en el otro. Tratando de reconocerlos, mediante los caracteres dados al 
principio, se vé que el producido en mayor cantidad, doble de la del otro, es 
hidrógeno, al paso que el gas, cuyo volumen era mitad menor que éste, es 
oxígeno. Ambos dos volúmenes de hidrógeno y uno de oxigeno, proceden de 
nn solj) volumen de agua, puesta al mismo estado que aquellos; es dedr, al 
de vapor. De* modo,*, que este procedimiento, no sólo nos enseña lo» elemear* 
tos que constituyen el agua, sino que además nos da á conocer la cantidad en 
que cada uno de ellos entra áiormarla.' Es, por tanto, á la vez, cualitativo y 
cuantitativo. 

Por el procedimiento analítico^ hranor conseguido nuestro oljeio^ sabe- 



EL AGITA Y Büü TRASFOHM ACIÓN ES. 43 

mos la composición del a^^aa* como pnieba de que noesbro eonocimiento en 
este puntD e» exacto, istentemos ahora el problema inverso, producir agua. 

Con este fin, aprovechando la enseñanza del experimento anterior, mez- 
clemos do3 Tolúmenes da hidrogeno y uno de oxigeno eú un vaso de vidrio 
resistente, rodeado, para mayor seguridad, de una tela metálieáóuapaño^ y 
aproxiinemos esta mezcla á la llama de una lámpara. Oiremos una detonación 
semejant3 á un pistoletazo, quedando el frasco empanado interiortaente por 
el vapor de agua, que luego se condensa y reúne en gotas; el vaso de vidrio 
está bastante más calienta que antes del experimento. 

PodeUios repetir, ptira sintetizar el agua, los élásicoa «¡xperimientos de 
Cavendish y Lavoisier. Consisten en alimentar con hidrógeno un pequeño 
mechero, oolosado dentro de un vaso de vidrio, donde tenga libre acceso el 
aire y i^uedan recojerse los productor de la combustión. La llama, apenas se 
vé, si el mdchero es de platino; paro el vaso se empaña bien pronto, y^ 
prolongando algún tiempo el experimento, llegan á formarse gotas de agua, 
que, aumentando da volúman, corren y se pueden resojer. Por este sistema, 
obtuvo Lavoisier, como dije al principio, 19 gramos, 17 centigramos de agua 
óempletamentdpura, el dia 24 de Junio de 1785. 

No cabe, pues^ dudar de que el agua tiene la composición dicha ya va- 
rias ve33s. Pero detengámonos un momanto en este fenómeno de la síntesis 
del agua: es muy instructivo. - Dije que es calentaba ed vaso en que se 
hacia el exparimento; este calor no tiene otra causa de origen que la misma 
combinación del hidrógeno y el oxígeno, es decir, que es calor qiiie han i^er- 
dido estos dos cuerpos al unirse, según decia Watt. Paro el calor, según los 
físicos de ahara, no es un cuerpo sutil, sino un movimiento especial de 
cierto género; y, como todo movimiento espacial supone fuerza que le pro- 
duce, lo que en último resultado pierden el hidrógeno y el oxigeno al com- 
binarse, no es calor, no es tampoíjo movimiento; es, única y exclusivamente, 
fuerza. Luego no puede sostenerse con verdad que el agua sea meramente la 
combinación del hidrógeno con el oxígeilo, sino que realmente es hidróge- 
no -f oxígeno — ' una cierta cantidad de fuerza. Esta es la ecuación genera- 
triz del agua, que dirían los químicos. Pero, ¿qué cantidad de fuerza pier- 
den el hidrógeno y el oxígeno al combinarse! fcSe puede medirá Sí; para ésto 
no hay más que saber cuánto es el calor producido, problema que resuelve 
con relativa facilidad la química moderna. Ella nos ensena que se desenvuel- 
ven ei^ este fenómeno 34.000 unidades de calor, ó calorías, qtte llaman los fí- 
sicos que vale tanto como decir: 34.000 veces la cantidad de calor necesaria 
para elevar un grado la temperatura de un kilogramo de agua. Multiplican- 
do 34:000 por 424, número que expresa, según la física moderna, el valor del 
trabajo mecánico que puede realizar una caloría, si á ello se consagra exclusi- 
vamente, tendremos como producto 14.416,000, cantidad de kilogramos de 
agua que puede elevar á un metro de s^tur^ la f uorza perdida bajo la forma 
de calor por el hidrógeno y el oxígeno al formar agixa. Con ella, desplegada 
eú fenómeno tan sencillo, apenas puede compararse la de atracción, por ejem^ 
pío, que se ejerce en la superficie de la tierra. 

Puesto que ya conocemos la composición del agua, ocupémonos de sus 



44 3.* CONyEHENCIA. 

propiedades^ entre las eiiaiea deaduellan,.eQmo más importantes, laa qne pre- 
senta en él momento misoio de paaar de unos estados á otros^ de los varios 
en que existe en la Nataralesa. ; 

Sabe ^)áo el mundo qne aparece btyo tres formas distintas: sólida, eons- 
titnyendo la niere^ el hi^o., laeacarcha^ el granizo; liquida^ en los mares y 
rios; y al estado de vapor, en la atmósfera que uos rodea, siéndonos^ en este 
último estado/ya visible, oomo sbl las nubios y nieblas» por ofpcto, se supone^ 
de una modificación, ligera en su modo de estar^ ya, invisible, y entonces no 
nos damos cuenta inmediata de su eídstenoia, teniendo que s^sudir para ello 
á medios distintos que la ciencia pone á nuei^tra disposición. Uno de estos 
es la propiedad que tienen algunos compuestos d^ un metal análogo al bler 
ro, Uamado cobalto, y entre elLos especialmente el cloruro de cobalto^ de cam- 
biar el color de rosa,- que tienen en presencia de mucha humedad, por un be- 
llísimo- a¿nl cuando pierden algo de agua. Esto se vé muy bien mojando 
papel sin cola , poroso , en una disolución concentrada del cuerpo an- 
tes dicho: al sacarse queda da color de rosi^ claro; pero^ á poco que se le ca- 
lienta, va tomándose azul cada vez más oscuro; y si después se le expone al 
vapor de agua, vuelve á su color primitivo. Este es el principio de las flores 
impropiamente llamadas barométricas. La disolución del cloruro de cobalto 
ha sido empleada también como tinta simpática. 

Los diversos estados del agua, como los de todos los demás cuerpos , de- 
penden de causas exteriores^ especialmente de dos más principales, que son: 
la temperatura y la presión del aire que rodea á nuestro planeta. 

La variación de estas causas, fuera de ciertos Umites propios de cada es- 
tado, lleva consigo la variación de éste; y como de ellas la que se maneja 
con mayor facilidad es el calor> la preferiremos para estudiar su influencia 
en el cambio dé estado del agua. 

Todos saben lo que le pivsia al agua cu^uido se calienta. Comienzan por for- 
marse en su seno una multitud de pequeñas burbujas, que se adhieren á la 
pared del vaso que la contiene; sub^n lentamente á la superficie, acompaña- 
das de unas estrías de la misma agua á diversa temperatura, que asciende 
por una parte para descender por otra; y después» la tranquilidad re- 
lativa del líquido se altera por unas grandes burbujas, que le ponen en mo- 
vimientQ tumultuoso y que ya no son del aire que tenia disuelto el agua^ 
como las prii^eras^ sino de vapor de esta, formado e^ su seQo. A este últi- 
mo período tumultuoso, rápido, de la trasf ormacion del a^a líquida en 
Y»poT,sQll%m.sk hervor 6 ebullición. 

Si al comenzar á calentarse el líquido^ se introduee en él un termómetro, 
se vé ascender la columna dé mercurio hasta que se declara francamente, la 
ebullición, en cuyo caso, ésta cesa de subir^ permaneciendo en el. punto á 
que ha llegado durante todo el tiempo que continúa produciéndose el fe- 
nómeno. Esta temperatura constante de ebullición se ha convenido ¿n igua- 
larla á 100; tomándola, juntamente con la qi^e tiene el hielo cuando se está 
fundiendo y que se dice O, como unidades de medida de otras temperatu- 
ras. Por lo tanto, nada sabemos de las temperaturas reales del hielo fundente 
y del agua hirviendo^ ni tampoco de todas las demás de los cuerpos y 



EL AGhUA Y SUS TBASFORMAOIONBS. 45 

fenómenoe; nuestro coBocimiento acerca de esto es puramente relativo. 

Para reproducir el fenómeno de la ebullición del agua, se necesita comu- 
nicarle siempre la misma cantidad de calor, con tal que el peso que di aire 
^jsrza sobre ella no rarie: porque si este cambia» si por ^mfdo, pesa más, 
la comprime también más j es necesario . calentarla también máíf; y por el 
contrario, si el peso del aire es poco, el calor necesario es mucho menor, hasta 
el punto de que se pueda llegar á hacerla hervir sin fuego. Este es un bello 
experimento, muy sencUloyque demuestra de una manera brillante el efecto 
de la presión en la temperatura de ebullición del agua, y por tanto la in- 
fluencia de esta causa en el estado de los cuerpos. 

Si en un vaso de vidrio de forma esférica y provisto de cuello largo, ins- 
trumento que los químicos llaman un matraz, se hace hervir agna por lar- 
go rato, cerrándolo áe, repente con un tapón de caoutehouc que ajuste her- 
méticamente; y, retirándolo del fuego se invierte é introduce el cuello en 
un vaso cualquiera con agua, para que no entre aire por el tapón, se puede 
volver á determinar la ebullición del líquido, en cuanto se ha enfriado com- 
pletamente,' sin más que poner hielo en la parte superior del vaso, que apa- 
rentemente está vacia. La explicación de esto es sencilla. Mientras hierve el 
agua, es desalojado, juntamente con el vapor, el aire d^l interior del matraz; 
llegando un momento, después de largo rato de ebullición, en que este no 
contiene más que agua liquida hirvioido y una atmósfera de vapor, en la que 
apenas queda aire. Al tapar repantinamente el matraz, invirtiéndolo, é intro- 
duciéndole el cuello en agua, se inipide la entrada de nueva porción de aire 
que vaya á comprimir el líquido excedente, quedando en el espacio^ aparen- 
temente vacío que sobre este hay, la cantidad máxima de vapor que el agua 
puede producir á aquella tempsratura, á la cual se está mientras se hace el ex- 
perimento. Pero, aplicamos el hielo; y entonces, como parte del vapor se con- 
densa volviendo al estado líquido, deja de comprimir al agua y esta entra es- 
pontáneamtsnte en ebuUicicm. Lo cual nxw dice también que si nuestro pla- 
neta no estuviese rodeado de la envoltura gaseosa llamada aire, que todo 
lo aprieta y comprime, seria imposible la existenoia délos mares, rios, etc., 
y cambiarla por tanto el aspecto de la superficie de la tierra', asi como sus 
condiciona para la vida. 

Esta misma influencia que el aire ójarce por su peso, lo demuestran las 
diversas temperaturas á que hierva el agua en los distintos puntos de la su- 
perficie t^réstre. En la cima de las montanas hierve antes^que en los valles 
profundos ó al nivel deLmar , habiendo un método para conocer la altura de 
ún lugar por la temperatura á que hierve el agua en él. 

Otras causas de menor cuantía aceleran ó retardan la temperatura de 
ebullición de este líquido. En vasijas metálicas, hierve antes que en las de 
barro 6 poroelcma; en las de superficie áspera, antes que en aquellas que la 
tienen bruñida; y la misma ventaja tienen las de colores oscuros sobre los 
de colores claros. ' 

Hasta ahora hemos dicho 1q que sucede al agua cuando se calienta len- 
tamente. Si se modifica el experimento haciendo caer una gota ó una serie 
de ellas sobre una plancha metálica al rojo blanco, es decir^ á una tempera- 



46 3.* CONFEllBNCIA. ' 

tura mny súperiof á la de eboUieion, estA no se realiza, sino que en vez de 
hervir toma la forma de una esfera achatada, que anda, en ambos casos, ro- 
dando eoh bastante veloeidad por la superfíoie metálioa. A este estado del 
agua se llama ^f/(fr0ÚW y lo presentan de igoal modo que ella todos los lí- 
quidos siempre qué se les expone á una tanperatara muy superior á la de su 
ebullición. / 

La masa esferoidal de agua está sacudida por una vibración especial que 
demiiestran claramente las ondulaciones concéntricas, que la surcan, llegando 
á festonear su borde al terminar en él; en este caso parece una rosa de mu 
chos pétalos. Esta es su iormé, regular más complicada y la más sencilla es 
la de un poliedro con ángulos entrantes originado por la intersección de don 
elipses eñ las cuales, varia al infinito el ángulo de sus ejes mayores al cortar- 
se. Desde esta segunda y más sencilla forma, se dan todas las oombinadones 
y óomplicaciones intermedias posibles. 

Se comprende sin gr^n esfuerzo que en semeflBLtite fenómeno no puede 
haber contacto eútre la masa líquida y la plancha metálí<»i enrojecida: por 
"que, de acontecer obra cosa, aquella no pérmañeceria en tal estado, se vapori- 
zaría inmediatamente, además de que ^fácil comprobar este raciocinio, vien- 
do que pasa la lius por entre el esferoide y la plancha metálica, si estos dos 
se hallan entre aquella y el observador. También dá de ello testimonio el 
que se puede sustituir la vasija ó plancha metálica por ima tela de la misma 
sustancia, á través de euyas mallas pasaría el liquido del esferoide, si algún 
contacto tuviese lugar entre este y aquella. 

£1 fenómeno reconoce por origen, s^^üi algunos físicos, si bien no todo» 
están conformes, la vaporización instantánea de una parte del agua, la pri- 
mera que toca al vaso enrojecido; J^este vapor rodeando al resto del agua qnp 
se conserva líquida todavía, forína "una atmósfera alrededor de ella, la aÍ9la 
é impide su contacto ulteric»* con el metal. La masa líquida en esta circuns- 
tancia está solicitada por dos fnerísas pederosas y contrarias; la de la gravedad 
ó atracción del centro^ de la tierra', que ed obrara sola, obligarla á la masa li- 
quida á tocar el vaso; contrarestada 'por la repulsión del Vapor que w rá 
produciendo: de donde .resulta que el líquido tema la forma que, segon ha 
demostrado el eminente físico belga Platean, afectan los fluidos fuera de la 
acdon de la gravedad: la forma esférica. Las ondulaciones q[ue el esferoide 
presenta son ocasionadas por la salida, títiniea en ocasiones, y originando 
formas regulares, del vapor de entre la plancha ó éápsula enrojecida y el es- 
feroide. ' " ' ' ' 

Otro hecho muy curioso que presentan los líquidos y el agua, por lo tanto, 
en semejante estado, es- el de hallarse á ttna temperatura inferior á la de su 
ebullición. Demuéstrase esto, coloi^ndó en estado esferoidal el ácido sulfu- 
roso, lo cuál se produce cuando se quema azufre líquido, en contacto' con 
otro esferoide de agua. Hirviendo aquel cuerpo á 10* bajo O, y hallán- 
dose en estado esferoidal á una temperatura inferior aun á esta, necesaria- 
mente sucede que el esferoide de agua que toda al del 'ácido en cuestión se 
hiela, se solidifítsi, realizándose fáeilmenteipor tanto el sorprendente ex- 
perimento de sacar hielo de un crisol enrbjeóido hasta el blanco. Este fenb- 



EL AGUA Y SUS TRABFOUMACIONBS. 47 

meno explica cómo se ptieden meter ünpanemeiiielA mimo y «ua el bnoo ea 
tm crisol qae tenga hierro ó bronce fundido y sacar el metal llqnido.Begvn 
hacen siempre los obreros de talas fundiciones sin experimentar daño algu- 
no. £1 sudor que se forma en la superficie de la piel, sudot aumeotadOf por 
la emoción de semejante expei^encia, pusa al. estado esferoidal y forma como 
un guante que no sólo preserva la mano del contacto del metal fundido, sino 
tambiffli de las radiaciones caJorificas. Esto eíxperimento, que más ó máníoe 
modifíd&do y en esta ó la otra forma suelen haeer los prestidigitadores Tiene 
á explicar de uu modo pura y exdusiyameate: natural los casos que refieren 
historias de índoles diversas, d€^ no haber sufrido lesión alguna personas que 
arrojadas á un hamo ó somebidas á la prueba del fuego en la Edad Media, 
viéndose obligadas á pasearse sobre ascuas,. 6á introducir estas en la boca ó 
á cogerlas con la mano. 

Al estado esferoidal se {^tribuyen tan^bien las explosiones, horriblss por 
sus consecuencias, que suelea acaecer en las calderas de vapor, espec¿almeii>- 
te cuando se alimentan con aguas gordas ó duras, quellevan muchas materias 
terreas en disolución. Si el agu^v tiene esta malas condiciones, deja al evapo- 
rayese una costra terrea que cubre interiormente La caldem^ impide su «ontae- 
to directo con el agua que se. introduce en ella; disminuye, como resíiiiltado de 
e^to, la vaporización del agua.por hallarse entre eUa y la ciüdera un cuerpo 
mal conductor; el obrero encargado aumenta el fuego, atribuyéndola insu- 
ficiencia de este á la falta de vapor; y si en estas condiciones se reaquebcaj» 
por efecto del aumento de temperatura, la costra interior terrea, se poue -ins- 
tantáneamente el agua, al contacto de la caldera, á una temperatura superior 
á la de su ebullición y pa^a repentinamente al estado esferoidal; $^i h» 
cosas, se enfria la caldera por cualquier accidente, y en cuando llega á la, 
temperatura de 140", toca el a^;aa á las parces, se vaporiza instantá^ear 
mente, desarrollando una presión superior á la riesistenoia 4© aqueUa,-y origir- 
na su explosión. Si al hacer e^ experimento d^l estado esferoidal, cuando }my 
una masa de agua, algo con8Íderabie,:se deja enfriar el crisol metálico, óyieiie 
al cabo de unos momen^tos un ruido idéntico al que produce un hi^írp bas- 
tante caliente al entrar en el agua. Si en vesp de usar una vasija ^.ii^rtei, se 
emplea una tapada, la presión desarrollada en tales .momentos por id va- 
por producido arroja la tapa á. mayor ó m^oior distancia. 

El paso del agua del estado líquido al sólido ofrece también he^hps i»~ 
portantes que estudiar. Para que se realice, es necesario un dqsceiiso; de 
temperatura hasta cierto grado, que se ha convenido en llamar O y q»é íja- 
racteri^ asimismo el momento de la conversión del agua sólida enlíqui<ÍA« 
por lo que recibe también el nombre de temperatura ^efusión del fiie^o, V^ 
reposo absoluto es generalmente obstáculo á la solidificación del ag»a>;iqne 
entonces resisto líquida algujios gyados bajo. cero. . r :« 

Influencia análoga al movimiento tieoien en esta trasf ormacion los cuer- 
pos .extraños que vana.servir.de núcleo pa^a jas cristalizaciones. Alrededor 
de ellos, se organizan estrellas deseis rádioi^» que se cortan ^i ángulos de^^^. 

Pero donde el agua sólida desplie^ un lujo y pna (jUlicadezaí 4^ f^ff- 
xnas^ veijdaderaménte admirables, es en la niep^^ ^l migroscc^io uqs ítbvc- 



48 3/ C0NFJ5R1ENCIA. 

la ea esta flores que todas tienen pot fundamento la estrella antes mencio- 
Bada, seneilla en unas Dcasiones, en otras de forma de pluma, de fronde de 
helechOy en una palabra, unidas de mil maneras caprichosas y elegantes. Al- 
ganas no dejan de tener bástante analogía con el esqueleto silíceo de ciertos 
radiolarios que habitan iás profundidades d^l Océano. 

'No es sólo la fonna lo importante que hay que estudiaren el agua sólida; 
«ino que tanto ó más que éeta^ y acaso de mayor trascendencia, es el au- 
mento de volúmdu que el agua experimenta, al convertirse de líquida en só- • 
lida. En los países frioís, saben bien que ño se puede dejar tapada fuertemen- 
te una vasija llena de agua, durante la noche, si no se quiera con/er el riesgo 
de que se rompa. Este experimento se puede repetir con facilidad, exponien- 
do á tina baja temperatura un vaso cualquiera de vidrio ó metal, lleno de 
agua, herméticamente cerrado y de un modo rígido, .que no pueda ceder 
á la presión interior del líquido. En los países montañosos y frios, se origi- 
nan, «&- la época de los hielos, desplomes de masas considerables de rocas,.. 
por la conversión en hielo del agua líquida, encerrada en las grietas. 

A la par» semejante fenómeno es la causa (|e la mayor ligereza del hielo 
respecto del agua líquida, lo cual favorece en las aguas naturales la vida, que 
de otro modo seria imposible en los países irios. Pero no hay que sospechar 
que esa propiedad pueda existir solamente en rason de este fin: pues que no 
és este cuerpo el único que la tiene, sino que también gozan de ella el hierro 
y el bismuto, y así una barra ó lingote de aquel metal, nada sobre el hierro 
fundido. 

Otra projúedad muy importante en la economía da nud3trp planeta es la 
que tienen los trozos de hielo de soldarse, siempre que las superficies de con- 
tacto estén á 0^ se hallen en fusión. Si en agua á 30"" se ponen diversos pe- 
dazos de hielo, ombligándolos á que se toquen, con el menor esfuerzo se suel- 
dan, formando un largo rosario, que se puede. tener vertical en la mano por 
un extremo. Si los trozos de hielo se comprimen en una prensa, se sueldan 
unos á otros, como ' si estuvieran cubiertos de alguna viscosidad, consti- 
tuyendo unaa mas que llega á ser enteramente trasparente, si la presión al- 
canzó un cierto grado; masa en la que todavía se distinguen los contomos 
de cada uno de los trozos que la componen. 

Este fenómeno tan curioso, ahora descrito, se llama rehielo ^ y tiene gran 
importancia, porque viene á explicar el régimen y economía de los grandes 
depósitos naturales de hielo de las regiones polares y alpinas: de los ventis- 
queros y glaciares, tín una palabra; que, si bien están muy circunscritos ac- 
tualmente y no tienen el desarrollo que adquirieron en épocas pasadas de la 
Tida4e la tierra, no por eso ofrecen menos interés, ni son menos dignos de 
'estudio. Las masas de hielo que se desprenden de lo alto de las montañas, si 
bien humildes por su volumen en un principio, llegan á constituir, rodando 
sobre nieve, masas inmensas que arrollan con su velocidad y su peso cnan- 
to se interpone en su camino; ' llegando en el fenómeno conocido por los 
montañeses del país, con el nombre de alud, á ser un peligro constante é 
inevitable para los habitantes de los valles. 

De las tres formas con que el agua aparece en la tierra, la líquida es aque- 



EL AGUA Y SUS TRASFORM ACIONES. 49 

Ha de la cu&l el hombre hace uso diario, y de aquí la mayor importancia 
de esta forma en semejante relación. Constituye los mares, rios, fuentes y la- 
gos, que no Ueran en modo alguno agua químicamente pura, sino; por el con. 
trario, con diversos principios disueltos, que ha ido tomando á su paso por 
los diferentes, terrenos. De aquí, que no todas estas aguas sean igualmente 
aplicables á la satisfacción de una de las primeras necesidades del hombre 
y que se dividan, con respecto á sus condiciones para ser bebidas, en pota- 
bles y no potables. Para que un agua llene la primera condición, ha de ser 
perfectamente clara, incolora, (en pequeñas masas), inodora, sin sabor algu- 
no pronunciado^ debe estar bien aireada, bien batida, para que tenga en di- 
solución la mayor cantidad posible de aire; no debe cortar el jabón y ha 
de cocer bien las legumbres. 

Estos dos últimos caracteres demuestran que en ese agua no hay exceso de 
cal y magnesia. Los grumos del jabón están formados por otros jabones de 
cal y magnesia insolubles, que han tomado origen por una reacción entre 
el jabón ordinario de sosa soluble, jIás sales de cal y magnesia del agua. 

La causa de no cocerse las legumbres en algunas aguas, es que se cubren las 
primeras de una delgada costra caliza, en virtud de reacciones particulares 
éntrelos principios del agua y los de las legumbres. 

EÍ agua del Lozoya que se bebe en Mábdrid es una de las más puras que se 
consumen en Europa, y únicamente algunas del Norte del continente, de la 
península escandinava, por las condiciones especiales del terreno en que na- 
cen, la aventajan. Los malos efectos que suele causar á determinadas perso- 
nas, depende exclusivamente de esta cualidad; es que no llevan la cantidad 
de cal y magnesia que aquellas necesitan. 

La conducción del agua potable por cañerías de plomo, no tiene la in- 
fluencia que al principio se supuso: porqu'e las aguas que lleven en disolu- 
ción carbonatos, sulfatos y fosfatos de cal y magnesia, no pueden mantener 
plomo disuelto. 

Cuestión importantísima, pero un tanto alejada del objeto de la presente 
conferencia, es la del régimen y distribución y efectos del agua en sus diver- 
sos estados sobre la superficie del planeta que nos sustenta. 

El agua extiende sobre él la acción, el movimiento , la actividad* por to- 
das partes; funde los contrastes de los climas y hace de todas las regiones 
del planeta un conminuto armónico, en el cual se compensan unas á otras; 
68 el vehículo de la vida que sustenta y desarrolla sobre la tierra; tierra que 
hA ido depositando capa á capa, que modifica lentamente unas veces, de un 
modo tumultuoso otras, pero siempre sin cesar; arrancando ó disolviendo 
los materiales de un lado para depositarlos en otro, rodándola con sus vapo- 
res y fecundándola con sus fuentes y sus rios. El agua es, en fin, como decian 
muy bien los filósofos griegos, el principio de todas las cosas.— He dicho. 



NOTA. Los diversos experimentos que se describen en esta conferencia, se ve. 
rificaron ante el público con la cooperación de los ayudantes de la Institución, 



4'* 



INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA. 



WWN/WW% 



ESTUDIOS ESPECIALES. 



•«AM/>A/>A/W^/W\/V>A/W 



Historia universal Todo3 |3 */4 á 4 V*- • L^o. D. A Calderón. 

Principios ganeralea de 



LiCerabura 

Historia de la Litera- 
tara española 

Física experimental. . . 

Qnlmica inorgánica y 
orgánica 

Prácticas de laborato- 
rio 

Uranografía, Geología 
y Mineralogía 

Botánica general y es- 
pecial« 

Zoología, incluyendo la 
Anatomía y la Fisio- 
logía comparadas. . . 

Prácticas de id 

Literatura extranjera 
contemporánea 

Elementos de Estética, 
con especial aplica- 
ción á las Bellas ar- 
tes 

Morfología natural 
(evolución de esta 
ciencia desde Carus 
á Haeckel) 

Introducción á la Ma- 
temática 



L. Miérc. V. 

Mar. J. S . . . 
Todos 

Mar. J. S. .. 

L. Miór. V. . 

V R- 

L. Mar 



Mar. J. 
Sábado. 



Miércoles. . . . 



Jueves, 



Viernes 



Sábado. 



6á7 t. 



Ldo. D. A. Atienza. 



Dr. D. Jacinto Mesía. 
4 V» á 5 Va.. . Dr. D. Luis Simarro. 

8 á 9 m Dr. D. F. Quiroga. 

2á4t ^ .. 

9'Uá loV^m. Dr. D. A. G. de Linares 



u 



lOVjáll'/,. 



if 



Dr. D. S. Calderón. 



Iá2 t, 



4á5t. 



II 



Dr. D. Juan Valera. 



5 Va á 6 V, t. 
5á6t 



Dr. D. Francisco Giner. 
f 

Dr. D. A. G. de Linares. 

Br. D. José Lledó. 

A estas <üases, con excepción délas cuatro últimas, se puede asistir, bien 
por matrícula, cuyos derechos mensuales son: 

Para los socios 3*75 pesetas. 

Para el público 7*60 u 

bien por medio de billetes para cada lección, cuyo precio es: 

Para los socios 0*25 pesetas. 

Para el público 0*50 n 

A las cuatro últimas, sólo puede asistirse porgedlo de billete, cuyo pre- 
cio es: 

Para los socios 0*60 pesetas. 

Para el público .'. i „ 



PRECIO DE ENTRADA A LAS CONFERENCIAS. 

Para los Socios ó personas que utilicen su derecho, 60 céntimos de pese- 
ta; para el público en general, 1 peseta. . 



Las Conferencias se Yenáeiiy para el público, en las principales librerías, 
á 50 céntimos de peseta. Para los socios, en la portería de la InsUiucion, á 
35 céntimos, y por suscricion á 35 céntimos, satisfaciendo por anticipado el 
importe de diez conferencias. 

La administración, en la librería de Suarez, Jacometrezo, 72. 



L 



INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA 

ESPARTEROS, ©, PÍ?INCIPAL- 







4.* Conferencia 



(16 DE DICIEMBRE DE 1877) 



TURQUÍA Y EL TRATADO DE PARÍS 



DE 1856 . 



POR 



D. RAFAEL MARÍA DE LABRA 



Tomaíla de la REVISTA DE ESPAÑA 



■SAA/>^AAA^'VA/\AAAAAA«\AA^AA/>^A 



MADRID: 1877. 

ESTABL.ECIMIENTO TIPOGRÁFICO 

de los tenores i. C. Conde y CompuAía. 

CaftM, 1. 



INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA 

ESPARTEROS^ 9, PRINCIPAL. 



CONFERENCIAS 



PROirüirotASAS 



EN EL CURSO ACADÉNaCO DE 1877-78 



VV/WVWV«/^WVWWN/\AAA>^^M^WW>M 



MADRID: 18T7. 

ABl-ECIMIENTO TIPOGRÁFICO 
de los sefiorcK i. C. Cond« y Compftftía. 
Gaftoi, 1. 



"12". '7> V 



I . 



188Ó, Juno f'i9^ 
Qift oí' 
. Ja^mlÉ)a íBilsgelí L'b^í3ll,' 
' • of Cambridge.^ - 



CUARTA CONFERENCIA 



(IS DE DICIEMBRE DE 1877) 



TURQUÍA Y EL TRATADO DE PARÍS DE 1856 



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]>OH RAFAESr^ BCARIA DBS ZjABRA 



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• . 



SEKORES:. 



Cinco ó seis meses hace tuve el honor dé ocupar leste mismo sitio (1) y 
de solicitar desde él vuestra ilustrada atención sobre el complicado drama 
que se desarrollaba en el extremo Oriente de Europa, y en el cual aoare- 
cian, á la sazón, como protagonistas, el Imperio ruso y la Puerta Otoma- 
na. No era, ni podia ser entonces mi propósito, discurrir detenida y cumpli- 
damente sobre todos, y cada uno de ios problemas planteados por la entrada 
de los rusos en ía* Dotsbruscha y en los Balkánes, ni se me ocurrió un ins- 
tante hacer la historia de ese conflicto oriental que está puesto sobre el ta- 
pete, casi desde el diá i^iguiónte á la derrota de los turcos, al pié de Viena, 
por eí esfúer^ del valeroso Sobieski. Queria yo tan sólo, en aquella ocasión, 
oponer algún i^paro á la tendencia qué en muchas gentes' observaba de redu- 
cir la {guerra de Oriente á las mezquinas proporciones de una guerra de 
conquista, no viendo en la acción rusa mas que un mero interés de ambición, 
conforme al famoso cuánto no probado testamento de Pedro el Grande, como 
no se veia en la resistencia dé Turquía otra cosa que una noble protesta y un 



(1) Véasaimaoonferenola-titalada Unaspecto de la Cuestión de Orienie. (Rusia 
y las reformas del emperador Alejandro). — 1 foll. Madrid. 1877). —Precio, 4 rs. 



^OTA. A los qne qaisieraii profondizar estas cuestiones, recomiendo los si- 
gnieo tes trabajos: 

EdwardA: Freeman.-^Tht Otioman'Pbwer in Buroipi»;! vol. Loitdon. 1877. 

O, Jídítfi'/ae^tté^im».— Le Droit Ittlenuití<mal «t la Qaestíon d' Orieat-^l vol. 
Gand« 1876. . 

A. Ubieini H P. d^Qmti6ilU.^Btmt pnesjButde 1' Bmpire Ottoman, 1 taI, Pa- 

lis. 1876. 

ul..{76tcínfp7-Iii^OonstLtutio,aOttox|uuieexpUqaée etannotée. 1 lib. París. 1877. 

— La Tu^rquieaotuelle. 1 yol. Paris. 1855. 

X. X, X.—Annuaire de Legislation etrangere.— Tom. VI. París. 1877. 
X. X. X*.— Annual Regisiier.— á vol. Lotidotf. 1875-77. 

B, ifccítw.— Nouvelle Geogiraptóe Univérsellé. Ptímer vol. Parfs. 1875. 

Si. Marc. Oirardin.'^lM Vcyágenn en Orieiit et la TarqnÍA depnis le traite de 
París.— /JKetme deé deux Jlímdes.) 1«68-5M1. 

W, 6^;adatone.— 'Bnlgariaa Homtom.-^ voL Limdon. 1876« 



56 4.* CONFXRSNOU. 

arranque graadioeo ddl patriotismo ultrajado y del sentimlduto de indepen- 
dencia de los pueblos. 

Sin duda alguna^ yo no puedo pasarme de ruso, como no pasaría por ger- 
mano ó por TÍsigodOy en vista de la afirmación que me permitiera, al modo 
que se la permite todo el mundo con el libro de la historia en la mano, de que 
la entrada de aquellos pueblos llamados bárbara en los tiempos de la ciudad 
aniiguay pero con un sentido enérgico ó instituciones de gran alcance, produ- 
jo un gran bien |i la causa de la cirilizacion, iniciando uña influencia f elia- 
mente decisiva en la suerte del mundo. Por forfcuna, y porque el siglo xix no 
permite cosas naturales en el siglo v, los rusos de nuestros dias no son lo 
que los bárbaros de antaño, y las personas que asistieron á mi conferencia de 
Junio, recordarán las pruebas que di de su cultura, de sus progresos y de sus 
risueñas perspectivas, obra principalmente del actual emperador Alejandro. 

Pero lo que á mi njiás me preoei^paba; lo que me llevaba un tanto al lado 
délos iniciadores dq. esta guerra, era una oonaideracioin muy superior á lámar 
terialidad de la lucha, y ^o aó si exttaíía>— dé seiguro nó,— al f Qudo mismo 
del pfobl^Ina ventilado en lasmáxigenes del'Danubio. No me preguj^teis por 
el éxito áfi esta campana, deoia, pero estoy en el secreto : ^o vencerán rusos 
ni turcos; vencerá la civilización, jabais per qué] Porque aun cuando 
triuiifase la integridad turca; aunque subsistiese la media luna sobre la re- 
verberante cúpula de Santa SoJEia y Europa entera hubiwa de resignarse 
á registrar eatre sus . instituciones, el harem, y entre sus prácticas la del 
cordQtk estrangulador de visires y pachas^ aun cuando la victoria proporcio- 
nara dif^s. de letmendosas brutaUdades á los ¿ocAid^'^^Af» quedarla en pié 
una eosai á saber: las grandes reformas políticas, económícasr y sociales^ rea- 
lizadas por Rusia en estos últimos años^ a9,te el fracaso de Nicolás I, y en 
vist^ de la necesi^^d de, ha>c^r de un rebano de siervos un ejército de hom- 
bres libxes para luchar como un pueblo opntTa los degradados hijos de Soli- 
mán y de Seíim. En el caso más desfavorable para el interés del progreso, 
quedarla siempre en pié un pueblo ^ un pueblo salido de las cristalizadas este- 
pas del Norte, del oprobio de la servidumbre, de la intransigencia casi sal- 
vaje del viejo moscovismo. 

Pero el problema tenia una segunda parte. Los rusos podrían realizar algo 
como la obra de los bárbaros de otra edad, con la ventila indiscutible de que 
su cultura es mujQho laayor que la délos invaaores del mundo romano y que 
la situaeson y oondieHmes de los gfanáespuebks de la Europa.occiáental no 
habrían de permitir que la historia se desenvolviese hoy como hace mil dos- 
cientos anos. Bi^ está. Pero los turcos, él país invadido, ise halla en análo- 
go caso al mundo vencido y dominado por los sucesores de Atila y los óontem^ 
poráneos de Teodorico y de Alarico, de Odoacro y de Radagasot Lo diré sin 
rebozo , stores : la Turquía de hoy me parece muchísimo ^>eor. Perdónenme 
los tureófílos ; pero el corte de mi espíritu y loe hábitos 4e mi prqfesion me 
llevan á qq aventurar jixioio, sin tener debajo del brazo la prueba. 

Eseaao un tanto eitraiO:, pefo^ positivo, que entire nosótrps haya un nú- 
mero respetable de amigos de Turq[aia— amiigos platónicos, se entiende — 
correspondiendo á otto grupo turo6filo más. activo é influyente, que existe en 



TURQUÍA Y BL TRAZADO PB P^RÍS DB 1856. j^7 

ITmnoia é lQght9?J)9 ;jw digo ^q Au^^a P9fqiie $i\jiflBi vé jm^fíea^o él 
interés ^eo ,por la pali tict* 7 Uf paaiones húngacaa* . . 

. Pi^rAii,t3 este verano» ante los.tambles iracasos (iql ino^oorito^ era.de ver 
el contentamiento^ el alborozo de estas gentes, Los periódicos ingleses no 
daban abasito^aus ymaginAciones;.y eao, señores^ qii9 no pecaban de <^rtos. 
Aqní tango una curiosísima nolapablioafla en uni^ Bevi^ta e^Uranjera, sobra 
las oiíras que los amigps británicos de Toj^q^a ileigSirpn A dar ref^cto <Íe laá 
pérdidaade loa beligerantes , apenas trascurrido^ cuatro meses dé la ruptura 
de Ifis hostilidades. Un solo periódico ^ el J>a¡flg T$kgragh, habla enterrado 
4132.452 rwos , no dando por muertos más de 92 t^umper Bien que el ntimj^ro 
de obuses que habian venido á estallar al pié misi^p de l^^corresponsalea in- 
glesas, «in hacerles d^ño por casp Yerdade)ramentei'r(^2^i<^»<^Í4¿iSubU en 
I.^ deiQ^ubrenada manos que á 4.027. Coa estas cifras j con la seguridad» 
oon la crridenciá de la alianza austro-inglesa, podía bien suponerle qne los 
rusos habiáan de retrgtceder ^nás allá del Prnth j del tratado de Buqhar^st. 

Pero á Ipfl que estábamoe también an el secretor-qi^e. es un seoreí^o á to- 
-oes» porque es la historia que todq el mpmdo puede eatúdiar— paradlos hom- 
bres verdaderamente imparciales, n9 podran tener importancia . esos, datos y 
esasesper^ozasi 

Tal vejE^el Gabinete de Vien^ (que ya á fines del siglo xviii, j en tiempo 
de Catalina de Rusia, habia, discutido 7. casi concertado' con ésta la deatruc- 
iápn y repartición de Turquía, con un desinterés análo^ al .que prpdujK^ diez 
y seis ó v^te «nos antes }a invasión y repartieron 4¿ Folpn^fO tal ,Y9z^7o 
nolo sé--ee hubiera decidido á dfkr la señal ^\ gran oonfli^cto fjuropeo» á 
provocar la guerra general accediendo á las gestiones de los m^gyares, si no 
tu;viera á las-puertas» y en espectativa, . á.AleRUUÜA» que en verdad -ttP es 
poja. Y Alemania (que precisamente en 1790, cuando Busía y AuatnA se 
eoneerUrpn pata repartirae el In^[Mrio ottomano^ fué el salvador; 4^ éste, pro- 
vocando la paz de Szist6va)y Akmaniay yepi^ 90 h^bia de olvidar en estK)e 
momenitoe, que tan* diíimles ha hecho la aeti^ del txmapartismo. en ?ra^- 
ola, la actitud del moscovita la víspera da .3fMlow^ y la BM^^^oa de Sed^ 

Todo d. mundo, por lo demás* sabe los o^^etáculoacpn que. tropieza e). Im- 
perio áus¿rp-^húngaro p^ra asegurar su eaóslencia, a^ d^pi;^ de la tiWi»! 
y espansiva ley fundamental de 1867, que estableció sobre bases, al, .p^eqie^ 
sólidaa^ la nnipn de la» dpa giPfuadee oomarca^ qi^e sepaca ^el I^^th^; y si es 
notpvio el interés de ios húngaros en emstrar 4I AusUíia 4 ^w^ g^eii capapa- 
na que «piitenga loe prpgresos del eslavÍAQM^» Ro es. m4iM>e evp^Antp . 4^^^ 
Fieoa, en la parte alemm» del Im^riQ,' séx^fonoeen mw bien }ps p^i^F^ 
qjueparfk su actual importancia y repreee^taeien entinan los andantes de 
una guevra general europea. Aboia mamoi e^ores^ en^tajúltimA;q^Reena, 
el Emperador José y el miicUtax) Andta^ey W reekbi4o á )a djslegMon de 
.los urdwmoa hii9gerpB. ]¡U.piMi(9lo lu^ id«Bla«ado twnÚMB^^ 9Ms 

esfuerzos s^redocizianál^calüiar la guenvi raaorotpmana; el afgundqoo ha 
ocultado qjoe laa «mpatias del Qobieriiíe iHialaro^búagarp estal^aaLppE. el iUU% 
quq tnseoí pei^P no al modo que SwaiUa- lo eiitiend/9i si qRB pralwUknRente 
modificado, sin duda en el sentido, da la w>la del misttio miflástro AR#«ai9' 



SS 4.* C01ÍF8»IÚCCfrA; 

^e Diciembre de 1875, y deUfemiñtedúm de Berliá de Mayo, del %fio 76. Tal 
Yezla actitud del Emperador iiiistriAeo ttabrá scnprendido á los iareófilos; 
pero, en verdad, qiife no habiáiíiotiTos p«ra esperar otra cosa. Ylbs impar- 
ci^ies nó hemos sido burlados. ^ 

'Bn fttglitérra es' cierto qtie liay tína masa preocupada groseraliiente eon 
10 que álli, como en otras muchas partes; sollama el interés deW]^triay 
qiie de ordinario se supone ser te qué á la superficie brota y al primer golpe 
se Té. Existe, señores, un patriotismo verdaderamente singulat. Ante él to- 
do se sacrifica y jamás tolera que el' hombre recto pregunte si aquello que al 
parecer interesa y conviene á su páttía, es compatible con la causa de la jus- 
ticia, los fuerte de la razón y él interés de todos los pueblos. 

Cuandb un hombre honrado, ó tm hombre superior que sabe bien qtfe los 
exclusivismos al fin daSan á quién los sostiene tanto ó más que á(ftidU.os, en 
euyo perjilicio primeramente se afirman, cuando se atreven á aliar lá voa en 
son de protesta, invocando principios y reaUaando nn acto de pura inórala 
tanto como de buena política, es costumbre en muchas partes, entre la gente 
Vulgar, pero que domina,Truiieir el ceSo, feóparar la vista, y, en tono de san- 
ta indignación, negar él patriotismo deVcensor, si no se le acusa, por ejem- 
plo, de vendido á los ingleses, de afrancesado ó de filibustero. Sin duda, los 
quetales cosas hacei) y dicen (habió de los de buena fé), no reparan que con 
ese singular criterio de sacrificarlo todo al* interés de su patria,- al interés 
Inmediato,' burdo y grosero, sé veñdria á Ha conclusión de que todo se debe 
'sacrificar al interés de la familia, y tras esto que sólo una regla debe inspi- 
rar al ciudadano; el interés particular del individuo; es decir, la fórmula 
'más biútal-del egoísmo. 

'Pues bien, esto también sucede én Inglaterra; y sucede particularmente 
en la cuestión Oriental por sus relaoiones con el interés británico en la In- 
dia. Y' coiiicíde este sentimiento con la tradición del partido* conset'Taéor, 
enemigo, hasta cierto punto, y -como éií' Inglaterra és posible, de -todo senti- 
'do 'c6smoix)lita, y además con el émpefib de la estreñía derecha d(B aqtfel 
partido, de intervenir iftctivamente eñ la política europea, salKelido del aisla- 
miento en que se supone han comprometido á Inglaterra las inspira<3Íones de 
Ikesícúela de Manchester y los últimos eineó ó seis aik>8 de la administraeion 
Gladstone. ' " 

Pero,' señores, no en balde I^gluterráigara á la cabeza del mundo moder- 
no. La Hbertad plena, abs^ul» dé qlié alU goean el p^sanii«ltto y la pala- 
bra, la iiiviolabilidad dé qué dipfrutttñ los persegiddos de todo el Inttndo por 
moñ de s¿s opiniones poH üeas, y la fu»rA incontrastable que tSüí tiene la 
'opipioh pública, en aquel griin'pais, verdaderamente soberana, todo » se- 
ñores, autoriisa á creer que eleripr^ en tóiguna patte menos que'en la oa^ 
Iñmüiáída Bretaña, pnede prosperar^ y que al fin y al cabo» allf eB>áonde k» 
éflu'nos dtí egófsino eon mayor^ficiiltad Uegian á constituir la attüéslera y 
el cielo de la^vida; soéial. No quiero dásiraeiniíe del fin de nuestra l^o^eren- 
<ñi&; fp^f^^ no os Yeenerdo Issgttitides obra» éeia política mt)dJéitta bñtá- 
me», las obtm de carácter ttát gáierÉl;*más umivexeal,' más oósm^ailidit^ de 
Himalrisacrenilo que 'va-'de «Agid se hsft Idealizador ..i/ 



TUKQUIA. Y EL TlUl>Ál)a BE PARÍS DE 1856. 59 

Pa^Men: en logkitérrft, donde el pAitído néLM fú iiabia aeepUdo nn 
sentido de alto desintefés y< prara justieia-^y hutíAk praéba,.lasokieiciii dada 
á la eaeijtiozi áei AlAbama, conira'todais iM pteoett]»aéionett j^ las eeivimfl det 
viejo John Bull,— en Inglaterra se lia allnúlo nna rox i^erosa, la Biisma 
qtr^sé alisó aSos hace éontra las verg&eáfeasde lá mobax^a tuii>olitana, kb 
voz del ñnstre Glásdtone, y'á des'peeho de ealifioaeiontfs indignas ó grote^ 
casj; casi solo al principio, ayudado desdes pof'agmpacicHies de alto vidor^ 
ha conseguido contener y rectificar la' ojiiáion dd Vulgo, al punto de pro- 
ducir^na' séHa diferencia en el sdno misnio del Gabinete, euya izquierda;, 
r'eprese(ntada por lord Derby, se opone resueltftment» á toda avantura guer* 
rera en la cuestión Oriental. T ahora ttiismo, seüores, en los úllíi|ios dias 
de Noviembre, el ministro de Negtxnos "Bztraitjaros británico no ha titu- 
beado est declarar públicamente que no entendía- que* la linea del valle d«l 
Eafnites fuera la vía de la India, y qu^-por tanto, mientras no corri^peU^ 
grO lia vía de Suez, ningún iftiétés britÉníco se hallaria verdaderainente 
comprometido. 

Tanubien esto ínbrá sOrprendido'á ios turedfílos. Pues prepárense para 
más. Inglaterra hará más, no en daSod^ 1?Qiiqul»^ si qi^e en benefbeio de la 
libertad y del progresó. Pues qué; ¿no lo ha he^hol fin «sa misma cuestión de 
Orteute, allá en 182^, cuando' se tratália'dei ^nanear al tufeo la pákíia de las 
artes y las letras, ¿cuál fué al principio la actitud de Inglaterra^ Paea qué, 
ssfSór^, ¿Uo eé sabido quepOr aquálénttoc^, nrieüitras Rusia y Franoia apo- 
yaban I» c^usa de los griegos, la conducta del almiíra^^i&glés en el Adriátí^^ 
co, y las notas mismas de Saint Jamesj ^eitab^fi'l» ereancia de que en In^* 
glaterra estabael prot^tor de MahmoUdf ]Y,sh^ embargo, Inglaterra iK>fué 
uno de los firmantes del protK>cOlo de Abril d0 IS86, y uno de los actores en el 
glorioso combate de Navarino, aurora de Wémtlbeipaoion de Grecia! 

Ko trato de explicar ahora las' causas dé aqueL cambio de politiea; jio 
quieto decir cómo antes de ÍS§6 pesaba el espirttu reacciontoio áñ Metter- 
riích, cdino después influyó 6l gran sentidoí liberal de Ganning, el ooniradio* 
tór de la' Santa Alianza. Pero notad el hecho, y sobre él prometiéos algo de 
Inglaterra, una vez vencidas por entero las oí^info^ifeá de lord Disraeli. 

Dé todas liis perspectivas favorables á Turquía, quedaba «ólo el f váeaso 
militar de los rusos : la demostración palpable dd coraje otomano. Sobre esto 
no cabe duda. Los rusos, por exceso de confianza ; por atraso de su armamen- 
to ; por torpeza dh los príncipes, sus diwetftres y graiades generales, tuvieron 
grandes 0oíitratiempos, al punto' de set C^ifíioii geneíai quo no darian un 
paso más'allá de los Balkaiies, si no se v^n eu el casO d» repasar el Danubio 
en buscadbsu^cuaTÍ;ele8rdéinfViemó.i . • • . 

AA¿mKs; el valor turco jamás sdiiá désmcíntido. Eltúsoo, no sólo el ver- 
dadcnro turco, si que el iñusuintan^ és bravo, lo ha sido siempre. Sobrio, im- 
petuoso y faüátido, nada le ccÁitieniSj' Oee aq«í, en tá fatalidad, y allá... en 
la otfá vida, en las setenta';^ dos hutís de yé& áú aeabaohe y ojos de fuego, y 
los bahquetesinterniinables,'féfdidad: viva denlas fantasías de Haroum-^al- 
EásfeMd. Pttra él muSsulman, el purghtori^* es pasajero; él infierno,— ese tef- 
Tiblé infierno católico qué éspáató á k» doctéires jt>Meaaios de la Iglesia de 



^0 i/ OQHKKRSI^gU. 

Oiisti)^ ao«cÍBti0t-^I»<> (kfitlil&vo» I|k.;«»lid4id^«ft el p»i]Mflq. "Y la espada es la 
HaTe M pairaiad,ii deeta Müiboma. Añadid á eatQ, que el ej^ci^ tuxoo es de 
los másaDsoTeobadoa del nmuidft* ^éleat>9a4fQdasla9 ígm^ todos loa hom- 
kres, .todd3 los aT«Bt«raro0> i^Qr^esp-se ,^xplioa ese afán de los p^p^dieos, de^ 
desot^foríT) bajo ei apellido d$ cualquiera da los g^erales tarcos, á XaX, pacso- 
1^ de MetSi á talgeaenü espagol, .inglés, itdianp, belga.;., {qué sé jo\ ' 
. . Vmoy señores^ ¿es, por ventorat núeYO lo que ahora ha ocurrido á los ru- 
sos antes de llegar á Kara y á Pl^wJQia? J^eeisamente todas las campabas da 
l}arquia con sus adrersarips, en \^ q^a ya de, siglo, j aun deisde que , Bwa 
ha aparecido en el estadio .inleftiaei<H&al, (^recisaBienjbe toda^ se l|an distin- 
guido^ ótpor la indeoision AA éxito, ^ perlas Tieloiáas turcas hasta llagar al 
final. S61o hay una éxcepoioví,. k eanpaSa de 1833 al 41 contra los egipdoa 
de Méhsmet-Ali, campaña en la cual los turcos no tuyieron respiro^ y de la 
cual salló Turquía-Picosa rafal^-pvecisamenteppr la alianza rusa, Pero en 
las demás, en laque terminó ol Tratado de Buchareat en .1^12» en la que con- 
cluyó en 1827, en la de 1864... en todas sucedió lo que os he dicho. Mas^ es 
preG^soañadir otra cosa: de nadie mejpr que de Turquía podria decirse lo 
qte de aquel general »queganalMi'Ias ba^ae pi^ perd^ la campaña^n Asi 
sucede, señores, toJas esas yictoriae* todos esos esfuerzos, todos esos méritos 
sirven sólo para que semanae^sín in^rupei(nL,jcada Tea. más la integridad 
otomana, 

tY no dice esto nada á los partidarios d^l Imperio turco? i Como oi que 
tanta fuerza se traduce en daño del atleta? ¿Cómo es que la ayuda del extran- 
jero (ayuda dedsiya mmpiiey es verdad) #$ tuaduce en pérdida de la indc:- 
pendeneía torca? ^o diee todo eso que aquí hay algo superior, algo contia 
lo que son impotentet; las armas y la diplomacia— ^-algo como aquel Sol de 
Pablo que le itiiipedia pdemry venejBrf- . •. . ' 

rPeh» oómo no sa ha de dudar de eato, cuando no se vé dará la prueba de 
que la mera ezistenieia del Imperio otomaQo^ una causa ii^xjoenaa.derconfiic- 
tos y desastres para* 1% £u?<^a moderna, en el mero hecho que. desde el mo- 
mento mismo, en que ésta «ale del caos de la. Edad Media, y se dibujan con 
cierta predsicm k^contojnos de las o^uévas nacionalidades, todas lasxrísia 
y todaft las preocupacipnes de ^ráeter internacioiMikl se refieren á los. proble- 
mas de Oriente, á la actiUid y 4 porv^ir de los conquistadores .4e Constan- 
tinoplal 

Yo muchas veces me be prcpwta^ á mi ];uismo dónd^o ^^^^ funda- 
mento de esas simpatías que en «Lertps ^írcjild^ eipauoles ha despertado el 
Imperio de los Osmanlis. En otrospaiiies, me lo ezpUcó. Algunos tif^ien un 
interés más ó menos positivo en el man^teumienCo del iiolu quo' oriental* De 
esto ya he hablado'. £n oti^,.laa aiit^KUlaAq^e por divinos conceptos se 
aientén hacia tal ó cual naci<m^ lleva á prolesar una opinión detecnCdnada 
solo por el motivo de qfue la namon antjpátiica profesa la contraria. Ahí ta^ 
neis Á Francia; le ha.bastadP auponeír q^e Aleman^ia mira con bue^p^ ojos la 
eausa de Busia, pata hacer escitroepa y mpetrar r^ugi^meia.á l^s. sol4fdos 
de San Petttisbutgo, hada Ips eualM, dicho seii d^^pseo, se encontraba pro* 
pieia la prensa f raaacasa, ^ eemiei^H» de la caia|iaña. T por úl túnoj la^ weanfl»- 



TURQUlA Y SL TBATADO I»S PARÍS DB 1856. 61 

toneia ya dicha de qva mo las bMularas tus^Mi qwpAalos hombroade toda) 
prooedencias^ tambiMí ha Berrido pMa qne en^ierfcsB perfeee de Eaiopa se 
mire^ al QJ4n^ito de la Sablijae Puerta eoa áqnaUa ténm^^ ocm q«e cíertoe 
gaUntaadoree de oficio Tea paeiur por les ceilae les feriales filw -de aoojidoa de 
las-casM de Mafeenádad. 

Pero en Eepañ»...,. jEspafiíi» k ejgumúgfk eietmnittioa del Imperio Inrea, la 
que dio sus almogabues ouando l«6do el mondo -ti toheaba ea la agonfa del 
Imperio de loe Paleologot pera eentener U inveeíon da la media lona en el 
Orieate europeo» como habia dado loe héroes de su Bomaaoero para ocmte- 
ner la inTaslon máhometaiia en el Oe<ndeBte; la que. en dos largos siglos ja- 
más mantravo relaoioaes con lo»Sul(tane# de ConstantiiM>pU| eon quienes 
pactaba el crUéUmátimo Freaciseó Ide Fnmeia, yá quienes no dejó de-escu- 
diar el mismo Papado;.... I' Verdaderamente eí íen6meno es extraño; j más 
extraño desde el momento en que ha tomado parte en la lueba de Oriente) un 
pnablo como el rumanoy pueblo es^icialmente latina» resto de unaeolojxiok 
romana del tiempo de Trujano, sorprendida por la irrupoion de los éár^os 
y el estableeimientode las tribuí^ slaTaa, on cu^o señóse muere y brilla^ oomo 
palpita una estrella en el tachonado eiel6/él^te4»i dénie puede oslar la causa 
de este í enómmol (Donde la base de esas sDiprendentea simpatiasl 

Dejo aparte un motivo de esea^a importajLola« Presoindo de la considera- 
ción de que laa íuersas que luchan en Oriente son desiguales.. Compr^ido 
qiu» el ánimo se recoja un poco antes de decidirse por elmA$/u(rte: esto es lo 
propio de los hombree reetos y generosos. Pero en esto no puede detenerse 
ningún espíritu juicioso, £1 caso no -es aToriguar quiénes el d,ébil» sino 
quién tiene raaon ; y fin último término cuál es el problen^a y cuáles son las 
soluciones. . 

Vengamos á lo más serio y trascendental. Los amigos de Turquía ven en 
el ccmflicto tureo ruso unee Teces una presión infelicísima de un íactor de la 
ciYilimcioQ moderna sobre otro factor, cuyo libre moyirniento y natural fe* 
oundidad se combate y anula violentamente en daño de la armonía univer* 
sal. Otras veces ven un atentvio inmenso^ monstruoso,.irritanteálainde« 
pendencia de un pueUo, un atropello. incalificable de uno -de los principios 
fundamentales del Derecho internacional: de ese DérephOytque, como he. di- 
cho en otra ocasión 9 puede pasar oomo uno.de los primeros caracteres del 

siglo XIX. 

No hace mueho^ señores, Iciia yo en una Bevista inglesa un erudito y lar« 
guír imo artículo dedicado á probar una cosa por todo extremo Bing\ila^ en el 
corazón del mundo cristiano i la superioridad delmAbometísmo, no y^ bigo 
di punto de vista religioso^ fei que como elemento de <HÜtara y factor del ár-. 
denaocial. Sobre esta base el singular escritor lanzaba terribles protestas 
y cargos tremebundos , no ya eobre Busia, . si que* también cmtra todas las 
potencias oceidentaiea que, interviniendo en los asuntos turpos, perturban 
la vida otomana é impiden el desarrollo de aquplU.jBivilij^hcion dentro y con- 
forme á las leyes del tiempo actual. . . 

Confieso que el tosbiijo no me ha convoicido^ y cs^i ni sorpresa me ha 
cansado, porque yo sé Uen á dónde llega la originalidad. Eemovida está aún 



^ 4/ OONFBBaNCfiU 

la M«rA que mbre los d«|i^o» mortales de aqoeLi^ofo abate íraneés que 
háeiá 1830. y Helado desu padon legátiatíaia, dediei^ todo na tomo á probar 
que eii]H¿jfóede W«4»irioo mo ha^ia «zíistídd^ siendo lo féal y io positiro que 
. doce 6 qiiüioe ai^ aates fetabia viiridd un tal Bonapay fce v gemral aíor lanado 
y entasiasto de la monaTqui[a.de Luis XVIII. El deseo baeeTer muelio, j 
prhra tambieüée tiBr ifiaehasooéaer. .iPero qoébueo'deseoyqiié buena gargan- 
ta se fie(^itopítíii'reoonoeer y paitar la elist«ieia;de wEOk cwilimcion türcafl 
)ASi\ SéSores, si algo rísprésenta el tureo, el turoo^tomano se entisoide, 
átísáe que su histibriá sé ' delinea y Sstablebe, esto^ es, desde el siglo xii es 
prieisaments la ne^ion de toda^enltaray toda ciTiláaittion.. A^eciadlo en 
los dos grandes momentos de su vI<Ia! en'eIdesuaparioionen'Asia,«a el 
de su isntrada en Europa. Fkra ser, paira virir, lia neoésifcado el derrumba- 
miento de dos eivilisañónes. Son flor^ que nacen entre máitas^ paro no flo- 
res que inspiran lástima, y duyos suspiros arranean a^esá la lisa del poete, 
si cine flores, cuya éorola más ó menos tinta en sangre, deq>iden sólo háUto 
hediondo y ponsoáoso. 

Allá, en la meseta central del Asifr,'en aquella famosa O/Meina ^JtUim^ 
viviá uiiá inmensa tribu, oasi nómada, aliñie&tada bártMÍcaméirte por la le> 
che de sus yeguas. Las correrías de los tártaros, sus heritnanos^dos empuja- 
ron háciá el Mediodía, háeia la Arabia y la Biria. donde se alaaba el mágico 
Califato de Bagdad. Cotúo esolayos l^rhnero; como soldados mecísenarios des- 
pués, fueron entrando en el Califáíta aquelIdjBr 'bárbaros»^ y un día el miseza 
ble idervo, el legionario audaz se impuso ietltiereiero de la 'gloria, de Mi^ho- 
ma, al rapresentantb legítimo de los abasidas asiátieos. Bñ el Í9¿glo viii, los 
turcos eran soldados ó esélavos: en ePtx, los. tuioos haeian oon sus espadas 
el trono del califa Mostaie i, dé Motaz, de Mothadi: en etx arrancan á Bha- 
dillah la creación del Bmir al Omfah, con* euyo carigo invisten á uno de los 
suyos, al turco Bhaik, quitando á los Califas el poder ¿temporal; antes ' de 
concluir el mismo siglo t. unos turcos audaces fundan el imperio gaasncíTida 
alas puertas del califator en el xi nuevas tribus crean el de lo^ turcos 
selyucidas, y en 1068 los selyueidas aflaman su soberanía sobre las ruinas 
delcalffáto, del cual hablan tomadolos reflejos gloriosas y la; religión. Bajo 
aquellos selyucidas, y por la acción' de otro puSado de turcos que huian de 
IOS mogoles de Gengis^Khán, se instituyó elf^udo ó priueipado de Osman, 
cuna de los otomanos, y que á lá miña del imperio selyucida, adquirió como 
tantos otros su icflberattl», y' á la postre se impuiío á los demás, en los co- 
mienzos deí siglo XIV. 

Kosotros no podemos hablar de los árabes y delosealifatos si» gran 
BTttit)atía, sin profunda emoción. Han vividoentre nosotros,*' quixá en nues- 
tras venas Ueyáinos stí Sangre; ellos h^ hecho el Aleásat. de Sevilla, la 
Catedral de Córdoba, el Géneralifé y' la Alhanibm. TrAjoios aquí la into- 
lerancia i^eligiosa triunfante éoriEécaredó; trájolos ^1 despiBeho délos judíos 
cuya vida hicieron imposible los Concilios 4."* y 17."^ de Toledo; peroles 
hemos perdonado las violencias de la conquista, por la' gloria' insigne con 
que llenaron los siglos ix y x, y por las tradiciones ieoandas que nos dejaron 
on los (»mpós de MiSrcia y de Talenciá, ^en los jardines de Granada. Mas 



TURQUÍA Y SI# TBáárAIX) I>K PARÍS BE 1856. $3 

nirtBtrM simpaibífis son de Miá» {iiadaBoisiito. iQiiiéa hogr se atrio^erá á ue^ 
gar loe tífcolos que á la adaifaci^ti de 1& iu«k>tia tiesen loa áiabeBÍ 

Verdad que iniciaroB su empeSo por medio de las armas. "La e^q^adiies 
laUaye del eielcn deoia Mahoma; pero notad que sa oonquiata, obra de 
oefaeorta afios» desde el foádo.de la desierta Arabia^ hasta las gargantas mis" 
mas del Pirineo^ óorriendo por todo el septeutrioii africaiu)^^ yaeia .4 par- 
tir det siglo IX eü loe dos .graiides ealif atos de Bagdad y de Córdoba, cuya to« 
lerancia, enya eultiiia/y euyo projgreso, cuyos ezplendores supera&».4liio dudarloi 
á los de todos los demás pueblos oodbáneof. Cierto que la furii^ del soldado 
produjo di incendiode. AkóuMlríá» pero á bien que el genio de los Alm^n- 
zor y de los Abderramoi dio de si las escuelas de Bassoca y de Ciirdoba, de 
donde salieron Al-Kenddi, Altarabi, Arerroes y Avioena. 

¿Pero de dikuie se saca, . por dónde se infiere que los turcos r^resentan á 
aquellos hoftibreé) |Por dónde que la civilización turea es. la civilización 
irabel ¿No es grotesco pensar que los turcos hayan sido los., restauradores de 
Arietóteles, loe arquitectos de la Alhambra, los antecesores de Kepler y de 
Oopémicot 

Pues precisamente pasa que los turcos se alzaran tuvo que caer,. Bagdad* 
Bagdaddebilitoda^corroidaygsagroiada desde el siglo z y más perturbada 
aun por la intrusión de los torco» en sus negocios interiojres. ¿Qué toma- 
ron los tureos délos caU&tost ^ literatura) (S«3 artdsl (Su cultura? ^u 
ezpkndorl | Ah! nb. Tomaron la pclmitiya tradición árabe; la qi;e se ajusta- 
ba á su prooedenoia, á su carácter ^rbaro, ¡La guerra! Y tomaron la reli- 
gionsi, pero la religión bajo el aspecto terrible» y lo dirá, cpmo inslrúmen- 
to re^f edmo instrumento poUt&co. T. ahora mismo, en nuestros mismos 
dias, si ha habido una tendencia á resucitar el imperio árabe, el espíritu ára- 
be (muerto con la caída de Bagdad, la expulsión de los moros de España, 
el triunfo y ruina de los mamelucos de Egipto, . y la conquista de Damsjsco 
por los turcos en el siglo xvi^á bien que su primer enemigo ,ha sido Tur- 
quía. Díganlo las do» t^tativas de Mehemet-Alí , Virey de. Egipto, de 1(^33 
á 1840; tentatÍTas que habrían ediádo por tierra al Imperio otomaifo, á no 
ponerse del lado de éste, con sn diplomacia y con sus soldados, las potencias 
cristianas de Europa. {Árabes los turcos! iQuó enormidad! 

Pero venid más asá. Venid 'al siglo xv, á la ruina del Imperio de Orien- 
te y á la entrada dé ios • turcos en Europa, pot la toma de Constantinopla. 
Allí alentaba el espíritu antiguot alU briUaban los ¡últimos ^splandor^ de 
la civilización romana. SI Imperio occidental ee había hundido en /d oprobio, 
silenciosa, vergonzosamente en el siglo v> casi en el vi, sin que fuera parte á. 
contenerlo la- ayudado Bizancío; y bisn que manchado por el fango con que 
se salpicaban periei y Ara/tf«; y bien que entregado á las veces á eunucos, 
prostitutas, histriones y cocheros sin embargo, el de OrjLente conseguía le- 
vantar aqud momímento de imperecedera gloria resumen de toda la vida 
latina, los Códigos y la IntUMa de Justiniano. Ni quiero ni puedo hacer la 
historia de aquellos siglos,* sá ásbo recordaros que las desgracias del Bajo 
Imperio subieron de punto desde que la cuarta cruiíada, en vez de seguir á. 
Turra Santa se detuvo en Oonstantinopla, primero á exaltar reyes, después 



64 *.• CONFimiíNOIA. 

árei^rtir pfíyvinoü» 6htr6i9iis direotores,: y sobre toda desde que la into^ 
lerancia religiosia seifift!6 ál'Pentífíee de BMil»'ftqiiellft eomarca para pertur- 
barla con BUS anatemas y sus ézeenianioiíds. 

^' Por la acción de estas cansas inmediatas y en fnersa de los principios 
óonttitacionales del Imperio, sti debilidad fué ereciendo, al eompás qne au- 
mentaban el éxito y la airdacia éA turco Tecino* y ll^gó nn dia, dia luctuoso, 
en que el génoyés pasó á preció de oro, los* soldados del Sliltan, los soldados 
de Brottsa; por los Dardanelós* y el tnroo pudo saltar desde Oallipoli á An» 
drinópólis, y desde Ándtinópolis ál pié de Cotiertlitttinopla. ¡Tá no habia 
cruzados! Ya no e^dstian a(|úenos inc^r'eibles almogávares* de Roger de Flor 
que én dos batallati hablan muerto 40.000 táreos! La vos del Papa Niooláe V, 
tomando el aoontx>dePédroel Hermitañe, se perdía en el espacio y la Eu- 
ropa cristíaiía parecía un^meiisb desierto ante las aagustias de muerte del 
h3rede o de Constaiibmo el "Grande! Y potla (kmiplicidad áe todos, amane- 
ció aquella hermosa y perfítmada maSana del mes de Mayo en que 300.000 
tur(jos rompierou las puertas de lo órguUosa Biaaneio mataado al bnrro 
Constantino, XII, (que con su ralor rob5 á la historia de la vergüenza ha- 
lúina uuepÍ8odi')'como.el de Augásttilo de Oeeidente) y pudo Mi^omet II 
entrar en Sinta JSdfia, para proferir su terrible juramento <*de no conceda 
el sueño á sus ojos, ni conier man jaresí delicados, ni buscar nada agradable» 
n{ tocar' nada hei^mosó, ni volver la cabeza de Occidente á Orienté, hasta no 
derribar y hecho hollar por sus caballos los dioses de maderai dé cobre, de 
pHta, de oro; ó pintados qué los discípulos de Cristo habiui construido con 
BiH tnanoíi, exterminando toda su- iniquidad de la superficie de la tierra, 
dé^de Levante á Puniente, para gloria del Dios Sabasth y dd gran profeta 
Mahoma!it 

La brutaDdAdv la barbátíe, entraron éa l^Sen Oónstantiiiopla. Desde 
aquel entonces no han salido. El invasor pinfeomó de blaneo losmosáicoB y 
francos de' Santa Sofía, de aquel templa elevado á la Sabiduria Divina 
(ii;^ia5'o;^Vi), y para el cual se hablan traído las abrasadas columnas déla 
Diana Aé Efeso, los pilares dd Bol deFaknira, las grandes iráas de pórfido 
de Pérgámo, rectterdos todos de da clásica antígüedad: é incapaces de vivir 
en aquella atmósfera, volaron por el espacio con rumbo á Oecidento los ge- 
nios del arte'y de la cieiicia para inspirar el Benacimienio. El turco avan- 
zó, domihd la Ghrecia, la patriS de Feridies y de Anacharsis: se es tendió por 
el Danubio; luchó con láiMróiea Polonia; Uegó á loapiés«de Tiena .; Lo pu- 
do todo en dos siglos. iQué hizo en eUos en pro déla eivilisaoídn, toda ves 
que soWé sus minas se habia alzado^ ¿Qoé hiio dcspaesf 

Señores, si yo quisiera explicaros de un modo un tanto gráfico, lo que 
ha dado de sí et turco, os diría que os fijaseis emGonttantíiio|da. Conatanti* 
nopla es \!^rei^lCúinn^ñ!A Imperio 'tmrooj Vedfat. 

AUá, en el extremo Oriental de Europa, en 1» zona dulce en que se des- 
arrolla una flora deformas deheadas y regulares^ laá propiaé de una ley de 
pura belleza* en aquel nnindo en que loe empinadlos montias de la Emiopa 
Central, deoinan blandamente para 1x)mAr lae alturas méiÍMi y ^ Q^^ los 
grandes rios^ «d término de su caircra, en vezóle lauarse al mar, rugientes é 



TURQUÍA Y EL TRAfRATO DE PARÍS DE 1856. 65 

isKpetaMwM-oomo el Anuusotta^ 6 «I OHaooo, m dÍTÍd«n en nal brlUM» par» 
diÍHodir la yid»; en la romímá délJUria* eaai á la TifÉa del Afriea, en el 
oestra de aquel Tasto espaoio, al eual se fcAMMnoMi todoe loa anfedeedenfeet 
de la éiTÍEneion moderna, al onal Uevaa eoá snrameliMe atraotÍTO loa oanr 
toa deljdnaiortal ciego da Smima» las páginM iáfafl&mhB dd Spétn^eHa y Um 
▼ibraiites memoriaa del Agora 7 de U Aeademia; tMi, en las oostaúi del Málr* 
mará,ea8ÍlDeflndo al elásleo Pont» Etmw), m ladeeUnaeion de ioBpéqtaefios 
Balkanes, &ente á la espléndida y Twde plmiflie. deb Asia menor, eecrada 
por las/nieTea perpetuas del Olimpo de BiJkiliia; dueña pop su posieion eael 
B<kif6ro» del Msf Negro 7 por- él de las )ialidaa del B«iubio> del Dñiéafear* 
del DnicqMT, del Don y del Kizil Ennark, esto o» de los masrores nos de 
Euxopáy de uno de los más oaudalosos 7 apiovéohados del mundo asiátioo, 
se presenta al deshimbrado aspeotador, CSonstantinoplay «eon susblaaeos 7 
afíUgfanadod minaretes, eon susvevwrverantesi emulas, ooIqí sus refulgentes 
kioskés; destacando sobre ensato le rodea, ooiao un br^'Uanie entre aáfíres 7 
esmeíaldas, tendida perezosamente á lo largo de la ancha playa, y oomo »i re- 
cogiera sobfesu seno y entre sus áftiorósos braasos aquel gran pedazo dentar, 
aquella amplia bahía, comparable salo -á las de Bio- Janeiro, y de Nápolee^ 7 
á la cual han dado el nombre de Ctüme di Ora^ el centelleo de. loa iuf* 
numerables caiqr^ que como maiipossa la enuan 7 esmaltan y la presen* 
*ciá de infinitos barcos de todos destines y todas procedendag, ornado» 
con toda' clase de banderas 7 gallardetes, sargados con las mereaneíaii 
más preciosas de la Etiropá 'cidta, de '. la exuberante América dd mági- 
co continente ásiátíteo. Defiéndela de toda agresión navud, la doble esti^eohesi 
del Bósloto y de los Dardanelos, sin igual eii d -mundo! y f adlitan su acceso 
á los barcos pacíficost la andiura^del puerto, la Hn4>iesa de los fondos y la 
rapidez délas corrientes. Mientras la geografía politíéa y física no vatíe^ 
mientras la libertad no trasforma á ese puSado de rosas que festei^ el At- 
lántíeo con stis espumase-las AntiUasi 7 d genio de la civilización no haga 
un mundo de esa nebulosa^^ quesé üsm» la Oc eanía, puede bien aeeguoarse 
que 'Oonstantínopla, punto en que se cruaan el eje (Continental del mundo 
asiátieo^euTopeo y el eje marítimo del Mediterráneo, terá el cantro de la 
tierra. 

Conlpfiéndese bien que la leyenda atribaya á Apolo la designación del si- 
tio; que los turcos la YÍAmenlñ üiudad: per ^ú^oelenciít (Stamboul), y k» asiár 
ticos El paraíso terrestre. jQué teatro paúra una gian eÍTÜizacion^ qné tfMtro 
formado por la Natuiakza y' hermoseado per darte antiguo! • : 

Pero ¡ah Beñoresí El dése .'csnto es temblé^ apenas d viajero se decide á 
salvar.laj^yay áiintrodúeirBe en las eelaredias, torcidas y f^igosas calles. 
La opinión es unánime: todos cuántos han escrito sobre Cbnstantinopla lo 
dicen. Las calles <;»cura»f sombilaS) yaoeñen d abandonó mási completo,- ré- 
oorridáeipor grandes mánadaibdd< tíeodos 7 de ipentM quebracen de días su 
mansión exclusiva, co&tribuyenda á la^ emailaciime» fétidas que por cUmde 
quiera se perdben. La pdieia otPPliAna bñUa totalmentfe por su ausencjia» 7 
el fiakcfWP teme á cada instante rets^ soippreii^ido ^ despojado, atropeUad^ á 
la usanza asiátiea en aqud osciirQ laberinto de cstUejudas que eondmsen á loa 



.\i,i\:. í/i- «I :i»*n 



66 4.* coiaPBiiBKcaA. 

sitios más céntneoB.' £1 arfo ha miMrto, ha depapareoido en 
De equel gran hipódnimo levantadopér Jnstiniaiíor^ con ol amdHo de loe ar^ 
tifltas de 0ti tiempo, y loa monmnentoe de l&antignedad, ya sdbo queda» el 
obeiüteó de Teodoeio amenaaiado mina, la iiipodp.de las serpioitee Plateas, 
goipeadkporlamazadeMáhomiet n, 7 U pirámide de ConstuKfcmó Por- 
pbjrrogenet», ana délas siete maraTÍllas, totalmente deognazneeida de sus 
esplendentes chapas y rióos relieves^ Püem de allí, colmnaas rotas, frag- 
mentos de estatuas^ ¿ninas, miseria. Sonta Sofia» él modeló de 8an Marcos, 
no es ya el templo aéreo y oblotál del siglo ix¡ Por dentro embadurnado; pcnr 
fuera, innumerables eentraluertos que han iludido á sostenerle cuando, ya 
eb poder de los titrebs, amenacé desplomarse,» y junto, á aquellí» contrafuer- 
tes un mundode castaiohas, tiendas» eobertijBós, que le estrechan, 4ue le idtio^ 
gan, que dasi le dmninuí y sobre los oiiales> se destaca por uñ inmenso es- 
fuerzo, la resplandeciente oápula, nomo ai quisieae huir de cuanto le, irodea, 
como una protesta ooüosal, como un llamamiento supremo á la Europa cris- 
tiana, como un Tcouerdo eterno y una inacabable esperailza. , A su lado se 
levanta el Serrallo,^ sobre las minas de la antigua Bizando, con su hurem» 
afrenta délos máspuróá sentimientos del mundo civilizado, del hondr de 
nuestras madres, de la santíd^ de nuestro hogar; con sus 6.000 drogmanes 
y eunucos y sus 800 cocineros, á cuyas manos vienen á parar los 1.200 caír- 
ñeros que dignamente aportan los- proveedores del Sultm; eoa su cuarto' 
délos recuerdos y de Ui amiéSy en cuyo centro languiidecen, b%jo caricias 
enervadoras y enlire nubes de ópio^ ios- augtistulos de Mahomet y de SeUm, 
revestidos del doble carácter de Emperadores y de Calif *s« del doble poder 
temx>orál y espiritual cuya confusión constituye la f ómmla del más horrible 
despotismo. Y más allá la alta torre delSe]»akier en cuya cima vigila boche 
y dia un turco para dar la voi^ de almrma á-la vista de los inc^idiOs que es- 
tallan incesantemente y como en ningún* otea parte, en Constantlnopla. 
como si á toda hora la infeliz isiudad quisiera purificarse por el fuego, de las 
monstruosidades del pasado y del Carnaval piadoso de las fantásticas noches 
del Ramadan.' Y ai otro exjsroniov ^^ sn si fango de la playa, en un mun- 
do de lepra y de fiebre, el mercado de iesduvos, de doncellas y de niños ro- 
bados al interior africano, y que á despecho de las leyes, de las protestas ofi- 
ciales y de los tratados se venden eñ el corazón mismo del Imperio Osman- 
11, constituyendo después de la emaneiptecion.de los siervos rusos, una 
excepción más en d. continente europeo. . 

Y por último los barrm. Porque alli los hombtses.no' viven coino en 
el restó del mundo, confundidos, en contacto intimo, én lelacnon ocmstan- 
ie. Allá, ai otro lado de la.bahla, sqteaña de la vieja OoiistantinópU, por el 
doble abismo del mar y de un cementerio (él (mmpo délos muertos) está Pera, 
el populoso barrio de de los extranjeros*, de los francas j Aquí en la parte baja 
de la ciudad, á un laño elPhanár el barriode los griegos, al frente Toh-Kane 
^barrio de los armenios, y más lilla, aLextremo, Béiotaj el 'barrio de los ju- 
díos. P«o no creáis^ que eaíM barrios se hanoonstrtnido y formado al acaso» 
que no representan nada. ¡Oh, no! Allí viven esos grupos comoverdaderan 
naciones, con sus autoridades especiales, con sus privilegios, con sus singu- 



TURQUÍA Y EL TRATADO DE PARÍS DE 1856. 67 

lares costumbres, con su lengua, su religión, sus patriarcas y siis cónsules: 
verdaderos pueblos acampados en aquella tierra, frente á los turcos que allí 
son los monos numerosos, y los más extranjeros. Porque la estadística dice 
quédelos 600..000 habitantes de Constan tinopla, sólo 60.000 son turcos, y 
400.000 cristianos; y cuentan los viajeros que de algunos auos á esta parte, 
cuando un ortodoxo osmanli muere , en la hora suprema de las verdades, en- 
carga siempre que sus restos sean sepultados, no ya aquende el Bosforo, sí 
que allá al otro lado del estrecho, entre los altos cipréses de Scutari, en 
tierra asiática: que de este modo los buenos' turcos demuestran que aquí es- 
tán de paso, que la planta con que huellan la tierra europea, no es el pié del 
ciudadano que entra en el palacio de Westminster ó en el Capitolio de Was- 
hington, sí que el férreo casco de Atilaó de Tamerlan. 

Ve ahí 'señores lo que el. tiirco ha hecho de la gran ciudad bizantina. Cinco 
siglos de poder, de poder omnímodo, han producido esa vergüenza. Pues, 
bien, ya os lo he dicho: Constantinopla es el Imperio otomano. Ensanchad- 
lo, subidlo, multiplicadlo, engrandecedlo. Sobre el tipo de Constantinopla 
construid un país de 365.300 kilómetros cuadrados y de 2.800 de costa (ha- 
blo de la Turquía europea); país sin grandes dificultades físicas, sin obs- 
táculos serios para el tránsito y, sin embargo, sin vías férreas, sin vías or- 
dinarias de comunicación, ni canales, ni esclusas, lo que en ciertos períodos 
convierte á determinadas comarcas, como las septentrionales, en un mar de 
lodo, absolutamente impracticable; *país devorado por la mano muerta de las 
mezquitas y las inmunidades de los ulemas y los monopolios de los osman- 
lis, y la rapiña y las violencias de una administración grotesca, ilusoria, 
inverosímil; país, sin literatura,. sin artes, sin movimiento político, extraño 
totalmente á los uaos y costumbres del tiempo, y que lejos de avanzar, re- 
trocede, y retrocede para sumirse en la más profunda ignorancia y la in- 
moralidad más desenfrenada, acentuando el contraste con el resto del mun- 
do europeo, — país, en fin, sobre el cual no se ha podido constituir una ver- 
dadera sociedad, á pesar de las protestas de su irracional gobierno, á pesar 
de sus incesantes decretos, kispirados por el temor á las potencias occiden- 
tales en los momentos críticos de su existencia, pero reducidos siempre á 
pura palabrería, á letra muerta; insulto, en fin, permanente, escandaloso á 
todo lo que hay de noble en la existencia contemporánea, á todo lo que hay 
de respetable, de sagrado en la sociedad europea. 

Toda la vida turca es Constantinopla. En la agonía del siglo xix, es la 
ley de razas, — es decir, la fórmula característica de las civilizaciones embrio- 
narias y de los períodos de conquista; la intolerancia religiosa — esto es, la 
fórmula acabada de las sociedades incultas; la prodigalidad de los ofreci- 
mientos de reformas ó nunca realizadas, ó realizadas tarde y de un modo hi- 
pócrita ó incompleto — esto es, fórmula de los pueblos decadentes. 

Pues bien,' ahora os diré que todo eso vive por la tolerancia, por la com- 
plicidad de Europa; que todo eso niega el sentido más acusado del Derecho 
internacional moderno. 

Este punto será objeto de nuestra próxima conferencia.— He dicho. 



INSTÍTUGÍON LTBRE DE ENSEÑVNZl. 



W\/\A/V\A/* 



. ESTUDIOS DE DERECHO. 



^«W ^WWV\ -X/XA^W^VW^/V 



Historia de la Igleéia. . 

LdgLslaeion comparada. 

Filosofía del Derecho. . 

Derecho internacional 

público 

Derecho internacional 
privado 

Ampliación de Derecho 
civil coman 

Legislación hipoteca- 
ria 

Código de Napoleón . . 



Mar. J 

Miérc. V 



12 V4 á 1 V4.. Dr. D. Eugenio Monte- 
ro Rios. 

2 á 3 t Dr. D. Gumersindo de 

I Azcárate. 
L. Miér 10 V> á 11 Vi- Dr. D. Francisco Giner 



Miér. V. 



Martes. 



5á6 t 



Mar. J. S. . . . 

Miér. S 

Lunes 



4á5 t, 



5á6 t 

6 á 7 t 

5á6 t 



Ldo. D. Rafael M. de 
Labra. 

Dr. D. Justo Pelayo 
Cuesta. 

Dr. D. G. de Azcárate. 

Dr. D. Juan A. García 

Labiano. 
Dr. D. G. de Azcárate. 



A las lecciones de estos cursos, se puede asistir, bien matriculándose, 
bien por medio de billetes para cada una. Los derechos mensuales de ma- 
trícula en cada clase son: 

Para los socios 3*75 pesetas. 

Para el público 7*50 m 

El precio de cada billete es: 

Para los socios O 50 pesetas. 

Para el público ; i u 

A la última de estas clases, sólo se puede asistir por medio de billete. 



PRECIO DE ENTRADA A LAS CONFERENCIAS. 

Para los Socios ó personas que utilicen su derecho, 50 céntimos de pese- 
ta; para el público en general, 1 peseta. 



Las Con/erenctas se venden, para el público, en las principales librerías, 
a 50 céntimos de peseta. Para los socios, en la portería de la Institución^ á 
»5 céntimos, y por suscricion á 35 céntimos, satisfaciendo por anticipado él 
importe de diez conferencias. 

La administración, en la librería de Suarez, Jacometrezo, 72. 



INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA * 

ESPARTEROS, 9., PRINCIPAL.' 



5.* Conferencia -^"ziri 





(13 DE ENERO DE 1878) 



EL PODER 



Y LA 

LIBERTAD EN EL MUNDO ANTIGUO 



POR 



D. MANUEL PEDREGAL Y .CAÑEDO 



EX-MINISTRO 



roinada .le la REVISTA DE ESPAÑA 



^A/^/^.'^/^AA/^ .y\/\/NA/\/vrvA>v\/w\yw\A> 



MADRID: 1878. 

ESTA Bl-ECI MIENTO TIPOGRÁFICO 
(le los sefiores J. C. Conde y Compnñía. 

Oafios, 1. 



^3JT. J}'é^ 



QUINTA CONFERENCIA 



(13 DE ENERO OE I 87S) 



EL PODER Y LA LIBERTAD EN EL HUNDO ANTIGUO 



POR 



DOI^ MCAIHXJBSXj PElDUSBOAri Y CA:^E]I>0 



1885, June 'A9, 
Gift of 

« 

James Bussoll IjowoIí, 
oí Oambridge. 



-.^-' 



SEÑOHES: 



Tengo completa seguridad de que he de ser escuchado con indulgen- 
cía, porque me dirijo á un público ilustrado; y sin embargóme presento an- 
te vosotros dominado por el temor. Es que la cond^ncia me acusa de ha- 
ber incurrido en una grave falta» «1 aceptar un empeño, que es superior á 
mis fuerzas, cediendo á la honrosa invitación de mis ilustres amigos los di- 
rectores de esta Instituoion, que tan señalados servicios está prestando á la 
ciancia. 

Oon el propósito de que no llegue á fatigaros demasiado lo deficiente de 
mi palabra, escojí un tema, que, por ser de importancia suma, habrá de in- 
duciros á entrar desde luego en profundas meditaciones; mas os confieso que 
mi desacertada elección, eü'vea de aligerar, agrava el peso que eché,sobre mis 
hombros. ¡El poder y la libertad en el mundo antiguol No fijé mi atención 
en que, al mismo tíenipo que os invitaba á refiexionar sobre un tema intere- 
santásimoj yo habría de plantear cuestiones, que hoy som objeto de estudio 
muy detenido, y que aparecen en la discusión rodeadas de grandes dificul- 
tades. 

S^uramente habéis adivinado que> no obstante la generalidad de los tér- 
minos en que aparece redactado el tema, no h§ de recorrer la historia de. los 
pueblos más notables déla antigüedad, para determinar los rasgos caracte- 
rísticos del poder y la libertad. No seria posible en tan corto período de 
lempo como el de una conferencia hablaros^ con el detenimiento que el 



74 5.* CONFERENCIA. 

asunto merece, de las instituciones jurídicas en la India, en Egipto, en Pér- 
sia, entre los hebreos 7 entre los griegos. He de entrar, por otra parte, en 
consideraciones esencialmente jurídicas, y el pueblo de la antigüedad, que 
tuyo por misión especial la realización del derecho, fué el pueblo romano. 
Esa fué su vocación. Si tuviera por objeto esta conferencia el espíritu teocrá- 
tico de los pueblos antiguos, el campo de nuestra observación se desenvolve- 
ría en la India, en Egipto, en el pueblo de Israel; mientras que la Grecia me- 
recería nuestras predilección, si tratásemos délas artes ó déla filosofía. Ade- 
más, el interés de estudiar en Boma las dos bases sobre que descansan todas 
las instituciones públicas y privadas, es para nosotros superíor al inte- 
rés que pudierft ofrecemos el mismo estudio en los demás pueblos de la an- 
tigüedad, porque Boma dejó profunda hueUa en la historía de la humani- 
dad, dominando á todas las naciones, entonces conocidas, en la brillantísi- 
ma época de la república, tan grande por sus virtudes y por su fuerza de ex- 
pansión. 

Se impuso también en la Edad Media con la Iglesia. Y merced al rena- 
cimiento del derecho, volvió á influir de una manera poderosa en el desen- 
volvimiento de la civilización europea. Estas iadicacione» justifican sobra- 
damente la preferencia que habré de dar á las institaciones del pubelo-rey . 

En sus grandes épocas apareció siempre Boma como enoamaeion del 
principio de universalidad en frente del exclusivismo mo&icipal ó del enér- 
gico sentimiento de nacionalidad. Hoy cuenta cen más poderosos agentes el 
principio de universalidad. La facilidad f rapidez en Iób nliedios de comuni- 
cación, su multiplicidad, el gran desarrollo de las relaciones internaciona- 
les, el estudio de la jurisprudencia comparada, el derecho int^naolonal pú- 
blico y privado, todos los lazos, que unen estrechamente á los diversos pue^ 
blos exparcidos sobre la superfilsie del globo, son medios eficacísimos de 
armonía entre las sociedades humana» y que modifici^ la aspereza del prin- 
pio de nacionalidad, eterno representante en la historia de una de las fases 
de nuestra individualidad, tan rica en dones y beneficios de todo linage. Y 
esa tendencia irresistible de Boma á la universalidad pugna, en mi concep- 
to, con la omnímoda influencia, que se atribuye por muy distinguidos y 
perspicaces historiadores al espíritu religioso en la formación de las insti- 
tuciones humanas. Las religiones en la antigüedad eraú genuina expresión 
del exclusivismo municipal, y Boma, que abrió sus puertas alas ditinidades 
de los pueblos vencidos, aparece dominada por otro principio. 

No he de ocultaros que es grande mi desconfianza, al expresanne en este 
sentido, recordando que un celebrado historíador, Fustel de Coulanffa.un en 






EL PODER Y LA LlfilBTAD SN EL MUNDO ANTIGUO. 7fl 

libro muy conocido j estísoado, Ia OÜiAniique^ aostieae con muy agudo in- 
genio que la idea Teiigioaa f onuaba la basé cardinal de laa iaslitacioneg pA* 
blioas y prí-vadas asi en Grecia como en Boma. Si me atrevo á disentár de 
opinión tan aotorinday que es la de otoos muelios y muy renombrados escri- 
tores, no por eso me haréis un cargo, siendo tan distinguidos y tan ilustres 
los pensadores, quesostienen, por el contrario, á jviieio mió, demuestran que 
otro fué el principio generador de las instituoiones romanas. 

Lal^enda deesa gran p«oblo nos presenta, en primev término, la consti- 
tución de la ciudad con Bómulo. En segundo lugar, viene la religión con Hu- 
ma Pompilio. AqUflUoB aventureros, que fundaban el derecho en el propio es- 
íuerao, y que no enoontraron mejor símbolo que li lanza paca representar sus 
institHeiones,4i{Mivfleeii enla historia ooíno guerreros, que únicamente respetan 
al que puede y sabe defenderse. El robo de las Sabinas es el origen de la fa* 
milia comanu, y en la eeiemonia nupcial, aparece después el hombre como 
arrebatando de entre los braeos de sus padres á la que esooge p<» m^jer. La 
lansa^ con que divida la cabellera de este nuevo miembro de la familia, tiene 
más intima relación oon el sentido que predomina en aque'ia civilización, 
que las formalidades de la eonfMreaUOy cuando en d matrimonio interviene 
el saoeiNiote, que no siempre intorvenia, aun en los primeroa^tiempos. 

Por supuesto que es inadminble la leyenda de ios origenes del pueblo 
remano. Ko brotaron sus instituciones y el poder, que desplegó, de la ini- 
ciativa y dd' valor do un centenar de guerreros, venidos de todas partes, 
y oongrogados por acaso en la ribera del Tiber. £1 idioma que hablaban 
nos dice que desoendinnde la gran familia de los Arias. Pero d espíritu 
que se descubre á través de las leyendas de los pueblos, es la expresión de 
sus más intímas idéav^ y en la leyenda de los primitivoe tiempos de 
Boma vemos que el predominio de la fuerza y el espíritu militar constitu- 
yen su parte esendal. Tiene su representaei<MK, y representación muy impor- 
tante, la idea religiosa; pero no es la idea generadora del Estado y de la fa- 
milia. Los Pontífices, los Augures los Feciales intervienen en los actos de 
mayor ^ascendencia. !^ lo hacen, sin, embargo, por su propia iniciativa. 
Los Pontífices, qne^ tienen bi^ su guarda el derecho sagrado, resolvían las 
cuestiones que ante eüos se ventilaban, y aunque esas cuestiones afectaban á 
la vida sodal y á la vida de familia, contra bis resoluciones que dictaban se 
podia recurrir al pueblo, juez supremo, á la vez que soberano legislador. 
Los Augures declaraban, previa consista, si una elección, ó determinación 
cualquier'a, era ó no afecta á los dioses, y, si no agradaba la contestación, se 
interrogaba deí nuevo á las aves sagradas, se fijaba atentamente la vista en 



• 76 5.* OOITFERl&NGÍA. 

las estvdllas^ hftska qae sa deacubriAsan los sigaós oonTenientes al fin que la 
ooimalta se ptcipoiiiia; y ooiño el JBÍdo posteiior inralidaba los anteriores, 
terminaba aquella coáversaeion con la diyinidad, ouando se lú^bia rpoobrado 
el asentimiento ó manifestación que se buscaba^ Lo mismo noedi^ oon los 
conserradores de los Ljibros Sibilinos. £1 saoeidoeto oonpaba en la esfera 
de la realidad un lugar seeundario: (i|)areee «orno snboiáinado.á la voluntad 
del poder soberano del pueblo 6 de sus representantes. 

Examinadlo quameifor expresa el intimo pensamiento de los pueblos, 
y veréis que los ciudadanos romanos se dÍAtribuyen tn .tribos, en eujdas y en 
centurias. Esta organización es'la orfani«acio(n mUvia dal.ejéroito. El Bey 
es, al mismo tiempo que Fontifíce, jefe del cgéreito; pero este último ca- 
rácter es el que le da mayor antoridady es el que le eeiietúbujm en yesdadero 
representante de las aspiraciones del pueblo romi&o. Por eso» eusndq fueron 
expulsados los reyes> éí mando del ejército y el manejo del .Eano público 
fueron enecnnendados á los cónsules yak» cuestoeea» abiodonando el poder 
sacerdotal. Es seguro que á los cónsules se hubiera, tmsferido también el 
pontificado, si el poder saeerdotal fuera má$ importante, que el militar, ó si 
en él radicara el primsipio de autoridad, oemo asegunin muy .renombrados 
escritoras. Quedaban privados dcd agua y del ft(4^, que,«^ tantK> como ex- 
cluir déla comunión religiosa, los condenados á estmnamiento perpetuo, si 
no querían exponerse á más severos oasldgos^ Las aoeiones d#. la ley^ eUSa- 
crttmenttm, la Spoiuio^ la Cot^fn^rretUíQ, llevaban eleello relli^ofto. Sin em 
bargo, lo característico en Boma era la idea de poder ó dominaeion. 

Al hombre se le llamaba tw>,-r-guorrero;— al, valor .milii»f»rH|ir/ii#,— era 
la primera de las cualidades morales; la autoridad del. marido ¿obre, la mu- 
jer reeibia la denominación de woi^m, que nos da perf e0tan)ft^ á conocer 
cómo en el jefe de la familia predominaba la idea del poder y no la. del sa- 
cerdocio; la (mria reeibia su nombre de la lan^ sabina, q;^.^ Jlamabí^ Qfíi- 
ris 6 cufis; apenas oabs^expresar con más energía la idea de la fperza, que, 
denominando mancipimm á la verdadera pr<^i«d^ rpUMU»^ y oc^virtjiendo 
«n un combate entre gmerrepoe armados de lanaas,^miM{i^úi',rrJa^AOCÍpnpiura 
recuperar ^ dominio— i^ini^a/t^. lob.pf^triapQíesta^, "Uj^^^íq, son viva en- 
camación de la idea del poder. iQué representa la M«f|iu injectM ^Qué la 
pignoria capM En la lengua y en la manepsa de tercer los derechog públicos 
y privados se determina oon perfecta claridad el principio generador, de las 
instituciones, que mayor imporlaneia. tuvkron, y á más i^to grado dedesar- 
Tollo llegaron en la antigua B<»na..Lps dioses abundan en la familia^ en la 
tribu, en la ciudad. No escasean las ceremonia? reügioaaQ. Mas no por eso 



EL PODER T LA UBCRTAD EN EL MUNDO ANTIGUO. 77 

la religión se eleraeselire la eWligaoion roroaiiB, ni d flaeevdote fieBclbt0po- 
ne al loagistvado. £1 podbló 'itamaDD'q 

is^isiiaitéMmjqmm^:^Tmú^ en los 

^aiMi»b«tei»onlotdé>Att)a^i»Blw T >»& tod» 

las eincbsáss' tatinas, umbl íIob- «alm, giiegoB.y oirlagméBsa» p*ia 'domÍBar 
^ssinssii todos kBpuai)k«.0OiiMldWi liabia cbiüevat por.iMOfsíAad ea lo 
áslimp. da s« ooncisntfla» «Isapttita tle conqiDflÉfr. La idim d* supcciecidAd es 
el sentimiento que palpitaba en la vida real, lo que se destaca)» jen el fondo 
•de todas lasiniitttaaioneS; Deahid qneestviielr» dotedo-de aqnaUa. i^ngor 
laF'aetitadparagobsmaar ypwr goberaado. Be^hL ksgiaiídes triunfes, qne 
tkisaiKó^sobf» si' nxMBcs qneatai'ks trianfcBaái TatíMos. - , 

^ISéa Ift^tterzád pimtO'ea]iaÍMnti4é todas lastin la rea- 

lisaomiiael ástettovm admüíaíola dii0iilandbd/de>qiifi s&.apodiSMie el 
acreedor^de k persona del daodsr^ fifakaanecraae j'M^.vmikmki m U.plAia 
púbfifla, sl^Bo^seifiresisnMba vut nütiéa^ qx^, impi?gaMriQ los dfwehMidel 
iMieedoiviiDOBMi^«Baii^ia eiualkhL jadiaial.«9JhftiikJii«iiAt»d0t Sin emlHir- 
-gOy al> respeto 4 la^ley era un aflntiiHíimlio grabado e» «l^Qí^nMKW delcoividA- 
danofOnanOéiEíailiyBndaidA^^figabaiant^fi^ en 
•que wabié Ecni^ laiiuiaifte 4e. manos de so. iieqm«ií> -Aétoiida^ por .hAber 
saltado^elanfeotramáQ paralstfiuil^ri^ mneofli^flila gKfOkifÁnM^ fijase 
probihido qae. ilíaguna <teiT8sáte ilaliA0a> de-svpaieaoion ^mkpQ .B«tii»,y el 
terfótorJaqiM la.' rodeaba^ dandoal > st^rco judoiesaiiienAe y i: ladnoxaljia.deB - 
pues, Itttenslidad do'sagraáo^ y Berna, ^qne'fiüitó áiesa pfesoci|Mftte,:a»Crió la 
pena de monte» Ipa liistORft roiBámk aborda en <yeiii^o«dÁ,la:íBÍsma^iB* 

Los.podiBSB.páUieoa y pn7sdc««i4iAisraii¿geti^^ idea 

di»laenHs seidiaiÜBigaísiipQr el ■absriqtiamo ¡f por la egpontsitfliiis A /^pie en 
elk» resa^tabR. Estaban ü .jmtpo-iÍJsmsiQ co^^ aKeVdsftenv^Ti- 

anoeoto deiM^acoicxn». por.iMvtft.^iimfioix totdrii^y piif.un^#í|r^^ 
.peso» á éxtmiaa¡Q0&te>di«i)tofte9i<q!i)» ém u^.{Qi|a4,.a(|tmM9QWi(9 iAcpnce- 
bíbte,árlaiQr9siiij»moiipqliU<^idelmi(^ n ^ 

La Asan^bka di^pií^bloy $il'R«ym Jui^tW^n^ <y>P.^l S^aiu^ rcq^^siw- 
tabanenijiprijiM^ époe»laJaJ»sfBl|^a^ri^^>BlPp^eK ^liuAjiambleas 
popnl^ies<ydpodev4efcfi9yi^reAÍ}]imitMo3VP^riO,«^ ^poi^.ent^e si, y, 
ismdeMb elcSondo áe jndsdiaáaa, A0!fflgw4w4o A}mKÍmJ »<> ^^^-^ 

ral, y em t9Í suiwtóí^ittraf q?m#? ÍR?4<Í^.P1i' fiploí^i^.al, frente de tod98. los 
poderes, distribuyendo honores y constituyéndose enguardianeelwo délas Je- 



7B 9^^ GONlSfimOIA. 

ywy^lela gntíiéBudel ]p¡aMi%!nmamKlM ÁmaMats, que logiBUban y jms- 

váteciA di lEÚBMro^ la riqucáa <^ etpüneíido'Oi ím ibéo1iioíoíi«i q«».adoi^- 
iMU, y erad^endiá da 1» 4ire98& prgMiiiwtoii i«w ]«i^ ÁMtaátímñ.Umtíi^ 
Bxtítipáiimpúm, coula leiiníeiLdak jitel#> utu^QMfftioiniH y lo&i>Mí|<'i<^ 
86 iaspbidMii en distinto espixvlii f|Be Im Itff^^mMtññtm MjwrMb^y ii|mo- 
badAB portel Semdo* 

Padrón ncpnlattdoj» los Beyea, y np euhliíé la Índole deLpod«r pábika ea 
Soma; Absoluto CKa aflKteH y absiifaitor fué dafnes» La oi^msioitiiiteiia y 
los contrapesos, ó Ineha de iMaiitencbdsi entre si» tonafanmayoiiiKi pi<yor- 
cíoiNs^ exoeptaaado.el eaaade ia>dietadiii%ipie Mmaia Mos los poderes, á 
ejefeia^kjiixifldiii^íoa y el imperio ^^ 

dcís.kA eónsiiks/eon ijgnalee iaeidb^ ellos; el núiteio de tri 

btudoe ofBola á medida qisK inditiíáiialñaiiiteíae acvognbanim^yweB akUweio- 
nes;«e oreaba el almkastaigO'y «noomendafeaná lasiJ)mm9nrimáp<9let éLwBL" 
premo peder efiíios maeis .eon igualdad de íaenhades; taanpoeaeziBtía sa- 
bordi&aeion geiáfqui<M, sinoeompletaig^ialdideniíelesiS^ftnWaacaírfíi. Y 
á la rea que sedaba lagar i tantas 3r< tas antitipleai^Kiiáeio^ iñtsisas, ea 
frente del etosal i^pareda el tsibtino, gna robnsteoia aa antoffidndoeon U de 
lajpUd^impenáe&dosnarssolnoietteB, ójMánrAai^ al pnebio <Qtsro#iiI cBn- 
so», que apareciaeon fines nióiaies y comoinstifeaonn cKtñSa. aLdasosbo,. 
inATúa-pedérosameBle en la vida politiea: ocm la foRnacienddlf«sA809.pQr 
«ayo madiO'abría éeeiifaba las pnértas did Senado á los itettááos* 

Al oonsiderat de qué manera se oontradedan unos poderes á otros; cdsbo 
se embarañaban ydifieoltaban la maveha mútaamente^eeii onánika faritídad 
poddan entrar, y «ntsaban, en la rsspéehifaesles» de neoion de los danés, 
cfifiisa nMuraviHa ^ eenelerto general^ y apenas M eondbo qne hapan- dflsen- 
Tuelto een lógica tasn Ineatorable el penanmientode daminad/en nnirraBBri> 
Pero en AcMna vMan todos bajó la poderosa Ittfiuendft déla opteñon púUki- 
ea, y aquilas AsainMieas que se oontradÍ3eian, aquellos poderes qne se desar- 
rollaban en perpetua lucha,' obedecían á «na ky si^erior, ley qsiase realiza- 
ba en medio de las <^(K)siciones partieulares. La Ineba^nisnuí íflfVQreeia la efi- 
cacia de la aedon personal, qne es el agente de todo.pvogreso.yla.paL|Sica 
que remueve los mayores obstáoulos. Aqtral-estado de cosas no eonveadiria 
en manera algima á nuestras eo éd i m i b ie a y á nuestra eMUzaeion;' peso fué 
inuy fecundo en resüitádes para ^ vida Jteidií» del' pn^ roniaiio j psra 
la GÍ7iBzaeicn en general. 



EL PODER Y LA LUnOtTAD Btf EL MUNDO ANTIGUO. 79 

Otro de los caimoiéreB dfll podté pébUoo eii Bonia em el Tigor de qu^se- 
paradttMnto eetpftm dotedee las dmiMuí iMtttttoioMi. El fnylor» eupmao^ 
nnpiteaáo, «qm^sisl» érala 4iltÉ«dkli de ÍA^1^ e^nñift, tútmó el deKeeho 
honemiio. EEtei «geidoie de mía ^ bft- 

bie de Bfiímr al caeo peirtiedar de que se tmtefa»» y 1a toleodon de esae 
íénBoks llcgéá oonitilnr tnt tiaore de oñfteía aetMantad» deapuei ecmloe 
célebres ediofeoe, de dende loe jariseeMultoe en tíempoe poeterieree eaoeiw 
may proreetamas- efwBaiiiag* Aet ee que no adümente edwstieinibáaiiis- 
ti<n%e(MiiHixiliodftleBJtteeQiv ^e eawtttaiaü une eapeeie dej^fadapeí» 
Isr iqMecÍAcieitde kabéchp», aüm.qnreaBtríbaireiiDn en gitfii fW^e á ]#& PTO- 
gresoedfll deuMba 

£1 eenaor» velando per lá iategridiid de laa oeettmbee» y f ormindo e 
(xmof llevaba sa aeek» inaonteAfllaUíe ¿ iodaá perlde. Fenelreba en el «^ 
gMd<^iftaiittodelaíainilía».«B^ emal 

al paMeiO) enyn aoiDAveno fignÉabaen d ofeaeo oeon lee eailidadeB n eeea a 
nae pasa, coniinaar gocJuido-de la. elevada iniíes^^ 

El trübiao d^ pnobk^ ifnmÉipeKá q^enfendo aMbneioBee ne^fttlves, 
inteipaniara e^ iúm decneíonea de loa majiefcindoH tyte oonsidesaba per»- 
judiaiade8i«¿los J ate e o o i^ dét paebio^ pera ao^ iaidó.en remper el estreoho 
dimúa anq|áealprinott>iaee leeaeenjldba. Eht^'poT úi 9éh, ea Irento dala 
autoiidlHl tlimiteda de lea eániinleB*- tenia «n valor inápreoiaUe, Mes^ etaor 
do ka trümnoe pmdóerott reanisalpveUoydmgirlelapalábéa, oaañdoel 
plebieeilo -adquirió valdrleeiO» y dentro de& -Senado fué etedehadá^lavQa de 
los trabonoadjri pneUo^ ó pora babbir o«n máo propiedad de Wplobe, Ueg v 
laittifólnieioniapiboniaia á un grado talf de poder, qite ee hiaoTenpelir, y aViu 
temer, d)i loe ednauieB y del Senado!. ^ 

Deobee-octeo á ea vesal graaeDiuejo de loa amiaiioe §Kn6 en'el oonoep* 
ta páMieo la ^oáe alÉa lopeoíihitariottc cámo la. dignidad y graadesa del pne - 
blo romano tenim en' adeato entee' loe patóeioe^ en aiqnel a ria to oréldeo Se^ 
nado, qué, einpartieipaeioa en él' Poder legirialivü, fin jnriedMoion y' sin 
impeiib, AleanióeLgredoiBái'alftodéinfiíieDfliaeiilQBdea^ dé la lepú- 
bliea, eeria exponeros laidstoria^ qno todos oonoeeis periÜMteinente, de una 
de laé instigaciones mis grandiosas y quedé mayor presftigio estavo rodea- 
da en los Humores tiompósde Boma» EeeiÉn era la importaneia del Senado 
bajo k monarquía. Ihnantala rcpúbüea fué tal la iñflaenda que adqui- 
rió, y era tan expansiva la aoDÍon.de)ii»fuer»$iniáBiAS de que estaba data- 
do, que sobresalía como el más genuino representante del puebla ron&ano. 
£ato era debido al imperio que en ks tiempos de la r^blicüejerela lA opi- 



60 5/ OONIiERESGU. 

moir. Era también resultado delpodór de hn eosÉambres en a^ueUa época. 
OttAUdo Blas tarde» bi^lot eo^éradoceB/todé ee. eor«oia^6, y la autoridad 
penonal «e «obreptieo á la autoridad deiae lejés 7 de la eipinioii^ el Benado 
dejó d« ser lo qoe había sido, lo mismo que lodaii las demib Sni^ltaetoiies. 

Nada os he dkho todavía de un gran, tsünuai, elde*. lá laadlia, qne re- 
Téstia n^ inmensa antortdad y sin cUya-iaterr enc áott difieikiieints aa oom- 
prinderia la vida real entre los antígus reñíanos. Ese tríbjmel ei» expre- 
Biondektfaerbeorganisaeiondedaiamilifr'en el' mundo aatígao. inflnia 
iA«Qr efioasapiente en la vida pébUea, pero sobre todo Mnia en las mlaeiones 
déla Tida prrrada. Constitüian ese tribnnid los pavknteé por el vinenlo de 
la sangre^ no los que de la familia entraban á formar parte ^por mJsdiode la 
adbpeion. Esto nghtfiea quolas fieeioiies legales osdiniu en los^otos y rela- 
ciones principales déla familin, el pasó á las afeoeiones nalandesá los Unos 
ereados por los más imtimos sentimientos det ooraaon tamaño. Bse tñbooal 
seivuda bi^oi la presidencia del jefe de la fnnüia^y Bn<pmeba.dQqaésn au- 
toridad era inmensa, vaoordafcnnosnn solo heeho. Un nieto, da Eseiipioii el 
Afrioaao, que deseispenaba en Boma el easgo de Pretor, TÍvin£iMnetosa- 
mente, y de modo tal^ quedo^onraba éí nombre ilusttode los Bseipinnes. 
Pttes rdmiéronse los individuos «de la fimiiia y aoordaroá primarle del 
uso de un anillo que llevaba, en el-eial estaba grabada la efigie diol Af rkano. 
Le inhaUáitafeon por indigno para cgeveer d «eargn dé Pretor, y d^pñmer 
magistmdo de la repúbHea eá el óMen judioiai, fué imponente parar kiehar 
conol-irsbniialde familia, que no tenia auteridad legal, pero qus; desple- 
gaba vna aodoii irrénstible por el acnd^ que tenía sá«las eostambres. 

Xja-'esistencia de ese tribunal vióie á dMnosÉrar edmo y por -oüán distin- 
tos caminos el derecho se realiza indepenifientemente del Estado^' Si hubié- 
ramos de jusg^r al pueblo romano eón arreglo á waritiy. esárisa^ seselPOf tre- 
mendo seria el fallo qué contra ^ habiíamos de ptonunoiar. Pecio el toncho 
de un pueblo está grabado, no tanto en lar tablas de la l^r, 06&10 en la vida 
real; y nó siempre se traslada eon acierto á las frias páginas 'de unriibtfo el 
espíritu de unanti^flTsaeinin ensus váxiJáa nLaii¡ltstaeione8,ni ei^fáeü en to- 
dos losperiodos de la historia formulsf de una manera oonereta y exaete el 
pensamiento intünod^ los pueblos y delasranas» Bkpmmdó porniedióde 
las costumbres. Además el contenido de la 1^ obedeee eñ su aplieaeión á las 
eidgenciasdelarealiifod, y iséóbserta qtn/petmanééieodo unomismo el 
texto, insensiblemente penetra ^ éspíriiude reloimirá irairés derlas mallas 
de la ley. 

SI absolutismo del poder público en; Boma, por ejemplo/disteba mu^o 



EL FODEB Y LA JiIBBBIAD JSN EL MUNDO ANTIGUO. 81 

lie aer loqueiáiirinQra rísta paieqe. A40»ti» de la ppoeiaiou intanift y de 
aquellas compensaciones que tanto dificultaban los actos contrarios ala jus- 
tieia y al intoréa péblioo, oUeryareis con ifocnenoia amo ante el derecho 
de \ax cúuUáaao «^. é»tBma. toda la mió^tad del pnmetc marrado de la 

S9 epimon generaUMitci recibida que el. deiedio y la. Jibortad eran * 
palab^■^ yaoias de ean^K^Q enpresnoeil^ de la Qwniíooda. voltmtad de un 
eónsuL üa gcan.jwÚMeQaulto de nueptroa ti?«npos. dem^entca lo con- 
trario. Recorred ieoíipiil U.historia y veaeis que la ez|>iof iaeion de terrenos 
para la construcción del Fortm Jnlmmi poa^ al Estado má» de (¿en millo- 
Jies de^r^filea. Se r^^petaba el derecho daptflí&iedid y ae ijxdwmwba como 
ahwaae ú^d^nmi» al^prppietavior cayos.tíwp^w» eiiux ocupados en benefi- 
cio del piübUeo. Estaba preTisto en lif liyes.ffl ea9o> de expropiación de ma- 
tecisjies paca la «H^nstmocáon de QaoÚDps;.aa, PWÍ(W» preiniaban las autori- 
dad^, públicas al esdAvo que se babiaheoUp.digiíp de,lalibar1»4p^y ^f^" 
na/M^o» recowendaUe» é h IkmtfBfk 4 U 4^im 4» 1a patria, como.solda- 

doyíleeiaFándolo^iiéiifiipada^ ^^ ^' 

clay/?; pft ^^a poeiUe^lTeal^l^.dev^.qootciá por el Eí^o pi^blico, 

y se adjudicaban á los acreedores terrenos del ager jmUicui en jg^o, reser- 

r^ddoles «a 4^reQho pi^a.pofeisw €m9Í% rt Tw?w ^ h*l^ ep. m^ores con- 

dieiones^.deTolyiendQ entoiMoa los.b^mesa^judifiados. Uoa vez s^ redujeron 

loa(iLn|er^e8.$Lelo%ihcreedorea del Erario pAWioo, eí>innqtiyo,de los apuros 

cre{^4<^ en la prose^WOA de aquellas sangrientas gnexras^.Ueyadas á feliz 

t^r^o pprla ÍEipl|k^le EoB^k oontii^ la repúbli^ de CarJNiPf?* ^ ^^^~ 

troc^ ti^n^pos SQ usa pca^ fcecuenda de ese medio sencillisimq y ae. trata más 

4ra^i^/f^«ff<»^4(r 4 loa. acreedores delEstfulo. i^ueren repetida^ veces ol^e- 

to de reducción las deudas entre particulares, lua d^das qj^^ coi^traiaxi los 

plebcgr^os; pevo hemos de ten^ m cuenta que las deudas de los, plebeyo? eons- 

titiAA.unA^imMtioii^ aocáaI«. y «van sa»mes' poUtisfa 4^ A^den publico las 

que aiKffi^ej^ba».tai^ ceducqioiies^ ^ü^o (itvc^MJ^Hel ppder público los dere- 

cape de loe aareedi>ff»» porq^Q fuejpfii iliiuitada la aptecldíwi qme ejercía, ó no 

hubiese corüectiyo paca sus cresos» si|i<^parqjie,aei lo e¡á&»^ consideraciones 

da tOtr^ Índole.. £lpieder.,púbUeoaeUmitaJ>a en 1^. realidad .por. el derecho 

priwadev q^e estaba dotado de gran vitfvUdad* 

. Al entrac en la swiadA parte-4«t esta caN^eren<^a» piaca (pablaros de la 11- 

betia4. en BoieA,! ea neoesa^ que empecexuos tendieado.un xeb sobre la odiosa 

iostltucion de la esclavitud. Fansce un sarcasmo hablar de libertad en presen- 

oía del esclavo, á pesar de que subsiste eu medio de ciudadanos libres, y de 



82 5.^ OONFBRKNOIA. 

que ayer toda^^A íigairaba ecmó oegra inAiieh* eatra Iwiii^titoeioBeg ée un 
gran pueblo. 

La libertad polfti^i t^ara el dudadaiio romaiio ho éralo que- aetualmeii- 
te es para no«o^. £q Berna la liberM era peoottar del «itidMidaaLO, y equi- 
valía á la participación en el ejercicio de la soberanía y de la autoridad pú- 
blica. La libertad <;itil radicaba en éí jde de la famiUa, oon los earaetéres 
más bien de autoridad ata6lüta dentro éA arganisiiio de la f aaália, donde no 
penetraba el'Estado. La unidad, el elemento oonirtltal^o de la sociedad ro- 
mana, no era él indiríduo, sino la finñUia, y no existett más dereciicM que 
los de la familia, representada por el Jefe. 

El padre tienederedio de tdday muerte sobre sus hijos, y c^lxnie de 
los bienes <somo estiloto eofit^nlente: W marido ejélree«ofberana autórídad-r- 
i»^«f— sobre la mujer. El esélaro' fig^RH entre las dosas, carees de ^rsona- 
Hdad. Aute el especttáetdo que (^^ráéeltt aeumiüaelóii do iddos loi» dereehos, 
la posibilidad de todos los abuBOs,*deuna parte, y toda clase de deberes y 
humillaciones, de ótite part^, hubo Í3i|feteiós muy preekros'queno ^^inem en 
la familia romaúa mas que un conjuttto de-moustroosidades. Ese juiolo equi- 
vocado dimamc de haberse atenido á la ley esctttln^ sin pe&etvMr en íA. fondo 
de las cosa». ' 

El derecho de vida yumertesobreolhijo.elde tteéerloen la ^Easa pú- 
blica, llevados á la Vida legal, son refinamientos do inmoralidad- más que 
verdadeh» derodhos. FMti el padre,, eh el deeempeSo deesa partea interesantí- 
sima de la autoridad páblica, no procedía como un titlutio. En este, como en 
otros muchos casos, se prescinde de k intervención do loo parientes. No se 
toma en cuenta que la familia constituía un organimnd, que vivía por sus 
fuerzas internas y que tenia un gran consejOi el de todbá los parientes, un 
tribunal de vidot inapreciable. 

En el santuario del hogar doméstico no ponetraba la acdoñ cooitsitlvade 
la ley, pero surgió un órgano de-mayor efieaoia páfa la realíMoion del dere- 
cho, que guarda siempre un poder maravilloso de exteriorizaeion. Guando el 
padre se veía en el caso de adoptar alguna gravu doloilBinaoion, reunía á los 
parientes, los constituía en tribunal y sbmotia á su doMberaeion, ora la 
aplicaoicm de una p^ia, ora la concesión de una raoompensa, y en ol cambio 
recíproco de ideas se templaba la duren do unos, adaptándooo ol peasamisn- 
to do todoo á las origoneias dei bien general, ó á los ^torosos do la familia. 
No era de temer queén tales eondidones quodara doAoupasaáo ol hijo. A«m 
en los (sasos de sevida ó crueldad^ pót patfto dd padsro, k» parient&ÍE^ for- 
maban un antemural, una defensa más eficaz para el hijo que la protoeeion 



EL PODER Y LA LIBERTAD RN EL HUNDO ANTIGUO. 83 

de la ley. Eee tribimalde familia interrenia en todos los ea^oe de traaorai- 
dental importancia, y euando el jefe prescindía d» lee parieniee y aediror- 
ciaba ó^epudiaba sin eaiHuí á vbl mi\jer, maltrMaba oon aeresidad «soeaivia á 
lo0'hijoay«úmáloawolatoa,é desmeieeia en eloonteiifeo pábUco por los 
actos qae ejecutaba oomd jefe de la fantiliai no quedaba eompletameate 
libre de responsabilidad, pooqne la opinión, el censor y el tribmii^ de loe 
parientes en^olTian al padre <^ al macidD» le eonstrdÜAft con toda la faena 
monildeqve dieponian, y en lo general cons^guMi los más plausibles resnl* 
tadoB. 

H^ aquí, pues, fealiEándos& el dereeíio por medio de 1» oostombres é 
iadependiantemente de la 1^. Los que se figuren que en Boma los padres 
tmiaa siempre en la meato di faaoha coa que tonenasaban álaecdeteomadel 
h^ydel esclavo; los qne jnzgaen de la iaportaiieia de la imyevj del res- 
peto que se le guardaba, por loque oon ella legalmente se podia hacer, no 
conocen los tiempos de la república romana. La vida real era dietíData. El 
padre no dejaba de serpadre. Y el papel» que repveeentá la maiv en más de 
un episodio BOtabiiisimo de los< tiempoe heróioos de Boma, riaspoiids del va- 
lor y de la consideración en que se la tenia. 

TambioQ el acreedor poriraba al deudor insoliente de su libertad. T iqué 
suoediaf I Acaso déipedaeaten al misorable deudor, eoando rarioa aereodores 
se lo dispufabsoí? Eeerito estaba en la ley ese derecho. Mas .no registran las 

historias un solo caso de tamaña crueldad. Ese principio originasdo.de la 

* 

fuerea, que investiü al acNedor een el poder, hoy inconcebible, de secuestrar 
al deudo»^ surtía el efecto de que éáte pagase, si temabienea, ó de que ireri- 
ficase ei pago alguno de los'indiTiduos de su familia, cuando, no ee presen- 
taba uno de aquellos generosoe ramanos^qne á oentoaaresredimianáloe deu- 
dores. Las coBtuml»es tenian para tales caaos preparada una solucxon mi^or 
que ladé isa leyes. • - 

De la eficacia con- que In opinión interrenia en los actos de le vida pri- 
vada, tenemos una patente muestra en. el uso de las acciones populares. Hoy 
le fiamos todo á la protección del Estado. Un menor, por cgemplo, cuenta 
oon el celo y perspicacia de los tribunales, que veian, ó deben velar,' izice* 
santemebte por la integridad de todos sus derechos. En Boma todos los ciu- 
dadanos podian constítuirse eü defensores dcft menor, ejeroitaaido una acción 
X>opular. No siempre habría quien de tal acción hiciera uso; pero, thoy son 
muchos los juzgados de primera instancia que cumplen los deberes impuestos 
I)or lar !éy1 La tutela del Estado deja tantos y tantos viicíos, que nos autoriza 
á recordar con encomio el sistema de las acciones populares, qué era una ma- 



84 6.' CONFERENCIA. 

ñera de ger dúrtinta de la taüela de la sociedad, con lá ventaja de excitar y 
educar la aecioñ iadiridnal. 

Era ttBiplifliimt la iibertod dd ciudadano vomana en el orden citil. Si 
derecho de'^ro^ediid autorizaba ei uso y el abnsev fildcHmdilioecaTerdade- 
ramente «agritdo. No podian entéár en el Bantuario de la faáiUda los agente» 
de la autoridad, ni aun para pmoticar un nsqnensiieáto judicial. La potes- 
tad del padre y d^ marido no tenian limitecioneB. Sin embargo, la censura» 
que funcionaba en representación -de itn* principio moral, .antea qne jurídico, 
se cernía por cima de todas las liberbades. Caian bajo la acción del cencíor 
el l^fo, lá crueldad^ el celibato, el divorcio, y hasta el cnltiyo de loe campos. 
Se encaraba don el padre, jele absoluto dent^dela famiUa, que no educaba 
convenientemente á sus hijos. Era uniOontrapesé la eensura,- que no tolera- 
rian núestfós láempos» pero que denota en la vida del puebjo romano un es- 
píritu dé que no siempre podemos damos exacta cuenta. La suma de liber- 
tad civil de que goaaba^ ciudadano romano, juntamente con la parte de 
soberanía que le estaba reservada, tenia por fiscal al censoif y por jues á la 
opinión pública, al mismo tiempo que dentro del hogar funcioaaba el tribu- 
nal de los parientes. 

Voy 4oon^úir, pero antes habréis de permitirme que en bteves palabras 
os indique las diferencias cardinales entra «1 poder antiguo y el moderno, 
entre la libertad, da que los romanos gotabon, y la libertad, á que nosotroa 
aspiramos^ 

Era el poder en el mundo romano un fiel representante del espíritu do 
dominación, queanim^baalpuablersqy. Enla esencia no encontraba límites 
á su acción* en su desenvolvimiento tropezaba por todas partes, con dificul- 
tades y contrapesos. Se confiaba mucho en la prudencia del depositario de la 
autoridad pública. Era su iniciativa una poderosa palanca, con que siempre 
se contaba. Pero estaba subdividido el ejercicio del poder. Chocaban entre si 
las diversas fueisas sociales, representada» por Asambleas soberanas y x>or 
supremos magistrados, y de aqu^ dmque continuo, de aquella oontraposicdon 
incesante, surgían vigorosas, resoluciones, quA aeatabe 6 sostenía un pue- 
blo acostumbrado á la disciplina. 

En nuestros días la autoridad tiene flte^tfuksm^or de^nidas, Etu orga- 
nización es más perfecta, y lo misma su origen qne sus fimciones están con 
precisión determinados en la ley. Se deja mépos al azar. 

La libertad antigua era un^ Iracdon ó unadelse fases del poder público. 
Desconocían el prix^eipio de libertad, careciap de su noción verdadera, pc»r- 
que el elemento constitutivo de la sociedad no era el individuo sino la f ami- 



EL PODER Y LA LIBERTAD EN EL MUNDO ANTIGUO. B5 

lia^ y el jefe de la familia estaba por la ley investido de un poder abso- 
luto. La libertad verdadera se confundía con la soberanía, y no era libre el 
que, como ciudadano, no tomaba parte en la confección de las leyes, en su 
cumplimiento y en la elección de los magistrados. 

Hoy la libertad radica en nuestra misma naturaleza. Los derechos polí- 
ticos, que antes correspondían al ciudadano, son ahora propios del hombre. 
Las facultades inherentes á nuestra personalidad realizan en su desenvolvi- 
miento el derecho, y la libertad, de que están dotadas, es, por su naturaleza» 
sagrada é inviolable. 

En el |ondo de nuestra conciencia tienen su asiento inconmovible el de- 
recho y el Estado. Ambos provienen de la misma causa. Tan divina éd la li- 
bertad como la autoridad. 

Lo que en el mundo antiguo se encomendaba á la acción moral, en la ac- 
tualidad es del dominio del derecho. Antes estaba limitada la autoridad por 
las costumbres, ahora está limitada por la ley. En la moderna civilización to- 
do conspira á la armonía entre el derecho y el Estado. La libertad, que es la 
gran maestra de la vida, y lleva por timbre la auréola del martirio, va ga- 
nando en moderación á medida que se fortalece, y merced á la libertad lle- 
gará el hombre oí más completo desarrollo de sus facultades^ que es él fin de 
la humanidad sobre la tierra. 



PRECIO DE ENTRADA A LAS CONFERENCIAS. 

Para I03 S5sio9 ó paraonag qu) ubilican 3U der33ho, 50 cintimos de pese- 
ta; p:ira el público en ganeral, 1 peseta. 



Las Conferencias se venden, para el público, en las principales librerías, 
á 50 céntimos de peseta. Para los socios, en la portería de la Institución^ á 
85 céntimos, y por suscricion á35 céntimos, satisfaciendo por anticipado el 
importa de diez conferencias. 

La administración, en la librería de Saarez, Jacometrezo, 72. 

CoNPEaENciA.9 PÜBLLICA.DAS: La% cUcciones pontificias f por el Rector y Pro- 
fesor D. E. Montaro Ríos; B¿ futuro Cónclave^ por el mismo; El agua y sus 
trasformacioneSy por el Profesor D. F. Qiiiroga; Turquía y el tratado de 
París, por el Profesor D. R. M. de Labra; Bl poder y la libertad en el mundo 
antiguo^ por D. M. Pedregal, ex-Ministro; El poder del Jefe del Estado, en 
Francia, Inglaterra y los' Estados-Unidos, por el Profesor D. G. de Azeárate. 



ESTUDIOS GENERALES DÉ SEGUNDA ENSEÑANZA 

ESTABLBGIDOS POR LA «INSTITUCIÓN»! INCORPORADOS AL INSTITUTO DE 

SAN ISIDRO. 

Mejoras realizadas en la organización de estos estudios, respecto de la que tienen en los 

Institutos oficiales. 

l.' Las /r^j ciases de Psicología, Lógica y Elíca, de Física y Química y de Historia natural se 
hallan subdivldidas, constituyendo «i£¿¿ asignaturas. El número de Profesores encargados de todas 
las de Segunda Ensefianza, que es en los centros oficiales de diez, aquí es de trece, en esta forma: 

Latin y Castellano.— üt. D. Juan Quírós, Ldo. D. José Ontafion. 

Retórica y Poética.— Lógica y Etica.— Dx. D. Hermenegildo Giner, Director y Catedrático, por oposi- 
ción, de Instituto oficial. 

Geografía y Psicología.— Dr. D. José de Caso, Profesor auxiliar que ha sido en la Universidad de Ma- 
drid. 

Historia Universal .—Láo. D. Alfredo Calderón y Arana. 

Historia de España.— ür. D. Jacinto Mesía, Profesor auxiliar que ha sido, por oposición, en la Univer- 
sidad de Madrid. 

Matemáticas.— D. Fernando Buireo, Ingeniero de Minas, ex-catedrátice de Instituto.— p. José Lledó, 
Bachiller en Ciencias. 

Fistca.—J)r. D. Luis Simarro. 

Química.— Dr. D. Francisco Quiroga. 

Botánica.— Mineralogía.— Br D. Augusto G. de Linares, Catedrático, por oposición, de la Univer- 
sidad de Santiago y del Instituto de Albacete. 

Zoología —Fisiologia é Higiene.— Dr. D. Salvador Calderón, Catedrático, por oposición, de Instituto . 

Agricultura.— D . Andrés Pellico, Ingeniero de Minas. 

2.' Todos los alumnos asisten (gratuitamente) á las clases de Ejercicios de Estudio y de Amplia- 
cion de Instrucción primaria el número de horas semanales que se les designa, salvo aquellos á quie- 
nes se exceptúa, por juzgarlo innecesario. Los Profesores de esta& clases son respectivamente el 
Dr. D. Eduardo Soler, Catedrático, por oposición, en la Universidad de Valencia y el Dr. D. Germán 
Florez. 

3.' Todos los alumnos, á quienes los Profesorjs no exceptúen expresamente, asisten á un repaso 
semanal de las asignaturas que cursen; estos repasos son gratuitos y están confiados á un cuerpo de 
trece Auxiliares-Repetidores. 

4.' Los alumnos cuya instrucción en alguna asignatura que tuviesen ya probada fuese, sin embar- 
go, juzgada insuficiente por los Profesores de las enseffanzas que cursen, asisten también á estos re- 
pasos. 

Derechos mensuales de matricula. Por cada asignatura, basta cuatro inclusive, para los socios ó 
personas que utilicen su derecho, 2,50 pesetas, y para los no socios, 5. Por cinco ó más, 12,50 para 
los primeros, y 25 para los segundos. 

Las clases de Estudio, Ampliación de Instrucción primaria y Repasos son gratuitas. 



INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA 

ESPARTEROS, 9, PRINCIPAL- 



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6.* Conferencia 



(20 DE ENERO DE 1878) 



EL PODER DEL JEFE DEL ESTADO 



KN 



FRANCIA, INGLATERRA Y. LOS ESTADOS-UNIDOS 



POR 



DON CtUMERSINDO DE AZGARATE 



Tomada rte la REVISTA DE ESPAÑA 



^AAy\/\/v/^AA^AAA/\AAA^^A/^/^A/\/^AA 



y 



MADRID: 1878 

esTASl-eCIMIENXO TIPOGRÁFICO 

de los BoftorcR J. C. Conde y Compañía 

CaftoSf 1 



yir. i/íy 



SEXTA CONFERENCIA 



(20 DE ENERO DE 1378) 



EL PODER DEL JEFE DEL ESTADO 



EN 



FRANQA, INGLATERRA \ LOS ESTADOS-UNIDOS 



/ KIR 



I>0]V OUMBÜSIPiíDO DBl AZCÁRAXES 



.1885, Juno í'^ii-vV 
Gií't of 
.Ja-meB Kusseil Lowoli, 
of Cambridge. 






k ' 



• '( 



SEÑORES : . 



No era ciertamente yo quien debiera ocupar vuestra ateneion en esta 
noche, puesto que el Sr. D. Gabriel Rodríguez era el deeigiiaáo para habla- 
ros de ün tema interesantísimo: del SocialUnm de cátedra. En lugar de 
esta cuestión, que, como todas las soeialesy^ despierta hoy ▼ivísimo intesés, 
me toca á mí diluMdar ün pro]o^lémáque, por ser politioo, se halla en muy dis- 
tinto easo; porque la verdad es, que^ en esta esfera, la époeá presente ha llegado 
á afírinar principios fijos y seguros, quedando tan sólo por vencer eiertaa di- 
ficultades con que tropieza su aplicación práctica, y por dar la última mano 
á la teoría, deduciendo todas sus legitimas consecueaoias y señalando sus 
últimos perfiles y isontomos. De esta naturaleza es e]*problema que vamos á 
examinar, puesto que se reduce á inquirir si, de los principios umversalmen- 
te admitidos hoy, en lo tocante á los poderes del Estado, no hay otros ^ue el 
legislativo, el ejecutivo y el judicial, según viene admitiéndose de antiguo, ó 
si es incompleta esta tradiciosusil clasificación, dobiendo admitirse la sustan- 
tibidad ó independencia de la función y del poder propio del jefe del Es- 
tado. 
• ^^ 

Oofarrióme tratar de este problema, al ver lo sucedido en Francia durante 
la última crisis política por que acaba de atravesar. Conservadores y republi- 



90 6.* CONFERENCIA. 

canos incamsui, á mi juicio, en un mismo error, cuando trataban de darse 
cuenta del origen de aquella y de su posible solución; los unos, al poner al , 
jefe del Estado en frente del Poder legislativo, como si compartieran por 
igual y en el mismo respecto la dirección de la vida política; los otros, al 
empañarse en considerar aquel como mero representante del Poder ejecutivo, 
Y como no es ciertamente este error peculiar de ese país, por eso me propon- 
go ocuparme al propio tiempo de la función j del poder del jefe del Estado, 
á la par que en él, en Inglaterra y en los Estados-Unidos. 

Aunque á primera vista pudiera parecer lo contrario, no entraña esta 
cuestión aquella otra que divide á los políticos en monárquicos y republica- 
nos; pues es evidente, que esto se refiere á la organización del podar y no á 
la naturaleza misma y función propia de éste. Ya comprendéis bien, que si 
mi intento fuera ventilar este otro problema, no hubiera escogido la monar- 
quía inglesa para ponerla frente á frente de la rapública francesa y de la 
norte-americana, puesto que es aquella una de las pocas á que puede aplicarse 
con fundamento el dicho de Benjamín Constant:que la monarquía constitucio- 
nal está separada de la república por una cuestión de forma; de la monarquía 
absoluta, por una cuestión de fondo. No seria en verdad difícil mostraros 
que sólo diferencias accidentales hay entre la organización del poder del jefe 
del Estado de ese país y la de los otros no obstante ser republicana en estos 
y monárquica en aquella. 

El método que hemos de seguir para examinar el punto en cuestión, es 
muy sencillo, y se reduce á exponer primero los hechas, afirmar' luego los 
ptiaeipios que deben servimos de criterio en la lóaleria, y aplicar por últi- 
ma este á lo observado en la realidad, parik formular el juicio coasigaiente. 
. ^Cuáles son los hechos; ó lo que es lo miflmo> cuál es la naturaksa de la 
f oneion del jefe del Estado y cual el carácter de su poder en cada uno de esos 
tres países? Basta, para averiguarlo, atender á las facultades y prerogativas que 
se le confieren en cada uno4e ellos. En Francia, el Presidente de la Bepública 
tiene iainiciativa; está f atmltado para p3dir á las Cámaras que scmnetan leyes 
aprobadas á una segunda deliberación; nombra librcQ^ente los ministros; 
puede disolver el Congre^ de diputados, previa la autorización del Senado; 
y tiene, por último, las prerogativas referentes á la gracia de indulto, á las 
relaciones intemacioniEdes, al mando de la f uorssa afinada, etc., quese encuen- 
tran en las más dé las Constituciones; siendo jfesponsable t!ui sólo en el caso 
de alta traición, pues que en lo demás son los ministros. 

En Inglaterra, si atendéis tan sólo á lo qqe resulta de la Constitución es- 
crita y á lo que dicen los antiguos tratadistas^ hallareis que son nada menos ' 



KL POD£R BBL JEFE DEL ESTADO. 91 

que veiiicio0hO'^ trnijkto lav pperogftdvM de 1a Coran*; pero, si alieadels á lo 
que pasa en 1a* realidad, alefaeto producido por esas oefomuia que llama 
Freemaa 4ikneioiaMf que ^enea operándose desde la gloriosa revolución, de 
1683 y singularmente durante el .actual reinado/descubrireis bien pronto, 
que, de .esas ptDrogaiiyas, uama lian eaido en desueoí como el veto absoluto, 
que no se b» arcado desde hace ciento sedenta aabs; otiae han pasado ni po^ 
der kgitilaliiro j al judiéial; y. las más de ellas son e^ereidas boy por el Qa- 
binete, por esa instituidon qUe para nada figura en la legislación inglesa, 
puasto^quepsia ella oontúnimí siendo l^núaístcos ^xoñb cuantos miembroH 
del Oonsojo ptívado de b'Beíaiw y, sin embargo,, la Tcalidad de su poder e^ 
tan maolfiestaj que yo o» of endqria si tratara de mostrarlo ante vuestros ojos. 
¿Faeds^ sin. embacgo, decirse con Gneiiit, que alU donde se lee en los anti- 
guos tiraladistaB: la Corona, debe leerse hoy: el Qabinete? Ciertamente que 
no, poestoqne entoe aquellas facultades hay algunas, como las referentes al 
nombramáento de ministros V á lA disolui$i<m del Parlamento, que el. monar- 
ca y soío < eL moiMcca.las ejercita. 

fin: ios EstadosrUnidoo, según dice terminantemente la Consl^itu^oioi^, el 
PrcBidentodelafiepábliea está investido con el Poder ^ecutivo; no tiene 
. iniciativa alguna para proponer leyes, y ni siquiera Ipa ministros asisten al 
Parlamento, • teniendo, sin emb:urgo,'lfi facultad de dirigir maussi^es á ^te 
aconsejwido las medidas que estime justas y convenientes; no puede 
nombrar ilibrenento los ministros, pues que en 1887, las restricciones, 
que se le inpipsIecQn en la designación de empleados, alcanzaron á aque- 
llos, intervimendo en ella por tanto tsmbien el S¡ffliado; tiene el vetp sus- 
pentivOf en virtud del cual puede devolver al Parlamento un proyecto de; ley 
parAqiie>sedisei]jba de nuevo, siendo necesario poca que no' surta efecto la 
oposición deiiPresidettte, que sea aprobado esta segunda vez por dos terceras 
parteslde moto»; y, por último, lel jefe del Estado es responsable como cual- 
quiera otrq funcionario. 

Besulta, pues^ que en Francia, el Eresidente de la Eepúblioa es jefe del 
Poder, ejecutado, aunquelos responsables son los ministros; interviene en la 
f uncida legislativa por la iníeialiiva y por esa espede de veto suspensivo que 
se deriva dé la locuiltad de pedir á la Cámara una segunda deliberación; y 
ejerce con plena libertad i la de nombrar nünistroa, y con 1» intervención 
del Senado, la de disolver laíCámaóra de Diputaos. £n Inglaterra, de hecho 
el Podesiégiisrlatávo toca al Parlamento; el ejecutivo, al Gabinete; el judi- 
cial, álofl•.trifouniale8^y algo, qfue es distinto de,4iodos estoe, como el nom- 
bramiento de mimstros y la disolución de las^ Cámaras, toca al rey. En los 



9Í 6/ GONF£RENCIA. 

Estodos-Unidos, esm&MuamtB jeíú del Poder tj^oaAroi, aun^e por el veto 

y los mensajes rieae á i&terveitir tm. ü legielatívo; jko teúendo te bettltad 
de nombrar libremente los minástoos, y ewecieiido.'ea abeohiie .d* la de di - 
solrer el Parlamento; 

Repitiendo ahora el restinten por preiogatáme^ reeiüta, qft^.aljrfedel 
Estado se le coneede en FraneíA la üiioiatiY» síb Umitee; ea- loe Estados 
Unidos^ se le niegaen absoluto^ y en Inglaterto/sálo lae Iqres de amnistía lae 
propone la Corona; el veto es absol«rto en Inglaterra, pero no ee piactioa» y 
suspensivo en lad Re^áUíeas de' Franela y norte^aiiierieana, aampie, pot ra- 
zón de su forma, más éfieai^ en la áltima que ea te primera; ^ dere^w-da di- 
sóludion lo tiene átiplio en la Gi^ii Bretafía^ limitado en* e]:paás>vfi0ÉM>,- y 
carece de él por completo eátre los «ngio-áilierieaaoBi el nottkbawmeato de 
ministros, libre en Francia é Ingteterra, no lo es en los Estados Uaidoa; en 
los tres países se attíbuyen al jefe del Estado tes faenltades de tapúíím te 
gracia de indulto, mandar el ejército, dirigir laé reteeioBes/intemagtensies, 
ebcátera; y, por último, aquél es responsable; eomo cualqui»» otfeo £mcto- 
uario, en los Estados üttidos, sóloeti caso' de alt» tvaideon «n. Fittbaia, y 
nunca legalmente en Inglaterra, aunque lo es ante el tiibünal de te «qp&iikm 
pública á cuya acción nihgun poder &e sustrae. 

Veamos ahora, ek la esfera de los principios, cuál es te natunúen psopte 
del podef del jefe del Estado, á fin de averigoar, en primer termina, ei la 
función que esta desempeiDí, ceiisiste en- una íaterveneioii WBÉBfú ménoe am- 
plia, más ó menos limitada, en la legislativa, eá te cgeentivay^ca te judi- 
cial, ó si, por el contfMio, es una función pr(^a, sustaati<fm». iñdepeadiente 
y distinta de aquellas: ■ . . > - 

Si atendiérainos á lo oenrrrido durante te última orisi» ^poUtóca^que tuvo 
lugar en Francia, üoA sentirit^mos inclinados á lo prhnefc>o; pues' ai, ée un 
lado, los conservadores ponian el poder del jefe del Estado frente á £nttte 
del legislativo, como si ambos compartieran de igual modo. y psra ignaies 
fines te soberanía, de otro, los réptMicUnos oonaíderaban á «quéi oiomeo jefe 
del Poder ejecutivo,' aunque con freeúenete no fueran' oonseeneutea con este 
supuesto; siendo de notíit, que por uqueUos mfsMBs día» dateíAlsa eoaíeren- 
ciá en el Colegio de Francia el distinguido profesor M. Fbmk, y decteiesuel- 
tamébte: no hay mas que tres poderes; ti lesgfistetif o^ el erpeentivo y el judi- 
cial. Asi lo pensaba Aristóteles, y eso mismo divul^J Meníésqüieti , incur- 
riendo en un error que tieiüe, sobre todo, por lo que haeo iÚr«¿tebre£lóSDfo 
griego, Itena explicación. Biendó entonees deseonocide el princípk>'de la 
repreientacion y esbando regidas las repúblicas griegarporel deteii^Mamr- 



£1. PODER P9U JBFK J>SL ESTADO. 93 

-da^dir^eU^^ U faadoB dd £0^9 no podiadiTttftifict^e^ coi ^b^asquo^n estají 
tM9fi «Uotoc^éidftolAffr toij^ regli^ ji:^4í4» d& nd»^ b#cidr posible su cá^ca*. 
cioft. y .rc0teUM«t^<maiidi9 «n^ vüolAda ó. pntarlmda» os d^«l^ l^S^isliMi^t 
la ^eouÜFa^y k jtidiÍQÍ|d, y mwn^!j?oná9»^eonélh^]mtffii'j^^ 
niguientw, 

^ liTo hiibiii nocttidaddo otro q«9 {«erpí 1mo4& whíph entcMsiío^x é iiK|er* 
modiiirio miíH)9 ^llos y UsoeiiadAijL, porquo eLpu^Ua «E«.por si injm&p 1a b»^ 
divectft d^ eftto «midad y da e^ta ani;ioniat. £e^ ooii c4 pnmpio di» la . r^iif 4- 
409/a0ío«f eatttbiiaa los tórmia^B del prpbleaia,«piiaeto qiie.^a^f establea iigui 
db^iaeioii., que aulles vlO eniatia,; entre el país...y loj) pp4«r#4' ^&®M9>i T ^ 
pena .de que ila eoberaaia de aquáVeea despouoeida, ee baei^Mftipo pcoyei^r , (^ 
la necesidudi ds que esa (fútfno^iinQBp <iQ»nvjba im^^^'^^^tf^i 4)0ipAa «wi^- 
deiiasi loa.'podevee q&oiales se alejar»^ del seAtid0 p]^o]9iiiiiailt^e^]Ap^(H#- 
dad,}dela eUQltqa^eria& ^ tri caso desliga^. Pue^ ésjbe y ipuó .p|vp .es^ el 
flindaiBei^.del poder del j^íe del Estadoi cuya fuueiou^ por ta^i nt^ con* 
eiste eu . cox^paif ti? eou ^1 pais» m'coni. el Parlomeiptto ique lo c^^^ea^vUif^ 
el dere^o4 itWPla vida jmcidioa y. política 4e Jb^ piu^blpsi ni ta^ipppo en^r 
unuKira ejeeutovy ounipjlido]? de 1^ leyes q^e4i<dia ^nél^ y. si (m. propi^rar 
qua entre uii^!y otros podei^e^.o^cialesb y entice todo^ eUo» y J^. eociidf^ 
nüluD^, qoA jBsla fuent^di^.do^ dj^rÜYan su íiwzfk, m a ^ ti y^s a pe^^^a^jejute- 
mente la annonia, que es condición precisa é ineludible para que, en.tpdo 
caso, iiftiiefla4w«obier?ie yjryía4l«lP5opí;^ Mi VQV'Mmsil^y^M^44i^«ll^<^ 
debe tener^r pñl^mncUm ni dt^a^a^hUo, porqvie axnboii auy^oue^^en. 4); el 
dei!e<^ de^ealia!^ íi^a, Jt^y por flstijaarJ* V^V^. ^ im^p^^fti^f .»WWtS» 
oriteñoparticulaiif en cuyo c^^fo mandria ^ disputar Á la j»ociedad 4^<ia^:ti^^n^ 
á deQlalrar^llMaur^^gl^e juiidioas para si^TÍda» pero sí el, vefo^fufiffns^vf^^ el cual 
aigiQ^e^ t(gi sólo la f aoultad.da aplazar una riasolucion, , hant^ que el .pai9«r de 
qui^bfiy motiyoe parQi;te9i^ que se ha ^pj^^o.delFivrl^pieal^.qc^nfií^c^idí 
desiy/meaoa.^toe teme|e9<e¥i Huaa nu^yas 4^ei«gi^es.. Dabe^ten^v el derecho 
de Qo^Biii>rar Ji^r^9n^^'lps.x|i^i^as, es; decir,. Xo^. (w^iúqiMbrios^ .infrestidoa 
con eLFiPd9r;ej(99ntivQ> ;«^:Pitfa elegir loaqjoe s^n jná^de f^u guato^ 000^9 ,Io 
ba^fift Joeinoiiarcsasabdplutost siíjip para que« eivsi^esfe^., pued^ ^^cundar 
lae WEám d«l leg¡í^tiyo, y por tanto, del paÍ3,ppr él f epresant^o. Y debe te- 
ner ki facultad 4e disolver JiaeCMaras, para ^¡[^jlfarla^ np p)iando estiou» 
eqoiyoA^da é ü wonv^iiiepübe 1^ jj^arcdia que é»t9a pig^^ . i#P , ^ua^^?^ ji^ígue 
que, htBí»ii$,á.WJ^^ no aoi|{qn»a 0^ las e^tínen^}^ dplpeneaw^t^ públi<^ 

-Y esto es ím. esapto^ <i^ aúq.. e^andp sólo d9».QQn^.titf;ü(4one9^ lajie^ 



94 6.* cáNFERBNClA. 

Foftagal y la dd BfMíl^ teMtóeeü este ^oáét, qúñ ll>vmaii míé^Máor^ y que 
distíngaen dáramente áü ejécufeivo^ ea él heeho én toda«^fMirM ntán ó menos 
se Wbbiüe. iCdmó, 'si no, se explica la ólfecMStanéTa ñe <iue áiléAliksiiiliiietroa 
y^ptitades <xanMáli incesantemente,^! jefe de) Estadoqneday subsiste per- 
nianentemento, si es monarca, por un tiempo limitado, si es presidente de 
nña Bepública^ Por la sencQlá ra»m de que leu principios en qne lt9S prime- 
ros se inspinot 7 que están óblijs^os á llevar á la práctica, canibian, y se*^ 
gon qñe el país iieetH»'unos ú otros, así se sueisdenen el poder e^tos ó 9queh 
Uoshotttbres; mientras que ert>rfücipio qué está llamado á realíisr el' jeie 
d^ Bstififto, ée in^riable, puesto que no es otroque el de la soberanía social 
ó del Hif^verummí. (Cdmo, sí n6, se explica la pretensión de qét este seaeu^ 
periór á 1^ partidés y éztraSo^ elIosY Por la raflon, no menos clara» de que, 
como niy ta á aplicar una doctrtna respecto de la que los partidos estén á 
deban estar divididos,, y sí á dará unos y otros la misma • condición nece- 
sania pAra su exieteneia, es para todos una garantía, y desde di momento en 
que se inclina- á uno de eDoé, ha desnaturalieado su función, dando lugar á 
oonsecuencias, láteles en ttia República, fatalísimas, én una monarquía. 

Pues apliquemos ahora estos 'principioaí, que sumariamente acabaasK» de- 
indiciir, á los hechos antes expuestos, y veamos el juicio que merece el carao* 
ter qu^ reviste di podmi' del jefo del Estado en cada uno de ks' tres pnel^o& 
en cbestioñ. 

En Frauda, es maiúfieste la indebida ínterteAcion de aqu^ en la fundón 
legislativa, como lo revdan la inidativa 7 la facultad de pedir que ee s<»ne*' 
ta'áfuna seguntda dbBbéradon uii proyecto de ley. Aquella sólo potenece al 
BÉrlttmento* 7 si se tbdtimá que por razones históricas debe concederse á 
alguien más, dmdo lugar á b qtíe un escritor francés Uama poder ^ubsTna-- 
¿¿9(?*^-Kmestion en que ni debo ni puedo entraren esto momento, — désd» 
en buen hoia al ejecutivo, el cual podrá prop(^er ebtos ó aquellos proyecto» 
de ley, seguií los principios que á la sazón imperen en la sodedad, pero no al 
jefe del listado, pues Cómo éste, á diferencia de los ministros, no cambia, ea 
inevitábled espectáculo de^ que presente hoy un playéete 'en uh sentído y 
mañÍBina otro en el opuesto. Y po? k> que haéé á la segunda deliberadon, re* 
viste un carácter que lo acerca á ]k sanción y nó al oito susponiioo^ tAl^coma 
debe 'de ser; puesto que es evidente que no se trate de apelar de ks'Oámaraa 
ante el país, sino de obligar á aqúéOas á que recapaciten, volviendo sobre 
lo hecho y reviéndole: ló cual baste reb^jft un tanto la respetablliáid dd 
Parlamento, pues parece llevar envudte d ejerddo de esa preregatiTa laeu- 
pósidon de qtte aquél no haobradocondaplotiioylacUscroeioA^quéeíande 



£L POD£K OKL JfiFE D£LBSTADO. dd 

desear. Las ocnmoHendiittt áe atribaiir ál jef« del EtftedoestaaíMiütodtiii^ se 
haniBofitMdo bi^ elMambftIo eftlA;últiiiaAorifl^ ptt6ajk>qtie, «rgayBodoiuia 
y oira iai^adbmdÉd y iuí^t^ luí tiooesídad de que aquél tettgft |i«UMitÚ€nto 
propio, los ooiMérvaitoesi k arraatrarob á ^norsé frdii4je i ír^te del' obro 
poder, eon quieb; eA eierM ñiodo, ^ne á oomparCir la floberania;' mieatnas 
que, del otre lado» loe repébliétt&oc^ ineariHHiii en la ineonBeeueneia de eonsi-- 
denttle taH eólo oomo jéie del Poder ejeontivo, al mismo tiempo que ^ admi** 
tiiMi,xespeetodeél/lftpaBÍbiildiaddeóontiiíiünr en eu puesto que teehaasiir 
ban respecto al duque de Bfoglie. ¿Por qué la <jélebre frase de M. Gtfnibe- 
tt&: se tonmettre au te d^tí9iír0, mBAM)^ al raarieeal Mác*-MMion y tío «1 
presidentedelOoiiBQJo de ministros, puesto que éste no podía hacer otra 
cosa que dimtíiñ Borque, al jmso^iue el último repreMitaba una piAítiea/ y 
vencida ésta en los comicios, él debía darée también por vencido y retirarse; 
el priméio ^erce una función permanente, sobre la cual aquellos tío iban á 
resolventantoque, si el Presidente de la República se hubiese mantenido 
en la única actitud que cuadra á su carácter, la frase no se haft>ria pronun- 
ciado ni tenia nu»n déeer, puesto que entonces, como no se habla opuesto 
á la que pudiera ser la v<rfufltád del país, no habría tenido n)Msesidad de so- 
mtetse á ella, y menos tenido que diihUir, cuándo el resultado d6 iae elec- 
ciones no habtia de htflusr ni poco ni mucho en el ejeroíeio de bu pfofña 
función. 

En cambio, carece en Francia el jefe del Estado de una facultad que le 
es absolutamente necesMÍaí la' de disolTer el Parlamento, en cuanto no puede 
hacerlo sino con la aprobación del Senado. Esta limítacdon, verdaderattl^t3 
incomprensible, es debida á otro grave defecto de aquella.Constitudon , Cual é* 
el ser indisoluble la Cámara alta. Que esto suceda, es Uano cuando lo» senadores 
son hereditarios ó vitalicios, i^ero siendo electivos, como' lo son eh' Francia, 
salvo una cuarta parte de eUoe que son^ inamovibles, lo lógico es que, seglm 
se hade en Bélgica, Holanda, Sueciá, Noruega, etc. , pueda ser disuelta lo mis- 
mo una Cámara que ocra. ¿No redbeh ambas su fuerza y su autoridad de \a 
opínioitt pública de que soá representadoh? Pues entonces, tcómo atarse de 
manos de tal suerte que los cambios de aquella no puedan reflejarse en am- 
bas secciones dd Párkiíneíntól Esta contradicción H5ondiíSo á lod ffanéefees á 
conceder al Senado lá prerogativa de áutoriíat ó negar la disolución del Con- 
greso de diputados, y la raíon eé obvia. Mientras haya acueípdo entré ambas 
Cámaras, si el Prosidetite^ disolviera la baja creyendo que no corresp<Midia á 
las aspiraciones del país, y en efecto, éste enviaba representantes de otra ten- 
dencia^ surgiría inevitáblemtíato un c<mfiícto, puesto que el Senado seguiría 



d6 6/ CONFWBNOIA. 

iii«pjiráiida8»a]i Im rnUoif» ideM qaeantad, .las eaai^sjQfiMí las de l« Cimava di- 
fliMlto. Aaí qme^ prpQQdi^ndo oon iágioa» aqo^Ji QOr pi» je ecmoeder la auM>n-* 
zaQioaeiiiQ«itaadO't99feá<ea4i|iideacia..<Kniel .Congrí j t¡#iiei Ifv.e^p^rpkaza 
de que iHtari éa aimooia oon el que le^oeeda. Abctfa bjLem, ^eSoro?^ yo oom* 
preoda qae^ tnm^i^da en o^^^ato Jq delica^dot dejealift pperogf^tiy* y l^mei^dola 
£adlidai«lela)Hi9Qt9eedáum.o/gaaU»QÍoiiool^£5a4a¿UJ6^^ del Ssta- 
do, ofom^en Saina, iS qiuae eiibablemsa ua eaarpo^ c^a^dj^eap^d^eólQ .pftfa 
este fiu^ P9VO me parece ineompjren^ible que se haga dep^.der la. tícU» 4e una 
Cámam eleetÍTik del aoiiwdo da o^ -CAmara, qpe e& taml^iq]^ /^jleetiva en 
casi a^ totl^Udéd y al míaiDO tplempo ii^ÍAoIal>l(»« Qiúz^ ee dirá qae,.se ha 
paoeito eafea tf«i1»a inflpiráadoaean^aua just» descQnfiap^,p]9,98t9 q;¡ae la pr^ 
regaifa a^rhanlrograv» pata ooAcedecla sin limUapion^» j^) jefe del £e,tado. 
Ahí «e^p^^ ya ea ^^ppo que íps ddsenga^eiiioa de la egoaeia ájd aemajante 
espisitja.de descQ^^anzat principal nióyil de to4^ las cQnqepcione^ pq^tiisas 
dd doeMiifkrisnia. Hay im limite infranqueable, ijii^ a^á del <^ hfiy. que 
fiarle to^o álaeinoeiidad de. los depositarios del ppder y á la intervención 
rvw^ enóigiei^y eoniitanfee de la opinión pii^blic^ Cu^n^o es^ j(altá, so^ in- 
iitáloñ toda$ las garantid y todas las preeaucion^.. üo^ qi^» ii^o hf^beii Tiato 
lo q|ifte ha estado á punto de su^der en I'xaneie} J^xe$eQAabf^n.ii»;ehQ^» oomo 
acdweion de la crisis, la diaolucion de la nueya Qái^pk de dipn^a4o8,. y a 
única razón que encontraban los más para rechazarla, era la de que 09]|^u^ 
á la*ilegélidiad €^ matetia de. presupuestas. Fues bien, yo afirmo ^(jue^ «un 
cuaado j|io.hubie3íe)i«[^bido este inooi^yeiueate, y aujvjue el^e^i^dola^^^biera 
^vi\Qim4i^ no obstante ser perf epbamonta legal^ hab;ri« sido \qi^ f f^t» 7: ^^ 
ialtagr^y/ei'PQTque» senoreí, ]^, encima de las JLeye3.e^prii|i^» l^fiy. Qtr^ que 
no se eaeciben, porque son de sentido común y hasta de sentido moral, y se- 
guneUaSy.np ^% Ucjitp desnaturalizar y faUe^ una función, t^^^n^^l^ ^^' 
yjr á un fia oontrariq deljiuyo.prppÍQ;,y esto se b^bij^ai hechp, ^^^ ^l^T^^ ^® 
apelar del Psf lamento al país y de resolver éstese ^Jfejlf^rf^ de éh. . ai^te quién? 
IfliyocaAr en caso semejiuite la faci^tf^l cpi^tit^ugional dj^ cLísoItci: el Oong^e- 
90, es lo. mismo que si un propietario encomendara ¿ u;n gcv^rda , I4 custodia 
de.au bosque,; d^ildple unarma para que ee )iÍQÍefa respetai;,^ y,al ^ siguien- 
te penetrAn^ el fimo ^ el m9&te« 7 N.»^ 1q (lesce^r^araj ua tirPr dici.énj^ole;. 
"Uet^ me dijo que «o dejara 4 H^ip cazar^i^ui, y como Yd. eetj^ba m;9^- 
da..«ii De igual m^edo el maria(|ialMac-Hf))^i^ hj^b^vuelto^.^^f (i al paifi.una 
prarogatiTa que se le ha con|epcb para que ^Ise p.i^ ¿.si.prppio, as daf^i;, en 
eu favor.. 
Binembvgo, bien puede decirse q^ estápresejoitida ^spislja^tibidad deL]^- 



EL PODER BEL JEFE' DEL ESTADO. ^7 

derdel J6£b del Estftdoen tedirtiiuiioaideki tespoasilküidftidoloimiiiiitTOB y 
la irrairpoiiflábilidad' dé i^aél, saho el cMHM> di j^ 

snl^aido de-las ooiHieitdá» f débatená- qae 1m dado lagSD la iltíni» esima; 
puesto que, por encima de las pretensiones de los conserradores» eoÉpeitados 
en eonrertir al presidente de 1» Bepúblaea en un ref ^nstitaunooal'a! modo 
doetrinario, j de la^pi^Riimpíioiitt dé leaiepnblieanos^ a^emidioalodaTia á la 
idea de eonsiderario eiHKo jefe del Poder ejeeutiyo^ ha vesoltad» ea el'hecho, 
que ee, como los demás f ünxsíoaartOB, vm «nnridor déla aaoíon, ^ que a2|^dÍ9- 
tinto' y propio debe representar enandono haoonüfb la anette d6 los aáiás- 
tros, y xmandO'Se ha pedido aaalejomiesito denlas buskas-de ke partíábe «n 
nomlMw de la puresw del réffimem pwrUmmitana. 

Vini^do ahora á Inglaterra» yá m dijeaatea qfcieea pseoisO) enaado se qüie^ 
re estudiar la oi|;aiuaam<MipolÍtieAde este pafo, dfaéiiIgHif k apaiáenciü de 
la realidad. iiCuaadp ana monavdpiili se teaaaf órma poo^d poeo e¡n;repúbUoa> 
ha dieho Toequevilie, oLPoder ejeautiro ooasev^ en ella loe titulo», el rea- 
pato, loa honores, y hasta el sueldo, mucho tiempo déspacede haber perdido • 
la realidad del poder. Los inglesas habiaa decapitado, áan^o. de aas <r^9d y 
expulsado á otfo del'tcdáo^'^«agaiian'ft»tídiUáadoee para j^Uavd ka aaejBbOr 
res de estos pr(neipes«ti Ealnglatem, no por ▼iiitnd da anprpeipierefleaá* 
valúente descubierto^ sinaporiel desanrcdlo siioeai^o de ké.aeoateeiirúeqLtos, 
y ptineipalmente por el deseuDolvimieato incesante délasixwsecneaeKaarqae 
lleva ctmdigo el raimen pariaitienttitio, la Verdad ^ querías podaros haaido 
desfiadáhdose más» y qae,-n!iier(ied en primar tánaÍBa,:á 1a iH^aridiiOil drt ga- 
binete, d^positario^del Poder (cgeeatiTo, el del jefe, del Estado ha llagado á 
encerrarse en su fundón pr(^i&, ezperíanentaUdo á nueatra:TÍsta, durante «1 
actual reinado, una lídtima trasfonaadon á qaehaeoassgrador M. GladatOae 
un ihtei'esantísiaio trabajo. 

Porque^ en realidad de vendad, nd^entras las más.de las ^rocutivaa de 
U Corona laer ejerce el Oabíaioto bajo la Vigilanoia éitopiíaeioii dirédtlk del 
Párlaihento, las relativas á ladiaobioioa da-, éste y al aombiKmi^nto dé^ mi- 
nistrdé, las ejereita aquella "por si^ paestor qiid ao m fácil sostener la pasado^ 
dé que él ihínisti^ saüeoto sóa autor y.respianflaMede ia enbrada del. qiao le 
süclédé, ^i se pudde^ imponer al jefe del £etad<hla disolaeion de. laa Gémacas 
ousoido fácilmente k evitay si la 'estima ia4>i«codeaite^'éaail>iaínd6^d poder 
ejeéutivo. Me dirás; peror aiU es tbdávíá jpop oomjj^lato iftosponBal^, no ya 
"(ófó por lo que hacen- loe miaiatroft, punto > en que es Uano (ím \s> aéa, ai que 
tatníbién respecto del ejeiaic&o de eaas^ ímíiekatea propias y-^vativae* . Bs ver* 
dad, es irresponsable ante laleyypero bd'Io és ante el.^nées^priiner tribuBal 



98 6.* OONifSRENOlA. 

en un páeUo libre^ hkopittkni púbUeá, kooaLájboAos idootu» y á todos jui^» 
y cayo poder U«g» hasta ]a poéihiUdad da deponor al jele d«L Estado^ «ato es, 
deimponerie la pena más- ádéeiMia al gésaro da faUaa qaapnede aomatar 

tSiO JLUIIOIIIIUKIO, 

Ea kB;E8tádoa•Unidoa^el podar del jefe.dal Batado; comp tal, eadeaco- 
noddo en absofaito, paeato qne 1» OonatLíücMNi d^alava, según hemos viato, 
que aquél aatá ianeeládo oon el ejeeutnTvo. Adémási iaap&Tá&dose en un priu- 
eipio dé deseonfíMiaa y en bauprenaoia del Fodiev legislativo, no sólo no se 
conaede al Ptosídente la isimativa, ni la aancioDy lo. anal eatá.muy en su lu** 
gar, sino qmd aa niega á aquél y á loa miaiatroa la íae«ltad de taiatir á laa 
Cámaras y de tomar parte en sita di^HierMnipttaa; por donde ae haee isaposi- 
ble la inteir7aneioa^«e.flK|adilaa deben tmer «nía marcha del Poder ejecuti- 
vo, 16 oual seyerülBadétttco.diBl régimen parlanieatario . por medio de la» 
preguntas é interpelaeioaas y de las Toteb ade^oonfíaiuak y de censura, coaas 
todas muy busnaa y nacesa^^te, aunque de aUaa ae haya abusado y se abusQ 
. del modo mis lamaataUe. 

« 

Y sin embargo, un escritor norba4uneria«no aaeguiiabA que el Prc^^idante 
fácilmente podia faia<Mna rey; y el eáteiire nin»^ M. Sewart^ decía: «"da- 
gimos un tey por ooMró i^toa, y le damos un poder absoluto dentro de cier- 
tos limitjss, los cuales, deapueada todo, él mianu» loa intariveta." Esto se ex-- 
plica, porque, pMtendiendo loe norte^amerioanoa hacer al jefe del Estada 
completamente azi«alS<^ al Padar i^latívo, haa Tenido á darle participa- 
ción en ü mismo por al a«^ iú^petmvo y por >la lumltad de anviar miussjíes 
al Parlamento. Por aquél, porque ño consintiendo^ como debía, en>aipelar eu 
las Oámaras al país, ^ino en obligar á una aegunda diaeusion de los proyectos 
da ley, alendo predao para que sea iaafiaáz al reU^ qtie sean aprobados la 
segunda vez por dos terceras partes de votos, es claro que el Presidenta lx> in- 
terpone, iaspifándose en sua ptopíaa ideas, aáta es, cuhndo él juega que una 
decisión del Poder legislativo es injusta ó iaoportunsi^ pudiéndose, dar el 
cadp de que no'liegue á ser ley, no obtanta tenar en au favor la mayoría de 
las Oámaras y ser esta r^yreseatacáon verdadera dd pais. Por los mensajes, 
porque es visto que, al proponer ea ellos las modídaa que estima justas ó in- 
convanientes, no puede haoerio sino pidiendo íconaejp á su propio mrit^o. 
Es verdad que no tíena medios directos de hacer qué ésta triunfe, parola ex- 
pariancia demueatiá qaa'le aobnai kw indípeetos^ puea 9Í bien los miniatroa 
no están facultados pnraaaistíral Parlfimeato y aosteinar aUi la política del 
Presidenta, los partidarias áe estenio hacen, Tesíoltando asi. que aquella es 
aprobada ó desaprobada, aceptada ó^cediazada. Y como el jefe del Estado no 



EL PODSR I«L Jjn^R DSL ESTADO. 99 

tiene ei derecho de diflolac^Dn, cuando £ftltt» la armoiáa entre él j el Parla» 
meatv, se origina una aitaaoionsiá aalidat povqne no. hay méiio de éoneul- 
tar al país para que reeuélTiv el OMitioto. De ellb ee ttetfmonio lo imefidido 
en tiempo de Jotineon, quien, lajea dfriiensideifarse oomo nn nerp magiatra- 
do del Poder lej|»iálfltÍTo, se abrí bula una suprinnaeia qne pódia dedveir del 
dereüho núrüo* pero que loe aeonteeimientos demostraron qne ertaba pooo 
ooxAorme oon otro n0 tserUo, uegún d cual A pueblo déoideen tithno tér- 
mino,, y por eso al fin hubo de eeier y sucumbir. Y que, al mismo tiempo/d 
fin que al pítreoer sé preipusieroñ los norte^amerieknos, no aeleí^, sino qne, 
por el oontraiio, el Presidente puede tener una poUláea propia en vea' de li- 
mitarse á hacer que prevalezca la del país, lo demuestra la importancia que 
se da á ípo» discursos y mensajes. Recientemente M. Hayas hablaba en sus 
excursiones de los problemas puestos al presente ádieeuaion! los referentes á 
loa Estados del Sur, al püp^l-mónéda y á la intervención de los empleados m 
In política. lY qué ha suéodido lueg(/? Qde á seguida se oomenzó á discutir, 
en vista de la actitud de' lo^ partidos, si el PréisideÉite eedia ó no oedia, si 
p^odfia ó no continuar el cátiiino' empreíndido, lo cual no tiene inconveniente 
alguno cuando es un ministro quien tal hace, porque si -su poHlica es derro- 
tada, se sustituye con otro que mantenga la qtte la haya vencido; pero las 
tiene manifiestas, cuando quien asfpbra, es un Presiden te que es inamovible, 
siquiera no sea más que por cuatfeiri!os. 

Y cuenta con que la organización de los poderes en los Estados-Unidos 
estorba el que vaya hacléhdose entre el jefe ddl Estado y los ministros el 
deslinde de facultades que se ha operado en Inglaterra entre aquél y' el Qa- 

r 

binete; porque en la EepubHca norte-americana el Presidenta deselnpeña la 
función ejecutiva por sí, pudiendo tomar acuerdos sin contar para üada 
con los ministros, los cuales, lejos de tener el carácter poHlAco que en otros 
países, parecen más bien tan sólo unos altos funeionarios admlnietratiVos. 
Y siíi embargo, sucede, de un lado, que, estando alejados por la Constitución 
del Parlamento, en el hecho tienen, como «1 Pí-esidente, una política qVie 
sostienen en las Cámaras sus parciales, y por este recieíitemenle el de Ha- 
cienda x>ronunciaba, sobré la cuestión del p^l**moneda, discursos á qu^ se 
daba la natural importancia; y de otro, en 1667, Johnson escribía á M. Stan- 
ton, ministro dé la Guerra; ugráves consideraciones políticas me obligan á 
pediros que dimitáis vuestro ^argo,n y se le contestaba én estos términos: 
«graves consideraciones políticas me obligátaí á c^tinüar en este cargo hasta 
la próxima reunión del Congreso. í^ 

Paes^ señores, todas estae contradicdones y anomalías proceden de no re- 



100 6/ CONFSREMCU. 

•odaoeer que el jele del Eslaáo tiano tma lunrncüi rasttkBfiv», propi»y di»- 
tinto de la legisklúrA, de lAegeoutíVa y do la júdimal. Si se reconooíev% »o 
se úegtmiek ál Freñdesie y al Gk>bibnio toda ibiotaUva» para pcmer luego en 
sus BdAnoe ei« poder qns dsa^el toto eaa{feaftÍTO y Id faeuáted de enviar men- 
sajes; wó sé pondiian trabas alderecho de aqtiélá nombrar Illtwemente los'mi- 
irifltroa, iMUsantoitsarlis Ine^ á qne'obre por si y sin eontar eoü eUos; no se 
dada Ingár , oon la indisoíbilnlMad de iu Oámams,« á que eUas y el Presiden- 
te marehen por diMntt^ Caminos, y quisa aquellas y «éste por uno que el 
psÍB no estimaoportanoiiiJTistof nosuceáériay en fin, que pareciendo qnoel 
jefe dei Bstado no puede nada, luego resulta que según algunos lo puede 
todo. 

¿Qué enseiSáa» se deprende de todo lo didhol Una, que lo misiUQ deben 
aproyeehar los monárquicos que los republioanos, porque no se trata de la 
organiflseion de la jef atnia del Sstodo, sino de la naturalesa de su función 
y de^su poden dedúoeset que este ee un poder sustantiyo, porque es di»tiato 
de los tres i^ioluidos en la clsfláfieaeion tradicional; que no debe,, por tanto, 
intervenir en el legislatiYiO par medio de la inicialjiya, 'de la sanción- 6 del 
veto absoluto; ni en el ejecutivo, aijUorizaado la ficción de que él lo hace 
todo pcff medio de loS' ministros, ó haci^dolo realmente por si; ni en el ja- 
dicialy administrándose la jüNtioia en su nombre y recibiendo de él los ma^ 
. gistrados su autoridad; que, en cambio, #onsSstiendo su función propia en 
mantener la armonía entare los poderes oficiales y entre estos y la sociedad, 
debe este facultado para interponer el veto suspensivo,' á fin de que el país 
resuelva, para disolver el Parlamento, y paranombrar los ministrois; y que el 
jefe del Botado, debiendo ser responsable, como todo funcionario, pero de 
lo que ál propiamentd hace y no de lo que hacen los. demás, no puede res- 
ponder sino de lo que lleva á cabo en el ejercicio de su peculiar función. 

Délo contrario, señores, se corre el grave riesgo de ir á parar al gobierno 
personal; peligro que es más de temer naturalmente en una monarqnía que 
en una república, y más en> una república unitaria y centralizada que en 
otra federal ó descentralizaba. Si Johnson se hubiese encontrado al frente 
de un £st^ como Francia» quizá hubiera sido vencedor y no vencida en 
]a lucha que con tanta terquedad sostuvo. Si el mariscal Mae-Mahon se hu- 
biese hallado al frente 4e un Estado como el anglo-americano, habría 
sido menos angustiosa la crisis' por que ha atravesado la nadon vecina, y 
habría sido menos preciso para vaticinar, su solución, tomar en cuenta, 
los sentimientos personales del Presidente. En cambio, estaréis ctmformes 
conmigo en que la reina Victoria,, aunque lo quisiera, no podría hoy en In- 



EL PODER DEL JEFE DEL ESTADO. 101 

glaterra colocarse en nna actitad pareelda á aquella en qae se ooloearon 
Johnson en los Estados-Unidos en 1867 y el mariscal Mac-Mahon en Fran- 
cia en 1877. Faes esto consiste en que alÜ se han deducido las últimas con- 
secuencias del principio del 9élf-governimeiU^ se ha desenvuelto por entero el 
régimen parhmiiUariOf y, como consecuencia^ se han ido encerrando la fun- 
ción y el poder del jefe del Estado dentro de sus limites propios, dentro de 
aquellos que debe hoy encerrarse^ asi en las monarquías como en las repú 
blicas. 



>/\/\/WW\/v 



Errata importa wte. — En la conferencia del Sr. Quiroga sobre Bl agua y 
tus trasformaci$neSf pág. 47, lín. 21 y 22, donde dice: nía insuficiencia de este 
á la falta de vapor, n debe decir: ná la insuficiencia de este la falta de vapor. •» 



V • 



INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA.. 



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5 Ii2 á 6 I|2 t... ür. D. Jacinto Mesía. 



ESTUDIOS ESPECIAI.es 

Historia nniversai Todos '3 1|4 á I \\A Ldo. D. A. Calderón. 

Historia contemporánea Viernes ;9 á tO n Ldo. 1). Rafael AI. de Labra. 

Historia de los pueblos eslavos. Sábado 8áU ii U. José Leoiiard. 

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ñola Mar. J. S... 

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Estructura déla lengua latina. 

Teorías actuales de la lingüis- 
tica 

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pecial aplicación á las Bellas 
Artes 



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Geometría sintética 

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de esta ciencia desde Carus 
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Miércoles 8 á D n D. Teodoro Saiuz y Rueda. 



Lunes 6á7t Ldo. D. Alfredo Calderón. 

Jueves U á 5 t Or. D. Francisco Giner. 



Sábado 5á6t 

Martes 4 á5t. . .. 

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Dr. O. S. Calderón, y en sus- 
titución el Dr. G de Linares. 

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A estas clases, con excepción de las de Historia contemporánea. Historia 
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Lingüística, Estética, Introducción á la Matemática, Geometría sintética y 
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bien por medio de billetes para cada lección, cuyo precio es: 

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írasformaciones, por el Profesor D. F. Quiroga; Turquía y el tratada de 
París, por el Profesor D. R. M. de Labra; El poder y la libertad en el mundo 
antiguo, por D. M. Pedregal, ex-Ministro; El poder del Jefe del Estado^ en 
Francia, Inglaterra y los Estados- Unidos, por el Profesor D. G. de Azcárate. 



INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA. 

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-<LS*»«.^-2V7^¿, 



7.* Conferencia 





(IT Y 94 DB FB!imB3RO Y 3 X>B BCA.T1ZO DBS 18T8) 



RELACIONES 



ENTRE LA CIENCIA Y EL ARTE 



POR 



DON FEDERICO RUBIO 



OB LA RISAL. ACADEMIA D B MBDICINA 



Tomada de la REVISTA DE ESPAÑA 



>/v/\/v/Ny\A/v^ «yv/vn/K/VA/KA ^/v/\/\/\/\/v\yv 



MADRID: 1878 

EaTABL-ECIMIENTO TIPOGRÁFICO 

de loi ieAorec J. C. Conde y Compafiia 

GafiOfl, 1 



-njjy^f 



SÉTIMA CONFERENCIA 



(17 Y 24 DE FEBRERO Y 3 DE MARZO DE 1876) 



RELACIONES 



ENTRE LA CIENCIA Y EL ARTE 



POR 



I>OIV FBIDBRIOO RUBIO 



.1.380, Juno fi^*; 
Cüít of 
. i ames Kassell Jjowoii, 
of Caxnbridso. 






> X 



RELACIONES ENTRE LA CIENCIA Y EL ARTE, 



VWIAA/WV 



¿Existe la ciencia en el arte? A primera vista se resuelve por la afirmativa,. 
liExiste el arte en la ciencia? Ya esta segunda pregunta deja el animó perple- 
jo^ sin permitirle dar respuesta antes de examinar el asunto. 

Sin embargo, prrece que, existiendo una ciencia de lo bello, la estética, y 
debiendo existir una ciencia del arte, más ó menos constituida, debe existir 
también un arte de la ciencia: porque dados dos términos, de los cuíiles se 
averigua que el primero tiene relación con el segundo, parece suponerse que 
el segundo tendrá una correlativa relación con el primero. 

De todas suertes, es asunto de interés examinar las relaciones que pue- 
dan existir entre el arte y la ciencia. Más para determinar qué cosa sea cien- 
cia y qué cosa sea arte, se hace necesario poseer alguna característica^, qu^ 
sirviendo de criterio, permita diferenciar las ciencias de las artes, p>ropá8Íi;o 
menos fácil de lo que á primera vista parece. Aunque no absolutas, porque^ 
sólo existe un absoluto, parecen suficientes estas cariacterísticas. 

El arte se propone realizar la belleza. 

La ciencia se propone averiguar la verdad. 

El arte procede por creación. La ciencia procede por inquisiciones. 

Antes de aplicar este criterio, conviene observar que, pasando de las 
artes bellas á las artes útiles ó industrias, el elemento belleza sufre una tras- 
posición, pero no se borra ni se pierde. En las bellas artes, luce en primer 
terminóla Mleea, y ,d0s|^iíe& resalta ia'utilidafd. En Im ifiácipiMbelliasftttes 
puraa, sedesoubteinayor ó laen^ osfntidadde beHeza y tatilidad, según \síá 
casos. Para demostrar esta tesis , bastarla analizar los monument08^ai^ 
qaiteoft6]ü<?^^ÍAt6i%teisv. g. ^ \á plaza del Popólo, ^íe Rtnnarió examinar 
eleleiaeiiía ostótiOQ y'^1 utilitaño^pesid^te» «nIlaB art^ IndnstriftBwry por 



IOS ?.• OONPBRENOIA. 

ejemplo, en la cerámica, comenzando en la inf onne escndilla labrada á mano 
por el hombre prehistórico, y concluyendo en los vasos monumentales del 
Vaticano, donde se ve que arte es toda creación humana, ya bella primero .7 
luego útil, ya útil primero y bella después. 

Analizando seguidamente la característica, de proceder el arte por crea- 
ciones, se diferencia la producción fisiológica, del hacer, y éste, del- crear. 
Crea el que pinta un cuadro; hace aquél que lo copia. Que en el crear 
entra tan unida la libertad, que esta sola circunstancia es suficiente para di- 
ferenciar las creaciones de las producciones y de las acciones puramente f or- 
mátiva^; que el ele|nen,ío>de libertad eibWesaie ení las ereacioAeft, es evidente, 
hasta el punto de haber sido notado sin necesidad del análisis, por el sentir 
común, que por est» ha denominado á ks artes superiores Artes liberales. 

Pasando luego á estudiar el carácter científico ó artístico de varios cuer- 
pos de doctrina denominados artes, comencemos por la lógica. En ella veré - 
mos que la lógica no ofrece elemento estético alguno, ni procede por creacio- 
nes. El habérsela denominado arte lógicas dependiente de la pretensión dog- 
mática que procuraba reducir á reglas la ciencia y el arte. 

Examinando la gramática, caben iguales observaciones, sacando por con 
clusion que las gramáticas son cuerpos fragmentarios de la ciencia de la lin- 
güística y de la filología. 

Al llevar el análisis á la pedagogía, descubrimos en ella todo el elemento 
estético que contiene; pero observando una modificación existente en dicho 
elemento, cual es, que la belleza queda puesta después de otro sentimiento, el 
sentimiento de lo bueno, fónnando una como nota armónica, buena y bella. 
Vése también manifiesto el procedimiento por creaciones que la pedagogía 
empltía, asegurando que, medida la cantidad de creación que existe entre ha- 
cer de un pedazo de mármol un Apolo, y la que media entre convertir un 
hombre del estado de naturaleza al estado de perfecta civilización, resulta 
una creación mayor á favor de la pedagogía que á favor de la escultura. 

Notemos las grandes corrientes científicas que penetran en la pedagogía 
y como la ciencia viene á compenetrar la naturaleza artística de aque- 
lla. Precisamente el número y calidad.de las ciencias compenetrantes, es el 
motivó que ha hecho dudar si la pedagogía es un arte ó una ciencia; pe- 
ro, continuando, el análisis, se descubre claramente que los elementos 
científicos existentes aquí, no ejercen más función que los que en el mismo 
arte de la pintura efectúan la historia, la perspectiva, etc., concluyendo que 
la pedagogía es un arte indubitable, en toda la extensión de la palabra. 

II 
•' * ■ . * ' 

El atadlo «iMi^tioo y de obsérv4oicá de la peda|g<()gili, á la Yee <pití deja 
demostrado «er im arte, hace ver la coyuntura que artócola al arte con In 
moral: 

En la moral) el primer fenómeno ^ue la obseffvaciotf d^scüb^, es la de 
tin« profimda tiiodüeaeiott del sentiiñiMto estético^ En ibI arte, ptéDiámbett- 



RELACIONES ENTRÉ LA CIENCIA Y EL ARTE* 107 

te dicho, la impresión estética se desenvuelve en el hombre ante el espec- 
táculo de uü objeto bello, y más ó monos inmediatamente útil. En la mo- 
ral, la impresión se desenvuelve en el sentimiento, mejor que ante el es- 
pectáculo de un objeto, ante el de un hecho, de una acción suceso; pero lle- 
gando á las acciones y hechos, solamente. Bajo este punto de vista, la moral es 
tín arte; pero un arte diferenciado. Gomo en la pedagogía, no es la belleza lo 
primero, ni á ella se refiere la bondad; sino que este elemento campea más 
independíente y predominante, refiriendo á ella la belleza. En las bellas 
artes, una cosa bella es buena, asi represente un crimen, un incesto. Y si 
no es bella, no es buena, asi represente, al Redentor del género humano, en- 
clavado en el Gólgota. Concretando este punto, diremos, que en el arte, la 
bondad se refiere á la belleza, y en la moral, la belleza se refiere á la bondad. 
Examinando los procedimientos de la moral, para medirla por el segundo 
criterio de las artes, resulta que la moral, como la pedagogía, se propone 
crear buenas costumbres; y á este fin del perfeccionamiento humano se re- 
ducen todas sus tareas. Por otro lado, la moral es un sentimiento, y todo 
sentimiento provoca intuitivamente antes la necesidad de satisfacerlo, que 
el impulso de inquirirlo. Por eso, es una característica de todos los grandes 
sentimientos dar lugar á la creación de varias artes, por medio de las cuar 
les se realícela satisfacción de dichos sentimientos. La circunstancia de na- 
cer dentro de nosotros mismos, y tener una conciencia perfectamente sentida 
de ellos, nos exceptúa de la necesidad de isertificarlos. Más adelante viene la 
ciencia á hacer de estos sentimientos, objeto de su estudio. Fijándose en la 
belleza, dá lugar á la estética. Fijándose sobre la bondad, produce la ciencia 
conocida con el nombre de moral; pero no nos confundamos, la moral pro- 
piamente dicha, ó moral práctica, es un grupo de artes que procuran la rea- 
lización del bien, cual las bellas artes la realización de la belleza. A cbte 
grupo pertenecen la pedagogía, la moral disdplinaria y la beneficencia, que 
pasa hoy confundida como un ramo administrativo. La pedagogía y las de- 
más artes morales, al procurar su labor sobre el hombre para desenvolverlo, 
desarrollarlo y mejorarlo en el sentido de su perfeccionamiento fisiológico, 
se encuentra con el hecho de que el hombre es un ser orgánico y sociable, y 
que su mejor ó peor estado orgánico influye en la posibilidad ó imposibilidad 
para cumplir sus fines; y al surgir esta imposición, aparecen dos proble- 
mas. Uno: mtodo de impedir que el hombre sufra perturbaciones orgánicas, 
y de que mejore en sus condiciones propias. Otro: modo deque los hombres, 
asociados entre sí, no se impidan el juego de los fines ddsu vidaylos prolon- 
guen á mayores horizontes. Del primer problema nace la higiene y del se- 
gando el defecho. 

III 

La higiene es el arte de prevenir é impedir los trastornos orgánicos, ó 
sean l«u» ^ermedades, y de perfeccionar el hombre y las razas físicamente. 
Besul^^ pues, que la hifieAC es una oomo moral del euerpoj asi (xmo la m<>- 



108 7.* CONFBRKNGIA. 

ral 0B como una higiene del espíritu. Pero la higiene ¿es reahnente un artel 
La observación descubre el sentimiento estético en ella^ sólo de una maneara 
mediata; no obstante, se presenta por tantos lados y con tal frecuencia, que 
no hay momento en que no tenga ocasión el observador de percibir la sensa- 
ción estética que la higiene provoca. El simple aseo embellece; el orden en 
las funciones, el ejercicio físico producen igual resultado; la seguridad en sí 
mismo, qu^ siente el cuerpo sano y perfecto; el goce del vivir bien, ese pla- 
cer de la vida que el bien hallado siente, se reñeja en el observador, de modo 
que resulta un sentimiento doble, que experimenta por una par^e el sano y 
que por otra siente el que le mira. Cuando después de ver un pobre niño 
enfermizo, vemos á otro correr, mostrando las señales de ima salud perfecta, 
nuestra sensibilidad se conmueve por un placer tan puro y tan intenso cual 
si contempláramos uñ objeto de las Bellas Artes. También el procedimiento 
higiénico es por creaciones; y. si á piiipera vista no aparecen las creaciones 
materiales de la higiene, basta para encontrarlas numerosas, leer el catálogo 
de los objetos presentados en la Exposición de Higiene y Salvamento, veri- 
ficada en Bruselas el año antepasado. Pero ocurre en la higiene un fenóme- 
no extraño y digno de la mayor consideración: este f enón^eno consiste en 
que es un arte que no basta á sus fines, fenómeno que ya se ofrece iniciado 
en la pedagogía y que, tomando incremento en las artes morales, resalta en la 
higiene, hasta, constituir un decisivo carácter; la higiene siendo arte, no se 
basta con los meros elementos propios del arte y se ve necesitada y oomo for- 
zosamente compelida á llenar su insuficiencia, allegando á sí gran cantidad 
de datos y de elementos científicos. Según se dijo antes, todo arte necesita 
más ó menos de la historia, de la etnología y de otros conocimientos cientí- 
ficos auxiliares, de modo que, si bien es cierto que el arte posee una esfera 
propia y bastante para constituir su autonomía, no es menos cierto que se 
dilata y favorece en virtud de una cierta cantidad del elemento científico. 
Pero en la higiene la compenetración de la ciencia establece una corriente 
tan extensa y robusta, que casi ahoga el verdadero carácter artístico de la hi 
giene. Por esta causa ha sido considerada hasta hoy y sigue considerándose 
por la generalidad como una ciencia, cuando en realidad es un arte. 

Mas como quiera que esta afirmación aparece contradictoria al modo de 
pensar general, conviene desvanecer las dudas que pudieran ocurrir. Dejan- 
do aparte el valor deijiostrativo del. análisis de la higiene, cuadrándola con 
el criterio que ha venido serviendo para comprobar las demás artes, hágase 
esta reflexión, que es decisiva. Si la higiene'fuese una ciencia, tendría un ob- 
jeto propio de investigación y un método también propio. Por ejemplo, las 
matemáticas tienen su objeto de investigación concreto, el tiempo y el espa- 
cio, y sus procedimientos propios, sin necesidad de pedirlos prestados á nin- 
guna parte. Esto es, las matemáticas, para resolver sus problemas, no nece- 
sitan nada de la química, ni de la física, ni de la historia natural, ni de la 
psicología, ni de la astronomía, ni de la estética, ni de ningún otro ramo del 
saber humano, ni menos de sus métodos y procedimientos. Igual cosa suce- 
de á la lógica; mientras que en la higiene, asuntos, materias, métodos y pro- 
cedimientos qué no sean merame^nte artísticos, son p^sstados. Por ejemplo. 



RKLAOIONBS BNTRB LA CIENCIA. Y BL ARTB. 109 

nedttíita la higiene, arte^ para realizar su fin, tener en cuenta la irradiflei<« 
del calórico; y ¿qué haceí ¿Se pone á investigar ó á inquirir esta matefia) 
No, sino que, por el contrario, toma esta parte de la ciencia fisiea hecha, y. 
la toma según en la física está ya establecida, sin ocuparse para nada de 
afianzar ni adelantar las inrestigaciones que acerca de la radiación del ca- 
lor quedan que hacer, ni preocuparse un ardite sobre la materia. Necesita la 
higiene dar aire á unayivienda, y ¿por ventura, pasa á hacer un estudio analí- 
tico del airtí? No, sino que toma^us conocimientos del aire, ya hechos por la 
química y la física, y toma y aprecia el aire según y cómo la física y la quí- 
mica lo tengan ya apreciado y discernido. Examínese bien y punto por pun- 
to todos y cada uno de los elementos científicos que entran en la hi^ene y 
se verá que todos, absolutamente todos, son prestados perlas demás denciaa 
constituidas. 

La higiene no tiene más camxK) propio que el del propósito artístico de 
hacer hombres sanos y lo más perfectos posible, físicamente; y para este alto 
fin necesita ponerlo todo á contribución, así las matemáticas para su esta- 
dística, como la arquitectura para sus construcciones, como la física, como 
la química, como la anatomía, como la fisiología, como la patología, como la 
historia natural, como la psicología, etc., etc. 

IV 

£1 segundo problema que vimos surgir referente á procurar el modo de 
que los hombres aaociados entre sí no se impidieran el juego de los fines de 
su vida^ y los prolongaran á mayores y más perfectos horizontes, dá lugar á 
la creaoion del derecho. El ddrecho, como la^ medicina y como la higiene, es 
un coigunto confuso de artes y de ciencias compenetradas y oonfundidas, 
que 00& temor he de procurar analizar. Lo justo,' como lo bello^ y <saal lo 
bueno, es un puro sentimiento. Si sobre este sentimiento, la filos<^ía ó la 
ciencia discreta se posa, para hacerlo objeto de su estudio, dará lugar á una 
cienciade lo justo, que bien puede llamarse ciencia del derecho. Pero así como 
la estética no empece que la pintura y la escultura sean reales y efectivas 
bellas artes, tampoco empece el estudio de lo justo, que el derecho, y princi- 
palmente el derecho constituido, sea un arte en la verdadera acepción de la 
palabra. El derecho, constituido y. corporado en diferentes leyes, es una 
creación, y una de las más altas y valederas creaciones de la humanidad. Su 
carácter estético es verdaderamente singular. No se siente ala manera como 
se sienten las bellas artes ni las artes industriales; es un otro sentir el que 
se advierte en el derecho; pero im sentir tan íntimo é intenso^ que se encar- 
na en el individuo y en las colectividades humanas, hasta el punto de soli- 
viantar las más fuertes pasiones. 

La impresión estética del derecho, á manera de la electricidad, no se siente 
hasta que se desequilibra é interrumpe; pero al ocurrir la interrupción ó el 
desequilibrio, se conmueven hasta la profundidad de entrañas individua- 
les y sociales. Podrá decirse que el sentimiento estético es dulce, y el sentí- 



lio 7.* QONFERBNOlA. 

nueoto <]a1 AexficÜELO rojbo no os dulce, :smo tei^iible j doloroso, pevo el Tc^ro 
no «s oiortoj el miaijiio sentimiento estético de las bdl^ artes ^ Á voces di>- 
lorofK) y triste. Dígalo la impresión estética que produce la^edea^ digalo la 
narracicm del conde Hugolino^ ó la angustia que causa el grupo de I^ao- 
coute. £1 derecho es también un arte compenetrado de grandes corrien- 
tes científicas , cuyos múltiples tributos vienen á constituir voluminosos 
cuierpos de doctrina que ocultan la esencial naturales artística del, dere- 
cho, bajo la balumba de los elementos cientifícos que lo compenetran. Res- 
pecto déoste carácter, ae notan algunas diferencias éntrela higieney el dere- 
chp. La higiene pide más á las ciencias naturales. El derecho pidQ más á las 
ciencias. históricas. Ambas ponen á igual contribución la lógica y las mate- 
máticas; pero el derecho exije más á la metafísica. 

Otra observación diferencial consiste en que el derecho trasciendc9.d&coziSr 
tituido, á coijLStiti^rente, mientras que la higiene nunca pas^ djd la fsiZ cons- 
tituida. Sste fenómeno depende de la diversa, naturaleza de ambas artes. La 
higiene va haciendo su evolución progresiva continuamente y día por dia. 
Desde cjl instante en que la física descubre la propiedad que tiene la gliceri- 
na de retener los gases empireumáticos, la higiene fabrica \m tubo que, lleno 
de algodón impregnado en aquella sustancia, aplicfik á 1^ boca del obrero 
que vá á apagar un incendio. El derecho no puede establecer nuevas leyes 
diariamente, y así desde que la ciencia demuestra la igualdad humana, hasta 
que el derecho llega á abolir la esclavitud, pueden pasarse muchos siglos, 
existiendo entonces un dere3ho constituyente que proclama la regla de la abo- 
lición y un derecho constituido que mantiene la esclavitud. 

La circunstancia de poder permanecer el derecho constituyente por mucho 
tiempo sin pasar á la creación de leyes, quita un elemento de arte á este a»« 
pecto del derecho, manteniéndolo en un estado de inquisición y discagiones, 
que le dá carácter cientifico. Tal es, sin duda, la causa de coBsidertbrse el dere- 
cho COMO ciencia por la opinión común, á lo que se agrega el ligar la idea del 
derecho con la filosofía del mismo» asociando y derivando de aquí todo el 
coatenido y ocultando el proceso artístico de esta institución. 



De todo lo que llevamos expuesto se deduce, que no sólo quedíi probada 
la relación é influencia de la. ciencia en el arte, sino que el estudio ha de- 
mostrado que llega á compenetrar la ciencia en el arte de tal modo, que no 
es lo qué se ha,ee difícil ver sus relaciones, sÍAO desentrañar y deslindar los 
puntos en que las unaa y las otras se limitan . También ha resultado proba- 
da la importancia que las ciencias van adquiriendo, grado á grado, . en su ac- 
ción sobre las bellafl artes, eobi».las artes industriales, sobre Us artos .mora- 
les y sobre las artes del derecho. Beepecto 4 la intervención de la ciencia oa 
las industrias, basta traer á.l^ m0jaoriaque la quími(* 1^ provee.de infini- 
tas materiales elabocaWes, de cttrüient^s y weiva» snst^^ias colorantes. 



RELAOIONfiS BNTRE hX CIENCIA T EL ARTE. 111 

Las materna tioas han hecho sentir su influjo en laa artes industriales tanto, 
si no más, que en la arquitectura; y la física, resolviendo infinitos problemas 
de mecánica, ha elevado á la industria hasta la categoría de un arte que fun- 
ciona al igual y aun mejor que los organismos vivos. 

Guando, estudiando la ciencia bajo su aspecto abstracto, apenas si notamos 
otra cosa que la fatiga que nos causa caminar hacia la verdad, y ella, cuando 
parece que ya la tocamos con la mand, cual las luces que de noche se ven en 
el horizonte, se retira á medida que parece que nos vamos acercando; y cuan- 
do, desalentados por este no llegar, el escepticismo se apodera de nosotros, 
gran consuelo y gran aliento se readquiere, volviendo la vista atrás y obser- 
vando como ahora, cuantos y cuan grandes han sido los frutos recogidos por 
la ciencia al sembrarse en el útil campo de las artes. Una enseñanza se des- 
prende de las observaciones hechas hasta aquí y que debe animar á la huma> 
nidad acerca de un porvenir más venturoso y seguro. El gran espacio recor- 
rido por el arte, desde el punto que se manifiesta por el hacha paleolítica 
hasta el qae se representa por la dinamita, desde el que se inicia por el co- 
nato de dibujo del manmuth rayado sobre un pedazo de hueso, hasta el re- 
presentado por el cuadro de Doña Juana la Loca; desde antes de la invención 
del fuego, hasta el tiempo presente, en que el hombre más vulgar lleva el fue- 
go metido en el bolsillo; en toda esta secular distancia recorrida, y en todos 
sus momentos, se vé el hecho de que nunca jamás, ni unavez sola, la humani- 
dad se ha equivocado en el camino que debia seguir para alcanzar la perfección 
del arte. Y así, con admirable fó intuitiva, la humanidad persiguiendo 
su ideal de la bdleza y su ideal*de la bondad, ha llegado hasta colocarse en 
h meta, si nó hoy de todas, de algunas artes cual acontece en el dibujo, hasta 
el extremo de haber venido el mismo sol á decirnos con la fotografía: ¡Ah 
humanidad, has alcanzado la palma en el arte del dibujo, dibujas mejor que 
la real naturaleza.! Por que asi es en verdad, el arte del dibujo, es infinito- 
mente superior á la fotografía en exactitud y en belleza, ó lo que es lo mis- 
mo, es más real que la misma naturaleza, y mucho más bello juntamente. 

Pues bien, si el arte no se ha equivo^^ado en su secular camino, si el arte 
ha llegado al complemento de sus fines en alguna de sus partes, cual el dibujo 
y la estatuaria, podremos, por este solo hecho, aseverar con la firmeza del 
profeta, que el arte llegará á su completo y perfecto desarrollo en todas sus 
demás esferas; ó lo que es lo mismo, que la música llegará á realizar toda la 
sublimidad de toda armonía posible; que la dramática cumplirá todo su 
propósito ideal, etc., etc.; y las artes morales, así como las del derecho, grado 
á grado, lograrán la consecución de sus dichosos y elevados fines. 

VI ' 

Tres son las ciencias puras, á mi modo de ver; pero sean tres, ó más de 
tres^ ó menos de tres, por ahora sólo aparece ese número ante mi mente. 
La metafísica, y sus dos criterios auxiliares: uno, el criterio de las cuali- 
dades,* ó sea la lógica; otro el criterio de las cualidades, ó sean las matemá- 
ticas. Todas las demás ciencias diversificadas no son, si se analizan, otra 



112 7.* CONFfiSRENCirA . 

coaa qu3 tatnw sobre aiiiiibo3 diveraos, qae se inquieren por la ciencia dis- 
creta y en virual de loa pro33Íimieato3 de la lógica ó de las matemá- 
(ticas. 

Dejando á un lado la míbafísici, lo cnal no empace nuestra labor, pase- 
moa á eximinir quS elainanbos artísticos puedan existir en la lógica y en las 
matemáticas. Oaaulo h'\33 po30 tratamos de averiguar si la lógica era 
ciencia ó arta, dejamos demostrado que carecia de todo carácter artisíico 
y que praaanbabí todas la^ señales de una ciencia perfectamente pura. Pa- 
rece, por tanto, que el arte no interviene^ ni mucho, ni poco, en el conteni- 
do de la ciencia lógica. Paro yo pregunto ahora; ¿sucederá otro tanto respec- 
to á su construcción externa? 

Puede concebirse una historia más ó manos perfecta, pasando de boca 
en boca, de individuo á individuo, por medio de la tradición; pero no se 
concibe la posibilidad de un cuerpo de doctrina abstracto cual la lógica, sin 
algo que la fija, que le dé corporeidad, que la encarne, en una palabra, y le 
permita ofrecerse á la atención y á la inteligencia de los hombres, concre- 
tándola a^í parfectamente, para convertirla en objeto de examen y de estu- 
dio. No se conciba la lógica por tradición ni por iniciación; y por más que 
sus fundamentos sean naturales é intuitivos, ello es que su existencia seria 
tan imposible, sin encarnarla por medio de la escritiira, cual sería imposible 
la existencia del espíritu humano en el espacio y el tiempo, sin encamarsa 
en el cuerpo físico que le dá comunicación y existencia tangible, en el tiem- 
po y el espacio. Así pue^, si la lógica no recibe nada en su interior de las 
artes, recibe en cambio toda la existencia de su exterioridad, adquiriendo 
por este hecho la condición plástica indispensable para realizarse. Este im- 
portantísimo fenómeno se efectúa á beneficio de la gráfica, que no es más 
que una rama del arte del dibujo. A poco que evoquemos su historia se verá 
patentemente que sus primeras manifestaciones estuvieron comprendidas 
con el arte del dibujo; la primera escritura fué la escritura geroglífica. Des- 
pués, entre los animales y otros objetos físicos representados, comenzaron á 
intercalarse algunos puntos y líneas con carácter de signos de convención, y 
poco á poco fueron estos sobreponiéndose al elemento de figura animada, 
hasta venir, por término de sucesivas trasformaciones, á aceptar el gran ade- 
lanto de trasmutarse en signos fónicos, cual los que hoy nos sirven de es- 
critura. 

Si por otro lado observamos los progresos sucesivos de la gráfica, se ad- 
vertirá también la manera gradual como ha venido haciéndose independiente 
délas artes, del grabado y del dibujo. 

Aparece la gráfica, en sus primeros momentos, esculpiendo en piedra sus 
figuraciones animadas; válese después de las tintas, de uno ó varios colores, 
marcando el líber de determinados vegetales, cual aparecen en los antiguos 
papiros; sírvese más tarde de la piel disecada de algunos mamíferos, llegando 
por último al papal en nuestros días, y ala tipografía ó imprenta, cuyos va- 
lioso influjo sobre el desarrollo de la ciencia todos conocemos. Seguramente 
que merece la tipografía toda clase de encomios, y conviene recordar que 
esta es sólo una pequeñísima parte de la gráfica, para dar á esta todo lo que 



RELACIONES ENTRE LA CIENCIA Y EL ARTE. 113 

mereca. Bien pudiera coosa^ar varias conferencias á^esbe asunto; mas no 
consintiéndolo, el tiempo ni mi actual propósito, jaremos punto aquí sin 
perjuicio de explanar algunas consideraciones cuando salgan al paso. 

Si la existencia de la lógica es imposible sin gráfica que la encame, piás 
fácilmente comprenderán este hecho los que me escuchan, respecto á las ma- 
temáticas. En sus primeros pasos; necesita el hombre tan indispensable- 
mente de objetos que fijen las relaciones de las cantidades, como que echa 
mano de su propio cuerpo para 'dar á estas su figura y materialidad. Toma 
asi, como medida, su propio brazo, su pie, sus falanjes y sus dedos; cuenta 
por ellos, y llama á la extensión de las cosas pies, codos, pulgadas. Casi 
coetáneamente y por instinto, pidió auxilios al arte gráfico, conociendo que 
sin él no podria hacer adelantos ulteriores, y así vemos grabados una espe- 
cie de contabilidad rudimentaria en la rama de árbol longitudinalmente di- 
vidida llanada tarja en mi país, en la que rayando líneas trasversales que 
huellan las dos mitades de la rama, establecen una caenta recíproca entre el 
trabajador y el dueño, marcando las unidades, decenas y centenas de ¡as 
cantidades que entregan ó reciben. 

Todo el leuguaje de las matemáticas se reduce á fórmulas y las fórmulas 
á pura gráfica; de tal suerte, que si sustrajéramos á esta ciencia el elemento 
gráfico que la corpora, reduciríamos á ruinas su edificio. 

Pasemos á examinar la intervención y relación de las artes con otras 
ciencias. 



VII. 



Aparece en mi mente, después de la curiosidad que me induce á pregun- 
tarme ¿qué soy? otra curiosidad que me impulsa á preguntarme ¿qué es esto 
que soy yo, y todo lo demás que no soy yo? Y denómino á este conjunto "Na- 
turaleza, n Y veo en esta Naturaleza, cosas semejantes y cosas que no lo son; 
cosas propias y exclusivas á unos objetos, y cosas comunes y propias de to- 
dos. Y veo entre lo común á todos los objetos que hieren mi sensibilidad, que 
poseen una forma más ó menos detsrminada, ya regular, ya irregular; ya per- 
manente ó ya cambiante. Y me digo, estudiemos las formas estas. Y á este 
estudio le denomino: Morfología. 

Y veo cuerpos, que ruedan y aguas que corren y lenguas de fuego que 
fulminan, y cosas que caen, y luz que esclarece y sombras que nublan; y me 
pregunto: ¿Qué es esto? y me contesto, son fenómenos, movimientos; y al 
estudio de estos movimientos le denomino: Física^ 

Y veo que toda cosa que hiere mis sentidos ó mi sensibilidad es ó viene 
de algo que resiste, ó que se toca, ó que ocupa espacio y que subsiste como 
sustancia ó cuerpo, que dá impresión parecida á la que dá el mió propio. Y» 
digo estudiaré qué cosas son estos cuerpos ó estas sustancias, y á ese estudio 
le denomii^o: Química. 

Todo lo que puede descubrirse en la naturaleza, ó es forma, ó es fenóme- 
no, ó es sustancia, ó son las tres cosas en conjunto y de consuno. Por lo cual 



114 7.* CONFERENCIA. 

concluyo: la Naturaleza no es otra cosa que el conjunio ó la síntesis de todas 
las formas, de todas las sustancias y de todos los fenómenos que yo percibo ó 
la humanidad pueda percibir. 

Tenemos, pues, tres ciencias indubitadas á que dan origen la contempla- 
ción de la naturaleza: 

Morfología, ó ciencia de las formas. 

Física, ó ciencia de los fenómenos ó movimientos. 

Química, 6 ciencia de las sustancias. 

Hagamos alto aquí, pues ya tenemos bastantes materiales para seguir 
nuestra labor en la averiguación de la influencia que pueda tener el arte en 
las tres ciencias naturales que acabamos de establecer. 

Morfología, La morfología no se ocupa de realizar la belleza, ni dá origen 
á ningún sentimiento estético, ni como bello, ni como bueno; la morfología 
responde solamente á la impulsión intuitiva que nos mueve á inquirir la ver- 
dad. El proceso que recorre nuestra inteligencia en la inquisición sistemática 
de los problemas á que da origen la forma de las cosas, constituye un cuerpo 
de doctrina, más ó menos acabado y cierto, y ests proceso, concretándose á la 
forma, constituye la morfología, de igual manera que eoncretándose á los fe- 
nómenos constituye la física, etc. Ahora bien, ¿qué elementos artísticos com- 
penetran la morfología para auxiliarla y facilitarle la resolución de sus pro- 
blemas? Fijando la observación sobré este punto, pronto se advierte, que así 
como la lógica y las matemáticas reciben su parte plástica y orgánica exte- 
rior de la gráfica, no sólo suministra iguales servicios externos á la morfo- 
logía, sino que se interioriza en su contenido. Pues aunque las busca las for- 
mas en los objetos (reales de la naturaleza, ya apoderándose de un cristal de 
cuarzo, ya de la rama de un helécho, ya del pulposo cuerpo de un molusco, es 
lo cierto que los tipos perfectos morfológicos tiene que darlos por medio de di- 
bujos, y de sólidos conformados por el artificio de las artes. Da, pues, el arte 
aquí, no sólo la plástica necesaria para la vida de esta ciencia^ sino que le 
presta además varios 'artefactos é instrumentos, cual el goniómetro, que la 
auxilian para el trabajo de inquisición. 

Física, La física, en su propósito de inquirir las leyes de los fenómenos, se 
encuentra tan necesitada del auxilio de las artes, como que sin ellas apenas 
pudiera dar un paso. Ni le es ya sólo indispensable la gráfica, sino que ha 
menester del arte del dibujo en toda su extensión, y hasta de la pintura. El 
infinito número de aparatos que puede cualquiera ver en un gabinete de esta 
ciencia, demuestra hasta el extremo la gran corriente con que la penetran las 
artes constructivas, la ebanistería, la metalurgia, el arte del vidriero, el mo- 
delado, etc., etc., llegando hasta el punto de que muchos ramos de la física 
hubiesen quedado eternamente rudimentarios, si no fuera por el auxilio de 
las artes. Para la comprobación de las leyes de gravedad, es indispensable la 
eonstruccion de instrumentos ad hoc. La electricidad no seria hoy del domi- 
nio común, si la física no hubiese apelado á la ayuda de varias artes. La lo- 
comotora y el vapor no cruzarían el espacio por tierra y mar, si la física se 
hubiese visto privada de la construcción de los aparatos, por medio de los 
cuales, averiguó y regló la fuerza expansiva del vapor. La luz que nos inunda 



RELACIONES ENTRE LA CIBNOIA Y EL ARTE. 115 

hubiese quedado oscurecida paranuestra iuteligencia, sin la virtud dd pris- 
ma y los aparatos espeotroscópicos, obra de varias artes, y por medio de los 
que logramos descomponerla. Los mundos siderales serian para la humanidad 
mezquinas luminarias sin las construcciones artísticas telescópicas. £1 mun- 
do de lo pequeño no se hubiese revelado á nuestros ojos ni á nuestras mentes 
8in el microscopio; y já qué he de cansarme, si basta la primera palabra, 
para que el asunto se comprenda) 

Química. La química investiga la sustancia. Para ello descompone ó ana- 
liza los cuerpos é inquiere cuáles son los simples que los constituyen, dándoles 
el nombre de elementos. 

Aunque hasta el dia no ha alcanzado á demostrar la existencia de uu ele 
mentó sustancial único, que, diversificándose isoméricamente ó de otro modo , 
llegue á probar la unidad sustancial de todo cuerpo, aparece á mi razón casi 
seguro, que á este gran resultado llegará la química en definitiva. El éter, 
que, si hoy no se vé objetivamente, por¡induccion se percibe de tal modo real, 
como que sin admitir su existencia seria muy difícil explicamos multitud 
de fenómenos, el éter, digo, á quien con más propiedad, en mi concepto, 
debe dársele el nombre de Monohylógeno, esto es, materia una y engendrado- 
ra de todas, vendrá á reducir, por las disquisiciones de la química, todos los 
cuerpos simples actuales. 

La química, como la física, auxiliando á las artes de una manera decisiva, 
reciben de estas á su vez grandes recursos como en pago y correspondencia. 
El arte en la química, se ofrece también por sus contribuciones de dibujo, 
de modelado, de aparatos y construcciones; y debe á la balanza servicios de 
tal especie, como que la introducción de este medio, por Lavoissier, marca 
el itíkñrn más importante de sus gi*andes adelantos. 

Descuella en esta ciencia un hecho digno de fijar la atención por las altas 
consecuencias que en sí entraña. La química, careciendo de todo elemento 
estético y procediendo por inquisiciones y no por creaciones, posee un ca- 
ráctei científlco indubitado; pero cuando pasando y concluyendo sus proce- 
dimientos de análisis toma un camino opuesto, que la lleva á la síntesis, entre 
estos dos procesos, el primero analítico, y sintético el segundo, se innova el 
carácter de la química de un modo singular. Porque, si bien es cierto que la 
química analítica como la sintética, procede rigurosamente por inquisiciones 
y no por creaciones, el resultado es que la sintética llega finalmente á realizar 
por medio de sus procadimientos inquisitivos verdaderas y perfectas creacio- 
nes; la química sintética, no sólo ha conseguido hacer artificialmente algunos 
cuerpos que ofrece la naturaleza, sino que hasta ha conseguido superar á la 
naturaleza misma, pues ha alcanzado á construir por síntesis verdaderos cuer- 
pos nuevos y originales, que no existían áutes.Este es el punto que deseaba 
hacer notar. Por él se' induce que el fin de esta ciencia viene á parar en un 
arte; lo cual mueve á preguntarnos: ¿Sucederá con todas las ciencias otro 
tanto? Dejemos por ahora sin contestar esta pregunta. 

El natural despliegue de ]a morfología, la física y la química, hace to- 
mar á cada una de estas ciencias un nuevo aspecto, apareciendo distintas é 
independientes. La morfología, después de estudiadas las formas inorgáni- 



116 7.* CONFERENCIA. 

cae y fijas, pasa á estudiarlas formas orgánicas, ya cambiantes y menos es- 
tables, y en estas se le ofrecen como materiales de labor, formas externas y 
formas internas. Pasa el estiidio, de morfología inorgánica, á morfología or- 
gánica ^ó Anatomía, etc.; pero con-viene, para no involucrar el sistema de la 
ciencia, que estas divisiones no den la falsa idea de una distinción genéri- 
ca. La física, evolucionando de igual suerte, después de ocuparse del estudio 
de los movimiintos ó de los fenómenos de loa cuerpos inorgánicos, lleva sus 
inquisiciones á estudiar los fenómenos y los movimientos de los organis- 
mos, tomando el nombre de Fisiología. La química, de igual manera, una 
vez que ha estudiado la composición de los cuerpos inorgánicos, reducién- 
dolo á las sustancias hasta hoy conocidas come elementales, pasa á estudiar 
la composición de los cuerpos ó 'sustancijas orgánicas., tomando entonces di 
nombre de Química orgánica. Se vé que tenemos ahora tres ciencias, que no 
son en realidad distintas de las que proceden, sino simples desplegamien- 
tos ó desarrollos de las mismas. 

Siguiendo nuestra labor de observación y análisis respecto á estas nuevas 
bases de la Morfología, de la Física y de la Química, veremos que al par del 
nuevo des'iiTollo que toman, ya en la morfología interna ó Anatomía, ya en 
la Fisiología y la Química orgánica, vá el arte interviniendo con corrientes 
auxiliares de ma^or riqueza. En la anatomía, ayudan las mismas artes que en 
la morfología, pero en toda la plenitud de su desarrollo. Ya no es solo el di- 
bujo, sino que también el colorido; la pintura, bajo todas sus fases, ya la 
aguada, ya el óleo, la cromolitograña, etc. Concurre también, hasta el arte 
trocado en industria por medio de la fotografía, y la escultura se ostenta en 
la plenitud de' su imperio, como lo demuestra la simple inspección de un 
gabinete anatómico. Crecen asimismo y en igual proporción respectiva la 
intervención y los auxilios del arte en la fisiología. Los aparatos de inqui- 
sición y demostración se hacen más delicados, y sobre el dibujo, la pintura, 
el modelado y la escultura, se avoca ya la exigoicia de la música para la in- 
vestigación de las vibraciones de determinadas partes del aparato nervioso. 
La gráfica adquiere en la fisiología el mayor de todos sus pfectos, pasando 
de gráfica estática á gráfica dinámica; desarrollo que promete, por sus múl- 
tiples aplicaciones, los más fecundos resultados en pro de la ciencia y en 
beneficio para la humanidad, á juzgar por los maravillosos efectos ya ob- 
tenidos, constituyendo el esfigmógrafo, que automáticamente dibuja y re- 
presenta ]os movimientos del corazón y las arterias, declarando el estado de 
salud y las múltiples variaciones patológicas del sistema circulatorio. 

En la química orgánica, no descubrimos mayores exigencias de interven- 
ción del arte en sus elementos materiales, que en la química inorgánica; pero 
es conveniente recordar que la química sintética, una vez que ha realizado la 
parte inquisitiva de las combinaciones posibles de los átomos, abandona 
el procedimiento inquisitivo y toma del arte sus procedimientos de creación. 



RBLACIONIES ENTRE LA OrBNOIA Y BL ARTE. 117 



VIII 

Paede que, al maditar al^uo de loa oyenfcaa 8obre todo lo que acabamos 
de decir 9 haya exclamado: "Todo lo ezpueato ea tan obvio y Tulgar, que por 
"sabido, ni aun siquiera habia llamado nuestra atoncion.'*— Pues señores, este 
es, precisamente, el carácter más seguro que pueden tener laa cosas, de ser 
verdaderas y reales. Estos asuntos, que todos saben indiscemidamente, y que, 
como el huevo de Colon, á ninguno se les ocurre; lejos de merecer el califica- 
tivo de frivolidades, condenen, por el contrario, la explicación y la resolu- 
ción de los problemas mái difíciles é intrincados. Y, como prueba de ello, 
atended á lo'^ue me falta por decir. 

En las mismas puras artes de lo bello, se descubre una diferenciación, 
procedente de los medios que se valen pAr» lograr su fin. En efecto, unas 
artes toman para realizar sus creaciones sustancias puramente materiales, 
oomo el barro', el mármol, las maderas, el bronce, etc.; o tras t toman sustan- 
cias luminosas, cual el contraste de la luz y de su ausencia, ó sea el claro y 
el oscuro; otras, los efectos de la luz descompuesta por algunos cuerpos, ó sea 
el colorido; clasificándose todas ellas oomo bellas artes plásticas. Pero existen 
otras bellas artes que, fuera déla gráfica, no se valen de ningún objeto plás- 
tico, siendo por esto más esencialmente subjetivas. El tránsito éntrelas artes 
plásticas objeávaa y las subjetivas ó no plásticas, se verifica por el trueque 
de los órganos humanos cuya sensación promueven. De la escritura, pintura 
y arquitectura, que van á impresionar el órgano de la visión y el tacto, á la 
música^ue impresiona el oido, hay el cambio que revela la variación de los 
órganos afectados. La música es, pues, más subjetiva que las otras artes be- 
llas; pero todavía lo son más las artes literarias, en sus diferentes manif es • 
tacioues. No es decir con esto que las artes plásticas carezcan de elementos 
subjetivos; nada de eso, plásticas ó no plásticas, las artes no serian bellas 
si no hablasen al interior de nuestro sár. Pero es lo cierto que, si l^ escritura 
no es posible sin materia esculturable, la lírica existe sin otra cosa que aire 
que vibre, ó de granen que constituya signos de escritura. 

Las artas literarias, procediendo por creaciones como toda arte, reempla- 
zan al dibujo por la descriptiva, y sus descripciones más ó menos abultadas 
ó en relieve, adquieren fi^jeza plástica. Con este recurso y con las imágenes 
ó figuras, procuran los oficios que la materia inerte proporciona á las otras 
artes. A veces, describan y figuran con tanta propiedad, que producen la ilu- 
sión de como si se estuviera viendo la cosa ó personage que dan á conocer, 
sin que á la verdad, pueda el ánimo decidir, si el arte literario, ó el dibujo, 
ó la escultura, logran la palma en la consecución de este fin. 

La música y las artes del dibujo mueven los sentidos de fuera adentro, 
y las literarias, como la lírica, la dramática, la novela y la oratoria, mueven 
el sentido interno hacia la razón y los afectos, y en opuesta relación y de un 
modo reflejo hácLa los sentidos externos, de modo que producen efectos do- 
bles, subjetivos y objetivos al mismo tiempo. Por esta causa, las artes lite- 



118 7.* OONFERENCIA. 

rarias ejercen sobre laa ciencias efectos más inmediatos y decisivos, annqne 
menos visibles, que el de las artes plásticas. 

Salta á los ojos que la geografía debe toda la subsistencia de su ser cien- 
tifíco, ala gráfica, que le presta la representación terráquea, por medio del 
arte topográfico, ün» geografía sin mapas y sin cartas, seria un ser incor- 
póreo, una pura potencia virtual sin llegar á realizarse, un como espíritu 
vago, volatilizado, sin encamación. De esta manera prominente, no se ve la 
intervención del arte literario en el cuerpo de la ciencia; pero en verdad que 
no es menor, anees por b1 contrario, la aventaja. Para percibir estas influen- 
cias y relaciones, se necesita que el análisis sea más delicado; pero la obser- 
vación y el análisis nos darán cuenta de los hechos, procediendo de la misma 
manera que hemos procedido hasta aquí. 

Las artes literarias intervienen en la ciencia, ya por medio de las formas, 
ya por el fondo de las mismas. 

Por la forma, su influencia es tan decisiva, que si observamos paralela- 
mente las producciones literarias de las artes de una época, con sus coetá- 
neas científicas, nos sorprenderá la constante unidad que en las formas se 
advierten entre unas y otras. Se podrá observar de un modo patente, 
que la ciencia toma prestada su forma hablada y su forma escrita de las 
artes literarias. No hay libro de ciencia, ya sea de matemáticas ó lógica, 
como de cualquier otra, por técnica que sea, inclusa la misma anatomía, que 
deje de valerse de la forma literaria de su época. Cuando el gongorismose 
apoderó de nuestra literatura, un tratado de hidrología se titulaba así: Bspej^í 
cristalino de las fuentes minerales de España. 

Si sé examinan las ciencias en sus períodos embrionarios, como entonces 
la falta de desarrollo de su contenido las mantienen escasas de doctrina, el 
arte literario, llenando sus huecos, viene á dar alimento á la ciencia rudi- 
mentaria, desempeñando el papel como de nutriz científica, cual los cotile- 
dones á las plantas. La palabra "humanidadesn representa bien ese período 
evolutivo, en que dominaba el cuerpo literario al fondo racional entumecido 
de la ciencia. 

Contemplemos la embriología antes de Wolff , y veremos que es, más 
que una ciencia, una novela. Todavía, y aún hoy mismo, podemos encon- 
trar mil ejemplos de superabundancia en el campo de la ciencia. Nada más 
común que leer libros científicos y escuchar explicaciones en una cátedra, 
á cuyos autores y maestros se les vé procurar, con más ó menos trabajosa 
pena, dar una forma atildada, elocuente y hasta grandilocuente á sus capí- 
tulos y lecciones. 

En los llamados "discursos académicos, u puede observarse lo que apunto, 
de un modo bien patente. En ellos se cuida, por lo general, más de los tropos 
retóricos que de las entrañas científicas del tema; y este abuso se relacioiía 
con el que antes dejamos indicado respecto al efecto qua el excesivo eonato 
científico produce en el arte. Allí pudimos ver que, si^te exceso convertía al 
arte en frivolo y pedantesco, este otro paralelo que ahora nos ocupa convier- 
te la ciencia en insustancial y pedantesca. Al notar estos abusos, no lo hago 
por un afán de crítica, sino por que el abuso es la prueba mayor que puede 



RELACIONES ENTRK LA OlfiNOLA Y EL ARTE. 119 

darse de la existencia del uso, dejando asi patentemente demostrada la tesis 
que procuramos esclarecer. 



IX 



Pero no quedan en este importantísimo servicio detenidas ni agotadasias 
influencias del arte sobre la ciencia. 

El arte desempeña en las labores de las inquisiciones humanas, otra fun- 
dón importantísima, es á saber: dar cuerpo representativo á los conceptos. 

Esta labor, sin la que la ciencia tampoco podria desenvolverse, es causa 
en ella de adelantos y al mismo tiempo de extravíos. Intelectualmente, se llega 
á concebir ciertas realidades que no se pueden representar más que metafé* 
ricamente; e^tas representaciones metafóricas son meras figuras, pero sin las 
cuales careceríamos de la posibilidad de dar idea de la cosa. No empece que 
la idea sea falsa: porque tener una idea falsa de una cosa, es mayor sabidu- 
ría que no tenerla, falsa ni verdadera. Las ciencias todas están plagadas de 
conceptos metafóricos, de verdaderos sillares arquitectónicos del arte, que 
entran á formar parte de les basamentos del edificio científico. Todo lo que 
podemoa hacer, y todo lo que la observación deja ver que va haciendo la 
cienda, es ir sustituyendo poco á poco estos sillares artísticos, con otros más 
sólidos y propios de la ciencia misma. La ciencia nació cristalizada en el ar- 
te, y aunque pronto se diferenció, siguiendo las leyes de su propia naturale- 
za, ni esa distinción ha llegado hasta hoy á impedir confusiones, ni menos 
á dejar el fondo de las inquisiones despojado de elementos extraños. 

Aunque la ciencia es una, diversificando sus puntos de inquisición, pro- 
duce varias ramas, que partiendo del tronco-unidad, no por eso dejan de for- 
mar partes diversas, aunque relacionadas. De estas ramas, hay unas que por 
el objeto más cognoscible de su estudio, están más adelantadas, y así sucesiva 
y gradualmente las demás. La observación demuestra que, á medida que las 
ramas científicas están mejor constituidas, se ven más depuradas de los ele- 
mentos metafóricos, sustituyéndolas por conceptos concretos de explicación 
más específica. Pero este adelanto no implica que debamos clamar contra los 
conceptos metafórico^ ni metaf isleos, puesto que, aun dado caso que sean fal- 
sas y den ideas falsas de las cosas, sin ellos, no la tendríamos, ni falsa ni 
verdadera. Dado un concepto . falso es posible enmendarlo y convertirlo en 
verdad, pero no dado concepto alguno, no es posible convertirlo en nada, ni 
utilizar este nada en la inquisición de la verdad. 

He^asegurado que hay muchos conceptos de procedencia litero-artística en 
las ciencias» y en más número á medida que están menos constituidas; así 
como tienen más andamios los edificios que se están construyendo <^ue los 
que están casi acabados. 

Los conceptos artísticos son los que se derivan de impresiones sentidas 
y que ofrecen el carácter de surgir por emoción indefinible; de modo que no 
prestándose á significacicn concreta, nos obliga á expresarlos, por medio de 
una figura. Los conceptos figurados metafóricos, tomando domicilio eientí- 



120 7/ CONFERENCIA.. 

fíco, se trasmatan en oon^septos metafisicos, y en tal eistado entran de lleno y 
como con carta de naturaleza en el juego de la ciencia. 

De todas suertes, conviene mucho declarar esta filiación y observar cómo 
funcionan los principios sentidos. Desde luego el análisis manifiesta que se 
combinan con ciertos elementos, psicológicos monos indefinibles, dando orí- 
gen á la mayor parte de las nociones y de las ideas madres. 

El arte dá todo el elemento de certeza á las nociones, y á las que se deno- 
minan verdades primeras. El arte nunca es falso; el arte puede ser imperfec- 
to; pero falso jaínás. Llamar falso á un objeto artístico, es una mera impro 
piedad en la manera de decir. La música china, por mala y destemplada 
que sea, no es una producción artistica falsa; resulta ser una música im- 
perfecta. La sarta de bolillas con que el aalvage se adorna, no es un objeto 
falso de arte, sino un objeto impsrfectísimo y rudimentario, sin pasar por el 
que no se hubieran construido después esas preciosas joyas tan ricas en pe 
drerías como valiosas en sorprendentes y bellísimos dibujos. 

El efecto más trascendental de la verdad artística en la ciencia, consiste 
en la evidencia que induce en los principios metaf ísicos. La razón que asiste 
para ello, es esta, que convie le explicar. 

El hombre se antepone á todas las cosas que él hace, crea ó averigaa. 
Esto, no sólo es evidente, sino que además es acertado y justo. Antes de reac- 
cionar su piel al contacto de la luz y del aire, antes de recibir impresión al- 
guna externa, ha tenido que sentirse á sí mismo. Por consiguiente, el hombre 
con perfecta justicia y mas que pese á los sensualistas de la exterioridad, se 
ha sentido á si propio antes que á ninguna otra cosa. No he de paramie en 
esto, por que la simple enundacion lo prueba, y porque además Bain lo ha 
demostrado y^i hasta el último extremo. 

Ahora bien: si el primer testimonio de existencia nos lo dá nuestro pro- 
pio ser, justo, ruatural y lógico es que toda cosa que venga de fuera la sujete- 
mos al criterio, de la realidad de nuestro existir, y que le concedamos menos 
valor de cerüidumbra que aquellas otras cosas que son por nosotros mismos 
producidas. 

Cuando después de dar nacimiento en nuestra mente á un asunto sentido 
y al mismo tiempo pensado, lo sacamos de esta esfera de nuestra interiori- 
dad, trayéndolo á la luz del exterior y dándole cuerpo, forma y tangibilidad, 
lo revelamos á la impresión de nuestros sentidos externos, y al de los senti- 
dos de las demás criaturas, habiéndolo hecho por nuestras propias manos, 
formado y construido de la misma manera y tal como antes de realizarlo lo 
hablamos concebido en la interioridad de nuestra mente; cuando nos vemos 
y conocemos autores, creadores, operarios y testigos de aquel objeto de 
arte, no es posible cosa alguna sobre lo cual quepa mayor grado de eviden- 
cia. Este testimonio de mayor evidencia que dá el arte al espíritu humano, 
es el mismo que se extiende por la escala de la ciencia, en la que si no tene- 
mos una fe tan cumplida como en el arte, la tenemos mucho mayor que en 
todas las cosas que son exteriores y no nos pertenecen; y por más que ea. las 
soluciones de la ciencia nos asalten dudas, y aún descubramos grandes y fre- 
cuentes errores, eso no empece para que, mirándola como cosa nuestra 



RELACIONES ENTRE LA CIENCIA Y EL ARTE. 121 

y cual el arte nacido de nuestro interior, la consideremos como el juez que 
dá y quita la posesión de verdad y realidad á toda cosa. 

De lo que acabamos de exponer, resulta que el origen de la eyidencia 
nace de sentirse cada uno á sí mismo, transformando este sentimiento de 
existencia, comprobada en la demostración de verse cada uno funcionar 
como agente que puede y hace, y como centro de criterio de verdad. Siendo 
tan una la fuente de sentirse poder creador y poder conocedor, se comprende 
de qué modo se traslada la evidencia en el arte, como fé, al campo de laclen* 
cia; y cómo siendo ambos manifestaciones de una misma cosa, se compe- 
netren, auxilien y realicen mutuamente. 



CONFERENCIAS DE LA INSTITUCIÓN. 



A fin de extender la acción de estas conferencias más allá del reducido 
público que pueder asistir á ellas, se pablican de.ide el presente curso en 
folletos sueltos, al ínfimo precio de 25 cuntimos ds peseta, cada uno, para 
los socios 7 50 para las demás personas. 

Se admiten suscriciones en la Institución, en. la librería de Suarez, Ja- 
cometrezo, 72, y en la imprenta de Alaría, Estrella, 13. El preciode cada 
conferencia por suscricion (satisfaciendo el importe de diez) es de 35 cén- 
timos. 

Se han publicado las siguientes: 

Las elecciones pontificias, por D. Eugenio Montero Eios. 
El faturo Cónclave, por el mismo. 
El agua y sos trasformaclones, por D. F. Quiroga. 
Turquía y el tratado de París, por D. Eafael M. de Labra. 
El poder y la libertad en el mundo antiguo, por D. Manuel Pedregal. 
El Jefe^del Estado en Francia, Inglaterra y los Estados-Unidos, por D. G. de Az- 
cárate. 

El conde de Aranda, por D. Segismundo Moret y Prendergaat. 

El Alcorán, por D. Eduardo Saavedra. 

Relaciones entre la ciencia y el arte, por D. Federico Rubio. 

EN PRENSA: 



El socialismo de cátedra, por D. Gabriel Rodríguez. 

La vida de los astros, por D. Augusto G. de Linares. 

Teorías modernas sobre las funciones cerebrales, por D. Luis Simarro. 



Precio dk entrada á las Conferencias: Para los socios ó per- 
sonas que utilicen su derecho^ 50 céntimos de peseta; para el público en 
general^ una peseta. 



INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA 

ESPARTEROS, O, PRINCIPAL. 



8." Conferencia .^ r 1-}^ 

(25 DE FEBRERO DR 1878) 

EL ALCORÁN 



POK EL 



EXGMO. SR. D. EDUARDO SAAVEDRA 



De las Reales Academias Espaóola y de la Historia 



Tomada do la RKVISTA DE h>)PAXA 



'»/VWVW»A/<i>A/V»/\A/W^^/X/%/»AAAA/\ 



MADRID: 1878 

STASl-ECIMIENTO TIPOGRÁFICO 
dp lo« scfiorcft J. C. Condo y Compañía 
Oaflos, I 






•; / "^ 



OCTAVA CONFERENCIA 



(25 DE FEBRBRO DE 1878) 



EL. ALCORÁN 



POR EL 



EXCMO- SEÑOR DON EDUARDO SAAVEDRA 



De las Reales Academias Espaóola y de la Historia 



Ctirt oí' 

Jamos Russoll Lc-woli, 

of Cambridge. 



SKÑORES: 



Hablando cierto día de ^fahometismo con un amigo mió, le pregun- 
té si qudria que le dijera mi opinión sobre el Alcorán. Sí, contestó, pero no 
aquí ; en la Institución libre. Vengo, pues, á cumplir el compromiso contraí- 
do con mi amigo, y si ha tenido la indiscreción de citaros para escuchar mi 
explicicion, á él, no á mí, debéis culpar por el mal rato que habrá de daros. 
La cuosLion, sin embargo, merecerla bien la molestia y la cita, si estuviera 
la conferencia encargada á persona más competente, pues el Alcorán simbo- 
liza y encierra en si la historia de doce siglos, historia de sangre, de lágri- 
mas y de ruinas, que empieza en la batalla de Bedr y acaba en los campos 
'le la Arni3nia y la Bulgaria, dejando en pió por largo tiempo todavía esa 
oamerosa cuestión de Oriente, en la cual viene á chocar la ambición europea 
con el fanatismo asiático. No creáis, por e^to, que vaya á tratar délas 
cuestiones políticas ó históricas á que dá lugar el estudio del mahometismo, 
ui á examinarlo como religión constituida, ni á discutir ó describir siquiera 
Iv persona de Mahoma, fundador de un culto que tiene asiento en las cinco 
partes del mundo; que harta dificultad encontraré en comprender en la ex- 
plicación de una hora lo más importante que couvanga decir acerca del Alco- 
rán considerado en sí mismo. El asunto es, además, de oportunidad ineon- 
tastabld. Ddsde que la cimitarra agarena ssgaba la flor de la juventud visi- 
goda en las márgenes del Guadalete, hasta que la media luna bizantina, 
ürasladada á los estandartes otomanos, llegaba á los muros de Viena amena- 
zando devorar la Europa, era el Alcorán temible enemigo que importaba más 
destruir que estudiar á fondo, y su imagen se presentaba á los escritores 
cristianos vestida de cuantos horrores y abominaciones podia concebir su 
mente; pero pasado el terror, consideradas con atención y empeño las diver- 
sas religiones del mundo, ya como objeto de invest'gacion crítica, ya como 
medio de ataque ó de descrédito para el cristianismo, se ha tratado el Alco- 
rán con mayor miramiento, de tal modo, que al combatir en 1743 á cierto 
apologista francés el P. Manuel de Santo Tomás, en su "Verdadero carácter 
da Mahoma, II cuida de expresar en la portada misma, que lo hace "sin ala- 
barle con exceso ni deprimirle con odio.» En nuestros dias, la deferencia se 
h% convertido en atenuación y ha llegado al panegírico. Los mismos musul- 
manes han venido á la liza, y han emprendido con la pluma la guerra 
santa que sus mayores haciau eon el alfange, no sólo replicando, como 



126 8.* CONFERENCIA. 

Bahmat AlUh, en árabe al libro compuesto por el Dr. Pf ender en la misma 
lengua contra el islamismo, sino publicando las obras escritas con tal objeto 
en inglés, por Alí Mulvi no hace mucho, y antes (1870) por el descendiente 
de Mahoma Ahmed Jan Bahadur, caballero de una orden de la Gran Breta- 
ña; síntoma más cierto que ningún otro de decadencia, porque las vestidurai^ 
europeas han de ser para el islamismo la envenenada túnica del centauro. Al 
mismo tiempo, Weil en Alemania (1843), Barthélemy Saint-Hilaire en Fran- 
eia (1865), Keymond en Suiza (1876) y Bosworth Smith en los Estados-Uni- 
dos (1876), han emprendido otra campnna de reacción á favor de las doctri- 
nas coránicas y de la misión civilizadora que han desempeñado ó les está 
aun reservada en el mundo, sus obras se leen y comaentan en círculos y re- 
vistas literarias con variado criterio, y el estado actual de la discusión en 
esta materia es causa de que crea, como acabo de deciros, de gran oportuni- 
dad una conferencia sobre el Alcorán. 

A su mejor conocimiento han contribuido las traducciones que de él se 
han hecho á nuestras lengua^», tanto sabias como vulgares, aunque muy po- 
cas lo han sido directas del original, por más que así lo pregonen sus fron- 
tispicios. Al labin lo vertió, aunque muy defectuosamente, en 1143 Pe- 
dro de Toledo, clérigo de Évora, por encargo de S. Pedro Cluniacense y 
con destino á San Bernardo, trabajo que cuatrocientos años más tarde dio á la 
prensa Bibliander en Basilea. El P. Luis Marracci publicó en Pádua en 1698, 
una esmerada edición del original árabe con traducción latina, notas, comen- 
tarios y refutaciones; en 1734 hizo Sale la traducción inglesa, llena de eru- 
ditas ilustraciones, consultada con preferencia por los sabios, y reimpresa 
muchas veces; y entre las posteriores merece mencionarse la francesa de Ka- 
simirski, que forma un volumen de la colección de Charpentier. Por otra 
parte Gagnier, Caussin de Perceval, Muir, Sprenger y otros muchos han es- 
clareeido la primitiva historia del islamismo, suministrando los datos de 
que sucesivamente necesitaba la controversia. 

El Alcorán, señores, ya lo sabéis, es un libro, y no muy grande, cuyo 
original está escrito en árabe. En esta lengua, alcor án quiere decir la lectura; 
y debo advertiros, antes de pasar adelante, que así y no coran estoy acos- 
tumbrado á llamarle, y creo que se debe nombrar; porque las voces arábigas 
se han incorporado por regla general al idioma castellano provistas del ar- 
tíxíulo determinado, como tomadas que han sido de viva voz por el uso, mien- 
tras que han venido sin él las que se han adoptado por la vía de la escritura 
y la intervención de los doctos. Así decimos cadi, visir á las mismas autori- 
dades tarcas, que de los árabss españoles hemos llamado alcalde y alguacil, 
y 63 propio, por tanto, que digi.mos alcorán en España y coran en el resto de 
Europa. Los musulmanes le decoran con otros nombres, como alforcan (la 
distinción) porque separa lo bueno de lo malo; almushn/ (el códice,) por que 
se formó de hojas sueltas; alquitah (el libro) por antonomasia, y azicre (isk 
advertencia) por que en él se contienen las reglas de conducta. Míranle con 
gran veneración y respeto, no tocan sus páginas sino en estado de pureza ca- 
nónica, leen diversos trozos en las oraciones públicas de las mezquitas, y le 
conceden virtudes mágicas para guardar de todo mal las cosas, las personas 



EL ALCORÁN. 127 

y aun las bestias, á euyo fin escriben ciertos versículos en las paredes de las 
salas y en los dinteles de las puertas con los elegantísimos caracteres que se 
ven en Córdoba y en Granada^ ó los ponen en cédulas que cuidadosamente 
guardadas en bolsitas de seda suspenden al cuello. Suelen hacerse las copias 
con gran ligo caligráfico, y aunque tanto en África como en Turquía no acep- 
tan sino ejemplares manuscritos, corren ya sin dificultad en la Tartaria, en 
la Persia y en la India las ediciones impresas. La más estimada en Europa es 
la que hizo en Leipzig el año 1834 Gustare Flügel, quien en 1842 facilitó la 
consulta del texto publicando las concordancias, ó sea índice general de to- 
das sus palabras. 

Tampoco tienen los muslimes gran inclinación á traducir el Alcorán á 
lenguas extranjeras, y aunque los moriscos españoles hicieron varias al cas- 
tellano y al latin, las que hoy circulan en persa, en indostaní y en malayo, 
son interlineales, como simple ayuda para mejor entender el texto, cuya pu- 
reza temen alterar. Para evitar este peligro tienen tomadas toda clase de 
precauciones, como contar las palabras (que son 77639) y las letras (que as- 
cienden á 323015), y además marcan los signosVocales y ortográficos, con los 
cuales no puede caber duda en la pronunciación ni en el valor gramatical de 
lo escrito. Para que se comprenda bien esto, conviene decir que la antigua 
escritura árabe era silábica, y figuraban sólo las consonantes, supliendo las 
vocales el uso y el conocimiento de la frase; pero después de la muerte de 
Mahoma, y á medida que sus compañeros iban desapareciendo, se temió por 
la exactitud de un texto cuyo original se reputaba en el cielo, y se inventa- 
ron los nuevos signos, que se llaman mociones. Ahora se colocan en aquellas 
palabras cuyo sonido ó pronunciación puedan ofrecer duda; pero en el Alco- 
rán no se omite una sola. 

Ciento catorce capítulos, llamados Suras (y en castellano antiguo azoras) y 
cuyos versículos se dicen aleyas, componen el Alcorán, siendo tales denomi- 
naciones exclusivamente aplicables á eslíe libro. La división es muy desigual, 
pues mientras la azora segunda ocupa 23 páginas de la edición de Flügel, 
hay varias que no llenan dos renglones completos. Su colocación no obedece 
á idea alguna de orden cronológico, sino que habiéndolas dictado ó recitado 
Mahoma cada una de por sí, sin reunirías en volumen, andaban en manos 
de sus discípulos sueltas, escritas en tablas, pergaminos ó huesos de camero, 
y cuando después de su muerte mandó Abubequer coleccionarlas en libro, 
las pusieron por orden de magnitud, empezando por las más largas. Cada ' 
una tiene un título tomado del objeto más notable nombrado en ella, como 
la vaca, las mujeres, el terremoto, la familia Imran, Jonás, etc., y todas, 
excepto la novena, empiezan con la invocación "en el nombre de Dios, pia- 
doso y misericordioso, n fórmula adoptada desde entonces para encabezar los 
escritos, sean libros, inscripciones funerarias ó conmemorativas, monedas ú 
otra cosa, como entre nosotros lá señal de la cruz. En veintinueve capítulos 
preceden al primer versículo dos, tres ó más letras sueltas, cuya significación 
ha ejercitado infructuosamente la sagacidad de los comentadores. Por ejem- 
plo, en el capítulo segundo y en otros cuatro se ven las tres letras A. L. M. 
Dicen unos que son las iniciales de Állah lati/machíd, Dios benigno, glorio- 



128 8.* CONFERENCIA. 

so; ó prefiriendo sentido más abstracto interpretan Ana lí m%nni\ Yo, á Mi, 
de Mi. Otros quieren que no sean iniciales todas, sino inicial, media y final, y 
entienden Antí Allah Mam . Yo soy el Dios omnisciente; ó suponen que sim- 
bolizan á Dios, principio, medio y fin de todas las cosas, pues que la A se 
pronuncia con el fondo de la boca, la L con el paladar y la M con los labios. 
Los aficionados á la cabala suman el valor aritmético de los caracteres, 
sacan 71, número de años que la nueva religión fardaría en establecerse 
planamente, y los más mísaeos se contentan con decir que son eatos grandes 
misterios de Dios que no es dado penetrar á la criatura. El docto Jacobo Go- 
lio, manos ofuscado que los orientales, no vó en ello mas que signos particu- 
lares de los amanuenses. 

El Alcorán está escrito en prosa rimada, con tal pureza de lenguaje, tal 
elegancia de estilo, y tan elocuente frase, que causó general admiración y en- 
tusiasmo en Arabia. Mahoma, negándose constantemente á hacer milagros, 
proponía como muy suficiente el de la redacción de obra tan admirable, y el 
insigne poeta Lebid rehusó hacer ni recitar más versos desde que hubo leido 
el principio del capítulo 83gundo. El tono general del libro es de un dictado 
que Dios hace á Mahoma por el intermedio del ángel Gabriel, empleando con 
frecuencia las palabras di, diles; otras veces se dirige á la multitud con las 
frases \Ah de las ffeniesl; \0h vosotros los creytTUes\\ y en algunas partes parees 
narración anónima ó fórmula de oración. El capítulo primero, que algunos 
consideran como un proemio que no forma parte del libro, es objato de las 
más exageradas alabanzas: se le llama ordinariamenteyU^iÁa, (prefacio,) reem- 
plaza al Padre nuestro cristiano, y dicen que en ól está contenida la sustancia 
y quinta esencia de todo el volumen. Su texto es: »• Loado sea Dios, Señor de 
"las criaturas, piadoso, misericordioso, soberano del dia del juicio; á tí ado- 
"ramos, á tí acudimos, dirígenos por la vía recta, la de los que poseen tu gra- 
"cia, no de los reprobos ni délos extraviados.fi El capítulo cxii, llamado 
de la unidad, lo estiman como equivalente á la tercera parte del Alcorán, lo 
grabaron en las monedas, y dice: nDí que Dios es único, que Dio3 es eterno: 
no engendra, no es engendrado, ni tiene semejante. n Ocros pasajes sueltos se 
recitan ó se inscriben con frecuencia; como el versículo del trono (u, 25-5) 
magnífico trozo da elocuencia oriental que dice: "¡Dios! no hay deidad sino 
"El, vivo, inmutable; no le cogen sopor ni sueño; suyo es cuanto hay en los 
"cielos y en la tierra; ¿quién intercederá con El sin su beneplácito] Conose 
"cuanto hay delante y de tras de todos, sin qu3 alcancen de su ciencia sino lo que 
"quiere; extiéndese su trono sobre los cielos y la tierra, sin que le moleste su 
"mantenimiento; y El es el alto, el grande.» El versículo de la victoria (xi.viii, 1) 
"Te hemos procurado victoria manifiesta" se aplica á empresas militares, al- 
ternando á veces con este otro: (ixr, 13) "El auxilio de Dios y la victoria in- 
mediata;" y en resguardo de males y contratiempos se recomiendan las dos 
últimas azoras, que empiezan por "Me acojo á Dios.» El capitulo lvt he- 
cho á imitación del Salmo cxxxv de David, repite treinta y una veces el es- 
tribillo. II ¿Y qué beneficio de vuastro Señor desconoceréis?" 

Ante la imposibilidad de formar juicio sobre la composición del Aleo - 
rán en su actual estado de eonfusiou, se ha intentado clasificar sus diferentes 



EL ▲LCORÁN. 129 

partos en orden cronol(^co, ya atendiendo á los datos que suministran Ion 
eomentadores árabes, ya á los sueesos históricos mencionados en el texto, ya 
vi género de ideas expresadas en diversos pasages. Weil intentó una re - 
construcción completa en su Vida de Mahoma, y posteriormente, Sprenger, 
Amari y Noldeke trataron el mismo asunto en las Memorias que el Instituto 
ele Francia premió en 1859. Aunque hay grandes discordancias en la aprecia- 
ción de estos doctos investigadores, siempre resulta que en el primer perio- 
do de su predicación, Mahoma manifiesta más vigor en la palabra y más fue- 
^o en la inteligencia que al final, cuando dueño del campo y señor reconoci- 
do de la Arabia, se de tenia en explicaciones iiistóricas y en preceptos 
canónicos ó morales, empleando estilo más sosegado en los largos capítulos, 
que iba diciendo por partes: primero hablaba como maestro, después como 
rey. Análoga variación se advierte en su política. Al principio se limitaba 
á pregonar su misión profótica y la grande .unidad de Dios, luego trató de 
atraerse con benignidad y adulación á los judios y cristianos contra los idó- 
latras; pero cuando hubo vencido y los hijos de Israel rechazaron toda sujes« 
tion, se declaró su enemigo implacable y los entregó á la saña y desprecio 
de sus sectarios, dando á su doctrina el giro exclusivista que ha quedado en 
«lia encarnado. Esto explícalas manifiestas contradicciones que se encuentran 
en el Alcorán, y que han obligado á sus intérpretes á adoptar la teoría 
de la derogaron y de la interpretación, á las cuales el mismo Mahoma abrió 
las t>uertas escribiendo (iii, 5) "El es quien te envió el libro, en el cual hay 
"pasages explícitos, que son su fundamento, y otros parabólicos." Olvidan- 
do esta circunstancia es como ciertos escritores europeos amontonan citas 
del Aloorán, que están muy distantes de retratar el carácter definitivo del li- 
bro y de la religión mahometana. 

Algunos trozos . declaran el atrevimiento con que Mahoma, dueño ya 
de la ciega fe de sus discípulos, hacia bajar órdenes del cielo cuan- 
do le acomodaba para sus particulares fines. Incomodándole la excesiva fa- 
miliaridad de los árabes, dice (xxxiii, 53): "i Oh vosotros los que creéis! 
itNo entréis en las casas del profeta sin ser esperados, sino cuando os convide 
iiá comer, y entonces no hagáis larga sobremesa, que eso le molesta y tiene 
»reparo &x decirlo; pero á Dios no le empacha la verdad, m Su más joven y 
querida esposa, Ayexa, dio mucho que murmurar con cierta aventurilla, y 
en seguida se publicó una fuerte amonestación contra los maldicientes, 
y calumniadores (xxiv, 10-18). Casi toda la azora xxxiii está dedicada á 
justificar los excesos y transgresiones á que le conducía su tardía pasión por 
las miyeres, autorizándole á título de profeta para tomar cuantas quisiere; 
derogando leyes consuedinarias, hasta entonces respetadas, para legiti- 
mar su matrimonio con la hermosa Zúnab, mujer que su hijo adoptivo y 
liberto Zeid se apresuró á repudiar en cuanto conoció que el enviado de 
Allah habia puesto en ella los ojos. La primera mitad de la azora lxvi Ue • 
gó muy al propósito de cortar domésticos disgustillos producidos por los 
celos que Hafsa y Ayexa tomaron de una bella esclava copta llamada Marta; 
y para la completa naturalidad del cuadro, no faltan algunas reprensiones 
de parte de Dios para las debilidades de juicio de Mahoma (iv, 105; ixxx 



130 8.* CONFERENCIA. 

1-11). En suma, el Alcorán es un conjunto heterogéneo de trozos diversos; 
es uli himno, un código, una narración, tratado teológico, libro de memo- 
rias, proclama política y boletín militar, sin que sea por completo ninguna 
de estas cosas. 

Dejemos ya el examen de las condiciones extemas y formales, asi del 
libro como de su contenido, y vengamos á ocupamos en la sustancia de su 
doctrina, objeto principal de esta conferencia. Pero para comprender debi- 
damente la generación de las ideas que Mahoma vertió en el Alcorán, es in- 
dispensable decir dos palabras acerca del estado político y religioso de la 
Arabia en el momento en que apareció el hombre que allí veneran como pro- 
feta. La extrema división de la raza árabe, que parece congénita en aquella 
gente en todos los tiempos de la historia, ha sido causa de que no figure como 
nación en los grandes sucesos de la humanidad, ni aún en los primeros tiem- 
pos del Califato, en que prestó más bien su nombre y su idioma á otras gen- 
tes para fundar el gran imperio musulmán. Pero no por eso se debe asegurar 
que los árabes permanecieron aislados en su península y sin contacto con el 
resto del mundo hasta el siglo vii, pues sus relaciones con los pueblos más 
importantes de Asia y África fueron siempre continuadas y de diverso gé- 
nero. El comercio, tenido allí como profesión nobilísima, y que fué ejer- 
cido por Mahoma, ponia á los árabes en contacto con la India y la China 
por un lado, y la Siria, el Egipto y toda la costa de África por el otro; y esta 
parte del mundo no conociendo sino los traficantes árabes que le traian los 
géneros, atribula proverbialmente á la Ar&bia el oro y los perfumes que del 
remoto Oriente procedían* Dos corrientes principales llevaban las mercade- 
rías desde las costas de la Arabia meridional: una á través de los desiertos cen- 
trales hasta la Mesopotamia y la Siria, y otra pasando el Mar Rojo, por los de- 
siertos líbicos hasta Cartago, cuyos fundadores eligirían tal vez su asiento 
por esta causa. A ese movimiento de expansión hacia el exterior, se anadió 
otro de fuera adentro ocasionado por la vecindad de naciones poderosas, 
como Abisinia, Persia y el romano imperio, quienes á su influencia moral 
anadian la supremacía de las armas, é imponian dominio material en las 
provincias más inmediatas á su territorio. Finalmente, el espíritu aventu- 
rero de los árabes del desierto, unido á la falta de medios para subsistir en 
su tierra nativa, les condujo á formar las colonias de Hira y de Gasan, al 
Sur de la Siria, cuya principal ocupación era alquilar sus servicos milita- 
res á los persas ó á los romanos para mantener la inextinguible guerra que en 
tre ellos ardia, causa del aniquilamiento de ambos Estados, fácilmente ven- 
cidos cuando aunadas contra ellos esas colonias, se aliaron con las huestes de 
la península bajo la bandera da una religión nacional. 

Lejos, pues, de hallarse los árabes apartados del movimiento intelectual 
del mundo antiguo, tenían que participar de él, aunque fuera de un modo 
indirecto, y forzosamente hablan de percibir el eco y sufrir la influencia de 
las diversísimas ideas religiosas de sus vecinos. La religión dominante en la 
Arabia era una idolatría materialista derivada del antiguo sabeismo. Rex»- 
nocia esta religión la unidad de Dios, la existencia de ángeles en los astros, 
la inmortalidad del alma y un infierno temporal para los pecadores; y su 



EL ALCORÁN. 131 

culto con8Ístia en ayunos, tres oraciones al dia, peregrinaciones y sacrificios, 
tenian, además, como sagrados los Salmos de David y el libro caldeo de Seth: 
Los árabes hablan hecho dioses de los asfcros, y siguiendo prehistóricas tradi- 
ciones, veneraban un recinto sagrado con árboles ó una piedra hincada en 
tierra. Celebraban con gran solemnidad, y como fiestas nacionales, anuales pe- 
regrinaciones al famoso edificio llamado la Caba, cuya forma recuerda los 
adoratorios del fuego de los persas, y en ella habian dado entrada, á modo 
de panteón, á cuantas imágenes de dioses diversos pudieron haber á mano. 
Los magos, ó discípulos de Zoroastro, les hablaban de espíritus celestes y 
genios inferiores, de los jardines deliciosos de la vida futura y del antagonis- 
mo perpetuo entre los dos opuestos principios de su mitología; aunque sus 
fábulas, hipérboles y doctrina, habian penetrado ya muy en lo hondo del 
udaismo, que establecido de antiguo en Yatrib (Medina) y en el Yemen; 
ostentaba cierta supremacía que amenazaba absorber el país entero. 

De los hebreos, sin duda, tomaron los árabes su descendencia de Abraham 
por Ismael con tal convicción y agrado, que es dif íeil no atribuirla á una 
verdadera tradición indígena, y unidos con ellos por lazos de interés y d« 
raza, se acostumbraron á mirar con respeto la ciencia histórica y teológica 
que tenían depositada en sus venerados libros, añadiendo á los del Antiguo 
Testamento esa inmensa é incoherente compilación de las ideas, noticias, doc- 
trinas y esperanzas de un pueblo, que se llamó el Talmud, fuente directa y 
principal del Alcorán. Finalmente, el cristianismo se hacia notar en Siria, 
en Egipto, en Etiopia y en la misma Arabia por la lamentable y confusa 
multiplicación de heregías, á la cual aludia San Agustín al decir: Feraat 
haereseon Arabia, Allí buscaron refugio los Nestorianos, que reconocían en 
Jesucristo dos personas y negaban culto á las imágenes, al paso que en Egip* 
toy Abisinia dominaban Eutiquianos que sólo admitían la naturaleza divina, 
saliendo de ellos los Triteistas, que descomponían la esencia divina en tres 
esencias diferentes; y en segundo término venian los Ebionitas negando la 
divinidad á Jesucristo, los Coliridios concediéndosela á su Santa Madre, y 
otras muchas sectas con encontradas doctrinas acerca de la justificación, de 
la gracia, de la predestinación y de la pasión de N. S. Como documentos 
corrían con gran favor los Evangelios apócrifos, tanto que de dos de ellos, 
el de San José y el de la Infancia, no han quedado más que versiones árabes. 

Tanta variedad de doctrinas, emanadas en su mayor parte de un mismo 
principio, y con pretensiones de absoluta infalibilidad , no pudo menos 
de causar honda impresión en el ingenio penetrante de Mahoma, cuya ima- 
ginación ardiente, unida á su falta de instrucción previa, le sugirió el extra- 
ño concepto del Alcorán, tentativa de fusión entre contrapuestas creencias, 
reduciéndolas á sus factores comunes, despojándolas de abstracciones y mis 
terios, y dejándoles lo que podia halagar la imaginación ó el amor propio de 
raza. La ocasión era favorable, pues los dioses de la idolatría te iban; los 
hombres más reflexivos de la época consideraban como insuficiente el anti- 
guo culto, ansiaban el conocimiento de la verdad, y nopudiendo encontrarla 
en el laberinto religioso que les rodeaba, miraban al cielo esperando la ve- 
nida de un mensajero, de un profeta ó de un Mesías, como habian tenido ó 



132 .8/ CONFERENCIA. 

esperaban tener sus eonveeinos los desterrados de Israel, sus hermanos en 
Abraham. Por entonces la nobilísima tribu de Coreix, dueña del sagrado 
territorio de la Meca, y del primer puesto entre las de la Arabia central, esta- 
ba gobernada por la familia de Mahoma-, quien pobre y huérfano en su niñez, 
habia alcanzado por fin una posición desahogada, tanto por el ejercicio del 
comercio, como por su matrimonio con su prima Jadicha. 

Libre de afanosos cuidados é inclinado á la soledad y la meditación, 
llegó el momento en que los materiales hacinados en su memoria, asi por 
sus viajes conocidos, como por el trato indudable, aunque menos aparente 
con doctores rabínicos, produjeron una explosión en su exaltado cerebro, y 
resolvió manifestarse como mensajero divino, como portador de las órdenes 
é instrucciones del Altísimo, trasmitidas por el arcángel Gabriel. Los maho- 
metanos le proclaman profeta inspirado, los cristianos y judíos le han seña- 
lado como vil impostor, hijo predilecto de Satanás, y entre los modernos, 
unos le tienen por alucinado, otros consideran su obra como una evolución 
natural del sentimiento religioso y la colocan al nivel y en parangón con el 
cristianismo. No seré yo quien afirme que cuanto hizo Mahoma fuera resul- 
tado de un plan tranquilamente concebido y que desde uu principio se pro- 
pusiera explotar la credulidad de sus coneiudadanos; la burla y el desprecio 
con que recibieron en la Meca sus doctrinas de religión universal, tan con- 
trarias á las preocupaciones locales de una tribu dominante; la persecución, 
sin la cual no hubiera acudido al campo de la f uer^, ni se hubiera conver- 
tido en caudillo; los mismos absurdos y contradicciones inútiles en que á 
veces caia, hacen presumir que pudo tomar como dictados del cielo los en- 
sueños y fantasmas de una cabeza enferma, trabajada por la soledad é infla- 
mada por un descarriado amor á la verdad que á su alrededor bullia. Mas 
lanzado en tan escabroso y aventurado camino, difícil es que no tomara tal 
cual licencia y añadiera conscientemente de su cosecha alguna cosilla á lo 
que inconscientemente daba como revelado. Sin embargo, las noticias biográ- 
ficas de Mahoma, recogidas de sus compañeros, demuestran que estaba sujeto á 
grandes desórdenes en lo físico, después de los cuales recitaba sus revelacio- 
nes,^ fenómeno que Sprenger califica de histerismo y Weil de epilepsia, con- 
formándose con el dicho del bizantino Teófanes. Si esto se acepta (y no 
parece destituido de fundamento) se pueden explicar las mayores aberracio- 
nes del espíritu sin rebajar un ápice á la buena fe con que se producen. De 
todas maneras, el Alcorán fué un resultado lógico de los errores de su tiem- 
po, y no una invención de puro capricho á modo de la Biblia mormónica de 
José Smith. 

La doctrina teológica del Alcorán reposa sobre la afirmación de la exis- 
tencia de Dios único. No hay divinidad sino Dios^ es el símbolo mahometano 
repetido treinta y siete veces en diversos pasajes del Alcorán: no hay divi- 
nidad sino Í>ios, único, sin compañero, decían las antiguas monedas árabes 
españolas: alabanzas á Dios único es el encabezamiento de las cartas dirigidas 
por musulmanes á cristianos. Mahoma pone todo su conato en rechazar el 
misterio de la Santísima Trinidad, del cual tenia conocimiento muy imper- 
fecto, pues entendía, como los Mariamitas, que la Virgen María era una de 



KL ALG0RÁI4. 133 

las personas con el Padre Eterno y Jesucristo, y no debió contribuir poco 
4 desorientarle y confundirle la noticia de las triples divinidades de la Fer- 
sia y de la India. Con todo, la doctrina mahometana es ejemplo elocuente 
de la impotencia del hombre cuando quiere volver atrás la vista y desandar 
el camino de los siglos. Todo el esfuerzo de Mahoma por combatir la Trini- 
dad y rechazar el Verbo, que en su mente grosera no podia ser ni llamarse 
hipos tasis ó persona sin concebirse como parte de la Esencia Divina, no bas- 
taron para impedir que admitiera en flagrante contradicción consigo mismo 
esa propia idea del Verbo; pues ¿qué otra cosa es ni puede ser el Alcorán 
increado y existente con Dios y en Dios sin ser parte de la Esencia de Diosl 
Porque la ortodoxia muslímica sostiene que el Alcorán existe de toda eterni- 
dad escrito en la tabla reservada (luj mahfut) al lado del trono de Allah, de 
donde bajó una copia al cielo primero ó más próximo al mundo, y allí leia 
Gabriel lo que tenia orden de comunicar al profeta. Mal se aviene esta tesis con 
las contradicciones que han obligado á reconocer versículos derogados, pero 
los doctores salen del paso diciendo que ciertos preceptos eran transitorios, y 
como Dios veia con su presciencia los acontecimientos que los harian necesa- 
rios durante la predicación, tenia consignados dichos preceptos y sus contra- 
rios, para que cada uno bajara en el punto y hora que respectivamente con- 
viniera. También la noción del Espíritu Santo se transpareuta á su pesar en 
la persona del arcángel Gabriel, ya al explicar el misterio de la Encamación 
á modo de simple milagro que incorpora á la Anunciación, ya al poner á 
dicho arcángel como vehículo de la ciencia de Dios. 

Dos clases de espíritus admite el Alcorán siguiendo los mitos pérsicos 
aceptados por los rabinos: de luz son los ángeles de varias categorías con que 
pueblan los cielos y los que por su soberbia cayeron al infierno, y de fuego son 
los genios que habitan la tierra y los aires; habiendo procedido de la llama 
los buenos y del humo los malos. Los ángeles son inmortales, no tienen nece- 
sidades físicas, y no propagan su especie: sucede á los genios todo lo contra- 
rio, alcánzales como á los hombres la misión de los profetas, y los hay mus- 
limes y paganos y aun servidores inmediatos de Satanás. Sobre su existencia 
reposa casi toda la mágica blanca y negra del Oriente, y con su auxilio se 
explican sin trabajo muchos fenómenos naturales. En cuanto al espíritu del 
hombre, al alma, el Alcorán enseña su existencia completamente distinta del 
cuerpo, la separación de ambos después de la muerte y su nueva unión por la 
vida perdurable el dia del juicio final, en que juntos irán al destino que 
hayan merecido; pero respecto del estado intermedio entre la muerte y el 
juicio, no es posible saber lo que Mahoma pensaba á punto fijo, ni aun con 
ayuda de las tradiciones. La opinión más corriente es que las almas de los 
profetas entran desde luego en el paraíso; que las de. los mártires se alojan 
para mejor esparar en los cuerpos de ciertos pájaros verdes que comen de las 
frutas de los jardines celestiales; que las de los reprobos y pecadores ingresan 
sin dilación en el infierno, y que las de los buenos y virtuosos musulmanes 
quedan en el estado llamado albarzaj^ que quiere decir intervalo, y nadie sabe 
lo que es. Imaginan unos que vagan alrededor del sepulcro, complaciéndose 
en las visitas de sus deudos; otros que se depositan e:i un limbo entre el cielo y 



134 8.* CONFERENCIA. 

la tierra; quién las supone en unos pájaros blancos bajo el trono del Altísimo; 
quién albergadas en el hueco de la trompeta de Israfíl, el arcángel del juicio. 

En ese dia tremendo, y mediante la intercesión del Profeta» todo musul- 
mán, es decir, todo hombre que una sola vez en la vida haya creido de cora- 
zón que, "na hay divinidad sino Dios y Mahoma es su enviado» será salvo é 
ingresará en el paraíso, con exclusión de todos los demás, cesando los tor- 
mentos de los condenados por sus transgresiones en vida terrena. Esta es la 
doctrina de la justificación por la fé sola en toda su pureza, asunto de tantas 
y tan prolongadas polémicas en las escuelas cristianas, y fundamento prin- 
cipal de la creencia protestante. No podian coincidir en este punto tan im- 
portante y trascendental Lutero y Mahoma, sin convenir en el'modo de enten- 
der la gracia interior y la predestinación. Bien claro se vé en el Alcorán 
cómo lucha Mahoma para establecer la responsabilidad humana contra la in- 
evitable invasión del fatalismo que se le venia encima; pero sus esfuerzos 
fueron inútiles, y unida á la lógica de la consecuencia la necesidad del mo- 
mento para lanzar á la pelea á sus secuaces sin temor á la muerte, quedó fir- 
memente establecido el principio fatalista de que todas las acciones y suce- 
sos están escritos en el libro de los decretos de Dios, y los pasages de las 
azoras iii, iv, vi y otras, no dejan duda, derogando aquellos otros en que 
para demostrar lo contrario, pretenden apoyarse Weil, Sprenger y Barthé- 
lemy Saint-Hilaire. 

¿Y cómo, siendo uno mismo el punto capital de doctrina, han seguido 
tan diverso rumbo las sociedades luteranas y mahometanas? ¿cómo el dog- 
ma de la predestinación no ha dado en el siglo X7i en Europa el mismo fru- 
to que en el vii en Asia? La explicación es muy sencilla. El protestantismo 
apareció en medio de una civilización adelantada y vigorosa, en posesión de 
un elevado sistema de filosofía, y cuanto en la nueva religión podia oponerse 
á la marcha irresistible del progreso moderno no pasó de las disputas esco- 
lásticas, no se infiltró en el espíritu público, y quedó invalidado, desviado 
ó amortecido por las sutilezas de la dialéctica. Así es como á pesar de Lu- 
tero, Inglaterra ha podido llegar al apogeo de la libertad y Alemania al del 
poderío, mientras por consecuencia del Islam, reina en Oriente el despo- 
tismo y ha quedado la civilización, donde no ha desaparecido, cristalizada en 
el punto en que la encontraron los califas. Corrobora esta aserción etro fe- 
nómeno que hoy sucede, y que por mí mismo he observado en ambas partes. 
Hay en Europa muchas personas, llámense ate s, deístas ó pensadores li- 
bres, que no profesan culto alguno, que no aceptan religión positiva, y hay 
en Oriente asimismo muchos bajaes y efendis que han roto con su profeta 
sin haber sustituido por otra creencia la antigua, como vieja é incómo- 
da vestidura desechada. Gran diferencia, sin embargo , se nota entre los 
incrédulos de acá y de allá, pues mientras en Europa siguen, por lo común, 
con tanta rdgularidad y honradez como los demás las relaciones de la vida 
pública y privada, en Oriente caen inmediatamente en el desenfreno de las 
pasiones y no reconocen valla á su conveniencia y á sus deseos. Consiste eso, 
también, en los antecedentes; pues los indiferentes de Europa proceden del 
cristianismo^ de cuya severa moral, grabada en nuestros corazones, no 



SL ALCORÁN. 135 

podemos ni queremos desprendernos, como parte integrante de nuestro 
sor; al paso que los de Oriente proceden del mahometismo, cuya moral tiene 
por principal resorte el ansia del premio y la amenaza del castigo. 

No quiero decir que el Alcorán haya sido incapaz de producir , por lo 
■ monos, una moralidad suficiente para el regular mantenimiento de las rela- 
ciones entre los hombres, y para gobernar, por consiguiente, sociedades or- 
ganizadas, y á veces hasta con cierto esplendor. La templanza, la paciencia, 
la limosna, la humildad están recomendadas, y se practican entre los mu- 
sulmanes, asi como la prohibición de juegos, adivinaciones y danos á las 
personas y propiedades. Respecto de tolerancia religiosa, de todo se encuen- 
tra en el Alcorán, pues Mahoma la preconizaba cuando le hacia falta atraerse 
á los judíos ó á los Mecanos; pero cuando era el más fuerte, no predicaba 
sino la destrucción y la guerra santa, que ha quedado como precepto de san. 
gre y una de las mayores manchas del islamismo. No sucede lo mismo, por 
más que se diga, con las relaciones sexuales. Cierto es que Mahoma autoriza 
la poligamia y el concubinato con las esclavas propias, habiendo poblado su 
fantástico paraíso de haurías (huríes) de ojos negros ó inimitable perfección 
para deleite de sus bienaventurados; pero, lejos de indicar con ello relajación 
dejBostumbres, ni de ofrecerlo como incentivo para adquirir prosélitos, no 
hizo sino contener, en límites relativamente estrechos, la incontinencia que 
reinaba entre los árabes, cuyo carácter incestuoso refiere ya Estrabon, dando 
á la condición de la m ijer una estabilidad y respeto de que antes carecía. 
Para convencerse de ello, basta echar una mirada á las cortea del Oriente, 
donde, á pesar de las facilidades que en nuestro común sentir proporciona la 
poligamia coránica para satisfacer los apetitos de la carne, la prostitución, 
el adulterio y otras más grandes abominaciones llegan á lo que nunca se vé 
en Europa. La descripción del paraíso, escrita en vida de Jadicha, cuando 
Mahoma era todavía un modelo de continencia y severidad, es un simple 
trasunto del de los persas y rabinos, y no puede servir de formal argu- 
mento. 

Lo más extravagante que el Alcorán contiene y atrajo desde luego el des- 
den de los judíos, es la parte hist'Srica. Adán, primer hombre, primer pro- 
efca y primer mulsuman, es hecho de purísima tierra blanca, y reverenciado 
por los ángeles de orden de Dios. Cree uno de ellos indigno de su calidad 
ese acto, y es precipitado por su soberbia y por toda la eternidad en el in- 
fierno. Abraham reciba orden de sacrificar á Ismael, su primogénito, y am- 
bos construyen la Caba. Todo el cap. xii está dedicado á contar la historia 
de José, llena de maravillas, y objeto de un interesante poema castellano 
escrito por los moriscos de la Edad Media. Moisés es el modelo que Mahoma 
se propone; á David le hace sobresaliente en el arte de forjar corazas, y á Sa- 
lomón dotado de especial poder sobre los genios para obrar prodigios. So- 
bre todos distingue á Jesús, engendrado en el seno de María Virgen por 
el milagroso soplo traído de parte de AUah por Gabriel, obrando porten- 
tos desde antes de nacer, en la cuna y en los infantiles juegos, y llevado en 
vida al cielo (de donde bajará para matar al Anticristo,) mientras crucifica 
ban los judíos á un criminal que se le parecía mucho. Otros profetas del An- 



136 8.* CONFRRENCIA. 

tiguo Testamento resultan con lo3 nombres cambiados, como Enoch que es 
E^ris, y Elias que se llama Aljedr; concediendo carácter casi prof ético á Loc- 
man, trasunto de Esopo, y á Alejandro Magno, conocido por Dulcamain. 
Todos estos y muchos más, predicaron la creencia en el verdadero Dios y 
anunciaron la venida de Mahoma, sello de los profetas, último y más perfec- 
to de todos los enviados, punto de convergencia de la creación entera. Todos 
dotaron á la humanidad de libros sagrados en numen extraordinario, pero 
al tiempo de la revelación del Alcorán, no quedaban sino la Atora (Penta- 
teuco,) el Azobur (Salmos) y el Inchil (Evangelio,) si bien tan alterados por 
la malicia de los malos judíos y no mejores cristianos, que sis textos no po- 
dían servir de argumento ni utilidad para nada. 

Fe ciega y sumisión absoluta, es lo que el Alcorán exige á sus afiliados, 
condiciones con las cuales se han podido operar grandes transformaciones so- 
ciales, y crear imperios donde habia sólo tribus errantes y reducidas oligar- 
quías. Tan esencial es esa condición, que los mahometanos interpretan que 
islam j mvslim significan "sumisioun y "sometido ó resignado,» porque á ello 
s3 presta la raíz de donde salen estas palabras; aun cuando en realidad se com- 
pusieran atendiendo á su otra equivalencia de "salvacionn y "salvados." 
N'adamás he de decir, ya que lo expuesto bastarla para dar idea de lo que-es 
en realidad el libro, si hubiese tenido más acierto para ponéroslo de mani- 
fiesto; pudiera añadir mucho y ocupar un curso entero de conferencias; pero 
seria entrando en pormenores que pertenecen más propiamente al culto y á 
la vida común, ó examinando las opiniones de los comentadores y la inteli- 
í^-encia que se dá hoy á los preceptos y palabras de Mahoma. ¿Y qué es, en 
suma, su obra? Bien estudiada no es otra cosa que una heregía cristiana, la 
i'ütima de las del ciclo antiguo y la más distante de su foco original, hasta 
el punto de parecer un sistema enteramente nuevo y levantado contra el que 
1 3 ha dado origen. Pero el examen que precede demuestra que el islamismo 
TÍO es más que un movimiento que arranca del cristianismo, procura despo- 
jarle de sus misterios, y tiende hacia el judaismo, de donde viene á impreg 
narle una fuerte corriente derivada del Talmud, origen principal de las mal 
digeridas ideas del exaltado coreixí, á quien sobraban capacidad y prendas 
le carácter, y faltaba la instrucción por completo. Hija de los más grandes 
lesvaríos de las dos religiones monoteístas, la tercera tenia que ser ruin en- 
gendro, por más que haya nacido con fuerza bastante para la lucha por la 
oxistvucia. Hoy, sin embargo , que en vez de opinar, como los volterianos, 
que todas las religiones son falsas, se pretende asentar que todas son verda- 
deras, cada una desde su punto dé vista especial, se dá al mahometismo 
eomo más apropiado para ciertas razas que el cristianismo, y se sostiene 
que es su precursor necesario en las apartadas regiones de África, donde 
los negros salvajes están realizando visibles progresos bajo la predicación 
y propaganda islamita, en los mismos sitios donde la semilla evangé- 
lica ha sido completamente infructífera. El hecho es cierto, y lo confirma 
m testigo de excepción como M. Blyden, misionero negro de Liberia; pero 
la causa no reside en la doctrina, sino en las personas encargadas de propa- 
garla. El misionero cristiano, americano ó europeo, hace cuanto se le pida en 



EL ALCORÁN. 137 

favor del negro, incluso el aacrifício de la vida, todo, menos inoorx)orar8e por 
lazos de la sangre en la nueva sociedad que funda, ni admitir en la suya á 
los nuevos conversos, sino en un pié de igualdad puramente nominal y teórica. 
El musulmán, al contrario, viene acostumbrado á no hacer distinción de co- 
lores, ni en la familia, ni en la sociedad, ni en la política, y un negro seria 
gran visir en Asia^ lo mismo que un blaneo tomarla por esposa ó por concu- 
cubina á una negra. Asi es que el musulmán propaga su creencia con facili- 
dad pasmosa, sin el menor auxilio de la fuerza, que tienen ya abandonada 
hace mucho tiempo en este concepto; y en el mió, cuando los cristianos ne- 
gros de América vengan á visitar el país de su cuna y se establezcan en me- 
dio de las tribus de sus progenitores, la ventaja de la Cruz será indudable. 
Y aun consideradas en lo humano, ¿puede establecerse comparación ni 
,*?radacion entre las dos religiones? No lo creo. Cierto es que el Alcorán ense- 
ña el conocimiento del Dios único, del Dios eterno, omnipotente, criador 
leí cielo y de la tierra: paro á esta figura, á esta concepción de Dios llena de 
grandeza y majestad, le falta el principal carácter del Dios del Evangelio, 
el de ser Dios Padre, el dispensador de los beneficios y de la gracia, no solo 
por misericordia, sino por amor á sus criaturas. El Inusulmau admira y teme 
:í Dios, y contempla con éxtasis lo infinito de su esencia, pero el cristiano 
^9 une á Él con el sentimiento del amor purísimo que transfigura el alma, y 
la eleva sobre los horizontes de lo material y terreno. Esta sola condición 
basta, á mi ver, para señalar la diferencia esencial entre el Alcorán y el 
Evangelio, y marcar la distinta manera de ser de la caridad, de la pacien- 
cia, de la humildad y de la mansedumbre que por una y otra parte se ensal- 
zan y recomiendan. Así es que en estas trascendentales cuestiones, en la in- 
t jligencia de estas virtudes, el Evangelio es el espíritu y el Alcorán la letra, 
y aun cuando el Alcorán es bastante para formar hombres justos, buenos 
ciudadanos y honrados padres de familia, solo el Evangelio puede llevar las 
almas hasta las regiones del cielo. He diche. 



BOLETÍN DE L\ INSTITUCIÓN UBRE DE ENSEÑANZA. 



^úe Boletiit contiene: 
1 .° Trabajos originales de loi Profeijres de la Institución sobre las di- 
versas ciencias, ora experimentales, ora tetSricas. 

2.° Crítica de los libros é investigaciones mis importantes que sobro 
asuntos científicos ven la luz dentro y fuera de España . 

3.° Extractos de las lecciones del mayor nám ro posible de cursos su- 
periores de la Institución, y especialmente de aquellos que no se explican 
en ningún otro centro oficial ni privado (Historia contemporánea, Geo- 
metría sintética ó superior. Código de Napoleón, Historia de los pueblos 
eslavos. Filología latina, Teorías lingüísticas actuales. Morfología natural. 
Introducción á la Matemática, Derecho internacional privado, Literatu- 
ra extranjera contemporánea, etc.), por lo cual ofrece mayor interés su 
propagación en España. Estos resúmenes, redactados ó revisados por los 
Profesores miamos, constituyen verdaderos compendios de estas impor- 
tantes enseñanzas, confiadas á los Sres. Valera, Azcárate, Pelayo Cuesta, 
Labra, Giménez (D.Eulogio), Sainz de Rueda, González de Linares, et- 
cétera; no existiendo libros de ninguna clase entre nosotros acerca délos 
más de aquellos estudios. 

4.° Catálogos délos gabinetes y biblioteca de la Institución, especial- 
mente on la parte que presentan mayor interés científico, tales como co- 
lecciones geológicas de comarcas españolas, preparaciones y fotografías 
microscópicas, etc. 

5,** Las noticias concernientes á las conferencias, movimientos de la 
Institución, anuncios y demás indicaciones que puedan interesar al pú- 
blico en general, ó á los socios. 



Pkeoiü de entrada á las Conferencias: Para los socios ó personas 
que utilicen su derecho, 50 céntimos de peseta; para el pviblico en gene- 
ral, una peseta. 



- — ■ - r 

INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA 

ESPARTEROS, O, PRINCIPAL- 



9.* Conferencia 



(2 DE MARZO DR 1878) 



EL CONDE DE ARANDA 



PüK KL 



EXCMü. SR. D. SEGISMUNDO MORET Y PRENDERGAST 



Tonuda de I* RKVISTA DE ESPAÑA 



>aaa.naAA\>aa«vaAAAa.>AiA/vAAAAA 



MADRID: 1878 

:STAaL_ECIMIENTO TIPOGRÁFICO 
<lc io« softore» J. C. Conde y Cnmpiiftú 
Canos, 1 



c_._ 



NOVENA CONFERENCIA 



(2 DE MARZO DE 1878) 



EL CONDE DE ARANDA 



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EXCMO. 8R. D. SEGISMUNDO MORET T PRENDERGAST 






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Ivi/vw^í" rvwc«^ 



Señores: 



Cuando, en el curso anterior, tuve ocasión de exponeros mis ideas 
acerca del estudio de la historia moderna, procuré llamar ^vuestra atri- 
ción hacia el especial interés que el estudio de nuestra historia con- 
temporánea ofrece á la generación presente. 

Decia que, para los españoles, la historia contemparánea es un mis- 
terio^ y que, si realmente una cosa no existe para nosotros mientras no 
se conoce, bien pudiera decirse que los españoles de nuestros días no te- 
nemos historia, un francés, un inglés^ un italiano, un alemán que haya 
recibido alguna educación literaria, puede damos cuenta de la mar- 
cha general de su país durante el presente siglo: un español, aun ilus- 
trado, difícilmente puede hacerlo, y si lo hace^ es seguro que más que 
la importancia y la trascen&encia de los sucesos, conoce de ellos el pun- 
to de vista que la'pasion política, la crítica de partido y los intereses las- 
timados ó victoriosos le han hecho formar. Pero ese resumen que se lla- 
ma juicio de una época; ese sentido general y común asentimiento que 
unas generaciones se trasmiten á otras, y que forman lo que se llama 
sentido nacional y juicio histórico ; esa apreciación que ya no se dis- 
cute y que se acepta como base de común sentir, y desde la cual se 
parte para juzgar los hechos nuevos y para la preparación del porvenir; 
esa base sobre la cual se edifican los partidos y se fundan los hombres d6 
gobierno^ esa es absolutamente desconocida en nuestro país. 

Por eso el estudio de los años, de los hombres y de las generaciones 
que han preparado la época moderna en nuestra patria,, es de tan^especial 
interés, que yo no le conozco mayor en el orden de los estudios históri- 
cos; y como está tan desatendido y olvidado> por eso mismo requiere 
más especial atención. Los brillantes sucesos y el -.interés dramático del 
siglo XVI; las grandes catástrofes del xvii; han atraido á los cultiradorea 



J 



Ié2 9.* OONrERBNOIA. 

de la ciencia histórica: e] siglo xviii, oscuro, misterioso, sin triunfos y 
sin derrotas; sin artes y sin intrigas; o&ece á la primera impresión el as~ 
pecto del desierto y la tristeza del vacío. 

Y, sin embargo, no es asi. En ese siglo se plantean los gérmenes y se 
prepara el desarrollo todo del siglo xix: pobre de apariencia como el in- 
vierno, es como él depositario de las promesas del estío; durante su 
trascurso, se verifica el gran fenómeno de la trasformacion radical de un 
pueblo, cuyas ideas babian muerto, con la dinastía austríaca; y cuyo rena- 
cimiento se iba á enjendrar con las ideas más opuestas á su antigua ma- 
nera de ser. 

Por eso^ por ingrata que parezca esa tarea, yo me siento atraido hacia 
ella, y para cumplirla solicito vuestra atención al empezarla hoy por una 
de las figuras más caracteríbticas de su tiempo y una de las poctis que de- 
jaron de relieve su personalidad, en medio de la vaguedad y vulgaridad de 
su época. 

Hallar un carácter y encontrar una personalidad que no se desmien- 
te, ni vacila, ni se arrepiente, ni muda; y hallarla en una de las épocas 
de más confusión, de más contradicciones, de mayor perturbación en los 
espíritus; es, señores, asunto digno de la atención del historiador, sobre . 
todo si en ese hombre se personifican y encarnan las a^iraciones que 
fueron luego conquistas de las generaciones posteriores. Esta figura, por 
la cual comienzo el estudio de esta época, que espero continuar más ade- 
lante, es la del Conde de Aranda. 

Antes de hablaros de él, preciso es trazar, aunque ligeramente, el 
cuadro de la España de los tiempos en que debia figurar. 

Corria el año 1769, cuando la imprevista muerte de Femando VI 
llamó al trono de España á su hermano Carlos, á la sazón Eey de Ña- 
póles. 

Era el nuevo monarca desconocido y casi extranjero para los españo- 
les, de quienes se Labia apartado á la edad de trece años, para emplear su 
juventud en el Gobierno, primero de la Toscana y después de Ñapóles y 
Sicilia. Alejado de España, y sin que en esta ocurrieran sucesos que pro- 
vocasen alianzas ó pactos entre las des Coronas, la atención pública, de suyo 
inerte y poco escitada por los escasos medios de publicidad que entonces 
habia, siguió con escaso interés la conducta del Soberano de Ñapóles, y 
durante treinta años no supo de él otra cosa que aquellas vagas noticias 
que lejanos rumores le traian. 

Generalmente se le juzgaba seme'ante á su hermano Femando, y 
dotado de las mismas cualidades y defectos que ya eran característicos en 
los Borbones de España. A su advenimiento al trono, reinaba completa 
tranquilidad y una cierta apariencia de bienestar aumentaba el pú- 
blico reposo, al cual daba tinte de progreso el débil, pero ya perceptible 
renacimiento, de las letras y las artes. Ninguna grave Cuestión de gobier- 
no ó de política exte rior parecia turbar esa calma : las Cortes, ni aun en 
la inemoria del pueblo vivian; la vida municipal no tenia existencia pro- 
pia, y en cuanto á las clases populares hubiera sido difícil decir siquiera 
de qué elementos ec ccmpcnian. La antigua turbulenta nobleza habiáse 
ya tomado cortesana y, verdadero signo déla postración de un pueblo. Icé 
aventureros extranjeros, iban reemplazando á los antiguos nobfes de Cas- 
tilla y Aragón. Bajo esta apariencia de calma Labia, sin embargo, un gém 
men de lucha, un elemento de discordia que debia á la primera ocasio- 



£L €ONX>B DE ABANDA. 143 

agitar profundamente la política y la sociedad española: este germen ve- 
nia del excesivo poder del clero, que habia desequilibrado todos los ele- 
mentos de nuestro país. El era el verdadero dueño de España: dueño de su 
propiedad territoníd por la amortización; del espíritu^ popular por el fa- 
natismo; jdel pensamiento por la Inquisición; de los reyes por el confeso- 
nario y del pueblo por la ignorancia. (1) Un poder tan excesivo era en sí 
mismo una causa de ruina, y la conciencia de su propio exceso le hacia 
mirar con recelo á cuanto pudiera hacerle sombra; y como, en el estado 
de la sociedad española, solo el poder real podia levantarse contra él, la 
persona del Eey habla sido siempre objeto especial de su atención. Tran- 
quilo durante ía vida de Felipe V, porque un jesuíta dirigía la concien- 
cia de Isal)el de Famesio, su seguridad filé completa cuando Fernando VI 
confió la suya al P. Rabago, también de la Compañía de Jesús. A la ver- 
dad, no era extraño que tratase de buscar estas garantías, porque, ya en 
esta época, el llamado filosofismo, levantaba por todas partes la cabeza 
y en los tronos, ó al menas en sus gradas, comenzaban á sentarle los secta- 
rios de las ideas modernas. Prueba de su influencia era la doctrina rega- 
lista, fórmula primero del espíritu liberal en las cuestiones políticas, sos- 
tenida en Eipaña por el ilustre Macanas, cuyas ideas, aunque vivamente 
parseguidas, empezaban á encontrar ilustres mantenedores. (2) Más grave 
am3naza aun debió paroc3r al clero la expulsión de los jesuítas de Portu- 
gal, acaecida el mismo año en que Carlos III inauguraba su reinado y las 
acusaciones contra la Orden, ya iniciadas en Francia, y que hablan de ter- 
minar por la expulsión da la Compañía en 1764. 

Con estos antecedentes, que pudieran llamarse signos del tiempo, uni- 
dos á cierto espíritu de protesta que contra la Inquisición y los jesuítas, 
dejaba entrever el clero secular, y con el instintivo de3a303Íego que la 
aproximación de las crisis produce en los que están por ellas amenazados, 
se comprende que el advenimiento de Carlos III produjese cierta zozobra 
é inquietud en los dominadores de España. Aumentaba entrambas lo 
que de Carlos sabían, y, sobre todo, lo que de él ignoraban, porque no 
teniendo confesor jesuíta, no hablan podido ni formar juicio del hombre, 
ni asegurarse de sus intentos. 

Por esto el partido ultramontano, que entonces se llamaba pelagíano, 
necesitaba reconocer el terreno y, si era posible, apoderarse cuanto antes 
del ánimo del monarca. Y la ocasión no tardó en presentarse: sabido es 
que los jesuítas y la Inquisición formaban un solo cuerpo por la doctrma 
y las tendencias, obedeciendo la segunda directamente al Nuncio, del 
cual dísponian los jesuítas omnipotentes por entonces en Roma, siendo 
además el confesor del rey el órgano de comunicación entre el Santo Ofi- 
cio y el trono. 

Así las cosas, sucedió que los jesuítas hicieron condenar en Roma el 
Catecismo de Mesenghi, y que apenas condenado, Carlos III se encontró 
sorprendido ^on la publicación de un edicto de la Inquisición española 
reproduciendo la prohibición del libro. El Rey, que había hecho educar 
por él á sus hijos, sintió todo el peio de la ofensa, y volviendo por la dig- 



(1) El mojor cuadro del estado social do Bípatta, se halla en el Tratado sobre I v 
R9¿alia de am')rtiz ación del Conde de Gampomanes. 
(2) Bip33Íalaiíato Roda, OampomanesyFloridablanoa. 



144 9/ OON»BXNOIA« 

nidad real^ desterró en el acto al Inquisidor general arzabiq») de Fanm- 
lia^ obligó al Ncmcio á darle plena satis&ccion y traduciendo en actos 
de mayor trascendencia su enojo, dio la pragmática célebre sobre el esce- 
guahír, (1) que fué^seguida por otra real cédula, prohibiendo al Inquiñ- 
dor general publicase edicto alguno emanado Koma sin que se le 
remitiera por el Sobeituio^ ni censurase libro sin examinarlo previamen- 
te, y oír á sus autores ó defensores haciendo en todo caso la prohibición 
en su nombre y nunca en el de Boma. 

La energía del monarca, inesperada en unBorbon déla rama española, 
sorprendió á la Inquisición; pero comprendieron los que la dirigían que 
eonvenia callar, y disumularon, para triunfar por otros medios. Al efecto 
cambiando de lenguaje, el Inquisidor general pidió perdón, qi;ie fádlmen- 
te obtuvo, y la Inquisición y el Nuncio hicieron alarde de desenojar al 
rey; pero en cambio de esta aparente satisfacción, se propusieron obte- 
ner y consiguieron otra más efectiva para ellos, cual fué la de hacer pu- 
blicar una nueva pragmática, que vio la luz al mo y medio, y en que se 
dejaba sin efecto b del exequátur : triunfo señaladísimo que obtuvieron 
por la influencia del confesor del Bey el P. Eleta, regular güito de mucha 
virtud pero de mayor ignorancia y fanatismo. 

Esta primera tentativa redundó asi en pro de los ultramontanos y en 
menosprecio del poder real: los que le sostenían se sintieron desamina^ 
dos, y el ministro que representaba á los regalistas, D. Bicardo Wall, sin 
cuyo conocimiento se había preparado la nueva pragmática, obtuvo del 
Bey permiso para retirarse del ministerio. 

El ézito^ sin embargo, no dejó tranquilo el ánimo de los interesados 
en mantener la ascendencia del poder eclesiástico, y un incidente im- 
prudentemente provocado, vino á despertar sus mal dormidos recelos: 
los dos jesuítas, confesores de los príncipes, retiraron de sus aposentos Ibs 
obras del obispo Palafox, cuya canonización solicitaba Carlos III y á la 
cual se oponía la Compañía, por haber sido el prelado grande enemigo suyo. 
Apenas lo supo el Bey, despidió á los dos confesores y confió la concien*- 
cia de sus hijos al P. Eleta. Y coincidiendo con este suceso, ya harto sig- 
nificativo, nombró fiscal del Consejo de Estado al ilustre Campomanes, 
verdadero continuador del espíritu de Macanaz. 

Hombres menos inteligentes que los que dirigían la política ultra- 
montana hubieran comprendido el valor de estos actos: elfos no se equi- 
vocaron en apreciarlos. Vieron que la lucha empezaba y se decidieron á 
la batalla. Ya sabian, por la experiencia de otros países^ el peligro que 
habia en dejar crecer á sus enemigos, y como tenían pocos todavía en 
España y era inmenso el número de los que les servian ciegamente en 
puestos y destinos públicos y en toda la gerarquía social, determinaron 
dar al poder real una batalla decisiva, que les entregase el Bey á su dis- 
creción ó quizá que variase la persona que ocupaba el trono. 

Por eso, al poco tiempo^ empezó en España un estado de cosas, una 
situación especial, que pocos podían explicarse, y comenzáronla esparcirse 
calumnias sobre la conducta del Bey; en vano era esta intachable, un 
rumor inisteríoso se iba estendiendo en todas las clases y tomando las 
proporciones de axioma; el pueblo, que durante todo el siglo habia esta- 



(1) £■ de 18 de Enero de 1762. 



EL CONDE DB ARANDA, 145 

do gobemado por extranjeros, empezó á murmurar de E^quilache y á 
mirar con enojo cuantas reformas iniciaba * los mejores actos de Go- 
bierno daban motiYO á las más amargas censuras, y, en especial, las re- 
formas para asear un poco la sucia é inculta capital de España, fueron 
origen de toda clase ae sátiras. Otras veces se propalaban noticias de 
grandes desastre^ en América, ó de amenazadoras complicaciones en 
Europa;y se insistía, sobre todo, en decir que la religión estaba amena- 
zada y que la impiedad reinaba en las regiones del poder. Y mientras 
que todo se esparcía y se propalaba y la atmósfera se iba saturando 
de amenazas y de alarmas; aesde el pulpito, única tribuna que por en- 
tonces tenia la palabra en España, salian voces proféticas que fijaban la 
opinión pública en los gobernantes y tendían á nacerles responsables del 
malestar general. 

lios ánimos llegaron así á estar en suspenso, el espíritu público exci- 
tado; y aun cuando nadie sabia la causa ni se explicaba la razón, se pre<- 
sentía alffun grave suceso; y, unas veces, en las provincias seanunciaba 
que en Madrid había estallado una sedición, y, otras, en Madrid se noti- 
ciaba el suceso como ocurrido en las provincias. 

No necesito, señores, detenerme en trazar el cuadro que la monar- 
quía ofreció ^n principios de 1766. Por desgracia, lo que entonces ocur 
ría es familiar á los que vivimos en estos tiempos: nosotros^ todos, co- 
nocemos, harto bien, lo que significan esos alardes de sentimientos na- 
cionales, que sólo se despiertan cuando, so pretexto de españolismo, se 
quieren atacar las ideas li oerales que se suponen representadas por algún 
extranjero; nosotros conocemos, por triste experiencia, de dónde parten 
y á qué fin se encaminan esas sombrías pinturas de los males presentes 
esos augurios de futuras desgracias, y, sobre todo, esos alardes de inde- 
pendencia y de libertad, que, á veces, ofrecen los defensores de todos los 
despotismos; nosotros conocemos bien lo que se busca cuando se habla 
de la religión perseguida y de la impiedad triunfante; y, sobre todo, nos- 
otros hemos aprendido oómo se forman y se preparan esas atmósferas 
caliginosas, de las cuales, en un momento inesperado, y en una ocasión 
súbita, surgen el crimen y el asesinato, cuya huella nadie puede después 
trazar y cuyo origen queda siempre ignorado. Y sabiendo todo esto, no 
necesito esforzarme en haceros comprender el estado y la situación de 
España y de Madrid en Febrero de 1766, y la importancia de lo que se 
tramaba y se buscaba. 

Así las cosas, vino á ayudar á los conspiradores una carestía en las 
subsistencias, cuyo precio se venia aumentando desde el último verano; 
un invierno muy riguroso y, sobre todo, esa indiferencia de la masa de 
la nación, signo característico también de nuestros tiempos, que per- 
mite á los aventureros apoderarse de la opinión, y de los resortes del 
poder, mientras el pueblo asiste, como espectador á función que le 
divierte sin afectarfe, prestándose, sin darse cuenta de ello, á ser cóm- 
plice de los mismos que preparan su ruina. 

Con estas circunstancias, inquietos los ánimos, señaladas de ante- 
mano las víctimas, preparado y concertado el modo de sorprender al 
Gobierno, vino á encontrarse el motivo que se esperaba en un bando 
del ministro Esquilache que, en mal hora, llevó su deseo de reformas hasta 
modificar el traje de los habitantes de Madrid, mandándoles recortar sus 
capas } recojer las alas de los sombreros chambei^os. Desobedeció la ge- 



146 9.* OONTXRKMCIA. 

neralidad, se quiso luoer cunmlir el bando por Is fíiem, j de este cho- 
que brotó 1* chispa, que fué «k^fues inoenoio. 

Habúfle dado el bando en 11 de Marao 7 habíase querido hacer ejecu- 
tar en los dias siguientes: bisóse así, cuando el 23, que era Domingo de 
Bamos, se vio á unas cuantas personas presentarse embocadas 7 con las 
alAs del sombrero caidas, proYocando^ con su ademan, á emplear contra 
ellos lafnersa. De un puestode la plaza de AntonMartin, se destacaron dos 
soldados para prender á un prorocador mis obstinado; pero arrojándose, 
sobre ellos primero 7 despuessobre todo el reten, gente ¿efecto prepara- 
da los desarmaron sin resistencia. Acudieron a%unoB grupos, juntaron- 
seles después otros, siguieron las muchedumbres 7 á las pocas horas, 
diez ó doce mil personas gritando: ¡Muera Esquilachel ¡Viva el £07!, se 
derramaban por las calles de Madrid, rompiendo los &roles 7 entrete- 
niéndose en saquear é incendi&r los muebm de Esquilache, á quien no 
pudieron haber; en apedrear la casa de Grimaldi, otro ministro extran- 
jero, 7 en quemar en la Plaza Ma7or el retrato del impopular italiano. 

La noche trajo tranquilidad á las calles 7 susto 7 recelo al Palacio 
Beal, donde nadie podía explicarse lo ocurrido, ni había en los ánimos 
serenidad bastante, para juzgar un sucedo tan inesperado 7 tan grave: 
ni ¿litaban tampoco dentro del real alcázar losque procuraban compli- 
car la situación, como que hacian la causa de los amotinados 7 obraban 
en inteligencia con sus iniciadores. (1) 

£1 nuevo día fué el del triunfo dd motin. Las turbas, impulsadas á un 
objeto que no comprendían, se dirigieron, al fin, al ndacio real; forzaron 
la entrada de la plaza de la Armeria, 7 propusieron al Re7, sirviéndoles de 
embajador un fraile, una capitulación numiUante hasta el extremo. Fir- 
móla el Be7 7 salió después al balcón, á fin de que le vi^ra una diputa- 
ciim del pueUo que se habia adelantado hasta Palacio, para dar testi- 
monio de su humillación; 7 como si esto no bastara, las turbas, mancha- 
chadas aún con la sangre de algunos guardias walonas, iuvadieron el re- 
cinto de la plaza de Armas, 7 obligaron de nuevo al Re7 á salir al balcón, 
7 á oir, una á una, las dáusulas dd convenio, que un calesero leia ^1 alta 
voz, 7 á cada una de las cuales asentía, especialmente el monarca, después 
que el fraile embajador las escribia, á vista del público, para ma7or segu- 
ridad de los amotinados, que querían dar pública muestra de lo poco que 
se fiaban en la palabra real. 

Y cuando esto estuvo hecho 7 la majestad real escamedda hasta el 
último estremo; entonces, para completar el animado cuadro de aquel dia 
7 darle sin duda su verdadero carácter, la muchedumbre se oiganizó en 
inmens a procesión, so pretesto de Rosario, 7 Uevandolas palmas, bendeci- 
das la víspera, 7 cantando en desafinado pero siniestro coro, que la som- 
bra de la ncx^he hacia más amenazador, desfiló durante horas enteras por 
delante del Palacio real, acabando de pisotear en su desfile los últimos 
girones de la dignidad real. 



(1) Son ooaoeídMlos diseiinoB de los geaenües marques de Sama y «mde de 
Bavillegigedo, en la junta que él Bejr oonvoeó» y seria difioA hallar mq|or apología 
delaaedieioa que el diagiso del eifnude. (M.S.delaAoedendade laHfatoiia.) 



BL OOMDK DX ABANBA. 147 

Para salvarla de mayores atentados, que ya se podían prever (1), el 
Key; con el sigilo y la reserva q[ueeran la ¿lica garantía del éxito, decidió 
la salida de la corte para Aranjuez; y, antes de que nadie pudiera aperci- 
birse, ni comunicarlo á los sediciosos, la fiímüia real y los que con ella 
estaban, deslizándose por los subterráneos del Palacio Eeal, escaparon ha- 
cia Aranjuez por los jardines del Campo del Moro. 

Cuando, ú siguiente dia, se apercibió Madrid del suceso, el motin se 
hizo más terrible: se desarmó á la guarnición y se propuso ir á Aranjuez; 
pero lo imprevisto del caso habia desconcertado el plan, y los directores 
del motin no encontraron otro medio de cubrir su retirada que enviar á 
la cóite un emisario, para obtenerla ratificación de las promesas hechas; 
ratificación que el Rey otorgó de buen grado, á condición de que él mo- 
tin se aquietase. 

• Y como, sin duda, los que lo fraguaron se proponían otra cosa que no 
podian lograr, ausente di Bey, la se£cion se calmó como por encanto; y 
cuando más causa y más elementos tenia para continuar, los sublevados 
entregaron las armas, cesó el vocerío, se apagó la ira y todo el pueblo vol- 
vió tranquilo á sus hogares. 

Refugiada la corte en Aranjuez; el poder en manos de una fuerza 
oculta, que se hacia sentir, sin dejarse adivinar (2); humillado el Rey; 
vacilante el ejército (3) ; la sedición, estallando en Cuenca, en Zaragoza y 
h^taen las Provincias Vascongadas; estremecidas Andalucía y Cataluña; 
Madrid en poder de los amotinados; desarmados y arrojados los guardias 
walonas; la guarnición sin jefes; la autoridad desconocida; los personajes 
más importantes acusados de connivencia con el motin (4); los ministros 



(1) £n todos los papeles de la ¿poca le habla de haberse preparado fA. asesiaato 
del Rey. 

(2) £a hoy un hecho probado para el historiador, qu? el motín de Esquilaohe y los 
demis trastornos de aquello^ días fueron preparados, organizados y pagados por 
agentes que disponian de grandes medios de acción, de influencia y sobre todo de 
dinero. Cualquiera que sea la explicación de los móviles que guiaron á su» autores, 
seria imposible negar lo que de oomun aouf'rdó afirman todos los testigos de loe suoe 
sos. El mejor resumen de esos testimonios es, sin duda, el capítulo 2.**, del libro 2.^ 
del reina io de Garlos UI, por D. Antonio Ferrer del Rio; y pero los principales detalles 
y sobre todo, las impresiones más exactas se encuentran en las relaeíoDes mannscri* 
tas del mismo, suceso que se conservan en la Academia de la Historia; y si aún fuera 
necesario eorroborarlos con autoridades incontestablM, bastaria citar ladeCampoma 
nes, quien, al alegar come fiscal en el expediente reservado, de que hablaremos dea 
pues, calificaba el movimiento de espantoso: "por el extraordinario secreto, concierto 
y modo guardado dentro del desorden mismo^ oon admiración de los que en ello 
paran la oonsideracion.n 

(3) Los Guardias espatiolas durante el motín abandonaron á los soldados walones, 
que se refugiaron entre sus filas. £1 general marqués de Sarria y el conde de Bevilla* 
gigedo, consultados por el Bey, se opusieron á la reiMresion del motín, dando la ra- 
zón á los sublevados y desautorizando á los generales que querían batir al pueblo. 
Así resulta del M. S. titulado DUcu/r^o de lo acaecido en Madrid deéde el Domingo 
de Ramoe, (Archivo de la Academia de la Historia.) 

(4) Ensenada fué destemido á oonaecuenoia de los sucesos; el obispo Bojas, presi- 



148 9/ OONFKUCMOU. 

y los consejeros lUscordes j atardidos* nadie sabia qué medidas aconseja^ 
para hacer ñrente á dificultades tan graves^ que parecían próximas á para- 
lizar los resoltes de la autoridad. £1 Bey^ ser^o de ánimo^ en medio del 
genera] desconcierto, reunÍ4S entonces un Consejo de Estado y de aquellos 
atribulados cortesanos, salió un solo aviso: el de confiar el poder al conde 
de Aranda, entonces capitán general de Valencia (1). 

Tuyo el Bey por oportuno el consejo y llamó al conde de Aranda que, 
sin perder un momento, entralMi en Madrid el 9 de Abrü y tomaba en el 
acto posesión de la preddencia del Consejo y de la capitanía general, 
puestos que á la vez se le confiaban. 

El hombre llamado, en circunstancias propias solo de los grandes 
caracteres , merecia la confianza que inspiraba. 

D. Pedro Pablo Abarca de Bolea, era á la sazón de cuarenta y cuatro 
años (2); décimo conde de Aranda y grande de España; reunia hasta vein- 
titrés títulos del Beino; su fortuna excedía de dos millones de renta, y 
nombres ilustres en la guerra y en las letras esmaltaban su progenie; 
mediano de cuerpo; de acciones poco regulares; ágil en estremo; dotado 
de gran valor personal, y de una fuerza de voluntad poco común; de sin- 
gular penetración y viveza; impetuoso en la expresión; temerario en las 
empresas; dotado de especial capacidad para juzgar álos hombres, y para 
apreciar las circuntancias; sereno de ánimo; inquieto de espíritu; explén- 
dido en sus gastos; desprendido en el empleo de su fortuna (3); ansioso de 
gloria; era hombre destinado á desempeñar importantísimo papel en los 
sucesos en que tomara parte. 

Su educación y su historia, haciéndole superior á sus contemporáneos, 
habian preparado el contraste que debió presentar durante su vida entera, 
con la sociedad que le rodeaba. Enviado á los ocho años á Bolonia, apren- 



dente del Consejo, se prestó á ser negociador, en nombre de los amotinados; machas 
personas principales faeron encausadas; y hasta de la misma Beina Madre se dijo 
que simpatizaba ot n ellos. Los datos más importantes sobre este punto se encuen- 
tranen el M. 8. citado en la nota anterior. 

(1) Feman-Nufiez, H . M . S. de Garlos HI. página 247 . 

(2) fiabia nacido el 1.^ de Agosto de 1719, en el castillo de Siétamo, cerca de 
Huesca. 

(3)- Fué notable siempre la magnificencia de su trato y de su desinterés abundan 
muchos testimonies. Pidiendo una indemnización para trasladar sus muebles desde 
Valencia á Madrid, cuando fué nombrado Presidente del Consejo, escribia á D. Miguel 
de Muzquiz, ministro de Hacienda: "Y en caso de que se crea mi razón destituida de 
'«justicia, sin la cusí no intento cansar la liberslidaddel Bey, pido á S. M. la facultad 
**de vender uno de mis lugares, que será el tercero que desmembraré desde que tengo 
"la honra de servir, para sacrificar lo que poseo en honra del (Real setricio y dejar á 
"mis sucesores una memoria de cómo deben pensar hereditariamente, n Carta citada 
por Ferrer del Bio.— Eeinado de Cárioe IH. Libro H, cap. 3.<*, pag. 86. 

Al final de su vida ja» «n la Memoria dirigida á Carlos IV, duiante su proceso, 
pudo escribir con justicia; "Entre todos los vasallos, no se hallará ninguno otro menos 
"graTOBO é inoportuno que yo á la real munificencia; no obstante haber tenido ocasio- 
"nes para haber adelantado mi fortuna, siempre he preferido el desfalco y la enageia^ 
"cion de mis bienes, á la solicitad de suplementos y gratíficaeionesit— -Muriel. Historia 
M. S. del reinadode Cáxlos IV. Libio H, pág. 300 y siguientes. 



£L GONDK nt ARAN DA. 149 

dio en Btt célebre Seminario^ al par que los estudios clásicos y la historia, 
la ciencia militar y aquellas artes sociales que distinguen á un hombre 
entre s«8 iguales, al propio tiempo que ofi:ecen á la actividad varonil los 
medios de revelarse; su espíritu, abriéndose á la vida en la atmósfera de 
Italia, se formó en el arte j se cultivó en el buen gusto, por lo cual, en 
los grandes cargos que ocupó, supo poner al servicio de su misión política 
las magnificencias de la fortuna y la elegancia del gran señor. 

Habiendo entrado, joven aun, enelservicio militar;á los veintitrés años 
la muerte de su padre le dio el mando del raimiento inmemorial de Cas- 
tilla, en los momentos en que el marqués de Montemar abría, al frente de 
un ejército español, la campaña de 1742 en Italia. Pronto encontró en ella 
la ocasión, que nunca tarda en la guerra al que sinceramente la busca, y 
en la batalla de Campo*Santo, fué uno de los que, á costa de su sangre, 
dedicieron la jomada, después de una lucha heroica; menos heroica, sin 
embargo, que su conducta en Pavía (1) y más tarde en Plasencia, donde 
quedó tendido sobre el campo de batalla, después de combatir todo el dia 
en la vanguardia. Vuelto difícilmente á la vida y á la salud, la conclu> 
sion de la guerra, en vez de atraerle al descanso, tan noblemente merecido, 
ó al halago de la vanidad cortesana, que por tantos conceptos le solicitaba, 
le permitió recorrer las capitales entonces más célebres y hacer en ellas el 
conocimiento de los hombres más ilustresi del siglo xviii, cimentando la 
amistad que después mantuvo con Voltáire, con Diderot y D'Alembert. 

No contento con esto y atraído por el renombre del G-ran Federico, 
marchó á su corte y aUl estudió, de cerca, su táctica militar y sus procedi- 
mientos de gobierno. 

Embajador después en Lisboa, más tarde en Polonia, donde dejó un 
recuerdo aun no extinguido, era ya, en 1761, uno de los hombres más co- 
nocedores de la política europea y quizá el español más conocido en las 
cortes extranjeras. Llamado en esa época á mandar el ejército que hacia 
la guerra de Portugal, terminada ésta á los pocos meses, sin ofrecerle 
oportunidad de distinguirse, tuvo ocasión de acreditar su entereza y su ca- 
rácter presidiendo el Consejo militar que juzgó á los generales que capi- 
tularon en la Habana. Encargado después de la Capitanía general de 
Valencia, adonde le habían alejado las celos de Esquilache, (üó en poco 
tiempo á aquel vireynato la seguridad que desconocía, extinguió los mal- 
hechores, regularizó sus abastos, mejoró el aspecto de las poblaciones, 
organizó el sistema de riegos de Valencia y Murcia y mostró condiciones 
nada comunes de hombre de gobierno . 

No habla de desmentirlas al presentarse en más alta esfera. Apenas 
tomada posesión de su destino, se hizo dueño de los secretos del mo- 



(1) "En 1745« 7 siendo ya brigadier, al frente de 21 oompaüfas de infantería sor- 
aprendió en Pavia» á la nna de la noche» i an cuerpo enemigo de doble fuerza y abrió 
"aai elpaso para la entrada en Milán.. ...por cayo hecho le qaiso el Key oonceder la 
"llave de gentil-hombre» favor raro en aquel tiempo y que Aranda recordaba con er • 
"gallo. H—Muriel. Historia M. S. de Garlos IV, cap. %'', pag. 351. 

Su hoja de servicios, citada por D. Jacobo de la Pezoela, compendia asi el juicio 
que Aranda merecía en aquel tiempo: "Valor grande» capacidad mucha y conducta 
buena.»— Ebvistadb EsfaíTa.. Tomo XXV, pág. 32. 



150 . 9/ CONfJERXNClA. 

tin; (1) Y pocos dias le bastaron para sobreponerse á los agitadores. AI 
efecto se presentó en público solo y en todas partes^ y cuando todos te 
mian, él apareció sereno; el pueblo estaba quejoso, y él hizo alarde de 
escuchar constantemente sus quejas. (2) 

Llamó á uno de los jefes de los insurrectos y le dijo: uCuento con vos 
para restablecer la tranquilidad.»* Temió sin duda las consecuencias el 
agitador, porque, esÜEima, que reuniendo á los suyos y exigiéndoles rasgar 
el estandarte de la insurrección, puso término á su arenga con estas pa- 
labras:» El Rey lo quiere, el conde de Aranda lo desea y yo lo mando.*» 
Pocos dias después, se escaparon los presos de la cárcel. Apenas llegó la 
noticia al conde, dirigióse á la prisión, y, como supiera que algunos de los 

Srófugos habian buscado asilo en sagrado, envió en su busca á la guardia, 
iciendo, al quedarse sólo á la puerta y dirigiéndose á las turbas que le 
rodeaban: uPara custodiar la cárcel me basta el pueblo. »» Y esta frase fué 
en efecto suficiente para electrizar á la multitud. 

No era, sin embargo, la popularidad la única base de su poder: el pue- 
blo sabia muy bien que la autoridad en sus manos no sufriría menoscabo; 
y que el menor síntoma de rebeldía hubiera tenido inmediato y terrible 
castigo. Como capitán general de Madrid, investido de facultaaes supre- 
mas, habia reunido una guarnición militar suficiente para toda eventua- 
lidad y los soldados, que servían á sus órdenes, no hubieran vacilado, co- 
mo lo hicieron dias antes los Guardias españolas, ni faltado á sus deberes, 
como el regimiento de Córdoba en Sevilla. Así lo abonaba su historia y 
así lo probó la ejecución de Salazar^ que expió en un patíbulo sus ame- 
nazas contra la vida del rey, al mes de haberlas pronunciado; y la rapi- 
dez y energía con que fueron cogidos y castigados el arcediano Gándara, 
el Padre Isidro López, el marqués de Yaldeflores, y todos los que habian 
tomado una parte manifiesta en el motin. Y era que el conde sabía her- 
manar las dos cualidades más preciosas en el arte de gobernar: la habi- 
lidad, que atrae la confianza, y la energía, que inspirando respeto, con- 
tiene á cada uno dentro de sus. límites. nEl conde de Aranda es gran 



(1) En las veinte y cuatro primeras horas dirigió al Bey el parte de lo ooorrido en 
él motín, que es una de las más exactas relaofoaes. 

(2) iiEl conde de Aranda daba audiencia siempre que entraba 6 salía de su casa 
ii<^ iba ó vdnia á comer, que quiere decir en lo diario seis veces al día y algunos mis. 
iiOIa en estas audiencias á toda clase de personas aun las más pobres sin int'ermm* 
iipir á nadie, ni meaos maltratarle, de modo que todos acudían á él con confíaosa y 
ficomo á padre, y le he oido decir, admirando su ^MoieinciM qae era de lo» mejo' 
t\res ratos que tenia en el dia por la confianza eon que veia le Kabkíban, y que de ella 
nsacaba mucha instrucción y conocimiento del mundo y del luffar,** Feman-Nuftes, 
carta a sus hijos, pig. 37. M. S. en la Biblioteca del Real Palacio. 

En el mismo sentido y con mayor entusiasmo se expresa un escritor del tiempo, 
nada hostil al motin. nBl pueblo halla abiertas las puertas de la audiencia, lo mismo 
iiá las doce de la noche que á las cinco de lamaftana, lo mismo al más infdis mendi* 
ligo que al mas elevado personaje. Supremo juez que es para todos; perseguidor i»aia lo 
límalo; protector para lo bueno; piedra angular en quien descansa todo el arco de la 
iijnsttcia este es el conde de Aranda." etc. Causa del motin de Madrid M. S. Aca- 
demia de la historia, pág. 82. 



I 



£L OOND£ DS ARANDA. 151 

cabeza* hace justicia sin aceptación de personas/i escribía uno de los de- 
fensores del motin. (1) 

Después de haber limpiado la corte de vagos, mendigos, gente de 
mal vivir y eclesiásticos sin cargo ni ocupación, organizó la población; 
la dividió en cuarteles y barrios, y confió su gobierno á un alcalde elegido 
pK>r los vecinos, con obligación de empadronarlos, de formar su estadís- 
tica y de conservar el orden. Inspirado quizá por los procedimientos de 
los sediciosos, organizó una policía militar, que, al par que le informaba 
del rumor público, difundía entre la multitud las ideas que al conde le 
parecían necesarias, y así sin necesidad de alardes de ñierza, garantizaba 
á la autoridad contra sorpresas y humillaciones, como las que acababa de 
sufrir. 

Pero no bastaba esto á su espíritu levantado. El conde de Aranda era 
de aquellos hombres que sirven para encauzar los movimientos populares, 
y que atentos á lo aue hay en ellos de vital y de justificado, los llevan á 
su realización por los caminos de la autorioad misma que los enfrena; 
hombres sin los cuales las revoluciones degeneran en sangrientas anar- 
quías, y^ el ejercicio de la autoridad en tiranía. 

El vio que, apearte de las acusacionc') contra Esquilache, pretesto y no 
motivo del motin de Madrid, la sedición, que conmovió k Península, 
alegaba también el malestar del pueblo, y sobre todo la carestía de 
los primeros artículos, (2) que por un error, harto común, se atribuía á las 
disposiciones equivocadas de los gobernantes. Aranda no podia evitar que 
las subsistencias escasearan, ni entraba en sus ideas hacer creer al pueblo 
que la baratura se la debian al Rey ó á él: pensaba, por el contrario, que 
el solo medio de prevenir aquellos mides es hacer comprender al pueblo 
el mecanismo de los abastos y de los precios, y darle la dirección y la 
responsabilidad de sus mercados. Al electo, con motivo de derogar las 
absurdas rebajas de precio exijidas por el motin, el Consejo preparó ei 
auto acordado de 5 de Mayo de 1766 y la instrucción de 26 de Junio, 
por las cuales se llamó á lagobernacion del país al elemento popular, ale- 
jado de la vida pública desde la derrota de los comuneros en Yillalar, 
para todo lo que no fuesen vejaciones y sufrimientos. 

Tan notable reforma daba á todos los contribuyentes seculares el 
derecho de nombrar anualmente un número de comisarios, proporcional 
al de vecinos, los cuales eleglrian después los Diputados, y el Fersonero 
del conmn que hablan de formar parte del ayuntamiento y poder convocar 
juntas cuando lo creyesen conveniente y sin cuya asistencia era nulo cuan- 
to se deliberase sobre abastos públicos: así triunfaba el deseo popular. 



(1) Bl premostakiense padre Bosm citado por Ferrer del Rio. Lib. 2. cap. 3. 
tiLa firmesa, la dalzura y la mafia, qae empleó el Conde para calmar los espiritas 

iiy atraer los áaimos le hizo amar y respetar igualmente de todos." Fernán Nafiez, 
H. H. de Carlos III, pág. 247. 

iiLa demencia qae hace sabios y avisados á los buenos, hace más atrevidos á los 
ftmaloe* Porio cual iisando de alguna severidad^ lo remedió todo." Becattini, Vida 
de Carlos UL Tomo II. p¿g. 65. Traducción espafiola, Barcelona 1792. 

(2) El pan de dos libras estaba en Madrid á 12 cuartos; el aceite y jabón á 1 8, 
> el tocino á 20: ácen secuencia del motin, y en virtud de la palabra arrancada al 
Bey, ae bajaron todos los artícidos cuatro cuartos. 



1^2 9.* GONFXRENCIA. 

obteaiendo algo más de lo qae él había pedido^ mientras qne todas las 
clases ganaban en que se mejorase el régimen municipal. 

No fué por eso extraño que el pueblo mirase en Aranda al represen- 
tante verdadero de sus intereses, y que los testigos de su gobierno ie 
ensidcen con entusiasmo. 

Sdlo asi pudo acometer la difícil empresa de reconciliar al Bey con la 
población de Madrid, sin que la reconcuiaeioTí tuviera aire do imposición 
ó de rebajamiento, y sin que el Rey parieciese &ltar á la palabra dada, 
por mis que bubiera sido arrancada por el motín. Al efecto sugirió á las 
corporaciones que representaban las diferentes clases, á los gremios, á la 
nobleza, al ayuntamiento y al cabildo de curas, el dirigirse al Rey, 
pidiéndole, á un tiempo, la revocación de las medidas que la sedición le 
arrancó, con mengua de su autoridad, y su vuelta á la c<^te, en signo de 
reconciliadon con su pueblo. Comprendió el Rey el valor de tales súplicas, 
y aun cuando no faltaron aduladores cortesanos que no encontraban bas- 
tante reverentes las exposiciones, prefirió á tan estrecho criterio el eleva- 
do espíritu de Aranda, y envió las peticiones al Consejo, para que sobre 
ellas diese dictamen; y sólo cuando éste opinóque el Rey podia, sin faltar 
á su palabra, atender las súplicas de aquellas corporaciones, el Rey con- 
formándose con el dictamen, revocó aquellas concesiones, harto inútiles 
para el pueblo, hechas en los infaustos días de Marzo á ccráta de su pres- 
tigio. 

Pero esto no bastaba; era necesario que la autoridad reivindicase 
ostensiblemente sus fueros y que los efectos del motín desaparecieran en 
la misma forma en que habían sido públicos. Por eso los guardias walo- 
nas, desarmados y expulsados tres meses antes, entraron de nuevo en 
Madrid, circularon solos y sin armas por calles y plazas, alternando con 
el pueblo á quien Aranda había enseñado que "la tropa extranjera se 
bautiza cuanao vierte su sangre por el país á quien sirve." (1) 

Para completar su obra, citó después á los representantes de los cin- 
cuenta y tres gremios menores* los persuadió á ejecutar espontáneamente^ 
y á convencer á sus representados de la conveniencia de recojer las 
alas de los sombreros y recortar las luengas capas, dando asi cumpli- 
miento al bando famoso, origen de tanto desafuero; y de tal suerte supo 
ejercer «u influencia, y con tal ^rsuasion les habló, que cuando el 1/ de 
Diciembre entró el Rey en Madrid, á los ocho meses de haber huido ante 
la turba amotinada, d pueblo le recibió alborozado en medio de entu- 
siasta ovación, y haciendo alarde de vestir solamente la capa corta y de 
llevar apuntados los sombreros. AsL acabó con el año 1766 el femoso mo- 

(1) La importancia de este acto era tanto mayor cnanto que la espnlaioa de loa 
Guardias Walonas habla sido qniaá el triunfo más sefislado del motín. Un paequm 
decía. 

Sí volvieran los Walones 
no reinaran los Borbones. 
Y el cantar se repetía con frecuencia (Coxe.— Cap. 6á— Edición de MelUdo.) 
La conducta seguida por los Guardias Espafioles y las vacilaciones de algunos 
generales hacían indispensable esa rehabilitación de los Guardias, si la autoridad 
militar y la disciplina habían de restablecerse. Todo el sistema del conde de Aranda 
hubiera venide á tierra, si la fuerza militar no hubiera respondido á sus deberes. 



KL CON0S IHB ABANDA. 153 

tin de Esquiladle^ que amenasó un momento conmover los fundamentoB 
de la monarquía) á cuyo fin quizá le encaminaron sus autoreü^ y que 
gracias á la intervención del conde de Aranda, terminó dejando raú alta 
la autoridad y más libre al pueblo^ sin que para cons^nir tan noble resul- 
tado hubiera sido preciso escribir una ae esas pá^nasque, si logran aca- 
llar por el terror^ son al fin la ruina de los poderes que tienen h desgra- 
cia de sostenerse por esos medios. (1) 

Pero si el motin habia terminado, ciertamente sus causas estaban aun 
en ^ié^ y el orden y buen gobierno que habia hecho renacer la calma, no 
XHxlia quedar consolidado si aquellas causas no -eran desarraigadas. Bien 
se dejaba comprender cuál era acerca de ellas la opinión del gobierno, al 
leer la serie do disposiciones que bajo la inspiración del conde de Aranda 
se dictaron, y que iban todas encaminadas á hacer ostensiva la jurisdic- 
ción real á los eclesiásticos y á someterlos á las autoridades civiles, cuan 
do se mezclaban en lo que á su ministerio era ajeno. (2) 

Los escesos de ciertos religiosos y sus ataques al Rey, hadan indispen- 
sables estas medidas pero harto, claro seveia que solo eran preludio de 
otras más graves. Habia llamado especialmente la atención del conde de 
Aranda y del Consejo el empeño con que se habia procurado rebajar la au- 
toridad real y la persona de Garlos UI: aun después de sosegado el motín 
de Madrid, se sucedieron^ por muchos días, los pasquines, sátiras y libelos 
contra la persona del monarca, cuyo descrédito se buscaba en todo el reino; 
y no es necesario detenerse mucho en esta circunstancia para comprender 
que semejantes sentimi^atos no nacían del pueblo, que antes bien los re- 
cibía con estrañeza estando «más dispuesto á sufrir el despotismo que la 
anarquía, tt como escribía Campomanes. Por otra parte, aquella rebaja en 
los precios, que tanta sangre habia costado, y que pudo creerse ocasión 
y causa inmediata del motin, habia desapareddo sin protestas, viendo los 
pueblos indiferentes elevarse el coste de las subsistencias al nivel que te- 
nían cuando se lanzaron á la violencia por conseguir su rebaja. 

Todo esto exigía una seria investigación, y á fin de prepararla se dio 
al conde de Aranda comisión de averiguar el origen del desorden para evitar- 
lo en lo venidero, autorizándole para valerse de un consejero do Castilla y 
de uno de los fiscales. Eu el acto designó Aranda á Nava y al ya ilustre 
Campomanes, y fiado el asunto á tan hábiles manos, se empezó á instruir 
ol expediente en una Sala especial ó Consejo extraordinario, que se reunía 
en la misma casa del Presidente. Algo dio que pensar este acuerdo á los 
que tenian por qué preocuparse de una investigación ímparcial y severa; 
pero el conde de Aranda, t'como buen político y conocedor del corazón 
»> humano, para distraer la gente y tenerla divertida, propuso y consiguió 



(1) Aun cuando no ha faltado quien atribuya al ooada de Aranda erueldades y ar • 
bitrariedades en la reprensión del motín, Ferrer del Rio ha probado él ningún fnn« 
damento de semojantet acusaciones. —Véase él capitulo III del tomo H. Historia de 
Carlos m. 

(2) Sa declaró, entre otras cosas que el tomar parte en un ttfmulto, causaba desa- 
fuero; que no hubiera imprentas en lugares^inmunes, ni en clausura, y que los indi- 
viduos, tanto del clero secular como regular, puliesen ser citados ante los tribunales, 
medida que el Papa consintió iH>r el anhelo de que k respetara la autoridad del 90' 
berano. 



154 9/ CONFERENCIA. 

•tdel BeVy el poner bailes públicos de máscaras en Madrid durante el Car- 
naval de 1767, de modo que se establecieron primero en el coliseo del 
(«Principe y luego en el de los Caños del Peral. A más de ocupar de este 
»modo al público, daba al Rey el.conde una prueba de la tranquilidad de 
((Madrid y de la seguridad con que disponía de él. Mientras los distraia, 
(>el mismo conde, que á veces estaba en el teatro dos horas, después de 
((haber salido de las máscaras, se ocupaba en el gravísimo asunto (1) que 
((se preparaba en silencio. f* Ai fin, el 1.^ de Abril de 1767, Madrid vio 
con sorpresa, vacias las casas de los jesuíta» y ocupados sus papeles, y supo 
que los padres de la Compáñia marchaban desterrados fuera del reino. £1 
ultramontanísmo habia arrojado el guante al poder real, el rey había 
aceptado la lucha, y .la Orden de Jesús debia sentir las consecuencias. 

No es mi objeto juzgar én esta noche la expulsión de los j&suitas: este 
suceso ocupará su lugar propio al estudiar el carácter del Rey Carlos III 
porque ni elconde de Aranda, ni ningún de los muchos personajes que acon- 
sejaron y prepararon la expulsión, asume ante la historia la responsabi- 
lidad de la medida, como el Rey mismo, que hizo de la supresión de la 
Orden el objeto dominante de su política durante muchos años. Pero 
cúmpleme hacer una observación sobre la índole de este hecho, y esta 
es, que si la Orden de Jesús fué realmente responsable de los sucesos que 
le atribuyeron tantos hombres ilustres, su expulsión era, no ya una nece- 
sidad, sino un deber de los que representaban la autoridad nacional por- 
que la responsabilidad más grande que contraen ante la historia los^eposi- 
tarios del poder social, es la de dejarle perecer en sus manos comprome- 
tiendo así la vida nacional y el progreso de los pueblos que les están con- 
fiados. La Orden de Jesús ha negado su participación en las perturbacio- 
nes de aquellos tiempos; pero su negativa no lleva la convicción al 
ánimo de nadie: atentos á contestar, más que á justificarse de los cargos 
que se les hacen, piden las pruebas de la acusación, y esas pruebas, cuir 
dadosamente recogidas en la época que historiamos, han desaparecido 
en su mayor parte. Seguramente esa destrucción no ha sido hecha en 
interés de los que la condenaron en 1767, y más bien interesa á los que 
al reclamar esas pruebas saben cuan difícU han hecho para el historiador 
el examen de la cuestión, y cuáii fi&cil es por ese sistema sembrar la duda 
en los ánimos. Preciso es, pues, juzgar esta cuestión como se juz- 
ga en un jurado; y faltos de pruebas materiales, fundar la opinión en la 
apreciación moral de los hombres y de los sucesos. Y siempre que á este 
juicio se apele, la Compañía de Jesús necesitará encontrar algo que opo- 
ner en la oalanza de la crítica al testimonio irrecusable del Rey Car- 
los III; de ese Rey modelo de virtudes privadas, de sinceridad nunca des- 
mentida, de rectitud indisputable, el cual, al escribir en 1767 al 
Papa dándole cuenta de la expulsión de los jesuítas, le decía haberla he- 
cho ((para atender á la tranquilidad del Estado, al decoro de su corona y 
i(á la paz interior de sus vasallos y á la cual se habia determinado des- 
iipues de un examen detenido y de profundas reflexiones;!! palabras que 
encierran la más grave de las acusaciones, sobre todo cuando se piensa 
que fueron escritas por un hombre de quien el escéptico Bourgomg ha 



(1) Feman-Nufies, pág. 250 y 251 . 



KL CONOK D£ ARANDA. 155 

dicho haciéndose eco de la opinioa universal, »que si un rey nunca mien- 
te..,. Carlos III merecia esto elogio más que otro alguno, n (1) 

Y cuando la autoridad ganada con una vida tan honrada se acrisola 
con la tranquila y serena muerte, ante la cual Carlos III, lejos de vaci- 
lar ó de sentir flaqueza, afirmó con admirable entereza la tranquilidad de 
su conciencia 7 la seguridad de los actos de su vida toda, entonces el testi- 
monio de tal hombre se toma para el historiador en irrecusable prueba. 

Si la expulsión pudiera atriouirse exclusivamente á los ministros de 
aquella época; si nudiera hacerse de ella responsables únicamente á 
Choiseul, á Pombal, á Aranda, ó á Tanucci como han pretendido los de- 
fensores de la Orden (2); la opinión tendría derecho á vacilar y á atribuir 
á motivos de momento ó á móviles poco imparciales los decretos de su 
expulsión; pero citada ante el tribunal de la historia y puesta frente á 
frente de Carlos III, toda vacilación seria mal fundada. 

Por lo que al conde de Aranda se refiere, su misión en este suceso fué 
la de llevar á cabo y tomar sobre sí la responsabilidad de la expulsión. No 
abrigaba prevencioaes contra los jesuítas; había sido educado por ellos^ y 
su imuire les era muy afecta. (3) No fué de opinión de que se los espulsase 
de España (4) y más tarde, una vez disuelta la Orden, opinó por que se les 
permitiese volver á su país (5). Pero los encontró en su camino, como 
obstáculo á la autoridad, los vio erigidos en campeones de lo que él con- 
sideraba la degradación del poder, y los atacó con la energía y el vigor 
que formaban el fondo de su carácter. 

Resuelta la expulsión, y confiada su ejecución á Aranda, su con- 
ducta en aquella ocasión será siempre memorable. Como el secreto era la 
primera condición de éxito, nada omitió para guardarle : las pragmáti- 
cas fueron escritas directamente por el Rey, y á fin de que no se sospecha- 



(1) Bourgoing.— Cuadro déla Espafia moderna, t. 2, cap. 10, pág. 281. 
"Siempre fué observador sagrado desa palabra hasta ser esorupuloso, fi¡o «n la 

máxima de qoe si la buena fe estuvier» desterrada del mundo, se debía hallar en 
los pilados de los soberanos. II B^cattinL-^Vida de Garlos III, trad. eepaftola, t. 2; 
pág. 335. 

(2) Véase el libro Jetuitei, redenfeemente publicado por Paul Feval. 

(3) Muriel. Historia M S. de Garlos IV, tomo 2, pág. 364. 

(4) Fernán- Nuftez. Compendio, pág. 254. 

(5) Carta de Aranda á Floridablanca de 10 de Mayo d« 1735, citada por Ferrer 
del Aio, libro 6, cap. 1 ^ pág. 39. 

Una de las mayeroe inexactitñdes que los defensores de la Orden de Jesús suelen 
cometer, es la de atribuir exclusivamente al oonde de Aranda su expulsión. Un tes- 
tigo presencial de los sucesos, y testigo de mayor excepción, el oonde de Fernán- 
i^uftez, que se confiesa afiliado á la Orden (páp* 261.) no sólo no culpa ni acusa jamás 
á Aranda, sino que dice entre otra^ oosas las siguientes: «La Orden, aunque hacia 
"mucho bien, tenia muchos enemigos, y entre ellos, el duque de Alba, que hacia aftos 
Illa tenia declarada la guerra, y sobre todo, el ministro de Qraoia y Justicia D. Ma 
**nuel de Roda, que le tenia una aversión grandísima. u pág. 250. "He oido que el 
"oonde no tuvo parte, ni aprobó el desembarco en Córcega, ni en los Estados del 
"Papa, y que había propaestoofero modo, paia que el dinero de su subsiateneia no 
"saliese de Espafia. Como quiera no se oyó y el odia pudo más que la raaon y 1a 
toaaticia. pág. 254. 

2 



156 9.* CONFÉRJÍNCIA. 

se lo que hacia viéndole despachar el presidente del Consejo, éste llevaba 
el tintero en su bolsillo y ni huella de lo hecho quedaba en la Cámara 
real. Dos de sus edecanes, á quienes hizo jurar guardar absoluto secreto, 
estendieron todas las órdenes y copias de la pragmática, qne fueron envia- 
das á las autoridades en pliego cerrado, con orden de no abrirle hasta el 
2 de Abril. A Ultramar se mandaron con la anticipación necesaria, y por 
duplicado para prever él extravío, y en la Imprenta Nacional se prepa- 
raron los impresos á puerta cerrada é incomunicando á los obreros. Entre 
tanto, los ministerios de Hacienda y Marina recibian órdenes el prime- 
ro para tener dispuestos los fondos necesarios, y el segundo para preparar 
los buques en los puertos que se designaban. Éi la instrucción que envió 
á los jueces, estaban previstos todos los incidentes y baata las precauciones 
que habian de tomarse; fijados los itinerarios que habiítn de seguir los je- 
suítas; calculado el tiempo para cada etapa* prescritas las fórmulas del 
inventario é incautación de los bienes que lea pertenecian, y muy reco- 
mendado que se les guardasen todas las consideraciones necesarias, y se 
Jes asistiese en todo cómoda ypiniualmenie y aun con más esmero que de or- 
dinario, (1) A fin dé desviar la curiosidad que el mismosigUo despertaba, 
hizo creer á los jesuitas que lo que con tanto secreto se preparaba en la 
imprenta real, era relativo á la ley de amortización ó á la reforma do am- 
bos cleros, y, para explicar los movimientos de los barcos, dejó entrever 
que se disponía una guerra extranjera. El secreto estuvo tan bien guar- 
dado, que la víspera de la expulsión el Nuncio Pallavicini, trató de in- 
quirir algo de su pariente el ministro Grimaldi, y sobre la respuesta de 
éste escribió á la corte de Roma dando seguridades. Cuando á la maña- 
na siguiente supo lo ocurrido durante la nodie, el disgusto le puso á las 
puertas de la muerte. 

Medidas también pensadas y tan hábilmente combinadas, debian dar 
un resultado completo, y en ^ecto, el 1.** de AbrU de 1767 en Madrid y 
del 2 al 3 en toda España, los religiosos de la Orden de Jesús fueron de- 
tenidos en sus conventos, llevados á los diferentes puertos y embarcado» 
allí con rumbo á los Estados del Papa. 

Cuando los religiosos abandonaron á España, concluyó también la 
intervención que Aranda tuvo en su expulsión. El odio, más inteligente 
á veces que el amor, ha tratado de hacer pesar sobre ól toda la responsa- 
bilidad de la medida. La historia,, con completo conocimiento de causa, 
señala hoya cadaiunola parte qijiele corresponde, pero.losque entonces 
fiaron á la sedición y al desorden el rebajamiento del poder real como me- 
dio de lograr sus íines, debieron mirar como enemigo mortal al hombre 
que sofocó el motín y encaminó el espíritu popular por los senderos de la 
libertad; y aquellos que hoy maldicen de la revolución y consideran el 
triunfo del poder real como la preparación de las ideas modernas, deben 
también maldecir del conde de Aranda como de uno de los. precursores de 
la época liberaL 

La tranquilidad que siguió á los azarosos dias que acabamos de rese- 
ñar, permitió al ccHide de Aranda emplear las facultades que como Pre- 
sidente del Consejo tenia, y que equivalían á las de los ministros de nues- 
tros dias, en fomentar el Uen del país. Larga es la lista de las reformas 

(1) Los documentos más importantes y las instrucoiones y órdeaes referidas, han 
«ido publicadas por Laíuente. Historia de Espafia, tomo, 20, cap. 6. 



EL CONDB DB ARANDA. 157 

que inició y llevó á cabo^ pero la índole de este trabajo ni permite el 
analizarlas^ ni ofrece por tsuñ limites suficiente espacio para su estudio. 
Basta á nuestro propósito citar la formación del primer censo estadístico 
de la población de España^ (l)el nuevo sistema úe alistamiento y milicias 
provinciales para el cual se inspiró en las ideas de la Prusia (2): la orga- 
nización de escuelas públicas para sustituir la ens^uinza de los jesuitas 
aplicando los bienes de estos á la creación de Seminarios célebres por 
largo tiempo: y el pensamiento y comienzo de las colonias de Sierra 
Morena, á cujro frente colocó al ilustre D. Pablo de Olavide, tan célebre 
como desgraciado, y una de las figuras más simpáticas de aquel tiempo. 
Al c 3nde de Aranda se debe también la refundición de la moneda vieja 
y desgastada que circulaba en aquella época. (3) 

£n todas sus medidas administrativas se aistingue el anhelo de refor- 
ma, el sincero interés por el bien general, y sobre todo el deseo de levan- 
tar el espíritu púWico y de guiarlo por medio de la instrucción, de la 
ilustración y del conocimiento de sus propias necesidades. (4) Ellas ocu- 
pan, sin embargo, un lugar secundario en la historia de este tiempo y al 
mencionarlas sólo me propongo completar este estudio biográfico ex- 
plicando así la reputación que ha acompañado siempre á la memoria del 
conde de Aranda contestando á los que siu conocer siquiera sus actos 
han tratado de rebajar su mérito. 

Su actividad y sus esfuerzos se dirigían principalmente á mas alto 
punto porque el espíritu público no podia formarse, ni el progreso arrai- 
gar en España, mientras el Santo Oficio subsistiese y estijiguir era 
ya una necesidad indeclinable. Algunos lo comprendian así; poco^ se 
atrevían á decirlo, y á intentarlo sólo el conde de Aranda (5) . El mismo 
Carlos ni, que al vetiir á España pensaba quizá de esa manera, cedió á la 

(i) "Saperior á U mezquina afectación de oscdridad y mitterio con que la trataba 
lien Tane de ooaltár la flaqueza de la nación para engaftar al loberano, dio por el 
tioontrario á su<« investigaeioDos toda la exactitud y publicidad posible.» Bspafla, 
bi^o el reinado de la easa deBorbon, por William Coz». Cap. 67, pág. 23S. £dicion 
de Mellado. 

(8) "Fuerza de qae hablaba con envidia el Smbi^ador de Franoia.n Continuación 
de la Histeria de Espafia del P. Mariaiu. Tomo 4, pág. 515. Edición de Gaspar y 
Roig, 18c0. 

(3) Los Gontinuadoves del P. Mariana insertan una larga lista de las reformas 
debidas al conde de Aranda. 

También puede conisnltarse el capitulo 67 de la obra de W. Ooze. Edidon de Me" 
liado. 

(4) Una serie de disposiciones benéficas, que son notables en la historia y Gobier- 
no» do aquel pais, hicieron memorable su administración. latrodujéronse nuevas 
ideas y máximas más liberales etc. W. Coxe. Obra citada. Tomo 4, pág. 234. **A pe- 
"sar de cuanto se ha dicho del «Onde de Aranda . . .■ Eapafta recordará por 1 argo tiem- 
"po la inteligencia que desplegó durante su administración, h Bourgoing, tomo 3, 
cap. 12, página 317. 

(5) "El jesuitismo triunfaba en Espafia, porque los confesores d© Felipe V y Fer- 
"nando VI fueron jesuitas y gozaron influjo muy preponderante: pocos espafioles 
<*tenian valor de adoptar opiniones contrarias, porque casi era lo mismo que renun- 
"ciar á todo empleo público y dignidades eoleaiástioas."— Llórente. Hi&toxia do la 
Inquisición. Tomo VU, cap. 41, pág. 199. 



158 9/ CONFERENCIA. 

corriente general y aunque superior á laa preocupaciones de su época, les 
concedió má» lugar del que hubiera correspondido á su gloria y al bien 
del país que regia. 

Pero el conde de Aranda no cedia fácilmente á la corriente^ ni era 
hombre de tomar resoluciones á medias; asi es que aprovechó la primera 
ocasión para salir al frente del terrible poder ante el cual hasta el Bey 
se inclinaba. 

Ya recordareis lo que al principio os dije sobre la censura del libro 
«(Exposición de doctrina cristiana,!i y la enérgica decisión del Rey, segui- 
da muy de cerca por la suspensión de la Pragmática de 18 de Enero de 1762 
que hizo retirarse del ministerio al ilustre Yall^ incompatible con una po- 
lítica de humillantes concesiones. £1 triunfo obtenido entonces sobre el 
poder real había aumentado el orgullo del Santo Oficio, puesto entera- 
mente, por medio del Nuncio, al servicio de la corte romana y de los 
jesuitas. Expulsados estos, parecía consecuencia lógica disminuir el poder 
de la Inquisición, y el Consejo inclinándose á estas ideas decidió el resta- 
blecimiento de la pragmática del exequátur y de la cédula que quitaba á 
la Inquisición una parte de la censura de los libros, y preparaba nuevas 
reformas cuando la misma Inquisición vino á ofrecer á su Presidente la 
ocasión que deseaba. 

Seguíase por la Capitanía general causa á un soldado por bigamia, 
cuando el Santo Oficio reclamó el conocimiento de la causa, fundándose 
en que el delito era propio de su jurisdicción. Ante semejante provoca- 
ción, que casi era personal, Aranda, haciendo pesar en el ánimo del rey 
toda su influencia, consiguió una real cédula (I) en la cual, después de 
arrancar la causa al Santo Oficio, se declaraba que sólo le correspondía 
conocer en los delitos de heregía y apostasía, y que no le fuera en adelan- 
te permitido decretar la pena de prisión, sino en casos de heregía mani- 
fiestamente probada. Ante este triunfo, que por lo ruidoso debió causar 
mayor impresión, un grito de aplauso resonó en toda Europa y Aranda 
fué saludado como ün bienhechor de la humanidad (2). Y realmente, si 
otros títulos no tuviera, bastárale éste para el reconocimiento de su patria. 

Hasta 'qué punto dependían exclusivamente estas reformas de la 
fuerza de voluntad de Aranda, quedara {Mrobadocon decir que apenas salió 
del poder, todas ellas cayeran en desuso y que el Santo Oficio siguió cono- 
ciendo en las causas de poligamia, censurando y condenando libros sin 
oír á sus defensores y reduciendo á prisión á los acusados por el más leve 
indicio. (3) 

Inútil será decir, al lle2;ar á este punto el odio y la cólera que se 
desencadenó contra Aranda. Se había ya tratado deformarle un proceso en 
el Santo Oficio, pero los inquisidores no se ^icontraron bastantes fiíertes pa- 
ra provocar la lucha. Sintiéndose, sin embargo, amenazados, empezaron 
por protestar en los términos más enérgicos. Pero su protesta filé inútil, 
y Aranda, firme en su propósito preparó más radicales reformas. Era laprí- 



(1) 5 de Febrero de 1770. 

<2) VolUire ra su Diooionario filosófioo, artículos Aranda é Inqumcion, refiere 
«1 hecho y añade: "Aranda ba sido bendito de la Europa por haber empelado á limar 
laa garras al móa8trQe."-*Tomo I, pág, 533. 

(3) Llórente, Historia de la Inquision. Tomo 7 cap. 42. 



£L CONDK DB ARANDA. 159 

mera el prohibir que en adelante se confiscasen los bienes de los reos en pro- 
vecho del Santo Tribunal que hallaba en esta inmoral facultad un origen 
cuantioso de lucro, y disponiendo que en adelante tuvieran sos ministros 
un sueldo fijo pagado por el Estado. Esta medida no era, sin embargo, de- 
cisiva, y Aranda meditaba laestincion del Santo Oficio, poniendo la In- 
quisición en cada provincia bajo la autoridad del diocesano y rompiendo 
así su terrible organización sin que pudiera acusársele falta de celo religio- 
so, puesto que confiaba á los obispos el cuidado de la fe y las costumbres. 
Pero estos planes se traslucieron y llegaron á oidos del Santo Oficio, (1) 
que se alzó en queja al Itey, denunciando, por medio del Inquisidor Clene- 
neral Quintano, la cruel conspiración que contra el Santo Tribunal se 
preparaba. Y secundando esta protesta con una arma más eficaz, buscó 
por medio del P. Eleta ganar el ánimo de Carlos III y por desgracia de 
España lo consiguió bien pronto. 

La empresa que Aranda habla acometido, era superior á las fuerzas 
de un hombre solo: quería luchar contra las preocupaciones de un siglo 
y de un pueblo, y desarraigar de una vez el abuso más odioso pero más 
inveterado de España, y sucumbió en su empresa falto de auxiliares y 
abrumado por la muchedumbre de sus enemigos. Las mismas condicio- 
nes de su enérgico carácter, estuvieron en contra suya. En a<juellos 
tiempos era inútil acudir á la opinión pública, que ni podia, ni osaba 
nianifestarse; apenas algunas personas, como el ministro Eoda, estaban 
dispuestas á ayudarle, y aun estos auxiliares se detenian á cada momento 
ante consideraciones fáciles de comprender. No quedaba, pues, al conde 
otro medio que la voluntad del Rey, y aunque la de Carlos era firme, 
Araiida era poco hábil para ganarla. Altivo de carácter, rudo de maneras, 
impetuoso en la expresión, carecía de las condiciones que labran el ánimo 
de los Reyes y que afuerza de perseverancia logran triunfar de sus propias 
ideas. De él refieren todos los autores, que en una ocasión insistió tanto 
cerca de Carlos III que estele dijo: "Conde de Aranda, eres más testarudo 
que una muía aragonesa. Perdone V. M., repuso Aranda, pues hay quien 
me gane á testarudo n ¿Quién] preguntó el Rey. La sacra Magestad del se- 
ñor D. Carlos III Rey de España é Indias, m respondió sin vacilar el Conde. 
En otra ocasión, quejoso ya de Grimaldi , le dijo delante drl rey, que 
era el ministro má& adulador y jnás inepto que España habia sufrido, 
ofensa que no olvidó el vengativo italiano. 

Por semejantes detalles se vé claro que Aranda no servia para cortesa- 
no, y que sus cualidades de carácter y de mando no le hacian apto para 
ministro de un soberano esencialmente celoso de su autoridad personal. 
Hábia además en él uno de esos contrastes que la naturaleza se complace 
en formar. Aquel hombre de tan gran viveza da ingenio y de pensamien- 
to tan levantado, carecía completamente de la facultad de expresarse: su 
palabra escrita era poco comprensible y hablaba con gran dificultad ; así 
es (jue deseando manifestar sus ideas con rapidez y no pudiendo vencer la 
resistencia dé sus medios de expresión, su frase salia dura y agresiva y 
expresando sólo á medias los conceptos que reñejaban. Hubi érale servido 
mejor su palabra, y su sagacidad y talento natural le habrían enseñado 



( 1 ) Aranda se quejaba de que sus amigoa los enoiolopedist ifj publioan do sus inten< 
cionea^ le habían impedido realizar sus proyectos. 



160 9.* CONFKRBNOIA. 

los medios de s^ insinufrnte y de ganar á sus ideas el ánimo de Car 
los III^ que no era ciertamente inaccesible. Falto de esas cualidades, y 
persistiendo en sus propósitos con tanto más te^on cuantas más dificulta- 
des encontraba, perdía cada vez terreno cerca del rey y aumentaba una 
frialdad de que sus enemigos se aprovechaban hábilmente. 

Al mismo tiempo otra causa quizá más grave separaba instintivamen- 
te á Carlos III del Presidente del Consejo. Los dos coincidian en ciertas 
ideas, pero disentían profundamente cuando se trataba de darles un des- 
arrollo completo. Para Carlos III la autoridad real era el fin supremo, el 
único norte de sus actos; para Aranda el poder real era sólo el medio y el 
camino de llegar á la emancipación del pueblo y al establecimiento de la 
libertad política: el rey era soberano y xiieto de Luis XIV, que formuló 
el despotismo mejor que ningún soberano de su tiempo; Aranda era enci- 
clopedista, y conservaba las tradicciones de Aragón, su país, donde el re- 
cuerdo de la libeitad política se mantenia aun vivo. Los dos coincidian 
en el deseo de reformas y en el anhelo de mejorar la suerte del pueblo, 
pero Cárlo3 III le amaba como padre celoso de su autoridad paternal, y 
Aranda como filósofo que sólo confía en el bien que brota de la actividad 
y fuerza individual. Por eso, mientras se trató de reprimir la sedición y 
de expulsar á los jesuitas que hacian sombra al poder real, Aranda fué el 
hombre de confianza del rey; pero cuando desarrollando lógicamente los 
principios sentados, quiso el conde extinguir la Inquisición, el Rey , que 
veía en ella un instrumento completamente flexible desde que los jesui 
tas no la dominaban, resistió tenazmente las proposiciones de Aranda. 

A pesar de estas diferencias, la gratitud y consideración que Car- 
los III profesaba al conde, hubieran impedido su salida del poder sin los 
esfuerzos del confeior, órgano del Santo Oficio. Las intrigas y los peque- 
ños celo 3 de Grimaldi y de sus parciales no fueron bastantes á influir en 
el ánimo del Rey, que nunca tuvo el defecto de ser ingrato; pero la ardien- 
te lucha que en derredor de la cuestión de la Inquisición se fué atizando, 
hizo al fin que ol ánimo del rey, ya separado de Aranda, empezase á ceder. 
Aun así, y sin que él lo hubiese pedido con insistencia^ es casi seguro 
que el Rey no hubiera consentido su salida: poro Aranda sentia ya lo éilao 
de su posición: comprendía que sus ideas no eran aceptadas, y que bu ca- 
rácter le indisponia con el Rey; tenia el poder, pero carecía de la autoridad 
y no era hombre que se pagase de las apariencias que satisfacen la vani- 
dad; veia cerca la consecución de sus ideas y el triunfo de sus aspiracio- 
nes, y en vano se esforzaba para alcanzarle: conoció sobre todo que el rey, 
apercibido de sus tendencias á limitar el poder real, oia con prevención 
cuanto le proponía y empezó á sentir la melancolía de la impotencia. Su 
carácter antes afectuoso y dulce se tornó desabrido: su ruda viveza le 
llevó á la aspereza en el trato: las contrariedades exasperaron su tempe- 
ramento y sobre todo la lucha con personas que le eran inferiores en 
todo y que se complacían en contrariar sus nobles aspiraciones, esa lucha 
constante con los que eran incapaces de comprenderlo, verdadero tor- 
mento del hombre de Estado, desequilibraron al fin todas sus facultades. 
Y antes que exponerse á una caída y atento á su propia fama y á su por- 
venir, pidió con insistencia la embajada de París, vacante por muerte 
del conde de Fuentes, hasta que al fin le filé concedida en 1772. Aun en 
este momento y al separarle de su lado, todavía Carlos III hizo justicia á 
su mérito, conservándole todos sus honores y haciendo que continuara 



EL CONDE PE ARA.NDA. 161 

ocupando la Presidencia del Consejo y la Capitanía sreneral hasta su au- 
diencia de despedida. 

Así concluyó la primera parte de la vida pública d^l conde de Aranda» 
Una vez en París, centro entonces de la diplomacia y tomando parte 
en los sucesos más importantes de su siglo, como representante de un. 
país colocado en primera línea, el conde de Aranda ganó la reputación 
europea, de que se encuentran frecuentes huellas en los escritores de su 
tiempo, y dio sobre todo una muestra de previsión y talento que será im- 
perecedera. 

La política exterior de España tenia entonces una base y un sistema 
sencillo en sus principios, aunque complicadísimo en sus consecuencias: 
el sistema del Pacto de familia. Sus bases fundamentales eran la amistad 
«on Francia y la enemistad con Inglaterra, sentimientos ambos profunda- 
mente arraigados en el espíritu de Aranda. Su amor á las nuevas ideas le 
atraia desde su juventud á Francia, donde alboreaba la filosofía y la cien- 
cia política, y su instinto de hombre de gobierno le hacia desconfiar de 
Inglaterra, rival de España en los mares y ávida de arrancarla su poder 
colonial. De estos sentimientos y de su capacidad para los negocios diplo- 
máticos habia dado ya señaladas muestras desde la Presidencia del Conse- 
jo, con ocasión del ruidoso incidente de las is as Maluinas, pues llamado á 
informar sobre el asunto mismo y sobre las negociaciones á que dló origen, 
mostró tal entereza de carácter, tal elevación de miras y al propio tiempo 
un talento tan práctico, que los informes por él escritos serán siempre un 
modeló de política levantada (1). 

La que España siguió á consecuencia del pacto de familia la llevó á 
secundar el enérgico apoyo que Francia prestaba á la emancipación 
de las colonias del Norte de América en su lucha con la metrópoli. Este 
auxilio, que ha traido sobre el reinado de Carlos ITI las más amargas cen- 
suras^ porque la independencia del Norte preparó la del Sur de América, 
dio al conde de Aranda la ocasión de proponer un plan de guerra que 
pocos años después habia de concebir también Napoleón Bonaparte y que 
consistía en inradir la Inglaterra y en obligarla á fifmar la paz en Lon- 
dres, n Así con las plumas y sin necesidad de emplear los cañones, obten- 
dremos á Menorca y á Gibraltar,» escribía en uno desús despachos, que 
recuerdan el lenguaje de nuestros embajadores en el siglo xvi (2). 

Pero el proyecto fracasó esa vez, como debia fracasar veinticuatro años 
más tarde, y aunque de aquella terrible guerra, además de las dos Flori- 
das, obtuvimos á Menorca, no nos mé posible reconquistar á Gri- 
braltar. Pudimos, sin embargo, obtenerle al firmarse la paz en 1783, 
porque Inglaterra estuvo inclinada á cederle; pero el conde de Aranda, 
queriendo salvar la América española, optó por las dos Floridas, diciendo: 
tiCuando tengamos buenas escuadras podremos ser dueños del Estrecho, 
1 túnico medio de apoderarnos de Gibraltarn y Carlos III aceptó con entu- 
Blasmoaquel cambio. Lossucesos se han encargado de condenar aquel acto, 
pdrqne no hemos salvado nuestras posesiones de América y Gibraltar signe 
desmembrado de la nacionalidad española; pero las ideas con que enton.- 



(1) Han sido reprodaoldos oon gran extensión por Ferrer del Rio, que los pdblicd 
por primera vez (lib. áJ*, cap. 2.') Véase también Laf aente, oap. 20, página 312. 

(2) Véase este despacho en Laíaente, tomo 20, página 431. 



162 9/ CONFERENCIA. 

oes se dbcurrla eran completamente distintas de las que hoy tenemos, y 
no seria imparcial el juicio que prescindiese de los móviles que guiaron al 
Rey y á su embajador, ni es suficiente fundamento el éxito para que el 
historiador condene á los que creian entonces acertar. (1) 

Los contemporáneos juzgaron el suceso de otra manera, y aquel tra- 
tado se consideró como un triunfo político y diplomático^ el más seña- 
lado obtenido por España desde la paz de San Quintín^ y tanto Luis XVI 
como Carlos ift, dieron al conde de Aranda las más señaladas muestras 
de su satisfacción. (2) 

Mas apenas firmado el tratado el conde de Aranda, presintió la tras- 
cendencia y la gravedad de los sucesos que acababan de tener lugar, y 
comprendió las consecuencias que para la dominación española en Amé- 
rica nabia de tener el levantamiento de una República que se desprendía 
de la madre patria, tras vigorosa lucha, y que oponiendo á las ideas monár 

Suicas de la Europa una forma nueva de gobierno, entraba en la vida 
ena de esperanzas legítimas y de asombrosa energía. Estas reflexiones 
debieron labrar tan profundamente su espíritu, quo no vaciló en consig- 
narlas en una Memoria reservada que entregó pei-sonalmente al Rey y 
que era tan superior á las ideas de su tiempo que no es maravilla se haya 
dudado de su autenticidad. (3) 

(1) El suceao ej referido de diferente manera por FemanNnflez y por Flaasan.. 
Ambas versión e^^pueden verse en Mariel {Oobiemo del Señor Rey Carlos líl, pági- 
na 63 y sigoientea) doode rambien se encuentran las pruebas de aprecio que Aranda 
reoibió da Carlos III y de Luis XVI, con motivo de este tratado. 

(2) El conde de Fioridablanoa en su célebre Memoria, hace especial justicia al 
oonda de Aranda por su habilidad en estas negociaciones» si bien hace constar que 
obró con arreglo á las instrucciones que él le habla dado. 

(3) Esta Memoria fué publicada por vez primera por D. Andrés Muriid en el 
capitulo 3 adicional á la obra de William Cox, expresando al publicarla que la habia 
tomado délos papelea qj^e le habia proporcionado'el duque de San Femando. Dióla 
entonces en lengua francesa y se proponia publicarla fntegra en español en su Histo- 
ria de Carlos IV, sin que ninguna duda acerca de su autoridad peaetrase en su > nimo. 
Ferrerdel Rio, sin embargo, la ha negado el carácter de autéatica, fuadánítoseen 
congeturas no siempre bien razoaadas (Tomo 3 pág. 403.) Lafuente, por el contrario, 
(Tom. 21, pág. 166.) la acepta por completo y combate las razones de Ferrcr del 
Kio aunque no siempre con el mejor acierto. 

He tenido ocasión de ver y examinar una copia de esta Memoria escrita en papel y 
con letra del siglo XVIII, que posee D. Damián Menendez Kayon y que según todot 
1m indicios era la que guardaba entre sus papeles el mismo conde de Aranda. Leyén- 
dola no pareoe quede lugar á duda sobre la existencia de la Memoria: la oscuridad de 
estiloy la dificultad de la frase que se notan en todos los escritos del oocde de Aranda, 
caracterizan también esta Memoria en la cual se encuentran además pensamientos y 
htat% frases que se leea también en otros doeumentoe, ya anteriores ya posteriores, 
sobre cuya autenticidad no puede haber disensión. Es de notar además que la Anica 
publicación de este docu mentó, hecha en lengua espaftola, que es la queae halla en la 
traducción de la obra de William Cox (Tom. 4, pág. 433, Biblioteca popular eeonó- 
mica) difiere tanto da la copia del Sr . Menendez Rayón, que la impresión que deja su 
leictura es completamente diferente de la que produce 1^ que oreemos poder llamar 
original. Sin duda el Sr. Muriel hubiera podido resolver completamente la cuestión, 
pero el hechp de no haberse dudado por nadie de su autenticidad en los tiempos en 



EL CONDE DB ARANDA. 163 

En ella el conde de Arauda vaticinaba la pérdida en época no lejana 
de todos los dominios de América^ y atento á prevenir su desmembración, 
proponia dividir nuestras posesiones en tres grandes reinos que goberna- 
rían tres infantes españoles, conservando para España solamente las islas 
de Cuba y Puerfco-Rico y enlazando estos nuevos estados á la metrópoli 
por vigorosos lazos de comercio y por continuas alianzas de familia. Laa 
consecuencias de este plan hubieran sido incalculables y más aun si, como 
más tarde propuso Aranda, se modificaba, obteniendo Portugal en cam- 
bio de una parte de América. (1) La lectura de aquellos admirables 
pensamientos y de aquel vasto y elevado plan, condensado en tan breves 
páginas, sugiere involuntariamente la idea de que no decae un país que 
puede, todavia y en medio de su postración, producir hombres de Estado 
capaces de concepciones tan vigorosas. 

Los últimos años de su embajada en Francia, donde permaneció hasta 
1787, no ofrecieron nada de notable. Gozaba allí de una gran autoridad 
y de una posición excepcional^ cuando motivos de familia le hicieron 
pedir con tanta insistencia su vuelta á España, que el Rey, á su pesar, 
hubo de concedérsela (2). Al abandonar á París no podía pensar que 
habia asistido á los últimos reflejos de nuestra grandeza, y que él era el 
último hombre de Estado que por muchos años habia de hacer interve- 
nir á su patria en las grandes combinaciones de la diplomacia euro- 
pea (3). 



que él vivió, y la segu! idad que de ella teDÍa, hicieron que no te oouiMuM de este ponto. 
La müm.'i importancia qae él le daba y 8tt propósito de reprodueirla íntegra en in His- 
toria de Carlos IV son, sin embargo, suficiente testimonio de la certeza de tu opinión. 
Aparte de estas reflexiones que, en nuestro sentir, no dejan duda aceroade la autenti* 
oidad de la Memoria, es indudable que Aranda abrigó las ideas que en eila se expre- 
san, y aún existen documentos que pudieran suplir á aquella. Tales son sus dos cartaa 
de 21 de Julio de 1785 y 12 de Marzo de 1786 dirigidas al conde de FioridaUanoa, y en 
las cuales se reproducen las mismas ideas y se repiten planes análogos á los que la Me- 
moria contenía. Así, pues, el hecho esencial al biógrafo y al historiador, el que importa 
para el estudio de la época, esto es, el de que Aranda previo el porvenir y buscó l^a 
medios de adelantarse á él y de conyertir en provecho de la nación lo que amenaaaba 
ya como gran desgracia, queda puesto fuera de toda duda. 

(1) Carta de Aranda á Floridablanca de 12 de Marzo de 1785 citada por Ferrar 
del Río y Lafuente . 

(2) »9iento, escribía Cirios m á Luis XVI, qae falte de U presencia de V. M. un 
"sugetó que ha sabido adquirirse su real agrado y también mi satisf aoeion, por ser 
"este uno de los mayores servieios que me tíeno hechos: pero son talea los motivos 
"que me ha representado, que he teotdo á bien condesoender á su petioion.'* 

(3) Testimonio^ dé la gran ooasideraoioa que merecía i la corte de París, es el re- 
trato de Luis X Vi, regalo al éonde de Aranda, que hoy existe en el Museo Naeional. 

El conde de Segur en sus Memorias, ha conservado también del conde de Aranda 
un recuerdo que di idea de su excepciimal talento, y que por lo notable, merece espe* 
cial menoiOñ. 

Nombrado embajador de Francia y desconfiando de bus propias fuerzas para des- 
mpeftar *quel diffoil oargo, fué el ccmde de Segur á pedir consejo al de Aranda; el cual 
lecontestó: *'Lo que importa en peUtioa, es estar enterado de las fuerzas, recursos, in* 
teresoB, dereshos, temores y «peranias de cada nación para poder precavemos contra 



164 9/ CONrHRSNGU. 

Al valver Aranda á Eitpala á I03 sdienta y ocho aaoi de sa edad^ se 
preparaba un cambio profundo en la eicena poiítloa; y esa cambio ar- 
caneándole el descanso á que tenia, derecho^ habiatodavia de ofrecerle oca- 
sión de atestiguar su singular energía y sus grandes condiciones de hom- 
bre de Estado. Carlos III moria y la revolución empezaba en Francia^ y 
cuando sus primeras convulsiones estremecían la Europa^ Carlos lY y 
María Luisa eran los llamados á regir los destinos del pueblo español. 
Ante el torrente de las nuevas ideas^ Floridablanca que^ á pesar de su 
desidido empeño en retirarse, continuaba al frente del gobierno, sin 
tid vacilar sus convicciones y empezó á reaccionar contra las corrientes que 
invadían ya la España valiéndose para su persecución hasta del tribunal 
de la Inquisición. Ante semejante política, Francia protesta enérgica- 
mente amenazando con la guerra, y la corte de Madrid, vacilante y de- 
seosa de alejar el peligro, pensó on el conde de Aranda, que se encontró 
iin día sorprendido al ser llamado á la presencia de los reyes para re 
cibir el ministerio de Estado. Y así por segunda vez las dificultades de los 
tiempos le traían á la vida pública en Marzo de 1792. (1) Su elección era 



Eiuesfuersos, para unirlas ó dividirlas y paraallarnoé ó romper oon ellas, según oon ven- 
ga" Y señalando en el mapa de Europa ¿ eada uno de los diferentes paUes qno iba 
nooibraado, aftadió: "ved á Basia: ansia la Crimea, la Valaquia 7 Moldavia, al Sar; la 
Polonia al Eiie, y la Finlandia al Norte, sin las cuales no puede redondear su imperio: 
á Saeoía que bosoaiá siempre i la Noruega; á Frusta .que no puede llegar á ser grande 
y p3derusa «a la S^onia, la Baviera y las oomarcas del Ria; ¿ouáato no neo)sita eie< 
reino estrecho, largo y débil? Auatriaeiti separada da los Países Bigos por la Alemania 
estera, mientras que tooa con Bsvieraqae ni le pertenece: Italia á su vez tiene al Aus- 
tria dentro de su territorio, y en oimbio le faltan Venecia y el Piamonte. Asi, pues^ 
la polittoa está clara: oad% potencia quiere completar su dem%rcaoioQ y redondearse 
cuando se le ofresoa la ocasión: el secreto consiste en aprovecharla.*'— De estas previ- 
siones de Aranda, la parte mayor ae ha realizado ya. 

(1) Forrer del Rio, en su introiu joion i las obras de Floridablanea, ha pretendi- 
do haoer responsable al conde de Aranda de la o»ida del de Floridablanca* y hasta 
le ha presentado como animado de sentimientos de rencor y de venganza y casi como 
su persegoidor. Eite juicio no resiste hoy i la oiitíoa. Para probar su inexactitud 
existen las exposiciones elevadas al rey por Aranda, pocos meses después de estos 
sucesos y durante su proceso, en las cuales dice terminantemente la sorpresa que 
le cauuó su entrada en el nsiaisterío, frase que era imposible hubiese e^npleado 
en la hipótesis de Ferrer del Rio, sobre todo, dirigiéndose al Rey y habiendo de pa - 
sar sus exposiciones por mano del Principe de.la Paz, su enemigo declarado. 

Existen además las Memorias de este privado» cuyos primexos capitales están con- 
sagrados casi exclusivamente á ataear la memcnna de Aranda, y en los ouales niona 
Vez siquMfra so alude sin embargo á sus intriges y deseos ¿e ocupar el poder, acusación 
que no habria dejado 4e hacer quien se ocupaba en rebsÚM la parionalidad.de Aranda 
Existe por éltimo el te timoaio de Bouigoiag, testigo presencial de los sucesos que 
refiere, y el cual después de explicar las causas de la caida de Floridablanca^ dice 
"Aranda que no estaba pr^arado á esta muestra de favor, fué llamada al minis- 
río. Mudho se le ha eriticado el haberle aceptado y el haber contado con la duración 
de un ü^ors aparente, y cuya instabilidad debía serle palpable si hubiera conocido lo 
que en la corte suoedia. Sus amigos pensaban por eso que hubiese sido mis hosco- 



KL CONDE I>£ ÁRANDA. 165 

completamente lógica^ y pudiera decirse qae impuesta por la^ circunstan- 
cias; sus ideas políticas^ las relaciones que había dejado en París y hasta 
stts conexiones, con las que hafoian iniciado la revolución^ hadan de 
Aranda el hombre único para prevenir un conflicto entre los dos países. 

Las circunstancias eran, sin embargo, bien difíciles; quizá las más 
graves por que ha atravesado España en los dos últimos siglos. A la mag- 
nitud y novedad de los sucesos que se precipitaban en Francia, se unia la 
complicación que nacia del parentesco de la familia real con el infortuna- 
do Luis XVí, y de la oscura política de la coalición europea, hacia la cual 
era arrastrada la corte española. Para el ministro, como para todos los 
liberales se aumentaban astas dificultades con la lucha establecida en su 
espíritu entre las simpatías que sentían por las nuevas ideas y el horror 
que les inspiraban los crímenes que en su nombre se perpetraban. Ypor si 
aun faltaba alguna complicación, el eapíritu público, grandemente excita- 
do por tode lo que se sabia de allende el P rineo, pedia con entusiasmo la 
guerra á la revolución. 

Resistir en medio de e^tas dificultades, navegar en medio de tantos 
escollos, era empresa digna de un hombre como Aranda, y su conducta 
fué insigne prueba de prudencia y de patriotismo. Si el tiempo y el espa- 
cio no me faltase ya, yo os haria asistir á su breve ministerio, y poniendo 
delante de vosotros sus ideas, sus palabras, sus planes, estarla cierto de ga- 
nar vuestra admiración para su memoria. Para prevenirse contra las im- 
presiones del momento y para dar sobre todo á sus actos la autoridad que las 
circunstancias exigian, Aranda, al entrar en el ministerio, había exigido 
que volviese á reunirse el Consejo de Estado, que recibió ahora el nom- 
bre de Junta Suprema, y de la cual fué nombrado decano. Cambiando así 
el sistema de Floridablanca, que habia unido el despotismo ministerial al 
absolutismo del Monarca, creaba un centro de discusión, un sistema de 
representación de la opinión, el único posible en aquellas momentos y en 
semejantes circunstancias. Ante esa Junta expuso sus ideas reunió y 
resumió su plan de conducta nen cortar con deeonte suavidad los procedi- 
•rmlentos pendientes contra los franceses, condescender en las demandas 
"indiferentes que proceden del necesario mutuo trato de unos y otros y 
"disipar recíprocamente las desconfianzas, n A estos principios arregló sus 
disposiciones, que encontraron inmediatamente un eco amistoso en la re- 
pública y crearon sentimientos pacíficos hacia España. 



so deelin^r ua pueto, cayo brillo uo podía nüadir nuevos timbres á sa gloria, h To- 
mo l.«, c»p. 6.°,. pág. 181. 

EitoB testimonios á los cuales podrían aiUdirse otros muchos datos, son más que 
suficieates para desh^cw una aou«cion fundada sobre coujeturas y sugerida quizá 
p )r ese eutuiiasmo frecuente en los bióiraCos que no quieren ver defecto alguno en 
ios peraonajes con quienes se identiiíjauy buicau en los ex.trail03 la explicación de 
lo que sólo se puede atribuir á las propias faltas. A.partd de eso el historiador hallará 
siempre razones harto claras y sencillas para explicar la oaida de Floridablanca en 
el estado de nuestras relaciones con Fraoaia, y euel ioflcgo creciente que D. Manuel 
Godoy tenia en aquellos tiempos en palacio, don le se le preparaba ya el camino para 
el poder á que llegóbien pronto. £n este seatido abundan todos lo? historiadores de 
la época, en especial Muriel, Bourgoing, Dumhan y«tt traductor Alcalá GjbUaiio, éste 
último poco sospechoso de pa);ciaUdad por Aranda . 



166 9/ GONFSRKNGIA. 

Parecían éatoa dominar ya de un modo defitiitivo, cuando loa terrible» 
sucesos de Agosto conmovieron profundamente la opinión y sometieron á 
terrible prueba los sentimientos de Aranda^ cuyo carácter leal y caballe- 
resco y cuyos recuerdos de amistad por Luis X Y I se sublevaronáun tiem- 
po al verle encerrado en el Temple y humillada y escarnecida la Majestad 
real. Atento sin embargo á sus deberes, detuvo un impulso tanto más difícil 
contener, cuanto que era inmensamente popular, y sometió á la Junta de 
Estado la cuestión de paz ó guerra formulada en ocho puntos, que hoy 
todavía son su verdadero resumen, y cuya lectura demuestra con cuánta 
sinceridad buscaba Aranda el evitar la guerra y cuan profundamente co- 
nocía los móviles do los soberanos que formábanla coalición. 

La indignación pública no permitió sin embai-g", oir consejos de pru- 
dencia, y el consejó opinó por la inmediata dedaracion de la guerra; 
Ajranda entonces escribió la nota que lleva la fecha de 4 do Setiembre de 
1792, nota llena do reservas y de prudencia, y de la cual^ sin embargo, 
se arrepintió más tarde creyendo, que habia sido, según su pi-opio 
lenguaje, un akopellamiento. Y como si presintiese ya el porvenir y qui- 
siera explicar su conducta, presentó al rey á los pocos dias (el 7 de i^e- 
tiembre) una Memoria, en la cual después de fijar el carácter de la guerra 
que se iba á emprendei, explica la manera de disimular y retardar la en- 
trada en operaciones, colocando á España más bien en un estado espec- 
tante que Aranda calificó de medidas precaueionales. La república francesa 
no podia, sin embargo, aceptar esta amenaza encubierta, ni le convenia 
dejar en el Pirineo un enemigo dispuesto al ataque: y su representante Mr. 
de Bourgonig recibió instrucciones terminantes de arrancar una decla- 
ración de amistad á España ó de provocar la guerra. Entonces empezó una 
lucha de habilidad y de energía entre el ministro español, ansioso de 
evitar la guerra y celoso del honor de su país y de su rey, y el diplomáti- 
co francés, faerte con la representación de la república y orgulloso con su 
poder, que se irritaba ante las hábiles resistencias de Aranda. Su corres- 
pondencia con nuestro representante en París, D. José Oscariz, ha con- 
servado todos los pormenores de esta negociación, y el mismo Bourgoing 
ha hecho justicia á su adversario al escribir de él: "por mi parte, habien- 
»«do visto al conde do Aranda durante los siete meses de su ministerio, 
»»má8 de cerca que ninguna otra persona, debo decir que al mismo tiem- 
»«po que conservaba una dignidad, que aveces se acercaba á la rudeza, em- 
'•pleaba todos sus esfuerzos en alejar de su país la terrible calamidad de la 
«•guerra.ii (1) En una de estas entrevistas, Bourgoing se dejó llevar de su 
padon hasta amenazar al conde con la invasión de los ejércitos franceses. 
Aranda con un arranque de patriotismo que presentia ya la guerra de la 
independencia, exclamó: «»pues bien, entonces yo, el primer oficial del 
"ejército español, pediré al Key, no un mando en su ejército, sino un tam- 
*>bor para redutar gente, y veríamos entonces cómo se atrepellaban los 
"hogares patrios, los cuerpos y los corazones de una nación valiente, bas- 
•'tante numerosa para hacer frente en su suelo á la más atrevida y po- 
"blada.ii (2) • j i 

Así llevaba Aranda las negociaciones, é Iba salvando á su pátna del 



(1 ) Tomo 1 . °, oap . 5. ^ pág. 1S3. 

(2) Muriel, H. M. de Carlos IV, t'jmo 2, pág. 66 y 67 . 



EL CONDE DS ARANDA. 167 

abismo en que debia caer, cuando de pronto é inesperadamente recibió la 
orden de entregar el ministerio, casando en él, el 15 de Noviembre, á los 
siete meses de habérsele confiado. 

La opinión pública, que habia visto caer al conde de Floridablanca por 
seguir una política hostil á Francia, preguntó con sorpresa por qué caía 
ahora el de Aranda que representaba los sentimientos contrarios; pero la 
respuesta debió serle ffcctl, cuando yió que su sucesor eraD. Manuel éodoy, 
joven de veinticinco años, señalado ya como el favorito de los reyes. 

Dejando á un lado la historia de este personaje, réstanos completar la 
bií^rafía de Aranda, refiriendo el dramático incidente con que terminó 
su vida pública. — ^Aunque salió del Ministerio, conservó su cargo de pre- 
sidente decano de la Junta de Estado, en la cual se suscitó de nuevo, en 
Febrero siguiente, la cuestión de la paz ó de la guerra con Francia, cues- 
tión en derredor de la cual se preparaba realmente la historia toda del pre- 
sente siglo. — Libro ya el conde de las responsabilidades del poder, nada po- 
día coartar la espontaneidad de su consejo, y viendo que España se empe- 
ñaba desatentada en una guerra que habia de serle fatal en todos los ter- 
renos, preparó una Memoria, tesúmende toda su política anterior llena de 
los más prudentes consejos al par que de las más sombrías previsiones, y en 
la cual sostenía enérgicamente sus opiniones pacíficas : Uodoy que veia 
en el^ conde una acusación viva contra su elevación y su conducta, y una 
oposición 'incansable contra sus deseos de continuar la guerra, se aprove- 
chó de la lectura de aquel papel para provocar la desgracia tie su autor. 
Figuraos, señores, aquella imponente escena. La junta, compuesta de loa 
hombres más respetables, reunida con los generales que mandaban nues- 
tros ejércitos; el Rey Carlos IV oyendo con la sonrisa en los labios las 
imprudentes palabras de su favorito; el anciano conde de Aranda levan- 
tándose indignado á protestar contra las palabras de Godoy, y pensad al 
propio tiempo que la cuestión que allí se debatía debía decidir la suerte 
de nuestra patria, y comprendereis, señores, con cuánto interés no reco- 
gerá hoy la historia las palabras del hombre que solo, contra la corriente 
popular, contra el favoritismo y contra la voluntad ó el capricho real, 
aconsejaba la paz y pronosticaba la humillación de su patria si se lanzaba 
á aquella guerra insensata, donde ningún interés nacional le llamaba (1). 
Triunfó Godoy, el consejo de Aranda fué desoído; y al poco tiempo los 
ejércitos franceses invadían el suelo patrio; sus caballos llegaron hasta 



(1) La escena de la junta de Estado ha aido referida de diferente manera tK)r don 
Andrés Muriel {(hoce, t V, a»p. 3.* adicion%]) y por D. Maénel Godoy {Memorias to* 
mo I. cap. 18 y siguientes.) 

Las dos versiones difieren poco en el fondo y aada en Us ideas oausa del disen 
timiento. Sí 1» crítica hubiese de elegir entre ellas, la elección no sería dudosa» puesto 
que la versión de Muriel, tomada de los papeles de Aranda, fué escrita á rais de loa 
«noesos y sin propósito de alabanza ó censura, mientras qué la de Qodoy lo fué mucho 
aftos despuee y con el propósito deliberado de disculpar á su autor y de denigrar á su 
advereario. Pero la duda no es hoy posible después que Muriel, contestando á Godoy, 
publicó en la Revista de Madrid el acta de la sesión en que ocurrió la escena referida 
y cuya »cta conviene esencialmente con lo escrito por Aranda en loa papeles que tuvo 
i la vista Muriel, cuando por primera vev refirió el suceso. (III serie. Tomo 111 18i2.) 



168 9/ GONFJBRSNGU. 

el Ebro, y para completo Barcaüino de la hintoria^ caaado después de 
tamaños desastres se suí^endieron las hostilidades^ el hombre qne habia 
aconsejado la guerra, fué honrado con el nombre de Principe de la Fzz, 
mientras el ilustre anciano quetan^enérgicamente la habia condenado^ 
moría olvidado en su destierro. 

Y como en las monarquías absolutas los disentimiento» do opinión aon 
crímeaes^ sobre todo cuando hay de por medio personas en la posición 
de Godoy, Aranda pudo preveer su suerte desde c4 momento mismo en 
que tomó aquella actitud. Al salir del Consejo recibió la orden de marchar 
desterrado para Jaén; oyóla Aranda tranquilo y aun ayudó al encargado 
de recoger sus papeles, poniéndose en el acto en camino para su destierro. 
De Jaén fué trasladado á la Alhambra de Granada entre tanto se le for- 
maba un proceso por desacato á la majestad real y qu« la Inquisición 
se preparaba á envolverle en sus acusaciones. En estas circunstancias ni 
un solo momento se desmintió su entereza, y lejos de mostrarse arrepen- 
tido,repre£entó dos veces al Rey, pidiendo se activase su proceso. 

Al íin, en 1795, después de la país de Basileai la opinión pública se 
pronunció tan fuertemente^ que aprovechando la ocasión del matrimonio 
del Príncipe de Asturias se h akó el destierro permitiéndole marchar á 
sus estados de Aragón y se mandó archivar su causa, de la cual nada ha- 
bia resultado, ni nada podia resultar. 

Ketirado en Epila, donde pasó los tres últimos años de su -vida, toda- 
vía dio testimonio de su carácter y energía, aplicando las fuerzas que le 
Quedaban i, hacer en su derredor el bien y ¿ difundir la ila<stracion. Fun- 
dó y dotó escuelas para niños y proyectó mejoras en la localidad, entre 
otras un canal de riego, que su muerte interrumpió. Expléndido y gran 
señor hasta sus últimos momentos reunia en su casa y á su mesa á todas 
cuantas personas de alguna distinción le era posible, y especialmente á 
á los oficiales que cruzaban por £pil». 

Dos rasgos de sus últimos dias pintan su carácter. Una tarde que á la 
puerta de su palacio disfrutaba de la calma de los campos, acertó á pasar 
un anciano conduciendo un bomquiUo cargado de leña: al ver al conde 
detuvo su paso el viejo y dirigiéndose á él le dijo: "mi general, que tiem- 
pos aquellos en que Y. £. y yo hacíamos la guerra en Italia: m ¿quién eres 
tú le preguntó el conde]if "Fui soldado á las órdenes de V. £. y hoy ape- 
nas puedo vivir cortando un poco, de leña de los montes. «i «iPues no se 
dirá que yo te abandono, repuso el conde: desde hoy mismo tendrás una 

{>ension para vivir tranquilen Ya moribundo, el prior de capuchinos que 
e auxiliaba esforzaba sus piadosas exhortaciones tan sin descanso, que 
>• el conde hubo de decirle: tt no me moleste tanto, y recuérdeme solo de 
tiempo en tiempo lo que importa á un cristianen 

Al fin, y después de tres días de sufrimiento, la apoplegía que le habia 
atacado el dia & terminó su vida el 9 de Agosto de 1798 á los setenta y 
nueve años de edad . 

Así terminó su lairga y gloriosa vida el conde de Aranda, de cuyo ca- 
rácter y de cuya historia ha podido enorgullecerse Espaife. Los prin- 
cipales rasgos de su vida, sus condiciones de hombre de Estado, la conse- 
cuencia de sus ideas, lo profundo de sus convicciones todo, deja profunda 
impresión en el ánimo de los que han seguido su historia. Al referirla no 
es posible dejar de pensar con profunda tristeza en el bien inmenso que á 
nuestra patria habia reportado la adopción de sus ideas en nuestras reía- 



EL CONDE DE ARANDA. 169 

ciones con la Eepública francesa: ella hubiera evitado ese fatal divorcio 
entre las ideas liberales y el espíritu nacional que sirvió de base al despo- 
tismo de Fernando VII, que ha ensangrantado la España entera y retrasa- 
do nuestro progreso y cuyas consecuencias siente aun la generación pre- 
sente. Hombre sobre todo de convicciones profundas y de energía inque- 
brantable, su vida no ofrece una sola apostasía, ni una debilidad culpa- 
ble. Leal servidor del trono, nunca le sacrificó sus ideas: defensor délas 
libertades públicas jamás hizo traición á sus Reyes, ni aun murmuró de 
sus injusticias; libre-pensador, no insultó jamás las creencias de los de- 
más, y en lucha con los privilegios ó las intrusiones de la Iglesia no 
confundió las creencias con los abusos del clero. La suerte no le fíié 
propicia: pudo haber dejado un nombre inmortal y sus ideas fueron re- 
chazadas y sus aspiraciones destruidas: por eso la historia debe un tributo 
especial á su memoria: que para aquellos que han dejado unidos buh 
nombres al recuerdo de públicos sucesos, existe al fin la gloria, pero para 
aquellos que luchando por adelantar su siglo sucumben sin alcanzar su 
objeto y quedan oscurecidos en la historia, no existe otra compensación 
que el respeto que á su memoria consagren las generaciones que les suce- 
den y que recejen el fruto de sus generosos esfuerzos. — He dicho. 



\ 



BOLETÍN DE L\ INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA. 



\/\/\ /\/\/WA/\i 



Este Boletín contiene: 
1 ,° Trabajos originales de loa Profosores de la Institución sjbre las di- 
versas ciencias, ora experimentales, ora teóricas. 

2.** Crítica de los libros é in /os tigac iones más importantes que jkobre 
asuntos científicos ven la luz dentro y fuera de España. 

3.^ Extractos de las lecciones del mayor número posible de cursos su- 
periores de la Institución, y especialmente de aquellos que no ae explican 
en ningún otro centro oficial ni privado (Historia contemporánea. Geo- 
metría sintética ó superior, Código Napaléón, Historia do los pueblos 
Eslavos, Filología latina, Teorías lingüísticas actuales, Morfología natural 
Introducción á la Matemática, Derecho internacional privado, Literatu- 
^ ra extranjera contemporánea, etc.), por lo cual ofrece mayor interés su 
propagación en España. Estos resúmenos, redactados ó revisados por lo 
profesores mismos, constituyen verdaderos compendios de estas impor- 
tantas enseñanzas, confiadas á los Sres. Valera, Azcárate, Pelayó Cuesta, 
Labra, Giménez (D. Eulogio), Sainz de Rueda, González de Linares, et- 
- cétera; no existiendo libros de ninguna clase entre nosotros acerca de los 
más de aquellos estudios. 

4.** Catálogos de los gabinetes y biblioteca de la Institución^ especial- 
mente en la parte que presentan mayor interés científico, tales como co- 
lecciones geológicas de comarcas españolas, preparaciones y fotografías 
microscópicas, etc. 

5.** Las noticias concernientes á las conferencias, movimientos de la 
Institución, anuncios y demás indicaciones que puedan interesar al pú- 
blico en general, ó á los sócias. 



Precio de entrada á las Conferencias: Para los socios ó per- 
sonas que utilicen su derecho, 50 céntimos de peseta; para el público en 
general, una peseta. 



INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA 

ESPARTEROS, Q, PRiNCiPAU 



10.-^ Conferencia ^'^7^ 



(3 DE FEBRERO DE 1878) 



EL SOCIALISMO DE CÁTEDRA 



POR 



DON GABRIEL RODRÍGUEZ 



HfGBlflBmO »S GAMmOS, CAlf AUBS T VUSATOS 



Tonada de la REVISTA DE ESPAÑA 



^AA/V>AAA/^ WWA/VA/\/VWW>/W\/W 



MÍORID: 1978 
esta bl.60i miento tipogr>^fico 

de los •eftorvs i. C. Conde y Compañía 
Cafl<M,l 



-yv , )yé'' 



DECIMA CONFERENCIA 



(3 DE FEBRERO DE I S7S) 



EL SOCIALISMO DE CÁTEDRA 



POR 



DON GABRIET. RODRÍGUEZ 



1885, Juno f.9; 
Gift of 
Tames Kusyoll Lc-woli, 
Oí Cambridge. 



j 



SEÑORES : 



El tiempo que por regla general se emplea en la cxpHciacion de una 
conferencia, puede parecer muy largo^ cuando el orador carece de las 
cualidadeB necesarias para interesar la atención de bus oyentes. Tal 
vez la conferencia de eáa noche va, por ese motivo, á pkreceros intermi- 
nable. Sin embargo, al considerar la importancia y magnitud del tema 
en cayo examen vamos á ocupamos, preciso es reconocer que una hora 
es plazo demasiado corto, no ya para exponer todo lo necesario en un 
estudio completo y acabado, sino aun para daros nna idea de lo 
más principal é interesante sobre el llamado socialismo de cátedra. El 
caso exijiria facultades de condensación, que nó tengo, y una preparación 
larga y penosa, sin la cual no se puede ser á la vez claro, metódico y 
conciso; preparación que por mis ocupaciones no me ha sido posible 
hacer. 

Quizis al oirme preguntareis: [por qué haber escojido el tema anuncia- 
do? Y caso de creerlo d^o de figurar en las conferencias de esta Insti- 
tución, jpor qué no oOBdSarlo á persona de mayor aptitud, y no dedicar 
á su exposición el número conveniente de explicaciones! 

Contesto que el tema no ha sido de mi elección, y mi responsabilidad 
se limita Ú hecho de haberlo aceptado. Aun asi, esa responsabilidad es 
grande, sin duda^ y para no ocultar nada de lo que puede en esta noche 
serme desñivorable, añadiré que tal vez tengo un inconveniente grave 
para el tema de la presente conferencia, y es que por mis inclinaciones y 
mis estudios, por los antecedentes y compromisos de mi vida toda, yo 
no puedo ser un juez enteramente desapasionado entre la escuela econo- 
mista liberal, y la de los socialistas de cátedra. Pertenezco á la primera; 
sus doctrinas ñindamentales tienen en mi razón un arraigo profundo, 
debido al estudio y la experiencia. [No seria posible, que sin darme 
cuenta de ello, al examinar los trabajos de una escuela qué pretende nada 



174 10/ CONFEKENCIA. 

HicD ;9 que hacer tabla rasa con los conocimientos adquiridos en la esfera 
económica, por los que durante más de un siglo se han dedicado al estu- 
dio de las leyes de este orden, hubiese llevado mi ánimo cierta propen- 
sión, cierto deseo de hallar el error en los fundamentoi y tendencias de 
esa nueva escuela? 

Pero este inconveniente ha de existir siempre al hacer la crítica de 
las nuevas como de las antiguas doctrinas económicas. Para juzgar, pre- 
ciso es conocer; para conocer, es indispensable observar y estudiar, y 
formar un criterio, que ha de determinar necesariamente un sentido, una 
dirección para el juicio. De aquí resulta que sólo se puede tener alguna 
competencia en el asunto, cuando se pertenece al uno ó al otro band») 
científico, y el inconveniente de que os hablo, se presenta como un factor 
común á todas las personas que en el dia se ocupan en el conflicto surgi- 
do en el campo de los estudios económicos. No por ser yo de los econo- 
mistas antiguos, de los que proceden histórica y científicamente de 
•Smith y de Tos fisiócratas y proclaman la famosa máxima íaissez faire^ 
laisez passer, tan mal comprendida por casi todos los que la rechazan, se 
me ha de considerar incapacitado para exponer el tema de esta conferen- 
cia, sobre todo si al exponerlo soy sincero y procedo impulsado por un 
profundo y vivo amor á la verdad; cualidades que estoy seguro de tener, 
y que no me negarán seguramente aquellos de mis oyentes que me cono- 
cen de antiguo. 

Prueba de sinceridad es lo que acabo de deciros, Mis palabras os ad- 
vierten q^ue no debéis oirme con la confianza que se concede al profesor 
que explica una ley, aceptada universalmente como verdadera, para que 
la aprendan los que no la conocen. No; yo soy un adversario, leal, pera 
resuelto y decidido de las doctrinas económicas llamadas nuevas, y "que 
oreo viejas, y hasta la saciedad refutadas. No puedo ser un mero exposi- 
tor do las ideas de los socialistas de cátedra, que firiamenté os refiera en 
qué consisten, para que las aprendáis y las apreciéis del modo que juz- 
guéis conveniente. Os diré, sí, lo que esa escuela piensa, y seré en la 
e;xpo3Ícion exacto y justo; pero voy también á combatirla procurando 
convenceros de que esa escuela lleva una tendencia equivocada, de <|ne 
esa escuela representa .la injusticia y el error en el orden económico, 
mientras que la antigua representa la verdad y la justicia. Y [por qué no 
confesarlo? 8i he aceptado el tema, á pesar de mi insuficiencia personal 
y de la falta de tiempo^ es porque he querido no desaprovechar esta oca- 
sión que se me ofrecia, para defender mis convicciones, y exponer una vez 
más en voz alta mis ideas 

Estáis^ pues, advertidos, y supuesto que el tiempo de que podemos 
disponer es tan corto, entremos en materia, examinando lo que es y lo 
que representa en el movimiento de la ciencia y de la vida moderfia el 
socialimo de cátedra, denominación ideada en Alemania, y aceptada ya 
en casi todas las demás naciones, para caracterizar la tendencia científica 
y las doctrinas de esa llamada nueva escuela de economía pcditica. 



Pero antes es preciso decir algo sobre la eacaela antigua, recordando 
epi breves frases sus antecedentes, su método, sus principios, sus tenden- 
cias, y su trascendencia en la vida de los pueblos modernos. 



EL SOCIALlíiMO DE CÁTEDRA. 175 

Es la economía política una ciencia de origen muy reciente. Desdo 
que la sociedad humana existe, presentan las relaciones sociales el aspec- 
to particular que constituye el objeto de esta ciencia, como presentan los 
aspectos jurídico, moj-al y otros muchos, basados en los elementos fun- 
«tementales de ese gran organismo, al que llamamos Sociedad humana. 
r 1 ^^^""^i^i^*^ ordenado y metódico de las relaciones naturales 
entre loa hombres, bajo los varios aspectos que pueden tomarse por ob- 
jeto del estudio; el conocimiento que ofrece un cuerpo de doctrina, con 
la generalidad y las condiciones necesarias para que esa doctrina pueda 
ser considerada como cierta en todas las épocas y lugares, en todos los 
estados y situaciones sucesivas de la humanidad; el conocimiento, en fin, 
con. todos los caracteres que exige lo que llamamos una ciencia, data, en 
el órd^n económico, no ya de los tiempos que llamamos modernos, sino 
de los mas próximos al nuestro, del siglo xviil. 

La humanidad ha vivido en sus primeras épocas, ignorando que hay 
leye^ natiurales que regulan los fenómenos económicos, y ha procedido 
empíricamente para resolver los problemas de este orden. Era preciso un 
inmenso desarrollo histórico y la acumulación de numerosas observacio- 
nes durante muchos siglos, para que la inteligencia humana Uegam á 
percibir que la sociedad tiene leyes naturales constantes que presiden á su 
existencia y á su desenvolvimiento, no ya en tal ó cual grado particular 
de civilización, sino en todos los grados, dasde el más humilde a] de ma- 
yor progreso; leyes de ayer, de hoy y de mañana, del pueblo primitivo, 
del atrasado y casi salvaje, como de los civilizado* que hoy conocemos, y 
de los que la razón nos permite prever en el más remoto é indefinido por- 



venir. 



Así, los hombres se ocuparon siempre en las cuestiones económicas, 
pero la economía política no nació como ciencia hasta que &i. el siglo 
ultimo se descubrieron por la escuela fisiocrátíca francesa y por Adam 
bnuth algunas de sus leyes fundamentales, que sirvieron de base para 
llegar, mediante un desarrollo no interrumpido desde entonces, á la de- 
terminación de un cierto orden de la sociedad humana, correspondiente á 
un aspecto general y permanente do sus relaci<mes, y que presenta un 
conjunto orgánico de principios y leyes necesarios, fatales, impuestos al 
hombre por su propia naturaleza, que el hombre no puede alterar á su ca- 
pricho, y á que ha de sujetarse en todas partes y en todos \b% estados y 
circunstancias. 

I^a economía, á pesar de ser la más moderna de las ciencias morales y 
políticas, esi «i embargo, la que mayores progresos ha hecho en los últi- 
mos cien anos; la que hoy tiene leyes mejor conocidas y mejor demostra- 
das. Nació, como todas las ciencias nacen, pobre en verdades, y éstas re- 
vueltas y confundidas con graves errores; pero gracias á que fué la primera 
ciencia sodal que adoptó el método de observación, dejó pronto atrás á 
sus companeras. Percibieron los fisiócratas, mediante d estudio de los 
hechos sociales, que en la vida económica de los pueblos hay algo gene- 
ral y armónico que funciona necesariamente á despacho del hombre y de 
los gobiernos, y aunque se equivooaron en la apreciación de muchos he- 
chos y formaron coioceptos inexactos de la riqueza y de la producción, 
establecieron la primera base firme del edificio científico. Adam Smitb 
cometió los hechos de la producción á una análisis detenida y minuciosa, 
y afirmó la ley de la división del trabajo, que esplica los resultados de la 



176 10." CONFÍRENCIA. 

iiaciedad natural descabieita por los fiíiÓGratas. No llegó Smith^ sin em- 
t>ar^., á la determinadon completa de lo3 fiíndamentos de aquella ley, y 
todavía consideró la producción y la riqueza bajo un aspecto limitado, 
desconociendo la productividad de la acción humana que no se ejercita 
sobre objetos puramente materiales. Say dio un nuevo paso, llevando 
mayor luz sobre las leyes que rigen en la distribucionyen elconsumo de los 
productos del trabajo. Malthus estableció las leyes de la pobladon.Duno- 
yep ensanchó los conceptos de la producción y de la riqueza, compren- 
diendo en ello», respectivamente, á todos los hechos de la actividad 
humana dirigida á un fin, y á todos los resultados útiles de esa actividad. 
Bastiat aclaró y fijó el concepto del valor económico, y otros economistas 
con importantes estudios y ooservaciones, Rossi, MiU, Macleod,Bagchot, 
Stanloy, Molinari , Gamier» Walras, Scialoja, Minghetti, Wolkoff, Thü- 
nen y muchos que no cito^ han aumentado el caudal científico y contri- 
buido á depurar los principios, extendiendo á la vez los- límites del cono- 
cimiento económico y afirmándolo sobre firmes é inquebrantables funda 
mentes. 

No es esto decir que la ciencia económica se halle ya definitivamente 
constituida, ni que la debamos considerar como terminada. El desarrollo 
científico no concluye nunca en ningún orden del conocimiento^. La eco- 
nomía política es y serás' empre susceptible de mayores progresos, y tal 
vez de reformas importantes. Todas las ciencias se hallan en igual caso, 
y en todas vemos trasformaciones motivadas por nuevas observaciones y 
estudios, que permiten rectificar tal d cual error, introducir tal ó cual 
cambio en la clasificación de los conocimientos adquiridos, descubrir 
principios nuevos y superiores, que reemplazan á principios anteriores 
incompletos é insuficientes para la explicación de todos los fenómenos 
observados. 

La eiíéra económica ofrece ancho campo á la investigación, así en lo 
que se refiere á sus relaciones con las otras esferas científicas, como ^u lo 
perteneciente á su propio contenido, y á las aplicaciones de sus principioB 
á la dirección de la vida individual y social. 

En mi sentT, la economía política se encuentra hoy en un estado 
que tiene, grandes analogías con el de ciertas ciencias naturales, como la 
física y la química . Vemos en aquella como en estas un movimiento de 
condensación que lleva á coordinar las doctrinas bajo un solo y superior 
principio, á la vez que un movimiento de extensión y de ensanche, que^ 
partiendo de cada uno de los pmcipioe fundamentales, lo desenvuelve 
creando órdenes científicos particulares, en muchos de los cuales avanza 
el oono^miento y se consolida por los procedimientos matemáticos. En 
su evolución histórica, la economía como la física, ha empezado afirman- 
do principios que no tenian entre sí un enlace bien determinado; después 
ha relacionado estos mif»nos principios, descubriendo sus fundamentos co- 
munes, y por lo tanto leyes superiores más generales, y al mismo tiempo, 
ahondando en el estudio del contenido de cada uno de los primeros prin- 
cipios, ha ido formando como ramas particulares que arrancan del tronca 
común y jiertenecen al organismo general, pero que tienen á la vez un 
organismo intmor bien determinado, bastante complicado y rico para 
constituir una ciencia particular. 

Así en la diferenciado^, como en la unificación de la ciencia econó- 
mica; caben y se están realizando en nuestra época notables prc^esos. 



BL SOCIALISMO DE OÁTAORA. 177 

Paade hoy dectraecon propiedad, que exhte no sólo una ciencia general 
económiea, sino nn gmpo de ciencias económicas particularai de la pro- 
ducción, del cambio, del crédito etc., como existiendo una sola física ge- 
neral, hay ciencias particulares de la luz, del sonido, del movimiento. 

En el sentido de la unificación, no está la economía política tal vez tan 
adelantada, ó mejor dicha, no hay compleU acuerdo respecto de la de- 
terminación de su esfer» propia y peculiar, y del principio fundamental, 
^ne caracteriza á esa esfera y la diferencia de las que corresponden á 
otras ciencias sociales. Creo, sin embargo, que sobre este punto está 
próximo ya el acuerdo de los economistas, y se presenta en el campo 
científico un problema superior, que es el de la constitución de una 
ciencia social que abrace en su totalidad las relaciones de los hombres, y 
ofrezca una explicación del organismo de la sociedad humana, en su vida 
y en su desarrollo histórico, más completa y sintética que las explicacio- 
nes, que obrando separadas, puedan dar las diversas ciencias morales y 
Í>oliticas. Realizada, ó á punto de realizarse la constitución definitiva de 
a esfera particular de cada una de estas ciencias, y la determinación de 
las relaciones que entre sí tienen, el espíritu humano empieza hoy á in- 
vestigar y á poner los primeros cimientos de la sociología. 

Expuestas las anteriores coiisideraciones, necesito ahora indicaros 
cómo comprendo la exteniñon y los límites de la esfera económica, según 
la economía política antigua, que ea la mia, y cómo determino el aspecto 
de lasreladones sociales, que constituye el objeto de esta ciencia. 

Es mny coman creer que en la sociedad humana haj un orden eco-^ 
nómieo separado de los temas, una cierta esfera especial, en la que se 
realizan lo3 fenómenos económicos, y que ee distinta de la esfera de loa 
hechos morales y de los jurídicos. Ciertos errores, muy disculpables en 
los primeros economistasi y los defectos del tecnicismo de esta ciencia, 
obligada á em{dear términos tomados del lenguaje vulgar, en el qae 
tienen una significación diferente de la científica, han producido alguna 
confusión en este punto, que sólo se desvanece con el estudio detenido de 
las leyes económicas. Los que no hacen este estudio, desconocen el ver- 
dadero sentido que por los economistas se dá á las palabras trabajo, uti- 
lidad, riqueza, propiedad, capital y otras, correspondientes á concepto» 
fundamentales, y tomando estas palabras en sus acepciones vulgares, no 
saben ni pueden determinar claramente el verdadero contenido, ni la 
«xtension de la ciencia económica. 

No cabe dentro de loa límites de esta conferencia, explicar los con- 
cepíoa expresados, y he de concretarme á exponer e.i ^ breves jmlabras lo 
qu» pienso sobre la esfera propia de la econom-'a política. 

UonndeB» ala sociedad humana como un todo orgánico. Son los in- 
dividuos elementos esenciales de este todo, con una espontaneidad y una 
finalidad propias. El organismo está constituido por relaciones fundadas 
en la naturaleza misma de los seres individuales. Estas relaciones s<mi 
complejas y pueden estudiarse bajo diversos aspectos; su conocimiento 
completo pertenece ala ciencia general, que podemos llamar sociología. 
El estudio pwtkmlar de cada uno de los tarios aameeto» de las rela- 
€Íonea humanafl, constituye lad ciencias sociales particulares, que hoy se 
llaEian> morales y políticas. 

Cada una de estas ciencias abshae de la relación total, el aspecto que 
le corresponde y determina sus leyes especiales, pero la relación, en la 



178 10.* CONJTRRJSNGIA. 

vida del hombre y de las sociedade», no por eso pierde su carácter de 
complejidad, ni deja de realizarse totalmente» interviniendo en su reali- 
zación todos los principios y leyes de los diversos órdenes. Así en cual- 
quier relación kumana» hallamos el elemento moral, como el jurídico y el 
económico y otros, fundados en las varias condiciones morales, iníelec- 
t nales y físicas, del aér humanó. La separación de los aspectos de las rela-^ 
clones existe^ pues^ en la razón y en la ci encía, pero no en la vida, en la 
cual cada acto es una resultante del conjunto de todos los elementos, que 
sólo para el estudio la ciencia separa. 

. Piensan también los economistas que el organismo social es medio y 
condición para la realización de loa iSnes individuales, y que si bien el 
individuo nos aparece por su naturaleza como elemento del oi^anismO' 
social, y puede en cierto modo considerarse como medio para loa fines 
de este organismo, realmente, y en último resultado, el individuo es me- 
dio para su propio fin, por más que este fin no pueda realizarse sino me- 
diante el cumplimiento de las relaciones del organismo social.. 

Ahora bien, ¿cuál es el aspecto particular de las relaciones sociales,, 
que podemos llamar económico, y cuyo estudio <^onstituye el objeto y de- 
termina el contenido y la esfera de la economía políticaí Creo que este^ 
aspecto puede fácilmente determinarse, y voy á^ procurar hacerlo. 

El hombre es un ser condicionado y limitado, á quien no ea dado 
abarcar ni conocer su finalidad total. Aparecen á su espíritu los fine& 
como parciales y limitados, y los conoce y aprecia diversamente, s^un 
sus creencias, sus pasiones, sus instintos. Esos fines se preBenta.n al hom- 
bre con el carácter genérico de nece$idad^ y el hombre necesita de los me- 
dios adecuados para la realización de aquellos. 

Los medios existen en la naturaleza, pero sólo son eficaces mediante 
la actividad humana. Ea el hombre, sor activo que dirijo sus fuerzas ins- 
tintiva ó reflexivamente al cumplimiento del fin, ó sea á procurarse la 
satisfacción de m^ necesidades. El resultado de la actividad es algo qué 
sirve para proporcionar las satisfiacciones, más ó menos directaimente. 

Todos los actos y relaciones humanas pueden ser estudiados bajo el 
aspecto abstracto de ser medios para la realización de un fin; prescin- 
diendo de la naturaleza particular de éste, de la forma especial dfr 
la actividad, de la naturaleza especial del resultado. El estudio de los 
fines en si mismos; el estudio de lo que podríamos llamar la tecnología de 
los medios y procedimientos, y el estucüo de las cualidades y consecuen- 
cias de los resultados, ó sea de las satiafiíccione» obtenidas, pueden ser y 
son objeto de diversas ciencias. La que llamamos economía política, sólo 
considera él acto y la relación humana, en su aspecto al^tracto y ge- 
neral de relaciím de medio á fin; sólo estudia las leyes, según hvs cuales, 
los Toedios, al im^lso de la actividad humana, y sean cuales fueren su 
forma y condiciones, se producen, se proporcionan, se distribuyen y se 
aplican á los fines ó satisfacciones. 

De aquí que la economía política no es, como algunos han creido, la 
cienctó del cambio, ni la del valor, ni la de la utUidad, ni la del trabajo, 
mJa de la propiedad, etcv Es ciencia de todo esto, porque es ciencia de 
toda la vida social, pero sólo estudia un aspecto determinad© de los actos 
y relaciones, y este aspecto es aquel en que el acto ó relación nos aparece 
como m^w para unjvn. No hay, pues, en el organismo social una esfera 
particular económica separada de la jurídica, de la moral, de la científica, 



EL SOOrAUSMO DE OÁTKDRA. 179 

de la artística, etc. Todos estos órdenes se reimea y combinaa para deter- 
minar y regir la telaclon social^ y cada uno de ellos, en el orden racional 
y científico, sólo está constituido por un aspecto particular, abstraido de 
la totalidad de la relación. En todo hecho y relación social hay, pues, 
aspecto económico, y tiene sa objeto de estadio la economía política; 
pero esta ciencia no abrato ni comprende la relación total, ni pnede por 
su solo poder, y prescindiendo de las demás ciencias sociales, dar solu- 
ción completa á ningún problema ó cuestión de los machísimos que la 
vida de la sociedad propone á la razón humana. Así, toda relación entre 
hombres es económica; pero no es solamente económica, como no es sola- 
mente jurídica ó moral, ó de cualquier otro orden. 

Por lo que acabo de decir, se vé ya la injusticia con que se acusa á los 
economistas de tener la pretensión de resolver por sí solos todos los pro- 
blemas, y de considerar que la economía es toda la ciencia, social. Esta 
acusación carece de fundamento. Lo qiie los economistas afirman es, que 
ningún problema puede resolverse sin |el concurso del conocimiento eco- 
nómico; pero reconocen que este solo conocimiento no basta, como no 
basta para la resolución de ningún problema social el derecho, ni la mo- 
ral, ni lá fisiología, ni la física, ni la mecánica, ni ninguna otra ciencia 
aislada, de las hasta hoy constituidas con el objeto de estudiar ai hombre 
y á la naturaleza en sí mismos y en los varios aspectos de sus múltiples 
reladones. El economista, en fin, por sí solo, no puede resolver ningún 
problema social, pero ningún problema social puede ser resuelto sin pedir 
al economista auxilio y consejo. 

Puede decirse, sin embargo, en disculpa de los autores de esta acusa- 
ción contra la economía política, que en cierto modo las circunstancias 
y condiciones en que esta ha nacido y se ha desenvuelto en nuestro tiem- 
po, han contribuido á prolongar la confusión respecto del concepto y de 
los limites de lo que es, propiamente hablando, económico. Desde sus pri- 
meros pasos, los economistas han vivido y tomado parte activa y eficací- 
sima en la recia batalla contra los privilegios, las iniquidades, los absur- 
dos de todo género que existían en la sociedad del antiguo régimen. Al 
mismo tiempo que observaban y descubrían las leyes naturales econó- 
micas, combatían para Uevar á los problemas sociales las soluciones qu^, 
por el conocimiento de aquellas leyes, les parecían más adecuadas á las 
necesidades y más urgentes . 

La vida de los economistas ha sido y es aun, un perpetuo combate, en 
el que siempre han peleado en pro de la libertad humana, rcclieiinando el 
respeto á la personalidad y al empleo libre de la actividad del hombre en 
todas las esferas do la vida. Pero cuando esto hacen, no obran sólo como 
economistas, ni toiúansasargunientos exclusivamentedel campo económi- 
co. La abstracción, posiUe en la esencia, no lo es en la vida, y al tratar de 
la resolución de los problemas, al entrar en el terreno de Iím aplicaciones, 
el economista tiene en cuenta el derecho, la moral y todos los conoci- 
mientos que á la sociedad se refieren, como los jurisconsultos y los filósofos 
y los moralistas y los físicos y los matemáticos, cuando hacen aplicación 
de su ciencia á las cuestiones prácticas de la vida, tienen en cuenta los 
demás aspectos y hablan como economistas, esto es, consideran el aspecto 
económico que existe en todo acto y relación social. 

Pero no puedo extenderme mucho en la explicación de estas ideas, si 
ha de quedamos tiempo para el objeto de la presente conferencia. Resu- 



ISO 10/ CONFERENCIA. 

miró lo expuesto^ quo ni3 ha parecido necesario para apreciar con mayor 
conocimiento los principios' y la» tendencias de la llamada naeira econo- 
mía p(riítíca, ó. socialismo de cátedra, consignando qae segan los- econo- 
mistas á la aniiffua, la sociedad es- nn organismo real j natural, j no una 
agrupación caprichosa de seres. La vida social se impone al hombre por 
las condidoses mismas de sn naturaleza indívidaal; j no es arbitraria, 
sino que está sujeta á. loyev de todoi los tiempos y logares, que donñnan 
en todos los aetoaj relaciones, y dentro de cuyos limites se yerífica la 
ev^olucion soeial como la individual, mediante* la espontaneidad y la ac- 
tividad del hombre. Este no crea la» leyes sociales; las descubre y huí 
aprovecha, sometiéndose á ellas para su» fines y su» progreso, pero cuando 
ejercitando su libertad, quiere contrariarlas en lo que tienen de funda- 
mental y necesario, todos sus esfheno» son ineBcaces, y el hombre es 
fatalmente vencido. 

Las leyes sociales tienen un principio de unidad en la naturaleza hu- 
mana, y bajo una ley superior de armonía, constituyen para el conoci- 
mimto científico órdenes diversos, pero no independientes, ni mucho 
menos coníradictorios entre sí. Entre estos ordene» está el Ibtmado eco- 
nómico, en el que sólo estudiamos al hombre y á la sociedad, bajo un as- 
pecto que ab»trBemoB de la relación total, y que es aquel en que el acto 
y la relación nos aparecen meramente como actividad y medio para el 
cumplimiento del fin. En este orden económico, que nrescinde de las 
formas particalares d© la actividad, así como de la naturaleza y condicio- 
nes especiales de los fines, hay leyes y reglas eternas, invariables, de 
todos los tiempos y civilizaciones, y estas leyes en su conjunto y enlace 
ordenado y metódico, constituyen una ciencia, un cuerpo de doctrinas, 
con todos los caracteres científicos de comprender relaciones entre hechos 
de una naturaleza determinada, y de explicar satisfactoria y completa- 
mente todos los fenómenos hasta hoy conocidos, que á esos hechos y rela- 
<;ÍQnesse refieren. 

Claro está que no puedo exponer aquí esas leyes y doctrinas. Basta 
para mi propósito indicaros^ que de ellas se deduce una regla para la vida 
social, que caracteriza la trascendencia práctica de la ciencia económica. 
Esta regla es el respeto de la mayor libertad individual para determinar 
los fines, y para procurarse lo» medios. Es la constitución de la sociedad 
sobre la base de las leyes naturales de su organismo, de modo que todas 
las relaci<Hies funcionen por el impulso de las fuerzas individuales, mo- 
viéndose dentro de un orden jurídico que asegure á todos y á cada uno 
la inte^dad de sus derechos. Es la institución del Estado, limitada á la 
esfera jurídica, dejando hacer y dejando pasar á la libertad humana en su 
incesante acción, dirijida á buscar y realir^r, ya individual, ya colecti- 
vamente, mediante la creación de organismos e]i^)ecíales, todos lo» ideales 
y todos los modo» de alcanzarlos. 

H 

Dad% esta ideado la anVigua escuela de eooncimía p3litica, vengamos 
á la nueva, ala de los economistas autoritarios, ó socialistas, cU c^^d^» 
Empezaremos diciendo algo de los antecedentes de este socialismo. 
La economía política tiene contra sí desde su nacimiento, enemigo» 



EL SOCIALISMO DE CÁTEDRA. l^^ 

poderoso» que han combatido y combaten Bxm doctróiafl y tendencias con 
gran energía. Todas laa escarias- qwe niegan inásó ménoaiándamental- 
mente la libertad individnal^ Las eaeoela» qm no admkwi la existencia 
de leyes naturales socales; las que oomideran el mal como elemento fa- 
talmente preponderante en la vida de las sociedades humanas; lo» inte- 
reses y privilegios creados artificialmente por el antiguo estado político, 
constUnyen otros tantos importantes^ elementos de oposición á la doctri- 
na de los economistas; elementos que se han manifestado siempre y se 
manifiestan hoy de muy diversas maneras. Los partidarios de la división 
fatal de la humanidad en clases, con distintos cUrechc(s; del derecho di- 
vino; de la necesidad de inventar fórmulas artificiales para organiíax la 
sociedad; de la idea de nacionalidad como base del oig^nismo económico, 
y de otros errores que durante muchos siglos se han disputado el dominio 
de los pueblos, han visto en la economía política uaenemigo^ cuyos pro- 
greses les era preciso impedir á toda costa. • ' ¿ i 

Alemania es el país que mayor resistencia ha opuesto siempre á ja 
constitución de la ciencia económica. El concepto de esta como ciencia 
general humana, independiente de la moral y del derecho, no ha sido ad- 
mitido nunca de un modo completo en Alemania, y si him algunos filó- 
sofos y economistas han comprendido y afirmado aquel concepto, la mayor 
parte de los especialistas del óiden económico, salvocpntadas excepciones, 
sólo han visto en este conocimiento, un estudio de mera aplicación, su- 
bordinado á las ciencias políticas, una especie de rama de la administra- 
ción y gobierno de lo3 pueblos. 

Eíi los libros de los economistas alemanas, se vé desde hace mucho 
tiempo prepondera» dos ideas completamente falsas.; el particularismo 
económico nacional, n^acion de las kyes generales humanas, y la posi- 
bilidad de organizar y dirigir toda la vida social poí el Estado. Estas do» 
ideas han sido favorecidas en Alemania, por las circunstancias especialísi- 
masen %ae aquél país se ha encontrado durante los último» setenta anos. 
La asfdracion á constituir una gran nacionalidad germánica bajo un sóh» 
Estado^ debia necesariamente producir una opinión favorable á la con- 
centración gubernamental de fiíerzas, y una política com^ensiya ygencn 
ral respecto de los diverso» puebloaen que Afemani* estaba dividida, pero 
particularista respecto de las demás naciones. En el movimiento mtel^- 
tual y científico alemán, como en las reformas políticas y económicas del 
último período histórico^ so vé claramente influir y manifestarse aquella 
asinracioa, que ha impuesto álos esfuerzos una dirección determinada é 
interesada, incompatible con la pura investigación científica, la cual no 
debe proponerse xaá» objeto que la verdad. . 

El famoso Sistema naeioml de ecommia polüica^ de Federico Lwf, pu- 
blicado en 1841, es la manifestación más vigorosa del particutensmo 
económico alemán, y puede afirmarse que constituye uno de los yrmcipa- 
les antecedentes del actual socialismo de cátedra. Pero no es el único. Este 
socialismo es además y no podia menos de ser, legítimo descendieote de 
la doctrina socialista general, que tanta impoítanoia llegó á adquirir en 
el movimiento intelectual de Europa durante la primera mitad de^ esto 
siglo, hasta que en la revolución francesa de 1848 dio la medida de su 
impotencia. 

El socialismo anterior á 1848 pres^taba fórmulas diversas, poro que 
entrañaban siempre un principio común; la organización y k dirección de 



182 10/ CONFERENCIA. 

toda la vida económica por el Estado. La sociedad humana, para los sec~ 
tarios de 0#en, de. Foürier, de Saint-Simon, de Cabet, de Luis Blanc» 
era materia tan flexible, tan manejable, tan indiferente en si misma á la 
forma, que se le podia dar por la fuerza del Estado la organización que 
se qubsierá. 

Lo preciso para curar de una vez los males sociales, era inventar una 
buena organiza<non, que en tenié ndola, el Estado la apli(Miría, j la tieiTa 
podría volver á ser para la hoy desgraciada humanidad un delicioso 
paraíso. 

El socialismo novísimo, que tiene su más importante manifestación 
en las doctrinas de la sociedad Internacional de trabajadores, comete los 
mismos errores de fbndo que vemos en los sistemas anteriores á 1848; está 
inspirado por el mismo espíritu anti-liberal v comunista, y adolece de la 
misma falta de sentido científico, pero se difórencia de su antecesor en 
que aspira á realizar las reformas sociales, no por medio de la acción del 
Estado, sino por la acción y la fuerza directas de las clases, á quienes se 
supone perjudicadas é injustamente explotadas con la oi^anizacion exisr 
tente. 

No cabe en esta conferencia una explicación de los enrores comunes 
al socialismo autoritario y al posterior á 1848, que podemos calificar de 
anárquico, supuesto que uno de sus principios es la supresión de lo que 
hasta aquí se ha entendido por Estaao, y los socialistas de hoy llaman 
Estado histórico. Basta á mi propósito indicar que entre uno y otro so- 
cialismo y las doctrinas de la economía ruieional de List y de sus discípu- 
los, hay una íntima relación y un lógico enlace, que explican cómo en los 
últimos treinta años el socialismo, al mismo tiempo que perdía el crédito 
en la opinión ilustrada y científica de Europa^ ha ido ganando tei reno en 
Alemania, donde ha encontrado á la opinión general falta de buena 
doctrina económica y bien preparada para admitirlo, por los errores de 
la escuela proteccionista y autoritaria. Y se observa en Alemania que, 
á la vez que el socialismo de la organización del trabajo por el Estado se 
implanta en las clases medias y llega á dominar en las Universidades, el 
socialismo intemacionalista se apodera de las clases inferiores y se desar- 
rolla y extiende con extraordinaria rapidez, formándose dos grandes cor- 
rientes ó tendencias que tienen su origen en los mismos errores, pero que 
si^^i diceceiones diferentes; la de lo^ hombres científicos que al Eétado 
quieren dar todas las fuerzas y que del Mistado esperan los remedios á los 
males sociales, y la de las clases trabajadoras que pretenden realizar por 
sí las reformas y no. dejar nada en jñé de la organización jurídica y políti- 
ca existente. 

A la primera tendencia corresponden loa trabajos que después del fa- 
moso Kbro de List han visto la luz pública en Alemania, inspirados por 
la idea del particularismo, y que alejándose cada vez más de la ciencia 
económica, constituyen lo que se llama el socialismo de cátedra; á la 
segunda tendencia los escritos y la propaganda de Carlos Marx, de 
Lasálle y de los actuales jefes del socialismo internacionalista. 

Después de estos preliminares, que abrevio para no dar inusitada 
extexuiion á esta conferencia, podemos ya detener la atención en las doc> 
trinas actuales del socialismo de cátedra^ fijándonos solamente en sus 
principios y rasgos más fundamentales y característicos. 

Para esto me valdré, con gran ventaja vuestra, de un trabajo muy 



11 

1f 
11 



11 



EL SOCIALISMO D£ CÁTEDRA. 18^ 

reciente hecho por el ilnstre economista Dameth. £n este trabajo (1) se 
resume con tanta exactitud como concisión y claridad, la doctrina so- 
ciftlista, en cuyo examen nos estamos ocupando. Voy á leeros este re- 
sumen: 

fiLa creencia en. leyes naturales y universales^ en materia de econo- 
mía social, carece de todo fundamento, y es una concepción quimérica 
desmentida por la observación de ios hechos. Cada pueUo y cada época 
tienen su organización económica, derivada del carácter, de la historia 
^«y de las nec^idades nacionales, y esa organización no tiene en si mis- 
ma nada constante ni autonómico, porque á cada momento se modifica 
'•tK)r el ascendiente ó por el impulso de los resortes morales del hom- 
^ibre. 

tfLas cuestiones g^ierales y especiales del orden económico tienen así 
iten cada país su esencia particular y local, y no se relacionan por lazo 
'«alguno ae anidad de principios con las cuestiones análogas de los otro» 
itpaíses. Pnra resolver, pues^ los problemas sociales, hay que buscar los 
ifdatos necesarios en las instituciones, en la historia y en la estadística 
iinacional, y de los elementes ccnnbinados de la civiliziAcioiv-politicá, re- 
filigion, moral, etc., resumidos en el Estado, han de venir las jiolu- 
itciones. 

itEstos principios fílosófico-sociales se deducen de la infinita variedad 
iique ofrecen al observador el plan y la marcha de la economía social 
lien la historia, según los tiempos y lugares. iQué relación de semejanza 
Mpnede encontrarse entre los pueblos primitivos y los modernos, y aún 
iitomando la misma época, entre un pueblo y otro pueblo? Instituciones, 
nleyes, costumbres, derechos, todo es diferente, y para hallar semejan- 
iizas hay que reducir la sociedad humana á términos tan vagos^ que ésta 
iipieide todo lo que caracteriza su naturaleza jH^opia: la inteligencia, la 
iivoluntad, la libertad, etc. 

"No existen más órdenes naturales y comunes que el del universo físi- 
mco, en el que todo es fatal, y di del mundo animal en que reina la lucha 
nde todos contra todos; lucha de que el hombre se emancipa por la edu- 
"Cacion que recibe poco apoco en el cuadro social. No hay, pues, dere- 
iichos, como no hay leyes naturales. £1 homlNre, primero es nna bestia 
iique se mueve por los impulsos de su egoismo, y permaneceriá siempre 
ven tal estado, sin la violencia saludable que sobre é) ejercen la ley eacri- 
nta, la moral, la religión y el Estado. 

ftLa hipótesis de las leyes y derechos naturales es el fundamento de 
'<la escuela de Adán Smith, que cree ver una armonía innata entre los 
^intereses. Corresponde esta idea á la utopia de »>un estado natural,n 
iiimaginado por algunos filósofos franceses del siglo XVIII. La doctrina 
iieconómica nació bajo los ausjácios de esa ntopiai Por eso proclama la 
itlibertad industrial completa, sin otra r^la que la competenda de los 
^intereses mismos entre si. Según los eoonomistas, la competencia libre 
iirealiza la más justa distribución de los productos del trabajo, y eleva el 
itbienestar general á su máximo. Pero es evidente que la doctrina eoono- 
itmista^ resumida ensu máxima: *t(¿^W haeet^f dejad paeour^w es íalsa, por- 
•tqtie la competencia somete á los débiles á la explotaciiHi de los fuertes. 



( 1 ) Jaumal de» ^conomia^^.— Ndmei o. de I^oviembre da 1877« 



184 10.* C0NF£IUINGJA. 

itj DO haíCe más que eonfa^mr y legitimar los eíSectos del antagonismo 
nMalde loB ingreses. L* libertad, léjo»de establecer el ér^n y la paz, la 
tfjvst cía y ia propiedad en el mundo económico, ptodace precisamente 
iiresultados contrarios. La libertad es el reinado del materialismo, de la 
tiintqnidad y de la miseria de las multitudes humanas; 

hEb TBZ'de tender á desarmar al Estado como pretende la escuela an- 
iftígua, es pieeiso ampliar y fortalecer las faooltades del Estado, qne no 
tíMo es el árgano del orden ^púbKco, sino el agente más poderoso de la 
iicívilizaoion. Al Estado inenmbe dir^ir la economía social, interñnien- 
Tfdo, según sea necesario en cada caso parfcioolar, en ila arena de la indus- 
•rtria paní' proteger y conciliar y equilibrar sabiamente la producción y 
Illa distribución, j para defender á la industria nacional contra la com- 

Setencia extranjera y á cada elemento de la indastria nacional contra los 
emás <elemento!i de la misma. » 

En este resámen, caya perfecta exactitud me atrevo á garantizar, 
porque no hay en él una s(da idea que no esté, ó textualmente tomada 
de los libros más importantes publicados por «1 socialismo de cátedra, ó 
deducida inmediata y rigorosamente de las afirmaciones hechas en esos 
]ibM)s, veis que la llamada nueva escuela de economía política, no trae 
á la discusión científica nada nuevo, ni dice nada que no sea repetición^ 
con más ó menos aparato, de cosas dichas án^es por las escuelas socialis- 
tas. Todo eae movimiento intelectual, dirigido por hombres de talóte 
innegable y de gi«n instrucción, pero oliscados peor ciertas tendencias 
dominantes en Alemania y extraviados por la falta de sólidos estudios de 
la ciencia económica; movimiento que ha tenido eco, y pretende formar 
escuela en Italia con Lnzzati y otros, en Francia con De Laveleye, y en 
España con personas dignísimas, algunas para mí muy respetables y que- 
ridas, se reduce á una especie de renacimiento del antiguo sociali¿nK> 
autoritario, en el cual ha tomado el de cátedra toda la parte crítica con- 
tra los principios de la ciencia económica, y los dos errores fundamen- 
tales de la necesidad de crear artificialmente leyes de organizadon, su- 
puesto que no las hay naturales, y de confiar á la institución Eglado la 
dirección y la iniciativa en la vida social. £n los libros de los grandes 
maestros de la nueva escuela Hillebrand, Knies, Schmoller, Scheel, 
Roesler, Rumelin, Vagner, Lange y otros, en los discursos pronunciados 
en la Sociedad de polUiea social, d^e su primera reunión celebrada en 
Eisenach, en Octuore de 1872, hay algunas diferencias de detalle, más 
ó menos pasión, más ó menos claridad, más ó menos resolución nara sacar 
las últimas consecuencias de los principios admitidos; pero ei fondo es 
slempve el mismo, la doctrina es siempre la conocida y mil veces refutada 
delaittiguo socialismo; Sólo se distingue de éste el de la cátedra, en que 
el úHimo no se atreve á presentar afirmaciones concretas, ni á proponer 
formas di^terminadas de organización social , limitándose, .por ahora, á 
invocar de un modo general la intervención dd Estado para conseguir la 
armonía de los intereses económicos, que supone incompatible con la li- 
bertad. 

Ya hemos visto que el socialismo de cátedra parte del supuesto de 
que no existen leyes naturales econónieas/y fiínaa en este supuesto la 
necesidad de organizar y dirigir á la sociedad humana por medio del Epa- 
tado. iPodrá prevalecer en a, ciencia, y en la ví^ contemporánea esta 
doctrina) Para nlí e«í evi8étíífe que no; Todo espíritu que no se halle ofus 



RL SOCIALISMO DE CÁTEDRA. 185 

eado ]^r prejuicios^ á poco que obeerve el orgai&lflmo socíaI de uns mane- 
ra desmterefiada y verdaderamente científica, ha de reconocer que en ese 
or^nismo hay algunas leyes naturales y necesarias. Fijándonos en el 
orden económico, es imposible negar tales caracteres por ejemplo, á la 
sociabilidad, á la división del tralMJo. Esimpoeible negar que la produc- 
ción, je\ cambio, el pvecio, obedecen á relaciones constantes que existen 
entre estos fenómenos, y entre loa miUMos y sus causa«. Es imposible ne- 
gar que el hombre aspira á la satisñMOoion; que el medio para obtener ésta 
es la actividad; que en la natuarttleza humana existe la tendencia á obte- 
ner la mayor cantidad posible de satisfacción con el menor esfuerzo po- 
sible. Y si partiendo de estas bases inquebrantables, se deduce lógica- 
mente la existencia de un oiganismo natural, en el que todas las fuerzas 
y energías funcionan tanto mis armónica y ordenadamente, y todos los 
bienes económicos se distribuyen y difunden, tanto más proporcionada- 
mente á los esfuerzos hechos para crearlos, cnanto mayor es la libertad de 
acción que las instituciones positivo-sociales aseguran al individuo, bien 
podemos afirmar que la <nencia y la verdad están con los antiguos eco- 
nomistas, y que toda escuela que para el conocimiento y la mejora de la 
sociedad humana, no sólo prescinda, aino que reniegue como lo hace el 
socialismo de citedra, de los trabajos de aquellos, na de conducir ne- 
cesariamente al error y á la injusticia. 

¡Qué absurdas consecuencias se deducen, en efecto, lógicamente dé los 

{principios proclamados por el sodaliamo de cátedra y por todos los socia- 
ismoBl La humanidad no existe para los economistas de la nueva escuela, 
como organismo natural. No hay más que grupos humanos sujetos á dis- 
ttntaa y particulares leyes de evolución. El principio de vida para cada gru- 
po se funda en la destrucción de los demás; la ley internacional es la lucha 
por la vida, igual en la esencia, si dilnente en la forma, á la lucha por 
la vida entre las familias de seres inferiores. El problema general socioló- 
gico no se propone armonizar todas las energías de la humanidad en su 
vida sobre la tierra, ni esto seria posible faltando las leyes naturales; se 
limita á determinar lo que conviene á cada grupo nacional, y para eáto 
estudia, no al hombre en general, sino al hombre alemán, ó inglés, ó fran- 
cés, buscando en el desarrollo y evolución histórica de cada grupo par- 
ticular, reglas efímeras, contingentes, variables con el lugar y el tienipo, 
que son las únicas que pueden existir para los modernos socialistas. 

Si consideramos la doctrina londamental del socialismo de cátedra 
desde el punto de vista de la vida individual, deduciremos también no- 
tables absurdos. 

Élprincápio de libertad, tan poderoso y enérgico en nuestros dias, es 
absolutamente incompatible con la ne^eion de las leyes naturales socia- 
les. Si estas leyes no existen, la libertad iaidividual carece de base ñrme 
y permanente. El derecho desaparece como cienoia y como principio 
fundamental de organización pasa las sociedades. En estas nada queda de 
Hostancial y permanente mas que el Estado^ quo se&ilará y hará guardar 
á cada energía individual su puesto y su misión para la vida colectiva. Y 
este puesto y esta misión podrán cambiar á voluntad del Estado, ante el 
cual el individuo será una mera fuerza, de la que aquél puede disponer 
como quiera. Dentro de tal régimen no hay eabida para las finalidades ni 
para las iniciativas individuales^ y la inmediata consecuenpta de la nega- 
ción de las leyes naturales es la anulación del individuo. 



IttG 10/ CONFJOBENCIA. 

Np puedo detenerme a examinar la naturaleza ni la midion rapional 
y cient&ca de] Esiacfo. Basta para mi objeta haceros notar que tal como 
lo conciben los socialistas de cátedra^ el £stado, plantéese como se quie- 
ra^ significa ol antiguo despotkmo con niteyas formas. Bástame Uamat 
además vuestra atención sob^^e otro punto relativo al Estado de los socia- 
listas alemanes» que prueba evidentemente lo absurdo de la doctrina de 
la escuela j la imposibilidad de que por eV camino que esa escuela sigue 
se llegue á ningún resultado científico. Dicen los socialistas que faltando 
leyes naturales es preciso que el Estado dirija la vida toda de Ja sociedad; 
que el Estado es el supremo agente de la civilización. Supongamos que 
esto sea cierto, y aceptándolo, vemos que se nos presenta inmediatamen- 
te, un problema que podemos formular preguntando: iqué es lo que debe 
hacer el Estado para desempeñar esa inmensa función de director de la 
vida? ¿Hay algunas leyes sociales naturales, necesarias, permanentes que 
deba el Estado observar y cumplir? Si las hay, queda destruida por su 
base toda la doctrina del socialismo de cátedra. Si no las hay, es imposi- 
ble contestar en general á la pregunta. Podrá contestarse para circuns- 
tancias especiales de tal pueblo, en tal momento histórico, pero la con- 
testación dada en un caso no servirá para otro caso, porque nunca se pre- 
sentarán dos absolutamente iguales. En una palabra, no habrá ni podrá 
haber ciencia social ni económica; cuando más, se tendrá un arte de go- 
bierno, sin bases ni reglas fijas, un arte empírico compuesto de tal ó cual 
miserable receta, conveniente hoy, perjudicial mañana. 

Por eso las escuelas que niegan las leyes económicas, y con ellas la 
libertad, son ineficaces para creer nada definitivo. Por eso ti^en siempre 
una vida efímera, y no arraigan en el terreno de la ciencia. La parte 
afirmativa de sus sistemas, siempre ha sido caprichosa y arbitraria, las 
organizaciones sociales que han propuesto meros productos de la fanta- 
sía, impracticables en la vida real. Desde la Eepública de Platón hasta 
los novísimos sueños de la sociedad Internacional de trabajadores, el es- 
píritu humano se ha enamorado millares de veces de fórmulas utópicas, 
erigidas todas sobre el error fundamental del socialismo; la negación de 
un orden natural social. [Qué ha quedado al poco tiempo de esas fórmu- 
las en la ciencia y en la vida? 

Los socialistas de cátedra no han llegado aún á la creación de su 
fórmula particular. Hasta ahora^ que yo sepa, no han salido de la esfera 
de las negaciones, y lo poco afirmativo que de ellos qpnozco, en tal ó cual 
libro ó discurso, se refiere á medidas de mero detalle, que no tienen ade- 
más novedad alguna, como el restablecimiento de los antiguos gremios 
industriales, la limitación del derecho de herencia, la tasa del salario, la 
organización del crédito por el Estado y algunas otras reformas del mismo 
género. Hasta ahora la escuela, que pretende acabar con la antigua eco- 
nomía política, se ha limitado á negarla. No ha presentado todavía ujpa 
nueva concepción científica que justifique la arrogancia 5 el desprecio 
con que esa escuela se permite tratar á los economistas. , . ; 

iPodrá el socialismo de cátedra presentar una concepción científica, 
«n lo sucesivo? Me atrevo á decir que no, fundándome en lo que dejo 
manifestado. Partiendo de la negación apriori de la ejdstencia de leyes 
sociales naturales, no es posible ir á ninguna parte. La escuela socia- 
lista alemana está condenada á .desaparecer en breve bajo el peso de. la; 
crítica y abandonada por sus mismos sectarios, que siendo hombres de 



EL 30CIAL[í!ÍBC0 DB OÁYKUU.V. 187 

elevado talento^ han de irao convenciendo, á medida que máa estudien y 
observen, de la ineficacia de sus esfuerzos para llegar á constituir una 
doctrina científica. Las circunstancias particulares de Alemania, que fa- 
vorecieron el nacimiento de la escuela y explican su rápido desarrollo, 
han cambiado ya notablemente. El socialismo anárquico ha de absorber 
al de cátedra, y la opinión de los hombres de ciencia volverá bien 
pronto en los estudios económicos á sucauce natural y propio. Si la falta 
de tiempo no me lo impidiese^ podría llamar vuestra atención sobre al- 
gunos síntomas que ya se observan, y que acusan este movimiento, al 
cual contribuirán poderosamente los esfuerzos de los verdaderos econo- 
mistas alemanes^ que no han dejado ni dejan un momento de luchar con- 
tra la tendencia socialista. 

Pero ya es hora de concluir, y voy á hacerlo, resumiendo en brevísi- 
mas palabras mi juicio sobre el socialismo de cátedra. Este no constituye 
una nueva escuela de economía política. No representa una nueva ten- 
dencia nacida dentro del campo de la ciencia económica, ni por sus prin- 
cipios, ni por su método. Significa el abandono radical y absoluto de los 
trabajos y conquistas del espíritu humano en un siglo de investigaciones 
del orden económico y la negación de la posibilidad de una ciencia de 
este orden. Caracterízase esa escuela, por su sentido particularista y anti- 
científico, por su desconfianza de la libertad, por sus ilusiones respecto 
del Estado. Carece hasta hoy de soluciones concretas paralas cuestiones 
sociales de nuestro tiempo, y por el vicio esencial de su doctrina, está in- 
capacitada para formular soluciones generales. Su vida será poco durade- 
ra y no puede inspirar temor alguno para el porvenir de la ciencia econó- 
nómica, que seguirá su camino en todas partes, ganando cada vez mayor 
número de adeptos en la opinión general de los pueblos. 

La escuela de los economistas^ fundada por los fisiócratas franceses y 
por Adam Smith, está informada por el espíritu individualista moderno, 
y sus doctrinas se armonizan íntimamente con las tendencias jurídicas 
de nuestro tiempo, con la aspiración del individuo á la libertad, y la de 
los pueblos á gobernarse á sí mismos. El socialismo de cátedra, sépanlo ó 
no sus partidarios, se funda en el error comunista, en los antiguos privi- 
legios, en la anulación del individuo por el Estado, en la negación de la 
libertad. Podrá por algún tiempo servir su doctrina para dar fuerza á los 
elementos reaccionarios de todos géneros y prolongar esta grande y ter- 
rible lucha de nuestro siglo, en que la democracia aspira á Ift constitu- 
ción de un EstadO; en[que se afiance de un modo definitivo la libertad hu- 
mana. Pero el socialismo de cátedra pasará, como han pasado los otros 
socialismos históricos, y la ciencia y la libertad triunfarán en la concien- 
cia y en la vida, porque contra las aspiraciones del espíritu contempo- 
ráneo, que aun en sus más tímidas manifestaciones reclama la limitación 
de las facultades del Estado por las llamadas libertades necesarias, han 
de ser impotentes todos los esfuerzos de los errorea antiguos, sea cual fue- 
re la forma con que esos errores se revistan para alucinar á los pueblos. 

He dicho. 



2 



CO)(FERENCIAS DE LA INSTITUCIÓN. 

A fin de extender la acción de estas conferencias más allá del reducido 
pública que puede asistir á ellas, se publican dasde el presente curso en 
folletos sueltos, alinamo precio de 25 céntimos de peseta, cada uno^ para 
los socios, y 50 para l&s demás personas. 

Se admiten suscriciones en la Institución y en la librería de Suarez, Ja- 
cometrezo, 72, y en la imprenta de Alaria, Estrella, 13. Elpreciode cada 
conferencia por suscricion (satisfaciendo el importe de diez) es de 35 cén- 
timos. 

Se han publicado las siguientes: 

Las elecciones pontificias, por D. Eugenio Montero Rios. 

El fatnro Cónclave, por el mismo. 

El agua y sus trasformaciones, por D. F. Quiroga. 

Turquía y el tratado de París, por D. Rafael M. de Labra. 

El poder y la libertad en el mundo antiguo, por D. Manuel Pedregal. 

El poder del Jefe del Estado en Francia, Inglaterra y los Estados-Unidos, por D. G. 
de Azcárate. 

El conde de Aranda, por D. Segismundo Moret y Prendergast. 

El Alcorán, por D. Eduardo Saavedra. 

Relaciones entre la ciencia y el arte, por D. Federico Rubio. 

El socialismo de cátedra, por D. Gabriel Rodriguez. 



EN PRENSA: 



La vida de los astros, por D. Augusto G. de Linares. 
Teorías modernas sobre las funciones cerebrales, por D. Luis Simarro. 
Horacio y su influencia en la literatura moderna, por D. José de Carvajal. 
La pintura italiana antes del siglo XVI, por D . José Fernandez Jiménez. 
La moderna literatura polaca y J. I. Krasewsky, por D. José Leonard. 

Con estas conferencias se completará el tomo de las del presente 
curso. 



Precio de entrada k las Conferencias: Para los socios ó per- 
Bonas que utilicen su derecho^ 50 céntimos de peseta; para el público en 
general^ una peseta. 



INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA 

ESPARTEROS, Q, PRINCIPAU 

11.'' Conferencia -¿^'^/^¥— 

(18 DE MARZO DE 1878) 

TEORÍAS MODERNAS 

FISIOLOGÍA DEL SISTEMA NERVIOSO 



POR 



D. LUIS SIMARRO Y LACABRA 



CO MBL MAmCOMIO 9tt BANTA ISABBL (l.BOAMáSj 



Tomada de la RRVISTA DE FJSPANA 



^AMMAA/^/\/^^Ay^W\/W^^^/^A/^^«^yw% 



MADRID: 1878 

8TAaL.ECiMIENTO TIPOGRÁFICO 
de lot «cflores J. C. Condo y CompaAía 
Oaftoe, 1 



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UNDÉCIMA CONFERENCIA 

(13 OE MARZO OE I S78) 
TEORÍAS MODERNAS 

SOBRE LA FISIOLOGÍA DEL SISTEMA NERVIOSO 

POR 

D. LUIS SIMARRO Y LACABRA 



.1885, June PiO, 
Gift of 
James Busseli Lowell, 
of OamlSridge, 



I '■ 



SEÑORES: 



La nota especifica de la moderna civilización es^ á mi modo ver, ese 
-carácter reflexivo que ha descubierto una filosofía en la historia y se de- 
leita en la novela. Bajo este punto do vista^ la historia de la ciencia su- 
pera á todos los demás géneros y aventaja en interés á la novela misma; 
pues hallando sas materiales en los propios escritos de los sabios reviste 
an carácter subjectivo tan marcado que se la puede considerar como 
uña autobiografía de la humanidad representada por sus más preciaros- 
miembros^ precisamente bajo su aspecto intelectual que es sin duda el 
más admirable y grandioso. 

Mas en esta historia científica hay capítulos singularmente interesan- 
tes que encierran tan profunda y maravillosa doctrina, que deellos puede 
decirse que es la historia el texto más propio para el estudio de la nloso- 
fía como son los libros de los filósofos los mejores datos para la historia. 
Tal es precisamente la historia de la teorías relativas al sistema. nervioso, 
siquiera se eliminen de este capítulo todaslas hipótesis relativas al alma> 

ÍT nos reduzcamos á inventigar como han variado las ideas y progresado 
as teorías que los hombres han formulado respecto á esa masa blanda y 
deleznable, que cada cual lleva escondida en lo más profundo de su or- 
:ganÍ3mo, tan protegida por la naturaleza que la ha encerrado en una caja 
^e hueso; tan inaccesible á la observación que sólo la muerte nos permi- 
te cercioramos de que se halla en el hombre; tan oculta á la condencia» 
que la inmensa mayoría de sus poseedores la ignoran por completo. 



1^4 11.* CONFEftENCU. 



No es mi propósito seguir paso á paso la evolución de la teoría del 
sisteina nervioso^ ni referir sn historia capitulo por capitulo, sino hojear' 
la con rapidez, pasando del principio de un párrafo al Bnal del siguiente^ 
saltando de las primeras páginas á la mitad^ y desde aqui al Índice^ como 
86 hace con el libro nuevo antes de decidirse á comprarlo. Verdad es que 
8Í á esto no me llevara el temor de molestar vuestra atención^ me obliga* 
ria la naturaleza misma del asunto, pues, la .historia cientifíca, como toda, 
historia, es como uno de esos desgraciados j tristes libros mutilados, sin 
portada, sin Índice, y faltos de hojas en los capítulos más interesantes, 
que se hallan en los puestos de libros viejos. Asi la colección de obras 
atribuidas á Hipócrates, que es, sin duda, el epilogo de una estensa cul- 
tura médica, constituye para nosotros el primer capitulo de la historia 
de la medicina, y en él hallamos las primeras ideas relativas al sistema 
nervioso entonces confundido con las glándulas y tendones. Saltemos» 
puM, hasta el médico de Marco Aurelio, el &moso Galeno, que resume y 
com^ndia las antiguas ciencias médicas con toda la riqueza de datos 
propia de un erudito de la decadencia, y con la profundidad que corres- 
ponde al autor del tratado que tiene por titulo : Quad opiimus medicus^ 
Ídem sit et philosophias . £n el libro De nervorum disedione, y en el octava 
del tratado de Usu partiunif Chileno establece la distinción anatómica del 
sistema nervioso, respecto de los demás órganos* describe con exactitud 
la conformación de las masas centrales, el origen de los nervios., no sólo 
espinales, si también cranianos; distingue los nervios motores de los 
sensitivos, considera al cerebro como asiento del alma racional, ote. Mas 
estas nociones claras, sugeridas por el estudio de la realidad están mez- 
cladas con ideas extrañas como las que ofrece en el Tratado de animas mxh^ 
rum ei carporéi iemperamenii mutua conseGuUone^ en donde se halla^ entre 
muchos del mismo género, este pasaje: con el extremo de la sequeihd es 
0l ánimo sapientísimo, según Heráclito, cuya opinión parece la mejor. 
Porque á las estrellas, por brillantes y secas^ las atribuimos la suprema 
inteligencia, que si alguno no reconoce en ellas manifestará claramente 
que ignora y no siente la excelencia de los dioses (1). 

Pasemos por la £dad Media, que de lo que respecto á las ciencias e& 
verdaderamente media, en cuanto separa la ciencia antigua de la ciencia 
moderna, la decadencia de la escuela de Alejandría del primer renacimien-^ 
to ó renacimiento arábigo (2) y sin detenemos en este licuemos al re- 



(1) EpiUmet Omnimm O^Uni Pergammi Op€ra^ perAndream Lacutum. 
Secobün$e medieut doctor , 1553. 

(2) Los historiadores de la Medicina, que por razones fáciles de aksannr, 
es la eiencia que ofreee la más larga y constante tradición denliífíca, aenakn 
tK)dos una solución de continuidad ^¡aiste los últimos comentadores de las 
escudas griegas y los primeros arabizantes y si bien las eruditas investid- 
piones de M. Daemberg (Bludet tur les dari^nes it le poy^ti age par E. LU 
iré) han probado que aquel intervalo de seis siglos, no es un completo desier- 
to de cultura médica, tampoco lo es menos que solo mantuvo una vegetación 
miserable, lo estricctamente necesario para satisfacer las necési^lades médi- 
cas de un pueblo bárbaro. Consúltese sobre esto la EiUoire du detelope 
ment intelcetuel de Z. Buropepar Draper. 



TEORÍA MODERNA. 196 

nacimiento por antonomasia á ese punto singular de la historia, qae es 
para la ciencia europea lo qae la Reforma para la historia relmosa j la 
revolución francesa para la historia política, á cuyas dos gnndes crisis 

firecedí», anuncia, representa y figura. Hé aquí la piedra miliar en que se 
ee la distancia recorrida: 1543 publicación del libro de Copémicol)* rer 
volutionUms orhium celesUnum y tratado De corporis humani fabrica, por 
Andrés Vesalio. Y esta coincidencia esterior en la aparición de estos li- 
bros, responde exactamente á la realidad intima del renacimiento de las 
tíiencias; porque en efecto los grandes anatómicos son los representantes 
de Ja nueva medicina, y á su cabeza se halla en efecto Vesaho que pre- 
sentó, por primera vez, en la. cátedra de Parfa un esqueleto humano ro 
bado á la horca, sfgnn cuentan; que en aquellos tiempos se prodigaban 
loa hombres vivos al suplicio y se negaban los cadáveres al escalpelo. 

Que el arte pinta el carácter de la época que lo produce, es verdad por 
punto general aceptada; pero nunca ha sido más materialmente exacta 
que en el renacimiento que se ha retratado á sí mismo, bajo el aspecto fi- 
sófico en la E¿ouela de Aiencis y por lo que respecto á la medicina en las 
lecciones de anatomia (1). Todos conocéis la pintura, ó al menos sus copias 
grabadas; para enterarse del asunto, es preciso recurrir á un catálogo: de 
tal puede servimos un libro de la misma época: los diálogos de Galileo 
donde se halla una leyenda que explica aquel cuadro y que cuadra pre- 
/cisamente á mi asunto. (2) 

Simplicio, el defensor del escolasticismo, atrincherándose tras del 
mero dicho de Aristóteles, rechaza con impertinente terquedad la con- 
irincente argumentación de Galileo, que con la máscara de Salviati, ex- 
pone el sistema copernicano, interviene en este punto el sentido común 
representado por Sagredo, y dice como sigue: »»Me hallaba cierto dia en 
t5asa de un médico muy reputado en Venecia, donde algunos, por su estu- 
-dio, y otros, por curiosidad, se reunían tal vez para ver alguna disección 
anatómica de mano de uno verdaderamente no menos docto que diligen- 
te y práctico anatómico. 

«t Y sucedió aquel diaque se estaba investigando el origen y nacimiento 
de los nervios, sobre lo cual hay famosa controversia entre los médicos ga- 
lenistas y los peripatéticos; y mostrando el anatómico de qué modo, 
partiendo del cerebro, y pasando por la nuca el gran haz de nervios, se iba 
luego extendiendo por el espinazo y esparciéndose por todo el cuerpo, 
y que un filete sutilísimo llegaba al corazón, dirigiéndose el anatómi- 
co á un hidalgo á quien conocía por filósofo peripatético, y por cuya 
presencia lo habia con extraoidinaria diligencia descubierto y mostrado 
todo, le preguntó si quedaba satisfecho y seguro de que el origen de los 
nervios procede del cerebro y no del corazón; á lo que el filósofo, después 
de meditar un momento, respon lió: »>Me habéis hecho ver esta cosa de 
tal modo clara y sensible, que si el texto de Aristóteles no enseñara lo 
contrario, pues claramente dice que los nervios nacen del corazón, seria 
necesario reconocerla por fuerza verdadera. »i 



(1) Véase un interesante trabajo sobre las Lecciones de Anatomía enlskE»' 
vista francesa L* ar*/.— 1876. 

(2) Galileo Oalilei— í dialogui sui maximi sislemi tolemaico e copern i- 
€ano Milano. B. Souzogno.—lS77 giornala seconda,pág,l07. 



196 11.* CONFERENCU. 

Y estos términos^ y por este modo, continaó por macho tiempo el 
del^ateentie los barberos anatómicos j los médicos aristotélicos, hasta que, 
madnrada la cuestión j preparado el terreno por las vanas discusiones de 
•efstos 7 las hábiles discusiones de aquellos, la fisiología, basada en la ana- 
tomía, se constituyó en ciencia independiente, diferenciándose ya de la 
medicina, como de ruda piedra surge la primorosa estatua. 

La primera victoria de la fisiología, el descubrimiento de la circula 
<nón de la sangre, ofrece, para nosotros los españoles, un motivo de orgu- 
llo y de vergüenza juntamente, por la memoria de Servet y la de su vida; 
y también el despertar de la fisiología del sistema nervioso recuerda otro 
nombre español; el de Huarte de San Juan. 

£1 Examen de ingenios, (1) verdadera utopía marcada con el sello dis- 
tintivo de todas las utopías, el propósito de la inmediata ^aplicación, es, 
«n cuanto al contenido y al método, la obra de un galenista que se pro- 
pone un blanco fuera del alcance de sus armas, y al que no toca, como es 
de suponer, y al que por lo demás distingue tan sólo con la vaguedad de 
presentimiento. [En Huarte se halla una vasta erudición probada por el 
detalle y oportunidad de sus citas, un agudísimo ingenio que le lleva á 
demostrar que Jesucristo tenia las calidades propias á la diferencia de in- 
genio necesaria para redimir el mundo, gran penetración y alteza de 
pensamiento que la falta de crítica y cierta petulancia escolástica oscure- 
cen á menudo; mas su libro, en que resume y condensa todas las opiniones 
anteriores respecto á la fisiología cerebral, merece mayor elogio por ha- 
ber llamado la atención sobre el problema, que por la manera de tratarlo; 
y bajo este respecto, más propiamente debiera campararse al autor con 
Lavater que, como lo ha intentado el patriotismo vidrioso , ponerle con 
Gall en paralelo. 

Entre Huarte y Cabanis median dos siglos y dos sistemas filosóficos, 
que han tenido poderosa influencia en el desarrollo de las teorías sobre 
el sistema nervioso bajo el doble punto de vista del impulso directo que 
han comunicado á la fisiología y por la acción indirecta que han ejer- 
cido mediante el desarrollo de la filosofía. No es necesario señalar par- 
ticularmente los progresos debidos al cartesianismo y á la filosofía de 
Locke, que trasportfula á Francia por Voltaire y los enciclopedistas, 
inspiró el trataoo de las relaciones de lo físico y lo moral en el hombre. 

Cabanis (2) llevó á sus últimas consecuencias el sensualismo de Con- 



(1) BxÁmen de [ingenios, por el Dr. Juan Huarte de San Juan. En Las 
<>bras de filósofos españoles, tomo lxv de la Biblioteca de Autores españoles.— 
Rivadeneira, editor.— Madrid 1873. En el mismo, se contiene el Coloquio 
del conocimiento de si mismo, de doña Oliva Sabuco de Nantes Barrera, del 
que no hacemos mención en el texto por no considerar merecida la impor- 
tancia que le atribuye el patriotismo de pié forzado; y en cuanto al mismo 
Huarte, es de notar que los entusiastas que han querido leer en su libro lo 
que sólo mucho después ha podido descubrir la ciencia,^ peijudican su fama 
cubriendo y ocultando su verdadero mérito con una gloria poetiza, por don- 
de desorientan al lector ingenuo que, esforzándose para leer entre líneas, se 
desoja y aburre, y abandona el libro, sin haber encontrado las maravillas 
prometidas, que ciertamente allí no se hallan, y sin haber deparado en las 
bellezas que en verdad contiene. 

(2) Rapports d% phisiqne et du moral. Octava edición, París 1844. 



TEORÍA MODEBNA. 197 

diilaCj como Lametrie con dialéctica ironía había mostrado en el hambre- 
máquina (1) los resultados necesarios del mecanismo de Descartes; mas si 
bien ambos libros ofrecen nn aspecto filosófico may interesante^ solo el 
primero reclama nuestra atención por lo que se refiere á la teoría del 
sistema nervioso considerada al modo estricto que corresponde á nuestro 
tema; pues si bien el autor no abandona el sendero literario de su época^ 
ni sale nunca de las generalidades y las frases (2) su profesión de médico 
le induce á traer al problema los datos de la fisiología y la patología, y 
por otra parte dá valor á su obra la influencia ejercida en los médicos 
que después han perseguido el mismo objeto. Pudiera juzgarse á Cabanis 
de artificioso retórico, del mismo modo que él juzga á Huarte de sutil 
dialéctico (3), mas si bien una y otra crítica son ñindadas en cuanto se 
refieran al método de exposición y demostración, por lo que á la doctri- 
na y tendencia toca, merece Cabanis el mismo juicio que de Huarte es- 
pusimos. Resume los antecedentes de la cuestión, señala el objeto que 
ha de alcanzarse, pero se pierde en el camino y se extravia por adoptar 
un método impropio del problema propuesto, que es por su naturaleza 
un problema de fisiología y pide para su solución procedimientos cien- 
tíficos, y aunque los investigadores hayan de apoyarse en sistemas filo- 
sóficos, la intrusión de la filosofía en el campo de la cuestión es más que 
útil y conveniente, dañosa. Plenamente comprueba esta aserción la his- 
toria de la última tentativa dirigida en aquel sentido por (4) GtiU, de 
cuya famosa frenología y craneoscopia sólo han quedado en la ciencia 
algunos datos utilizables de anatomía cerebral y la frase localizaciones ce^ 
r érales, que mudados su significación y sentido sirve hoy de lema á las 
más recientes teorías. En este punto y con tal estrépito acaba el primer 
período histórico de la fisiología cerebral. Su proceso y evolución pue- 
den abarcarse de un solo golpe de vista, considerando simultáneamente 
á Huarte, Cabanis y Gall: en los tres se halla la misma concepción vaga 
é indeterminada de la cuestión que abre la puerta á las disputas filosó- 
ficas, todos intentan resolver de plano la dificultad, recurren á medios 
inadecuados y siguen métodos impropios, fingen una nueva peregrina 
hipótesis y concluyen proclamando que ya no hay más que decir y solo 
queda el llevar á la práctica la doctrina expuesta. Las diferencias mar- 
can el progreso positivo de la cuestión: Huarte quiere explicar las cali- 
dades de los ingenios por las proporciones de humedad, calor y sequedad 
del cerebro; Cabanis establece las relaciones entre lo físico y lo moral, 
fundando en la coincidencia tanto en los hombres como en los animales 
de un ánimo fuerte é inteligente con un cerebro grande, pesado y de 
complicada estructura^ etc.; Gall, por último, no contento con mostrar 
de un modo general y en conjunto una relación estrecha entre el ánimo 
y el cerebro, pretende, llevado del análisis, que cada función intelectual 



(1) y, en Lange, HUtoire du materialUme. — Trad. Pommerol. — Paria 
1877, 2.* parte, cap. III y 4.* parte cap. II. La rehabilüacion literaria de 
Lametrie y la jusltficacion de t% cartesianismo. 

(2) V. la juiciosa crítica de Taine. Lee orígenes de la France conteaipo- 
raiV.— Cuarta edición, París 1877. Cap. II. 

(3) Compendio histórico de las revoluciones y reforma de la medicina^ 
por P. J. G. Cabanis. Trad. por D. S. M. Madrid, 1820. Pág. 115. 

(4) F. J. Gall. Sur lesfonctions dn tfírr^a».— París 1826. 



198 U.» CONFERENCU. 

y moral se ejéice por un distinto óreano del cerebro; y nrecipitada- 
mente condnye trazando una topografía cerebral correspondiente á una 
arbitraria clasificación de las facultades del alma (1). 

De Huarle á Gall la cuestión se circunscribe se concretan los térmi- 
nos^ y se estrecha el circulo alrededor del gran problema, mientras tan- 
to que la anatomía cerebral se perfecciona y adelanta la Mologia en 
general^ se acumulan los medios de investigación y aparece Flourens. 
que con el escalpelo experimentado en la mano Tá á criticar la hipótesis 
de Gall^ obra exclusiva de la pluma. Los problemas suscitados por el 
sistema de la frenol(^ia interesaron vivamente la atención, no tanto 
por el atrevimiento de la doctrinal cuanto por la forma del debate que 
como las polémicas del siglo xviii se ventilaba^ al modo literario, ante el 
vulgo ilustrado, como disputa de sofistas en la plaza pública, Flonren8(2) 
contesta desde el laboratorio cortando trozo á tro^o el cerebro de los 
animales vivos y observando los efectos de cada ablación^ que no con- 
firman en modo alguno las aventuradas hipótesis de Gall. £1 eminente 
Cuvier expone en la Academia los resultados y significación de aquellos 
experimentos, que son repetidos con igual éxito en Alemania por Her- 
wigt (3) y provocan en Italia los estudios de Rolando y levantan gran 
entusiasmo entre los cultivadores de la ciencia, al mismo tiempo que 
destruyen el sistema de Gall y lo desacreditan ante el gran público y 
enfrian su interés por los misterios encerrados en el laberinto del cere- 
bro. La cuestión se reduce á un problema especial de fisiología, desem- 
barazándose de las generalidades filosóficas y los lugares comunes lite- 
rarios. 

üil movimiento científico, promovido por los memorables esperimentoa 
de Flourens, hace adelantar rápidamente la anatomía del cerebro por 
los trabajos de Rolando, Beil, Carus, Valentin^ que alcanzan su mayor 
perfección en Burdach y Leuret y Gratiolet; mas en cambio la fisiología 
cerebral se mantiene estacionaria, pues el método de las ablaciones me- 
tódicasi si bien muestra claramente lo que el cerebro no hace, enseña 
muy poco de lo que hace efectivamente. Esta esterilidad causó cierto 
desencanto que detuvo el progreso de la fisiología cerebral, mientras por 
otra parte los resultados obtenidos por Bell y Magendie, convidaban la 
atención de los investigadores que ee dirigió á la médula y se dispersó en 
los múltiples aspectos que sus funciones ofrecen. 

Los resultados de estos trabajos, que han constituido el preferente 
objeto de los estudios de neurología desde 1825 á 1874, valen ciertamente 
los esfuerzos que han costado, y sin ellos hubiera sido imposible el actual 



(1) Seria injusto hacer caer sobre Gall mismo las culpas de ciertos dis- 
cípulos de extremado celo, y mucho más las de algunos nigrománticos mo- 
dernos y adivinos ó decidores de la buena ventura, de quienes, por des- 
gracia, ha recibido el público las noticias corrientes sobre Gall. 

(2) Flourens. ReehereheSy sur les propieCés et les foncUons d% sisteme ner 
veux. París, 1823 y 1842. 

(3) y. J. Muller. Tratado de Fisi elogia. Trad. del Tesoro de las ciencias 
médicas. Madrid, 1846, tomo 4 *, libro d.% sección quinta, donde se trata 
con grandes detalles de los estudios provo<»Bulos por los experimentos de 
Flourens, y cuya exposición puede mirarse como el balance científico de aquel 
momento. 



TEORÍA MODERNA. 199 

progr^flo del estudio de las fiíociones del cerebro; por cuya consideTac¡<>n 
y para mostrar su fundamento^ podríamos resumirlos brevemente en tres 
grupos ú órdenes:^ I.*" El conocimiento de las funciones de la médula cuyo 
estudio parte de Ik distinción de los nervios sensibles y motores por Car- 
los Bell y alcanza su mayor perfección con Claudio Bemad (1) y Brown- 
Sequard (2) y es aplicado á la clínica por Duchene de Boulogne, (3) 
Charcot (4) y Rosental (5). A esta orden añadiremos el estudio de ciertos 
nervios especiales debido á Beinard, Schiff, Vulpian» Lussana, Cyon et- 
cétera, y el de los nervios vaso-motores cuya teoría han desarrollado 
Bemard, Vulpian (6) Ledros (7) y Onimus. 

En otro grupo reunuemos los estudios referentes á las propiedades 
generales del sistema nervioso y teoría de su nutrición, comprendiendo 
en éste los trabajos de Du Bois-Beymond, Helmotlz, etc., referentes á 
las propiedades eleétricas que han sido resumidos por Bosenthal (8), los 
que se rieren á la química del sistema nervioso y los que tratan de su 
histología y anatomía general, tales como los estudios de Rolliker, (9) 
Ranvier, (10) Meynert etc. Pueden agregarse aquí los estudios de psico- 
fisica de Fecbner, Delboeuf, Hering y otros. 

Por último, forma el tercer grupo los estudios que iniciados por 
Prokasca, Masall-Hall, Pflüger, etc. han conducido á la teoría de los 
movimientos reflejos, resultado último de todas estas investigaciones. 

Entre tanto, la fisiología cerebral, propiamente dicha, sólo ha vivido 
de las generalizaciones que han estendido hasta ella los resultados obteni- 
dos en el estudio de la médula, principalmente de la teoría de los movi- 
mientos reflejos que ha producado dos consecuencias importantes para la 
fisiología del cerebro, la teoría del automatismo y de la inconsciencia de 
ciertas funciones cerebrales. Carpenter, M andeley y Wundt han desarro- 
llado estos puntos de vista que Luys, Foumié, Poincaré han reproducido 
en Francia. 

La última edición del libro de Carpenter (11) trae un apéndice que 
contiene los primeros experimentos de Ferrier publicados en 1873 en el 
Wesi Riding Lunatic Ásyium vol III, y con razón ha sido puesto en apén- 
dice de un libro que puede considerarse como el más completo y peifec- 
to resumen de la fisiología cerebral antes de 1873; pues para admitirlos 
en el texto hubiera sido preciso remover toda la obra. Mas lo que el doc- 
tor Carpenter ha podido excusar en su libro se ha realizado ya en la 

(1) Claude Bernard. Lecons $%r la Pkisiologie $t la ratüogie du sisteme 
nervetM. París, 1858. 

(2) Brown-Sequard. Comptes rendus de la Societé de bioloeie, 1849 y 1850. 

(3) Duchene (de Boulongne.) De I' BleetrizalioH localizée, etc. París, 1872. 

(4) Charcot (J. M.) Lecons sur les maladies d% sisteme nervemo. Paris, 
1874-1877. 

(5) M. Bosental. TraÜé clinique du maladies en sisteme nerpeua. Pa- 
rís, 1878. 

Vulpian. Lecons sur V apareil vasomotew^ París, 1875. 
Legres. Des ner/s vasomoteurs, París, 1873. 
Bosenthal. Les ner/s et la muscles. París, 1877. 
KoUiker. Traite d' BUtologie. París, 1870. 

Banvier. Traüé techrique d* Histologie. V. Rondanossy. De la struc 
iure du racines du nerfs spinetix, etc. con Atlas /otográjlco. París, 1876. 
(11) Principes qf Mental phisiologg, 4.* edic: on.— Landres, 1876. 




200 !!.• CONFERENCIA. 

ciencia y la fisiología cerebral opera á nuestra vista su reforma comple- 
ta para dejar sitio y un sitio preferente á la idea últimamente llegada^ la 
teoría de las localizaciones cerebrales. 

iDe dónde procede esta idea que viene á trasformar toda la ciencia y 
á perturbar á los que creia saberlo ya todol Hace ya tiempo queBouilland 
j Broca habian demostrado que la afasa ó pérdida de la facultad de ha- 
blar corrcspondia á una lesión de la tercera circunvolución cerebral ó 
circunvolución de Broca, «sí llamada en honor del que mejor demostró 
esta relación. Este hecho habia pasado á la enseñanza clásica: al tratar 
de él, todos los autores lo señalan como un ejemplo de localizacion cere- 
bral (1), todos indican que pueden sospecharse otras localizacioces aná- 
logas y todos pasan adelante sin atribuirle gran importancia teórica ni 
fijar su atención . Este hecho fundamental quedó pues aislado esperando 
nuevos fenómenos análogos que le fecundaran y que no se presentaron 
hasta 1870 en que Frisch ó Hitzig (2) demostraron que se hallaban otros 
centros motores en el cerebro, y que el medio de descubrirlos consistía 
en excitar por la electricidad aquel órgano puesto al descubierto. 

La importancia del trabajo de Frisch y Hitzig ofrece un doble aspecto 
por lo que se refiere al hecho dilucidado y por lo que toca al método de 
experimentación. Considerando esto último se muestra más claramente 
la trascendencia del descubrimiento; pues según la doctrina clásica de 
Magendie, Longet, Schiff, etc., el cerebro era considerado como inexci- 
table y los fisiólogos no hallaban otro medio experimentador que las 
ablaciones de Flourens ó las destrucciones parciales con las inyecciones 
cáusticas, nuevo método propuesto por Nohtnagel (3) y aplicado en Fran- 
cia por Fournie con escaso éxito. La excitación eléctrica del cerebro filé 
utilizada en 1873 por Perrier con el objeto de estudiar experimental- 
mente ciertas teorías sobre el corea y la epilepsia emitida por Wilke y 
Hulkins Jaekson y sus resultados superiores á los obtenidos por Frisch 
ó Hitzig, fueron comunicados á la Asociación británica de medicina, y 
traducida su Memoria al francés por H. Duret (4), que en colaboración 
conCarville repitió los experimentos de Ferrier y opuso algunas obje- 
ciones á su teoría. En 1874 Frisch é Hitzig publicaron una nueva Me- 
moria sobre el asunto, y en Abril de aquel año el Dr. Bartholow (5) se 
atrevió á aplicar la excitacionjeléctrica del cerebro, á una mujer que acci- 
dentalmente lo tenia descubierto, confirmándose en este caso y por punto 
general los resultados que Fenier habia obtenido. Desde 1874 el número 
■de escritos sobre este asunto, es tan grande que me seria imposible seña- 
larlos todos, y embarazoso en extremo apuntar aquellos de que tengo no- 



(1) V. Jascoud. Clínica Lariboisiere. 

(2) Archivos de Du Bois-Raymond 1870.— (Citado por Qámier (M. P.) 
JHctionnaire annuel des progres des scief^s et instituciones medicales, — Pa« 
rís, 1704.) 

(3) CentraUlat fUr inedizinizche Wissensehaflen, — Citado por Gamier.) 

(4) Recherches experimentales sur la phisiologie et la pathologie cerebra- 
les par le Dr, David Ferrier. '^Vb,tÍ9, 1874. 

(5) Americam Journal of the medical sciencie.—Ahvií, 1874.— (Citado por 
Garniel'.) 



TEORÍA MODERNA. 201 

ticia. Más interesa saber que la cuestión no sólo se debate en el ter- 
reno de la fisiología experimental, sino qfuese ha transportado ala patolo- 
gía y á la clínica en donde es más empeá^la la lucha y donde la victoria; 
ó la derrota será decisiva. En Francia^ Gharcot y su escuela, FoviUe y 
Maguan psiquiatras, Panas, Lucas, Championere, etc., defienden la teoría 
de las localizaciones, fundándose en hechos clínicos, en Italia, Palmerini^ 
Morsellí; en Alemania, Frisch, Simón, Gliky; en Inglrterra, en Amé-^ 
rica, en todos los países cultos preocupa vivamente la teoría de las loca^ 
lizaciones cerebrales. Y con motivo de ella se perfecciona la anatomía des- 
criptiva del cerebro, y adelanta su hÍ8t.ología y se estudia su circular 
cion tanto por la distribución anatómica de las arterias, como respec- 
to á las variaciones fisiológicas de la circulación cerebral. La magni- 
tud de la cuestión y la trascendencia que los fisiólogos, naturalistas y 
médicos le atribuyen, puede apreciarse por las actas de los últimos con- 
gresos científicos en que se ha puesto en la orden del dia el problema de 
las localizaciones cerebrales. Tal ha sucedido en el Congreso médico in- 
temacioDal de Ginebra, en el Congreso general de la societá Freniatriaw 
italiana, (1) en la reunión de los neurólogos y psiquiatras alemanes en 
Badén. 

II 

Ni esta ocasión consiente, ni nuestros medios permiten una discusiott 
detallada; nos limitaremos, por tanto, á una sucinta exposición, á modo 
dé catálogo, de los hechos principales, ó como programa de las cuestio- 
nes referentes á la fisiología del sistema nervioso. 

La fibra y la célula son los elementos (2) primarios del complicadísi- 
mo mecanismo nervioso; la fibra es considerada como un conductor pro- 
piamente aislado, y formado por una fila de células especiales. La célula^ 
se ofrece bajo formas diversas, y es tenida como el órgano principal, cu- 
yas funciones ignoradas dan ocasión al pensamiento y á la voluntad. A 
esto se reduce^ en suma, lo que permite descubrir el microscopio con un 
aumento de mil diámetros. Recurriendo á otros medios sugeridos por el 
célebre experimento de Galvani, varios fisiólogos, entre ellos Durbois- 
Reymond, (3) han descubierto que todo nervio en reposo es recorrido por 
una corriente eléctrica que se anula en cuanto el nervio se pone en ejer- 
cicio. Este hecho fundamental, con otros accesorios del mismo orden, 
conduce á admitir que la causa de la excitación de los nervios es un cam* 
bio de estado molecular, que se realiza con cierta velocidad, y que esta» 



(1) Congres inUrnalional des sciencies medicales. Discusión de la Memoria, 
del Dr. Broadbent. Séance du 10 SepUmhre. 

F. Archivio italiano per le malatie nervose ¿ que particolarmetUe per U 
allienazioni mentalu — Anno xiv. Fase, v é vi. Setiembre, 1875. 

(2) V. Ranvier, Histologie du sisteme nervetuB. París, 1878. Respecto de 
la constitución de estos elementos, y respecto de si son los únicos que el 
sistema nerviosa presenta, sé ha discutido y se discute aun; puede versé el 
estado de la cuestión en Roudanovsky. He la structnré des Rdcines des nerfs 
spinan^ etc. Tirad, de Mlle. Olga Podañovsky.— París, 1876. 

(3) Rosenthal. Les ner/s el les miseles, París, 1878. 



202 11/ OONFERBNCIA. 

eflcitacion se propaga por los conductores nerviosos como nna onda, cara 
velocidad de tratación es, según Helmoltz, de 60 metros por segundo. 
La trasmisión nerviosa se acompaña^ además^ con una elevación de tem 
peratura del nervio^ (1) y según Funcke, de' cierta reacción acida que 
acosa modificaciones quimicas hasta ahora desconocidas^ pues el análisis 
del tejido nervioso, si oien ha descubierto algunos cuerpos bastante ca- 
racterizados como la cerebrina, la colesterina y las notables lecéttinas, 
en cuya composición (2) interviene el ácido fosfoslicérico que ha dado 
motivo á tantas divagaciones solnre el fódbro cerebral, (3) es lo cierto 
que lo único que se sabe de tales compuestos es que ejercen funciones 
químicas moj complejas, y no es de esperar que se aclare este punto an- 
tes que la química orgánica resuelva muchos problemas preliminares. 

£n lo que toca á las células nerviosas^ en que terminan las fibras con- 
ductoras, muj poco enseña la observación directa y la euperimentadon 
inmediata, hasta ahora imposible; por tanto, hay que reducirse á induc- 
ciones que si bien están basadas en numerosos hechos bien estudiados, 
son porto mismo inferencias muy sutiles y á las veces alambicadas. Pue- 
de suponerse que las células ejercen funciones trasmisoras análogas á las 
fibras; además, que en ellas una oscitación trasmitida puede disimularse, 
hacerse latente; una excitación latente puede revivir, y tal vez nacer una 
excitación espontánea; una excitación recibida puede ser trasmitida por 
uno ú otro conductor, según determinadas condiciones, y por último, 
oue derta función, completamente desconocida de estas células es con- 
aicion de la sensibilidad, la inteligencia y la voluntad, á cuyas manifes- 
taciones concurre como mera circunstancia, ó de cuyos fenómenos psico- 
lógicos es el aspecto objetivo y fisiológico. Estas funciones de las célu- 
las nerviosas se acompañan de los fenómenos físicos señalados para los 
conductores: la elevación de temperatura, las modificaciones químicas, 
probablemente también las variaciones de la electricidad y además se 
ejecutan en un tiempo determinable. 

La consideración de estas propiedades generales de los elementos ner- 
viosos ha conducido á los fisiólogos á la siguiente hipótesis que coordina 
y explica los hechos expuestos bajo su aspecto mecánico: (4) Las fibras y 
las células encierran sustancias cuyo equilibrio químico es inestable, 
como es inestable el equilibrio químico de la nitro-glicerina, que por el 
menor choque estalla, el de ciertos fulminantes que el roce de una pluma 
ó el suave soplo del aire inflama, y el de los compuestos explosivos que 

(1) Richet. Reehtrch$i experimenUle$ tur la sensiHlite. Vatís 1877. — 
Cl. Bemard. La ehalenr animal. París, 1876. Las oondusiones deducidas de 
los fenómenos eléctricos de los nervios son confirmadas por otros medios» v 
no quedarían comprometidas, aunque se demostrara la teoría de Beauerel, 
aceptada por Onimus, sobre la electricidad animal. Según este modo ae ver, 
que parece muy verosímil, la electricidad de los nervios y los músculos, en 
Tcz de h'^cho singular debería considerarse como un caso particular de la 
electro-capilaridad que se manifiesta en todos los tejidos, acompañado á los 
fenómenos de nutrición. 

(8) Berthelot. Traite élementairt de chimie organigue. París* 1872. 

(d> La circulación de la vie. Moleachot.'^AlírMntation du arvcau d des 
ner/t, par O. Tamin De$palle$. París, 1873. 

(4) V . Hermán. Elementos de Fisiología. -^13.. Spenoer. Principes de Psi- 
cologie, t. I, Apéndice.— Huxley. Ley sermone . 



teoría modsrna. 203 

Mr. Ab3l hizo detonar por las vibraciones de un sonido producido á dis- 
tancia. Segnn este modo de ver, los órganos periféricos de los nwvio» 
senaibles^ pueden considerarse, por una analogía grosera^ como fulmi- 
nantes^ como tenues regueros de pólvora los conductores^ y cada célula 
como un cartucho de mina en comunicación con otros cartuchos j con 
varios regueros de retomo. 

Un choque^ las vibraciones sonoras^ la impresión de la luz^ etc., in- 
flama el fulminante 7 la explosión se propaga por el xeguero, sin que los 
granos de pólvora se muevan de su sitio, no se trasporta la materia, sino 
el incendio, que en cada momento ocupa un diverso punto, dejando de* 
tráa cenizas apagadas, teniendo por delante pólvora intacta. Se trasmi- 
te, pues, la excitación como una ola, como decia Descartes: velut unda 
progrediens, y llega á la célula correspondiente, que detona 7 trasmite la 
explosión á otras células, á nuevos conductores que la trasportan á órga- 
nos lejanos. Al pasar una excitación de un conductor á una célula ó gru- 
po de células^ puede descargarse por diversos filetes eferentes, 7 rara vez 
se propaga por todos á la vez. ¿Qué determina la preferencia y elección 
de cada casol Otra hipótesis. La sustancia inestable de las células no pue- 
de ser perfectamente homogénea, pues lo homogéneo difícilmente perma- 
nece tal en medio de las diversas circunstancias que lo trabajan en dis- 
tintos sentidos. No siendo aquella sustancia peifectamente homogénea, 
ofrecerá diferentes resistencias á la propagación, según varias direcciones, 
7 si bien un fuerte movimiento podrá agitarla en todos sentidos, una 
excitación débil seguirá tan solo la linca de menor resistencia, 7 pasará 
únicamente al conductor en que esta línea termine, 7 por aquí marcha- 
rán, por igual razón, otras excitaciones análogas, 7 será este camino 
trillado para todas las ondas del mismo género que sobrevengan. Del 
mismo modo, cada nueva excitación se abrirá su camino, 7 su repetición 
lo allanará 7 hará espedito, por lo que ha podido decirse que cada nervio 
guarde en sí mismo la historia de su vida pasada. 

Se admite que en las células nerviosas puede anularse una escitacion 
ó al menos hacerse latente, 7 que por el contrario, en ellas puede nacer es- 
pontáneamente. i5obre estos puntos, lo mismo puede sostenerse el pro que 
el contra, pues no ha7 datos suficientes para decidir la verdad real ; 7 en 
cuanto á la verosimilitud teórica, puede atribuirse la misma á ambos ex- 
tremos. Sólo haremos notar que el principio de la conservación de la 
energía parece favorecer la negativa que sostienen los defensores del au- 
tomatismo animal. 

Por lo que se refiere á la reviviscencia de las escitaciones pasadas, to- 
dos admiten el hecho, pues en él se ha de basar la teoría de la memoria; 
mas lo reconocen sin explicarlo, limitándose á señalar la probabilidad de 
que la acción nerviosa renovada, que corresponde á los fenómenos subje- 
tivos de la memoria, debe ejercitarse en los mismos órganos elementales 
que concurrieron al acto primitivo conexo con la idea ó emoción recorda- 
das. (1) Lu7s, sin embargo, (2) intenta establecer respecto á la memoria, 
una teoría basada en una metáfora, ciertamente ingeniosa, mas para el 



(1) A. Bain. Sen$ et inieligenee. ^^P^rlñ^ 1874. 

(2) Luys. Le Círe/a«.— París, 1876. Áctiones refléxa eerebrauw, París» 
1874. 



204 11.* CONFERENCIA. 

caso vale menos que un ef^erimento frustrado. Asemeja este autor la rea- 
parición en las células de escitaciohes pasadas á* la fosforescencia que en 
ciertos cuerpos reproduce A brillo de la luz que primitivamente les hirió, 
y sobre esta alegoría poética discurre por el espacio de varios capítulos en 
cada una de sus obras diversas. 

Comunicada ó espontánea^ la escitacion de las células pasa de unas ¿ 
otras^ y en ellas se extingue aparentemente, ó bien invade los conducto- 
res centrífugos, y por su curso va á provocar la actívidiMl de los diversos 
órganos, ocasionando, según la naturaleza de estos^ movimientos, secre- 
ciones, variaciones de la circulación, modificaciones de la calorificación 
y actos de nutrición. 

III 

Las funciones simples délos elementos nerviosos, producen diversos 
resultados complejos que dependen de la distribución y coordinación de 
las fibras y las células, y de las condiciones secundarias que acompañan la 
acción en cada momento . Se ha calculado que sólo en el cerebro se hallan 
1 . 200 millones de células nerviosas, y 5.000 millones de fibras; (1) el nú- 
mero de combinaciones que pueden formar tales elementos, estaría re- 
p»resentado por una de esas cifras que seria difícil escribir y que es impo- 
sible comprender; y sin embargo, puede explicarse la coordinación de los 
elementos del cerebro y demás órganos del sistema nervioso, mediante la 
consideración de cierto tipo primario, del que por otra parte se hallan (2) 
ejemplos en la naturaleza. 

E arco ó circuito nervioso más sencillo y más general, se supone for- 
mado de una sola célula donde termina una fibra aferente, y de donde 
parte otra fibra eferente. La fibra aferente tiene su principio periférico 
en un órgano que multiplica el efecto de las acciones exteriores. La fibra 
eferente termina en otro órgano cuyas funciones provoca. (3) Kl meca- 
nismo de este circuito primario constituye la acción refleja, llamada así 
porque la acción ejercida en el órgano multiplicador periíerio engendra 
una oscitación que se propaga por la fibra aferente, con dirección centrí- 
peta (hacia la célula que se mira como centro) y llegada á la célula, de- 
termina su escitacion. 

Esta se descarga por lá fibra eferente y en dirección centi-ífuga hasta 
el órgano cuyo ejercicio determina. Así la excitación parte de lo exte- 
rior, marcha hacia el centro y vuelve de nuevo á la periferia, como un rayo 
de luz que cae sobre un espejo y vuelve hacia atrás reflejándose. 1 n este 
primer caso, la célula sólo ejercida su función trasmisora. Mas un arco 
formado sobre una sola célula ó varias ligadas, puede ofrecer varios con- 



(1) Bain V esprit et le corps,—VtTÍBy 1873. Mandiley The physioloay of 
Mind, — London, 1876, estima, siguiendo á Meyuerte, en 600 millones el nú- 
mero de células cerebrales. Pág. 269. 

(2) Carpenter Meatal PAmo%y.— Londres. 1876. 

(3) A pesar de las opiniones emitidas por Wagner, Henle, Gerlach etc., 
los autores clásicos no admiten más elementos nerviosos que la fibra y la 
célula. V. Hermán. Blementos de ^«io/c^^/a.— Madrid, 1871. Bosenthal 
loe. cit. 



TEORÍA MODERNA. 205 

ductores aferentes y diversas fibras eferentes. Consideremos dos ejemplos 
estremados: Primero, una sola fibra aferente conduce una excitación á 
una célula ó grupo de células; de éstas parten diversos conductores efe- 
rentes que terminan en diversos órganos. [Por qué conductores volverá 
la excitación? Aquí se ejercita la función electiva de las células, de que 
antes hablamos. Segundo, varias fibras eferentes terminan en un grupo 
de células ó ganglio y de él parten gran número de conductores centrífu- 
gos. Las excitaciones sucesivas llegadas por diversas fibras al ganglio^ se 
distribuyen, según el caso anterior; respecto de las simultáneas, puede 
admitirse, según el principio mecánico de la independencia de los efectos 
simultáneos de varias fuerzas, que cada excitación sigue por sí la ley ge- 
neral y que las diversas acciones combinadas producen una resultante 
total, que podemos imaginar como efecto de cierta excitación única que 
siguiese la misma ley general. 

Como quiera que pueden reducirse á estas fórmulas todos los órganos 
del sistema nervioso^ se puede sentar como principio general de su fisio- 
logía que toda acción del sistema nervioso puede considerarse como una 
suma de actos reflejos simples (1), del mismo modo que todas las vibra- 
ciones que agitan un medio pueden descomponerse en una suma de vibra- 
ciones simples ó pendulares. 

Este principio, el más comprensivo de la neurología, ha sido compro- 
bado en los ganglios discretos, en la serie subordinada de ganglios que 
constituyen la médula, y se sospecha, con fundamento, aunque no se 
tenga plena demostración, que según él, se rige el cerebro que es tenido 
como un apéndice glanglionar de la médula, apéndice en el cual se realiza 
una nueva y complicada distribución de los reflejos. De aquí deriva la 
teoría del automatismo animal renovada de Descartes por los fisiólogos 
contemporáneos, principalmente por Huxley (2), cuyo prormnciamiento, 
según k frase de (3) Carpenter, ha sido seguido por gran número de fisió- 
logos ingleses. £n Francia, Claudio Bernard se ha inclinado al mismo sen- 
tir (4) y Lúys ha reproducido las teorías de Carpenter sobre los reflejos 
cerebrales. Y en Alemania se ha llegado á la misma conclusión, que pre- 
cisamente sirve de piedra angular á la filosofía de lo insconsciente (5). 



(1) Esta proposición ha si(Jo sugerida por el teorema de Fourier, que 
en manos de Helmolh ha conducido á la teoría del timbre. Theoríe physiologi 
que de la Musique^ par H, HelinoUz,—?MÍ%y 1867. 

(2) Huxley: Human ÁutomaUsm, (Discurso del Congreso scientiJlCQ de Bel- 
/est: Reoue seientifique, 21 Octubre, 1874).— Y en Lay Sermous, by T. 
Huxley. 

(3) Carpenber. Mental physiologie. — London, 1876. Prefacio. 

(4) La sciencie experimental, FonctiOTis dü cerveau, véase también («<!(?«« 
sur les phenoménes de la vic—Su determinisme en physiologie, pág. 55 y si- 
guientes. París, 1878. 

(5) Hartman. Philosophie de V inconsciente; trad. Noleii. París, 1877. V. 
El apéndice del tomó i. Physiologie du sisteme nerveux, donde se haya una 
crítica de las opiniones de Wund y Mandley. 

2 



206 11/ OONFERENCU. 



IV 



Señalado el principio de anidad de la neurofí^iologia^ corresponde 
apuntar las condiciones que diferencian 7 distinguen las varias funcio- 
nes El principio de variación abarca tres órdenes de diferencias relati- 
vas á los dos extremos j al centro del arco reflejo. La distinción de los 
órganos terminales periféricos ha sido reconocida de antiguo, j su estudia 
está más adelantado; á la diferenciación de los órganos centrales se refie- 
ren los últimos trabajos sobre las localizaciones del cerebro y los estudios 
ya plenamente confirmados de los centros medulares j sus conexos. 

Los órganos periféricos, donde toman origen las fibras aferentes, se 
ofrecen en general como aparatos multiplicadores de una acción física 
determinada. Así en los sentidos hallamos el oido dispuesto para recoger, 
concentrar y analizar el sonido; el oio ha sido con razón comparado á un 
instrumento de óptica; el tacto se ejerce mediante órganos especiales de 
la piel, que probablemente son distintos para el calor y el tacto; es el 
gusto como un reactivo químico para los cuerpos disueitos en líquidos, 
y el olfato representa el mismo papel para con los gases. Aunque nada 
puede decirse respecto de los multiplicadores periféricos en que nacen las 
sensaciones de los músculos, las visceras, etc-, es licito, sin embargo, 
■admitir, bajo el punto de vista meramente empírico de la vida prácti- 
ca, (1) que tales órganos son reactivos especíales de determinadas fuerzas de 
la naturaleza y en este modo de ver halla justifícacon la teoría de MüUer 
do las energías especificas de los nervios de los sentidos. Mas el problema 
ofrece otra fase que señalaremos má^ adelante. Además de los órganos de 
los sentidos estemos é internos, se admite que la excitación n3rvio8a 
puede partir de los centro 9 mismos que ejercen en este caso la fiíncion 
de un sentido interno, así el reflejo rítmico que produce los movimientos 
respiratorios, tiene su origen en la excitación de cierto punto de la mé- 
dula causada por el ácido carbónico de la sangre que lo riega (2). Pero 
en vez de considerar este hecho y algunos otros análogos, como excep- 
ciones, seria preferible, por razón de arquitectonia teoría (3), considerar 
estos hechos como casos particulares, de un modo general de excitación, 
causado por la nutrición del órgano y las demás condiciones que mantie- 
nen su sensibilidad. Las fuerzas naturales no hieren órganos pasivos ó 
inertes sino que se suman ó restan á la excitación constante y normal de 
cada sentido, aI calor propio de la piel, á la luz natural del ojo, al sabor 
normal de la saliva, etc., y por tanto además de las excitaciones causadas 



(1) Helmoltz. Optique pkymhgique. 3.* parte, Ptrcentiani visuaUs, pági- 
na 601, trad. Javalet Klein. París, 1S67. Túoriéphpsioloffiquedelamuiipe, 
trad. Geroult. París, 1S63 y J. Berstein. Le$ sens. París, 1377. Riehet de la 
SentiHlüé París, 1377. 

(%) Rosenthal. Observaeiimes sobre la aetinidad de los centros nerviosos au- 
imáiicos, y en particular sobre los movimientos respiratorios. Eslangen, 1875. 

(3) Helmoltz. Sobre la luzpropia del ojo. Optifuephisiologigue.Y Delbeoaf 
Recherches ieorigues et experimentales sur la mesure des sensations. Bruselas 
1373. Eq la pág. 25 y siguientes sa halla una ingeniosa discusión de este 
punto. 



teoría moderna. 207 

por Ift incidencia de las faerzM exteriores, pueden admitirse otras exci- 
tij^onea producidas por modificaciones de la nutrición ú otras propias al 
organismo* tales son el escalofrió^ el zumbido de oidos, etc.; á este grupo 
tleben referirse la excitación causada por el esceso de ácido carbónico en 
4a sangre 7 las análogas. 



Por el opuesto extremo, el arco nervioso termina en los órganos d» 
las diversas funciones sin excepción, pues todas *on reguladas por la ac~ 
cion del sistema nervioso; pero el caso más aparente se muestra en las 
funciones que implican un movimiento de masa y se ejecutan mediante 
la acción de los músculos. En sus fibras elementales terminan los con- 
ductores nerviosos eferentes que aportan la excitación determinante de 
tsada contracción muscular; la acción refleja que produce estos resultados, 
puede tener su origen en todos y cada uno de los sentidos excitados por 
agentes exteriores; como en los movimientos de defensa provocados en 
un rana decapitada por el pellizco, cauterizacion^etc, de la piel y también 
pueden tener origen en ciertas modificaciones del organismo, como sucede 
t^on las convubiones generales provocadas por .el esceso de ácido carbó- 
nico de la sangre ó por su envenenamiento mediante la estrignina, el 
cloroformo etc. Entre los órganos ejecutores musculares, merecen singu- 
lar atención los anejos al sistema circulatorio, de los que dependen los 
movimientos del corazón y las contracciones de los vasos sanguíneos. 
Este sistema, vaso motor, tiene una capital influencia en la distribución 
xle la sangre, y ]^or consiguiente en la nutrición. Los reflejos que deter- 
minan tales movimientos, tienen probablemente su origen ordinario en 
excitaciones causadas por modificaciones nutritivas, mas también pueden 
ser provocados por las excitaciones de los sentidos especiales y aun por 
las emociones, como de ello son ejemplo el rubor de la vergüenza y la 
palidez del miedo. 

Las glándulas son otro gánero de órganos terminales de las fibras 
t^entrífng&s y los reflejos que en ellas concluyen determinando la secre- 
cion, se prestan á consideraciones análogas á las expuestas respecto de Iob 
músculos. Sólo citaremos como ejemplo de un reflejo complicado de ^e 
género el hecho vulgar de hacerse la Doca agua, determinarse la secreción 
salival, á la vista ó por el simple recuerdo é imaginación de un manjar 
«abróso. 

Se ha supuesto, por último, que ciertai nervios eferentes, llamados 
tróficos, presidian directamente la nutrición de los tegidos orgánicos; mas 
no hay datos materiales en que fundar esta aserción, y su necesidad, como 
medio de explicar ciertos hechos, (1) puede ser satisfecha cumplidamente 
por la teoría de los vaso-motores. 

VI 

Los órgano^ centrales del sistema nervioso , donde las excitaciones 
centrípetas se difunden, combinan y reflejan, se diversifican por yariaa 



(1) Dharcot. Maladies d% sisteme neroeauw, '^om. t. 



206 11.* CONFERENCU. 

condiciones: la estructura de las células ique ios forman; sü número j- 
coiábinácion particular, por ló que respecta á constitución propia; y en 16. 
qué toca á las relaciones de los ganglios con los aparatos extremos y con 
los demás ganglios, importa estudiar su conexión con órganos detetmina-- 
doa y la coordinación y subordinación de los varios centros entre sí. 

Las diferencias más características de las células nerviosas^ dejando 
aparte la cuestión litigiosa de las células de una sola fibra ó de varias fi- 
bras, monopolares' y multipolares, las reducen á dos clases: (1) unas célu- 
las piramidales relativamente gigantescas que sé hallan en la médula, y 
en tal parte, que no puede dudarse de su intervención en los movimien- 
tos^ y por esto se llaman motrices; otro tipo ofrecen ciertas células redon- 
das, pequeñas y ramificadas, de cuyas funciones nada puede decirse de 
cierto, aunque se les atribuye la sensibilidad. 

Meynert añade un nuevo género de células fusiformes, con prolonga- 
ciones múltiples, cuya orientación induce á considerarlas como elemen- 
tos de enlace y asociación. A pesar de la sagacidad y perseverancia con 
que se siguen estos estudios, y de los finísimos detalles que han alcanzado 
á distinguir los histólogos, no se pueden precisar las diferencias de fona- 
ción que corresponden á estas varias estructuras, y hay que limitarse á 
las vagas congruencias apuntadas, que, si bien deben tenerse como datos 
estimables, no autorizan á concluir precipitadamente, á ejemplo de- 
Luys (2) y Poincaré, (3) que las células grandes y angulosas están exclu- 
sivamente destinadas á producir excitaciones motrices; las pequeñas y re- 
dondas competen las funciones de sensibilidad; la nutrición depende^ 
dfe otras células bipolares capsuladas, propias de ganglios determinados. 
Esta fa€Ílidad dé afirmaciones es tal vez el mayor mal que resulta de loa. 
rápidos progresos de la ciencia contemporánea, y en ella tienen origen laa 
marchas y contramarchas que desorientan á los estudiosos y desconcier- 
tan al público. 

Los centros nerviosos, que reciben la denominación general de gan- 
glios, ofrecen gran diversidad respecto al volumen debido al número de 
elementos que los constituyen, y en cuanto á la combinación de los mis- 
mos. En los diversos animales son patentes estás diferencias: el asci- 
^ium (4) tiene por todo sistema nervioso un ganglio único y pequeño; 
del que irradian algunas fibras; en el cieüpiés se hallan tantos ganglioa. 
como artículos, y cada uno de aquellos parten de fibras eferentes y ofe- 
Tentes para los órganos sensitivos y motores, y además ligan unos, gan- 
glios á otros por fibras comisurantes; la médula espinal de los vertebra- 
dos es un ganglio compuesto, del que es apéndice al cerebro otro gran 
ganglio, y que, además, está enlazada pot fibras comisurantes, con multi- 



(1) Charcot, Leccns íur les localisations dans les maladies du cerveau. — Pa- 
rís 1877.— Zwyí. Le cerveau^ 1877. 

(2) , Luys. Le Cerveau, pág. 19. 

(3) Poincaré, Le fons sur la phisiolof te normal et'paGtologiqut ú% siMemi^ 
«erp^atíj?. Tóm. I, pág. 25y sig. 

(4) Carpenter, Mental Phisyologia, London 1876.— Cap. ii, Gegenbaur. — 
Manual d*anaíomíe comparee. 



TEORÍA MODERNA. 209 

ítud de ganglios minimoa^ (1) reuniéndose así en un mismo individuo lo» 
Varios modos de centros nerviosos. 

En el hombre se hallan ganglios de una sola célula (2) ó muy cor- 
to número de células, en las paredes de los vasos , en las del intestino» 
•en la vegiga, etc., otros ganglios mayores con<3tituyen la doble cadena del 
«impático con el que también se enlazan otra porción de ganglios disper- 
sos por todo el organismo^y cuya estructura muestra células de los diver- 
sos géneros protegidas por una envoltura especial. En la médula los gan- 
glos simples ó el gran ganglio compuesto ofrecen una disposición cons- 
tante de grandes células angulosas en la parte anterior en relación direc- 
ta con las raíces de los nervios motores, y en el cerebro se reconocen va- 
rias combinaciones de los elementos celulares agrupados en las masas 
centrales (.3) y ordenados por varios modos en la superficie. 

Los ganglios aislados, que Bichat consideraba como cerebros dimi- 
nuto3,yrigenygobiernansegiinlas leyesdela acción, refleja territorios más 
ó menos vastos y es digno de notar que la provincia de un ganglio deter- 
minado contiene otros ganglios menores y cuya influencia se reduce á bre- 
ves zonas que son como los municipios do aquella provincia y que gozan 
-de cierta autonomía local. Esta subordinación gerárgica consta de diver- 
sos grados cuya coordinación mantienen numerosas fibras conmisurantes 
■que los constituyen en sistema general. Estos ganglios discretos pueden 
^er mirados como porcion'os dis3minadas de la médula, y esta á su vez se 
ofrece como un conjunto de ganglios coordenados y subordinados. Mas los 
ganglios medulares son, por punto general, de la gerarquía más elevada; 
así el corazón de una rana separado del cuerpo sigue latiendo regular- 
mente mientras el oxígeno del aire escite un reflejo cuyo centro se halla 
en los ganglios que encierra esta entraña; estos ganglios se hallan en re 
lacion con el plexo cardiaco del gran simpático, el que de otra parte y 
mediante plexos y glanglios numerosos gobierna las principales viscera» 
y regula la distribución de la sangre por el sistema vaso-motor que de él 
depende principalmente. 

Por esta relación y conexiones, la vida del corazón se armoniza con 
las funciones de los pulmones, el estómago, los intestinos, el hígado, etc. 
Las contracciones del corazón se suceden rítmicas como en un corazón 
aislado; mas, su fuerza, su frecuencia, etc., se adaptan á las variaciones 
de la capacidad del sistema circulatorio que los vaso-motores determinan 
^segun las necesidades de cada localidad. Esta coordinación se establece 
lentamente, y se mantiene con regularidad suficiente para sostener la 
vida en los animales inferiores y en los monstruos privados de encéfalo 
y médula, mas no basta para ocurrir pronta y rápidamente á las pertur- 
baciones repentinas á que están sujetos los animales superiores más mo- 
vibles y de vida más agitada. En ellos se encuentra una superior coordi- 



(1) En Iluxley, Elements d'anatome comparte des animaavertedres: puede 
verse el hecho singular del amphiozus y los marsipobranquios, que carecen de 
sistema simpático^ ó de ganglios diseminados y distintos de la médula. 

<3) Legras,— Les versvaso-motenrs.^VMis, 1873. pág. 14. 
P. Bricou (de París) nouvelles recherches physiologiques sur les ner/s 0010- 
"moteurs Paiís, 1376. pág. 10. 

(3) Chardot. Localizations. Ferrier, Les Fonelions du cerveaux. París 1876- 



210 11.* CONFEBEIÍCU. 

nación^ cayó centro se halla en la médula j comanica con el corazón por^ 
un nervio especial. Por su medio^ el corazón, agobiado por un rápido 
aumento de la presión sanguínea, solicita el auxilio de los vaso-motores, 
que dilatando los vasos le alivian. En cambio el corazón recibe por el 
mismo nervio excitaciones que le estimulan á palpitar más rápidamente,, 
jque á las veces le retardan y paralizan. Las excitaciones que de este 
modo llegan al corazón, pueden proceder originariamente de un punta 
cualquiera relacionado con el sistema nervioso, encéfalo-espinal, y por 
este camino se reflejan sobre el corazón la alegría y el pesar, y asi alcan^ 
za el motor hidráulico de la circulación la categoría de órgano de expre-^ 
sion de las emociones (1). 



VII 



Del mismo modo que este centro circulatorio, se hallan en la médula 
un centro respiratorio, un centro vaso-motor, un centro de la deglución 
y un centro de expresión de las emociones^ reunidos en un breve espacia 
que forma el extremo superior de la médula, ó médula oblongada. El 
resto de la médula lo constituyen los centros de orden inferior de ciertas 
funciones que por su naturaleza exigen una Coordinación muy compleja, 
y en las que toda autonomía local seria anárquica; tales son los movimien-^ 
tos en masa y de locomoción, y la sensibilidad extema. Treinta y uñ gan- 
glios pares, unidos entre sí por fibras comisurantes, ligados además coiv 
los centros superiores ¿el enc^alo, forman la médula espinal . Estos gan- 
glios ejercen sus funciones separadamente, ó coordinados lateralmente, ó. 
oordinados lon^tudinalmente, ó bien , por fin, subordinados á los centros, 
superiores. De aquí nacen todas las variedades de los reflejos espinales, 
estudiadas por Pliuger, cuyas leyes se reducen á estas dos proposiciones: 
La extensión de los movimientos corresponde á la energía de la excita- 
ción y al número de centros á que alcanza su difusion^^ Todas las circuns^ 
tancias que se oponen á la difusión aumentan la energía de los reflejos,, 
así la sección de la médula, limitando la difusión, facilita los reflejos. 

£n la médula el sistema oomisurante tiene una importancia extrema,, 
pues sólo por su medio pueden coordinarse los movimientos para man-^ 
tener en el equilibrio estático y dinámico y subordinarse á los centros 
superiores de que emana la voluntad. Así las secciones de la médula y laa 
enfermedades que interrumpen su continuidad no destruyen los reflejoa 
medulares, sino que imposibilitan los movimientos voluntarios y pertur- 
ban el equilibrio. Es que aquellas fibras comisurantes establecen la co-^ 
municacion de los ganglios medulares con otros en que establece una. 
coordinación superior análoga á que los movimientos del corazón reciben 
del centro circulatorio de la médula. Los centros superiores de los gán^ 
dios parecen distinguirse en dos órdenes: 1 .* Centros del equilibrio. 2.*^ 
Oentros del movimiento voluntario y la sensibilidad consciente. 



(1) E. F. HosteinK. Essaisur la sincope, París, I877,— Darwin. Z* f* 
presión dei emotions. París, 1877, págs. 73 y 79. 



TEORÍA MODERNA. 211 



VIII 



Las centros del equilibrio determinan una coordinación do cada mo- 
vimiento con todos los demás de tal modo, que: 1.°, el animal en reposo 
se mantenga en equilibrio, compensando la acción de la gravedad del todo 
y las partes con acciones musculares que dan una resultante nula en 
todos sentidos; :á.°, que, puesto en movimiento, se compensen la acción 
de la gravedad y de cada parte, mediante acciones contrarias por las que 
quede como resaltante única el movimiento querido. 

Las excitaciones que determinan la acción de estos centros de equili- 
brio tienen su róigen en los óiganos que son impresionados por las cir- 
cunstancias de la posición del cuerpo, tales son: la presión de la piel en 
las patas sobre que se sustenta el animal, las impresiones visuales que de- 
terminen la posición del cuerpo respecto de los objetos exteriores; las ex- 
citaciones engendradas en los canales semicirculares del oido interno que 
son como niveles que indican por sí solos la posición de la cabeza; las 
sensaciones} que los músculos provocan, según su contracción, movimiento 
y posición, y por último, cierto i estímulo.^ procedentes de las visceras. 

Todas estas excitaciones concurren simultáneamente en los centros 
de equilibrio situados en los tubérculos cuadrigeminos y el cerebelo, y 
cuyas funciones, todavía muy poco conocidas, determinan los movimien- 
tos adecuados para mantener (el equilibrio con reposo ó un movimiento. 
De un modo general puede decirse que el mantenimiento del equilibrio 
depende de un sistema compensador que tiende á anular todos los efectos 
dañosos é inútiles de cada movimiento. Por la coordinación equilibradora 
todos los movimientos simultáneos concurren á realizar una acción de- 
terminada, y como por otra parte los movimientos son determinados por 
excitación diversa para cada caso, resulta de estas condiciones que lo^ 
actos de los animales responden á ¿as excitaciones que nacen de las circuns- 
tancias que rodean al individuo, y por tanto, se adaptan d estas mismas 
circunstancias. Por otra parte, los mismos actos causan un efecto, modi- 
ficando las condiciones exteriores, cuya alteración provoca nuevas excita- 
ciones de que se originan por acción refleja otras acciones distintas que 
también producirán un resultado exterior. La excitación inicial, el mo- 
vimiento determinado y el resultado exterior obtenido, ofrecen entre sí 
en un solo acto, y por su correspondencia en varios sucesivos, ciertas re- 
laciones, por cuya virtud los movimientos producen un resultado exterior 
definido que se llama objeto de la acción^ cuando lo consideramos como in- 
dependiente y predeterminado, y según este modo de ver, decimos que 
las accianes son adecuadas al objeto. 

Entre los ingeniosos experimentos de GoU se bailan dos que mani- 
fiestan claramente la acción de la médula sola y subordinada á los cen- 
tros equilibradores (mesencéfalo y cerebelo). Una rana á quien se ha 
cortado la cabeza y ofrece todos los fenómenos de los reflejos medulares 
€8 sumergida en agua juntamente con otra á la que sólo se ha quitado el 
cerebro propiamente dicho. Si el agua en que ambas se bañan se calien- 
ta gradualmente, la rana con mesencéfalo, escitada por el cambio de 
temperatura, sube nadando á la superficie é intenta escaparse, mientras 
la otra so queda tranquila en el fondo sin que le escite el calor general, 



212 11.* CONFERENCIA. 

en tanto que responde con movimientos reflejos enérgicos á las osci- 
taciones parciales de la piel. Esta es, pues, incapaz de coordinar la serie 
de actos necesarios para huir, y en aquella el mesencéfalo y cerebelo re- 
cojen todas las escit aciones simultáneas y determinan una acción coor- 
dinada, cuyos movimientos parciales son propiamente equilibrados, y 
que correspondiendo á las condiciones de escitacion, realiza un efecto 
exterior adecuado á las mismas. La misma rana sin cerebro se mantiene 
en equilibrio sobre un plano móvil, salta evitando los obstáculos, sube á 
la superficie del agua para respirar, y si disponen las cosas de modo que 
esta superficie termin. en una lámina de vidrio, la rana, no pudiendo 
satisfacer su necesidad de respirar, vuelve á sumergirse para ascender 
por otro punto. Mas sin cerebro, la rana, el pez, el pichón, el coi^ejillo 
de Indias, en suma, todos los animales que pueden resistir á la opera- 
ción, se muestran sin espontaneidad ninguna^ no se mueven si no se les 
escita, ni comen si no se les pone la comida en la boca; son, en suma, 
meros autómatas del todo pasivos. 

IX 

Es el cerebro un órgano central nervioso apéndice de la médula, pero 
más voluminoso que ésta, en los animales superiores. Comunica con ella 
por dos hace? de fibras que propiamente son llamadas pendúculos. Los 
filetes nerviosos que los componen proceden de todos los ganglios medu- 
lares, y probablemente también de todos los demás ganglios forman dos 
cordones redondos que en el interior de la masa cerebral se aplanan, se 
esparcen como dos abanicos dirigidos de detrás á adelante. En el pie de 
este abanico (que corresponde á la base del cerebro) se hallan los gan- 
glios centrales, dos pendientes de la cara interna: el núcleo interno del 
cuerpo estriado (delante) y el tálamo óptico (detrás), al mismo nivel y en 
la parte anterior dé su cara externa se halla el otro núcleo del cuerpo 
estriado. Las fibras radiantes del abanico se esparcen en todos sentidos, 
terminando en la sustancia gris que por formar la superficie exterior del 
cerebro que se llama cortical. Así se forman sobre los dos pedúnculos los 
dos órganos simétricos llamados hemisferios cerebrales, que comunican en- 
tres! por la ancha banda de fibras conspirantes que constituyen el cuerpo 
calloso. Además de estas fibras de enlace de cada lado con el opuesto, se 
hallan otras que ligan los ganglios centrales (tálamo óptico y cuerpos 
estriados) con la sustancia gris exterior, y es probable que las diversas 
porciones de esta sustancia gris estén enlazadas entre sí por distintos 
conductores. En suma: tres ganglios centrales y una gran superficie gan- 
glionar periférica enlazados, mediante fibras, entre sí y con los ganglios 
medulares y otros; este es el cerebro, apartados los complicadísimos de- 
talles descriptivos. 

Las funciones de estos centros han sido estudiadas experimental- 
mente por medio de su destrucción, por la sección de las fibras que en 
ellos concurren, por su escitacion eléctrica directa y mediante la obser- 
vación de sus enfermedades provocadas artificialmente. Los resultados 
de la experimentación fisiológica se han cotejado cuidadosamente con 
las observaciones de las enfermedades que sobre ellos recaen en el hom- 
bre, y de todos estos trabajos que todavía se prosiguen en la enfermería 



TEORÍA MODERNA. 213 

y el laboratorio, nace la teoría de las fíinciones cerebrales que intenta- 
mos exponer ahpra al menos en sus grandes lineamientos. 

Las masas internas las considera Lnys, siguiendo á Tord, Carpenter 
y Schroeder Wander Kolk, como centros donde (tálamo óptico) concur- 
ren las oscitaciones periféricas para que espiritualizdndose allí se presenten 
como sensac'ones al alcanzar la superficie gris cerebral; y donde (cuer- 
pos estriado) llegan» procedentes de la misma corteza cerebral, las deter- 
minaciones de la voluntad, para materializarse y convertirse en impul- 
siones motoras. 

£sta hipótesis de seductora sencillez, es incompatible con los hechos 
mejor observados; pues si bien las lesionss del cuerpo extriado perturban 
el movimiento voluntario, las del tálamo óptico no muestran rela- 
ción ninguna en alteraciones de la sensibilidad, y además la disección 
prueba que de las fibras del pedanculo cerebral, si bien unas comunican 
con estos ganglios, la mayor parte marchan directamente á terminar en 
la sustancia gris cortical. 

Es, pues, necesario suspender todo juicio sobre este punto. 

X 

£n cuanto á la estensa superficie ganglionar que forma la corteza cere- 
bral se pueden hallar más y mejores datos, pues . á ella se refieren prin- 
cipalmente los estudios contemporáneos sobre las localizaciones cerer 
brales. 

Conviene (1) tener presente que la corteza cerebral, si bien ofrece una 
superficie lisa en algunos animales ínfimas, en los superiores, y sobre 
todo en el hombre, al que habremos de referimos prmcipalmente, se 
muestra como una tela gruesa, plegada ó arrugada caprichosamente. 
Estos pliegues se llaman circunvoluciones y están separados por surcos 
de profundidad correspondiente. Para distinguir cada centro motor cere- 
bral es preciso determinar la circunvolución en que se halla, y la deter- 
minación de ésta está subordinada á los surcos que por ciertas considera- 
ciones, sirven de base á la descripción topográfica. 

El surco más profundo y constante que por esto sirve de punto de 
partida á toda descripción, lleva el nombre del anatómico Silvio, corre 
casi horizontalmente sobre la cara estema del hemisferio, y nacen de él 
dos surcos breves, dirigidos hacia arriba, llamados ramas ó astas, una an- 
terior ó frontal, y otra posterior ó parietal. Alrededor de la rama, ó asta 
anterior^ se halla una circunvolución en forma de arco, que se denomina 
primera frontal (según M eynert; (2) á esta abraza un surco también ar- 



(1) La descripción de los surcos y circunvoluciones cerebrales que subsi- 
gue, fué explicada en la conferencia sobre dibujos amplificados (nueve por 
uno) y obtenidos por la copia directa del natural. En cuanto á la descripción, 
se ha seguido á Meynert, si bien teniendo presentes las descripciones de 
Huxley, Ferrier, Charcot y las observaciones de Giacomini respecto á la si- 
nonimia. 

(2) Di$ Windungendercanvexeob^rfiacheder Vorderhirnes^ etc. Ton Pro/. 
Tk. Meynert in Wien. Arehtv fiir psj/chiatrie. VIL Bani. 2 Heft. Ber- 
lín. 18T7. 



214 11/ CONFERBNOU. 

queado que lep&ra la primera de la segunda drcunvolacion frontal^ que 
á va vez está separada de la tercera por un segundo surco frontal. Estas 
tres circunvoluciones forman el lóbulo frontid. Sobre la rama asóedente 
posterior hay otra circunvolución llamada angular^ limitada por fiíera 
por un surco arqueado^ cuya prolongación^ dando vuelta á la circunva- 
lación que rodea á la cisura de Silvio^ corre por debajo y paralelamente 
á esta^ por lo que recibe el nombre de surco paralelo. Un segundo surco 
arqueado comprende al anterior y á la circunvolución que entre los dos 
se forma. Este segundo surco, varias veces interrumpido^ tiene una por- 
ción paralela é inferior respecto la cisura de Silvio, y otra formada por 
el extenso arco que abraza la circunvolución angular y se estiende á la 
región occipital^ comunicando con la cisura occipital que pasa de la cara 
estema del hemisferio á la interna, partiendo el borde. Un tercer surco 
arqueado posterior, está sólo representado por su rama anterior ó surco 
central, que termina inferiormente entre las dos astas de la cisura de 
Silvio. El breve surco precentral, colocado por delante del anterior, casi 
siempre en comunicadon del surco frontal inferior, puede considerarse 
como un cuarto surco arqueado, dispuesto alrededor de la rama posterior 
de la cisura Silvio. En el surco precentral suelen terminar la primera y 
segunda circunvoluciones frontales; entre el precentral y el central se es- 
tiende la circunvolución central anterior; entre el surco central y la cara 
anterior del gran arco (segundo) occipito- parietal, se halla la circunvó 
lucion central posterior. Por encima del arco occipito-parietal, y entre él 
y el borde se halla la circunvolución parietal superior. Entre este arco y 
el asta posterior de la cisura Silvio, se hiJlan las dos circunvoluciones 
temporales inferiores, separadas por un surco arqueado que abraza á la 
llamada angular. Este grupo de circunvoluciones constituyen el lóbulo 
temporal. El surco occipito-parietal, y la cisura occipital, limitan el ló- 
bulo occipital qúo comprende tres circunvoluciones muy cortas. Los dos 
surcos paralelos que recorren el lóbulo temporo*-esferoidal, lo dividen tres 
circunvoluciones. 

La cara media del hemisferio cerebral ofrece un surco que en la parte 
anterior es ^ralelo al cueipo calloso, al que rodea, y que al llegar la 
parte posterior se aparta del cuerpo calloso para acabar en el margen ó 
borde del hemisferio. Se llama este surco calloso-margiual: por fuera de 
él se halla la cara media de la circunvolución frontal superior, por den- 
tro la circunvolución del cuerpo calloso. 

El surco occipital que de la cara estema pasa á la interna se estiende 
por este breve espacio, y entre él y la porción marginal del surco ca- 
lloso, circunscriben un lóbulo llamado cuadrado que compraide dos ó 
tres circunvoluciones vagas. El surco occipital se une formando un ángu- 
lo agudo con el surco calcarino, y entre ellos queda comprendido un sec- 
tor de la superficie de las circunvoluciones, que se denomina lóbulo 
cuneiforme ó cuña. Por debajo de éste hay otro llamado linguiforme, y 
más abajo de éste, y un poco . hacia adelante, se halla otro lóbulo ó cir 
cunvolucion fusiforme. A la porción del ventrículo lateral, llamada cuer- 
no de Ammon, corresponde por la cara media del cerebro una circun- 
volución Que lleva este mismo nombre. 

Es {ácil, siguiendo los detalles correspondientes á esta descripción su- 
maria, trazar un mapa ó carta topográfica de la superficie gris cerebral 
que debemos considerar como un conjunto de ganglios. Para determinar 



TEORÍA MODERNA. 215 

SUS funciones son necesarias dos circunstancias; primera^ poder escitar» 
inflamar^ ó destruir un punto cualquiera de la corteza cerebral. Segundo», 
poder reconocer la topografía del punto escitado ó destruido. A llenar 
estas condiciones tienden los trabajos que en este momento ocupan á los 
anatómicos» los fisiólogos y los médicos que cultivan la ciencia y no se 
reducen á simples curanderos con título doctoral. 

XI 

La cuestión está todavía en el telar y no se han atado todos los ca- 
bos; mas pueden exponerse algunos resultados interesantes que se han 
incorporado ya á la ciencia constituida. Tales son los hechos que de- 
muestran palmariamente que se hallan en la superficie cerebral diversos 
centros (es decir puntos limitados y definibles) cuyas funciones están li 
gadas con el ejercicio de los movimientos. Se hallan estos centros en la 
parte media del cerebro, al rededor del surco de Rolando. La escitacion 
de cada centro determina movimientos de puntos distintos del cuerpo. 
£1 extremo posterior de circunvolución ascendente parietal es centro de 
los movimientos de los pies en la marcha, ó de los movimientos de loco- 
moción. £n la parte anterior y más alta de esta misma circunvolución y 
do la ascendente frontal, es decir» en ambos lados del extremo superior 
del surco de Rolando se halla en el cendro de los movimientos combina- 
dos de brazos y piernas en ciertos ejercicios como la acción de trepar ó 
la natación. Por debajo, y también en la circunvolución parietal ascen- 
dente, hay un espacio limitado cuya escitacion determina movimientos 
de la mano y muñeca. Frente á este y del otro lado del surco de Rolando 
sobre la frontal ascendente está el centro de los movimieotos del brazo y 
el antebrazo, y por encima en el extremo central de la tercera circunvo- 
lución frontal el centro de los movimientos que es tienden el brazo como 
para tocar un objeto y reconocerlo por el tacto. 

Sobre el extremo central de la segunda circunvolución frontal se halla 
un punto que determina los movimientos laterales de la cabeza, los de 
los párpados, la dilatación de la pupila, y puede considerarse como centro 
de los movimientos de la fisonomía. £1 extremo inferior, mediato á la 
dsura Sylvia, de las dos circun velaciones que separa el surco de Rolan- 
do y la parte contigua de la primera circunvolución frontal, contiene 
varios centros que corresponden á los movimientos de los labios, la len- 
gua y demás partes de la boca y que se considera como la parte en que 
reside la facultad del lenguaje articulado. Todos estos centros pueden 
considerarse^ según su distribución anatómica^ como formando tres 
grupos: 

1 .^ Uno que ocupa el borde superior del hemisferio y se extiende 
hacia atrás, que comprende los centros de los movimientos de la pierna, 
de los brazos y las piernas, combinados en varios ejercicios. A este grupo 
podria llamarse área de la locomoción r 

2.* La porción media entre él borde del hemisferio y la cisura Sylvia 
abarca los centros de los movimientos del brazo y la mano y son el área 
de las acciones manuales. 

3.^ A la excitación de los diversos centros que ocupan la parte infe- 
rior y anterior de la región motora» responden los movimientos del rostro 



216 11.* CONFERENCIA. 

y de los diferentes órganos de la boca, constituyendo así el área de los 
movimientos expresivos. 

Por detrás de la región cuyas funciones están ligadas á la producción 
de los n^ovimientos, se halla la región de las sensaciones, cuya topografía 
es todavía muy insegura. Puede admitirse hasta nuevo examen que: el 
centro de las sensaciones visuales ocupa la circunvolacion angular y se 
extiende á los estremos contiguos de las Inmediatas; el centro de la audi- 
ción se halla en la primera circunvolacion temporo-esferoidal separado 
del centro del lenguaje por la cisura de Silvio; por delante y debajo del 
anterior se suponen los centros del olfato y del gusto sobrejel estremo an- 
terior de la segunda circunvolución temporo-esferoidal; es preciso diri- 
girse á la cara media del hemisferio para hallar el lugar supuesto del cen- 
tro de las sensaciones táctiles, situado en la circunvolacion del cuerno de 
Ammon ó Hipocampo. 

Esta región de los centros de sensación no alcanza á las circun velacio- 
nes occipitales de la faz externa del hemisferio, ni á las correspondientes 
de la cara media, los lóbulos cuneiformes, lingual y fusiforme, y se ignora 
en qué funciones intervienen los centros por esta parte distribuidos. Sólo 
se puede aventurar la suposición que inspiran ciertos experimentos, segan 
los que corresponderían á este sitio l«s centros de las sensaciones que se 
refieren al hambre, la sed y el apetito genésico. Esta seria el área 
instintiva. 

Por el extremo opuesto se localizan de un modo vago las facultades su- 
periores de la inteligencia y la voluntad en la parte anterior de las ctr- 
cunvolaciones frontales que forman la región del cerebro, que correspon- 
de precisamente á la frente, sobre que pasa su mano el que se siente ago- 
biado de tristes pensamientos; donde se golpea, como en una puerta, para 
llamar la inspiración; donde se araña el que busca una idea ó quiere to- 
mar una resolución enérgica y vigorosa. 

Apenas conocidos los hechos^ cuyo sumario queda expuesto, surgieron 
diversas interpretaciones tan varias como los autores que las propusieran. 
Señalaremos tan solo las dos opiniones extremas relativas á centros cuya 
excitación determina movimientos que son, en realidad j los centros mejor 
conocidos y determinados. (l)Ferrier, Charcet, y su escuela sustentan que 
estos centros, pues de ellos parte la excitación de los movimientos, mere- 
cen llamarse motores, y los consideran como ganglios de una cordina- 
cion suprema de los movimientos precisamente asociados para un deter- 
minado objeto, según la experiencia personal del individuo. Distínguen- 
se, por tanto, de los centros de coordinación inferiores, en los que la aso- 
ciación de los movimientos es hereditaria, y cuyo objeto no está tan es- 
pecialmente particularizado. Éste carácter de los centros cerebrales, se 
revela en dos hechos fundamentales: la destrucción de tales ganglios cansa 
una parálisis, tanto más p3rsistente. Cuanto más intervención tiene la ex- 
periencia del individuo en su propia conducta: en los animales reciennací- 
dos, y en los más inferiores, no causa perturbación grave la destrucción 
de aquellos centros. 



<1) Ferrier. The Fmetion o/the ^ra««.— Londres, 1S76. Cap. IX. Sec. u. 



tÍkouía moderna. 217 

Sin rechazar esta condición admiten otros que tales pantos de la cor- 
teza cerebral no son punto primero de partida de las excitaciones mo- 
trices, sino por el contrario, son centros de sensación ó ganglios interme- 
dios entre los centros de sensación y los motores. (1) Así consideran los 
movimientos producidos por la excitación artificial cómo movimientos 
reflejos. Si atentamente se estudia el problema, se descubre que el carác- 
ter de sensitivo ó motor de un centro nervioso es meramente relativo, al 
menos bajo el punto de vista del fisiólogo, que sólo puede juzgar de las 
sensacioaes por los movimientos que determinan. Por tanto, la cuestión 
no podrá ser resuelta íacilmente sino por la intervención de un nuevo 
medio que permite descubrir si á la excitación de tales centros acompaaa 
sensación, si por su destrucción aquella sensación queda abolida. Ijll único 
medio que permite conocer directamente las sensaciones es la conciencia, 
y como solo el hombre es capaz de revelar de un modo preciso las modi- 
ficaciones de su conciencia, de aquí se sigue que sólo estudios de fisiolo- 
gía patológica humana, podrán resolver el problema, y efectivamente por 
este camino se está buscando la solución. 

¿Mas si por este instrumento se puede adquirir nuevos datos, cuántas 
cuestiones subleva el estudio del instrumento mismo] ¿A qué función 
del sistema nervioso corresponde el fenómeno subjetivo de la conciencia? 
¿Esta función la ejercen las fibras ó las células? Enuno úotro caso, ¿cuál es 
la función propia de toda fibra y de toda célula] Si es una función especial 
y particular de ciertos centros nerviosos, ¿por qué coadiciones la poseen 
anos, y otros están privados de ella. ¿Cuántas conciencias hay en un mismo 
individuo] 

Díceso que Colon se aventuró en el Atlántico con intento de llegar 
á las Indias orientales, dando de este modo la vuelta al mundo; mas en su 
camino halló un obstáculo imprevisto, el continente americano. De un 
modo análogo, siguiendo el estudio de la fisiología del sistema nervioso, 
parece que en arribando el cerebro, toda cuestión quedará resuelta; mas 
ne aquí que sur je el nuevo mundo de la conciencia. £n él todo es diverso, 
extraño; los fenómenos, las leyes, los medios de observación. De nada nos 
servirian los métodos empleados con éxito para el estudio objetivo, y aun 
los resultados de éste no sólo parecen distintos, si no contradictorios, respec • 
to á aquellos fenómenos del mundo subjetivo. 

Hemos podido comprender y explicamos c^n cierta facilidad las fun- 
ciones de la célula y la fibra nerviosas, el mecanismo de la acción refleja, 
función general del sistema nervioso; la diferenciación de las acciones 
reflejas ó división del trabajo en los diversos órganos, hasta cierto punto 
autónomos; la coordinación y subordinación de las varias acciones refle- 
jas en los órganos centrales, por cuya acción el animal es un individuo; 
de todo esto hemos podido formamos una idea clara respecto al conjunto, 
y es lícito imaginar que siguiendo el mismo método se lleguen á cono- 
cerse algún dia todos los detalles de la fisiología del sistema nervioso. 



(1) Schifí. Lezianidijlmlogie e^ferimentale $v,l sisteme nerooso enceíali- 
eo, Florencia. Apéndices, pág. 623. 

Mandsley. The Physiology of Mitid, ipóndres, 1876, pág. 267 se adhiere á 
la opinión de Hilzig, analpjpa de Schifí. 



218 U/CONFBRBNOIA. . 

Del mismo modo resulta patente que las (unciones del sistema netyioso 
están determinadas según la ley general de causalidad, j que, por tanto, 
bajo este punto de vista, el animal es un perfecto autómata. 

Mas, ¿qué relación hay entre esta apariencia exterior y los fenómenos 
de la conciencia) ¿Cómo aquel automatismo se compadece con el libre al- 
bedrio que nos revela el sentido intimo) Esto es verdad, el problema más 
diñcil, no de la fisiología, á cuyo dominio escapa, sino de la filosofía, que 
toda puede reducirse al estudio de este punto, que más que problema di* 
ücil parece un misterio profundo. 



i ' 



CONFERENCIAS DE U INSTITUCIÓN. 



A ñn de extender la acción de estas conferencias más allá del redacido 
público que puede asistir á ellas^ se publican desde el presente corso en 
folletos sueltos, al ínfimo precio de 25 céntimos de peseta, cada uno, para 
los socios, y 50 para las demás personas. 

Se admiten suscr i clones en la Institución, en la librería de Suarez^ Ja- 
cometrezo, 72, y en la imprenta de Alaria, Estrella, 15. El preciode cada 
conferencia por suscricion para el público (satisfaciendo el importe de 
diez) es de 35 céntimos. 

Se han publicado las siguientes: . 

^ Las elecciones pontificias, por D. Eugenio Montero Bios. 
V El futuro Coneja Ye, por el mismo. 

^ El agua y sos trasformaciones, por D. Francisco Quiroga. 

^ Turquía y el tratado de París, por D. Eafael M. de Labra. 

"* El poder y la l¡i)erlad en el mundo antiguo, por D. Manuel Pedregal. 

^ El poder del Jefe del Estado en Francia, Inglaterra y los Estados-Unidos, por D. G. 
de Azcárate. 

El conde de Aranda, por D. Segismundo Moret y Prendergast. 
^ El Alcorán, por D. Eduardo Saavedra. 

'^ Relaciones entre la ciencia y el arte, por D. Federico Rubio. 

"^ Et socialismo de cátedra, por D. Gabriel Eodríguez. 

y Teorías modernas sobre la fisiología del sistema nervioso, por D. Luis Simarro. 



EN PRENíáA: 

La vida de los astros, por D. Augusto G. de Linares. 
Horacio y su influencia en la literatura moderna, por D. José de Carvajal, 
la pintura italiana antes del siglo XVI, por D. José Fernandez Jiménez. 
La moderna literatura polaca y J. I. Erase wsky, por D. José Leonard. 

Con estas conferencias ??e completará el tomo de las del presento 
curso. 



Antes de la apertura del ciu*so próximo, se pondrá á la venta 
el Almanaque de la Institución para el año 1879. 



INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA 

ESPARTEROS, 9, PRINCIPAU 



=zgr;/;éy,. -» 



12.* Conferencia ** *" ' 



\J&(^y n^M^^ 



(9 DE MA.RZO DE 1878) 



LATIDA DE LOS ASTROS 



POR 



D. AUGUSTO G. DE LINARES 



Tomada de la HRViSTA DE FSPANA 



• 'V>A/WSyWVW'W\<\/\A/WSAAAA/>A/WNA 



MADRID: 1878 

ESTABL-ECIMIENTO TIPOGRÁFICO 
de los MRorcii i. C. Condn y Compaffía 

Cafios, I 



-ZS7. 



/Uy- 







ERRATA NOTABLE. 



Al hacerse la tirada aparte de los articules publicados en la 
Revista de España, que componen esta Conferencia, se reprodujo 
indebidamente en la página 262 el epígrafe di. §. 4.» con que es- 
taba encabezado el último de aquellos, cuya primera mitad es, como 
puede verse, continuación no más del párrafo final del anterior. 



L 



■ ^1. 



1. 









'- '^4. 



DUODÉCIMA. CONFERENCIA^ 

(9 DE MARZO DE 1878.) 

LA VIDA DE LOS ASTROS 



POR 



. DON AUGUSTO G. DE LINARES. 



I ' 



LA VIDA DE LOS ASTROS. 



O) 



.MMWlfr^MW^ 



5. 1 



DkMttmMDdo «Dtoe Ib MbertMlen la emneííkBoH un dmggwo áe tu^ 
toMilnlM «déHMtiM, qnqábaio d Auatre Virchow deil^ i»áim«ta. lijiefCHia 
con =^e «igtmosda losüaturaiist» oontemporiiMCMi tfe «lát mt>^ pscrtta- 
dian infundir en la caltam popular^ eomo si futeían yerduieB tnconousMi^ 
lai hip6tfinDB«3rentitradaft que á Mtade principios evidfntes, muy lejos 
todft^' de*! alcance de la cteiDeia, propene en ai nooibRkuiia delas^soue- 
lasñito ea boga, inteiitaiado deeeifrar el enigma de la Nataraleea para aa- 
tñfceer en lo qne cabe, el deseo permanente que ]9obceyíy^ á las genera* 
ciones q«e p^an j veaaoe oon las qne vienen á la YÍda, ^ecoacebir «de nim 
\m, ^ mía fldla idea, el mundo enterado los sores natnmles, <mya prófa* 
sion y variedad inagotable más jsxcita que i^sga la aspiración que eenti- 
mos testos á peaeArar su miidad primitmi, á sorprender el laso qne une la 
diversidad de sns. fenómenos, el principio único de qne todos VBomoAfi^ i 
qne iváreceii todos refliiir arrebatados en nna corri^ite sin fia si "priíatcipío. 

Una grandiosa tei^ati^ra encaminada á este fio, an-esfí]«íso gigantes- 
co para descubrir esa ley universal donde todos ponemos, sepimoalo.ó no, 
lA'tMüon y causa immera «de los in&ntds aeres y fenómenos del mundo fí- 
sico, es la realizada no liá mndio en Aleipajiia por otro naturaliata discí- 
pulo de Viroboír, y hoy maestro de fama éacépcíonal: 

&tteslo fiaeckd, cuyo nombre, «o ya de los sabios consagrados al 
eetnáio de liauíttiralesa y de km filósofos que aspinm á un ideal más 



<l) Alredstfstav ««ts seefsvcaoiadtsiHifiide 9rQBiíiiqia4«i,<mii difícil riiftrodus»!» 
•s p .^ afifidéüdad, 7 par«MMicMr.da«xpoBfr sea «Mf sr 4sMnieM«pito. algoawijtiHkAaii 
diia lwis » ésiéiuNÍe. fil |il«aii«<sl MftÉnhsj #0i« sa:ásflanoUo fáLoaa es muy cUstín- 
to^dsl qxM tuTO «nláaoss. 



"2^2 12/ CONFBRBNOIA. 

grande todavía, sino de las gentes que se dicen caltas, á quiennes intere- 
san menos vivamente problemas tan delicados, y al parecer nada prác- 
ticos, es conocido y celebrado; sea que reputen la suprema verdad su 
doctrina, sea que la juzguen un error fantástico, ó que porfin y con mayor 
cordura, reconozcan en ella un gran fondo de verdad mutilado por graves 
errores sin embargo. 

Los principios que en ella Haeckel establece, lejos de ser evidentes é 
imponerse como tales produciendo convicciones firmísimas, son, al con- 
trario, supuestos más ó menos probables, hipótesis que tanto pueden 
aproximarse á layerd^d, cuanto apartarse.remotain^entQ de e)la. Sn &lta 
de con8Ístencia,>aa coi^icion proDleix>ática,.lá isapósibüídad en que nos 
hallamos hoy para resolver si son ciertos ó falsos, debiera reconocerla^ 
Haeckel mismo, y confesarlas el primero claramente, y guardarse de 
ofrecer al público culto, que no está llamado á investigar la verdad por sí 
propio, sino á recibirla de los sabios para asimilársela luego, suposiciones 
cuestionables, cual siñiesen resultados fírmesy ciertos que reclamaran casi 
el asentimiento general. No procede Haeckel con tanta discreción ni tal 
severidad de conciencia: antes se deja arrebatar por un entusiasmo, por lo 
demás nobilísimo, y creyendo ver en su teoría la verdad absoluta, y s^aro 
de que el mundo se rige por ideas, pide á voces que se propaguen las suyas, 
y difundan por los centros de instrucción y cultura, y se enseñen en las 
escuelas, y se penetren de ellas las generaciones nuevas, para qne 
orientadas por su luz en la vida, concibiendo el mundo tal cual es en rea- 
lidad, y el venladero süio que en él ooapaa, .y d destíiMN á q:«ü en^ lla- 
madas, proyeetoi otros^ más altes idedes^y viyim asá.nBés^^eMtisdfs 
cada ves de la vida tmirersal del Cosmos, y se slisteagan 4e Inoliár sMi^iil- 
mente en coffteadecirla y negaiia con la^suya propia. • . 

De esta, impradente aunqne generosa «xigeneia, que. más seeatfda al 
sectarie f«nátioo por ^el triunfo de sa cansa que al pensador seteno* mjo 
deseo de hallarla verdad y propagarla, coa no rompinr en entasiasniiA in- 
dtsoreto ni desbordar en gritos apasionados, tiene CQit>todoiltk firmen j 
conmstencia duraderas propias del equilibrio tranquilo de -su osfiírita; de. 
esta inexcusable pretensión de Haeokdl, que* ai cni^dréba á il^^Uüio e& 
una aiamblea de pol^üoos, desdeo^ notananente de los ¿des d^ vm con- 
greso de sabios, sedoele Yirchow^san rason sobiadsí; y tmm(^i»Dé» á la 
ciencia par» sttcnltíro y difusión los faero» do libertad, quenoleiú^a 
país alguno medianam^e adolaiitado> proteata.del que.09 á sa joioío un 
abuso Uegítino, una ai:biiraria lioenoia del.egregio Profesor do Jena, cu- 
ya mooion sólo puede llevar al descrédito de la cienmi^ si con áasio de 
suprestigio ha de oáerésta de suiaision elevada pAi» ponerse coe tnaensata 
lijeresa al servicio de intetesesyqna tanto poeden ser los d^lpff^eso ver- 
daderf>, como resultarlos del abuso j aun de k barbarícquisás. . 

• Pero al hacer «1^ jumísima cfnsnica, aiade Ymíbom:^ qne oSf<«€toque 
de todos los seotarios oxtr^nar las teorías á qo^ se adUoiiái^ hiiai4ndolB% 
pasar del límite fijado por sus iniciadores, y desnaturalizándolas tan 
gravemente, que se hace ya difícil para éstos reconocer sus propias ideas, 
y n^ caben eci sí mismos éel ae<>iBi!mi qué «leitteA' luego d^^oiip^cdiito 
dicAM en «u'tiomlrt^/sfW^á^^ que w »»tepfaWftegtfe4 1iy i i^ o tt ^lÉ^4<«r^ 
rifles nunca, ni menos pudl^nm fori»eihi«> én tos té^üiin^p^cs fegiSi loii i ^' 
que las ven establecidas. 



LA Vükt'DB LOS ASntÓS. 3^3 

' *'^&tóes Idqtte én stt Éentir íiftpawdo ootí HsMekei. 

'La idea de mía trasformación gradual de las eispema órgáoiüfw 
pi^tttada por el iiuigne Darwin con tTodaia prudencia j eiioaiiBpeocion 
obligadas^ limitándose á afírmar que todo» los «nimaloíS no' nacieran 
áé táMOs otros moldes, si ..o de cuatro* 6 cincotan eólo, corfespondientes 
acttflo á lod tipos de organización diversa reconocidos ho;^ en este reÍBo> 
y que á su veíípudo ocurrir lo propio con lae plantas,- cuyas especies pro- 
cederían entonces de unas pocas estirpes primordiales; esta idea coya 
trascendencia no parece á primera vista sino muy reducida, sin que afec- 
te esencialmente á.ksr primeras j capitales cuestiones de la Historia bsHu- 
ral^ ménoáá las déla Filosofía de la Natnn^emiynada en absduto 
á los pn>biomas de las Ciencia» restantes, sale violentamcfiite trasformada 
demahos de Haeckel ei^ teioria general ddl mundo entero, cuyes átomos 
priiúltivos,' uniéndose y disociándose, ei^etidran maisas sidéreas» minera- 
les, bi^nismolf indiferentes ó protistas, plantas y animales • de que Imkt-^ 
tjGbn los hombres, deudores á la experiencia de «us asciendentes, aieamu- 
lada durante siglos numerosos, de un fondo de ideaií generales^ que deci- 
mos innatas, porque no las pttxlticimofl nosotros, antes son d l^ado en 
que recibimos condensada toda la vida psíquica de nuestros phigenitoffes. 
Darwin mismo no acertaría á reconocer en esta hipótesis que abrasa 
la' irealidád entera de las cosas, ni siquiera la huella de sus principios tan 
secundarios sobre el parentesco de las especies orgánicas. 

iPh)Cede Haeckel como debeí [,No es un abuso de la libertad cientí- 
ñcaeste prurito de exagerar las hipótesis, extremándolas hastai térmir 
núñ en qué jamás soñaron sus autores*} ¿No debieran los discípulos tener 
siempre ante sus ojos la sentencia de Horacio: ^^Suni dwUque eerií fines 
exira quos nequü consistere reótum,^^ y atenerse á los límites en que parsee 
citcunsícrito el pensamiento del maestro? Para Vircíhow no hay raxon 
qué autorice esta conducta. Compromete á su juicio la suerte de las too 
rías científicas, exponiéndolas á nn descrédito en que caen juntos loB 
piinci|)ios sanos que constituíais su primitivo núcleo y los 'errores ó ia» 
exageraciones, gratuitas cuando menos, con- qne las han corrompido k)s 
secuaces menos sensatos que entusiastas. 

Y él sabe muy de cerca y le duele de veras esta falta de respeto a] 
pensamiento ajeno, que interpretan y tuercen á su antojo los discípulos 
ajpasienados. |Podrá nadie conocíer ñiás á fondo que eV mismo Virchow el 
valor y trascendencia que debe darse al concepto de la célula, y 'los lími- 
tes en qué la teoría celular debe énceiraisef Í51, cuyos estudios de anato^ 
mía patológica han contribuido capitalmente á fundarla, [no sabrá, como 
nádie^ qué debe entenderse por céhila y por fenómenos y ieyes celuiaresl 
Reconocido por la comunión entera de los naturalistas y médicos como 
uno de los ihás altos fundadores de esta doctrina, que es el evangelio «de 
la Fisiología; contemporánea, tno han do' sobrarle autoridad y fbero» para 
expKcár sus propias ideas, y señalar el alcance á dónde llegan, y proscribir 
too* iittmstón de sectarios locamente empeñados en hacerle decir lo qut 
no dijo, lo^qne jatnás pensó, y aún le repugna abiertamente? 

¿Puede ver sin qtie lé apene hondáiniente^ la caricatura gtotescía^de Su 
teoría cislular hecha por uno» astrónomos de América, <extravagattteS y 
lo<ibs hasta; llámarwúlasal sol y los planetas sólo pbt ser réd<mdós com^ 
éstas? ' í 1 



Al oir tamaño despiopásito, ino acabao&ii la« g^mte» caltas j ««im- 
'Uipopm>9p«dhmqaet(M>riaf SQie^ptiblesdeaplH^acioii tan absurd^ao 
es posible que eneíerren en sn asso gérmenes saikos^ verdades pontivas, 
sina, á lomas, erroras encubiertos) 

Y al apttTtaise de la frutáatíoa célala sídénéa, ¿no volyerifcn lasovaldiB 
á la res á la célula seria, real 7 riva^ vista, palpada, martirizada par él 
cien y cien veces en loi tumores cajo análisis bía ixma^rtali^ado sa aom- 
bre 7 cubierto de gloria al anfiteatro de Berlín) 

Llamados á responder si jn^an motivada esta queja de Virchow, 
pocos negarían la raaon al ilustre patólogo. £1 supone le sobra; dig4o 
si no el sarcasmo finísimo, k delicada ironía con que se burla de los as- 
trónomos, sus discípulos apasionados y extremosos. No - faltaría quisas 
algún ilnso, más canto y discreto, sin embargo, que después de aplui- 
drr á Yírckow en la censara llena de aticismo y gracia que bsas del 
impaciente empeño de Haedml por llevar á las escuelas un oatedsmo dsr 
winiano, unos rudimentos de filosofía evolutiva, monistica, wxmm 
maliciosamente ccm todo al oir las otras quejas y burlas del pcofeser ilus- 
tre de Berlín contra el de Jena, por hacerse más darviniano qoe Dar- 
win, y contra los astrónomos de América . por mostrarse más ceiolisUB 
(pase la palabra), que él mismo. 

• fixaminar si la cansa de estos últimos sabios, tan maltratados por é); 
de quien se reputan legítimos descendientes, y reniega y se mofe de Is 
paternidad que le atribuyen; decir 9i ¡os (utvos ton células, como se atre- 
ven ellos á indicar, ó media un i^ismo infranqueable entre unos y 
otros cuerpos, como Yirohow afirma con toda la mitoridad de que se jos- 
ga investido para el caso, — tal vá á ser el principal objeto de esta Qxm- 
rancia. Y pues fallado el pleito de los astrónomos americanos» lo esti^ 
la vez y en el mismo sentido el del darwinismo- ultra-danvinianode 
Haec&el, fuensa será aludir por via de epílogo á la resoludon que «u 
él recaiga^ á la trascendencia que tenga, y á la malicia legítima ósl osn- 
d«r malicioso, en otro caso^ del notable discurso de Yirchow, ya qu© 
pot él venimos conducidos>al tema de la presente conferencia» 

J. 3. 

« 

Ante todo rectifiquemos dos errores en que Yirohow incurre» 
Ni los astrónomos americanos son los primeros sabios q^ie llainaii á 
ios aatros célalas, ni les dan tampoco este nombre porque sean redondos 
como ellas. 

No es muy extraño que el insigne patólogo desconozca el estado $0- 
tuaj, y las fases anteriores de las teorías sidéreas; pero quien aspii^? 
corno él, á eriglrae en órgano do la severidad y del rigor en el cultivo 
y difusíoaade la Ciencia^ y jusga en nombrede esta elevada represe ntacios 
á l^s que ofenden con su precipitada ligereza la dignidad seria y.<e^-. 
table del magisterio docente, obligación tenia, y bien estrechar por oiet- 
to, de conocer á fondo las tendencias de la Astronomía contemporánss,. y 
ami los rasgos más decuivos de su pasada historia, antes de señala' ^^J^ 
tono msigistfiíl y presumido dogmatismo á la burla de las gentes el deli- 
rio éxUfavagmU de unos astrónomos, autorizados boy ádevolvede eonk ere 
ees las diatribas acerbas que de él han merecido. 



LA VIDA D» U)B ASTROS. 

VenM 68 qae no las habri* fermt|l»€l# quisa, ai. dejuido por ua 
meato im tumotea y el cadáver, se htibiese dado á bmcar e^tre fildsofiís y 
BatnraUfltas alguna huella de disparates tan atombioape ceao ésta da loa 
astfénomoB de América. Células, en efecto, ha llamado á los asisos, mam 
mc^, un ÍQalgne compatriota de Virchow, médico y naturalista como 
él, pero á la vez filósofo y hombre de cultura vastísima, Garlos Gustavo 
Carus, último y egrerio representante de la escuela de Schelling* de la 
Fiiosopi de la NalurcUiza, hoy renovada con otro nombre y sentido qui- 
^ m^os orgánico, por Ernesto Haeokel y IosimIc^os á su muiismo. 

Células llamó también á los cuerpos sidéreos, %\ Doctor Baumgártner, 
otro compatriota de Yirehow^ que expuso idea tan pemrina hará do» 
años en la Revista intitukda Naturaleza, redactada por Carlos MüUer 
J Otouhle. 

Parecerían, s^uramente, algunos otros, que aventuraron igual nom* 
bre para los individuos cósmicos^ si necesario fuese añadir su eid^ravagaa- 
-cía á la de Caras y Baumgatner, para atenuar así la de los astrónomos 
<iel Nuevo-Mundo. 

Pero, salvo pronunciar el nombre de Célula, son ya muchos los que 
h^n dejado entender claramente que son los astros para ellos seros vivos, 
verdaderos organismos, sencillísimos sin duda, y pues cé'ula y organisi*- 
mo, como luego veremos, son dos aspectos de una misma idea, dos no- 
ciones hoy equivalentes, que pueden tomarse una por otra sin riesgo de 
&Mará la verdad en un punto siquiera, bien puede ya decirse sin amba- 
ges, resueltamente, que sobran, en efecto, extravagantesque tácitamen- 
te llaman células á los cuerpos sidéreos, ya que los reputan seres oigá- 
n:icos del todo. 

epatándose de un hombre no tan eminente como Virchów, á quien 
se ofenderla sin duda, sospechando^ que necesita ver escritas las ideas, fi- 
guradas con sus letras las palabras, para leer el verdadero pensamiento de 
un autor cualquiera, admitiría disculpa el que hubieran pasado ante sos 
ojos afirmaciones repetidas de pensadores diversos sobre la organicidad 
de los astros^ sin que le hiciesen sospechar las consecuencias que lleva- 
ban implícitas. 

En él no es lícito suponer inadvertencias de este género, excusables 
en quien no sabe leet entre renglones, como se dice vulgarmente. Su pe- 
cado es sólo de ligereza y falta de severidad científica, al atreverse á pro- 
ducir juicios categóricos en materiasá que no alcanzaba su cultura, gran*^ 
dísima por lo demás. {Cómo de otro modo habria podido aventurar una 
sola frase irónica en asunto tan serio) Si hubiese llegado á' presumir 
siquiera que á nombres como los de Kepler y Campanella y otros quizá 
de anteriores épocas se enlazan los más recientes de Oken y Zaohari», 
Kefrfstein y Meunier, Gallicier, Preyer, y acaso Fechner y aun varios 
otros, ilustres unos en la esfera de la Filosofía natural; reputados otros 
-en hs de la observación empírica, positiva, de la naturaleza en sus fenómo^^ 
no9 y seres variados* autorizados todos, y dignoade respeto^ |le hi^bria 
t>cuf ridb calificar de extravagancia una idea de tanantlgua y honrosa tra- 
dición! 

Y cuenta que todos estos pensadores dicen expresamente S3r los astras 
organismos positivos, tan completos en su límite como los ant niales y 
plantas. Pero son mucho más numerosos todavía los q«e lo júensau sin 



.. 12.* CQMlWISfiaU. 

éMbmr^ no ohiiiiiite^ coa f rMes y v«oea4wleeaada.v, lo» que (Uem^jieasa 
ipKXNitrarío; j «m ombargo, nada t|ui Uano j fáoil como el adiyiiiar.^ 
Ao es Mi verdadero p^iMmimto di qae declaraA qu t^minoi» exprea(»^«U)0. 
«1 qae yaoe o^Ito tm otma de »iis afirmaciones categóricaa, iQué^tióoo^ 
no no ceeoAoee hoy en los astros individuos naturales que subsuten 
iaeroed. á una mudansa continua en sus. estados de aetividad, ^]»a y 
BUkteria? ¿No hablan todos de la evoluoion, del desarrollo incesauto, en 
qne se agitiui estos seres desde su nacimiento hasta su muerte) lias di'- 
Tersas fases y. los «icios variados que en este demrrollo <^ecen lahistom. 
que elaboran, ¿no son ya vei^dades de asentimieato general! De la tierra, 
como el astro que nos es más familiar y acoenbl^j iha)»ri geólogo que, no 
afirme una incesante metamorfosis, base de su peisistenóa] 

Pues si de todo3 ellos, unos llaman después seres vivos, orgánicos» i 
les que existen en continua mudanza, á I09 que cambian de forma i^eada 
paao y de materia á cada instante, y la intensidad de su energía oscila 
«b parar;, otros, sin dar razones de este género, las piensan sin emhatgQ) 
yá que ponen la esencia de la vida en la nutricien , reproducción y me-* 
tamórfosis, términos que, explicados, coinciden, se resuelven ,«n los 
tiechos ^acabados de indicar: si por lo tanto, así ]¿ia s^e^undos como la& 
pdmeros de^estos p^oaadores expresa ó calladamente caracterizan la vida. 
y ]a atribuyen á los seres que existen de un modo esencialmente idé^tioo 
al que reconocen y declaran en los astros, ¿no es lícito> mejor dicho, noce- 
aario, afirmar que astrónomos ó geólogos, s^nlo ó lo ignoran, piensaflA 
«i efecto, vivav, orgánicos á los seres cósmicos^ 

Y ante esta afirmación, latente en las entrañas de estas ciendaa» qn^ 
ae trasparenta y luce tras un mundo de prejuicios y contradicciones in- 
capaces de ocultarla á la mirada de un espíritu <culto y discreto, |^be 
{^resumir que fuere letra muerta para Yirchow y ^scap^a á la sagacidad 
de eu talento? Ahora, como, antes, no tola^an los prin^pios elementa 
de critica inferir á^ un hombre superior el agravio de tan grande tíwrpe»; 
snfalta es la ya dicha: ligereza de juicio en materia ignorada . 
^ No es de otro género, ni manos grave tampoco» la que padece lu^í> 
al afirmar que sólo por ser los astros redondos, se atrevieron á elevark» 
áoéiulas los astrónomos de Norte- América. 

Por estravagantes que se les suponga, no es de presumir Uegue á 
tanto no ya el prui^ito soñador de estos sabios, sino su inorancia. M^"^ 
que esta fuese tan subida de punto en las primeras nociones de la teiwia 
celular, idejarian de saber que las células no pon >tales sólo por ser re- 
dondas? ¿Que lejos de serlo todas, las h^ tan poliédricas acaso co- 
nm los cristales más complejos, y es tendencia gen^ml de todas ellas el irse 
deaviando de la forma erférica, su tipo primordial, á^ medida que 
piogresan en su desairollo y se e«peciali;ian y distinguen las funcionfis- 
qne están lladaadas á cumplir? ¿Tan extraños hi^bian de serlas loe ras- 
gos más generales 4el proceso con que se forman los tejidos en anima^ 
les y plantas que no supieran que las células vegetativas no tienen al 
nacer formas esféricas, sino HÚstas de elementos planos y curvos, .aiendo 
ya este fenómeno una nota general que las distingue de las células r^pro- 
daetosasl 

Sin que hayan dejado 4e atender á la forma; sin que negaran á Mte 
&etor la trMicendettcia que alcanza cuwodo al interpretar su signifícamon 



LA VIBJL JD» • ,1iO0 ASTBOS. i^ 

«if.aHUktUtfío «a tienen á^l» virta prhM[i¡¿Qi gowf mlrq y 4»i;lo6, y no se cími 
«Q un criterio abstracto y mecánico^ israalitario, que bc^*ra torpemente la« 
■atórala» gMUPqalas en quefigsiuaa ka aóns» y sa» pirodaetoe; sin escapar 
al influjo que con toda razoa debió ejercer en estos sabios la figura esfe- 
MRdadvde los astSM/pana pensat en oniíioa taanbiea por ésta con las cé- 
Ida», obeieeÍ6v^<antery indttdaUaoiente, ási^rioces motivos tomados 
deüomio-vÚMmo, de las prapeckdes eaeoeiales que astros y células, ofre^ 
<9eiL«BL oolminj dala igu¿ peaMteau^ia qaa akanzan unos y otras meroed 
ár/imainQpaa&tenMidaaca:dé> su inal^eria y de su fuerza, del carácter 
cíclico, periódico, de sus eiroladflnes y fases^ en una jMiklabra, de toda la 
manera de ser, idéntica en ambos órdenes de seres. £ iluminados por este 
fecundísimo análisis, vinieron luego, de seguro, á pensar en la comunidad 
de forma que tienen astros y células; concebidos ya estos como organis- 
mos naturales, su forma esférica era casi un postulado, y al ofrecerla así, 
dabaa estos un nuavo testimoiuo del acuAudo con las células ordixiarias. 
Si no hnbieaeii paitido de esta base primordial y firme; si les hubiese 
faltado principio á cuya lúe interpretaran la trasoend^cia que debiera 
tener la eomunidad de ka formas sid^eaa y celulares; si cegados ñor el 
criterio mecánico que Virobiow les imputa, kubi^ien estimado iguales dos 
i»bjeto8 por la sola igualdad externa dersn forma» sin discernir antes si ers^n 
é lio racionalmente comparables unos y otros, do una misma gerarquía na- 
tural, seres ambos, y oiganisnios.por tanto, ó productos de seres los unos 
y orgMiiamoa los otros (y entonces imposibles de. comparar ni de pres^^ 
tarse á indicción alguna por snforma ei^terior, qne. nada dice si no. sqn 
GiNcdenados los objetos que la tienen igual); «L tan descaminados hubieran 
ida estos astrtoomos en el proceso de sus indagaciones^ mucho mayor 
habría debido ser su despropósito.. Cui^ntas gotas líquidas y resiegas 
^seosaa hay libres y dispersas en nues^rQ. planea, las concreciones to- 
das redondas en que se informan minerales y rocas^ cuantas formas esfé- 
ricas se ofrecen en la tierra, Células, ineludiblemente» las habrían llamado 
también: el derecho d& tales CQflifos á. llevar este nombre y merecer re- 
pres^taciott tan elevada, en nada habría cedido entonce» al por iguales 
títulos reconocido á los alaros. 

No han caído en eate absurdo* Y'u^wa como Carus «n ellos núcleos de 
vida, centros individuales .de dondíS irradisvu á todos lados y á donde lle- 
gan de todas partes fue^aas y materÁaa; cuya incesante agitación se ex- 
presa luego en una forma adecuada,, indiferente, casi igual en todas di- 
recciones, mientras asi se jejerce el dinamismo del astro naciente;, pola-^ 
niada k»go en esferoides diversos á medida que el influjo de los otros 
aeres y el que este ejerce sobre ^ellos es prepotente en un sentido y subordi- 
nado en el opuesto; má» variada todavía si más se complican estos anta- 
gotúsmos de hensk y de materia; corriendo, en una palabra, por toda una 
serie dilatada de transiciones y oambios graduiJes, arrebatada en un4ujo 
CAtrtlúao, que es el reflejo fidelísimo de su constante vibración dinámica 
JM5U canÁio material pr rmaneo^^e. 

Esto fué seguramente lo que vieron en los ftsftroslos astrónomos de 
América: lo que todos ven hoy, unos que lo dicen claramente, otros que 
sélo lo dejan entender: esto es lo que, por otra parte, vemos todos en las 
«áfadas, sea que lo deolaremoft en iáiminos ejspresos, sea que lo lleven im- 
pheíto, latente algunas de naestras eiípresionesy que qtti;Eá contra4icea^ 



2^8 12.* OOHFSRIflfOIA. 

él fondo mismo de Tinmtmpntmiinpiwtn en aile4X>Ba en otios omoa dftni» 
menor importancia. í- 

lErraron a] oimeeliir a«í céfail» j« el míio, coiqo Virebefw wy e» life- 
recen su aareasmof 

Para responder^ pi«gii»to]ioi antea á la teerk. oeUlar, qué aon Um 
célvihB, 7 á la aatroxk>níii qué son ka aiitcaa. Pero no kabmaoa de eo* 
ñimos á ]a respuesta en U f tirina náama en que la den eiitaaeáanriHi^ aiir 
tes nos ha de ser licito discernir la qo» paoeeeik JcmMnder de la qae en 
realidad responden, y^lrar, hasta danda podAmoa, loa Taoioa j oontKmr- 
dicciones que hemoi de haHar em sn» icpoeataB^ , 

• • • • • 

Juntemos en un hombre solo, en un anatómico^ los esñierao» cUiata - 
dos jf penosos dé la muchedumbre 4^ sabios^ desde mujr anticuo C(»ifi»- 
^radós al estudio del cuerpo humano, de le&aninia]esy|danti4i. Hagámoo-* 
lo recorrer en un momento el camino q«e ha costado siglos á las ge&e^ 
raciones sucesiras. Si toma uno de eitos organismoe en sus manos y quiere 
ver de qué partes se compcmi», dMinguká en el cuerpo de kw animales 
superiores j del hombre, tro&co y extremidadee, regiones direnas en eL 
tronco y segmentos diíeírentes en las ' e^i^nódadest, ObierTará despaea 
que estas y aquellas, salva la difeiietieift del desarrollo, que es prepotente 
en el tronco, como centro ddi cuerpo, y suboni^jiado en los extvemos, se 
componen todas por igual de pafiea de nuturaleos» variada, huesos, nér*- 
vios, músculos^ vasos y tubos ^ue llevan «aiigre y otros humore», y por 
último cordones y membranas que unen las pi^e» anteriores» amparando 
la delicadeza de todas contra ei áspevo fooe de loe obj^KN» exteriove», y 
protegiendo á cada una del contucto brusoo y nocivo con todos las demáa, 
ya que se penetran mutuamente. 

Alcanzado este primer fruto de su etftiuKo; renace antesuaojoe el pro- 
blema que le parecía resuelta: Sabe ya que las que supuso partas oottsti- 
tutivas del cuerpo, lo son en realidad, pero que entin compuestas á du 
vez de otras más generales, que combinadas de diverso modo eng^aidran 
lavariedstd de aquellas. Pero, ¿son ya las intimas, ó se resuelva» acaso 
en otras aún más generales, de cuya múttta complexión brqtan entóneeaf 
Acomete su análisis, y va hallando, ya con mayor dificultad, que eadft 
uno dé estos sistemas ó partes generales, que parecmi recorrer todo el 
cuerpo, se descompone en elementaos más sencillos; el hueso en membca- 
ñas ó telas de esquisita finura que visten su superficie y masas interiores 
duras, compuestas de cuerpecitos estrellados unidos por canales masó 
menos distintos; el nervio, en fibras nerviosas y mass^ de monos coneb- 
tencia; el músculo, ó oafne, qué decimos, ^n hacecitos dé -fibrae delgadí- 
simas^ unidas también por membranas ó telas de extremaba satüsn^ 
finalmente, los vasos por donde corre la sangre/ y los tubos mny^veseii 
que se elaboran y contienan loa diversos jugos y sus residuos, se descom- 
ponen en diversas capas, donde á la veü músculos y nervios pareeen uní-- 
dos por telas conjuntivas y protectoras, que son como €& fmido general 
de que parecen haber surgido las formaciones anteriores, ya qne lodÉa 
están por él envueltaé y constttuidiis en páxi:. Las ñbritas Biosciitarea, 



padaa de que el oaerp» ¡^mco otmpaMm^ Y li el MAtáaoyUío UegAl^ este 
resultado en su análbisy sin ayudarse de pnineipifMi qv» Ib .ik^múieiLy f 
giwn ^n Ia m(erpreU«iáii.de.éaka» btdMS, dir4 q«f el cMrpRdei.kDm- 
We y loa i^imale» mp^'igntí^cmtíí fiírBuub por la asMaiattina da aqM* 
ilo» elamentoiEi, qm, agTHpftdkwi de dwreHu modo, «igciidTaAff i;de|iflQnto 
los má4euk>e y. n^rvioa^ loft Iiiimmm yi yaa»; que á tu vei aat«i piurte» le 
jaiitaa luego en UAAOoitipleaQiaa w^pmm de qae jiaceo kaciaÉepiM. ^^ 
neralea del organismo, los cuales, penetrándose luego uno». por otro» de 
distinto modo en las diyersaaregÍDMBy daa lugar á loa órgano» exterio- 
^ que pikoeciAil en ua prineipio coaiponer k. totalidad áA otgmss^i 
Y noiabrittido da un moao espeoiaL, irnáa ó mdno» propki» á cad» un» de 
eataa partes de diverso grado, de g^aiqni» dUtiata, dirá, quki: que mi 
los iejidoB las más elementaks» la» má» p»iiaití:i|b; qae da su combinan 
cioQ inmediata, dondjs predomina mn^^te uno da aquattes, surgen I09 
&i4emc» orgámoQs, partes 4» s^undo gmdo, que se esatiai^íden pov.tod» 
el oiganiamo, el sistema nernoao y museular, «I Taaonlar y el óseo; fi^ 
naJmente, qu«i asociadas en eombkiaQianeB vazia^poróionas de estoa mar*- 
ternas generales, se engendran las paites de mayos eomplejidad , lo», ár^ 
ganos (^1 corazón, el braao, la cabes», al pie), si bien la generalidad d» 
«stia palabra, que se aplica á toda partey en >taalo.qi|e qjwee una fnnoMa 
determinada, le eiúgiré que llana á «Ate paitm buéa oomplcíaa áf^íum 
heUroplÁsUcos poír la diyenudadde afetemnaquo ios.oonatítaytm, y Imn^r 
pldsims i los segmentos de los anatemas mianpai, afinsÉos íal deaemneAa.de 
funciones especiajes defttro.de la general^ qneoraali»» el sistema (ai nenn» 
olfatorio^, un múseulo omilquÁ^ra» un kueao). 

Oe siiert» que, á la masera que el mMíánioo, ai eontenipiac en c»* 
juAto uuá maquina compkja, va seaaBUidQ bus pieca» mayovfs por do 
pronto^ y luego descompone estas en Is» otra» que la» eonsiita^ien, y toc^ 
mina con l|ui más delicadas, asi el an«tóaúoo, reeohiendo pseaá poca «1 
org^niamo en sus partes de gerarquia gradual, llegará á conoebiaio como 
una máquina de extreo^ada coni|>b,^dad, como nn antiUsimo meaaniamo, 
construido con unos cuantos elementos ó páaoM piimitiTa», que son mcpd 
Ion tejidos primordialea. (Jiertan«ent» que no luk .ganado graii ooim jeon 
llegar á un resultado semejante, po» mén que haya dado'un paso da .sum» 
trascendencia para conseguirlo: uñ conjunta de grandes parte», una má* 
qqinade gmnmi piezas le paz^eoia su cnarpo en un principio, y eato eaio 
que parece á.los incultos, que son tioy-la que aran ayer loa primeras ana* 
tómicos.;im ccojunto, una máquina, la sigua pareaianda akora también, 
sólo qua departes más alemen tales, dii^iaaata» y combinadas de tal modo, 
qoa van finrmanda aaniunto» 6 máqainaa paroialas, qua á su vez se oom- 
bina^i para formar otra» superiores, y da asta» aqaba por formarse la mi" 
quina, el oonjimto total. Un mecanismo da macftnísmos de diver8ogrado> 
tal pensará á la sazoa nuestro anatómica que es al cuerpo; al fmto ^ au 
estudio a» haber reconooido la eompkjidadgmdual de esta, máquina, que 
cray6 más .sencilla en «m princi]rio. JDanias un nombre á fste anatémioa 
que p9r8K>naliza la historia ei^em deausnannia; parp dómoaak> alomada 
á las diveisas etapas ^ua raaenre en au aakndia. iie llamar^ Oiokm, desda 
que ejercita sus primeros análisÍEi hasta que llega á resolver al eaiarpo en 



mO • It * COMOBABNCf^, 



plexMm cpradtMi.j geféAiawa teoto^ei orgMÜimo MmíI: jBMsI d«be iift- 
wáétm]^, oaioBMbfonwtk'ttite cMMflo, 400 »|Mftft«0Í empezamOB hoy- á. 
éeBMhftr por úrnMÁ^Mial fftdM». 

LoB SMidt«dos á 4«9 llegft UMiiro iábío, si vttelve lodoje^dntretftttto 
éám. di nniiicb de kw pUntas, wm- m «divisa qm no serán muy otros por 
ddpMfnto; fue» ni Ikrfir Almáli«ui«del Tegétol otro crit^^ <iae el' qne 
teiro por gnu en el e«t«dio de Im mmtAm, ni, «aiW» mi majror co«&|>leji- 
dmd/ dejan estoedeoimve«iroatthM;pkiitMm)oeiMgoifmáft esenciales 

de en itrganinafílon 

DiMcóridés ó Teof rateo, mienbn» nconooe en la planta mnltitndde 
atóame dÍFenÉM^ tattM y taáom, mnxm y kegatv tíores, ñutos y semillas; 
4tmA€y eaando Ikga á mahrar esta nutitiplioidftd dé partes e» e<^ dos 
fiíndaifieaitalefl, el tallo y la hoja, el ^a yel apéndice, cuyas metamorfo- 
•ia y conhiaaolonfls reeipcocMeogendran aquella ^variedad de órganos; á 
{oimna vista diatiatos; Etdmgia, quizá, ooando deaeubre k>3 elementos 
^ünMSi las pMtes similares, los k^áoñ^ de qne el tallo y la hoja se com- 
ponen á la vez, ios «trículos é oálulas^ las fibras y los vasos: tales pu- 
éíaran ser los nombres qne llevaaan ka fsses sucesivas de sn estudio bo- 
tánico. Y no es otro el ooneepto que se fotmaria de la planta, merced á 
4al aasÜiaia dei que formó del animal: un mecanismo, eayss piezas son ya 
■Moanísmns eeinplejos,^ fopmadoa á m^ vez de otros más sencülos; donde 
ls8 partes parecen ispetin» indefinidamente en su constracok)n fy núme- 
roy «iendo cada una uncomoreteatO'de la^demás^ al contrario del ani- 
fnal, donde el número de «partes se va fijando más cada vez, y el tipo de 
eonstraccJDn variando encada uaa, y aenalándose ademán ^v\x»U>taUsy 
si vale la palabra, que atravesando el cuerpo todo, eotrespcmden en cam- 
bio á una sola de sus peopiedadea, á nao .de tm elementes eienciales tan 
aólo. Si todavía Boaesatisd&ioe ri anatómico, cuyos estndios seguimos, con 
íiaber llegado á resolver d* oigaaiamo da los sores nombrados en un re- 
ducido núnaro de partea prúnitivaa, antes le parece^ y con razón, qne 
^mientras halla variedad de elenMitos primordiales, irreductiblfis los unos 
á los otro», tan: independiente y sustantivo uno de ellos como todos los 
demás» el '«iiigma, oon habeíae simplifioado mocho, queda en pió sin 
•mbavgo, pues qne renaco la enestion ahoi» sobre el orig^ y mutuas 
celaeionea primoidialea de estos punca elementos diversos; si movido por 
una tendeiuda ineaistáb)e, qne nos lleva á todos á buscar la unidad pri- 
ottsra. de donde luego surge la variedad de las cosas, reitwa sus esfoenos 
ecalítíooa sobfe estos olemeiitos primordiales, los r«;td^s, que hemos 
dieho, tratando de afwriguar-au natondasa interna, conseguirá tan sólo 
descubrir nuevas díteenoiaa enáne loa elementos que- respectivamente 
jos constituyen, entre loa ntiáculoa ó vegiguitas «airadas y llenaade li- 
opadas diversos que componen por su repetición casi indefinida el te)ido 
Hfficnlar ó ednlar de las j^antas^ de loa animales y del hombre, lai fibras 
aiaigadaa y ain jugos quese entseerazan y- asocian en varíadisdiaoa mo- 
4db para ¿onnar cd Ujáofikw en «itos organiamos, los tubos especiales 
qne se jreanen para constituir el wwcajat' de las plantas, y los ya singu- 
iáriBJnwii ekmiitos que ea fimnade ntiículos, detufoitos y é» fibras, 
integran loa tefídssiiervioaa, n mcubr y*óaeo, en el <itieipo«dal animal 
y del hembve. 



LA. YUBA m^'Wm MfSM. !lMl^ 



tnfoe, ItenÚMi 0MBMetf4 divwMi t«jM«ihM 'iM tuM iMiM«i'4» ii|«»4i^ 

vo« diflthitot a«r k» nerriMiés é irMdtM^bl«s j^t tant» i' «n mvtn^ tl)^ 
orígbmivD, huí fibnur M ftáwío mooM^MtíMe» eoft lán d«l 'iiiÉffOid«r> j*» 
«nteteoB^M ooneetí^v dd «Biiiii4 f cíe U nMdeni y e^rtesik de l«i' 

BlKii|aas»«ciidM «««bími «Atorré «Al deltoftáM'íMliMiMitcMi fi*^^ 
deBiBRTfttitácidM redoeiéíshiiAft ye^hidterlfis aparte, haoMlidelM qíkitím^ 
objeto de un nwdvo análUUi ni pi^.delafsemejsiiflafl que ta^ notando» 
«ntre eléttoitoi que le|i«reékni antes éiv^mm, sMgiTán i en rii^* y enf 
progoapion ■eactraeydittai&a dif o r o atfto ipM^ao habia peteibido, y ib» ^^ 
gafKtBinea eagnífán payee i t h i d o l e-niéftiittae attHesvdeaée ooñ |N>quiiiinaa^ 
piezas eeeagemhan^r flu'viuiada y Tepelfida eembÍMMioif, meoaftia-'^ 
mo0 oempletoa felaoionaAoB todoa oeüo fMrle* Mtegnnitet dri mebainis^^ 
mo total; ' '"^ 

Otvocambio ha d# entpnnder^ si no ki^ d« cisndenaiM a) ii«pi«obo 
trahafodeeartairelefi TeBeih6«abtni«de estft hidra; que tMlM$e otiW 
tantas; si quiere hallar- iMpuesta deÉttitim á «« ^pregunte;' lá asptift á* 
oonesbir «atot^éres cooio aotf, sato es, vBtdadoMs ofgaaiimea;- que no se 
fdrauítt ápedftsos^ como'las' miquinasy al^ per> iute^or diktiMtoii <fi%x 
rá 0ar^eBáo<'eK'iel seno de su unidad pri M W va, fofo^ando partes dotide 
ñolas haláft, 7 vepítíéiRloie en' ellas, pflinirprtMÍiick< oti«s nuenras j su- 
bordanadasy el ant^nismo* que engendré las primeras y sKJovrh)»!»: 

' Esté nuevo ^camino que hii de recorrer oi anaténúcj^pava aloanzar-M* 
ñn que se psopone, no es otro q«e A se^doporla NatQflalesa mistaia. 
Ant'^s de producir ésta en el cuerpo de la planta, del aniíftal y del hotti*' 
bife la: inaneéad riquisina de partes ydifetoiioia» que ofirece en el estado 
adiúto^ engi^dra fb««aoloiteB más wméSñm; que sólo «iterionaieate van^ 
compKeáalose en el curso del desatfoUo: No» «oiúiponmn fetoieonbra*" 
isoe 7 pienias, imbeza, peoho yabchfiíineú,' ni lo forma con nénnéos 7* 
másenlos, huesos, teiviones y- oafüla]^; membranas y tobos i^cuTams^ 
estafipartesii«n'8argiettdtopaula<nHamentedettnainasa indisttntiay qsre^ 
adquiere pooo á poco en sus diversos puütos condioiones también dfi»^- 
rentes; ' • • ^ ' 

Ni edifica tattpooe un vegetal outfAqméra uniendo taHos y rváom, ta^* 
mas j hojas, flores 7 frutos^ antes haoe brotar del'taliuelo ^tuntiToy 
de hk raiei primordial del embrión, (qvo'iaya'una planta mmy forjada/ 
bion que pensemos generalmente lo eontrari o) 1»' Tatiedad entem de rama» 
que luego contemplamos en la f^nta Cfoold», < la muchedumbM de hoja» 
rendes que 1» cubren, laTariedad de fiches que la adonan-y la ti^em étf 
fralioe^onde deja grabado su tipo etí k'semilta. Y esta no la engéndm la' 
Naturaleza ftseciaímlo «1 tatlnelo «u «aloilla,7 á ios dos lashojus primor--^* 
diales ó eotíledoiies; «no que el en^Mon^ ouyn^s'paites icfuauenian eataji> 
tves'fbrmaelones^es un oueipocasi homog^ieo tedo^ét, anteír de irse dtitto*' 
guíeaaio en regiimes espeeialesquii va» toniMidO'estnictfinídiireisa, am^ 
cíandsisegnn'Ie^es dÍB^tas, xnicitndo, m «inaa, un-difi^fM'id^^KMnrM*; 

: F«ipa3ugoHa<es el easMM4i(lá ptitni;ar7 deiíantai^ 
ant^srde'^éfteiame en réidi^ganüa MbMnts»^ besitos w^i nm m túib MfJaf'mi 
aginpao, noae^oomlriiwd) oaoio solemos dertr <padei i s ttéo w wéoí éf 



99t iSt^ 4íomn»wmvuu ^ 

#íeMmteao|e tn cncU «n«46 ^atlppy mpiíméBdelM on carácter peca- 
lÍM* disitUí^^ ^e los teoATÍ0irtofexitoteei oi jNirte^ cli4kyowtti <3üügM « rt ii B . 
Paes ahora sapoogamoa que, advertido nuestro anatómico p«^ «nía 
fcmadfaiBia «oüñanift «im er eatiidié eólknowil é^nétiboia I» jfrtpor- 
cÍMiado^ iUin^oae W-clf (Gúífíí^ FÉirntrn) j bmmto-Bmar HiMiti» k> 
aMo^ébey/i^Uaif en- Jft'fislm dal fcvlmio ammal y del'lninmso, itAéá 4» 
a^#i%alur ai <»t» ffioéfm <X»b fi»e t4 dine vr^viévdrtie Ja yariedad 'de fa» 
éipaim de la Midad bomogéwa^ 4»dii(íwAa, de k flÜpll'elB]»fliolnl'pr^• 
wNi(t*> -fige^amtéeii.MCOBie ^leoe .atiteraliÉoiile .iadoeíne/nspafltoide 
ka dióaeiitqa |^Mii|iidáalei:itt qve los 'ónganearae- «w w al iott j Biyeclo dé 
daiea4«^¿¿b«> futiam kaitaulM^iapifa (U .)a$ ipéataañiédnfiíttbieii éeloa 
•rganiamos. 

. ^'puraí f eaol^er late pniblwli» vtielTe: lea- ctíoa al oaiíiidQ «te'iaarlAan- 
laa»'Jha4lafiiaoii^eÍQ»ee n^uy 'fayomUeapasa aagnir paao -éfípm'm^mm.'^ 

Sebve q«e-ei siteea'em^^li90<^Íieinb^ y ka<tlMmá(ftoBaB 
ae «ce^túat-^^ él de mta -inanapaflciabuJaf j A dearáo que eaiparita0BÉsBt 
d#afi tipa primordial «kli dÍ¥l«aiil ^jidoa at tandfteAde p]»peiQÍanefrfli<- 
feriorf8/e¿6eeii^a«teinA»jti^«lettte'U^ ospeoiaUafaM/i^aa 
la de^«e ferte géateao de deai^mAloa rgenéticoa -no eeaa an'^lM umeáimy 
a&atea ae mpite <«ate prdoeao taiafcaa veoea cttantas íool- laa 'raraaa j ka lio> 
jaa 7 forniaei<Hiea dérivadaa, ka iofea> que jjHrodmee el vagelal diurante el 
eiiiflo déla vtda. 

Bl extremo de tedaaloaaameaeB^v^^eeoaeíttiieato, gepg ea p ntado 
I»er ;laa j^miaa jé vene* ea ka pkbAaa-aapemMa, ea el asiente de vna f^éóM- 
aia íifoeaai^: aHí aeie^geodraa lea nnoMÉ elementos qiiese afiadeni se- 
gan ii[tpí0pianen(ed0eimos, á ka aMtígnos» peora extendor al vegetal en 
ka^nd j en ciipeaof eñ pAite; csida ttüa de estos verláees T«g6t»tivoa 
acpaodnoe 4m» k esencial la sáríe deiBDédwneaqte en la 'formación de k 
saMlla^^n-el deaarr^Uo del lembrion, se^obeoea nna vezsola peora cada 
individuo vegetal, animal ó humano. Hay, por lo tanto, en la frfañta 
fMMMoiMi^'etonatalUés, «I eeadiaik eíAapakbfa, que designa en k^moüci- 
na ki^famacii^Betr nuevas, que ii4k per enfeíaiedad, anormalmente, áe 
P K i sen itan en d etierpo de loa-amnisles y éA hombre, cnyaa pavtea eon 
^fm f n6 se sdoeden «n.aérie'indaftHda ebnlo en ka plúitas oflnrre; A-fokr- 
Watt koriMiAelail inplio á ks^abaarraeiones, ya de wfo más £ft¡GÍles, 
m^ t$ftáf^ÉA^n$MmioOf qne senfkta poif déaenbrir el énlaee primitivo 
éé ka diversos tt^idea vegetaks» en H^far 'á aoi^msnder un ntosneoto en 

Ss tt^ hi^ kteUa de itose, ni m^ses aén da vasoa, en ks^fnimeraakiws 
'eaobrien vefetid ftí-en kaipriaaeves'estadaa'de jsa •neoflastas'qtiestir^ 
gM'eiÍN ka eaftsemea .t^^gé^aitivioa ^A talk» de ks ramae j de-ka ho^aa 
•miKlo ^ent&eastt á b«iqfiigaffsa en fimna de paqaeñisiiíios tabéneakar 
tifc la qiie ^9^ aatt ntirfcnks-é aMutei é saber: o«iaq»ecílK»8 átfioaaim^om 
y d i fc éfid a J*4na dto^e ^ nna^ pial 'ó aBewbnaiM^inay^ám. enckrtntt un 
JUgSKfw Itnapáisnif^ d^ ^ciqnd ftndé aandeata^n^ en«liMii<»rotinio^r- 
p< senk n wmm^i «M ab e ^; 7 is» ♦osno»dMI#wa»oeyiqaiKtoimaa^de auiqr di- 



LA YipA Éit W». A^TBOS. 23? 

llaW4toiráoU. Bí f jiiere M^ «aegunirae plemmente deqoeentas 
«áhi]itÍo«M)g^tte«»'^8íaBUtw«l^ el úaifio tímido primordial de la plaüU, 
del «f w iMtoii tocgorik» fne apareoea compuestos de fibrae 7 de va:^», 
«A l¿riób «MMiarM «n;puBJb> de ia evolución lúterior con que ran édtde 
«Ilg6iidiáttdo0e de «q«»S. Podrá enténcea observar que de las células tme 
van oaiíibiaiido de íorma, «e^largan mucho las unas y van haciéndose las 
otras ^JlítulneAs: las primeras, cuya membrana va creciendo mucho en 
espesor^ se disponen muy juntas unas con otras, formando una tramft, que 
no ádh hlieoo» entro loa hilos, que representan sus -fibras; las segundas, á 
BiédMÍa que van presentando membranas cada vez más gruesas y de eópe- 
•or dmgiilbl em si|s divei^ias regiones (que se revela en los puntos y líneas 
dASás <|«e en ellas se4ibujan) van perdiendo sus paredes en los extremos 
•n qae se juntan la suferior y la inferior, y acaban por comunicar unas 
oott otras, constituye»ao tubos á vam que atraviesan con las fibras por 
•nítie b masa de oélalas restantes» cuya forma subsiste casi en sus rafisgos 
^rinitiyoB, pues se han hecho mis redondas por lo general, separándose 
nésiuiafl de otri», y d^ndo vacíos ó espacios intercelulares parecidos á 
los ^iie puedan, si se juntan en torno de una estera otras muchas, que po- 
deán sólo to<^la en varios y no en todos su^ puntos. 

Hé aquí reducidos los tejidos diveiios de la planta á su unidad común 
el üiid9 Céluiar, Pero otr» vez siu^e el problema, aunque ya casi resuelto 
de antemano. Eltcgido cehdar es, jdfin, uni^ composición, aparente 
osando menos, de «anchas ^das: sor varios los elementos que lo cons- 
titnjren. iDéade tienen su unidad primordiall Mientras no llegue á des- 
cubrirla el sabio que la persigue, 4 dejará de concebir al cuerpo déla 
planta oeooo^n mecanismo, formado por la s,grupacion de varias partes 
elementales} Cierto que son estas homogéneas, á lo menos en un princi- 
pio; pero 4^ 4Bfcbo^son vaiáafl, y siéndolo, han necesitado agruparse, y toda 
ngmpfieíon es pnro mecanismo. Los átomos en que suponen discreta la 
SMteri» d físico y el químico, homogéneos los piensa la mayoría de estps 
labios; pero eoa seslo, [dejan de ser varios y de necesitar entonces agru- 
parse también, si de hepho se nos presentan unidos en las diversas mate- 
rias» Asüoiacion de el©m«ito(s; de células en un principio homogéneas, 
jgnal Ineeimismo resulti^nte; este será todavía Si concepto que podrá 
foTomt .nuestro ana tómioq del oiganismo vegetal^ • . 

íío d^^áde presamiii, sin embargo, qnt se acerca ya el momento en 
i(W« va á quedar boirada toda phiralidad despartes, pues advierte que las 
d i fesep cia» ^Mimi tivas de estas han desaparecido por cínnpleto. Por dicha . 
nó son abstracciones imposibles de comprobar las que le ocupan; no son 
«oteo log átomos las caulas, Én aquellos, inaseauibles á nuestra observa- 
tídti^ no hi^' medio de. ver si tienen ó no realidad; si hay un sólo ele- 
mento ma<;erial ó muchos'átoinos; si la variedad de estos brota de una 
iidiáÚl'iinéeüedente, ó es , por el contrario , un hecho primitivo en la 
o^lMrtiitiaÍQii «le te materia. En las células, el:>rpblem^ no traspasa de 
^MM(tr¿ ^C^A de análisis, y su resolución no es imposible en principio. 
Blklll^MJÁ en que el proceso celular real, efectivo» yt>to v palpado como 
^Wl^ice, por -el hombre en la vida de los organismos naturales, dará, 
«imáaes de razón, la base legítima, verdadera, positiva para la co^p- 
ncioniídefk ligatoria y. su, distíncion en cuerpos materiales diferentes. Hasta 
^ li#)|iiQedido Jo contrario: unaabetracciojiiadjíícutible, inobservable. 



v^ 



. / 



234 íi.^ cofütKKmmjk. 

como la plurajiclad ¿eioB átomos, Mk ser^Ufe d^ n#ld« pfti»'«M|hoit 4i 
un modo falso y arbitrario, mecánico, el prcoeee g e >6 t tee de imikféíntí^ 
tárale^; y tal és el inflajo que seih^iite abstMifeeteii €|fe«ee •tódMrüí'MlA 
e^p^rita contemporáneo^ qae 4 1a Tvta misma de l€fi ílMiémeiMNi etM^^W 
jr de la lej de unidad por qae se mtrestran dominadcley cofitmdei^mot isÉft 
OQn expresiones imj^opias, moldeadas en eltjrlterio meeánieo^ de Iwále- 
mos, el fondo mismo de nuestras proj^ñw a^rmaeiottes sobre el oaráotér 
unitario de los organismos naturales . 

Pero rolvamo3 á las células, cuya pluralidad es todavía el e«tl«aul» 
q^ue incita á nuestro ^bio á redoblar una ves más sus* esfüertsM de aixáü'^ 
SIS. Busca momentos en el desarrollo del embrión ó de los lejkleB éen que 
se inician los órganos nuevos de las plantas^ anteriores aún al quwf obirf-* 
v6 primero, y repara que el número de células disminuye por gradoi, y 
es menor todavía, si acierta á descubrir fases anteriores del proceso evo- 
lutivo; y, finalmente, cuando logra ííorprender la lase inMarl, la primM* 
va, vé una sóía y única célula, cuyo jngo' iiíieriot 6 prtft&pkífnm se drrnte 
en dos ó más porciones, que repiten' este mismo fenómeno y va» vtL*^ft» 
distinción interna de sú fondo homogéneo , creando nuevos y .wfCiwvai 
elenientos, nacidos todos de la primordial unidad de la primera célol», 
de la indistinción de su jugo protoplásmico . 

, i$;M««fi?«?i llama nuestra época al anatómico cuyas indagacionee se- 
guimos, cuando acierta á descubrir esta unidad de la céluls, <«iya inte 
rior repetición produce el único tejido primithno, el celular, de que Iwe** 
go proceden por ulteriores metamorfosis de su» éélñlas constitutirM el 
vascular y el fibroso, alH donde lo exigen los órganos especiales que la 
planta crea para expresar con más plenitud y riqueza de ftmdoiies la' vi- 
da cónensada antes en la célula, que ftie su punto de partida. 

Schwann es otro nombre que lleva también nuestro anatómico^ oon éi 
aluden los sabios á los esfuerzos hechos por éste hasta Ilegal^ á penetrarae 
de que no es otro el proceso genético de los animales, que el ya te«MW^ 
cido en las plantas; que tamMen sus tegfdos son antes un tejMo solo, «i 
cual de sus células homogéneai hace luego surgir la variedad que no» »- 
velan la. célula y el tubo nervioso, la fibra inúscular, el cOrpúsdute estre- 
llado del hueso, la célula redonda del cartílago, y la' aplastad del epi- 
demis; y que á su vez las células primitivas, indiferentes, qttejccímpo^ 
nen este tejido primordial son el fruto de rq>etidas divisiones intenias 
qi^e empiezan en el protoplasma de una sola célula primeía, del óvalo qufe 
decimos, y siguen luego repitiéndose en las que sucesivamente Tan^«i>* 
gendrando las unas dé las otras. 

Si es justa nuestra época al elegir los dos nombres citados, no es 
oportuno discutirlo; pero no será temeridad muy grande el recordarle á 
lo menos los de Oken y Cama, por si quizá, que es muy probable, ne^ha 
ppdido. descubrirlos, velados como estaban en- la nebulosidad 'ñfoe^^eatAn 
que anduvieron envueltos en la vida y á que deben el deseonócimiwito . 
casi absoluto en que jaciaú hasta ahora^ qtie ya empiezan á salir áln&en 
raras ocasiones^ gracias á la menor repugnancia que va teniendo wimtío 
siglp á, la fi^losQfia y á su? 'ñ*ntos/ siquiera ^otesta candorosameníte vfOi, 
4iá y otro, de qúelia ^áeftó'láis'espaMiis á la especulación j Bam cMíáme»r,, 

íéUmej^^'Coiojo quiera; nuestro sabio declara; por fin> que'plwftli*^^ 
animales, y cíuerpos humanos, deben téídos stfWígen * uniwlo yiinta»' 



LA VIDA DE LOS ASTR03. . 235 

elemento primordiftl^ á una célula qne ésta cfea de &u propio fondo in 
diferente, Homogéneo todo él en nn principio, otras célalas anilogas, las 
caales, dividiéndose á sn ves y trasmitiendo á la veneración qne de Mbé 
brotó^ poder generador semejante^ traaforman la masa protoplásmieay 
invisible casi^ de la célula primera en muchedumbre innumerable de cé- 
lulas secundarias, dispuestas unas á conservar casi intacto su tipo pri- 
mordial 7 las funcione) generales que le son inherentes, llevadas othM, 
como por un impulso superior, á cambiar rápidamente de organización y 
vida, encargándose ya de funclonesespaciales, adaptando su estructura y 
su forma á lo que exigen éstas, fundiéndose casi las unas con las otraa> 
para engendrar asi la variedad de los órganos. 

La trascendencia de las afirmaciones en estas lineas resumidas es tan 
grande, que quizá pudiera dticirse, sin riesgo de aventurar nada en ello, 
que el haber llegado á formularlas será algún dia la mayor gloria de nues- 
tro siglo: nada hay entre sus obras más insignes que pueda compararse 
ni remotamente con la que ha realizado al demostrar con hechos 

Í)08Ítivos y ciertos la verdad del proceso orgánico que sigue la Natura- 
eza en la producción y desarrollo de sus seres. Si careciera Schelling de 
otros títulos al respeto y gratitud de la historia, sobraría el de haberse ele- 
vado por esfuerzos de especulación ideal hasta reconocer la necesidad 
de este proceso, para hacer glorioso su nombre en la memoria de las ge* 
neraciones venideras, ya que la nuestra no puede todavía mostrarse tan 
equitativa y justa. 

Tras esta declaración quedan velados todavía, seguramente, infinitos 
enigmas; el misterio de la vida aún no se resuelve en luminosa visión de 
sus últimos resortes, inaccesibles á la limitación de nuestro espíritu; pero 
estamos orientados al menos para mirar y ver en las entrañas mismas de 
la Naturaleza, que no engendra sus seres con fragmentos dispersos, con 
•elementos primitivos irreductibles, antes los hace brotar de un solo fondo 
primordial, de un verdadero elemento. 

Ahora puede ya nuestro sabio llamar orgánicos al animal y á la plan- 
ta^ sin negarles tácitamente este carácter^ al afirmar después que Éñ eom'- 
pone su cuerpo de varios elementos agrupados de muchos modos para for- 
mar un delicado mecanismo. 

Preguntémtwle, si nó, qué concepto tenía de la vida de estos seres an- 
les de conocer su origen celular, unitario, que esto dice la palabra. 

Son vivos, hubiei^ respondido, porque tienen órganos, partes que 
desempeñan funciones diversas encaminadas todas al logro de nn 
solo fin. 

Asi hablaba por boca de Galeno, cuando llamaba á la Fisiología, á la 
ciencia de la vida i^Tratado del uso de los órganosti {doctrina de us^i par^ 
iium). Así dijo no há mucho un fisiólogo de Mompellier que era la vida 
t>la organización en ejercicio, u y nuestras Escuelas de medicina más ilus- 
tres lo repetían hace poco, si todavía no lo sostiene alguna. Asi, y en 
términos inconcebibles casi por el vacío en que se agitan, llegó á decir, 
por medio de Bichat, que la vida era »»lo contrario de la muerte, ti hu- 
yendo y salvando con esta frase peregrina la dificultad de decir concreta- 
mente qué actividades son las que despliega la vida. Máqliinas que traba- 
jan, compuestas de muchas piezas^ afecta cada una á un servicio especial: 
tal es la idea que de los seres vivos ha venido teniendo nueistro sábtó 



2d6 , 12/ CONFERKNCU. 

liasta ]iao6 poco. Bajo de ella ha procurado luego dktinguir las diversaa 
efiferas á que la actividad de los óiganos parece referirse; no era cosa de 
sentirse satisfecho durante largo tiempo con la evasiva que puso en Ubica 
de Biehat. 
. Vuelto, pues^ al problema de nuevo, reconoció dos grandes manifes-* 
taoicMieaen el juego funcional de los órganos: la nutrición, que conserva 
la vida al ser que ya la tiene, merced á un continuo tejer y destejer de la 
matma de su cuerpo^ á un ingreso incestante de las materias exteriores, y 
al egreso simultáneo de su materia propia; y la reproducción^ que trae* 
mite la vida á nuevos seres, separando de los ya existentes partes determi- 
nadas, que llevan en su seno iguales aptitudes para subsistir y multipli- 
carse. 

£1 (rfrecer la vida de los animales y del hombre otro género de 
actividades además, la sensibilidad y el movimiento, no fué motivo para 
dey'ar de reconocer el fondo común al organismo de estos seres y las 
plantas; antes creyó ver en esta sencillez de la vida vegetal y la compleji- 
dad de la animada, una gerarquia natural, cuyo grado superior S3 com- 
ponía del inferior, y de un nuevo elemento adicionado; no de otro modo 
que como va complicándose una máquina, según vamos uniéndole nae- 
vfts partes, consagradas á funciones nuevas. 

Fijos los ojos en esta vida sencilla, no tardó en preguntarse si era la 
reproducción en efecto una de sus dos grandes manifestaciones, ó, si con 
ser muy general, con todo, podia no ser indefectible. Suscitáronle esta 
duda animales y plantas que no se reproducen; y tanto por entender 
incompatible una excepción de este linage con ley que debiera ser al^o-* 
luta» como por haber llegado á sospechar que eran reductibles los fenó- 
menos reproductores á fenómenos puramente nutritivos, ya que convie- 
nen ambos en la creación de partes nuevas (son uno y otro fenómenos 
de crecimiento, sin más diferencia que separarse los productos nuevos en 
Ia reproducción , y en la nutrición quedar incorporados al organismo 
donde nacen), vino por fin á declarar la vida como una mera capacidad de 
subsistir los seres por un cambio incesante de su materia con la del me- 
cüo exterior que los rodea. Era, pues, un ser vivo para nuestro anatómi- 
co de entonces (que^ es ya de nuiestros' dias y llena con su nombre el 
mundo, Cuvier), u&a máquina, que tiene diversos órganas para cam- 
biar constantemente de materia con el mundo ambiente. 

Y como en todo mecanismo la forma es, en principio, inmutable, pnea 
cambiada, deja aquel de ser lo que era y se trasforma en otro, cuyas 
funciones corresponden á la nueva disposición y estructura de sus piezas, 
de sus órganos, fué necesario por ley de consecuencia natural, que ol- 
vidando los hechos ya observados, concibiera Cuvier completamente fija, 
invariable, la forma de los seres vivo», ya que los pensaba máquinas qué 
ejercían siempre iguales funciones en el decurso de su vida. Eios ó torren- 
tes circulares, cuyo cauce subsiste sin mudanza, y cuyasaguas mudan 
coBstantemente en cada punto: esta fué su imagen gráfica de los seres 
que viven. 

Entre tanto, mientras él hacia resaltar la permanencia de la forma en 
los organismos naturales, donde á su juicio era la materia un elemento 
secundario, destinado á servir con su mudanza incesante á la subsisten- 
cia del tipo morfológico^ contemplaba Ernesto Baer en Alemania una 



LA VIDA DE LOS ASTROS. 237 

tras otra la multitud de formas que en el principio^ sobre todo, de su vid 
despliegan sucesivamente los animales superiores. 

Los anatómicos y fisiólogos ulteriores, inspirados en las ideas de Cu* 
vier, han conocido los estudios de Baer, y tan grave es el peso que una 
preocupación abstracta ejerce en el espíritu, que escribian, y quizá escri- 
ben, al principio de sus libros la definición que dá Cuvier de la vida, y al 
final enumeran los hechos embriológicos revelados por Baer, como si 
fueran estos compatibles en absoluto con aquella. 

No lo son: la forma muda en los sores vivos como la materia y la fuer- 
za. Las manifestaciones de todos estos factores primordiales jamás se repi- 
ten dos veces; sean perceptibles á simple vista ó bien exijan delicadísimos 
medios analíticos de nuestra parte para poder apreciar sus cambios ince- 
santes, estas se producen siempre, sin que por eso pierdan los seres la ple- 
nitud integral de sus primeras propiedades, de su esencia, de su natura- 
leza respectiva. Es la vida cambio de materia y de forma y de sustancia 
de todo; y sin embargo, subsisten los seres en su materia, actividad y 
forma primordiales. Consiste no más que en esta permanencia de su fon- 
do primitivo, y su manifestación exterior constantemente variada, sujeta 
á leyes de período y ritmo, iniciándose en el nacimiento, alcanzando su 
mayor desarrollo en un momento dado, y agotándose después lentamente 
hasta desaparecer con la muerte; y todo este proceso de génesis, evolu- 
ción, involución y muerte, surgiendo inmediatamente de las entrañas del 
ser mismo, despertado y regido por la Naturaleza entera en la unidad de 
BUS fuerzas y seres. A este concepto de la vida se elevan ya la Anatomía 
y Fisiología contemporáneas, sea que lo declaren en términos expresos ó 
lo dejen entender sus afirmaciones menos consecuentes. 

Santo Tomás la concebía de este modo, allá en el siglo xiii; la tradi- 
ción escolástica, menospreciada hoy con ligereza imperdonable por los 
que debieran conocerla á fondo antes de aventurar opiniones y juicios 
que luego repiten otros por puro mecanismo rutinario, ha conservado casi 
intacto este amplio concepto de la vida, formulado por el doctor angélico 
Las escuelas filosóficas que se apartaron del dogmatismo escolástico sé 
han elevado, en general, á una idea semejante, yesgloria de la tendencia 
iniciada por Kant y desenvuelta por la Filosofía de la Naturaleza, el haber 
llegado á depurar esta idea capitalísima, y á mostrarla penetrando, no 
ya la naturaleza sólo, sino el espíritu y la realidad entera de las cosas 
El empirismo, que es el anatómico, cuyo camino hacemos, ha inver- 
tido siglos y agotado las fuerzas de generaciones de sabios para llegar hoy 
á declarar por labios de sus representantes más egregios lo que habia pre- 
sentido, como un postulado á lo menos, la especulación filosófica. 

Pero, al fin, y en virtud de la ley que hace de todo mal en la historia 
un bien relativo, esta divergencia en que han producido sus obras la es- 
peculación y el empirismo, sirve ahora para afirmar de un modo indis- 
cutible la realidad del concepto de la vida, á que han llegado una y otra 
corriente por caminos opuestos, 

La vida, dice el filósofo, es propiedad universal de los séres: por 
ella manifiestan el fondo interno de su naturaleza, «ú, esencia, que decis 
mos, en una serie de fenómenos sucesivos y continuos, regidos por las 
leyes dichas; Dios sólo la expresa de una vez, en un presente con- 
tinuo . 



238 12.* CONFERENCIA. 

Yivir^ afirma el anatómico, es, en los aeres naturales, agitarse en in- 
cesante movimiento, cambiar sin tregua ni reposo el estado de su mate- 
ria, de su forma y de su fuerza, los factores que, en su sentir, condensan 
la esencia entera de estos. 

Los seres vivos, declaran á la vez uno j otro, no son mecanismos, no 
son, ante todo, asociaciones, pluralidades de elementos homogéneos ó di- 
versos; son organismos verdaderos, que de su fondo mismo, indistinto en 
un principio, de un único elemento primordial, van haciendo surgir ele- 
mentos secundarios, digámoslo aai, para ejercer más señaladamente por 
ellos, y como funciones esparcíales suyas, aquellas actividades que se ha- 
llaban, no confundidas, como á veces se dice, sino indistintas aun, en la 
función ó actividad generalísima de su elemento primitivo, y repitiendo 
en grados sucesivo^) este proceso de diferenciación interna, crean la va- 
rie£kd riquísima de partes q^e en los organismos superiores contempla- 
mos, y despliegan en ellas un sistema complejo de funciones y de actos 
83Cundarios. 

Célula llama el hoy el anatómico al estado inicial de los organismos 
superiores y al definitivo de los más sencillos: poco le importa que esté 
sólo formada por una gota de protoplasma, una sustancia albuminosa 
{como clara de huevo), homogénea y casi indiferente, que es la forma 

Í>rimera con que aparecen á nuestros ojos los organismos al nacer; ó qne 
a gota protoplásroica haya sufrido ya una modificación en su parte ex- 
terior convirtiéndpse en membrana sólida, que es entonces la envoltura 
celular, y que á la vez haya surgido en el centro quizá del pi*otop1asma 
y á espensas también de su sustancia un cuerpecillo llamado núcleo, que 
es la expresión material, ostensible, del centro dinámico, de donde irra- 
dia hacia afuera la actividad de la célula y á donde converge la que to 
dos los ulteriores seres naturales despliegan hacia ella. Podrá quizá dis- 
tinguir ambos estados de la célula con nombres aspeciales; llamar j^/oó/»- 
dio al inicial, á la célula naciente, reducida á gota de protoplasma in- 
distinto; reservar para di estado siguiente en que hay núcleo y quizá 
membrana, la denominación de citodio; pero con esto no hace otra cosa 
sino reconocer la unidad misma de la célula, de que son el plastidio y 
el citodio momentos evolutivos sólo. Tampoco le preocupa Is^ figura con 
que la célula se muestre; sabe ya que desde la esférica hasta la poliédrica 
puede exhibirlas variadísimas. Menos atiende todavía á los fenómenos 
de quietud ó movimiento visible en que se ofrezca la célula: las vé que 
yacen en aparente reposo; pero en cambio las contempla también que 
así que se desprenden del oiganismo que las crea, entran en giros rapidí- 
simos y tan complejos como pueden ser los de los astros, dando vueltas 
«n derredor de su eje como ellos, y describiendo también trayectorias 
análogas en un movimiento traslaticio en derredor de focos ignorados 
hoy. 

En resolución i estructura simple ó compleja, figura esferoidal ó 
poliédrica, movimiento ó reposo, y multitud de distinciones ulteriores, 
ni quitan ni ponen á la esencia de la célula;, su condición de tal reside en 
el cambio incesante de su materia, de su íbrma y de su fuerza, y en la 
capacidad que muestra á veces para engendrar en sí propia organismos, 
células parecidas, que se separan como nuevos individuos, ó quedan uni- 
das y se trasforman á veces total ó parcialmente para producir las fases 
adultas de los organismos superiores. 



LA VIDA DE LOS ASTKüS. 239 

Estas últimas células^ las que nacen oq la primordial con que se ini- 
cia la vida de uu organismo superior^ j lejos de separarse para formar 
otros séres^ quedan unidas entre si constituyendo en él un desarrollo inter- 
no de la primitiva, suelen ser estimadas todavía como análogas, idénticas 
alas primordiales de que brotan, ya porque tienen figura parecida, estruc* 
tura semejante, y fases muy afines, como porque son capaces de producir 
en ocasiones células primordiales que se aislan para formar seres nuevos. 

(Lo son en efecto? ¿Debe llamárselas con igual nombre! (O quizá fue- 
ra mejor designarlas de un modo diferente? Concebirlas equivalentes á 
las primordiales, es incurrir de seguida en grave contradicción. Pues 
afirmando que nacen de una célula, se declara que son meramente par- 
tes suya.^, distinciones interiores de su fondo, el cual subsista indiferente 
ó desarrolle gran riqueza de oposiciones, sigue siendo en uno y otro caso 
el fondo de la célula primordial, ya pierda ésta su membrana, si llegó á 
tenerla^ ya la conserve más ó menos tiempo. Y siendo partes interiores 
de una verdadera célula primordial, ¿cómo puede luego decirse que 
cuando llega ésta á crearlas, el organismo está compuesta de varias cé^ 
lulas? Porque no es asi: está constituido sólo por una célula no más, ya 
que todas las otras formaciones, llamadas ahora impropiamente células 
también, son distinciones inferiores del protoplasma de aquélla. Son puei 
on todo case, células de células, deuterocélulas, podria decirse, (1) para 
distinguir claramente su función plenamente subordinada á la de las 
verdaderas células ó protocélulas, que así pueden llamarse^ para reflejar en 
el nombre su condición de organismos totales, unitarios, capaces de crear 
interiormente formaciones parciales, verdaderos órganos para su vida» 
á saber, las células subordinadas ó de segundo grado. 

Mientras esta distinción no se haga claramente, habrá en la teoría 
celular una contradicción insoluble; afirmará por un lado el proceso ge- 
nético unitario, orgánico en suma, con que se forman los seres vivos; pero 
negará esta afirmación, atribuyéndoles un origen mecánico, de pura 
composición, de pluralidad de elementos integrantes, al decir luego que 
están los organismos superiores en su fase adulta compuestos de muchas 
células. 

No &ltan en la Botánica, sobre todo, indicios de que se camina ha- 
cia este fin, aunque sólo por motivos empíricos, y sin idea quizá déla gra- 
ve trascendencia del asunto. Ya se dice que hay células reproductor as y 
primordiales, que son las que representan la totalidad de un organismo 
naciente, y que las hay ifegeiativaSy ó que son formaciones parciales de un 
organismo adulto, creadas por él para ampliar su desarrollo. Y ya tam- 
bién se reconoce que las apartan señaladas diferencias en el modo de na- 
cer unas y otras: que las vegetativas nacen sólo por divisen interior de 
las primordiales ó de otras vegetativas anteriores, produciéndose una 
división del núcleo de esta y surgiendo por entre los aos núcleos nuevos 
un tabique que engendra dos células vegetativas á espensas de la pri- 
mordial, sin que el protoplasma de esta se contraiga y redondee con la 
membrana, como ocurre siempre al engendrarse por muy varios modos las 
células primordiales. 



( 1 ) A falta de vocablo menos híbrido. 



240 12.* CONFERENCIA. 

Falta precisar todavía esta capital diferencia j concederle la im- 
portancia que tiene. 

£n todo casOy si no se dice que existe, tácitamente se reconoce sa 
existencia en los hechos afirmados, y ya sabemos que no ha de esperarse 
en esta ni otras ciencias á que dec aren en términos expresos su modo de 

fiensar ios que se consagran á su estadio, para saber á qué atenerse sobrd 
os conceptos que en irei^lidad se forman de los objetos respectivos. 

Si condensamos ahora en frase breve el resaltado esencial de este exa- 
men ligero de la historia y estado presente de la teoría celular, podemos 
decir: es. célula todo oiganismo, cuando empieza como gota protoplásmi- 
ca: lo es, por tanto, ooando desarrolla tejidos y órganos aun más comple- 
jos; sigue siéndolo, cnando va á morir, paes de su estado primero casi ago- 
tado brotan estos dos; y es célula todo ser vivo, no por sa forma, ni por 
la estructura qué tenga, ni por ningún otro pormenor análogo de sa orga- 
nización; lo es, porque constituye nn centro de actividad natural, porque 
subsiste merced á un cambio de sas factores esenciales, materia, forma y 
fuerza y pudiendo además reproducirse casi siempre en individuos análo- 
gos, y desarrollar C(m u*ecaencia nuevas rormaciones subordinadas 
celulares, que le sirven de órganos para la mayor plenitud y riqueza de 
aus f mcioqes vitales. 



II 



í 1. 



Preguntemos á la astronomía, qué son los astros, ya que sabemos 
lo que son las células. 

La respuesta que vá á damos, no será satisfactoria tampoco, ai que^ 
remos exijirle declaraciones categóricas. Habrá, pues, que interpretar 
atinadamente el silencio que guarda aquella ciencia sobre ciertos capi- 
tales problemas, de qae no parece haberse preocupado todavía, á pesar 
de su grave trascedencia, y de que surgen por sí mismos y se ofrecen á 
la atención del naturalista reflexivo, tan pronto como quiere éste abra- 
car en una sola mirada la plenitud del mundo sidéreo. Para llegar á 
•conocer en su total integridad lo que piensan nuestros astrónomos con- 
temporáneos, fuerza será que les hadamos romper el misterioso secreto 
en que se cierran, agobiados bajo el peso de preocupaciones abstractas, 
que no les dejan representarse con entera claridad el estado de su propio 
pensamiento, antes los ofuscan y sorprenden, hasta hacer que se imagi- 
nen y digan que piensan, precisamente, lo contrario de lo que en realidad 
constituye el verdadero fondo de sus ideas y pensamientos. 

Hasamos, pues, con ellos lo que hemos hecho con los egregios funda- 
dores de la fisiología moderna, do la teoría celular: miremos detenida- 
mente la trascedencia real á que llegan algunas de sus afirmaciones prin- 
cipales, y luego pongamos en labios de quienes las profieren las con- 



LA VIDA DH LOS ASTR03. Íél 

^ecaencias qae necesariamente de ella^ broten. No noa detenga tamj^oea 
el hallar á veces estas últimas rotundamente contradichas y negadas por 
aquellos mismos á quienes debemos los principios generales en que yacea 
implícitas. [Por ventura no ha dicho siempre la humanidad, qae 
el árbol brota de su semíUal Y, sin embargo, lo» botánicos han atir- 
mado por espacio de siglos que las ramas y las hojas^ las flores y los &^^ 
que palautinamente van surgiendo del árbol, son cosa nueva y exti»ña al 
grano de que éste nace. íQué esfuerzos tan grandes no ha tenido que dea^ 
plegar la ciencia de las plantas para llegar á descubrir este seoveto en- 
lace, y preáontir en loa primaros rasgos del embrión vegetal la profoaion 
•entera de sus desarrollos ulteriores; para reconocer que son mer^ evoi- 
Ittciones metamórfícas de un primitivo tipo tolas aquellas diversas 
formaciones orgánicas, que durante siglo le parecieron extrajias de todo 
punto á las semillas, y tuvo como por novedades y sorpresas que en el 
'desarrollo de la planta rep3ntinamente surgían una tras otra. 

tJu astrónomo será también nuestro guía en e^ta inquisición de los 
a^ros: en él resumiremos, cuando sea posible, los esfuerzos laborioso» 
hechos por la humanidad durante miles de años pata ll^ar á conooeír 
estos gigantes del mundo natural. 

Los nombres que vamos á darle sucesivamente, hemos de elegirlos 
con tino, procurando que sean los de aquellos astrónomos que mereoea 
ser tenidos por órganos autorizados, fieles y completos, de es^á eieiicia en 
«na diversas épocas, en las fiíses capitales de su desarrollo. Que se ha-? 
yau anticipado á la cultura de su siglo, ó se hayan inspirado en ella, no 
á ser motivo para conferirles ó negarles esta elevada dignidad, si reapon^ 
dieron de lleno á sumisión histórica. Silos hubo que dejaron eaoap^ 
una afirmación aislada, sin construir el sistema de sus más inmediataa 
-consecuencias, ó descubrieron quizá nuevos fenómemos ó leyes celestes, 
sin refundir en su vista la concepción astronómica reinante á la saaon» 
déseles el lugar subordinado que alcanzan en la historia de su ciencia; 
pero resérvese la alta representación de los progresos capitales de ésta á 
los que simbolizan plenamente una concepción fundamental del niundo 
sidéreo, bien asimilándose la que alcanzaba su épaca, pero elaborándol* 
luego hasta elevarla á sistema científico completo, y concretar así el ideal 
en que se inspira entonces la vida humana, bien proyectando los rasgos 
de una concepción novísima, y despertando con ella nn nuevo ideal para 
la vida de los hombres: que esta es la señal que distingue los momentos 
«upremos de una ciencia de sus progresos secundarios» los últimos influ-^ 
yen de mil modos diversos en la variada multitud de objetos y eiferaa do. 
la vida, aquellos hacen que esta mude totalmente de aspiraciones y sen- 
tido trascendentes. 

Como los pueblos salvajes hoy espaicidos todavía profusamente por 
la tierra., y Iw muohedupibres que yacen aún petrificadas en las entran?i3 
mismas de las naciones cultas, I09 primero.^ hombres, al abrir sus oja^ i 
U contemplación del universo, cediendo á la secreta expai^sion de los 
reaortes de su eaj^ritu y apreimiados por las exigencias mismas de la vida, 
vieron rodar loa astros como discos y puntos luminosos sobre la bóved^ 



Ht 12/ OQNFERJENCIA 

aéM». apojAda en U tierra y baoada por el mar. De cayas aguas siu- 
gian por el oriente^ ya templado el ardor de sas rayoB, papa 4e nueva 
sumergime en ellas ásaocaso^ despaesde haber recorrido, arrebatado» 
por el impulso de poderes ignotos, la elevada techumbre de la bóveda 
del cielo, y derramado todos ellos laz sobre la tierra, fecundada además. 
por el calor paternal del astro rey. 

Tal debió ser, y fué, la primitiva concepción astronómica de todos los. 
pueblos. 

Los orientales la dejaron grabada en sus cosmogonías; la revelan en 
tre los griegos aquel cielo clásico de Homero, y aquella tierra que el poe 
ta se figuraba un disco cuyo centro era el Peloponeso; los septcntrionalea 
la declaran por labiosde un insignegeógrafo, elmarselléa Phytheas. £1 cual^ 
aun en el siglo mismo de Alejandro; después de haber surcado mares re-^ 
motos en eipedidones á la sazón de gravo riesgo; conociendo los moví* 
mientes aparentes del sol tan <i fondo, que del estudio de la sombra pro-^ 
yectada en Marsella por un gnomon en el dia del solsticio de verano supo 
inducir^ 2.000 años antes que Gtissendi, las distancias que van de eke^ 
pueblo al ecuador y al trópico, todavía se figuraba que en los confínes 
boreales de la gran planicie terrestre, al alzarse la bóveda del cielo, se ín- 
diñaba tanto, que necesitaban doblegarse los moradores de aquellos pa- 
rajes, si querían pasar de un punto á otro. 

Ofaaervado el tnovimiento general de todo el cielo con la luna y el sol 
de oriente á poniente cada dia y cada noche, y asi fijada la crcQologia 
primitiva, e¿o es, la celeste, la luna por la mudanza constante de su fi- 
gura, y su cambio simultáneo de sitio en la bóveda del cielo, y la vuelta 
regular y periódica de ambos fenómenos, tan patentes y fáciles á la ob- 
servación más sencilla, fué, sin duda, el astro á que primero llevaron su 
atención y con más fruto las generaciones primitivas, obligadas^ como 
nuestros pastores y labriegos incultos, á leer en él cielo el orden y suce- 
«sion de los tiempos: cosa, por cierto, ignorada hoy casi totalmente do 
las personas de mediana cultura, á quienes dispensa el Almanaque de este 
trabajo, y de adquirir con él las nociones más vulgares en punto á ios fe- 
nómenos celestes. 

Elevóse entonces la cronología & un grado superior de desarrollo; na- 
dó la cronología lunar, si vale la palabra, que quedó consagrada en la 
neQmmia^ ó fiesta con que celebraban aquelhvi pueblos nacientes el re- 
tomo de cada una de las doce consecutivas lunaciones, ofrecidas por el 
astro de la noche en el trascurso de su vuelta general á través de la bóve- 
da celeste. 

Natural es que volviesen luego sus ojos al sol, cuyas diversas aparien* 
das eran, después de las mudanzas de la luna, las que más clarai^aente so 
mostraban en el cielo á la contemplación de los observadores primitivos. 
Eepararon éstos en el cambio constante del ortoyocaso del sol, que cada 
día se dejaba ver en diverso sitio del cielo, hasta llegar á parages, donde 
quedaba al parecer estacionario, y desde los cuales retrocedía de nuevo, 
volviendo á recorrer todos los sitios que primero habla visitado. Las es-* 
trollas, sobre todo, les sirvieron de términos fijos para discernir este 
movimiento del sol; pues fuera del movimiento general con que el cielo 
parecía arrebatarlas consigo cada noche de oriente á poniente, no mos^ 
traban ellas de por sí ningún otro cambio, antes bien subsistian agrupa 
das siempre de un mismo modo, formando, unas con otras, constelaciones 



LA VIDA IXE LÜS ASTHOS. 2ii 

inmutables en ini> figura y ea el numera de «u luminared reíspectlvoa. Por 
«ntie estos g^pos estelares pasaba el sol, sarcando la bóveda del cielo; 
boj múábanlo naoer por el sitio que poco antes, al rayar el alba, ocupa- 
ba una cierta constelación, y dejaban de verlo al perderse en occiden- 
te por aquel punto, donde á poco de entrada la noche brillaban las estre- 
llas de otra constelación determinada. Al dia siguiente, ni esta ni la an- 
terior eran las favorecidas al naoer y ponerse el astro; otras más orienta- 
les eran las visitadas por éste. Y asi cambiaba incesantemente de lugar 
en el cielo, y ¿ la vez se inclinaban sus rayos de diverso modo sobre la 
tierra, hiriéndola poco á poco con mayor oblicuidad cada ves y durante 
plazo más breve, y calentándola monos por ambas circunstancias;, hasta 
que por fin, y después de haberse detenido alternativamente en dos opues- 
tos lugares del cielo, haciendo estación, solsticio, volvía sobre sus pasos, 
iniciando una serie de cambios inversa de la anterior é igual á ella. 

A uno de estos lugares celestes, á una de estas constelaciones, desde 
la cual el sol retrocedía, la llamaron con el nombre del animal, que, en 
sentir de aquellos observadores, andaba hácia.atrás, el Cangrejo ^CumerJ; 
representaron por un peso ó hAkmiíkf Libra J á la visitada por elsol, cuan- 
do los días y las noches do otoño son iguales, pesan de igual modo en 
la balanza del tiempo, constituyendo un equmoccio; en el Carnero (lr¿e$), 
simbolizaron al grupo de estrellas que es el asiento del astro solar, cuan- 
do se repite en primavera la igualdad de noches y dias, y es la época en 
que nacen los corderos; hicieron de la Cabra fCapricornusJ el signo de. la 
constelación. visitada por el sol, cuando después de un nuevo descanso en 
este punto, un nuevo solsticio, vuelve otra vez á subir en el cielo, como 
las cabras por el monte, y continúa elevándose durante seis meses seguí-: 
dos, al revés de lo que vino haciendo desde Cáncer por igual espacio de 
tiempo. De las ocho constelaciones intermedias entre las opuestas y cru- 
zadas de los equinoccios y solsticios, unas fueron representadas también 
por los animales que nacian en la tierra, mientras pasaba el sol por ellas, 
V. g., £1 Toro fTaurusJ y los Cabritos fGéfñinisJf ó adquirían á la sa- 
zón su mayor desarrollo, como el Pez fPimsJy ó simbolizaban con su 
fuerza la que entonces desplegaba el sol. con sus rayos p. e., el León 
(L€o)\ otras se ^encarnaron en %uxas alusivas á las faenas simultáneas de 
la agricultura y la caza, como la Espigadora (Virgo) y el Cazador (Sctgih 
tariusj; una, por fin, tuvo su imagen en la figura de un rio, alusivo sin 
duda á la frecuencia de la lluvia, que coincidía con la entrada del sol eu 
su dominio^ P* ^j- Acoario (AguariusJ. Así vino á representarse en una 
línea circular (Zodiaco) el curso del sol por las constelaciones celestes, 
cuyos símbolos testifican del influjo reciproco de la tierra y del cielo que 
la cubre y vivifica. Y así vino á constituirse, y quedó consagrada en for- 
mas variadísimas de culto religioso, la tercera fase de la cronología, á sa- 
ber la cronología solar^ que pedemos decir,, remplazando el periodp in- 
vertido por el sol en su movimiento circnlar .en derredor de la tierra, el 
año solar, al empleado por la lona en sus doce revoluciones consecutivas, 
el año lunar ó primitivo, que hoy todavía sigue siendo el año de los 
iurabes. 

Los planetas, los astros errantes también por la bóveda del cielo, si fí-^ 
jaron la atención de aquellos primeros observadores hasta merecer qn,e 
sus nombres quedaran unidos con los del sol y la luna á los siete días de 
la semana, naciendo así la cronología pkmeiaria, cuya huella es remotí- 



244 12 ^ OONKBBSKGIA 

sima en los albores de todos los pueblos primitivos, no padierou, sin ein* 
bargo, lo mismo qae las estrellas fijas, Q^ar á ser objeto preferente de las 
observaciones y estudios de aquellas genetacioaes, harto ocnpadas en 
discernir las &sesy cambios de los astros mayoresy de movimientos más 
daros y patentes^ y de mudanzas más acentuadas. 

Menos les era dado áqn f^'arse en los cometas y meteoroa celestes, 
apariciones súbitas y fugaces que sorprendían ó impresionaban vivamen* 
te su imaginación infántUí llenándola de temores secretos. 

Si, pues, de entre todos los astros^ únicamente los más principales, 
y de sus. múltiples fenómenos, sólo los más aparentes eran asequibies y 
pudieron llegar á ser conocidos de aquella humanidad que despertaba á 
la sazón, ¡qué habia de pensar ésta de las causas productoras de Us apa- 
riencias del cielo, de las fuerzas que daban movimiento á los astros, de 
la naturaleza, por fin, de estos luminares! 

Necesitó, por fuerza, concebirlos movidos por superiores y deseonod- 
das energías <^sp)egadas por divinidades, encarnadas unas en los astros 
mismos , extrañas otras , subsistentes fuera de ellos y que loa re- 
glan á su arbitrio como si fueran masas inertes, sujetas á su dominio 
absoluto. Procedían esto» poderes motores del délo y de la tierra á la 
vez, y emigraban alternativamente de una región á otra, tan indistintas 
ambas todavía en la confusa unidad con que se representaban el univer- 
so aquellos pueblos, como lo eran los dioses y los hombres, capaces de 
trasformarse unos en otros en fuerza de la vaga semejanza, de la oscura 
comunidad en naturaleza y vida, que les daba á todos la ¿Eintasía religia - 
sa de las primeras edades. Tal es, en realidad, el fondo verdadero, el 
núcleo esencial de la primitiva concepción astronómica, con qae la hu- 
manidad ha vivido casi un periodo entero de su historia, y vive hoy en 
aquellos de sus hombres y pueblosy á quienes no ha llegado aun la parte 
que les toca en el legado universal de la cultura y del progreso; y tan 
impresa quedó la huella de esta representadon in&ntil y sencilla del 
mundo en la imaginación de las naciones cultas, que todavía sigue ins- 
pirando al genio poético de nuestro propio siglo, adherido en mal hora á 
un torpe clasicismo tradicional de imágenes, faltas ya de sentido y áon 
de toda belleza: que no es ésta compatible jamás con el vado, con la ab- 
soluta carencia de verdad en las cosas. 

En esta vaga idea de la bóveda celeste^ sostenida por el disco de la 
tierra y cercada en su borde por el mar» donde se apaga á cada paso el 
ardor de los astros para renacer vivificado luego por mmersion tan bien- 
hechora; en esta perspectiva simplidsima de la fábrica del mundo, con- 
i^ebido como hecho todo él de una pieza, ya que el cielo aún no parece 
distinguirse de la tierra, sino que viene á ser no más que su porción ele- 
vada y trasparente» su bóveda; en esta confusa y tosca representación de 
la unidad primordial del universo, hubo de inspirarse necesariamente la 
cultura entera de los pueblos antiguos. 

Y así filé. En la lenta y progresiva elaboradon de sus dogmas reli<^ 
giosos, que condensan en sí mismos el saber entero de aquellas épocas, 
se retrata fielmente esta unidad caótica con que el mundo se ofrece á la 
primera contemplación del espíritu. Los dioses y los hombres se tocan y 
penetran, en efecto, como la bóveda del cielo y la estension de la tierra; 
el mundo todo, en la indiscreta mezcla de sus miembros colosales, es á la 
vez y por do quiera la patria común de las divinidades y las criaturaa 



LA VIDA DE LOS ASTROS. 245 

humanas^ que ascienden de la tierra al cielo, j bajan del cielo al olimpo, 
al modo que la tierra se eleva al cielo por su bóveda, y el cielo baja con 
sus astros al borde de la tierra y á las aguas del océano. 

Pero tal unidad de hombres y de dioses, así condicionada por la de 
cielo y tierra, habia de trascender de la esfera religiosa á las demás de la 
vida social. Al irse desprendiendo del dogma, que es como el tronco co- 
mún de la cultura humana en todos los paeblos, laa diversas ramas que 
van creciendo divergentes y unidas á la vez para qne inicieii sa desarro- 
llo propio y cobren vitalidad independiente la ciencia y el arte, la moral 
y el derecho, destacándose por grados del primitivo fondo nkiiversal re- 
ligiosOy aparecen las ideas y conceptos científicos, las inspiraciones y las 
obra» del arte, los principios morales, las ideas áe justicia, todas las es- 
feras de la actividad del hombre, teñidas por un vago matiz de unidad, 
en qne se mezclan y confunden los factores supremos y los elementos in- 
feriores, las causas primeras, trascendentes y las secundarias ó mecáni- 
cas^ los principios divinos y los motivos terrenalei. La vida entera de 
aquellos siglos, en que vive la humanidad absorta como el niño en la sor- 
presa incesante con que el universo hiere sus sentidos, quedó vaciada en- 
teramente en el molde estrecho y candoroso de esta cooicepcion, en que 
aparece el mundo como masa caótica sumida en los limbos de una va- 
guedad universal de que todavía no se destacan como partes opuestas 
la tierra y el cielo, antes son ambos regiones contiguas porque se es«- 
tiende sin interrupción el universo, cuyo centro está indistintamente en 
el Olimpo ó en el cielo> y cuya vida entera parece que se resuelve y agota 
en pura repetición de cambios y mudanzas, en continua sucesión y re 
currenda de fenómenos. 

Diriase, en efecto, que producir tiempo vacío, abstracto, es el fin su- 
premo del mundo, en sentir de los pueblos primitivos, que, idólatras de 
esta forma natural, le dan cuerpo y la truecan en una entidad imagina- 
ria, elevándola á la condición de esencia irreductible de las cosas. Así 
también medir el tiempo, según lo escriben los astros en el cielo, y ar- 
reglar la vida de las sociedades humanas en la tierra, es la obra á cuya 
ejecución lleva sus fuerzas la humanidad en su primera época. Durante 
ella, los conocimientos especiales que llega á tener de los astros, se refie- 
ren, sobre todo, no á las energías impulsoras de sus movimientos, sino á 
los períodos fijos en que éstos vuelven y se repiten una y otra vez indefi- 
nidamente. La astronomía antigua se cierra casi toda en pura cronología 
celeste. Las generaciones ulteriores se encargaran de ir llenándola poco á 
poco de realidad y vida, á medida que vayan reconociendo paso ápaso den- 
tro del supuesto molde de la puta sucesión, del tiempo, los factores reales 
que lo llenan, y cuya vida interior, al desplegarse, se exterioriza en esta 
forma. A la cual no en vano tributó adoración la humanidad durante si- 
glos, cuando hoy mismo quizá le rinde todavía culto supremo, no en los 
altares de la religión^ sí en los elevados por las escuelas filosóficas á las 
grandes abstracciones vivas aun en el pensamiento contemporáneo . 



246 12.* CONFERENCIA 



S. 3. 



Si Topreseatan Homero y Phy teas entre loa griegos la concepción as- 
tronómicft délas primeras edades^ Tolemóo es^ en cambio^ la personi- 
ficación más alta y acabada que tiene la ciencia de los astros durante el 
segundo periodo de la historia humana. 

Msi él alcanza pleno desarrollo y sistemático enlace la teoría cosmor 
lógica en que se inspira aún casi toda nuestra vida social. 

A vueltas de muchos siglos de observación y cálculos Eudoxio^ Era- 
tostones y, sobre todo, Hiparco; Tales, Pitágoras y Aristótelas,^ astróno^ 
mos aquellos, y éstos filósofos de Grecia, precursores del sabio alejandrino, 
cuya tradición llevan luego y enriquecen por toda la edad media hasta 
el mismo siglo xvi los Árabes, el Rey ¡Siábio de España» Sacro-Bosco, 
Purbachy Begiomontano(l), llegaron á sospechar y persuadirse á que era 
tosca apariencia lo que tuvo por realidad el mundo antiguo. 

De la diversa altura á que los astros parecen colocados en el cielo y 
de la variedad de opuestos movimientos que unos y otros ejecutan, in- 
compatibles con la sencilla representación de la bóveda celeste, pudo 
inducir la astronomía tolemaica que en vez de estar adheridos los lumi^ 
nares todoa á una sola bóveda, lejos de componer un solo cielo, necesi- 
taban en realidad estar dispersos en regiones sucesivas, suspendidos en 
multitud de cielos superpuestos, que,, por ser cristalinos y diá&nos, es«- 
capaban á la mirada inexperta del inculto, y eran sólo discernibles á la 
penetración inteligente del astrónomo. 

Distinguida de esta suerte en sucesiva variedad de cielos la bóveda 
que los primeros hombres vieron única: trocada así aquella vaga perspec- 
tiva del firmamento en ordenada <^mplexion de cielos superpuestos, fal- 
taba no más á la astronomía de Toleméo, (para llenar su misión en la his- 
toria del saber humano, para dejar completamente acabada su obra) 
que desatase, por decirlo así, la tierra de los cielos; y desquiciados estos del 
asiento mezquino que antes se les daba sobre el borde del imaginario disco 
terrestre, los viera extendidos por toda la redondez de la tierra, envol- 
viéndola como grandes esferas huecas y concéntricas, que subsistían en el 
espacio apoyadas una en otra, y descansando todaj en la compacidad de 
su cristal durísimo y en la energía de los poderes superiores que les da-, 
ban ordenado impuko. . 

Para llegar á representarse de este modo la estructura del mundo, ha- 
bieron los astrónomos de volver alternativamente sus ojos del cielo á la 
tierra y de esta al cielo, pues estando tan enlazadas entre si las dos re- 
giones del mundo, la forma que llegara á reconocerse en una de ellas, 
debía ya casi anticipar la de la otra. 

Observando las estrellas, vieron que algunas, lejos de aparecer por un 

Sunto del horizonte y desaparecer por el opuesto, elevándose y descen- 
iendo alternativamente por el cielo, subi|istian en él toda la noche, eje- 
cutando durante ella un movimiento circular en derredor de un punto 
fijo, aj parecer, enl a bóveda celeste. 



(1 ) Juan M aller (de KoDÍtberg) . 



LA VIDA DE LOS ASTROS. 247 

Nataral era sospechar entonces que las demás estrellas se moyerian 
quizá también como estas^ describiendo círculos enteros en derredor de 
la tierra^ de todas cuyas regiones^ Á la sazón conopidas^ veian además los 
astrónomos alzarse los cielos siempre de igual modo. 

Pero de ser estos redondos^ la tierra debia serlo también, 

Hizolo presumir ya la figura de la sombra con que la luna aparecia 
oacureclda en sus eclipses; pero vino luego á confirmar esta sospecha^ y á 
autorizar á la vez la redondez de los cielos, la observación atenta de la 
aparente llanura de los mares . Pues la superficie de estos, libres de las 
montañas y depresiones que accidentan la terrestre, y cierran la perspeo* 
tiva en horizontes reducidos^ deja ver, por el contrario, fácilmente la 
curvatura del nivel de sus aguas. Estas^ tímidamente. recorridas por 
inexpertos navegantes^ que no se alejaban de la costa faltos de guia para 
internarse más adentro; surcadas luego por arriesgados pilotos, que ya 
supieron distinguir en el cielo la estrella casi inmóvil del polo y el rum- 
bo constante que señala hacia el Norte, acabaron por revelar claramente 
la redondez universal de su contomo y la de toda la tierra, ya que los 
grandes continentes parecieron entonces masas surgidas del fondo de los 
mares, islas gigantes sembradas en la extensión casi inmensa del océano. 

Era la tierra, en sentir de Toleméo, el núcleo del mundo; puesta en 
su centro, la envolvían uno tras otro multitud de cielos El penúltimo 
de todos ellos, el firmamento estrellado, servia de apoyo á los astros fijos; 
arrebatado en incesante giro del oriente al ocaso por la inmediata acción 
que la fuerza divina imprimia al superior (viniendo á ser este el primer 
móvU de todos), trasmitía á los otros el movimiento general. 

Los cielos interiores estaban consagrados á los astros errantes, el sol, 
la lana y los planetas. Todos los cuales^ además de girar con las estrellas 
de oriente á poniente cada dia, parecen moverse á la vez en sentidos 
opuestos, cambiando á cada paso su situación respecto de los astros fijos^ 
acercándose á constelaciones determinadas, para dejarlas á poco y diri-» 
girse á otras nuevas. Y como tuviese cada cual de estos astros su movi- 
miento propio, incompatible con los de todos los demás,, necesitó la as^ 
tronomia tolemaica suponer consagrado á cada uno un cielo peculiar, 
que lo llevase consigo en dirección contraria al movimiento con que eran 
arrastrados todos por el firmamento superior. El cielo porque rodaba la 
Luna, era el inmediato á la Tierra, centro de las esferas celestes: seguian 
los de Mercurio y Venus, encerrados luego en el del Sol, incluso á 
su vez en los de Marte, Júpiter y Saturno; tocando ya el cielo del último 
con la esfera estrellada y ^a con la del primer móvil, límite del univer- 
so físico y principio del empíreo. 

Pero si en la incesante agitación de todos estos cielos en deiTedor de 
la tierra^ que subsistia inmóvil ella sola en el centro del mundo, se ex- 
plicaban al parecer satisfactoriamente los movimientos encontrados y 
simultáneos de los astros errantes — con sólo suponer que sus respectivos 
cielos inferiores, á la vez que se dejaban arrastrar por el superior á las 
estrellas fijas, se movian también por un impulso propio en sentido dia- 
metralmente contrario,— era imposible, sin embargo, razonar las deten- 
ciones y retrocesos que en su curso parecian sufrir los planetas, quedán- 
dose como estacionarios al llegar á ciertos parajes^ desae los cuales vol- 
vian sfobre sus pasos coriiendo en sentido opuesto del que llevaban hasta 
entonces, sin concluir jamás la vuelta que empezaban á dar una y cien 



248 12.* CONFERENCIA 

veces en tomo de la tierra, yendo de occidente á oriente como el sol en 
su movimiento anual . Fiel á su tradición, la astronomía tolemaica pre- 
tendió salvar estos obstáculos, imaginando que sobre cada cíelo inferior 
rodaba, no ya su planeta respectivo, sino otro pequeño nuevo cielo , su- - 
bordinado y accesorio de aquél, un epiciclo, que moviéndose con su cielo 
deferente, y girando á la vez sobre si mismo y en igual sentido, llevaba 
consigo al planeta, que parecia sucesivamente avanzar ó retroceder ó es- 
tacionarse en el cielo, según que recorria la parte superior ó la inferior 
del epiciclo, ó empezaba á pasar de una á otra. Surgieron todavía proble- 
mas ulteriores, y brotaron con ellos nuevos cielos de la fantasía de loa 
astrónomos. Setenta y cinco llegaron á ser, y fueron amontonándose unas 
sobre otras sucesivamente en los catorce siglos vividos por el mundo culto 
bajo la inspiración de la doctrina tolemaica, las esferas celestes admitidas 
por los astrónomos para explicar los movimientos complejos, los encontra- 
dos giros de los astros. 

No bastaron, sin embargo, epiciclos, ni excéntricos. 

Todavía fué necesario imaginar otros mecanismos supletorios, á 
cuyo juego se debiesen en los cielos ciertos balanceos que parecían no- 
tarse en algunos de los cuernos celestes. Con todo lo cual, quedaba toda- 
vía tan confusa y complicada la extructura del mundo: repugnaban de 
tal suerte aquellas entalladuras y carriles, abiertos en el cristal de los 
cielos deferentes, para dar paso á los espigones de sus epiciclos respectivos; 
brotaban, en suma, tantos y tan graves absurdos, cuando abandonadas 
las líneas geométricas (propicias, como dice Galiléo, á dejarse llevar por 
donde quiera, y pasar y repasar de mil modos una sobre otra), se trataba 
de darles realidad y cuerpo, convirtiéndolas en masas cristalinas, inflexi- 
bles y rígidas, que pudo nuestro rey astrónomo, Alfonso X, atreverse á 
doler de la imperfección que, á su juicio, tenia la fábrica del mundo; y 
aun presumir de haber sabido evitarla, si lo llamaran o^ >rtunamente, a) 
tiempo de trazarse las primeras líneas del plan general oel universo. 

Y, sin embscrgó, no llegó á pensar el mundo de otro modo que To- 
leméo, su maestro; á lo menos, en los rasgos primordiales de la extruc- 
tura cósmica. La concepción astronómica á que unió su nombre este sabio, 
y dirige todavía, casi del todo, nuestra cultura presente, (petrificándo- 
la G(uizá y teniéndola inmóvil como á la tierra en los cielos) ha salva- 
do una tras otra la multitud de crisis traídas por la sucesiva aparición 
de nuevos problemas, cada vez más difíciles, de geometría y de mecáni- 
ca celestes, sin que por eso el fondo esencial de la doctrina tolemaica haya 
sufrido cambio ninguno de verdadera trascendencia. La idea que se for- 
maba Toleméo del universo,ni perdió en sus discípulos ninguno de sus ele- 
mentos capitales, ni menos ganó tampoco factor alguno nuevo de me- 
diana importancia. Biscípulos y maestro y aun los sabios que prepararon 
la elaboraeicm realizada por éste, todos ellos pensaron de igual manera 
el universo, por más que luego difieran extremadamente sus respectivos 
pareceres sobré las posiciones y movimientos de los astros. 

La exposición enlazada y sistemática de estas apariencias, la teoría- 
del mecanismo concreto de los cielos, no constituye el verdadero fondo 
esencial, el núcleo interno de ésta ni de las otras dos concepciones astro-' 
nómicas; sólo representa en ellas el elemento extemo, secundario, cuyos* 
cambios, por grandes que parezcan, no pueden trascender jamás, sin em- 
bargo, á las supremas ideas de que son las respectivas teorías expresiones 



LA ViDA DB LQS AííTROS. 



M9 



Báéoánicas lie más, incapaces de agotar en su estreches y parcialidad ca- 
raoterfetica<^ toda la riqueza del fondo atesorada en aquellas. 

Las metamorfosis, por tanto, de la doctrina tolemaica desde Hiparco, 
por no bascar «ntecedente más remoto, hasta Regiomontano, sus cor- 
recciones 7 enmiendas, sus adiciones y complementos, son, en realidad, 
oKilft^ones efímeras que no han turl^o siquiera la absoluta ñjeza con 
que subsiste invariable á través dé los siglos el pensamiento capital laten- 
te en el sistema. Los rasgos esenciales de éste hemos de buscarlos en las 
dos supremas ideas, en los dos pensamientos trascendentes y correlati- 
TOS que en él parecen descubrirse respecte^ de los astros y del mun- 
do todo. 

Si la astronomia de los tiempos primitivos es sobre todo cronológica, 
y vé en los astros poderes ignotos del cielo y de la tierra á la vez, consa- 
grados á engendrar con sus movimientos periódicos tiempo vacio, cuya 
afirmación y subsistencia indefinida son entonces el fin supremo del mun- 
do, la astronomia tolemaica , obligada por su misión en la historia á pro* 
testar con' energía contra el' sentido abstracto de la cronología celeste, 
penetra ya en la intimidad de los fenómenos sidéreos; aspira á conocer su 
verdadero mecanismo; concibe los astros como grandes masas laminosas 
arrebatadas por un impulso divino en multitud de giros diversos, no para 
con ellos, una y mil veces repetidos, engendrar mera sucesión y retorno 
de fenómenos, subsistencia de cambios, puro tiempo, sino para servir á 
una finalidad más sustancial y trascendente, la de la vida en la tierta y 
en el cielo; 

Mecánica celeste es, en efecto, la astronomía de Toleméo, y asi lo de- 
clara expresamente todavía el titulo mismo de su libro inmortal, Megüte 
SMaxis, la Gran Construcción, la Fábrica Suprema de los cielos. 

Pero con esta manera de pensar los astros se enlaza también, por ne- 
cesidad ineludible, una concepción cosmolégica correlativa y plenamente 
adecuada. Si los cuerpos sidéreos no forman ya con la tierra por media- 
ción de su bóveda celeste un todo único, conñiso y vago, un indiscreto 
caos, cuya energía dinámica brota sin mudanza esencial, indistinta, por 
do quiera } se difunde por una y otra región del universo, baja con los 
astros á la tierra, sube con ellos al cido, toma en éste forma divina, la 
reviste humana en aquella, moviéndose en eterno ciclo por la extensión 
toda del mundo; si lejos Toleméo de oontempls^ así los astros fundados 
con la tierra en su elevada y diáfana techumbre, los vé, por el contrario» 
separados de ella, esparcidos en derredor suyo por los cielos, en cuy6 
centro común yace el globo terrestre en aislamiento absoluto y en per- 
petuo reposo, mientras se i^tan las esferas sidéreas incesantemente y 
por fuerzas extrañas á las energías de la tierra: al fijar sus ojos el astróno^ 
mo en la extensión entera del universo para abrazarlo en una sola idea y 
concebirlo en su integral plenitud, fno na de pensar ineludiblemente ana 
oposición radical, un antagonismo insolable, abismos entre la tierra y 
los cielos) ¿No se le impone en absoluto esta dualidad primordial? Y al 
sujetarse á su influjo prepotente, ¿na extrema, por ventura, la misión 
que confiere la historia á la doctrina tolemaica, encalcada de distinguir 
no más en la confusa unidad con que pensaba el mundo la astronomía de 
los antiguos, la <üfer^cia subordinada de sus partes principales, la opo- 
sición de los miembros cósmicos superiores? 

La exajera, sin duda. £n la concencion de Toleméo, el mundo queda 



250 12.* OONTERENCIA 

roto en cielos y tierra. No hay en él solución para ésta diametial antt* 
tesis. Pero tampoco puede el espíritu humano concebir cosa alguna sin 
la unidad que le es ingénita. Mutilada así la primordial del universo, 
al ser arrancados violentamente cielo y tierra del organismo cósmico, 
trocándose en irreductibles frAgmeAtos de un mundo heterogéneo, para- 
mente mecánico, forzoso le es al sabio alejandrino ir á buscar sobre^ la 
tierra y el cielo la unidad superior de éstas esferas antagónicas, la in- 
mediata raíz de donde brotan ambas, su común caiii» productora. 
Esta necesita, además, representársela adecuadamente á la idea que se 
forma del mundo; y pareciéndole que es un puro aunque grandioso me- 
canismo, una gran sintaxis, como él dice, compuesta de dos piezas colo- 
sal^, artísticamente concertadas, para ayudarse mutuamente y servir 
ambas á finalidad más trascendente, por fuerza se imagina un artífice 
supremo, de cuyas manos ha surgido elaborada un dia la fábrica cósmi- 
ca, subsiste asida la tierra en inmutable reposo, y reciben los cielos im- 
pulso constante y ordenado. 

Así humaniza Tolem9o, al pretender divinizarla, la idea de la unidad 
suprema, al dejar que se anegue y disuelva la del mundo en el abismo 

Ímesto entre la tierra y los cielos. Pues mecanismos sólo nacen de manos de 
os hombres, y estos concebirán siempre como artífices extrtóos á supro- 
pia obra, que les es accidental y exterior, los poderes superiores que los 
construyen y mueven. 

Tal es, quizá, la verdadera raíz del innegable influjo ejercido por la 
doctrina geocéntrica sobre el sentido antropomórfico que impurifica to 
davía nuestra cultura presente, á cuyo fondo repugna, contradiciendo su 
espíritu más íntimo, adhiriéndose como cascara vacía y rota, á un nú- 
cleo de pensamientos que ni nacen ni caben dentro de ella; tendencia cor- 
ruptura, que no es ya, como lo fué en la primera edad de los hombres, la 
encamación natui^l de aquel pensamiento supremo de la época que uni- 
ficaba, mejor dicho, aun no distinguía lo divino de lo humano, como no 
apartaba el cielo de la tierra; al contrario, tan sólo representa la huella 
profunda que la concepción mecánica del universo hubo de imprimir 
mevitabl emente en las nuevas ideas, inclusa la de Dios. 

Y es que todavía vé la humanidad con Toleméo partido el mundo 
en cielos y en tierra, y piensa que la vida se escinde, por lo tanto, en 
dos momentos antitéticos, en dos ^ses de todo punto contrarias, anta^ó- 
jiicas: la vida terrenal y la vida celeáte. Los cielos aparecen subordinaaoa 
á la tierra, mientras vive sobre ésta. No se imagina que tengan por en- 
tonces finalidad más elevada qtie la de servir á la tierra, para que pueda 
sobre ella desplegarse la vida terrenal humana. Con toda su magostad y 
trasparencia, la prodigiosa multitud de sus estrellas, la hennosura desna 
planetas y la exeeleiicia de su sol, no Abalen, sin embargo, ante sus ojos, 
por sola la tierra, cerrada sin duda en ellos para mayor realce de su eleva- 
da gerarqnía. Pero en cambio, agotada en la tierra la vida de los hombres, 
renacen á otra nueva en los cielos, diáfana, pura, incorruptible, ¿omo las 
esferas celestes, á cuya finalidad se subordina entonces á su vez la tierra. 
La misión trascendente, el destino supremo, á que eleva y consagra los 
cielos la aspiración sublime del sentido religioso, dan clait) testimonio de 
que no puede éste eximirse lii por su carácter íntimo divino de encamar 
en las formas y moldes que le ofrece la cultura social en cada época. 

La nuestra lleva grabada aún en tocb» las esferas de su vida el sello 



LA VIDA DE LOS ASTR#S. 251 

de la doctrina geocéntrica, de la concepción dualista del mundo. Y tan 
^rave y duradero es su influjo, que sobre imponerse en absoluto en la cnl- 
tura general, donde es harto evidente para que sea necesario detenerse 
ahora á señalarlo, todavía se muestra psnetrada de ella cultura la científi-* 
ca, cuyos representantes más ilustres lo sufren sin saberlo, contra su pro- 
piavoluntad, en los momentos mismos en que declaran que es la tierra 
una parte solo, infinitamente pequeña de los cielos; pues contradicen á 
poco esta expresión tan categórica de su pensamiento con otra que no 
por hacerla á la callada, sin palabras terminantes, es menos real ni cuesta 
mucho descubrirla en el proceso ulterior en que van exponiendo aquéllos 
«US ideas. Por veutura, iel insigne Humboldt, con haber presentido el 
<3arácter oigánico de los astros y el infinito reino natural que constituyen 
todo«i ellos, y declarando expresamente que ei^ la tierra uno de tan- 
tos innumerables individuos sidéreos, sin que excelencia ninguna la eleve 
sobre esta condición tan subordinada y secundaria, ¿no sanciona todavía, 
al intentar describir la plenitud del universo, esta excisión irracional de 
<5Íelo y tierra, y sólo porque viene haciéndola la humanidad desde el 
principio de la historia, como si tuviese por esto su raíz en la extructnra 
misma del mundo, y no en la preocupación abstracta con que los hombres 
lo contemplan? 

Y el mismo Haeckel, tan alejado de todo pensamiento, de toda con- 
cepción suprema, donde crea vislumbrar un vestigio, siquiera remotísimo, 
no ya del influjo de Ja doctrina geocéntrica, sino de su adhesión no máa; 
tan violento en su protesta, que empujado por ella vá á caer en la idola- 
tría de los átomos huyendo de la superstición de las ideas; al señalar los 
miembros superiores de 1» ciencia del mundo natural, donde se cierra 
para él la realidad entera, jno se deja avasallar todavía por el prejuicio 
dualista de la doctrina tolemaica, dividiendo con ella en cielo y tierra 
el todo de las cosas? 

9 

II. 

Cuatro siglos lleva la Astronomía moderna consagrados á resolver ti 
dualismo tolemaico en la grandiosa síntesis preparada en realidad por Go 
pémico, aunque ya presentida mucho antes por Pitágoras, Filolao y 
Aristarco, combatida por Aristóteles y Toleméo, y renovada luego por el 
Cardenal de Cusa en su obra: De Doetá Ignorantiá, que precede casi una 
centuria á la del astrónomo polaco: De revoluiionihus Orbmm Coslestiutn 
LibriVI. 

Cuatro siglos de observaciones incesantes, más amplias y sutiles C3da 
vez; de cálculos jamás interrumpidos, deparados con infatigable celo por 
les astrónomos sucesivos, que han sabido elevarlos á una exactitud casi 
rigurosa; de teorías especulativas, ideales; de trascendentes y aventura- 
das hipótesis: sin que todavía observaciones y cálculos, postulados y su- 
puestos, hayan podido restaurar al mundo en su unidad primordial, va- 
gamente concebida por Homero y Pytheas, rota por Toleméo con. violen- 
cia, y otra vez afirmada, no por Copérnico mismo, sí por el fondo secre- 
to de su propia doctrina, cuya suprema trascendencia ni aun llegó á pre- 



S52 12.* CONFERENCIA 

sentir lejanamente el piadoso canónigo de Wannia, cuando apenas hoy 
mismo comenzamos nosotros á conocerla de lleno en sus momentos más^ 
subordinados^ inferiores, en las consecuencias más inmediatas y accesi- 
bles que brotan de su virtualidad inagotable. 

La enmarañada urdimbre de la Sintáids tolemaica; la extrañeza de 
»ns diversos mecanismos; su impotencia, además, para dar razón satis&c- 
toria de los giros planetarios, especialmente los de Mercurio y Vénñs, 
los planetas inferiores en el sistema geocéntrico; por fin^ y sobre todo, la 
&lta absoluta de regularidad y simetría, á que la hablan condenado por 
igual excéntricas y epiciclos, inspiraron á Copérnico repugnancia tan 
honda, que abandonando á Toleméo pata siempre, como á bascar nuevo 
horizonte que le deiára ver el mundo en la grandiosa sencillez de su es- 
tructara real, en el orden sublime de sus esferas celestes. Parecióle que- 
una disposición tan complicada j anormal como daba á los cielos el sis- 
tema geocéntrico, era contraria, en absoluto, á la uniformidad y simetría 
perfecta que debian presidir ineludiblemente á la construcción del uni- 
verso^ si la razón natural no se engañaba con extremada torpeza al sus- 
citar en el espíritu de las generaciones humanas sucesivas estas ideas 
ingénitas en él, estos supremos postulados, estas exigencias primordiales 
que 80 han impuesto á todas ellas en el trascurso de la historia, cuantas 
veces han intentado abrazar en una sola mirada la plenitud de los cielos. 

Presumió Copérnico entonces que su aversión á toda irregularidad en 
la fábrica del mundo la Hallaría compartida quizá por otros sabios ante- 
riores. iPor ventura so liabrian satisfecho todos ellos con una explica- 
ción tan absurda, al parecer, del mecanismo celeste? [A n nguno le habría 
ocurrido pensar construido el universo con mayor simetría y mayor 
ói^denl 

Dióse con afán á inquirir las opiniones de los diversos filósofos anti- 
gaos sobre la arquitectura del Cosmos, y á poco vio realizada su esperan- 
za al descubrir en Fllotao, sobre todo, la huella más clara y decidida de 
una tradición astronómica diametralmente opuesta al Tolemismo que 
profesaban las escuelas, imponiéndolo como dogma absoluto á la ciencia 
7 vida social de su siglo. 

Se mueve la tierra, nó el sol ni las estrellas, — decian Filolao y Aris- 
tarco. lEstará quizás ordenado el cielo de esta suerte] — se preguntó Co- 
Íérmoo. A lo menos, como dec-ara ingenuamente en el prefacio de su li- 
ro, dedicado al Papa Paulo III, habia de serle lícito aventurarse conloa 
ilnstrof pitagóricos en este nuevo camino, que acaso no hubiera osado 
Copérnico abrir y recorrer el primero, avasallado como estaba todavía por 
el autoritario dogmatismo de su época. . 

Treinta años de su vida consumió el egregio astrónomo en dar á su 
pregunta respuesta satfó&ctoria. Afírinaba en ella, ante todo, que el apa- 
rente movimiento diurno del cielo entero con las estrellas, el sol, la luna 
y los planetas, se explica con tanta sencillez, al méno?, suponiendo que 
se mueve la tierra cada dia en derredor de su eje y en sentido contrario, 
ÓB poniente á oriente. Para comprender con toda claridad que; así mo- 
vida la tierra, ha de parecemos que se mueven loa cielos, basta, decia,. 
reflexionar atentamente, si se¡tio animadvertas. Pues todo se reduce á que 
por ser los movimientos siempre relativos y no darnos cuenta del que 
agita á la tierra, y ésta nos trasmite sin sentirlo nosotros, imaginamoa 
que se mueven los cielos; como simulan agitarse la costa, los pueblos y 



LA VIDA DE LOS ASTROS. 253 

loa montes, cuando td navio quo nos lleva no nos deja sentir el empuje 
con que somas por él arrebatados; como vemos pasar vertiginosamente 
anto nosotros 7 iitropellarse en incesante ye molino los árboles esparcido ^ 
por la llanura que recorremos inmóviles en el coche que nos arrastra; 
como parecen moverse, en general y por do quiera, los objetos que nos 
rodean, cuando no podemos discernir claramente nuestro propio movi- 
miento de 6u reposo efectivo. 

De má.s importancia que esta nueva explicación del movimiento apa- 
rente común á todos los cielos, era la dada luego por Copérnico del que 
en opuesto sentido, de occidente á oriente, parecen mostrar las estrellas 
errantes, como entonces se llamaban los planetas, el sol y la luna, en el 
trascurso de un año todos ellos, y todavía la última durante cada uno de 
sus doce meses. Jamás pudieron Hiparco y Toleméo, Aristóteles y sus 
discípulos antiguos y modernos, explicar de un modo razonable la simul- 
taneidad en las estrellas movibles de movimientos tan diametralmente 
contrarios. 

Que la tierra, dice Copérnico, á la vez que rueda sobres! cada día, gire 
en ifi:nal sentido además por espacio de un año en derredor del sol, y to- 
davía por un tercer impulso declinatorio mantenga los dos polps de su 
eje vueltos siempre hacia los miamos sitios dd firmamento estrellado, y 
verá el hombre desplegarse á sus ojos la variedad entera de apariencias, 
la oposición de estaciones, que engañado por el reposo ficticio de la tierra 
atribuye al movipaiento del sol á través de las constelaciones sidéreas. 
Fuera, pues, de la fábrica del mundo, el cielo deferente que daba al sol 
Toloméo; fuera también sus epiciclos ó excéntricos, piezas innecesa- 
rias todas ellas en la sencillez del mecanismo celeste, admitidos los dos 
nuevos y simultáneos movimientos anuales de la tierra en torno del sol, 
fijo en el centro del mundo, suspendido en él como lámpara inextinguible 
que difunde su luz por las tinieblas de la tierra y los planetas. Ya podian 
los filósofos aristotélicos librar al cielo solar del insufrible martirio á 
que lo habian condonado, obligándolo á perpetuo y brusco rozamiento con 
el cielo estrellado, si habia de moverse con este cada dia, y á la vez resis- 
tir su poderoso empuje para agitarse libremente con el suyo propio du- 
rante un año en opuesto sentido. Pero toda esta grandiosa sencillez con 
que aparece la estructura del cielo, al reemplazar su movimiento general 
y el especial del sol los giros diversor*, pero no contrarios, de la tierra, no 
es comparable, sin embargo, al sublime concierto en que se muestran 
ordenados los cíelos planetarios al remover á la tierra del centro del 
mundo, y lanzarla seguida de la luna, su satélite, á girar con los demás 
planetas, por entre Venus y Marte, en derredor del sol, antorcha que así 
los ilumina y vivifica á todos por igual. 

Ya se explican aquellos movimientos inconcebibles hasta entonces. 
Mercurio y Venus, que jamás astrónomo ninguno pudo ver apartados en- 
teramente del sol, en oposición con él, á 180°, como debian aparecer si 
giraban también en torno de la tierra; que nunca se alejaban del astro 
principal más de 48^ el segundo y 29** el primero, retrocediendo, llegados 
que eran á estos puntos, para acercarse al sol de nuevo y desaparecer al 
fin entre sus rayos, satisficieron de lleno al orden regular que en vano se 
exigía á sus movimientos en el sistema geocéntrico, al dejarse llevar jun- 
tamente con la tierra en derredor del sol en espacios de tiempo mu > di- 
versos. 



254 12.* CONFERKNCU. 

Con todo lo cual quedaba profundamente simplificada la fábrica ce- 
leste, pero no del todo. En eiecto, á pesar do esta razón nnora del mun- 
do, constituida por Copérnico^ {*egnn decía gráficamente el cardenal 
Schomberg en su carta al astrónomo de Thorn en 1536, rogándole comu- 
nicase 9U invento á los hombros estudio sos y le participara sus elucubra- 
ciones sobre la esfera del universo, todavía subsistían inexplicables las 
desigualdades que ofrecen asi los movimientos efectivos dé la tierra y los 
demág planetas en la nueva doctrina, como los aparentes del sol y las 
estrellas errantes en la sintaxis tolemaica. A esta volvió Copémico sus 
ojos al sentirse impotente dentro de su propio sistema para razonar aque- 
llas diferencias. Resignóse para mover los planetas á tomar otra vez los 
cielos deferentes, los excéntricos y los epiciclos que habia rechazado vic- 
toriosamente al exponer el movimiento aparente de todo el cielo, el pe- 
culiar del sol, el de la luna y aun el curso general de los orbes planeta- 
rio». 

Y fué que, al modo que no brotan del árbol otros frutos que los que 
llova encerrados virtualmonte su semilla, así nó pudieron surgir tampoco 
del pensamiento de Copémico otras mecanismos que no fuesen las ya la- 
tentes en la fecundidad de la idea que despertó su espíritu y se le im- 
puso hasta llevarlo á proyectar un esquema del universo más adecuado á 
sus eternas exigencias: que jamás son los hechos en su pura desnudez los 
que promueven agitación en el espíritu y lo empujan hacia nuevos der- 
roteros y, lo elevan, por fin, á superiores intuiciones y teorías. 

La idea de simetría: ese fué el verdadero principio instigador de los 
esfuerzos de Copémico. La impotencia del sistema tolemaico para expli- 
car satisfactoriamente los giros planetarios, si cooperó á suscitar la 
tentativa heliocéntrica, no fué como tal hecho, en su mera condición de 
dato empírico, sino sólo en cnanto parecía, dar claro testimonio de la es- 
terilidad á que estaba fatalmente condenada la concepción de Tolemeo, 
por no haber respetado aquella idea suprema, por no haber satisfecho 
esta exigencia primordial, negando á la grandiosa fábrica del mundo una 
condición que jamás p\iede faltar á los mecanismos ínfimos humanos, re- 
gularidad, proporción, simetría en suma. 

Pero las ideas, con tener en sí mismas una fecundidad Qteraa, inago- 
table, la tienen sólo temporal, limitada, para el sujeto que las piensa. 
Nunca penetra la mirada de éste en la total intimidad de aquellas; las 
vé siempre por uno ó muchos lados; va contemplándolas en sucesivos y 
parciales aspectos; jamás las abraza de una vez en la infinita riqueza de 
todas sus relaciones. 

Tal ocurre á Copémico con la idea de simetría. TTna preocupaciou, 
cuyo reino empieza á decaer al empuje de los nuevos principios traídos 
á la contemplación del espacio y sus figuras por la observación atenta de 
las formas naturales, hizo ver á los geómetras griegos en la esfera y el 
círculo los prototipos del mundo de las formas, los esquemas de toda 
perfección geométrica. La absoluta igualdad con que todos los puntos de 
una superficie esférica ó de una línea circular se refieren á la vez á sus 
centros comunes, la tomaron por manifiesta señal de la máxima perfec- 
ción de estas figuras. 

Sumidos en la vaguedad irracional del espacio abstracto (fentasina 
que proyecta todavía sombra funesta sobre la geometría contemporánea , 
cuyas tinieblas se difunden luego por todas las ciencias naturales, inva- 



LA YiDA DE LOS ASTROS. 255 

den las del espirita y amenazan la de la realidad entera); alojados del 
verdadero y único espacio, el reai^ el de la naturaleza 7 sus seres, vivo 
de toda vida, como la materia de estos que se informa en él, tomaron las 
formas inferiores, de sencillez absoluta, las que sólo expresan pura uni 
dad^ indistinta, homogénea, vaga, por formas de toda perfección: igno 
rando que no hay vida sin interior oposición de diferencias, ni puede ser 
forma adecuada para expresarlas la más indiferente, la más homogénea, 
sino aquella que ofreciendo ya distinciones, las maestre concertadas en 
BXL unidad suprema. 

Inspirado Copémico con todo su sislo, y aún los ulteriores hasta el 
nuestro inclasive, en este prejuicio déla Geometría; imbuido además, co- 
mo veremos luego, del sentido dualista de Tolomeo y A.ristóteles, que al 
oponer en absoluto la tierra á los cielos, necesitaba adscribir á los últi- 
mos el movimiento perfecto y á la tierra el inferior, necesitó pensar la 
simetría como pura relación adecuada de partes en el espacio vacio, 
al)stracto, la esfera y el circulo como las dos figuras de simetría más per- 
fecta, los movimientos de los astros circulares por tanto. 

Y asi no llegó á recoger otro fruto que el que podia nacer de su pen- 
samiento de esta idea fundamental. 

Si la cultura de su época le hubiera permitido concebir la simetría 
de otro modo más conforme á la realidad de las cosas, como relación de 
miembros orgánicos en el espacio vivo de los seres naturales, con oposi- 
ciones interiores siempre, pues jamás faltan á la vida, quizás hubiera re- 
conocido en el elipsoide y la elipse los tipos de simetría, más perfecta á 
su juicio, más sencilla, en realidad, en que pueden informarse los seres 
naturales y sus movimientos respectivos. Entonces habría podido anti- 
cipar las leyes descubiertas lue^o por esfuerzo de Kleper, y depurar su 
doctrina de todo residuo tolen«áico. Pero no le dejó romper en absoluto 
con excéntricos y epiciclos su pensamiento de la simetría. £1 movi- 
miento circular, le obligó á poner un cielo diferente y dos epiciclos, ó 
un excéntrico y un epiciclo bajo cada planeta. 

La obra entera de Copémico, se redujo en él á simplificar una parte, 
no más, de la sintaxis tolemaica. 

La cual subsistió viva con toda su trascendencia de concepción dua- 
lista, mecánica, por tanto^ del mundo, en el fondo del pensamiento de 
Copémico, al modo que subsistieron fijos en la complexión exterior de 
flu sistema astronómico los excéntricos y epiciclos de la doctrina geocén* 
trica. 

Aunque llevara ya secretamente encerrada en su seno la afirmación 
de la unidad orgánica del universo, el sistema corpenicano no llega con 
todo á revestir en su mismo promovedor otro carácter que el de una mera 
protesta contra lo más extemo y secundario de la concepción tolemaica, 
«sto es, contra la explicación concreta del mecanismo celeste, cuya 
falta de simetría le parece incompatible con las exigencias más ele- 
mentales^ no ya del orden de los cielos, sino de las menores cosas de la 
tierra. 

£1 fondo íntimo, el núcleo del Tolemismo, á saber, la concepción del 
mundo como una dualidad, cuyo mecanismo unifican las manos de un 
Supremo Hacedor, pasó del pensamiento de Toleméo al de Copémico sin 
experimentar cambio alguno de verdadera trascendencia; manteniéndose 
intactos, ilesos, sus factores capitales; sin qué sufriera menoscabo en su 



256 12/ CONFERENCIA 

total integridad la idea cosmológica latente en la doctrina geocéntrica. 

Cielos eternamente movidos — tierra inmóvil: movimientos celestes 
absolutos, puros, ágenos á toda oposición, únicds en au género, circulares 
en una palabra — movimientos en la tierra, relativos, antagónicos, en per- 
petua contrariedad, del medio á los extremos y de éstos á aq[uél, sursum et 
(¿eorsum, rectilíneos en suma: astros y cielos que tampoco toleran contra- 
riedad alguna, cerrados á toda generación de partes nuevas, supérlina en 
olios (siendo todo su fin, por un lado, servir á la tierra con su esplendor 
eterno, para lo cual bástales girar perpetuamente en tomo suyo, y por 
otro, ofrecer á los seres superiores asiento nobilísimo, morada inmutare , 
residencia adecuada á su excelsa gerarquía, digna de recibir naturalezas 
divinas, y para esto sólo necesitau subsistir impasibles y diáfanos); extra- 
ños, pues, á toda metamorfosis, á toda especie de mudanzas, ya que les 
son de todo punto innecesarias para llenar su destino, y natura nihil 
frustra f a '4¿] mansión universal de toda pureza, incorruptibles, inmorta- 
les — tierra sujeta interiormente á todo género de oposiciones; en incesan- 
te generación de materias y cuerpos; en metamorfosis continua; en cor- 
rupción y muerte que jamás se interrumpen; todo perecedero en ella, 
caduco, fugacísimo; la patria esclusiva de toda corrupción, de toda po- 
dredumbre; la hez del universo, la sentina del mundo; ennoblecida sólo 
momentáneamente con la huella del hombre que hace se subordinen toda- 
vía los cielos á la tierra mientras vive sobre ésta. 

Tal es el universo fragmentario que piensa Toleméo. 

Astros inmóviles, fijos, eu inacción perpetua; luminosos, con explen- 
dor ingénito, eterno; puros, inmutables como la luz y el reposo — astras y 
cielos movibles, en incesante agitación, arrebatados en continuo vértigo; 
oscuros por sí mismos, condenados por su propia naturaleza á tinieblas 
eternas, si aquellos no tuviera por supremo destino el disiparlas con su 
fulgor inextinguible; heterogéneos, mudables como su luz y posición en- 
tre el 8ol y las estrellas fijas. 

Tal es el mundo discontinuo que concibe Copérnico^ 

El insoluble dualismo del universo tolemaico resuena de nuevo, á su 
modo, en lo que cabe, en la suprema antítesis del mundo copernicano, ea 
©1 antagonismo irreductible con que se excluyen para siempre en el sis- 
tema heliocéntrico los planetas y los astros fijos, naturalezas, esencias, si 
una de ellas pudiera merecer estos nombres, absolutamente contrarias, 
que se ropelea totalmente, imposibles de unificar jamás, eternamente 
contradichas como el reposo y el movimiento, la luz y las tinieblas, el 
afinnar y negar, la realidad y la nada. 

La tierra de Toleméo se multiplica sólo, si vale la palabra, convir- 
tiéndose en los planetas de Corpémico; los cielos tolemaicos disminuyen, 
quedan reducidos al sol y las estrellas y subsisfun inmóviles^ 

Tan finito y mezquino es el mundo de Copérnico como la Fábrica de 
Toleméo. Si ésta tiene su centro fijo, en la tierra, aquél lo tiene en el 
sol, antorcha colocada por el astrónomo de Alejandría olitre Venus y 
Marte, y que el sabio de Polonia ve suspendida por la mano de Dios coa 
inefable acierto allí donde puede iluminar con todo su explendor la' in- 
mensidad entera de j-u Templo, en el medio, no én uno de sus lados. 

Las energías del universo tolemaico siguen apartadas en absoluto di- 
vorcio en el mundo de Copérnico. Percnije reposo en el sol y Jas estre- 
llas^ cuya fuerza se consume toda ella, sin agotarse jamás, en difundir 



LA VIDA DK LOS ASTROS. 257 

p)r lo3 ciclos planetarios luz y calor — movimiento continuo en los plaae - 
tas, cuya oscuridad tenebrosa disipan alternativamente aquellos lami- 
nares. 

La diversa finalidad á que obedecen los cielos 7 la tierra en la cons- 
trucción de Toloméo, se reproduce .otra vez en la misión opuesta» alter- 
nativamente subalterna j principal, que en el mundo heliocéntrico des- 
empeñan el sol y las estrefUs de una parte, y de otra los planetas. 

Y aún reaparece todavía dentro ya de los astros fijos y de los que va- 
gan errantes. Pues las estrellas se muestran relegadas á las últimas re- 
giones cósmicas, huérfanas de todo cortejo de plaaetas, sin representación 
especial ni valor propio, independiente, cada una, antes bien, coafondí 
das á la vez todas ellas en un destino común: cerrar loii ámbitos del 
mundo é iluminar la noche de la tierra y lo^ demás planetas. £1 sol, en 
cambio, es úuieo, y ocupa el lugar privilegiado, el centro del mundo, y . 
lo cercan y rodean en giros incesantes los planetas. 

Los cuales tampoco se sustraen á esta ley do antagonismo general. 
También ellos reflejan el dualismo del s'slema heliocéntrico en la viva 
oposición en que se lofrece.uno solo contra todos los demás. La oscañ- 
dad y el movimiento unen, sí, la tierra á los planetas; pero median toda- 
vía la luna y sobre todo el abismo entero de la vida terrestre, que man- 
tiene á nuestro globo en insoluble contrariedad oon los cielos planeta- 
rios y hace que brote aún una antitesis más amplia y de más grave 
trascendencia, una dualidad suprema en que aparecen de una parte loa 
cielos todos, y de otra los seres vivos de la tierra, confundidos con. ella 
vagamente en la doctrina tolemaica, divorciados para siempre de las 
esferas celestes en el sistema heliocéntrico. 

No es este, á ]a verdad, concepción más homogénea, unitaria, del 
mundo, que la sintaxis de cielos y tierra. Un mecanismo grandioso es 
también el universo de Cópimioo. Carece en absoluto de unidad propia, 
inmediata, primordial. Ni surge ni subsiste tampoco á los ojos ae este 
sabio de otro que Toleméo lo vé nacer y .mantenerse en perpetua du- 
ración. 

Uno y otro ne lo imi^inan elaborado gradualmente, fragmyento á 
fragmento, por un artífice supremo, exterior á su obra; ambos lo miran 
descansando parte de él, uno4 muchos de sus astros, en lasmi^os de Dios» 
qtto mueven á la vez todos los demí!» con im^puUo incesante desde, el prin- 
cipio de los tiempos. 

En definitiva^ la concepción plenamente unitaria de los astsos y del 
mundo por tanto, qne está ya virtualmente dada, prometida, en la doc- 
trina de Copémico, al poner éste la tierra en el cielo y Moer así boino- 
géneo el universo» no alcana, sin embargo, en el pensamiento del astro* 
nomo otra representación mé^ elevada que la de una fase nueva del dua-^ 
lismo tolemaico: á^la manera que el sicttema heliocéntrico, expresión ex-* 
terior de aqneJla idoa cosmoli^ica, sigue siendo todavía una AMrommia 
formal, una Mecánica celeslt^ sin otro fondo, que el de las paraa relacío- 
*nes de espacio, tiempo y movimiento; ni tampoco significa más que una 
protesta contra el vicio capital del sistema geooántricO). la falts do sime- 
tría, que Copérnico trata de satisfacer y aun llena en -realidad, pero sólo 
•en la medida qne puede consentirlo ia interpretación abstracta dada por 
él á e^ta idea de acuerdo con los geómetras y filósofos de la antigüedad 
y de su siglo. 



S68 12.* CONFERENCU. 

Sin prurito de afectación paiadógica, ¿no es licito decir acaso que^ 
Copéraico es otra vez ei Toleméo de so propift doctrinal 

Y siéndolo, ¿puede culpársele por ello, por no haber sido órgano fiel 
desas mismas ideas 1 

^iÁiposteri Vardtía seni&nzaw: nosotros vivimos muy en él todavía para. 
^ué podamos jiu^rlo con absoluta independencia. 



Asi como no puede Copémico ni vislumbrar siquiera la trascenden- 
cia inmediata de su doctrina astronómica, antes queda petrificado en un 
dualismo sidereo> verdadera repercusión de cielo y tierra dentro de la 
«oncepcion orgánica del mundo potencialmente viva en las entrañas 
del sistema heliocéntrico, asi tampoco es la misión de los sucesores in- 
mediatos de aquel sabio, y aun lo son nuestros astrónomos contemporá- 
neos, el salvar por si mismos, por la eficacia sólo de sus múltiples esfuerzos, 
la distancia grande que meclia todavia entre el mecanismo heliocéntri* 
co finito, cerrado entre una periferia de estrellas y un centro solar, hete- 
rogéneo, sostenido y empujado á la vez por fuerzas exteriores completa- 
mente extrañas — y el organismo cósmico infinito, sin núoleoni contomo, 
totalmente homogéneo, sin que nada en él repose ni sosiegue, movido sAík 
cesar en la plenitud entera de sus innumerables partes y miembros, ani- 
mado por su misma energía, por fuerzas que le son intimas, esenciales» 
inherentes t¡ñ absoluto, vivo eon vida propia, ingénita y eterna: la Na- 
toxaleía^ en suma, cuyo concepto int^ro y pleno late ya secretamente en 
el fondo mismo de la doctrina de Copémico, de la cual es en realidad 
ineludible postidado. 

No se cumple jamás en la evolución de las ideas á través de los siglos. 
transicioQ tan radical como esta, de una vez, súbitamente; ha de prece- 
derle un momento intermedio, que desligue del nudo con que están suje- 
tas al pasado las ideas que se agitan al presente para luego difundir con 
toda libertad su clara luz sobre los tiempos venideros. 

Por esto, á la manera que Copémico sólo llega á afirmar que es la tier- 
2» ttn planeta, un astro, una parte de los délos; pevp de seguida esta unidad 
que acaba de dar al universo al reducirlo todo el á puro cielo, se rompe d<e 
nuevo al dividirlo en dos fragmentos limitados, de todo punto contrario» 
y antagónicos, primoidialmente heterogéneos, las dos clases de delos> 
fijos y movibles, (quedando latente todavia en este primer antagonismo y 
los subordinados ulteriores otra dualidad más insoluble, si cabe, la de loa 
cielos y las criaturas vivas de la tierra, que son en realidad los dos fac- 
tores supremos del mundo heliocéntrico): asi la Astronomia moderna, 
obligada pot su misión en la historia á preparar no más la afirmación 
clara y terminante de la infinita unidad orgánica del mundo, se concreta 
solamente á borrar la oposición cualitativa entre los cielos de Copémico, 
resolviendo en astros homogéneos la variedad sidérea del sistema helio* 
<9éntrico, el sol y las estrellas y los planetas juntamente, declarando que 
todos ellos son de igual naturaleza, de una común esencia, añadiendo to* 
davia que esta no es otra que la de la tierra misma que habitamos; de 
auerte que los cielos se convierten en tierras á su vez, cuya muchednm 
hre indefinida sembrada en el espacio compone el* univexso. 



LA VIDA Dfi LOS ASTROS. 259 

La tierra ob parte del cielo, dijo Copémíco; el cielo es plenitud de 
tierras^ dice la Astronomía contempohlnea» y asi queda afirmada total- 
mente por ana y otra parte ia unidad de tierra y cielos contradicha en el 
sistema geocéntrico; pero dista mucho todarla de ser reconocida la uni- 
dad integra y plena del unirerao, negada á la vez y por igual en el mun- 
do mecánico de Toleméo , y de Copéroico y de Newton: ya que este 
nombre vale por toda la Astronomia contemporánea^ cuyos primeros es- 
fuerzos son el preludio no más de ia teoría neutoniana, j sus progresos 
ulteriores un mero desarrollo amplio y sistemática del principio general 
afirmado en aquella, de las ideas y pansa mientes supremos que inspiran 
al sabio de Inglaterra al formular la ley del dinamismo cósmico. 

Gatileo y Kepler llenan este cielo astronómico, que precede á Newton, 
y parece consagrado todo él á confirmar y depurar el sistema heliocén- 
trico. 

Un siglo era pasado, y U doctrina de Copemico, difundida ya mu- 
cho antes de aparecer su libro en 1543, era todavía una hipótesis aven- 
turada que recibian con interés los unos y rechazaban los otros con des- 
pego. No porque viesen aquellos en el sistema heliocéntrico un presagio 
siquiera de una concepción más racional del mundo, cuyo supremo dua- 
lismo subsistía ileso en apariencia; ni menos porque llegaran éstos á 
sospechar que al moverse la tierra se desquiciaoa el universo entero y 
caian precipitados al abismo del error los principios supremos de la Fi- 
losofía aristotélica. Ninguno de estos motivos trascendentes pudo surgir 
á la sazón. Eran mucho más secundarias las razones que movían al car- 
denal Schomberg á pedir á Copámico diese publicidad completa á su 
sistema: no faeron tampoco de mayor alcance las que llevaron luego al 
astrónomo polaco á dedicar su libro al Papa Paulo III. El silencio de la 
corte romana y su milicia de teólogos, sostenido por espacio de cien 
años, en que circula y se profesa libremente por do quiera, en Roma mis- 
ma, ia doctrina heliocéntrica, es testimonio irreousable del carácter de 
pura hipótesis astronómica, sin ulterior trascendencia, con que todos 
rdclbieron la profunda elaboración, hecha por Gopémico, de las enseñan- 
zas pitagóricas sobre el orden celeste. 

Otra fué la actitud de la Iglesia y las escuelas; otra también la de 
aqaellos pensadores á quienes no tenían esclavizados el dogmatismo teo- 
lógico ni la imposición escolástica, cuando aparecen, de un lado, Gaiileo 
y el t«)lescopio, y de otro, Kepler, y se afirma y completa el sUtema he- 
liocéntrico; cuando pasa la Astronomia, de formal á material, de mecá- 
nica á dinámica, del examen abstracto de puros movimientos desligados 
de toda relación con los demás fenómenos terrestres, en inmediato enla- 
ce con la voluntad y él poder del artífice supremo, al estudio real de mo- 
vimientos inherentes á su propio sustrato, producidos en masas de ma- 
teria, engendrados en íntima conexión con Ir gravedad y la l*iz y el calor 
y el magnetismo y todas las manifestaciones de energía que ofrece la 
tierra y se dejan ver ahora universalmente difon lidss por los cielos. 

Entonces, al doscabritse las fases del planeta Ténus, y decir Gaiileo 
bellamente: Gffnthias fitfuras ctmulaiur maUr amorum, y dolerse de que 
Copémico no hubiera llegado á contemplarlas y ofrecer en apoyo de la 
veraad de su sistema esta prueba, cuya necesidad sentía vivamente, y cuya 
* &lta no acertaba á explicar á sus contradictores, que en vano la reclama- 
ban con imperio, hasta que vino á darla el telescopio, obligando con ellaá 



260 12.' COfíFERpNCIA. 

todos los astrÓQomoa á reconocer qae gira en derredor del boI este ][>lane- 
ta 7 la tierra tras él (de otro modo no pudiera Yénua aparecer total ó par* 
cialmante eclipsado), y disponiéndolos asi á recibir como verdad, casi tan 
clara y manifiesta, el monmiento heliocéntrico de los planetas ulteriores; 
al revelarse girando^ como la luna en derredor de la tierra, cuatro lunas en 
tomo de Júpiter, l^s estrellas de Médkis, cayendo de seguida la tierra del 
rango excepcional, privilegiado, que le daba su posesion.exclusiva de saté- 
lite, quedando ya plenamente igualada^ excedida en realidad^ su condición 
por la de aquel planeta, cuyo séquito, al ofrecer en pequeño viva imagen 
de todo el cortejo planetario atribuido por hipótesis al sol, obligaba casia 
admitirlo por ley de analogía, al distinguirse luego á los lados de Saturno 
unas asas, que decia el astrónomo de Florencia (los extremos del anillo 
elíptico que envuelve aquél planeta), nuevo ejemplo de formaciones su- 
bordinadas y accesorias, como la luna á la tierra y las estrellas de Medi- 
éis á Jiipiter, y quizás, que ya lo seapechaba con razón Galileo, otros sa-- 
télites á los demás planetas; al quedar asi plenamente confíimado por 
todas estas observaciones memorables cuanto había de real y verdadero 
ea el mecanismo concreto del sistema heliocéntrico^ en la confección ex- 
terior, pase el vocablo, de la doctrina de Copérnico, en su teoria formal 
de los movimientos celestes; al depurarse ésta luego de los rogíduos ex- 
ternos que conservaba aun de la sintaxis tolemaica, los deferentes, excén 
trieos y epiciclos, que desaparecen, y para siempre todos ellos, cuando 
descubre el genio de Kepler, que son, no círculos (las figuras de simetría 
abstracta indiferente) sino eclipses (las esquemas de simetría viva, real, 
más sencilla, menos diferenciada) las. lineas, las órbitas que recorren los 
planetas en derredor del sol, puesto en uno de sus focos^ explicándose ya 
satisfactoriamente i^quellas desigualdades que obligaron á Copérnico á 
negar en los movimientos planetarios las mismas ideas de uniformidad y 
simetría en que se inspira la totalidad de su sist^ema ; últimamente, y, 
sobre todo, cuando Galiléo, que todavía simplifica el mecanismo exterior 
de la doctrina heliocéntrica, declarando supérfluo, innecesario, el movi- 
miento declinatorio de la tierra, desentraña, educe, una tras otra las in- 
mediatas (Consecuencias esenciales latentes en el sistema de Copérnieo, 
las que forman su verdadero núcleo, y las ofrece con irrecusables pruebas 
á los astrónomos y filósofos de su siglo, y destruye para siempre y de raíz 
el dualismo tolemaico, y limpia casi totalmente la doctrina de Copérnico 
de la herrumbre dualista que venia adherida alpenefimiento de este sabio, 
harto inspirado aun en Toleméo y Aristóteles; cuando descubre que hay 
aspereza^ en la superficie de la luna, montañas, cráteres, circos y man- 
chas en el sol, que se forman de repente, oscurecen á trechos el disco so- 
lar por algún tiempo y se deshacen luego, y que se mueve el sol solHre 
si mismo con movimiento de rotación como la tierra y los planetas, y 
que aparecen de súbito estrellas en los cielos y subsisten allí muchos año8, 
y Juego se disipan; cuando revela de esta suerte imperfecciones verdade- 
ras; irregularidades también en la estructura d^ los astros, cuya perfecta 
redondez y límpida tersura oponian las escuelas á 1 's múltiples acci- 
dentes discontinuos de la superficie terrestre, y señala además generacio- 
nes, metamorfosis, corrupción, en aquellos cielos que eran dechado 
d^. pureza eterna, y ahora se juntan con la tierra, la sentina del mundo, 
y remueve al sol de la impasible quietud que le daba. Qopérnico, y lo 
despoja. del esplendor inmaculado q^e le atribuye este sábi,o oponiendo 



LA. ViDA J>&. Wa ASTROS. 361 • 

tales excelencias ¿ la perpetua agitación y tenebrosa caovridad na^va 
de la tierra y los planetas, y aan se atreve á sospechar que qaiiá de mne* 
van como el sol las estrellaa fijas, fandiétidose entbnces en una común 
naturaleza )as de todos los astros divorciados en el sistema heliocéntrico^ 
cuando llevado, como Kleper, por exigeneia» ideales de su genio profun- 
do, piensa también en la fuerza á que deben los astros, loscieloi, el mun- 
do, su movimiento general y presente ya con aquel sabio, 4^0 laa enérglKs 
universales cósmicas no han de ser esencialmente diversas de las que 
ofrece la tierra, la gravedad, el magnetismo acas^, y de este modo llagan 
á vislumbrar ambos astrónomos la unidad dinámica del mando^ ya qoeren 
clara,mente uniñcados, homogéneos, saa diversos miembros, los astros, las 
masas sidéreas; entonces, en este momento verdaderamente critico en que 
ol fondo mismo de la doctrina de Copérnico, sus postulados esenciales 
más inmediatos, se abren paso á través de la envoltura en que loe cierra 
la complexión exterior del mecanismo heliocéntrico, confirmado y limpio 
ya de casi todas sas adherencias ilegítimas, dualistas, y salen á la luz del 
día, y se alzan erguidos frente á las ideas y creencias de la época, y 
amenazan * subvertir á la vez el mundo del pensamiento filosófico y la 
esfera suprema de las aspiraciones y sentimientos religioaoe, al desquiciar 
los cielos y la tierra y fundirlos con ella en una masa universal de mate* 
ria movidÁ y agitada por su misma energía, en eterna generación y 
corrupción y metamorfosis que jamás se interrumpen en toda la prodi«i 
glosa muchedumbre de sus partes, en la pluralidad indefinida do sus ele- 
mentas homogéneos; entonces es, cuando estalla formidable la lucha entre 
el sistema heliocéntrico y la cultura de la época, de la cual se hace la 
Iglesia, por 1a fuerza misma del dogma^ órgano pr^[>etente y exclusivo, 
supremo, y atormenta á Galileo, y que^fia á Giordano Bruno, y fulmina 
sus iras, que no merecen otro nombre sus enoonadoa anatemas, y si con* 
sigue someter por breve plazo á los hombres, no ateamsa jamás á detener 
las ideas, que subsisten ilesas, amparadaa por su propia virtod, por el so- 
plo verdaderamente divino que las alienta de^ioda eternidad. 

Con esta crí<ús, entre la antigua y la nueva idea, entre Copérnico y 
Toleméo y Aristóteles, bellamente contada en ImDiálogaa de Galileo, en- 
tre el sistema heliocéntrico y el dogma católico, escvita ert vivos carac- 
teres en el tormento de este sabio y la muerte de Giordano Bruno, acaba 
el c'clo primero, preparatorio, de la moderna Astronomía. 

La cual , probada por los hechos el sistema heliocéntrico, corregi- 
do su mecanismo exterior y su fondo depurado ya de sus primeros an- 
tagonismos, los que primero revela, consagra luego sus esfuerzos, como 
parece exigirlo la evolución de las ideas, á dar cima á la empresa in- 
tentada y^ por GalUeo y Kepler, aeomietiéa y áu»;:ve9ne]ta quizá por Des- 
cartes y Leibnitz, si bien en una forma tan-gM^eral y vaga, que apenas 
si sabemos hoy interpretarla en toda su veidedera traseezidencÍB, y rea 
lizada, finalmente^ por Newton de un modo oUm; tersiinaate, concreto, 
pero ahstjuiicto y |)arcial aiViso . . . • 

Afirmar la unidad dinámica del mundo, ¿al eñ el, destina del ciclo as- 
tronómico que llenan la aparición y desarrollo de la teoría neutonianav> 

Pues la unidivcl mecáAi<^a estaba ya ree<»io«t<ÍA casi to^akoAnte. en el 
ciclo anterior. Ejl univetao de Galileo y Kepler «s» en.efecto, un gran* 
dioso conjunto de muUitud de astros, de cuterpai iiemogéneos, de estruc^ 
tara parecida^ de constitución «emejan te, formados todos ellos de mate^ 



262 13.* GONFEREMCIA. 

TÍ» Bujet» ¿ 0(mtff»ri«dftd, á ge&eiUcioii, metamorfotis y oorrapcion de sus 
4iversofl compaestoB. 

Pero el movimiento geneiml de estos astros, llevados en giros ince- 
santes todos ellos (que ya Galileo sospechaba en las estrellas la agitación 
del sol) iqaé íhensa podía prodncirlof Sostraida la tierra del apoyo que le 
dallan las manoA del Supremo Hacedor, y privados los cielos del impulso 
qi0 recibian del primor móvil, [de donde brotaban las energías propulso- 
ras de los astroBi 

No podo surgir este problema en el pensamiento de Copémico lleno 
todavía con el dualismo tolemaico. A G«lileo y Kepter tocaba proponér- 
selo, y se lo propusieron de hecho y en la forma que debia revestir natu- 
ralmente en el espíritu de unos astrónomos que acababan de unificar los 
antagonismos de Toleméo y de Copémico, á saber, cómo una nueva an- 
títesis, cómo otra dualidad suprema, no yii de las masas sino de las fuer- 
zas del n^undo, unas. especiales, privativas de la tierra, que actúan en 
sus diversos puntos, gravedad, calor, lus, magnetismo, otra universal y 
común que mueve de una vez el cuerpo de nuestro planeta y los de todos 
los astros. 

Uno j otro propendían á resolver esta oposición radical del universo, 
este dualismo dinámico, (que parecía reproducir bajo otra forma el de la 
tierra y los cielos), acudiendo á las fuerzas mismas que se desplegaban «n 
la snp^cie terrestre^ para explicar el movimiento general de la tierra y 
todos loB astros. Ambos se inclinaban á unificar las energías cósmicas, 
suponiendo difundidas por todo el cuerpo de la tierra y los demás cuer- 
pos sidéreos los dinamismos que agitan la periferia de nuestro globo. 
Pero los dos vacilaron demasiado en esta tentativa, para q^ue que llega- 
sen á tener una intuición clara y distinta. No hav consistencia en el 
pensamiento de Galileo, el cual unas veces casi declara que no sabe ex- 
plicarse la naturaleza de la fuerza que mueve los astros, y se defiende de 
sus contradictores replicando que en todo caso esta fuerza es la misma 
que movia los planetas y el sol en el mundo geocéntrico, y en otras oca- 
siones, inspirándose en Kepler y ambos en las ideas y observaciones de 
Gilbert sobre el magnetismo terrestre, vé en esta fuerza la general que 
4igita los cuerpos sidéreos. 

n 

§ 4.^ 

Momentos hay «n que parece casi declarar que es la gravedad miibma 
la que mueve á la tierra; pues afirma que si se le dice, no el nombre, sino 
la verdadera naturaleza esencial de la fuerza, que hace caer los cuerpos 
sobre la superficie terrestre, él sabrá decir á su vez cuál es la que lleva al 
cuerpo entero de la tierra en derredor del sol: lo mi obligo a sapergli diré 
¿kifa muoverla ierra, 8*ei mi m insegÍMre chi muova Uparii della ierra 
in giú. 

Igual iiidiecÍ8Íon muestra^ Kepler « La virtud ó fuerza con que el sol 
imprime su movimiento á los planetas, tan pronto es comparada por él á 
la luz como al magnetismo, con el cual la encuentra semejante, en que 
obra á distancia y ejerce un influjo tanto más débil cuanto mayor es ésta» 



K DE L<JB A8TE03. 263 

lanen, qne tergla chnmento el poder jr 
gaUroQ en todos mi deacabnniientos, en 
□dentes «obre 1» AmuMilA del mando, en 
tido algoritmioo y geométrico que recuer- 
ves'idaa en otrfti de un mútícismo extn- 
siempie de intuicionea geoialM, eiitimi- 
usticÍA. La loen» motriz del bol ea, dice, 
lU con él y «trutra en an remolino (m»r- 
ropar» ta el verdulero sentido qae debía 
m inmuterial de 1& fuerza propulton, ha 
ros fantasmal, alno mu bien altas exígen- 
oste aábio á una concepción, qne propone 
con toda independencia de Kepler, para 
s astros y del mecaniímo entero dol mun- 
como agitación del éterqae propaga el mo- 
le las particulaa terreetrea, sirve todavía i 
luego del sintema cartesiano pero sólo por 
>rdÍnados y accesorios, para dar ratón del 
tiredor del sol, y deducir así todos los fe- 
cipio dinámico, general y único; y si cae 
I imponer Newton la gravitación univeraal 
rio otra vez en nuestros días, ofreciéndola 
«, elP. Sechi, para explicar con ella la 
que la reemplazó nace siglos, y cuyos vados 
ntirse demasiado vivamente para que no se 
la dencia de abstracciones profundas, que 
rn cosa se pienso, la explicación neirtonia- 
«tros al unir ¿ toda la materia. 
,rcial, abstracta, incapaz de satisfacer con 
s dos factores supremos, la materia y ol va- 
d y continuidad onlversalea que de consuno 
ato de la Naturaleza las ideas y los hechos, 
mtativa más grandiosa y fecunda realizada 
nidad dinámica del mundo, que niegan á la 
/. Tolomeo y Copárnico, preaientea á la par Gali'eo y Kepler, y junta- 
.rint« exigen Descarten y Leibnitz como imperioso postulado de sus doc- 
■inas filosóficaa. Y auoque precedan á Newton estos sábioi con Bacon y 
'Assendi en sus aspiracionea generales á unificar las fueraaa de la 
lierra y las energías del universo; y todavía en el descubrimiento 
de la ley á que obedece la atracción del sol aegun la distancia á que se 
encuentran loa planotaa, aean legítimos anteceeores del físico inglés Huy- 
gen», Wren, Borelli, Hooke y Halley, todos los cuales ya supieran dedu- 
cir antea que Newton este resultado implícito en la tercera ley de Kepler; 
y siquiera en extender la gravedad terrestre hasta la luna y añrmar qne 
nuestro satélite se mnpve en derredor de la tierra por obligarla á des- 
viarse de su natural movimiento rectilíneo la atracción con que ésta la 
retiene on su órbita, as anticipe el kopleriano Horrox á Newton; y por 
más que se adelanten también Hooke y Borelli en suponer una atracción 
recíproca entre la tierra y los demás planetas, y entre el sol y los satéli- 
tes, y en general entre todos loa astros; y por fin, y sobre todo, aunque 
sospeche Bacon, antes que Newton lo afirme, que es la gravedad tenden- 



264 12.' CONFERENC'A 

ciSK univerinl' ingéAita éñ to'd^ la materia que brota de todas sus par- 
teS; grandes, 7 pequeñas y de ningún modo pura jitraccion ejercida en la 
tierra desde su stt|i^rfície hacia su centro, como se .pensaba hasta entonces; 
con todo^á pesar de esta dilatada serie de presentimientos^ aíixmacio- 
nes y tentativas generales, sospechas, ensayos y descubrimientos aislados, 
fragmentarios, inconexos, forzoso es confesar que, en realidad ^ i^io se re- 
conoce ni menos se demuestra clara y distintamente la unidad de las 
fuerzas esparcidas por la tierra y los cielos, hasta que Newton con un 
«npiremo esfn^reo induetivo sintetiza en una sola afirmación todos aque- 
llos dispersos elementos y los funde á la vez en un solo principio general; 
de cuya fecundidad interna parecen surgir entonces como miembros en- 
lazados de un verdadero y orgánico sistema. 

No filé*, seguramente, empresa tan grande el fruto casual de un acci- 
dente. No UevxS á Newton á pensar y descubrir la ati*acclon universal de 
la materia una observación fortuita, la casualidad, el ver caer en un jar ^ 
din una manzana de un árbol: anécdota candorosa, tan vulgar ya como 
falsa, en que todavía se complacen y retratan gráficamente la génesis de 
la teoría neutoniana la muchedumbre de espíritus superficiales, que lle- 
nan el mundo cillto, propensos siempre á ver en pequeneces haladles el 
origen do todas las concepciones más trascendontal»ís y grandes, porque 
no llegan á sorprender y discernir en el procoso lento con que estas se 
elaboran paso á paso, el fondo secreto de ideas y pensamientos anteriores 
que vienen ya preparándolas, y acaban por hacerlas brotar sin esplosio- 
nes súbitas, como naturales desarrollos, como brotan las ramas de sus 
yemas, en la monte de los sabios y filósofos que les dan luego su nombre, 
porque supieron abrazarlas en su total integridad, y ofrecerlas completas 
y acabadas á la cultura de su época. 

La de Newton estaba plenamente consagrada á la resolución de este 
grave problema, unificar las energías sidéreas con las fuerzas terrestres. 
Este era el ideal que perseguían á la vez astrónomos y físicos, naturalis- 
tas y filósofos, atentos á dar satisfacción todos ellos á la exigencia supre- 
ma del pensamiento de su siglo. En ella se inspira totalmente, más de 
lleno que ninguno de sus contemporáneos y predecesores, el sabio de In- 
glaterra, que recogiendo con atinada discreción los materiales acumula- 
dos por aquellos, sabe utilizar como datas empíricos para su grandiosa 
inducción las leyes y teorías, las inducciones parciales de Kepler y de 
HorroXjlá la manera como estos se sirvieron para elaborarlas, de los resul- 
tados teóricos de la doctrina geocéntrica, los cuales surgieron á su vez 
como inducciones sobre otros hechos todavía más circunscritos: pues tal 
es el progreso en las ciencias inductivas, ascender por etapas graduales 
de una primera inducción fundada en los hechos más concretos á otra 
más general cuya base empírica, los hechos de que arranca, son ahora las 
leyes formuladas por aquella, y á su vez presta luego su apoyo, ofrece las 
nuevas leyas superiores descubiertas con ella, para que sirvan como datos 
y den punto de partida á otra inducción ulterior en cuyos frutos se con- 
densen ios de todas las anteriores. 

Preparado de esta suerte y pensando sin cesar en el problema del di- 
nami«imo sidéreo, poseído en cuerpo y alma (figura que tratándose de 
Newton deja de serlo, y es la expresión más exacta del estado constante 
de su ánimo y de la ocupación continua de su vida) de esta idei. qne agi- 
taba el espíritu entero dé su época, reconoce ante todo que hay en el sol 



LA VIDA I}£ LOS ASTROS. 265 

QBA fuerza^ un influjo^ una atracción, qne se ejeroe sobre todos loe pla- 
netas y sobre cada uno en los dirersos pantos de su órbita^ siempre en 
razón inversa de los cuadrados de sus distaneú^s respectivas al centro 
solar. 

Luego^ retirado á Cambridge huyendo de una epidemia, y hallándose 
cierto dia en un jardín y pensando en el poder de la gravedad terrestre 
(lo único que hay de verdad en la célebre anécdota), ocurrióle sospe- 
char que eeta fuerza, ya qae no disminuye sensiblemente con la distan- 
cia al centro de la tierra, antes parece ejercerse de igual modo en las 
mayores profundidades que en la? montañas más altas, debia por igual 
motivo extenderse quizá mucho más allá del límite generalmente asig- 
nado, y aún llegar á la luna, influyendo entonces sobre nuestro satélite, 
reteniéndolo acaso en su órbita, de igual modo que el sol atrae á los 
planetas, siendo quizá homogénea la atracción solar y la gravedad ter- 
restre ejercida en la luna, debiendo obrar en tal caso de igual modo esta 
fuerza que aquella, á saber, en razón inversa de los caadrados de las dis- 
tancias desde la luna á la tierra. 

Trata después de confirmar esta sospecha con los resultados del 
cálculo: indaga para ello si suponiendo que disminuya con la distancia 
la gravedad terrestre de igual manera que la atracción solar, la intensi- 
dad con que aquella llega á la luna, bastará para retenerla sujeta á su 
órbita, y equivocado sobre la verdadera magnitud de la tierra, halla una 
leve diferencia, y lejos de desecharla en el acto ó tratar de explicarla por 
cualquiera pretexto, como hubiera podido hacerlo un pensador menos exi- 
gente y riguroso que Newton, acepta resignado la imposición fatal de los 
números y renuncia por entonces á su hipótesis, hasta que la discusión 
que sostiene con Hooke á propósito de la curva descrita por los graves al 
caer sobre la tierra, vuelve á mostrarle realizada en la tierra la ley de la 
razón inversa de los cuadrados de las distancias, y le sugiere de nuevo la 
idea de buscar una explicación satisfactoria á la ligera discrepancia en- 
contrada al extenderla gravidad terrestre hasta la luna, y dá con ella por 
fin, al imponerse, merced á los trabajos de Picard, del error que habia 
cometido al estimar sobre los datos antes conocidos el tamaño de nues- 
tro planeta. 

Probado ya »que la luna gravita hacia la tierra, y por la fuerza de 
gravedad es desviada perpetuamente del movimiento rectilíneo y rete- 
nida en su órbita», falLiba reconocer aun la atracción mutua de 
los planetas entre sí, la del sol sobre los satélites planetarios, en general, 
la que ejercen entre sí todos los cuerpos del sistema solar; Newton 
da solución satisfactoria á este problema complicado de los tres cuerpos, 
mostrando qué influjo de esta fuerza produce sobre todos los cuerpos ce- 
lestes^ llevándolos unos hacia of ros, y reteniéndolos á la vez en sus ór- 
bitas en virtud de la mutua reciprocidad conque obran todos entre s\ con 
que atrae cada uno á los demás y es atraído á la vez por todos ellos. 

Finalmente, era preciso todavía llevar el imperio de esta fuerza gene- 
ral gravitativa á las entrañas mismas de la materia de la tierra y los 
cielos, haciendo ver que una misma energía suspende y mueve los astros, 
hace caer sobre la tierra los cuerpos separados de su superficie, enlaza 
unos con otros los que encierra en sa seno, solicita y une por do quiera 
las más exiguas porciones de materia, y siempre bajo una misma ley in- 



266 12/ CONFERENCIA 

inutftble, igufkl para mandos y molóealM, en razón directa de las masaa 
é inversa de los cuadrados de sus distancias. 

Tal es la serie de momentos capitales que recorre el pensamiento de 
Newton para llegar á ésta suprema afirmación de la unidad dinámica 
del mundo y mostrarla sujeta ya á ley eterna de proporción y medida. 

Bien se puede decir con el ilustre historiador de las ciencias inducti« 
vas que es la inducción neutoniana el descubrimiento cieutifico mí'a 
grande que jamás se biso, tan grande en realidad como el mundo cuya 
tuerza unifica; pero también ha de confesarse, no sólo con W^®^®^^> ^^® 
es concebible todavía un progreso ulterior que amplíe y explique á la víz 
la teoría neutoniana, que haga de la gravitación universal un caso» la 
más, do otra ley más general y comprensiva, sino también, que es ya de 
todo punto necesario que este nuevo progreso se prepare y facilite; y á Ja 
manera que ya fué preciso llenar con el éter vibrante de Descartes y 
Leibnitz los vacíos neu teníanos inter planetarios y moleculares, esfuerza 
que se cieguen ahora los que median todavía éntrelos átomcs etéreos, 
quede afirmada en absoluto la universal continuidad de toda la materia, 
y abandonado para siempre este supremo fantasma del vacío, que des- 
hace y pulveriza entre una indefinida variedad primordial de elementos 
materiales se|»arados é inertes, si una fuerza exterior no loa empuja, la 
unidad misma de la energía del universo, reconocida y afirmada, sin 
duda, pero de un modo sólo parcial, abstracto, fragmentario en el mun- 
do de Newton, que es todavía un dinamismo mecánico, y sigue hiendo- 
lo aún para toda nuestra ciencia contemporánea, salvas excepcionales 
protestas expresas y categóricas, y salva, sobre todo, la protesta univer- 
sal que tácitamente afirman cada dia contra sus propias declaraciones 
los hechos y las consecuencias implícitas en los principios miamos que 
sanciona como verdades inconcusas. 

Pero aquellas voces aisladas se estrellan hoy contra el ru- 
mor prepotente del grito general de los astrónomos contemporáneos, y 
esta voz secreta^ que habla en el fondo mismo de las declaraciones actua- 
les de la ciencia uranológica se pierde en el vacío de las abstraciones 
dominantes, y sólo llegan á sentirla los espíritus reflexivos y libres de 
perjuicios abstractos, exentos de imposiciones no menos idolátricas abora 
•que en el siglo de Newton, cuyo mundo mecánico, ampliado sólo y desen- 
vuelto en toda la riqueza de sus momentos interiores, es t )davía el mismo 
que describe y explica la Astronomía moderna. 

Ha podido ver esta crecer pasmosamente las dimensiones del universo 
neutoniano, hasta casi tocar el infinito; multiplicarse los astros en núme- 
ro tan prodigioso, que excede ya, no cabe, dentro de nuestra fantasía su 
muchedumbre inmensa; trocarse en soles las estrellas y caer nuestro sol 
con todo su cortojo de planetas y luns sy formaciones cometarias, (cuyo 
número aumentan cada diadescubrimientos incesantes), del rango premi- 
nente que le daba Copémico, perdiéndose ahora como punto invisible casi 
entre la innumerable profusión de los sistemas estelares; agitarse los so- 
les, las estrellas, no ya sobresí, en pura rotación en derredordesu eje, sino 
al modo también de los planetas demás cuerpos secundarios, solicitados 
como estos por otros centros superiores que los obligan á trasladarse en el 
espacio y recorrer órbitas análogas alas que trazan aquellos, espirales acaso 
como lo son en realidad las descritas por estos; desaparecer así comple- 
tamente toda huella de oposición entre los cuerpos celestes en lo tocante 



LA VIDA DE LOS ASTROS. 267 

á SUS diversos movimientoB, pues todos se muestran llevados por ^ual en 
vgiroa incesantes^ absolutamente homogéneos. 

Ha podido también la Astronomía reciente extender esta nnidad, re - 
velada por los astros^ en sos movimientos y fuerza gravitativa que los 
causH^ á todas las ulteriores manifestaciones de la energía cósmica^ que 
-Newton vé desplegarse sólo en algunos de ellos, y deja á la vez com- 
pletamente divorciadas de la atracción universal, al suponerlas fluidos 
sutilísimos, imponderables é incoercibles» que se escapan de la matc^ 
de loa cuerpos cuyos poros ocupan, y van á pro}ectarae sobre otros: flui- 
dos, que juntamente con la gravedad neutoniana aspira ya la f^ica 
-moderna á reducir á puros movimientos de una sola materia elemental, 
el éter, universalmente difundida por el mundo y condensada á trechos 
para formar las materias especiales, las concreciones moleculares, Iob 
cuerpos ordinarios, que subsisten sumergidos en ella, recibiendo así cada 
uno por este mediador universal el influjo dinámico de todos los demás, 
y á la vez trasmitiéndoles el suyo propio; irradiando, pues, estos impul- 
sos de unos á otros, sin q[ue á ninguno de ellos falte jamás una sola de 
las diversas energías debidas á la agitación etérea, luz, gravedad, calor, 
electricidad y magnetismo, fuerzas presentes todas ellas á la vez en todos 
y cada uno de los astros. 

Ha podido aún la Astronomía contemporánea, reconocido ya el hpmo- f 

géneo ainamismo de los astros, confirmar plenamente su unidad material 
(declarada ya por Galileo), al traer la luz, que de ellos brota y analiza el 
espectróseopo, testimonios directos, pruebas más numerosas cada vez de 
la composición análoga que ofrecen todos, pues que repiten, á sa 
modo cada uno, la variedad misma de sustancias que presenta la tierra, ^ 

sin que parezca que encierran nuevos elementos extraños á la químiev 
terrestre, ni combinaciones que no tengan en esta su primer ejemplo. 

Ha podido todavía nuestra ciencia actual descubrir y revelar clara- f 

mente en los cielos la gén^'sis, metamorfosis y aun corrupción, llevadas de 
la tierra á los astros por el sabio florentino, reconocidasjhoy en la apari- 
ción de nuevas estrellas, en el cambio de su luz, en la extinción total de 
su brillo, en la mudanza de formas de los diversos cuerpos celestes, en sus t 

oposiciones internas, en los varios estados de cohesión de su materia res- [ 

pectiva, en los inmeusos esferoides gaseosos que presentan algunos, en - 

las grandes atmósferas que envuelven el cuerpo solidescente de otros, 
en las más proporcionadas que conservan aún los que ya tienen parti- 
da su superficie en continentes y mares, en la reducidísima que 
apenas se distingue en el más petrificado, nueitra luna, en los fenó- 
menos meteóricos y eruptivos que en diverso límite parecen realizar- 
se constantemente en los mejor observados, sujetos, así como la tier- 
ra, á una reacción continua de materias y fuerzas entre su núcleo y peri- 
feria. 

Mas aún, y en fuerza de exigencias ideales que jamás dejan reposar 
el espíritu hasta que llega á conocer el primer momento de todo ser, de 
todo objeto en que piense , y á la vista de aquellas manchas blanquecinas 
y luminosas esparcidas por el cielo, verdaderas aglomeraciones de materia, 
levemente diferenciada todavía, aun mucho más enrarecida que la de 
nuestros gases más sutiles, observadas ya por Galiléo y luego descubier- 
tas en mil regiones celestes, ha podido la Astronomía de los dos últimos 
siglos sospechar con Kant, Laplace y Herschell, que estas irresolubles ne- 



268 12/ CONFÜRENCU. 

Imioaas (1) bou, en '^ealidltd, oomo lo fué á stt tiempo H ioaa eósmfca 
de que brotó nuestro sistema sol^r y quizá con él la plenitud dolos ^M^ 
mas estelares de toda la Via-láctéa, formacionea ci^éveas inicial<i3, agita- 
das por incesantes movimientos, en continuo cambio de fbrmas, diepües- 
tas á condensarse más j más á medida que pierdan su calor irnidiándoto 
al espacio, capaces de segmentarse y originar multitud de nebulosas se- 
cundarias, ya desapareciendo el núcleo de la mÍBL]Jáv%, como stmone 
HerschelU reemplazándolo otros núcleos secunoaiios^ en derredor de los 
cuales se aglomera y concreta en esferoides la materia de aquella ptfia 
formar nuevos cuerpos sidéreos, ya separándose de la periferia de ésta, 
como piensa Laplace, en virtud del aumento de su fuefnsa centrífuga (de- 
bido á la mayor velocidad que imprime al movimiento rotatorio la 
contracción gradual que al enfriarse eieperimenta la masa nebulosa) por- 
ciones anulares, que se desprenden de su zona ecuatorial cuando la atrac- 
ción no puede ya retener esta sujeta á su centro primitivo, abandonándo- 
lo entonces para continuar girando luego como anillos» el de ^atur nQ» 
por ejemplo, y romperse después, acumulándose toda su materia en un 
nuevo esferoide neDuloso, capaz á su vez de engendrar otros merced á su 
segmentación ecuatorial. 

Por fin, y explicada así la formación de los astros, ha podido la As- 
tronomía de hoy, para cerrar enteramente su ciclo y satis&cer de lleno á 
su destino en la historia, bosquejar paso á paso las diversas etapas de la 
evolución sidérea desde el estado nebuloso hasta la ñise lunar á través de 
los momentos estelar y planetario, señalando el predominio que tiene en 
los primeros la energüí propia del astro y la heguemonía que alcanza en 
los últimos el dinamismo con que influyen en él los inmediatos de ge- 
Tarquía superior. 

En resojucion, y condensando en una breve frase toda esta serie 
dilatada de progresos realizados desde el tiempo de Newton, ha podido 
la Astronomía moderna unificar en el éter y su incesante movimiento la 
plenitud entera de materias y fuerzas esparcidas por las tierras del cielo, 
y divorciadas en parte todavía en la concepción neutoniana. 

Pero, con todo ello, no ha logrado en realidad nuestra cienda nra- 
nológica concebir un mundo que en lo esencial no quepa en el univer- 
so mecánico de Newton. 

Este se compone, en último término, de materia deshecha en átomos 
diversos, vacíos que los separan y fueizas heterogéneas que los atraen y 
repelen; aquél está formado, en resolución, por átomos etéreos homegé- 
neos, vacíos interpuestos y una sola fuerza primordial impulsora délos 
movimientos atómicos. 

Los factores integrantes de uno y otro universo son absolutamente 
los mismos. Un espacio vacío^ una abstracción inconcebible, la negación 
de toda realidad, tal es la base en que descansan ambos mundos; polvo 
atómico sembrado á trechos en este inmenso recipiente, y movido por 



(1) Abí lUmadas para distinguidas de las grandes masas de estreUas (de sistemas 
solares ó estelares), análogas á la Vía* láctea de que forma parte nacstro sol con todoe 
los astros que le están inbordinados, y qne alejadas á prodigiosa distaneia de noa* 
otros parecen también manchas luminosas, que el telescopio y elprísma «abea resol- 
ver, sin embargo^ y separar de las nebulosas verdaderas. 



LA VIDA DE LOS ASTBOS. 2G^ 

inqmibo, que^n vano se deolarA «aencial á los átomos ^mismos, pues a|>a- 
leoe-fliemiMneompletaiiiente exterior ¿su saatancia^ tal es el fo^nao cpmun 
donde l>rát|in después por nlteóores odiaioaes de ke átomos fae^rzas y 
materíAs. divenas, del que hmgo sargeii los oaecpos «idéFeos por pur^b 
aglomecaeíoii e^ derredor de pantos especiiiies, de núcleos atractiva, del^ 
polvo aiófirieo inmediato, ámpUameate dLEándido hasta entonces por i^iv- 
y4xresenpaaio8. 

Realidad y nada, que esto dicen matecia y espaeio; vaguedad general, 
indefinida, caótica^ y formaciones individuales, determinadas y concre- 
tas, que tal representan, en el immdo, eléterdifuAo por el espacv> univer- 
sal y las tierras celestes suffgidas/de su condeij^sacioa en deite^or de nú- 
cleos aislados y disperios, y eijL ios astros miamos, el éter qiie los peipe- 
tra totfilmenteiy los átomos químicos, concreciones soyas que sabsÍB- 
ten separadas y envueltaB por atmósferas etéreas: tales son las supre*- 
mas^antitesis látentes>aún en el concepto que de los s^tüps y del n^undo 
o&ece á la cultura de li^. época la Astronomía contemporánea, im^pifada 
en Newton y en su grandiosa absiraocbn del proceso mepá^íco^ <^ntFÍ- 
peto, si vale ahora €»ta palabrn, con que piensa asociada en el yac^ Ja 
materia, al impulso déla voluntad divina, para engendrar la plenitud de 
los astros. 

Y subsistirán estos dualismos inaolubles ; y faltará al universo^ que 
nos explica la ciencia, la primordial unidad integra y plena que de to4a 
atetnioad le asiste, la qne sirve de fondo geneiml, de primer fimdamentQ^ 
de principio aupremo á la vaxiedad subordinada y necesaria de sus ^r- 
tes, á la oistineion orgánica de sus miembros interiores (ya aue es viva^ 
por necesidaid, y constituye un verdadero organismo toda unidad re<al que 
merezca este nombre); y tendrá sólo una unidad abstracta, convencioi^al, 
ficticia, la 'Unidad de una suma, el mundo de la Astronomía moderna; y 
no salvará jamás la condición de puro mecanismo á que lo rebajó Tole- 
meo al dividirlo en cielos y tierra, y aniquilar así el alma, la confasa 
unidad, del mundo homérico, mientras sigan los aatros pareciendo á 
nuestros astrónomos contemporáneos masas etéreas conden^adas, agio* 
meraciones atómicas, compuestos irracionales de elementos primormal- 
mente separados, precipitados cósmicos en la química del universo . 

Y en tanto que no lleguen aquellos á declarar expresiimente que los 
astros no son, en modo alguno, puras concreciones de materia antes 
difosa por el espacio vacío, ni se reducen, por tanto, á simples mecanis- 
mos formados parte á parte, yuxtaponiéndose los átomos, antes, por el 
contrario, brotan siempre con unidad primordial^ no de materias vagas, 
sino de individuos sidéreos preexistentes, no por unión de partículas^ si 
por distinción de partes dentro de un todo primitivo; hasta que no se 
afirme de un modo claro, terminante, categórico, que los astros son ver- 
daderos individuos tan Uenoa de vida, en su límite, como íaa plantas y los 
animales y el hombre, no podrán tampoco naturalistas y filósofos dar so- 
lución satisfiftctoria al dualismo supremo entre seres orgánicois é inorgá- 
nicoa, vivos y muertos^ organismos y mecanismos, con que se ofrece, al 
parecer, rota para siempre la unidad del mundo natural. 

En vano la Astronomía rédente propende ya á resolver la antigua antí- 
tesis entre la tierra poblada de organismos y los astros huérfanos do 
toda vida sobre su superficie; con suponerlos habitables como nuestre 
planeta, quedan, en verdad, igualados con él también en este respecto 



270 12.' CONFERENCIA 

pero no por eso deja de subñstir en toáa sn czteaúon el antagonismo pri- 
mordial entre losastroBjsus partes interiores, de un lado, y de otro,losorga- 
nlsmos que los habitan: todos aquellos muertos^ agitados sólo por las que 
se llaman fuerzas generales de la materia, puros mecanismos del éter — és- 
tos, por el contrario, vivos, regidos, ante todo, por una ley especial^ la de 
la vida, que subordina á su imperio las generales del éter, presentes, á su 
vez, en dichos seres, que están, además, organizados, tienen unidad real 
y distinción bajo de olla de partes interiores. 

Y como todo dualismo, cuando es esencial y profundo, absolu- 
to, cuando se oponen diametralmente sus térmmos, contradicién- 
dose, negándose de todo punto^ no tiene solución posible, si uno de 
aquellos no desaparece y se aniquila bajo la exclusiva afirmación del 
opuesto: la fisiología moderna, obligada, para satisfacerlas exigencias 
unitarias que se le imponen con mayor ñierza cada día, á resolver la an- 
tinomia suprema entre la vián. y el dinamismo general del éter, entre sé- 
res vivos y muertos, organizados é inorgánicos, organismos y mecanismos; 
impotente para corregir las abstracciones de la Astronomía moderna, ni 
sorprender sus pensamientos secretos; aceptando los astros, por lo tanto^ 
como cuerpos inorgánicos^ muertos, puros mecanismos movidos por las 
fuerzas generales etéreas; incapacitada ya por esto mismo para discernir 
la verdadera condición de los minerales y productos químicos, los cuales 
ve erigidos también en seres inorgánicos, corre presurosa á derrocar los 
organismos de su trono legitimo; borra del mundo natural la gerarquía 
de la vida, y dominada por un funesto sentido igualitario, torpemente 
democrático, que repercute de las ciencias sociales en las físicas (menos 
divorciadas en su común evolución de lo que piensan aún naturalistas y 
políticos), resuelve la fuerza vital en puro dinamismo etéreo, en meras 
colisiones atómicas; desata el lazo de unidad con que brotan y viven 
unidos los miembros de los organismos, y reduce estos vínculos primor- 
diales á meras fusiones y contactos, á pura yuxtaposición y adherencia 
de sus átomos primitivamente dispersos; en una palabra, rompiendo vio- 
lentamente con las ideas y los hechos más claros y sabidos, desorganiza 
los organismos, pulveriza sus células y las convierte en átomos ceirrados 
y discretos, que ve luego asociarse para formar mecanismos, complejos 
sí pero idénticos en absoluto á los astros y productos inorgánicos, salva 
la' sencillez con que están éstos fabricados. 

Y mecanizada así la Naturaleza entera con todos sus seres interiores, 
hay unidad, en apariencia al menos, en el mundo físico, y reposa mo* 
mentáneamente nuestra ciencia contemporánea, creyendo satisfecha ya 
esta exigencia suprema. 

¿Lo está, por ventura] De ningún modo. Habria que suponer lo incon- 
cebible, esto es, que las partes preceden al todo; habria que negar lo que 
es hoy evidente, lo que salta á los ojos, á saber, la realidad del proceso 
unitario con que surge gradual y sucesivamente de una primitiva ani<Íad 
la distinción ulterior de las partes y miembros en todos los organismos 
cuya génesis y desarrollo han sido objeto de algún estudio reflexivo. 
Ante lo cual, fuerza será volver los ojos al término opuesto del insoluble 
dilema, llevarlos del átomo á la célula; y en vez de pretender cristalizar 
nosotros, como dice Goethe, lo que organiza la Naturaleza, intentar, por 
el contrario, organizaría totalmente en la plenitud entera de sus seres, 
trocar en células organizadas sus átomos mecánicos, ya que ne se dejaa 



LA VIDA DE LOS ASTROS. 271 

aquellas fabricar con estos. La empresa no ea difícil. Organizados que 
sean losastros^ caen de seguida los minerales y demás cuerpos inorgáni- 
cos de la gerarquia inmerecida á que los ha elevado el pensamiento abs- 
tracto de astrónomos, naturalistas y filósofos; de sores naturales se con- 
vierten en meros residuos y productos, en concreciones que elaboran los 
astros y los demás organismos en el curso y desarrollo de su vida. Son, 
pues, organismos todos los verdaderos seres naturales. £1 Universo físi- 
co, la Naturaleza, recobra su primordial unidad, vagamente concebida 
en el alma que daban al mundo y veian agitarse indistinta en los astros 
y regiones terrestres los ptimitivos observadores; disuelta luego en la 
Sintaxis tolemaica, al oponer los cuetpos celestes á la tierra; prometida 
de nuevp en el fondo más íntimo y secreto de la doctrina de Copérnico, 
al llevar éste la tierra á los ciefos; negada todavía por él, y Galileo y Kle- 
per, y Newton, y sus precursores y secuaces hasta nuestros di as. 

En los cuales parece ya anunciarse la postrera etapa de la Astrono- 
mía copemicana, destiiúula á organizar el mundo físico en el pensamien- 
to del hombre, convirtiéndose para ello de Dinámica ( Fisico-guimicaJ 
celeste, ó Geología comparada, (nombres iguales ya como cielos y tierras,) 
que tal es con Newton y los astrónomos contemporáneos, en verdadera 
Biología sidérea, presentida por Humboldt y desenvuelta por Caras para 
gloria de las ideas y de su ciencia, cuya divina luz disipa en este como 
en todos los momentos supremos las tinieblas que esparcen sobre el 
mundo las abstracciones y fantasmas del saber empírico. 

III 

No es el asomo siquiera de una exposición enlazada y sistemática de 
la Orgánica celeste, lo que se intenta ahora: un ligerísimo bosquejo de sus 
problemas capitales y soluciones más legítimas, basta, sin duda, para lle- 
nar cumplidamente el fin propuesto en esta Conferencia, consagrada espe- 
cialmente á señalar el organismo de los astros como una exigencia inelu- 
dible de la unidad del mundo físico, y como un hecho real y efectivo, 
con que la observación atenta responde de lleno á lo que reclama el pen- 
samiento con imperio. 

Desmostrado parece ya lo primero en las consideraciones que pre- 
ceden, y dejan ver claramente la evolución coordenada y paralela de 
los conceptos supremos de los astros y del mundo, condicionado siem- 
pre el de este por el de aquellos: falta probar ahora lo segundo, á saber, 
que, en realidad, viven los astros, que son indubitablemente verdade- 
ros organismos naturales, células en suma. 

Ya se dijo en un principio, que no es ninguna novedad extraña de 
los sabios de Norte- América la afirmación de las células sidéreas; que 
ya tiene esta idea una tradición muy ilustro en todas las épocas; y 
sobre todo, que hoy, sin saberlo, y aun diciendo lo contrario, nues- 
tros astrónomos conciben en realidad y afirman tácitamente el oi"ganis- 
mo celular de los astros, al declarar que éstos seres están sujetos á per- 
petuo cambio, á incesante metamorfosis, á evolución, en suma, realizada 
en fases y ciclos, sometida á leyes de período y ritmo, no de otro modo 
que como se cumple el desarrollo en los organismos terrestres. 

Pero conviene ahora, antes de señalar la verdadera trascendencia de 



:M2 13.* OONflfiRUNCU* 

estft dédiitacion j otras anárlogas qué hftOMi á la veü Ib AdtíNniomiii'y la 
Geí^logia contemporáneas, exponer loíi' heohí^ müiMéi^, ya^ 1^ ebñ^!#M 
f mal interpfeftados aun, ya los que gMfófalidi^te Mé igiiof^, y#, pcfr fi&, 
algunos qtle parecen segaii^e e<)«áo ^úiiis^m&fítím üe^steéfarilíkB de ettóe i^- 
coilocidofl pijamente oé^no vertbdieir (ftÁiidíí8< 

De todbs ellos haiy ejemplo en }€» qtié^ vitivá permitimos afirmar, auto 
todo, lA nuíriéim de los astrffs^ émpez2ttÉk> él boiaqnedo de ki Blolo^a si- 
dérea con el ex&tíí&í de esta fúnéioü) per jleria* más g^netíil cfA tcdos lols 
seres vivos, la qñe es verdademmétíte iild6^tible> y la'qiiepot^^6to baísta 
cdla sola para conferir á loa indiYMnoír üittttMkld^ que Itf mtlestran la dig- 
nidad de organismos; y el qn<e ésta les seia rdconoi^da á los asttos, es toda 
nuéétM aspiración por ahora. 

Afirma ya categórioamentd n«gsttA fitíca del cirio y dé I» tfeira 
que^ á la manera d^ sol, la litnia y los pládretá» dnyo estadio nos es £&cil^ 
todos loto astros ulteriores^ que anií no hemo9 podido <As6rvar satlsfiMito- 
ri{(ménf:e> a^n focos permanente» dtfi^teoiones dinámicas, editen' káéia 
todosr lados \nz^^ caílor, graVedad^ eleottcnmurgnetismo, ettantas^futerza^^ori- 
giáa él movimiento del éter y so eondensacidn en materin pomie- 
rltble. De modo que envía dKdü astro süs dkeamismos á tódos' lot^ demás 
á' través del medio etéreo sutm^to^ ^ éusí)» á la VM, le t^asMite las ra- 
diaciones emHidas por todos lois otros ifiditidoóis sidéreos. 

F&tú éste cflímbio péi^uo, e^ cesktti tmhrersKl y Mdpiroca de sus 
diversas energías^ que irradian de todM káctn tCfáó^^ i^ññ y» ^t sí sola 
motivo suficiente para obligar á que reconociesen una verdadera nutri- 
ción los astros los naturalistas inspirados en el estrecho dinamismo de la 
Fisiología reciente. 

Segan ella, la vida se cierra toda en incesante consumo y continua 
generación de fuerzas en Ids seres. Acúnitllk^isíd bkjo uña forma potencial, 
como viftiíalidadéá genetaíeB, como íoíbáo de reserva, como raerzas de 
tensión, que éste es éu nombre, se dété^mitfán, áfe hacen actuales, vivas, 
se convierten en trabajo, méi^céd & k inteíVeítóldn dé uña tercera dase 
de energías, cuyo estímulo, con ser raúf leVe, basta, sin embargo, para 
cfixe se trasformen grandes cantidades dé fbéfóaS potenciales en vivas. 
Estáíí sé Consumen en los trabajos re)iií?zááos poí el organismo, y como 
su presupuesto de energía es limitado, hay que acudir á ingresos conti- 
nuos* cftitío los gastos. Aquellos, ó se toman, sin más, de lias fuerzas am- 
bientes, V. g., él cáloi* y luz somrbs, ó se t'éciben condeñsados, si vale la 
palabra, ett una porción de materia, uñ alimento, qué décimos. De uno y 
otro miodo se las apropian los diversíiis Organismos cuy'a vida nos es m¿ 
conocida. Pero si el resultado és él ihismo eñ uño y otro 6aso; si en de- 
finitiva las materias alimenticias sóti puras concrecionen dinámicas, nu- 
doÉi en que están coíno atadas las energías naturales, para luego desple- 
garse bajo el influjo excitador de tas fúetitcs dé desprendimiento, sígnese, 
por nééesidad, que la nutrición es siempre dinámica, yá inmediatamente, 
ya poí mediación de lás concreciones materiales. 

Entendida, pues, ía nutrición óoñ este sentido hoy j^réyoteñté en la 
Fisiología moderna, forzosamente hay qué ádmltiií está mñcioñ en loa 
antros, yá que se confiesa y declara de un iñodó terminante qué exbte 
un perpetuo cambio de actividades, entre ellos, una cohstáinte irradiación 
de energías de unos á otros. 

Y bastaría quizás llamar sobre este fenóñietio la atendoñ dé los as- 



LA VIDA DK WH ASTROS. 27$ 

trÓDomos 7 naturalistas veüsxiyoñ, para qne reconociesen inmediata- 
mente toda su trascendencia, j vuelta la espalda á inveterados prejuicioa, 
viecan con toda dfuádad la notrieion sidérea. 

De la cual baf tiMlavía pruebas más directas y decisivas. 

Por fortuna no están oivorciadas en el mando natural la fuerza y la 
materia^ ni es posiUe que circule una sin otra. De modo que no hay ja- 
más verdadc ro cambio dinámico total entre dos seres, sin que á la par se 
cedan estos constantemente sus materias respectivas^ sin que se nutran 
uno á otro; pues entendida esta función del modo más vulgar y mecánico, 
fie reduce simplemente á un cambio incesante de materia entre un ser y 
los demás que le rodean, un egreso continuo de su m^eria bacía «Uos 
y un ingreso simultáneo de la de éstos en él. 

Tammen ocurre este fenómeno en los astros junto con el camino 
dinámico reconocido en todos ellos. 

¿Quién ignora el ingreso en la tierra, de materia cósmica pondera- 
ble, de cuerpos elementales y compuestos traídos á nuestro planeta 
por las estrel^s cadentes, los bólidos y meteoritos! Y si parece á primera 
vista que la caida de todas estas formaciones sidéreas en la atmósfera y 
superficie de nuestro globo^ es un accidente no más» un hecho que raía 
vez se ofrece, indino de ser reputado como fenómeno constitutivo, nor- 
mal, en la economía del planeta, importa desechar luego esto prejuicio» y 
entender que es en realidad hecho constante, que se produce cada diia 
<;erca ó lejos de nosotros, y está sometido aún, como los fenómenos ana-* 
logoa en la nutrición de los organismos habituales, á ley de verdadera 
periodicidad, sabiéndose ya las varias épocas del año en que es más in- 
tenso, más amplio este fenómeno, completamentcregular en la existencia 
de la tierra. Sembrada está su superficie del hierro nativo que de r^ionea 
cósmicas ignotas trajeron y traen á cada paso los meteoritos, y utilizaron 
las poblaciones prehistóricas al modo que lo utilizan hoy pueblos salvajes 
y aún los cultos á veces. Igual origen extratelúrico dá Beichenbach al 
fósforo y magnesia, al nikef y cobalto esparcidos en las tierras de labor y 
on la superficie de las altas montañas. 

Y, finalmente, cuál será la impoirtancia de este fenómeno en la tier- 
ra, cuando el ilustre Mayer, aten<U6ndo á la materia cósmica que traen 
anualmente las estrellas cadentes y los meteoritos á nuestro planeta, y 
<;alcuIando la cantidad de calor desarrollada por la trasformacion inme- 
diata de su fuerza viva, preocupado además con el notorio exclusivismo 
que diremos luego, se atreve á sospechar que es también á la precipita- 
-cien sobre la masa del sol de meteoritos y formaciones análogas, á lo que 
debe su calor enorme el centro de nuestro sistema planetario: hipótens 
^ue elabora y completa Thomson, es acogida con entusiasmo en el pri- 
mer momento, y tras un éxito fugacísimo cae en el olvido como tantas 
otras surgidas del afán inmoderado que padecen nuestros sabios empiri- 
<XNi de convertir las teorías parciales, muy verdaderas dentro de sus justos 
limites, en sohiciones generales de todos los demás problemas. Acababa 
<el físico de Heilbronn sus profundas investigaciones sobre la trasforma- 
cion y equivalencia mutuas del calor y el trabajo mecánico, y viendo 
brotar calor de esta fuente en la tierra, ya no supo resistir al deseo de 
trasladarla al sol, para dar asi explicación satisfactoria de su estado tér- 
mico. Privaba, en suma, por entonces el calor mecánico en nuestro pla- 
neta, y fué preciso afirmar su privanza en todo el universo. 



274: 12.* CONFERENCIA* 

Pero la suerte de la hipótesis^ que reaparece, sin embargo, al poco 
tiempo, si bien corregida de su mecanismo, hecha máa sutil, más diná- 
mica, y ejerce su imperio á la sazón bajo la nueva forma, en nada ami 
ñora la significación y capifcal importanda del fenómeno que examina- 
mos; el cual resulta ser, sin género de duda, proceBO regular y constante 
«n la existencia de la tierra y, por ley de plena analogía, en la de todos loa 
astros. 

Hay, pues, circulación real de materia ponderable entre estos : sus 
vehículos son, á lo menos, las estrellas cadentes y los meteoritos, for- 
maciones cuyo origen enlazan con el de los cometas los progresos recien- 
tes de la Astronomía. 

La cual no sabe desenvolver'aún en toda su am|difnd y trascenden- 
cia el hecho mismo de la circulación material intersidérea, afirmado 
por ella. 

Menester ha sido que los naturalistas consagrados al estudio de los 
organismos , al preocuparse de su origen y no hallarlo satisfactorio 
en la tierra, hayan supuesto que podrian encontrarlo en otros as- 
tros, á los cuales debo entonces nuestro planeta los gérmenes primiti- 
vos que animaionsu superficie. Esta hipótesis cosmozóica, que se dice, 
según la cual, inmigran y emigran de todos los astros habitados, á través 
del espacio cósmico, gérmenes tenuísimos que guardan latente en su ex- 
tremada pequenez la magnitud entera de la vida y k llevan de unas á 
otras tierras sidéreas, si deja sin resolver satisfactoriamente la cuestión, 
en realidad quimérica, del primordial origen de los organismos esparcidor 
en la tierra, y quizá en los demás astros habitables, en cambio, ha ayu- 
dado mucho á preparar una solución más amplia y general del problema 
verdaderamente positivo y serio que nos ocupa, el de la cesión reciproca 
de sustancias materiales en que están continuamente los individuos si^ 
dóreos. 

En efecto, si Richter se satisface en un principio, y con él Helmholtz 
j Thomson, con la circulación intersidérea que establecen los aerolitos, 
las estrellas fugaces y quizás las colas cometarias, llevando acaso gérme- 
nes orgánicos de unos astros á otros, ulteriormente el primero de éstos 
sabios añade, que en el rápido vuelo de la tierra y los demás cuerpos si- 
déreos al través del espacio, se alejan constantemente de ellos las partes 
superiores de sns atmósferas en virtud de la resistencia que les ofrece el 
medio cósmico, al que pasan cuando van arrastradas por sus astros res- 
pectivos á manera de grandes colas de aire impurificado. De suerte que 
hay todavía, según Richter, un nuevo proceso más íntimo, si cabe, de^ 
circulación material entre los astros; pues cada uno emite constante- 
mente porciones de su atmósfera, efluvios de su materia al espacio 
cósmico. 

Y en realidad tal debe suceder en todos ellos, y lo exigen motivoa 
que en lo esencial quizás convienen con los que Eichter indica, por más 
que difieran en otros respectos secundarios. No hay, en ^ecto, razón 
ninguna por la cual se deba negar á los astros en las fases adultas de su 
evolución, lo que al principio de ésta se les reconoce. Admítese desd» 
Laplacc como una hipótesis, y casi como un hecho después de los experi- 
mentos de Platean, que de los astros, cuando jóvenes, esto es, en estada 
nebular, han debido desprenderse anillos eciTatoríales, como se despren* 
den de toda masa líquida que, sustraida á la acción de la gravedad, gire 



LA VIDA Dfi WH ASTROS. 275 

rápidamente sobre un eje que la atraviese como diámetro vertical. Es co- 
nocidísimo el mecanismo de. este sencillo y á la vez trascendental experi- 
mento. Preparada una mezcla (de alcohol y agua) cuya densidad sea igual 
á la de una sustancia liquida insoluble en ella (aceite) , é introdudda coix 
una pipeta una gota de ésta última,, queda suspensa, conservando su for- 
ma esférica. Si entonces se hace pasar á través de ella un hilo metálico, 
y se le imprime un movimiento rotatorio, lo trasmite á la gota, que se 
achata griídualmente por los pedos (los puntos en que la corta el hüo) y 
se abulta en el ecuador, merced al preaominio en este de la fuerza cen- 
trifuga. Si la velocidad del movimiento crece aún> acaba por exceder la 
última fuerza á la de la atracción molecular, y se separa entonces la por* 
cion más exterior de la zona ecuatorial de la gota^ formando un anillo 
que envuelve á esta, y sigue girando con ella en derredor del aje co- 
mún, hasta que al fin se rompe y toda su materia se juntA en un peque-> 
ño esferoide que continúa moviéndose sobre si y en tomo de la gota pri- 
mordial. 

Sin duda, ante una confirmación tan completa y acabada, la hipó- 
tesis de Laplace, fundada solo en principios teóricos, deja de serlo, toda 
vez que el aumento que ha de tener la velocidad del movinüenco rotato- 
rio en los astros para que la fuerza centrífi^a exceda á la atractiva, es ya 
una consecuencia necesaria de la contracción de volumen que constan- 
temente experimentan los cuerpos sidéreos, merced á su enfriamiento 
gradual por radiación continua al espacio de su calor interno. Pero to- 
davía queda un supuesto, á saber ^ que los astros sean en un principio 
masas de materia muy difusa, ultra-gaseosa. 

Ninguno se necesita admitir, en cambio, para afirmar que, siendo los 
astros lo que son hoy, necesitan abandonar anillos ecuatoriales al espacio. 
Prescindamos de los astros difusos y gaseosos en la actualidad, donde se 
ofrecen todas las condiciones necesarias para la producción de anillos; 
grande ó pequeña, espesa ó sutil, no falta atmósfera tampoco á ninguno 
de los ya líquido? y sólidos en parte. Con lo cual, y el enfriamiento pro- 
gresivo á que están siempre sujetos todos, y el aumento simultáneo de 
velocidad rotatoria, y el predominio consiguiente de la fuerza centri- 
fuga, hay de sobra para que deba admitirse en ellos un desprendimiento 
de anillos ecuatoriales atmosféricos durante toda su vida, pues la atmós- 
fera sólo al morir han de perderla totalmente. 

¿Será un fenómeno constante la producción de estos anillos, y forma- 
rán una espiral continua, como parece exigirlo la mayor fluidez de los ga- 
ses? ¿Habrá períodos en él de intensidad mayor, y los ciclos correspon- 
dientes en la espiral se destacarán notablemente de las porciones que. les 
preceden y siguen^ apareciendo entonces como si fuesen formaciones in- 
dependientes, elipses cerradas) No faltarían quizá medios de responder 
á estas preguntas, cuya trascedencia es notoria; pero no es ocasión opor- 
tuna, mate por ahorat el haber afirmado, que de todo astro y por toda su 
vida se desprenden, en forma de anillos ecuatoriales, las porciones extre^ 
mas de su periferia, las más elevadas de su atmósfera. Hay, asi, un 
egreso constante de materia de todos los cuerpos sidéreos, y á la vez y 
necesariamente un ingreso simultáneo de sustancia; pues cada uno ha de 
estar nempre rodeado por la materia que abandonan los otras, por la 
mezcla general de sus productos de egresión, los cuales vienen á formar, 
en toda caso, la porción más exterior, la periferia de los diversos indi ■ 



276 1^/ OONFKRKNCU. 

vidaoft oósmioos, oayik mateiria pVoBm «é ootttmá»^ dé este modo sin m- 
terrnpcion algmiik con li^ de todos los demá»^ fandiéndose laego intimft- 
mentooon ^ken todH' la extensioft del aatio ttismoi mereed á los pro- 
eesos gifoettkl&í meteórioos(eentrí|Mtos) y eraptiros (eestrifiígos) que i^* 
ta» inoesafftetiiMite á todo caerpo sidéteo, y tiaen y lle^ á la ree sa 
materia de la* periferia faáeia el centro, y de Me á la periíeria. 

No hay ya lagar pam vacio mugimo intenídéieo: no inedia entre 
los astros el éter poro^ ln postrera abstraodon de 1% fisioa; es plenittMl 
anvenal de materia |>o&derable la que separa y une á k ves i 1m» tierras 
del oielo> fonoande «*f limite, la sona <k etmflaoto de- sos^ atmMeras res- 
pectivas, lio su medito oósmieo ambiente odmo piensan fóchter, Thom- 
son, Helmbolte- y Pteyer, que renovarían otra vez, bajo esta forma, si no 
faese ya n^á vetdadenro imposiUe, k oonoepeion ürraeional del étw, esto 
es, deU materia abstracta, v«iga> ÍBdefriicbi,eaótioa> indeterminada, don- 
de «paireen sembrados A trechos los individuos qae gradualmente han ido 
concretándose en ella . Haye este fantasma supremo ante la expanñon 
anivorüal de todos tos asidos, cada uno de los ctíaíles extiende la esfera 
de su individualidad, Sevit su malaria hasta tocar con la de todos Ids 
oti-oa, sin mediación alguna de vaguedades etéreas, que no las tolera la 
universal concreción en que esti siempre la natumlesa toda, ibdividua- 
lisada en absoluto, sin dejai^ nunca residuos^ caóticos, depósitos materia- 
lee donde puedan vt luego cristalinndo los astros, resudta, por el con- 
trario, en plenitud de mñumeitstbles individttos, á los cuales va adscrita 
toda la materia del mundo, ponderable é imponderada, sólida, Uquidft, 
gaseosa, en sus infinitos grados de compacidad y sutileza. 

¥ todavía, al disiparte estas materias indefinidats y vagas, desaparecen 
4 la ttsí las tres abstracciones supremas de nuestra ciencta natural, las 
f&ettsuB generales de la materia, los átomos y el espacio que los recibe en 
su seno vació; y renacen á una vida superior la F&ca, la Química y la 
Geomell-ía, mecanisadas hoy como la Naturaleea retratada en ellas. 

Pero es forsoso renuncóar á desenv^ver ahora uno tras otro estos 
tmseeñdentales cor<datios á que lleva necesariamente la afirmación del 
cambio material entre lee Aeftros, la nutrición sidéreat pasemos á consi- 
derar las funciones ulteriores de los organismos cósmicos, que ya pode- 
mos llamarlos de este modo, probado como está su proceso nutritivo, el 
cambio continuo de su patena, que se realim^ persistiendo sobre él y du- 
rando merced á él la individualidad propia de estos seres. 

La reproducción de los astros obceco al mismo tipo de sencnllez ex- 
tremada que acaba de ofrecemos la nutrición sidérea. Compi^rades Cí»n 
los organismos otdinarios, cotresponden los cósmicos á los más elemen- 
tales, á los plastidios que dice Haechel, á los unicelulares, como los lla-^ 
man la mayoría de los naturalistas. Ootas de albúmina, de protoplasma, 
son estos en un principie, y su mayor desarrollo consiste en onecer á 
Veces condensada su periferi^a en forma de membrana cetulac y diferen- 
ciado su centro consMtuyendo un núcleo. IM^oides de una sustancia 
tenuisiína, levemente diferenciada, empiezan siendo aqtte&os, y el grado 
superior de evolución á que l'egan no nos es bien conocido aún, pero al 
lo báststete para que podamos afímittr que concuerda esencialmente con 
el de los organismos habituale)9, salvas las diferencias anejas á su propia 
finalidad. Las funcionen han de revestir, pues, en los astros el )^rá(^r 
elemental, generalísimo, que tienen en las células. No se pidan, ni m^éa 



LA VIDIL DiC Um iUBtHOB. 277 

aé soeDen^como h» Ite^o á ocoftiff, áfMráCd^ttiMttbMi^, é^nos «9^ 
ctftks odméHdiMr ai sesvieio dé lo«ptoeeB<MiJfiml^ieo8HriiAéii«e«; AI loodo 
fa0iieiil&yéék|pR]io«lgiw»6B]A.góé« pratopMsmi)^ éa^ fe^mit fo» si 
9ofe d eneifiO m mnohoÉ wgaiinaM«i dnTMite téck^sü* vidht^^ y el de todoft 
hiadeiiiáiv cmniido piiii(»|áftn Itttaiiy»^ y sneiriMrg^M^titrtttt j'vepro- 
dooe. y aún mtisVB an.oeatooiws, aá ttaibifin é^ieen^ €titlu» fimcioftea los 
astarorsin aparádoardagMeide»^ de m^ wk^ liwlettdo^ «A sttláa^ todo ma 

hAtmiodxaxmm akUraa* ba dtt v^tir, e« lo que onA:^ la d^ loaorgir- 
nhoMM elementáks; ai en ealM eomate aólo en la iqM^ickmde^nfiitiero 
onitroorgáBioD'dMitiodiemnaár |iteexíiteilte> en aq^ldioa^flo ba^d^ ni*- 
moflav otr» aigriifioacion diatístai HabM de r tá atnm ^ en todo* eeaé» á náa 
Bttéytf orieataKnon del pvote>nIaBsnn^ aéguittntJMoae tolül ó>pat^iiilnieiite, 
ó snhBBtiendo integro en ansMan^ léjnveneeíéndaeé'qttisafta'eoaié eli Algtf- 
nde^off^aidamoB yegptaleB. 

¥ aái parece BEoadét^ eneftetoi La» tente áatfiogénicM de Héihi* 
cltell 7 La{>laee con&Mnnab de todo panto^oen laa «gágeneinaqne la ley de 
amalo^^ia ansoita ennoeatro eapMtwpnra coneebirb' géneak eóeiBkft. 
Badta aólo deparar ambaa hxpá¿om da fai abatMfOcáon (fue Ifttf vk^^ dea* 
pdjar á las nebaloaasdelcaaréetev, qnefldaaménteiao les«Mbay<», de pa^ 
ras maaas oaóticaa de matom dif aaa^ depiattea vngofrde- aoAtátttia Oóa- 
sdc»^ y Terlas, por el coiitrarik>, eonvornon en renMdad^. ant^KM aíb^o^ 
latamente individnalinadoa^ verdadesoa indiridiiOB €i^íanñ(eo»^e empíe^ 
aan á vivir, pero tan independieAtea y eaatatvtívoa ya, oom» pítedén ^tírlo 
deapüea^ áí avanzar en an deaairfoUo^ GoncéUm aai tea ttebcrl^sas, 
aa üegmentacion ulterior en otiraa niáa> aeewadattaa^ cpae ea lo^qne á pri- 
mera vista predispone á v«r en ettaá depóattoa donde van concretándose 
loa aatros> lejos de teper eafta signífieaeion arbsttfaeto y meícánlCay adqúié* 
re> pfor el cantnurio, 1» real y orgánica que lecerf eaponde iifn dndft, pdes 
es, ni más ni menos, ana }a>reprt)diicBÍon deLaatm en otvos nuevos, ve* 
rifícada como en macaioa' organismos ^deniantHiteB ordrnttfios> al' jttinefipio 
de su vida, y no caando la evolneioii aleansa yar aa gprado enlminante. 

Que deaapareaca^ at^gnn Hersebell qnieie, ti primitivo núoleo, y bro- 
ten muchos otres, perdiendo su indtv&da»Mdad la piímitiva nebulosa, mu- 
riendo el astro^y naciendo, an eamüÑo^ nebulosas secundarias, aséroa 
ntievos; qae se segmente^ al contrario^ en ana porción céntrica y otra 
perlfórica, un aniUo ecfeia4x>nal, eOmo Laplace supone, subiiatidddo la ne- 
bolosa antigua» el primer aatrb^ y empesandoá vivir la nebtthiaa rédente, 
el astrá nuevo; que baya ejempla de loa doa pioeeaos en lAigénesia sidérea; 
qae aubañata uno sdo, el afirmado pK>r HenBolu¡ll;:qne m ejeifm exélnaiva- 
Hiehto el otro; por fin, que todaVia qpiépají nueroa tipoa genétíoos, y se 
realicen acaso en plena evolaoita ya do losi aatvoa>' qiiisáa a^* declmar ya 
su vida; scau eual ínece de todas éstas combinaeiones posibles' la que pto- 
yaleeea eü loe cielos, representará en todo caso, exannniida á la las de las 
ideas y los hecbosy la forma q«e tisneit darepróduoinie los m^^ros, la ma- 
nera con que se trasmiten uno á otro la individualidad y la vida; sin que 
pueda stgmificaa, de ningún modo, el mecanismo «bátracto de la forma- 
ción de los'ooerpo» sidéreos;^ como puras conereeiones individualizadas en 
el seno de vagos depósitos eaóticoade materia difusa. 

tíf la réproduoeion de los astiee no difiere esencialmente de la de to- 
dos loa oigamiamús elemMitaÍes,.tampoeo el movimienio', aunque otra 



278 12/ CONFERENCIA. 

cosa 86 piense. Estimada haata hace poco como propiedad exclusiva de la 
vida animal, la motilidad está ya reconocida hoy como propia también 
de la vegetativa, y declarada, por taütó^ función oomnn á todos los orga- 
nismos. Pero en los sidéreos parece el morimi^to revestir formas y tér- 
minos, de que no hay ejemplo en lo» demás. 4N6 hay, se dirá, un aWsmo 
entre la prepotencia, del movimiento en loa astros, arrebatados en giro» 
incesantes, regulares, geométricos, y el que ofreo«n los otros oi^anismos 
subordinado á las demás fundones, discontinuo, irregular, insignificante, 
casi, frente á las manifestaciones ulteriores de su vidal ¿Qué puedo haber 
de común entre \moj otro movimiento? Por qué los astros se muevan, 
iha de llamarse un^ función de su vida á este movimiento mecánico, que 
en nada se parece al fisiol<^of A tales preguntas hay tan obvia res- 
puesta, que sorprende y mataviUa la extraSaza con que las hacen toda- 
vía astrónomos y naturaliatas, asombrados de qué haya quien aventure 
pensamientos tan fantásticos, analogías tan ilasonas y quiméricas, en la 
grave seriedad de las indagaciones científicas. Pues qué, ¿no hace ya 
muchos años que se conocen los movimientos de rotación y traslación, 
continuos, ininterrumpidos, que durante todo un primer período de su 
vida ejecutan ciertas algas» cuyos cuerpos, verdaderos esferoides proto- 
plásmicos (zoosporas), ruedan sobre sí y giran á la vez en derredor do 
cetros ignotos, con una continuidad y regularidad plenamente geomé- 
tricas, hasta que llegan á la segunda etapa de su vida, y quedan en re- 
poso y se fijan al suelo para empezar su desarrollo? ^Tan ignoradas son 
todavía las observaciones, antiguas ya, de Oarns, sobre el movimiento de 
rotación que ]»-es6ntan los embriones de algunos moluscos] £1 que haya 
contemplado una vez al microscopio este fenómeno y el anterior, sobre 
todo, no podrá menos, si piensa y reflexiona, de reconocer en ambos mo- 
vimientos la fiel imagen de los sidéreos, y declarar que es fiínclon orgá- 
nica en animales y plantas lo que parecía puro mecanismo en los astros, 
y es en ellos también verdadero proceso fisiológico. 

Los astros, pues, se nutren, re{M*oducén y mueven, como los organis- 
mos elementales, como las células en suma. 

Como ellas están sujetos también á un desarrollo continuo, á una 
evolución que los lleva del nacimiento á la muerte á través de feses y de 
ciclos periódicos. Ya lo confiesan astrónomos y naturalistas; ya reconocen 
®^ ®ll^s 'in» continua metamorfosis de fuerza, de forma y de materia, de 
*vü^* *^"^ aun ee reputan factores integrantes de los seres naturales, 
bolo que, lejos de proseguir sistemáticiunenteestasafirmaeiones capitales, 
en vez de extremarlas hasta educir sus consecuencias trascendentales, ni 
siquiera lo intentan, cerrado como tienen el camino por abstracciones va- 
cías. íA quién no extrañará oirá^Burmeister llamar vivos, orgánicos, á los 
seres dotados de evolución periódica y cíclica, á los que están en perpetuo 
cambio, afirmar después evolución y metamorfosis, isaes y ciclos y pe- 
riodos, en la existencia de los astros, y á pesar de todo, excluirlos de 
la vida y llevarlos con los minerales á la enera inorgánica, muerta, del 
mundo natural? 

Verdad es que la idea de evolución toma á la vez en nuestra ciencia 
contemporánea dos formas antitéticas, compatibles sólo en la abstracción, 
no'en la realidad, pues tan afirman hoy nuestros sabios la evolución en los 
animales y plantas como en k» minerales y rocas, á pesar del abismo que 
separa á los organismos de sus residuos. Llevados por la fuerza misma dé 



LA .VIBA D£ LOS ASTROS. 279 

laa ideas á concepdonea unitarias^ al modo que anas veces desorganizan 
los organismos^ y mecaBÍzados ja, los unifican con astros y minerales, 
en otras dan en el extremo opaesto^ 7 necesitan organizar^ á sn modo^ los 
minerales y rocas, esto es, someterlos también á evolncicm, para hacerlos 
hom<^éneos á los oi^anismos 7 á los astros, donde está ya reconocido el 
imperio de la ley erolatiya. 

Dominados por esta exigencia de unidad, qne se impone á todo espí- 
ritu reflexivo, no reparan qae en minerales y rocas hay sólo destracciones 
y formaciones, jamás evolución, un mineral se deshace, y aparece otro; 
deja de haber pirita, y hay óxido de hierro; acaba una concreción, y em- 
pieza otra. Y en la evolución subsiste siempre la unidad primera; es la 
misma planta, el mismo animal, el mismo astro, el que es ahora de este 
modo y luego del otroy el que cambia, el qne se desarrolla. £1 astro ga- 
seoso, con su materia homogénea como el protoplasma, y el que diferen- 
cia lu?go su zona periférica, y la solidifioii en: parte, y resuelve su sus- 
tancia en variedad de materias, de concreciones cada vez más especiales, 
son uno mismo, un sólo astro. 

No faltarán aún, los hay en nuestra {Mitria, espíritus superiores tan 
preocupados como sistemáticos, tan sometidos á la abstracción como agi- 
tados por alta idealidad, qne mecanicen la evolución orgánica, unificán- 
dola así con la de las rocas y minerales , ya que éita última no se deja 
organizar de ningún modo. Negarán, para ello, la persistencia del indi 
vídao orgánico á través de sus cambios, en sii aparente evolución; harán 
que se convierta aquél en tantos individuos como fases y momentos di- 
versos ofrece su vida; reemplazarán, en suma, por una serie discreta de 
existencias indep3ndientes y sucesivas la cadena continua de metamor- 
fosis en que subsiste de hecho una misma individualidad, un mismo ser, 
un sólo y único individuo natural. 

Felizmente protesta con sobrada enereía el proceso evolutivo de 
las células contra semejante atomismo; la cdula primordial no perece al 
segmentar su protoplasma, lo diferencia sólo, lo especializa para desple- 
gar en él más ámpliamenfe su vida; ella persiste en su unidad primitiva, 
sigue siendo con su protoplasma segmentado el mismo individuo que era 
antes, al ofrecerlo indiviso. 

Y juntamente con estas células primitivas de animales y plantas, cuya 
extremada pequenez nos ha permitido contempbrlas en su total integri- 
dad, y distinguir sus diferentes partes interiores, y notar la subordinación 
que guardan con el todo (que las forma sucesivamente de sí propio 
y por su misma energía)^ y reconocer así con toda claridad que hay en 
aquellos seres verdaderos organismos, protestan ya también contra la serie 
discontinua de individuos sucesivos (átomos biológicos, en que tratan 
de resolver la continuidad evolutiva de cada organismo los más altos 
representantes de la tendencia mecánica en la filosofía natural) protestan, 
repetimos, á su vez los organismos sidéreos; cuya persistend** esencial y 
metamorfosis subordinada podemos afirmar hoy plenamente, ya que mer- 
ced á la dUatada serie de esfuerzos indicados antes, hemos llegado, por 
fin, á tener una representación íntegra, total de los astros, viéndolos como 
son, verdaderas unidades, cuyas diferencias internas, lejos de ser lo que 
parecen sólo á nuestra pequenez, inmensas, se reducen y achican hasta 
hacerse casi indiscernibles en la homogeneidad universal predominante. 

Mientras el hombre no pudo concebir los astros en toda su integri- 



280 12/ eaSEBRENOTA 

dad/ iejüA d6t.e8tiinM^flabci]rdinacla&al todo ím fmiíktm<Y áifereneíaa .cpkt 
notÁfaa en elkw, ituro, ñl eontemo, j fo» ^Moeaidad, rque peiitoiiM 
QQTOO «itidftdea iside||MidMntai, -SHsíiüitívi», 'Oomo objeioi iespodidesy 
co«io ÚDidvviidvuNí apavte^ y %timkí9se entónoM loe ndéion opaia ipnrai 
m«$W9i> asoeiacíoiieB » «gntpiímleatoa m^oáaíeos 4o M^mdlos. iisi jiat 
ció el reino de los minerales, que trajo laego oi de !«» i|órea morgámeot 
sc^idoS'por ks siipaaBtas'fiíoraasigttneraleS'd^.U nsteria^ -Ahofa que ya 
vé el XMbtttMliaAa surgir loa ipámomha4e la tíeraa y Jxw «atroa del miama 
mudo que «eprodiieen enlaaoálidaa de planÁas y<a»}H^les, o£peeieiido 
oon efttasy au ¡Hrotoplaama y 4Ria^a«!tÍTÍdadea, i^iju^l velaision á la iqaa 
guardan con las oélaiias aidévaas, «a materia, «a tast principia lunnágenaa^ 
> sm eneigias indeviores; ahoca^ decimos, no iparoce. excusable el queae 
siga rindiendo caito todavía á tan pcofonda ^bs^raeeion que, ó divídeei 
mundo en dos mitadea c)afan|9nte'antftótica9, organismos j mecanismos, 
vida y fuerzas gen^odes, ó ai ^etende unifioaT esta antitesis, i;beeestiáa 
mecaniaaff á toda la.litatnfaleKa)Ceompk2ando>aliora.eldualÍ0maanA^^ 
por otro más hondo todavía y menos aparento ]por oato, á saber, el de. la 
realidad y la nada, el átomo y el< vacío. 

Fueraa será loconocer que- son los mine»ilee y^demás cuerpos ittoagáoi.- 
oos,produetossre9Ídnosdelatíe»ra y domas astros ydelo3restantes<cHrgaiiia- 
moa, partes, concreiñonea4^1o de au materia reapectira; de niagunmodo 
seres verdaderos, unidadea^natnrales: qne^^a f uongas senerales de la BQAr 
tería son paras manifeséacionea de la fuenza miania de la- rida, única . en 
toda la naturalessa, su actiridad geneeal, oapaa de determíaarae Ine^ en 
fuersas eflneciateadáyeisaB, gravead» luz, calor, afinidad, etc. 

Ante lo cual, deja va de ser prdblema aéño el del o|ígen da la vida, 
eteiika y única reatldad del mundo Ibtco. 

La misma actividad que engendra al osganúmo sidéreo, hace brojbar 
en él, llegada la ocasión oportuna, los organiamoa fítozoicos y humanos. 
No hay yaque discutir aobcse geniemcionea espontáneas. Hay Terdadera 
bomogenia; la .vida brotado fe vida. £1 univorso todo -so or^nkanjFa 
tiene en sí mismo el principio inmediato de au precia existeBcia; ya 
se elabora á sí propio, si vaie la pfd&bra; ^^mismo educe atemamen?- 
te de su unidad esencial la variedad infinita de onganismos en que «eaíliá 
siempre determinada aquélla. if^Lcielo deja de ser ol piélago inrmnio del 
«oc^i), él recrpiente del mundo; llénasele vida todo :él; es, en andoaa, ^ 
univevso.mismo. Y univeíao ys cielo á la vez ao nnkiean conla\NatardA-r 
za, y desaparecen totalmente'iaa grandes abstracciones latenítaa en ie^ 
cpQceptos que simbolizaban estos nombres. 

Talea son y de tan alta trascendencia, quífl&S' suprema, las afiemaoior 
nes á que lleva el reconocimiento de laoi^anioidad de los adiros, obanar 
me^te demostrada en las lleves conaideraeiones que anteceden, yique 
no agotan, seguramente, la tiquea de interesantea problemas quotsuaeita 
el asunto, antes ae OHntraen á loa que son hoy>máacapitales, pqrdo máamo 
que repugna mási la cultura del siglo la soluoion aquí prbpueaba para 
ellos. (1). 



(1) Por este motivo, no porque en sí mUmos. tengan ^490S vaportuvcfa. í^ P.re8* 
oiode de tratar aquf v»ric8 otro* problemas» cuya discusión no oape ya en lot Hmites 
de esta Conferencia, ezcedidoe, de eegnro, á oaaia de la amplitud 4ion que ha debido 
exponerse (si ae habían de prevenir errores muy aenefake todavía y disipar abstrao* 



LA VIDA DE LOS ASTBOS. 2B1 

Ante las Tazones qae nos permiten «firmar ahora de lleno, qae son cé^ 
hdoA lo& futras, (se atrev^ia el jjjmf élogo ilustre de Berlín á sostener su 
aatigao juicio sobre lascélahureídéieaay los aatróBdmoB de Norte Amé- 
rktaf * 

iPodria extrañarle aún, que se tenga ya de la célala un concepto ma- 



i»* 



oiones aún más prepotentes) la« cuestiones relativas al desarrollo sucesivo y estado 
actual de los conceptos de organismo (células astro y mundo, preliminares necesa 
nos dfl problema de la vida sidérea. 

De otro modo, no se hubieran omitido las consdieraciones, llenas de interés y 
trascendencia, que sugiere el estudio morfológico á<^ los astros, cuyas formas corres- 
ponden al carácter elemental, rudimentario, de estos organismos, alpredomiaio que 
e& ellos ejerce el todo sobre sus partes interiores, á la constitución oasi homogénea 
que ofrecen, y se expresa de una numera adecuada en las esferoides celestes, esto es, 
las fotnus méooe diferenciada*', más elementales, las que presentan menos oposicio- 
nes, las de simetría más sencilla, prescin4iendo de la esfera, cuya absoluta indiferen- 
oía no es quisas compatible con la huella, 4 lo menos, de antagonismo, indefectible 
en toda individualidad natural, en todo ser oif^ánico, por sencillo que sea . 

Tampoco fe habría pasado en silencio el f zimen del movimiento en espiral (la 
enrva de la vida en esta como en las demás esferas naturales) oomuo, parece y debe 
ser, á todos los astros, los cuales cambian asi oontinuamente de clima, esto es, de po« 
sicion respecto de todos los demás, recibiendo á Mda paso nuevos influjos, entoando 
en relaciooes conttantemente diversas con los ulteriores individuos cósmicos, pero 
subsistiendo á través de este cambio incesante determinados grupos de fenómenos, 
cuya recurrencia periódica, exigida por las leyes mismas biológicas, tiene su expre- 
sión más pura y acabada en la repetición de los ciclos sucesivos que oomponen la es- 
piral. 

Todavía hubiese debido aludirse, cuando menos, á una de las consecuencias que 
necesariamente se siguen de reconocer en teda su trascendencia el movimiento en 
espiral de los astios, á saber, la profunda reetifícacion que ba de hacerse en el con- 
oepto que te^ tiene generalmente del clima y del influjo elimátieo, suponiéndolos 
medios exteriores ambientes, en vez de reputarlos, como son, plenamente interiores, 
ya que psra todo ser natural quedan exclusivamente reducidos á la acción que sobre 
él ejercen todos los deiiiás organismos próximos y remotos, siendo, pues, cada ser un 
elemento del clima de todos los astros, que á su ves forman el suyo: todo lo cual 
abre quisas nuevos horizontes, para con ayuda de principios filosóficos (atendiendo á 
que la causalida<l en los seres naturales s« resuelve en pura ccndicionalidad ejercida 
en cada uno de ellos por los infiniten ulieriores, esto es, la Naturaleza toda), explicar 
acaso la verdadera significación del proceso tiasformista, evolutivo, que resultaiia 
ser entonces un proceso interno, immsmente, 8i\¡eto á la ley absoluts, y de ningún 
modo exterior, accidental y fortuito, como se piensa en general y á pesar de las pro- 
testas, desgraciadamente mejor sentidas que razonadas, hechas por los naturalistas 
y filósofos que repugnan instintivamente concebir la vida como puro mecanismo. 

Y por fin,' tras efitoe problemas, que oorresponden con todos los anteriores á la 
parte general de la Fisiología sidérea, debiera aparecer desi-nvnelto en toda sa am- 
plitud el que llena por sí solo la parte especial de esta doctrina, á saber, el relativo á 
la distinción de los astroe. En pusto á la cual, habría debido indicarse que no hay e«- 
pedes sidéreas, ni por lo tanto categorías superiores taxonómicas en este primer reino 
natural: que todcs sus individuos con»titayen nna sola esfera unitarís, reino, tipo, 
elase, género, opeoie, como quiera llamársela; pues no consiente otra cosa la unidad 
que predomina en los astros, el carácter de totiilidades homogéneas que es fuerza re«« 
conocerles, y ante el cual, indistintas casi las partes, no pueden cfrerer variedad 
de oposiciones y conciertis recíprocos, como pasa en animales r plantas, en el reiso 
fito-zóico, á que caracteriza el predominio de las partee sobre el todo que las unifica^ 
engendrándose, por tsnto, multitud de sntsgr nismos que se revelan en diversidad de 
especies, géneros y categorías ulteriores; todas las cuales desaparecen otra vez en el 
reino sntrópico, ya que en el cuerpo humano se ponderan y equilibran los opuestos 
predomisios anteriores, del todo y^ las partes, armonizándose plenamenta en la uni- 
dad orgánica de este verdadero microcosmos. 

Tales son algunos de los puntos desatendidos, al parecer, en este trabajo por la 
circunstancia arriba deba. 



282 12/ ÜONFfiRBNCU. 

cho más amplio y trasoendente que el sayo, por autorizado que este sea, 
ya que procede de uno de los fundador^ mismos de la teoría celular) 
¿Seguiría doliéndose de la extremosa exageración del darwinismo por 
Hsekel; ó hallaría quizá más lógico el que llegase éste á ver en la teoría de 
Darwin lo que su propio autor no supo discernir, algunas de las infini* 
tas consecuencias latentes en los principios darvinianos, y cuyo recono- 
cimiento gradual es la obra, no de un hombre, sino de toda la His- 
toria? 



boletín de la institución ubre de enseñanza. 



Este Boletín contiene: 

1.** Trabajos originales de los profesoíea do la Institución sobre las di- 
versas ciencias^ ora experimentales^ ora teóricas. 

2." Crítica de las libros é investigaciones má« importante que sobre 
asuntos científicos ven la luz dentro y fuera de España. 

3.* Extractos de las lecciones del mayor número posible de cursos su- 
periores de la Institución, y especialmente de aquellos que no se explican 
en ningún otro centro oficial ni privado (Historia contemporánea, Gea- 
metría sintética ó superior, Código Napoleón, Historia de los pueblos es- 
lavos. Filología latina. Teorías lingüísticas actuales, Morfología natural. 
Introducción á la Matemática, Derecho internacional privado, Literatura 
extranjera contemporánea, etc.), por lo cual ofrece mayor interés su propa- 
gación en España. Estos resúmenes, redactados ó revisados por los Profeso- 
res mismos, constituyen verdaderos compendios de estas importantes 
enseñanzas, confiadas á los Sres . Valera, Azcárate, Pelayo Cuesta, Labra, 
Giménez (D. Eulogio), Sainz de Eueda, González de Linares, etc.; no exis- 
tiendo libros de ninguna clase entre nosotros acerca de los más de aquellos 
estudios. 

4.*" Catálogos de los gabinetes y biblioteca de la Institución, especial- 
mente en la parte que presentan mayor interés científico, tales como colec- 
ciones geológicas de comarcas españolas, preparaciones y fotografías micros- 
cópicas, etc. 

5.° I'as noticias concernientes á las conferencias, movimientos de la 
Institución, anuncios y demás indicaciones que puedan interesar al público 
en general, ó á los socios. 

CONFERENCIAS EN PRENSA: 

IS.*"— Horacio y su influencia en la literatura moderna, por D. José de Carvajal. 
14.*— La pintura italiana antes del siglo XVI, por D. José Fernandez Jiménez. 
15.* — La moderna literatura polaca y J. I. Krasewsky, por D. José Leonard. 
Con estas conferencias se completará el tomo de las del presente curso. 



Antes de la apertura del curso próximo, se pondrá á la venta el 
Almanaque de la Institución para el año 1879. , . • - .- 




INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA 

ESPAFITEROS, 9, PRINCIPAL 



13.* Conferencia 






(6 DE MAYO DE 1878) 



MODERNA LITERATURA POLACA 



Y JOSÉ IGNACIO KRASZEWSKI 



POR 



DON JOSÉ LEONARD 



PAOPEIOR DE BIITOAIA T UTE&ATiniA DE LOS PUEBLOS EILAVOS 



Tomada de la RRVISTA DE ESPAÑA. 



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MADRID: 1878 
í=:qtabi_ecimiemto vipográrico 

•le los «rnorcft J I'. CoimIp v (.'iiiii|irinia 
GaftOS, 1 



DÉCIMA TERCERA CONFERENCIA 

(6 DE MAYO DE ISVS.) 

MODERNA LITERATURA POLACA 

I JOSÉ iGtn ummm 

POR 



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Ibüo 



HvtvK/^* f-H/i/vci/ 



Señores: 



Con la aparición del cristianismo en Polonia empieza su historia, y 
con ella la de su literatura. 

Reinaba en Cracovia Boleslao I, último monarca pagano, casado con 
la cristiana Dombrowka, princesa de Bohemia, que le dio un hijo inhábil 
para el gobierno. Miecislao habia nacido ciego. Un monje alemán, pro- 
bablemente de la orden de los Benedictinos, promete á la desconsolada 
reina que el- agua del bautismo infundirá luz vivificadora en los apagados 
ojos del tierno infante, y Dombrowka, madre como todas las madres, y 
creyente como los cristianos primitivo?, obtiene del rey el permiso de 
bautizar á su hijo. £n efecto, después de la santa ceremonia, Miecislao 
dirigió á la reina una mirada de ángel, en la cual la afligida señora halló 
copiosa recompensa por cuantos pesares y cuitas le habian aquejado 
antes, y el fraile ocasión para vaticinar que, así como el heredero de la 
corona habia visto la luz del dia, al recibir la del alma, asi también, por 
obra suya, todo el pueblo lequita saldria en breve de las tinieblas del 
gentüismo. 

Difícil seria en estos tiempos razonadores y críticos, en los dos senti- 
dos de la frase, achacar á milagro lá referida tradición piadosa, ni tam- 
poco entra en mis planes suscitar aquí cuestiones teológicas; pero no es 
menos cierto que el reinado de Miecislao fija en la historia de Polonia 
la transición del paganismo á la fó del Crucificado, extendida mediante la 
enseñanza y propaganda pacífica, sin derrame de sangre, sin horrores ni 
trastornos, cual cumplía á la doctrina de Aquel sublime mártir, cuya 
vida fué todo amor, mansedumbre y sacrificio. 



292 13¿* CONFERENCIA 

Tal es, señores^ el último detalle de la historia fabulosa de Polonia. £l 
indace, seguramente^ á que respetables investigadores de nuestro pasado 
confundan, á veces, una y otra mente, la tradicional ó hipotética y la es- 
crita ó auténtica, de nuestra ora gloriosa, ora instructiva, pero siempre 
simpática historia. 

Desde el siglo x empieza, pues, Polonia á marchar, mano en mano, 
con el resto de la culta Europa. 

Diferenciándose poco en sus orígenes la lengua polaca, ó leguiia, de la 
bohemia, 6 tcheca, los primeros manuscritos son comunes á los dos países. 
£1 de Krolodwor y el Salterio de la reina Margarita , figuran en amba^i 
literaturas con títulos igualmente legítimos. Pero á poco el pequeño rei- 
no de Miecislao ha de adquirir gran incremento, y realizada ]a unidad 
nacional, bajo la dinastía de los Piast, ha de llevarse á cabo por el último 
de sus descendientes el peregrino hecho de la Confederación de Polonia 
y Lituania, que abrazará más tarde, bajo el reinado de un Jaguelon, al 
Estado rusita de Halicz, á Gallitzia, Ukrania, Wolhynia y Podolia. Al 
casamiento de Ladislao Jaguelon con Eduvigis de Piast, y á la unión de 
las dos monarquías, la polaca y la lituana, presidirá la misma idea que 
inspiró la conversión de Polonia, y la pagana Lituania doblará también 
la rodilla ante la cruz del Gólgota, y abridl los ojos á la luz del Evange« 
lio, alentada por el amor de dos jóvenes soberanos, como antes su her- 
mana mayor, la antigua Lequia, se habia abrazado á aquella cruz, con- 
movida por las lágrimas de una madre, contagiada por la gratitud de un 
monarca. 

Desde el siglo xiv principia á hacerse cada vez más notable la in-' 
fluencia de estos dos hechos en la literatura polaca. Así se explica que 
entre los muy pocos pueblos católicos dotados de Yulgata nacional, figura 
Polonia con sü Antiguo y Nuevo Testamento, traducido por el padre 
Wuyek en el siglo xvi. En el anteriormente citado, cardenales y obispos 
polacos asistirán á Concilios ecuménicos; Copérnico se anticipará á Ga- 
lileo para robar sus secretos á la máqukia admirable del universo; Wito 
Stwosz competirá en la catedral de Cracovia con los primeros maestros 
en el arte de la escultura, hasta que en el siglo de oro ae nuestra historia 
literaria, siglo de los Segismundos, surja una pléyade de escritores y eleve 
la lengua patria á tal grado de esplendor, que en lo sucesivo no cabrá en 
ella perfeecionamiento alguno. Pero estos maestros del habla, como 
aquellos gigantes del saber ó del arte, obedecerán siempre en sus trabajos 
á la idea eminentemente nacional, á la idea cristiana, que obligará al 
Estado á abrir sus dominios y recibir con hospitalidad, primero á los ju- 
díos expulsados de toda Europa, luego á los Hussitas arrojados de Bohe- 
mia, y por último, á los protestantes flamencos, fugitivos ante los horro- 
res de la Inquisición, y que impondrá á los reyes polacos, en el acta del 
juramento, la promesa de velar por la paz y la armonía entre los disiden- 
tes en religión: Facem inier dissidenUbusJide conservado, era la fórmula ins- 
crita en los Pacta conventa . 

No puedo, señores, á riesgo de extenderme demasiado, daros ni siquie- 
ra una idea del estado floreciente de nuestra literatura en los si^os xvi, 
xvii y xviii; no es este mi objeto principal, y por otra parte, basta á mi 
intento consignar, que no ha ocurrido en Europa ningún suceso nota- 
ble, ninguna digna manifestación de la actividad humana que no tuviera 
eco en la literatura polaca. Al escolasticismo, al clasicismo y al encielo- 



MODERNA LITERATURA POLACA; 29S 

pedisino, caal todo el Occidente, pagamos nuestro tributo, sin perder^ 
vlo obstante^ cierta originalidad, y un pronunciado color local que distin-* 
gue á nuestros pensadores de los de otros países del mundo cÍFÍlizado; y 
por eate camino llegamos hasta la asombrosa época contemporánea^ ea 
cuyo bosquejo hemos de ocuparnos preferentemente. 

Aquí ocurre, sin embargo, un cambio en la suerte y en las aspirado* 
nes del pueblo polaco, cambio mediante el cual la literatura y el arte na- 
cionales adquieren un agente, ganan un elemento y converien á una idea 
que, si vibraba antes p^erosamente en los libros y obras ae los ingenios 
lequita?, se centuplicará desde esta fecha en adelante, y uni<ht á la pura 
idea cristiana, se abrillantará con los santos resplandores del martirio y 
del sacrificio. Aludo, señores, á la idea de la patria. 

A fines del siglo pasado,, en 1772, Polonia desaparecía del mapa ante 
la indiferencia de toda Europa, excepto España y Turquía, cuyos emba- 
jadores protestaron solemnemente. £1 país pertubado, sus clases directo- 
ras diviaidas, su actual llorona y ultramontana aristocracia, postrada á 
los pies de la Emperatriz Catalina II; sin ejército, con las fronteras abier- 
tas, con traidores en su propio seno, que solicitaban de la Czarina, como 
03 Czartorlsky, el auxilio, es decir, la ocupación moscovita, — Polonia 
no pudo ó no supo defenderse, — y ha sucumbido. Pero la nueva generación 
no desespera, y ansiosa de propordonar medios de defensa á la patria in- 
vadida y tiranizada, se arroja al estudio, al trabajo, llena de fé, de espe- 
ranza. Leal, honrada, brillante, poseida del entusiasmo por soñados idea- 
les, nuestra juventud sigue la estrellado Napoleón I, al aparecer esta en el 
horizonte europeo; se encierra en las Universidades y academias militares^ 
cuando principió el sin par epilogo de Santa Elena, y en aquellas^ en laa 
de Yilna, Yarsovia y Cracovia, se educan esas legiones de sabios, litera- 
tos, artistas y soldados, pero todos y sobretodo patriotas, que han de pro- 
mover la legendaria insurrección de 1830, y llevar luego al destierro la 
f primera noticia de los progresos del pueblo polaco y de su solidaridad con 
as ideas y aspiraciones .del Occidente. 

Mickiewicz, Slowacki, Krasinski, Balinski , Gaszynski, Zaleski , M och-- 
nacki, Lelewel, Chodzko y doscientos más, empiezan entonces una cru- 
zada que dura todavía y que sólo terminará cuando el sol de la libertad 
luzca sobre la desgraciada patria. 

Vencido el movimiento del 30, el despotismo másdesenfrenado se en- 
señoreó del país clásico de la hidal^ía y de la buena fé. Cerráronse por 
los gobiernos invasores los centros instructivos, suprimiéronse las Uni- 
versidades, y desiertas las aulas y arrinconada la cátedra, los maestros 
languidecían en el triste destierro de la Siberia ó buscaban refugio en el 
hospitalario suelo de Occidente. Luis Wolowski, Walewski y tantos 
otros siguieron la suerte de Hoene Wronski. £1 lazo moral que unia á 
Polonia con los pueblos cultos parecía aflojado, si no roto; tin cordón 
de incomunicación intelectual se extendió en la frontera, y t>el orden rei- 
naba en Yarsovia. tt 

Mientras tanto, iniciábase en Europa la evolución del romanticismo^ 
genuino renacimiento en literatura, y aquellos poetas-soldados no de- 
bían ser los últimos en afiliarse á la nueva escuela y arrojar, con mana 
pura y voluntad inmaculada, abundante siembra de ideas en terreno tan 
clispuesto y propicio como el do su nación desgraciada. 



> 






294 13/ CONF^RENGU 

Entre todos descolló el genio de Mickiewicz* Poeta lírico en la ifa- 
dre polaca, se eleva ¿ la epopeya en El señor Tadeo 7 en el Reducto de Or - 
don; romántico en Graz¡fna é idealista en los Abuelos, presiente el realis* 
mo en Conrado WMenrod^ j fiel siempre i la tradición popular de todo 
su pueblo, traza seguro derrotero á aquellos que seguirán su huella y 
serán brillantes satélites de este astro esplendente de la literatura po- 
laca. Julio Slowacki, alma ardiente y poeta inspiradísimo, después de 
anfrir la influencia de íord Byron, volverá sus ojos al vate nacional^ y 
concluirá templando los acordes de su vigorosa y simpática lira al pié 
del santo sepulcro. Krasinski, exagerando el sentimiento cristianOj caerá 
en misticismo inft cando; Balinski y Zaleski soñarán con nuevas revela- 
ciones, hasta dar de lleno en el campo vago é indefinible de la teoría es- 
piritista; pero al cantar ó Uorar á la patria, antes gloriosa, hoy des^r- 
xada y abatida, todos dejarán oir acentos puros, todos emitirán ideas rec- 
tas, levantadas y sanas. 

Ta en la guerra da 1830 á 1831 las banderas del ejército polaco os- 
tentaban el lema: ^^Por nueska libertad y por la vuestra^^ más tarde, ins- 
pirado por estos vates, dirá un cantar patriótico: "Bogaremos al Señor, 
no encentra del enemigo, sino por él,., ti Y el pueblo intercederá áfavor de 
sus opresores, á pesar de elevar la voz al cielo "Con el humo de los in« 
eendios y con el vapor de la sangre derramada de sus hermanos, n — La 
oaridad, el amor del Evangelio,— hé aquí el pensamiento culminante, hé 
aquí el ideal de la moderna literatura polaca. Esto es lo que la ha salvado 
4e la influencia de la literatura clandestina , tan poco respetuosa 
con las reglas de la gramática y con la pureza del lenguaje, — esta es la 
causa que origina en Polonia una poesía, una novela, un teatro, una filo- 
8of a, una ciencia, un arte y hasta una pedagogía nacionales. Por otra 
parte, la opinión pública converge allí á un solo fin: la redención de la 
patria, moralmente absuelta de loa pecados del pasado; y huye tanto de 
los exclusivismos de escuela como de contemporizaciones eclécticas; 
solo tolera que las cosas se llamen por su verdadero nombre, que se le 
iiable el lenguaje de la verdad, sencillo y honrado como el pueblo mismo. 
i Ay del que se separe del camino recto! Laconciencia del paísle condenará 
y quedará aislado, cual sucedió á Trentowski cuando pretendió imjkoner á 
BUS compatriotas en los sistemas filosófícosde Alemania, con un criterio es- 
trecho muy inclinado al panteísmo. Por el contrario, José Kremer, pro- 
pagandista en Polonia del sistema hegeliano, sustituirá á la idea absolu- 
ta la personalidad absoluta de Dios, y logrará su objeto ; popularizará la 
ciencia y dejará entra«us conciudadanos un recuerdo de respetuoso cari* 
ño. Por lo demás, Siemienski, Korzeniowski, Lenartowicz, Zachaiyasie- 
wiczy KaczkoTvski y Kraszewski, jamás salen en sus novelas de la vida 

Sráctica, del círculo domástlco, de las relaciones diarias. Alejandro Fre- 
ro, el ya citado Korzeniowski, Anczyc y Fredro, hijo, desarrollan la 
acción de sus dramas y comedias en el suelo patrio, y sobre motivos lo- 
cales; Simmler yMateyko crean cuadros inspirados en la historia nacio- 
nal; en una palabra, todos, absolutamente todos, escriben, pintan, escul- 
pen, enseñan, con una tendencia fija, con un pensamiento predilecto; 
Ero no estrecho, pequeño, sino amplio, vasto, inmenso, como la idea que 
\ domina, como el amor que quieren infundir é infunden en los pechos 
de sus paisanos, como el cariño á esa patria de sas ensueños. Solo para la 



MOD£RNA LITERATURA POLACA. 295 

tragedia Asnyk 7 Narzymski tomarán sus persoaaies de los tiempos clá- 
sicos ó de las guerras religiosas; sin embargo, desde los héroes de la Grre- 
cia, hasta Juan Huss 7 Cola Bienzi, todos pensarán tan de acuerdo con la 
masade los lectores, que la censura moscovita mutilaráó proscribirá estas 
composiciones, recelando alguna trama, en lo que no pasa de ser le7 im- 
periosa para los autores, si quieren llegar hasta el pueolo. 

Y hé aquí,, señores, cómo he tocado un pnuto oscuro, al pronunciar 
la palabra censura, persecución del pensamiento^ guerra á la iaea, guer- 
ra inicua, odiosa 7 casi siempre contrainroducente. Bueno será, pues, in- 
dicar el escudo, ó mejor dicho, la valla, que se opone en Polonia á este 
supremo recurso de gobiernos injustos 7 despechados. No es otra que el 
concurso ilustrado de las mujeres, de las madres polacas. Ellas enseñan á 
sus hijos, con las primeras nociones religiosas, las de la historia patria, 7 
trozos de poesías, tristes como nuestro presente, apasionados como nues- 
tras esperanzas; — ellas, sin apartar nunca la vista del hogar doméstico, 
saben, como la Tansca de Hoffmann, como la Ilnicka, Ziemiecka, 
Pruszak, Luszczewska, 7 tantas otras, ser poetas de gran estro^ novelis- 
tas ingeniosísimas 7 hasta propagadoras de buenas ideas en países extran- 
jeros, cual la Zapowa en Bohemia; ellas son aquel arma poderosa que 
desvirtúa las asechanzas de la poUcía; ¡ellas las que mantienen el sacro 
fueeo en los altares de la patria! 

X ¡cosa extraña! señores, cuando Mickiewice se desviaba en Cimrada 
Wállenrod 7 parecia aconsejar á los polacos aliarse con el enemigo para 
combatirle mejor desde su propio campo, con medios tan reprobados 
como la traición; cuando KoAseniowski, en Los Primas^ llevaba al Cáu- 
caso á su héroe 7 pretendia purificarle de errores pasados, haciéndole 
blandir una lanza contra los infelices circasianos^ — ^las escritoras polacas 
no les siguieron en sus intervalos de desaliento, 7 no sólo permanecieron 
fieles, sino que seabrazaron con más fíiego 7 más convicción á Kraszewski, 
Pol, Sjrrokomla, Yez, Milkowski, 7 especialmente al priniero, que es la 
personificación más saliente 7 el representante más benemérito de la mo- 
derna literatura polaca. 

Basado en la idea cristiana, vigorizado por el amor de la patria, 
el arte de escribir se desarrroUa en Polonia, d^e este momento, oajo la 
salvaguardia de la mujer^ recuerdo santo, dulce evocación de los únicos 
tiempos felices de la vida, ser admirable, cu7a esencia todo lo perfuma, 
embellece, eleva, santifica, icómo no habia de derramar, constituido en 
égida del libro, toda su riqueza de atractivos, seducciones 7 consuelos 
en las almas de los lectoresl ¿Cómo olvidar lo que ha enseñado una ma- 
drel — Y por otra parte, — ¿qué fuerza, qué medidas represivas son efica- 
ces para imposibilitar la amorosa propaganda hecha en el regazo mater- 
no^ entre las lágrimas 7 las caricias más purasl 

Este es, sin embargo, todo el secreto de la originalidad de la litera- 
tura polaca. 

Pasemos ahora al objeto principal de esta conferenda, que me he visto 
obligado á preceder de algunos detalles, desgraiciadamente mu7 incom- 
idetoB, considerando que el asunto es quizá del todo nuevo para la ma7or 
parte de mis 07entes. 

Celébrase actualmente en Polonia el 50. ^^ aniversario de la car- 
rara literaria de Kraszewski, el predilecto 7 más fecundo novelista po- 



296 13/ CONFERENCIA 

laco^ — j esta solemnidad dol escritor, encanecido en el cultivo de las 
letras, me ha inspirado la idea de darle á conocer en £spaña y de tribu- 
tar, desde el suelo extranjero, un justo homenaje de admiración á aquel, 
en cuyos libros he aprendido á leer j á amar á mi patria. 

José Ignacio Rraszewski, nació en Varsovia el 28 de Julio de 1812, 
y pasó los nrimeroB años de su vida en Bomanow, pequeña aldea de la 
provincia ae Podlaquía. Hijo postumo de Polonia, la lloró sin haberla 
conocido, y confundió en un solo é inmenso ideal, las ruinas del presen- 
te y los recuerdos del pasado. Los relatos que hacían al mucho, á media 
voz, sus padres y deudos, viva tradición de la humillante y triste época 
dé Estanislao- Augusto, fueron su primer libro de historia. En 1825 es- 
tudió en Biala, en 1827 pasó al gimnasio de Lublin, después al de Grodno, 
y por último, en 1829 á la Universidad de Vilna; pero á fines de 1830 
tuvo que interrumpir sus estudios. La insurrección ael 29 de Noviembre 
de aquel año llamó á la juventud polaca á otro campo. Apenas adolescen- 
te, se alistó como soldado y pagó el primer tributo á la madre patria. 
Vencido por los rusos el alzamiento nadonal, vuelve Kraszewski, en 
1832 á la casa paterna, y en los tres años siguientes hace sus primenuí 
pruebas de escritor, publicando las novelas El señor Palerio,E¡ gran mun- 
do de un pequeño liUeblo y El último año del reinado de Segismundo III, El 
señor Gértos y Cuatro bodasi En todas ellas se advertía cierta tendencia 
imitativa, cierta inclinación al Walterscottismo: al águila del porvenir le 
faltaban alas; poco tardará, sin embarffo, en remontar su vuelo, y en El 
mundo y el poeta^ prescindiendo de ciertos defectos de que adolece el 
plan general de la obra, revelará tal riqueza de verdsKl, vida y ca- 
lor^ que durante muchos años su lectura enardeció en justo entu- 
siasmo á toda la juventud polaca. En esta novela aparecenín también 
por primera vez, las grandes dotes y el preclaro talento de Kras- 
zewski, como ejemplar prosista y maduro pensador. En 1835 se traslada 
á la Yolhjmia, tomando en arrendamiento los bienes de Omelno, desde 
cuyo retiro enriquece á su país con varias joyas literarias. Las poesías y 
correrías artísticas y El diablo y la mujer y if lana y y su poema caballeresco 
Ánafislas pertenecen á esta época. Al mismo tiempo funda la revista 
científico-literaria, titulada Ameneum, que sostiene á fxxerzh de sacrificios 
darante trece años, y en la cual imprime su preciosa Iconética polaca. En 
1838 compra los bienes de Hubin, y entonces empieza el período de su 
mayor fecundidad en el terreno de las letras. Dos y dos son cuatrOy Maese 
Bartoloméy Maese Ymardowski, Toda la vida pobre. Crónica de los Stanezyh^ 
Cuadros de la vida^ lAntema mágicay Maleparta, Bajo el cielo de Italia, Los 
granujas de Cracoviay El siglo de los SegismundoSy Memorias de un desconoció 
dOy La Esfinje, Un millón de dote. El guarday Jugar con fuego; loñ aquí las 
más notables producciones de ftquella vida laboriosa, proba y útil. 

En 1858 se establece en Varsovia, colabora en diferentes periódicos, 
publica la Novela sin títulOy Los dos mundos. Los intereses de familia, El 
aiablOy Una ganga, La choza detrás de la aÜeay La hi^ria de un clavo, 
Abrakadabra y Las enfermedades del siglo, en cuya última obra castiga 
con pluma tan cáustica como genial á la sociedad corroída por la gan- 
{prena del socialismo. Siempre correcto y bien intencionado, enseña, cor- 
rige, consuela, sostiene y anima, con sencillez tan seductora, con ejem- 
plos tan persuasivos, que logra regenerar la literatura y el gusto, é 



MODERNA LITERATURA POLACA. 297 

inflair efícaanente en la instrucción del pueblo. £n El mundo y el 
poeta habla á las mmjeres el lenguaje del sacrificio; en Toda la vi- 
da pobre, el de la paciencia; en Ün millón de doie, encomia el des- 
interés; en La ganga la economía doméstica, y en Los dos mt^ndos señala 
las fatales consecuencias de una viciosa educación; pero en todas^ abso- 
lutamente en todas sus novelas^ vierte á raudales tesoros de sentimiento, 
verdad y belleza^ y deleitando instruye, censurando interesa, corrigien- 
do conmueve y convence. Posee el secreto del drama y de la comedia, 
hasta el punto de que en cada una de sus novelas hay argumento para 
dos ó tres obras teatrales, y huye de la escena, quizá no tanto por te- 
mor á la excesiva suspicacia de la censura moscovita, como á los ruido- 
sos aplausos del público. Y ¿para qué los ha menester? Si todo un pue- 
blo le aclama, hace más de treinta años, como su mejor amigo, su 
maestro y su genio tutelar! 

Voy á ofrecer ahora una muestra de su novela trascendental. Un an- 
ciano hidalgo, Don Xaverio, ha dado á su único hijo, Alberto, esme- 
rada educación, y entre los buenos principios que le inculca, al lanzarle 
al mundo, recomiéndale la igualdad en el matrimonio cual condición 
ineludible de la paz y armonía domésticas. Quiere que el nacimiento y 
la fortuna de su nuera correspondan á la posición social de Alberto. Ena- 
morado éste, confía su secreto al padre; pero todo lo teme, porque hay 
notable diferencia en la fortuna de los novios. No importa, ambos se 
aman y triunfarán de los obstáculos. Naturalmente, el viejo cree pobre 
á Ánita, y brama contra los malos principios, y sobre todo, contra la 
libre elección de la compañera de la vida, concluyendo por declarar que 
nunca consentirá tamaño despropósito. Al saber, sin embargo, el nom- 
bre de la niña, hija de la baronesa de N. y heredera de un caudal consi- 
derable, se modera poco á poco, y convencido por su hijo del amor de 
Ana, consiente en pedir su mano á la señora de N . 

£1 viejo está seguro de encontrar en la madre gran resistencia; expo- 
ne, pues, su pretensión con cautela, reservándose, para el caso de una 
negativa, fácil retirada. ¡Cuál es, sin embargo, su asombro al ver que la 
baronesa le anima, que le sonsaca, y una vez claramente formu- 
lada la petición, se apresura á otorgarle su incondicional consentimiento. 
Don Xaverio, en el colmo de la dicha, extrema sus cumplidos, cuando 
madama N. le revela que Ana no es su hija, sino una huérfana prohijada, 
una gitanilla recogida en el desamparo. El hidalgo vuelve entonces á sus 
teorías y {adiós matrimonio, adiós ilusiones de la enamorada pareja I 
Pero las cosas no quedarán ahí* Alberto cuenta con un porvenir, si no 
brillante, cuando menos seguro; es ingeniero mecánico; buscay encuentra 
colocación en un considerable establecimiento fabrU, vuelve á pedir por 
mujer á la aristocrática niña y los jóvenes se casan etm. el consentimien- 
to ae D. Xaverio, porque el cuento de la gitana era un ardid tendido al 
astuto viejo, un medio de poner á prueba el desinterés y el cariño del 
hijo y la consecuencia y sensatez del padre. Difícil seria formar ni si- 
quiera una idea de la belleza de la forma ni de la verdad de los caracte- 
res que abundan en el tomito ligeramente extractado. No obstante, al 
primer golpe de vista, se conoce al bondadoso maestro y se descubre la 
recta intención del escritor y del moralista. 

Pero volvamos á la biografía de Kraszewski. En 1859 funda éste La 



298 13/ CONFERENCIA 

Gaceta Cuotidiana y el poeta que hasta ahoia trataba las caestiones Bocia- 
les y políticas incidentalmente, si no á la ligera, llevará su actividad al 
terreno de la práctica, 7 como estadista, inquirirá en el organismo social 
de su nación aquellos lados prácticos y aquellas soluciones que permitan 
encaminar todas las fuerzas vivas del pueblo á su destino primordial é 
histórico, á la existencia independiente del Estado. 

El Emperador Alejandro II acababa de visitar á Varsovia, por prime- 
ra vez, después de su exaltación al trono del imperio. iiPointae réverieSy 
Messieursyu dvjo entonces á los representantes de la nación que fueron á 
recibirle: "Nada de ilusiones, señores. Seguiré las huellas de mi augusto 
padre, tt de aquel Nicolás I que, dígase lo <][ue quiera por sus apologistas, 
fué tan duro para los rusos como cruel y tirano para los polacos. 

Estendióse la amenaza, con la velocidad del rayo, desae la choza al pa- 
lacio; evocó los recuerdos, exasperó las quejas y promovió aquella cons- 
piración latente que se tradujo, primero por las lúgubres escenas de 1861 
y terminó, luego, con el malogrado alzamiento de 1863. El descontento 
cundia por todas partes; exasperado el pueblo y exaltada la juventud, 
empezaron á orjganizarse en las principales ciudades de la antigua Polo- 
nia manifestaciones patrióticas, y la capital, Varsovia, no podía quedar 
atrás, tratándose de tan inofensiva demostración del sentimiento público. 
Una tarde, al volver los manifestantes del Campo Santo, fueron recibi- 
dos á balazos por la guarnición rusa; cinco víctimas rodaron al suelo, 
cinco nombres se agregaron al libro del martirologio de Polonia. El pue- 
blo, consternado, no se movia. Las mujeres, locas de dolor, mojaban sus 
pañuelos en la sangre de aquellos inocentes mártires, y recorrían las ca- 
lles, mas no para excitar á £a venganza, ino! esto lo debcal» el Gobierno 
invasor, y las mujeres polacas nunca le sirven. Se abrieron los arsenales; 
pero nadie cogia un fósil... £1 principe Gortchakofif perdia la cabeza ante 
la actitud pacífica y resignada de los varsovianos. Entonces toda la guar- 
nición se retiró á la cindadela, y al día siguiente se constituyó un co- 
mité, compuesto de notables y sacerdotes de todos los cultos, en el cual 
GortchakofT resignó provisionalmente los poderes. Varsovia triunfaba 
sin lucha. Pedia justicia, y ésta parecia otorgársele. Aquí principia una 
nueva fase en la asombrosa actividad de Kraszewski, como miembro del 
nuevo Comité ó Consejo Nacional. Inicia útiles reformas, lucha con in- 
superables dificultades, y continúa ejerciendo, con la palabra y el eiem- 
plo, el sagrado ministerio que habia sido su norte en el libro y en el pe- 
riódico durante cuarenta y cinco años de tareas no interrumpidas. Pero, 
¿qué pueden los consejos de la prudencia ante la exaltación del patriotis 
mo, por una parte, y ante la de la resistencia por la otra? El Gobierno 
ruso habia decretado la conscripdon en masa de la juventud polaca, que 
se refugió primero en los bosques, armóse luego de un modo inverosímil, 
y sostuvo después una increible lucha, de cerca de dos años, contra el 
más poderoso imperio del mundo. Kraszewski se vio entonces obligado 
á emigrar, y desae 1863 reside en Dresde, donde continúa trabajando sin 
descanso. 

Tal es, á grandes rasgos trazada, la simpática figura del varón ilus 
tre, cuya alma noble y generosa, cuyo trato afiíble y sencillo gana los 
corazones de cuantos tienen la fortuna de conocerle de cerca. Polonia 
honra hoy en él á uno de sus hijos predilectos, y vosotros, señores, tam- 



MODERNA LITERATURA POLACA. 299 

dícn le honráis y honráis á Polonia al prestarme vuestra benévola 
atención. 

Ahora bien: un pueblo que posee una literatura como la polaca; una 
nación que cuenta hijos como José Ignacio, ¿puede desaparecer de la his- 
toria del porvenir como ha desaparecido del mapa? | Preguntádselo á 
vuestra conciencia! A mí me basta con abrigar la profunda é inextingui- 
ble creencia de que cada dia se acerca más la hora de la reparación, 

^*^® *fi^j*s preocupaciones, desaparecen tradicionales obstáculos j 
no puede tardar mucho el tiempo en que no habrá gobiernos opresores ni 
pueblos esclavos, sino una sola gran familia humana, enlazada por el 
amor, educada para la libertad 7 solo encadanada al culto de la verdad y 
de la justicia. 



ESTUDIOS DE LA INSTITÜCIOH EN EL 'CURSO DE 1378-79. 

I.— Instrucción primaria elemental y superior» con ejercicios de 

dibujo. 

Director de la Sección; Excmo. Sr. Dr. D. Laureano Figuerola. 
Profesores: Br. D. Germán Florez; Ldo. D. M. BartoloTié Cossio. 

Derechos meusualed de matricula: 
Enseñanza elemcn bal: ¿5 pesetas para los 3 óciod, lO para el público. 
Id. superior: ^*SO n n IS n 

II.— Estudios de segunda enseñanza ampliada (con efectos 

académicos.) 



Director de la Sección: Dr. D. José de Caso. 

Latin y castellano, primer curso. — Dr. D. J. QuinVs de lo!4 Ilios. 

Id. segundo. — Ldo. D. .1. Ontanou. 

Geografia.-^Dr. D. J. de Caso. 

Historia universal.— Historia de España.— Dr. D. J. Mosía. 
Bet¿rica y Poética. — Dr. D. H. Giner . 
Psicología.— Dr. D. J. de Caso. 
Lógica y Ética.— Dr. D. E. Soler. 
Matemáticas, primer curso. — Dr. D. J. Lledó. 

Id. segundo.— Ingeniero D. F. Buireo. 

Física.— Dr. D. L. Simarro. 

Química.— Mineralogía y Geología — Dr. D F. Quiropja. 
Botánica.— Dr. D. A. G. de Linares. 

Zoología.— Fisiología é Higiene.— Agricultura.— Df. D. S. Calderón. 
Traducción del francés.— D. J. Leonar¿. 
Ejercicios de estudio.— Dr. D. E. Soler. 

Además, hay 14 prof e-iores auxiliares encargados de sustituir á los nume- 
rarios, dar repasos á los alumnos y trabajaren la? colecciones y laboratorios. 

Los alumnos de esta sección asisten á la clase de Ejercicios de eítudio^ 
íisí como (desde el segundo ó tercer ano) á la de Traducción del francés y á 
loí Repasos de las asignaturas en que estuviesen mal preparados. 

Las clases de Ciencias Naturales comprenden siempre prácticas de la- 
boratorio, clasificaciones, micrografía, etc. Los alumnos de estas clases están 
obligados á proveerse de los útiles y sustancias que los Profesores les do- 
signen. 

Derechos mensuales de matrícula en cada asignatura de e^ta Sección: 
3''^'^ pesetas para los Socios, '^'SO para el público. 

Las clases de Ejercicios de estudio, de Traducción del francés y de Repa- 
sos son obligatorias y gratuitas. 



DlBECTil 

Profeso 

DereclK 
naeñuiz^ 

n. 



DiBI 

Latín y ci 

Id. ■ 
QeograTii 
Historia 1 
Betirica - 
Psicologi 
Lógica y 
Hatemáti 
Id. 
Plfiica.-i 
Quimica,- 
Botánica. 
Zoología. 
Traducei 
ejercicio 

Adomíí.' 

raríoa, dar 

itsí como (i 
Í03 Repaso 

hora' 

Obi 



de mfttrlcuU en cíidn nsiguittura de c^tn Saccioa; 
•a los SiSoioi, "y'SO para el público. 
;iíií de estudio, da Traducción del francés y de R«pa- 
atmlat. 



INSTITUCIÓN UBRE DE ENSEÜANZA. 

CONFERENCIA 

wniauíMnui. 

LA DEMOCRACIA EN EUROPA, 

POR 

GUMERSINDO DE AZCÁRATE 



MADRID: 

■WMRTiL T PCNDIOIOPI DI L4 VIUDA É BltOU SB aÁKCU, 



Señores: La Junta facultativa de eeta Ins- 
titución ha creído conveniente qne en el año 
actnal, además de las conferencias referentes 
& puntos doctrinales como las que han tenido 
logar en los anteriores, se hicieran algunas 
sobra la vida de personajes importantes de la 
hiatoria, y se diera cuenta en otras de los li- 
bros mjis notables que fueran apareciendo, 
haciendo una breve exposición de ellos. 

Tócame á mi inaugurar este último género 
d© conferencias con la obra del ilustre escritor 
Sir Thomas Erskine May, titulada La demo- 
erada en Europa. La circunstancia dé ser su 
autor un distinguido escritor inglés que ha 
ilustrado tanto la historia constitucional de 
su país, y la de tener su trabajo por objeto la 
de la democracia, despiertan un vivísimo in- 
terés, porque, como veremos, de su exposi- 
ción, resultarán las diferencias y analogías 
que hay entre el modo de concebir la libertad 
los ingleses y el modo como la entiende at pre- 
sente la democracia europea. 

Comprendéis bien que no me propongo ha 
cer un análisis detenido de una obra compues- 
ta de dos voluminosos ionios, sino que me he 

1 Uiatar;, b; Sir ThomM 



revolución, mientras que si se le admite 
acepta de buen grado, ea una fuerza de unión 
y de unión nacional; asi es que discernir debi- 
damente el progreso de la sociedad y hallar lo 
que tienen de legitimas sus aspiraciones á in- 
fluir en la política, ha llegado á ser una de las 
iDÍis elevadas funciones del estadista moder- 
no. Luego, hablando dala misteriosa é inex- 
plicable fuerza de !a opinión publica,, dice que 
ésta habl^ con la voz de la Nación y no con la 
de la muchedumbre; y aludiendo á su país, á 
Inglaterra, que allí se expresa, no por el cla- 
moreo á coro de la multitud, sino por las vo- 
ces acordes de todas las. clases, partidos é in- 



Ai mismo tiempo, después de manifestarse 
tan'opuesto al absolutismo como á la extrema 
democracia y de notar como excesos propios 
de esta la falta dé respeto á la religioa, á la 
historia y á sus grandes hombres, así como 
ona excesiva confianza en si propia, á pesar- 
de lo cual el autor nota bien, en este y en 
otros varios pasajes de su obra, la diferencia 
que la separa del comunismo, concluye ha- - 
ciendo notar que todas las causas que deben 
aumentar la progresiva influencia popular en 
el gobierno de los Estados, están en una com- 
pleta y creciente actividad, mientras que to- 
das las que la retardan están modiñcándose y 
debilitándose incesantemente; dedonde infiere 
que en aquellos en que no ha penetrado, pron- 
to habrá de sentirse su poder, y que los que 
están ya en parte bajo su influjo habrán de 
pt^pararse para recibirel impulso de su nueva 



>J 



guerreras, y por lo tanto parece q«e no es 
alli donde hay que bqecar precedentes de la 
deaiocracta. Podrán encontrarse cuando más 
textos cámo el de Mencio, el célebre discípulo 
d&Gonfucio, qne cuatrocientos años antes de 
JeaiiorJsto decia'. ael que se conquista los co- 
razones de su pueblo, se asegura eu el trono; 
el que no, lo pierde;» ocuando el Principe co- 
mete graves errores, el Ministro debe repro- 
barlos, y 8i después de hacerlo una y otra vez, 
no es escuchado, debe destronar á aquel y po- 
ner otro en su lugar.» Esto se escribió, como 
haca constar May, dos mil años antes de ha-* 
berk> dicho los holandeses y los ingleses en 
los siglos XVI y XVII. Por lo demás, preciso 
es llegar á la época actual para encontrar el 
singular íanómeno del Japón, donde en 1668 
el Mikado acordó reunir una Asamblea nacio- 
nal declarando que se adoptarla en adelante 
IfCdiscusion pública como práctica universal 
para la decisión de todas las medidas de inte- 
rés general. Con referencia á los tiempos an- 
tiguos, acaso la única excepción que hay que 
hacer, lo único que puede considerarse como 
precedente dé la democracia, es el pueblo he- 
breo, la república de Moi.sés con su organiza- 
ción federal y popular, donde, como ha dicho 
un historiador judio, el gran sacerdote no 
erael representante de Dios en la tierra, sino 
el r^resent ante del pueblo ante Dios; y don- 
de, al decir de otro escritor, uno de los obje- 
tos de la tegislaciOQ de Moisés fué el ejercicio 
de. la libertad política por el pueblo y tí ireco- 
nocimiento de los derechos del débil. 




9 

El escritor hace notar, tratando de Atenas, 
que Solón, este prototipo de reformadores pru- 
dentes y discretos que llevó á cabo aquella 
célebre reforma tan trascendental bajo el as- 
pecto social y bajo el político, confirió al pue- 
blo el poder de elegir los magistrados y la fa- 
cultad de exigirles responsabilidad; derechos^ 
dice Aristóteles, que no pueden quitarse al 
pueblo sin degradarle hasta hacerle esclavo 
ó «in convertirlo en enemigo. Nota hasta qué 
punto en la democracia ateniense eran todos 
iguales, y que era directo él gobierno, pues las 
asambleas lo discutian todo, áin esceptuar los 
asuntos internacionales; y recuerda, al ocu- 
parse de lá caída de los treinta tiranos, que si 
los oligarcas habían sido rapaces, sanguina- 
rios é injustos, la democracia restaurada con 
noble moderación protegió á sus enemigos 
con una ammstía. Recuerda luego que Pén- 
eles decia, que los atenienses tenían dos gran- 
des cualidades: gran resolución para ejecutar, 
y antes plena libertad para debatir; y. explica 
el importante papel que hace Atenas en la 
historia de Grecia, diciendo con Macaulay, 
«que el ateniense podia conversar todas las ma- 
ñanas con Sócrates y oir cuatro ó cinco veces 
cada mes á Pericles; veia las comedias de Só- 
focles y Aristófanes, se paseaba entre las es- 
culturas de Fidias y las pinturas de Zeuxis; se 
sabia de memoria las canciones de Esquilo, 
oía recitar en las calles las hazañas de Aqui- 
les ó la muerte de Argos; era legislador, dis- 
cutía las cuestiones internacionales, de guer- 
ra, de impuestos, etc.; era soldado bajo una 






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V.-- „ dice «"■■'VinBCÓnB' 



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11 
tadú el pueblp solo ea ocasiones especiales. 
AUi, mostrando una abnegación que Fué pa- 
triótica, no religiosa, porque, como dice Lee- 
ky, la Roma antigua produjo muchos héroes 
poro no santos, y merced al poder y prestigio 
de la aristocracia, en la cual tenían t^jita con- 
fianza los romanos, porque era una de las que 
■ han dado beoéñcos frutos en la historia, esto 
es, de las que llama J. S. Mili aristocracias de 
funcionarios públicos, junto con otras cir- 
cunstancias, tuvieron las luchas entre patri- 
cios y plebeyos, en los buenos tiempos de la 
República, aquel doble carfLCtei* de enérgica 
tenacidad y de mutuo respeto, de- que pue- 
den sacarse provechosas enseñanza?. A esto 
contribuye no poco el que el exolusivismo 
de los primeros fué contrabalanceado por el 
influjo de alguno de sus propios miembros, - 
que lograron «atenderse con los más influ- 
yentes de los plebeyos para llegar asi á ca- 
zonables y mutuas concesiones, y asi pudie- 
ron marchar juntas la tranquilidad pública y 
la prosperidad nacional, ayudando grande- 
mente á ese mismo resultado aquel santo pa- 
triotismo, aquel respeto k las leyes y 6 las 
instituciones del Estado, aquel profundo sen- 
tido del deber, aquella deferencia á los ancia- 
nos, k los sabios y á los buenos, junto con la 
sinceridad, la lealtad y las demás virtudes pri- 
vadas que se desenvolvieron en esos buenos 
tiempos de la República. 

Mas, cuando, á consecuencia en mucha 
parte de las conquistas, el soldado, lejos de 
Roma, absorbió al ciudadano, que era por lo 



13 
mucho tener presente en los actuales tiempos, 
porque parece á veces que estamos llamados 
á presenciar una división análoga en la socie- 
dad moderna. 

^ntra á seguida el autor en el estudio de 
ta Edad Media, y después de hacer notar los 
servicios prestados por la Iglesia, en cuanto 
pop sus esfuerzos comienza la igualdad á pe- 
netrar en el «eno del gobierno, porque, como 
dice Tocqueville, el que habria vegetado como 
siervo en una eterna esclavitud, se colocaba 
como sacerdote en medio de los nobles y cob 
frecuencia se sentaba más alto que los reyes; 
y á la vez sus ñlósofos decian, como Santo 
Tomás, omnes aliquam partem habeant in prm- 
cípatu, recuerda el espíritu general de aquella ' 
sociedad, puesto que según ha dicho Lecky, 
si el sentido de la dignidad humana fué el prin- 
cipal agento nioral de la antigüedad, el senti- 
do del pecado lo fué de la Edad Media. Enton- 
ces, dice Symonds: «el hombre vivia como en- 
vuelto en un capuz; no vio la belleza del mun- 
do, ó la veia solo á través de si propio para 
volverse lue^jo de otro lado y recitar sus ora- 
ciones. Asi como San Bernardo viajó á lo lar- 
go de las orillas del lago de Leman sin ver el 
azul de las aguas, ni la lozanía de los campos, 
ni las radiantes montañas cubiertas con su 
vestido de sol y de nieve, porque caminaba 
llevando inclinada sobre el mulo aquella ca- 
beza preocupada y llena de pensamientos, de 
igual modo que este monje, la humanidad, pe- 
regrino inquieto, preocupado con los terrores 
del pecado, de la muerte y del juicio final, ' 



% 



ESTTOIOS DE lA INSTITUCIÓN EN EL 'CURSO DE im-R 

!■ — Instrnccion primaria elemental y superior, con ejercicios de 
dibujo. 

DtnECTOR DE LA Sección: Exemo, Sr. Dr. D. Laiirenno Figuerola. 
PBOFESonBs: Br. D, Germrui Florea; Ldo. D. M. Bnrtolo-né Cósalo. 
Dereclios mensunleí de matricula; 
KnBeñaaz» elemcDC-vl: fS pcgieta»^ par» loi Socios, lO paro el pilblico. 
XA. superior: VSO ■. ,. IS .. 

II.— Estudias de segunda enseñanza ampliada (con efectos 
académicos.) 

DmecTüK DE LA Secciob; Dr, D. Joaé de Caso. 

Iifttin 7 castellano, primer cuno.— Dr. D. .T. Quin^ de Iok UinS. 

Id. aegiindo.— Ldo. D. .T. OntnQou, 

Geografía.— Dr. D. J. de Caso. 

Historia univeraal.- Historia de España. — Dr. D. J. M«iía . 
Betirica y Poética. -Dr, D. H. Giner. 
Psicología.— Br. D. J, do Caso. 
Lógica y Ética.— Dr. D. E. Soler. 
Matemáticas, primer curao.- Dr. D. J. Lledó. j. 

Id. segundo.— lueeniero D. F. Bnireo. _^P^ 

Plsica.-Dr. D. L. Simarro. "^^^ 

Química.— Miueralogia y Geología - 
Botánica.— Dr. D. A. U. de Linares, 
Zoología.— Fi Biología é Higiene.— A 
Traducción del Trances.- D. .T. León 
Ejercicios de estudio.- Dr. D. R. Sol 

Además, hay 14 profe-iores auxiliarea 
rarioa, dar repíuios á los alumuos y traba 

Los alumnos de esta sección asisten i 
asi oomo (desde el aygundo A tercer año) 
loi Repasos de Las asignaturas en que esta' 

Las clases de Cieiictaa Naturales com< 
bóratorio, olasifíe:iciones, microgtaila. 
obligados A proveerse de los útiles • 
signen. 

Dereclios mensuales de mf 
&"y5 pesetas para los ' 

Las clases de Ejerdciot 
sot BOU obligatorias y gral 



cuanto se convierte arlos diputados, de repre- 
sentantes, eíi* embajadores de los cantones. 

Viene luego la historia de los Países-Bajos, 
habiendo en los capítulos á ella consagrados 
dos cosas de las cuales es tan grato para un 
español el recordar lá una, como penoso es 
recordar la otra. Es lá primera, que es este el 
único lugar en que se ocupa el autor de Espa- 
ña para decir que ninguna Monarquía de Eu- 
ropa habia sido tan libre como la de nuestro 
país, con sus Cortes soberanas, con su poder 
real limitado, como lo muestran las depoisicio- 
nes de Reyes de Castilla y Aragón, con la so- 
beranía de las ciudades, con aquellos Comu- 
neros, dice May, «que hablaron á Carlos V co- 
mo, con más fortuna, lo hicieron un siglo más 
tardé los Comunes de Inglaterra á los Estuar- 
dos.» El segundo se refiere al singular valor 
que tiene la historia de Holanda bu la de la 
libertad religiosa. No solo es de notar este 
país por el poder que alcanzan las institucio- 
nes- municipales, sino porque es el primer 
ejemplo en el mundo de una Nación que lucha 
por los derechos de la conciencia; lucha he- 
roica que debia cambiar su' propia suerte po- 
lítica, á la vez que promover las futuras liber- 
tades de Europa, y al trazar la cual se ocupa 
May de dos personajes muy conocidos: el cé- 
lebre Guillermo de Orange, primer hombre 
de Estado cuyo ideal fué la libertad'Civil y re- 
ligiosa, gran guerrero, gran diplomático, 
gran patriota; y, enfrente de él, la figura de 
Felipe II,-cuyo retrato yo no he de reproducir 
aquí. Por fortuna el autor, lejos de aplicar al 

2 







I' 



y la otra mitad 4 los pobres recargados con 
irtbuftos; eómoy se^un una frase de Tocquevi- 
lie, la nobleza se hizo casta, esto es, que fué 
su se&al distintiva el nacimiento, abdicando 
8U« deberes como clase directora, y contribu- 
yemdo asi á determinar el estado eii que se 
hallaba la Francia k ñnes del i^lo XVIII, con 
una Monarquía absoluta, una nobleza feudal 
con poder y pjrivilegios, una pesaxia aristocra- 
cia oficial con exenciones, una administra- 
ción real muy exigente, monopolios perjudi- 
ciales, y un pueUp oprimido y paciente sin 
derechos políticos; ¿oesar de lo cual los cor- 
tesanos de Versalles no vieron los sucesos 
que se aproximaban y que en 1753 anuncia- 
ba proféticamente lord Chesterfleld diciendo: 
«Todo^ los síntomas que he encontrado siem- 
pre en la historia como precursores de los 
grandes cambios y revoluciones en el Gobier- 
no, existen al presente en Francia y crecen 
dediaendia.» 

Muestra luego cómo se desencadena la 
revolución bajo el imperio de aquellos prin- 
. eipíios generales y abstractos que tanto do- 
minaron en el espíritu de la Francia en aque- 
llos momentos, y que no lograron apaciguar 
'4as reformas iniciadas por la Monarquía de 
Luis XVI, porque «la experiencia enseña que 
, el momento más peligroso para nn mal go- 
bierno es de ordinario aquel en que comienza 
á reformarse;» de donde parece deducirse que 
él peligró no nace de lá refbrina, sino de la 
• =oireunstancia de ser malos los Gobiejrnos que 
la llevan á cabo. Hace notar el distinguido es- 



i 




do juez, habia renunciado su cargo por lió im- 
poner la pena de muerte á tin criminal,'— :Ii- 
cíendo que «la fuerza del gobierno popular en 
lets revoluciones es á la vez la virtud y el ter- 
ror; la virtud, sin la cual el terror es funesto; 
él terror, sin el cual la' virtud es impotente.» 
Ha comprendido mejor la naturaleza y con- 
sébtíenóías del terror un político moderno, que 
no puede ser sospechoso, el ilustre jefe de la 
izquierda democrática de Francia, Luis Blanc, 
cuando escribia estas palabras: «El terror es 
la-íiausaen parte de que el mundo haya per- 
dido el sentido de la revolución: la libertad 
pareció una mentira el dia en que se la invocó 
cotí el hacha en la mano; lá igualdad dio es- 
calofríos hasta á sus mismos amantes, cuan- 
do consistió en la igualdad ante el cadalso; la 
fraternidad, iqué enigmal |ver álos hombres 
degollarse los unos á los otros en su ñómbreí» 
Así, aquélla revolución qué siendo política y 
áocial ha obrado k la manera y tomado en al- 
go él afepécto de uña revolución religiosa, co- 
mo hia dicho Tocqueville, viene á terminar eíi 
.elirtiperio de Napoleón, quien, al decir de 
May, apela solo al honor, crej^endo qufe los 
franceses no tenían gran amor á la libertad, 
á la igualdad, á la fraternidad , en lo cual, á 
mi juicio, se equivoca él ilustre escritor, pues 
aM está el Código civil de Francia para de- 
mostrar cómo, si con el advenimiento del 
Consulado y del Imperio murió la libertad, no 
murió ciertamente la igualdad civil, consig- 
nada en él para siempre. • ' 
Se ocupa eh seguida de la restauración. 













2:^ 

ceridad acaba á manos de la revolución de 
18i8 que conmueve, no solo á la Francia, 
sino á todos los países de Europa, con la sola * 
exo^»cioii de Bélgica é Inglaterra , circuns- 
tancia de la qu6 saca May esta consecuencia: 
<cq.ue la libertad es la méts segura salvaguar- 
dia contra la democracia.» 

Maestra, en la revolución del 48, el nuevo 
carácter que reviste la política, recordando 
unas palabras de Gui^ot, quien decia, hablan- 
do de la democracia: «Bandera de todas las 
esperanzas, de todas las ambiciones sociales 
de.la. humanidad^ puras ó impuras, nobles 6 
])aja$, posibles ó quiméricas, sensatas ó in- 
sensatas... es de hoy para en adelante el es- 
tadio social y la condición permanente de 
iiue&tra Nación;» juicio, dicho sea de paso, 
del cual nuestros doctrinarios novísimos lian 
suprimido una mitad,- suponiendo que la de- 
inocracia es solo lo impuro, lo bajo, lo quimé- 
rico y lo insensato, dejando en el olvido esa 
otra parte que al lado de está colocaba el ilus- 
tre político francés, que no debe serles sospe- 
cbosOi ■ . ,. 

Expone luego nuestro autor los peligros 
(jue engendró el movimiento socialista y co- 
munista, el cual.no confunde nunca May con 
la.democraciá; y cómo al fiii y al cabo viene el 
segundo Imperio, formado .con elementos ta- 
les^ que su ^numeración no hace mucho honor 
á aquel rógimeír, y concluye por haber, como 
decía eL célebre Bulwer, un divorcio absoluto 
entré el sistema político y. la cultura intelec- 
tual de la Nación, en cuanto prensa, acade- 



; 







25 

tal y con uaa amplitud de que no hay otro 
ejemplo.» Traza los precedentes que desde los . 
sajones tiene la intervención del elemento po- 
pular en el gobierno de Inglaterra, haciendo 
constar cómo en todos los grados, desde la 
parroquia hasta el Estado nacional, regían el 
principio de la rejpresentacion local y el del 
self-goterriment, y cómo el Parlamento puede 
trazar su descendencia no interrumpida des- 
de las instituciones teutónicas de los prime- 
ros tiempos. Estudia luego- el feudalismo sa- 
jón, qiíe fué patriarcal, á diferencia del nor- 
mando^ que fué militar; la historia de la Caria 
Magna con las treinta confirmaciones que al- 
canzó desde el siglo XIII al XVI; el descon- 
tento de los aldeanos, análogo ál que poi* en- 
tonces tuvo lugar en todos los países de Eu- 
ropa, y la agitación promovida por los qué 
pedían la igualdad sopiál expresada en aquel 
cantar: 

Cuando Adán cavaba y Eva hilaba, 
¿dónde estaba entonces el caballero? 

la guerra tristemente célebre de las dos- rosas, 
en que pereció casi por completo la nobleza, 
hasta el punto que solo veintinueve aristócra- 
tas se presentan en el Parlamento reunido por 
Enrique, y muchos eran de nueva creación; 
y la trasfbrmacion que experimenta la aris- 
tocracia, volviendo á uñirse con el puebío al 
modo que lo habia estaxió en los buenos üem- 
pos, y no viviendo como enemigos en país 
conquistado, segun lo fueron primero los nor- 
mandos. 







27 

puede acaecer á un Principe. Entonces la re- 
volución reviste un carácter que May expresa 
diciendo, que significa la aparición del partido 
democrático en Inglaterra; que antee laliber-. 
tad habia tenido con frecuencia temibles cam- 
peonesj pero que la democracia era descono- 
cida. Lois tftdeperidienies piensan én la destruc- 
ción de' la Monal^quia y de la odiada Iglesia 
oñoial, y comienza la lucha del Parlameosto 
con el Rey, la g;uerra civil, que coiotcluye cetA 
la victoria de Cromwell y la decapitación áe 
Carlos I; recordando nuestro autor, que si 
los regicidas de Francia en el siglo XVIH m 
hicieron notar por su fanatismo contra la re- 
ligión, los de Inglateira se distinguían por su 
fervor religioso. De ello era mue<Stra el Parla- 
mento que fabricó Cromwell, que ocupaba más 
tiempo -en rezar que en discutir. 

Tt*aza la historia del protectorado de. 
Cromwell, realzando las grandes cualidades 
de éste, las luchas del mismo con los que fue- 
ron sus amigos y luego se conviirtieron en ad- 
versarios, la coalición de realistas, presbite- 
rianos, independientes y republioanofli contra 
él en las elecciones 4e 1654, hasta terminar en> 
la restauración llevada á cabo por el general 
Monk, el cual, nótese bien, se negó á veriü-^ 
caria por un mero acto de fuerza, y lo hizo, 
convocando un Parlamento libre que por. 
unanimidad restauró la Monarquía. DicBr 
que de la revolución inglesa quedaron comei 
resultados permanentes^ el aumento die la 
cultura política, un espíritu más independien* 
te, mayor viveza en los instintos populares. 




29 

Eiatados-Unidos, y en parte la revolución. ft?an- 
cesa, á pesar de. la antipatía de la aristocracia 
y de la clase media en frente de la calurosa 
defensí^ del célebre Fox; lo que á ello con- 
tribuyeron la publicación de los debates del 
Parlamento, que empujó la educación política 
del pueblo; la libertad de la prensa, plena y 
definitivamente coniíagrada desde 1830 y 183J; 
el fiarácter especial que tienen las asociacio- 
nes y reuniones, cuya-accion sobre la concien- 
cia social es piás poderosa y má« democráti- 
ca que la de la prensa, en cuanto es expresión 
á la vez de la opinión pública y de la fuerza 
que la sustenta, esto es, pensamiento y acción 
á la par; resultando de todo un movimiento 
que tiene peligros, que no son de^emej donde 
el Grobierno es fuerte, respeta la ley y es popu- 
lar, pero que donde no, puede conducir á la re- 
volución. » Indica luego que la emancipación 
de I9S católicos, llevada á cabo en. 1829, fué 
producto de la agitación púl?lica> y que si bien 
la. causa era justa y legítima, fué arran- 
cada la medida por las fuerzas irregulares 
de la democracia, carácter que asimismo 
encuentra en la reforma electoral en cuan- 
to 0l inodo de llevarla á cabo, aunque recono- 
ciendo' también que en el fondo era consti- 
tucional y política por lo oportuna, á diferen- 
cia de las pretensiones de los cartistas; notanr 
do de paso que las agitaciones triunfan solo, 
cuando tienen razón y convencen al país; pop 
lo cual, al ocuparse* del movimiento de las 
trade-unions y del influjo del elemento obrero 
en Inglaterra, dice, que no triunfaran á menos 




31 

iiia UQ singular coatraste con las dudas quo 
ate*iga el escritor respecto á la de Fraitoia. 
Ahora, bien; lo que llama la iatencion en 
esta obra^ en medio dd una exposición históri- 
ca quizás sobrado exteiítsa'y no del todo nece- 
earia para el fin del libro> es la antinomia y 
fudtitesis que constantemente establece el au- 
ior ehtre la libertad y la demoeracia; Ea la 
introducción dice^ por ejemplo; «en un país 
medio civilizado, el poder lo ejerce la muche- 
dumbre; en uno civilizado, es ejercido potr los 
agentes legítimos de la libertad: la prensa, la 
libre disensión, lá asociación y la lucha edec- 
toral.» Más adelante, hablando de la misterio- 
saó inexplicable fuerza de la opinión pública, 
dice, que esta habla con la voz de la Nacioo y 
no- con la de la muchedumbre, y que en Ingla- 
terra «se expresa, no por el clamoreo á coro 
de la multitud, .sino por las voces acordes de 
. todas las clases, partidos é intereses.)» Cuan- 
do se ocupa de Roma, al encontrar que su 
Gobierno era menos director que en Atenas, 
dice, que allí no hubo una verdadera demo- 
cracia; cuando de Suiza, que aquella organi- 
zación «surge espontáneamente y libre de los 
•abstractos principios de la democracia;» así 
como al hablar de la Constitución hoy vigen- 
te, declara -que la confirmación de las leyes 
por el pueblo es una cosa esencial auna Re- 
pública, después de habex* condenado el arre- 
glo sistemático y arbitrario hecho en-Suiza 
por la República francesa. Cuando de los Paí- 
ses Bajos, que «nunca el pueblo se ha mo- 
vido por principios ni empeños democráti- 




33 

iéd, más bien que la democracia, es lo que 
avanza; todo, porque se han mantenido los 
principios reconocidos del Gobierno constitu- 
cional, porque el Estado es gobernadq^or la 
opinión pública y no por la fuerza avasallado- 
ra del número, y porque todos los órdenes, 
ciases é intereses tienen allí su legitima re- 
presentación. 

Pues bien; de esta antítesis y de todo el 
sentido que anima al autor de este libro, pue- 
de deducirse á mi juicio una gran enseñanza. 
May estudia el asunto realmente con impar- 
cialidad, y en la introducción del libro se 
muestran ya los dos pensamientos que luchan 
e^ su espíritu. De una parte, ve que asi en el 
continente como en su propia patria, la demo- 
cracia avanza; y con aquella serenidad de. 
juicio tan propia de un político inglés, lejos de 
r^hazarla con ciega preocupación, declara 
terminantemente que es preciso reconocer la 
legitimidad y el influjo del creciente poder po- 
pular, y que lo que importa es educarle, guiar- 
le, en vez de abrigar el insensato propósito de 
oponerse á tal movimiento; pero al propio 
tiempo, bajo la influencia de algo que es ca- 
racterístico del político británico educado en 
un país que por fortuna suya viene desde hace 
casi dos siglos desenvolviéndose de una ma- 
nera constante, pacífica y ordenada y mante- 
niendo una perfecta armonía entre la tradición 
y el progreso, se alarma y atemoriza al obser- 
var ciertos caracteres que muestra la demo- 
cracia continental. Por eso importa notar los 
puntos en que se pone frente á frente la demo- 







Bretaña, y de ahj su antipatía á idealismo 
revoluciones violentas, al predominio de i 
clase sobre otra, etc.; pero tiene algo de es 
to.que debemos tomar en cuenta. 

No cabe duda alguna de que los térmi 
libertad y democracia simbolizan dos distin 
movimientos: la libertad era la expresión 
la revolución política llevada á cabo por ni 
tros padres; la democracia es la palabra > 
sintetiza las aspiraciones de la generac 
presente; y por eso, no hace mucliQ, un 
tinguido pensador español leia un discursc 
una solemnidad académica, en el que preE 
taba también ésta como antítesis, mostránd 
Ü tan amigo de la libertad como receloso d 
democracia. Pues bien; en mi humilde jui 
es deber de todos, y singularmente de los 
mócratas, el demostrar que no debe haber 
lucionde continuidad entre unoyotro perit 
que el segundo no signiñca sino la rectU 
cion y ensanche del primero; que lejos de 
ber entre ellos contradicción, el uno no es i: 
qne complemento y desarrollo del otro;, p 
lo cual, manteniendo lo que tiene de esen 
y significa el advenimiento de la damocrai 
lo que traede nuevo á la vida política, d 
procurarse corregir esos otros sentidos 
han dado lugar precisamente á. que May 
considere como característicos de aqfl' 
cuando no son más que accidentes llama 
á desaparecer. No; la democracia no se d 
llevar hoy, como en 1789, de principios 8 
tractos y de utopias; antes reconoce, la fue 
'lUe tiene la tradición, y por lo mismo la 



37 

vivo de ia posibilidad de armonizar estas dos 
cosas, la democracia y la libertad, en térmi- 
nos de que en el porvenir' será un tanto difícil 
á los historiadores señalar dónde acaba el rei- 
nado de la libertad y dónde comienza el de la 
democracia en la Gran Bretaña; ^por qué no 
hemos de procurar y esperar que en el Conti- 
nente suceda lo propio, que cese y se resuelva 
esa antitesis, siguiendo al reinado de la liber- 
tad el de la democracia sin solución de conti- 
nuidad? 

Lq que pasa es, que por desgracia los polí- 
ticos conservadores del Continente no tienen 
el sentido, ni la amplitud de miras, ni la pers- 
picacia de los conservadores de Inglaterra; y 
por eso, en lugar de admitir, como hace 
May, que la democracia es un poder creciente 
cuyos derechos es preciso reconocer, cuyo In- 
flujo no se puede ni se debe evitar, y en vez 
de abrirle camino, enseñándole, educándole 
y aconsejándole, fín que seguramente es el 
que ha movido á May á escribir su libro, lo 
que hacen es precisamente lo que nuestro au- 
tor condena en la introducción de su obra, 
cuando dice «que si los que mandan desco- 
nocen el desenvolvimiento de ese poder des- 
confían de él y lo exasperan, entonces pro- 
vocan el descontento popular, el desorden y 
la revolución; mientras que si se le admite y 
acepta de buen grado, es una fuente de fuerza 
y de unión nacional; apreciar debidamente el 
progreso de la sociedad y discernir lo que tie- 
ne de legitima su pretensión de influir en 
la política, ha llegado á ser una de las más 



I 




f